La Sucesión

por Goliath

De real patada en el trasero, se mire como se mire, debe de considerarse la jubilación de Graciano García como director de la Fundación Príncipe de Asturias, una institución que le debe al periodista allerano, entre otras cosas, su propia existencia y la trayectoria de sus veintinueve años de historia. Tiempo y gente habrá de sobra para analizar en profundidad los aciertos o desaciertos de su dirección. Ahora lo que preocupa es el ya inminente relevo del director al frente de la institución asturiana que más interés suscita fuera de nuestra región.

Es una manifiesta patada en toda regla al periodista Graciano porque la reforma estatutaria que se llevó a cabo hace tres años limitando los mandatos del presidente, del director y del secretario general de la Fundación a la “estratosférica” edad máxima de setenta años no tenía otro fin. Nada, absolutamente nada, justificaba un cambio de esa naturaleza con la excepción, obvia pero no confesada, de querer quitarse de en medio a un personaje incómodo por omnipresente y por testarudo, que se creía –en el sentir de muchos- como único depositario de los exclusivos valores de la Fundación, que había pisado muchos callos ajenos en estas casi tres décadas de andadura y que había ninguneado a los propios presidentes de la institución con los que convivió. (Fallecido Pedro Masaveu, son precisamente hoy los expresidentes Plácido Arango y José Ramón Álvarez Rendueles junto con el actual presidente de la Fundación Matías Rodríguez Inciarte sus más acérrimos críticos y quienes primero desean perderle de vista).

Salvo que medie una enfermedad grave que imposibilite el ejercicio de sus funciones, limitar la edad de trabajo en los setenta años a un cargo de responsabilidad produce hoy en día risa al comprobar el reciente nombramiento, además consensuado por amplia mayoría, de Alberto Oliart, con ochenta y uno, al frente de RTVE, o la edad de bastante más allá de los setenta de una buena parte de los máximos dirigentes de las entidades financieras, empresariales o fundacionales por todo nuestro País. El propio Rey sobrepasa esa edad, tiene legalmente señalado un sucesor ya cuarentón, y nadie ha empleado la afilada guillotina de los setenta años para prescindir de él. Lo de Graciano no ha sido el final normal de una etapa laboral, ha sido una jubilación forzosa premeditadamente amañada por un cambio más que oportuno en el reglamento.

Es una realísima patada sin la menor duda al promotor de la idea fundacional, semánticamente amortiguada con gasas principescas de “director emérito y vitalicio” (sic) y a la insinuada “estrecha vinculación con Sus Altezas”, que ya veremos en que acaba todo eso pasado cierto tiempo. Los antecedentes (Sabino, que en paz descanse, y otros) de las salidas de fieles colaboradores de la Casa del Rey y de su entorno no suelen ser lo que se dice ni modélicas ni agradecidas. Borbonear es un verbo que se aplica aquí con excelente finura. Lo cierto es que desde el próximo jueves día 17 de este mes Graciano García habrá dejado de ser director de la Fundación Príncipe de Asturias con todas las consecuencias, y por aquello, muy bien aplicado tantas veces por la autoridad de turno que puede hacerlo, de “al oponente, la legislación vigente”.

Y es que ese día se va a reunir, “para decidir al sucesor”, el patronato de la Fundación. Decisión de sucesión que, sin embargo, ya está hecha, y sobre la que algunos patronos se han quejado públicamente.

Hasta ahora, el patronato no había nombrado a ninguno de los presidentes de la Fundación. En todos los casos asumieron sus miembros, con mayor o menor entusiasmo, las directivas del jefe de turno de la Casa de S.M. el Rey, sugeridas, uno a uno, telefónicamente. En esta ocasión ni siquiera el patronato va a elegir al director, cargo que se supone de directa ejecución de las directrices que debe de marcar el propio órgano de gobierno de la institución.

De lo que se sabe de la elección para la sucesión todo suena a dislate.

En primer lugar, el requisito indispensable y excluyente para sustituir al actual director era que debía de ser obligatoriamente mujer. Tan grande fijación en el sexo del aspirante viene motivada, al parecer, por la insistencia de doña María Teresa Fernández de la Vega, vicepresidenta primera y emisaria dineraria a Oviedo de los fondos que el gobierno de Zapatero destina en los presupuestos generales del Estado a la Fundación (para 2010 un millón de euros), sobre la escasísima representación femenina tanto en galardonados como en dirigentes de la Fundación Príncipe de Asturias. Eso tenía que cambiar, y lo va a hacer ya en la primera oportunidad que se presenta: el relevo de director a directora. La manifestación de Fernández de la Vega no es nada baladí dada la importancia de los recursos que su representación aporta a la entidad y, coherentemente, aunque aplicada un poco pronto, la verdad, también con el hecho de que la Fundación, en su siguiente generación, tendrá como presidenta de honor a hembra y no a varón, en la persona de la actual infanta doña Leonor. Aunque faltan años, haciendo caso a la señora de la Vega, era el momento de empezar cuanto antes a hacer más femenina a la Fundación. Primero, pues, y antes que nada, la directora, mujer.

En segundo lugar, “de edad cercana a la de los Príncipes”, bien intencionado propósito para “facilitar la sintonía” con los herederos de la Corona, pero débil argumento si tenemos en cuenta que la relación con Sus Altezas Reales quien la lleva es el presidente y no la directora de la Fundación que además en esta etapa va a quedar de mera gerente con muy poca representación pública. Liberado de la herencia de Graciano, secante mediático donde los haya, quien marcará ahora el paso en los medios de comunicación sobre la marcha de la institución será el presidente Matías.

En tercer lugar, el encargo de selección de la futura directora se ha hecho a través de una agencia de “cazatalentos” que ha seleccionado ya, según se ha dicho, a tres candidatas haciendo el trabajo que bien podría haber hecho –y algunos de ellos reclamado como propio- los miembros del patronato que, se supone, están para decir algo más que “amén”.

Suena ya un nombre determinado, el de Teresa Sanjurjo, abogada, actual directora de la Asociación Española de Fundaciones, en cuyo consejo de patronos, qué casualidad, se sientan Don Emilio Botín, en representación de la Fundación Marcelino Botín, y su bien remunerado empleado en el Banco Santander Matías Rodríguez Inciarte, como presidente de la Fundación Príncipe.

De la preferida que ha trascendido no conocemos su valía pero sí su desconocimiento de la Fundación, y también se ha destacado convenientemente su estrechísima vinculación con Asturias: procede de Castropol por vía materna y en la bella villa marinera suele pasar días de verano.

Ojala haya acierto (o suerte) en la elección, sea esta u otra la persona finalmente nombrada, porque después de casi treinta años, la Fundación Príncipe de Asturias puede verse metida en un lío monumental si las cosas no saben hacerse convenientemente. A los hechos nos remitimos: viendo el espectáculo disparatado de cómo se está llevando a cabo el proceso de la sucesión del director, esperamos preocupados los próximos meses. De momento, cuerpo a tierra.