Tres patas y un banco
por IMM

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 Está claro que,  desde el sillón del despacho de la presidencia europea, las vistas son más nÃtidas que desde el bunker de Moncloa. Zapatero acaba de descubrir el nuevo y desolador paisaje que le rodea, y le ha faltado tiempo para venir a contárnoslo a los españoles, sin sospechar -¿quien le ponÃa el cascabel al gato?- que desde el más humilde trabajador, hasta el todavÃa más humilde parado, todos lo conocÃan desde hace demasiado tiempo.
Con el susto en el cuerpo, el presidente se ha decidido a darle la vuelta al paÃs en un par de dÃas, olvidando que va por la segunda legislatura y que, no hace tanto, negaba las terribles evidencias y aún le sobraba tiempo para alardear ante nuestros vecinos comunitarios; los mismos que ahora se plantean que hacer con un paÃs que no cumple ni de lejos las expectativas necesarias para continuar siendo socio de esa Unión Europea que paradójicamente preside.
En esa precipitada huida hacia delante, el desgobierno que padecemos se ha hecho evidente en una interminable serie de medidas que tan pronto se pretendÃan hacer efectivas como se justificaban en su pretendida calidad de amagos de una teorÃa que, como de costumbre, nadie parece querer determinar. En cuestión de horas, este gobierno ha dicho una cosa y la contraria sin que a nadie la hayan salido los colores. Sin apenar despeinarse, emiten documentos que a continuación retiran de la circulación sin más explicaciones. Y en medio de esta vorágine, Zapatero emprende un viaje relámpago al Imperio para postrarse ante el dios Obama y efectuar la lectura de un pasaje de la Biblia, en calidad de cristiano de toda la vida. Insostenible. Tan insostenible como el tan publicitado paquete de medidas tendentes a lograr una estabilidad económica por vÃas de una sostenibilidad que nunca nadie supo en que consistÃa.
A todo esto, los sindicatos, que ya no podÃan seguir mirando al cielo en busca de conjunciones planetarias, despiertan de su subvencionado letargo y se muestran insólitamente  beligerantes –unos más que otros- manifestando su oposición frontal a que nos jubilen distinto;  raro. Tanto ardor guerrero, después de tanto silencio, resultaba muy chocante. Algo se tramaba ahÃ. El gato encerrado luchaba por salir de la caja para averiguar que guantes debÃa colocarse para trabajar. Y, en nada, aparecieron los guantes de seda con los que los sindicatos acariciaban esa publicitada renovación de las relaciones empresario-trabajador, que compensaba la oposición –denles tiempo- al polémico vuelco en los cálculos para fijar el importe de las pensiones. Todo por la partitura. La misma canción de siempre, con un nuevo tÃtulo. El mismo soniquete; el mismo estribillo.
Para acabar de redondear el tremendo desaguisado, y una vez que ya tenÃamos las tres patas (gobierno, patronal y sindicatos) en armoniosa sintonÃa, aparece el banco. Asoma BotÃn (hay que joderse con el apellido) y remata de cabeza, haciendo suyos (¡faltarÃa más!) los recortes anunciados, y asegurando que ese es el camino a seguir. No haré chistes malos diciendo que, al alinearse con todos estos, BotÃn tampoco se despeinó, pero es seguro que compareció sin sacarse las manos de los bolsillos, tan profundos ellos.
Por cierto, entre las nuevas medidas a aprobar, se incluye un plan de empleo juvenil que, según leo por ahÃ, o es el mismo, o es uno muy parecido al que en su dÃa intentó implantar el PP. Aquel intento le costó a Aznar una huelga general con todos los sacramentos. Claro que aquello eran maniobras de la derechona para intentar freir vivos a los currantes. No como lo de ahora, que es por nuestro bien.





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