Un Ferry a Bretaña

por Ramón García

Fue una decisión casi electrizada, sobre dos sorbos de café leyendo el primer periódico de la mañana: las vacaciones se acababan, el viaje a través de Francia siempre es tedioso, largo, muy caro, y esa mañana el Norman Bridge estaba a punto de llegar a Gijón, y zarpaba esa misma tarde, rumbo a Nantes. Todavía no había atracado el barco, y ya había reservado un billete para el viaje de esa noche. Subí a la Campa de Torres para ver el barco: un hermoso ferry azul y blanco atracado al final del Muelle de la Osa. La visión contrastaba con la de la larga fila de camiones que circulaba por la carretera que bordea el río Aboño, cargados de material para verter al mar del otro lado de la perforada y destrozada Campa de Torres (como la escena de un documental sobre el desarrollismo chino en época del Gran Salto Adelante). Fue muy extraño atravesar la Calzada en una radiante tarde estival, era asombroso que, para volver al trabajo, en lugar de infinitos kilómetros de autopista pusiese proa hacia el Musel. Pasadas las ocho, los vehículos del primer viaje Gijón-Nantes ocupaban ya el párking frente al edificio de la Autoridad Portuaria y una pequeña cola se agolpaba ante el mostrador de información. Se echaba en falta la cafetería prometida en la página web de la compañía. A las nueve en punto el barco largaba amarras, empezaba a apartarse del muelle, y mis familiares (incluidos aquellos de los que uno no pudo despedirme a causa de sus dificultades para superar las dos barreras de control policial) comenzaban a desdibujarse en la distancia, al igual que la costa asturiana. El Norman Bridge ofrece información en tres idiomas, la cocina francesa en autoservicio del restaurante Le Normand, un amplio salón con butacas y sofás tapizados de azul marino, mientras que el Cantábrico pone su cabeceo tenaz que no tarda en subirse a la cabeza, y que somete cada acto, cada paso y cada gesto a una suave trepidación. Para el pasaje de ese primer viaje, el ferry era algo así como un traje que viniera dos tallas demasiado grande. Pero estaba ahí en el mar, en la noche del 9 al 10, abriéndose paso entre el cabeceo de las olas hacia Nantes. Había que festejarlo de algún modo, y José Viera, del otro lado de la barra del bar, escogió un buen Jameson para después de la cena. Me contó sobre sus 25 años de experiencia navegando para Luis Dreyfuss. “El 15 de septiembre-me dijo-es una fecha importante: habrá una reunión para decidir si Dreyfuss se queda con Sea-France, que lleva meses aplicando tremendos recortes de personal en todas las líneas y en todos los puertos, y con la que Sarkozy no quiere seguir perdiendo dinero. Por lo que respecta a la Gijón-Nantes, el futuro dependerá de los camiones; en Nantes hay dos grandes industrias, los astilleros y los componentes para el Airbus; por el momento, el barco estará navegando dos meses y su futuro dependerá también de los asturianos”. En cubierta, y en medio del frío del Atlántico, compartí un cigarrillo con Alisio, uno de los camioneros que estrenan la línea: lleva vino y equipo industrial para Francia e Inglaterra desde la sede de Marsous en Vigo. “El ferry es un alivio-me dijo: ahorra kilómetros y peajes, ahorra cansancio, ahorra tiempo”. De vuelta a la cabina para intentar conciliar el sueño, me detuve un momento ante el stand donde se agolpan los folletos y guías explicativos de Gijón. Inútil decir que, de todos los Gijón posibles, el único que aparece en esa serie de folletos es el Gijón-Areces, el Gijón modelado a imagen de Areces: ninguna referencia, por poner sólo un ejemplo, al románico conservado en las parroquias rurales de Gijón, por supuesto ninguna proyección hacia territorios aledaños de Gijón, como Carreño o Candás, pero sí amplia información sobre la Universidad Laboral vendida como ciudad de las ideas, sin informar de que al fin es José Luis Moreno quien está al frente de esas ideas. Mi noche fue horripilante de insomnio y como un zombie deambulé por los pasillos espectrales de la madrugada, pero el amanecer fue espléndido en alta mar. A las ocho y media Le Normand servía un buffet desayuno capaz de revivir a un muerto. Unas pocas horas más y la costa francesa empezó a dibujarse en el horizonte: un amanecer con sol y olor a sal y gaviotas. El Norman Bridge navegó al fin bajo el gran puente a imitación del puente de Normandía que traza la divisoria entre alta mar y las bocanas, y tardó una eternidad en amarrar y preparar el desembarco. Las dos líneas de vehículos en la cubierta de carga resultaban casi anecdóticas, ni siquiera un tercio del espacio disponible, y ese espacio vacío era como un grito de precariedad al contraluz del sol de mediodía, en medio del profundo olor a grasa que los conductores inhalaron durante más de media hora. Al fin se autorizó el descenso de los vehículos. Lo cierto es que al tocar tierra, uno se encuentra en la divisoria de tres espléndidos países franceses: Bretaña al norte, Charentes al sur, el país del Loira al este. Yo tomé hacia Lorient y me desvié hacia Carnac. Era inevitable: si uno elige el norte, Bretaña, es posible que encuentre entre los maizales el fantasma de alguno de los pueblos y lugares que la Autoridad Portuaria está destruyendo en la costa gijonesa. Al pie de las montañas negras, más allá del país de Ty Leudeac existe un pueblecito con sus “venelle” (caleyas) flanqueadas de árboles adosados a la tierra con raíces de vida, y sus pozos centenarios, y otras cosas que uno conoció en un lugar llamado Alto de Aboño. Al salir de Nantes emprendí directamente viaje hacia allí, sabía dónde dirigirme.

Entrada enviada por Ramón García.




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