Porrúa ejemplar
por Sardi
Un pueblo puede tener la suerte de que el destino le viniese a ubicar en un entorno paisajístico maravilloso, entre la montaña y el mar. Pero eso no tiene más mérito que haberle tocado en suerte cuando Dios la repartió por este mundo.
Un pueblo puede tener magníficas edificaciones que sus antepasados poderosos dejaron a las generaciones posteriores, como recuerdo de un pasado, quizá más glorioso e influyente. Pero eso también les tocó en suerte y no tiene mayor mérito.
Un pueblo, y más en estos tiempos, puede olvidarse de sus más ancestrales tradiciones y perderse en la vorágine de una modernidad mal entendida, y en la influencia de corrientes que en vez de mantenerlo, destruyen un pasado de una riqueza cultural que no suele valorarse.
Un pueblo puede quedar enterrado bajo las losas pesadas de un mal llamado progreso que se lleva por delante lo más sagrado y lo más identitario de una cultura popular, cuyo deber de conservar, conjugando presente y pasado, es una gran responsabilidad de todos sus habitantes.
Un pueblo, en definitiva, puede cambiar hasta de nombre en atención a diversas circunstancias, destruirse a sí mismo y renunciar a todo lo que pudiera identificarle, cometiendo un aberrante pecado que nunca sería merecedor de absolución por parte de la historia.
Pero, por suerte, hay pueblos que, aún en estos tiempos, son capaces merced a su orgullo de origen, al entusiasmo de todos sus vecinos y al convencimiento de su deber, de permanecer en toda su pureza sin renunciar al progreso y a las ventajas que el mundo moderno nos ofrece. Son conscientes de que su cultura y sus tradiciones deben permanecer en el tiempo porque son la mayor riqueza que poseen, y la conservan y la miman con paternal respeto.
Uno de esos ejemplos es Porrúa, pueblo ejemplar donde los haya, y merecedor, como pocos, de los premios y reconocimientos con que está siendo galardonado, tanto por la comunidad nacional como por la internacional.
Con todos los merecimientos fue nombrado “Pueblo ejemplar de Asturias” en 2005, por el reconocimiento que le supone a todo un pueblo la unión en el trabajo y proyectos comunes, la solidaridad y la conservación de su siempre fresca etnografía, mantenida a través del tiempo con ejemplaridad y cariño, capaz aún hoy, de mostrar a toda España, en toda su autenticidad y pureza, como fue y como sigue siendo.
No hace muchos días, se cerraron con la magnificencia que Porrúa suele poner en sus celebraciones, los actos con que se ponía colofón a otro reconocimiento, si se quiere más importante y trascendental para este pueblo. Porrúa ostentó durante el 2008, el título de “Pueblo cultural europeo”, que no es un reconocimiento gratuito ni susceptible de asignar por influencias ajenas.
Porrúa, silencioso y laborioso, consigue sus metas. Las metas que se han propuesto todos sus ejemplares vecinos. Por eso es un pueblo que no puede pasar desapercibido. Y se nota. Y destaca. Y suena.
Suenan sus notas musicales, del más puro origen celta, interpretadas por su fabulosa banda de gaitas, “El Llacín”. Suenan por la Mañanga, y más arriba. Y se extienden por los montes, que son sus montes, y por el mar, que también es su mar. Y a esas notas musicales milenarias, las contestan los ganados con sus sonidos, y los lloqueros con sus “tolones”, y el viento con sus susurros. Esos ganados que siguen siendo su vida. La vida de un pueblo empeñado en no salir de sus raíces pero dando la cara al presente y al futuro.
Ese es el mérito de su vida y el triunfo de su obra. Porrúa seguirá siendo ejemplar, mientras que poderes innobles no metan sus sucias manos en su obra. Esta obra merece un respeto escrupuloso y ninguna ideología que no sea de origen popular y cultural, tiene derecho a mancillar un trabajo reconocido internacionalmente.
Yo me siento orgulloso de tener dos nietos porruanos. Dos ramas tiernas de ese árbol que no se secará jamás. Dos ramas que apuntan el cariño a una tierra única y al compromiso con la conservación de esta realidad, pasada y presente que es su pueblo. Dos ramas infantiles que, como otras muchas que en la actualidad desarrolla ese árbol centenario que es el aguacate que arropa al Llacín, son, junto a muchos otros, garantía de futuro y de constante ejemplaridad.
Porrúa ejemplar. Porrúa siempre. Pasado, presente y futuro de una realidad que está ahí. ¡Que nadie la manche! ¡Dejarlos a ellos solos!

Comentarios
Totalmente de acuerdo contigo Sardi. Yo, vecino de Posada y compañero durante años de colegio de muchos porruanos, siempre sentí una envidia sana de la unión que había y hay entre esos vecinos. Parece que cuando entras en Porrúa entras en las historias de tu padre o tu abuelo del monte, del ganao,de lo que luchaban por salir pa´lante. Ojalá, el resto de pueblos tomaramos ejemplo, otro gallo nos cantaría…..