AVACCA con Pepe el Ferreiro

por AVACCA

Trabajadores de una empresa de cerrajería cambiando las llaves del Museo Etnográfico de Grandas de Salime, para impedir la entrada a Pepe el Ferreiro

En el caso de Pepe el Ferreiro, asistimos, una vez más, al eterno pecado nacional: en cuanto aparece alguien con cierta altura de miras, con un espíritu libre e independiente, alguien que destaca, que levanta la cabeza por encima del ganado, del borreguismo general al que nos someten y en el que estamos encantados de vivir… entonces, a ese, el resto del rebaño trata de hacerle agachar la cabeza, de hundirlo en el fango, de condenarlo a la ignominia, al descrédito y al rechazo. Todo, con tal de eliminar a alguien que sin duda ofende, porque les recuerda cada día que nunca serán más que unos borregos apesebrados e incapaces. Así es la gente mediocre. Y España, no nos engañemos, es un país de mediocres. Un país “donde no cabe un tonto más”. Ni un chorizo más, y no precisamente de Cantimpalos.

En este caso, Pepe el Ferreiro dedicó su vida, su ánimo, su trabajo, su tesón, su amor por la tierra que le vio nacer en pro de una ilusión que con el tiempo se fue convirtiendo en una realidad: una colección de objetos traídos de un mundo que poco a poco va extinguiéndose, si no está ya completamente desaparecido. Es el mundo en el que él mismo creció y vivió, y desde el cual nos ofreció un trozo de recuerdo, de memoria, de historia, de vivencia.

La idea tomó forma de museo. Un museo que empezó modestamente, como algo pequeño, personal. Algo que poco a poco se fue acrecentando, ya por la dedicación de su creador, ya por la colaboración de los muchos amigos, vecinos y gentes del lugar que fueron cediendo sus recuerdos, sus vivencias, sus anécdotas… y también los enseres, los objetos cotidianos, la sabiduría popular fraguada durante siglos y encerrada en lo que a primera vista podrían no ser más que unos pocos trastos viejos.

Sin embargo, al correr del tiempo, la locura de un sueño se convirtió en nada menos que uno de los más pintorescos y hermosos museos de Asturias. Un museo que prosperaba, que atraía a las gentes más diversas en busca de un trozo auténtico, vivo, de un mundo ya olvidado. Algo hermoso, una empresa que ennoblece la tierra y las gentes que lo hacen posible, y que da lustre al nombre de su creador, aún más cuando éste renuncia a todo mérito personal y pone la obra de su vida y su ilusión gratuitamente al servicio del pueblo que le vio nacer. El museo es cedido a los poderes públicos para su preservación en el futuro, quedando su creador como administrador del mismo.

Es aquí cuando se elevan las aves de rapiña. Sustentados por la avaricia, el afán de notoriedad, la envidia, la mediocridad que anida en el corazón de tantas personas, los poderosos se lanzan a desposeer a Pepe de su obra. Aluden ciertas zarandajas legales, que Pepe ni entiende ni quiere entender. Baste decir que, pese a que el estatuto legal del que gozaba le garantizaba un sueldo más que lucrativo, él no llegó a cobrarlo nunca porque ni siquiera sabía que se lo habían concedido. Ni falta que le hacía. Un simple hecho que encuadra muy bien la nobleza de su personalidad y las mucho más elevadas miras que alumbraban su espíritu.

Ayer entregó las llaves del museo. Las aves de rapiña, que en esta ocasión pertenecen al Principado, pero que no dejan de ser, una vez más, la manifestación de la envidia ignorante de los mediocres que asolan el país, impidiéndonos levantarnos, una y otra vez, a pesar de que contamos con gente excepcional como Pepe.

Veremos cómo termina esto. Lo habitual es dejar pasar el tiempo, y limpiar su mala conciencia con un homenaje y alguna placa solitaria. Tal vez un monumento a su boina, para no tener que nombrarlo a él. Todo a costa del contribuyente al que con la otra mano roban su patrimonio. Todo para que la marea pase, la gente se olvide, y el ganado vuelva tranquilamente a pacer, dirigido por los mayores cabestros de entre todos ellos, que son los que más bajan la cabeza para meter el hocico entre el fango.

“De las sus bocas todos dizían una razóne: Dios, que buen vassallo, si oviese buen señore!”.(Cantar de Mio Cid).

Entrada enviada por AVACCA.




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