«Historia de un resentimiento», de Pedro J. Ramírez en El Mundo
CARTA DEL DIRECTOR
El lunes de la semana pasada un amigo común me transmitió un mensaje de su parte: «Dice Baltasar que por qué le persigue EL MUNDO… y que si podéis quedar a tomar un café». Mi respuesta fue clara: «Dile que niego la mayor… pero que no tengo inconveniente en hablar con él cuando quiera». El miércoles mi amigo volvió a verle y comprobó con asombro que Su Señoría ya no tenía interés alguno en llevar a término lo que él mismo había propuesto 48 horas antes. El viernes Su Señoría dirigió un inaudito escrito al Consejo General del Poder Judicial, presentándose como víctima de una campaña orquestada entre EL MUNDO, el PP y determinados estamentos judiciales. Así es Su Señoría: en el juzgado, como en la política y en la vida, él siempre tiene un plan B; puede hacer una cosa o su contraria, en función de su capricho, humor o conveniencia.
Garzón había entendido, pluma en ristre, que para su estrategia de echar los pies por delante le resultaba más útil exagerar la confrontación con nuestro periódico que buscar comprensión, desplegando ora sus dones persuasivos, ora sus dotes lastimeras. Y como todo lo que le sucede a él tiene que ser siempre lo más grande que le haya sucedido a nadie, escribió sin regateo alguno que está siendo «objeto de una persecución mediática sin precedentes por el periódico EL MUNDO». ¿Con qué motivo? «Por el solo hecho de haber cuestionado un informe pericial que sugería vinculaciones alucinadas de ETA con el atentado del 11 de marzo de 2004».
¡Ínclito Garzón! Basta invocar todas aquellas ocasiones en que muchos de sus actuales amigos denunciaban nuestra imaginaria connivencia para darse cuenta de hasta qué punto la coartada de la «persecución sin precedentes» ha quedado roída y raída por el uso. Pero su megalomanía lleva aparejada ya tal pérdida del sentido de la realidad que le hace reinventar sin pudor hechos públicos recientes. Así su extravagante imputación de un delito de falsedad a los tres peritos que denunciaban la manipulación de sus superiores, tras someterles a inquisitorial interrogatorio cuando ni siquiera era competente para entender del caso, se transforma en el «solo hecho» de «cuestionar» su «informe».
Como se recordará, la Sala de lo Penal de la Audiencia resolvió apartarle fulminantemente de ese sumario al constatar su abuso de jurisdicción y la juez natural, a la sazón Gema Gallego, levantó la imputación de los peritos y sentó en el banquillo, con el respaldo del tribunal superior, a los mandos de la Policía Científica que habían falsificado el informe. Ahora él convierte ese acto de reposición de los más elementales fundamentos del derecho nada menos que en motivo de recusación contra la juez Gallego, a la que no deja de insultar y denigrar. Y si bien es cierto que la conducta de esos mandos no mereció finalmente una sanción penal, no menos cierto es que en la sentencia absolutoria quedó acreditado que habían incurrido en graves «inveracidades» e «irregularidades administrativas», resultando «sorprendente» para el tribunal que hubieran recurrido a una práctica «tan inadecuada e incorrecta».
Si de esa manera quedaba corroborado, punto por punto, lo denunciado por EL MUNDO, ¿cómo es posible que Garzón haga emanar de ahí la inquina que nos atribuye? Pues mediante el acto de prestidigitación de introducir como nueva variable una sentencia de la jurisdicción civil -recurrida en casación- cuya única consecuencia, caso de ser firme, sería tener que publicar que utilizamos expresiones «innecesarias», lesivas para su honor. Todos sabemos que si Garzón hubiera atisbado un mínimo margen para actuar contra el periódico y ponernos en un brete, habría presentado una querella por injurias o calumnias.
Pues bien, y aquí es donde al leerlo no pude reprimir una abierta carcajada, son estos antecedentes los que, según Garzón, me llevan a «no dejar pasar ninguna oportunidad» para perseguirle «desde el resentimiento». ¿Cómo, cómo…? ¡Pero qué dice este hombre! Al margen de que entre mis múltiples defectos no figura ninguno de los que se manifiestan a través del retrovisor, personal y corporativamente no tengo sino motivos de gratitud por las múltiples tardes -o mejor dicho mañanas- de gloria que, en los 20 años de vida de EL MUNDO, nos ha proporcionado Garzón por activa y por pasiva. Es como si alguien alegara que el director del ¡Hola! está «resentido» con alguna de las divas de la prensa rosa.
Pero después de la carcajada ha venido la reflexión. ¿Por qué, para lanzarla contra mí, ha elegido Garzón precisamente esa palabra, esa tara moral, ese concepto que Unamuno llegó a identificar como «el más grave de los pecados capitales»? La reciente llamada de uno de sus nietos para recordarme el inminente cincuentenario de la muerte del doctor Marañón ha refrescado mi memoria y me ha remitido a una de sus más certeras interpretaciones de la Historia. Cojan la ocasión al vuelo y comprueben a través de su biografía de Tiberio -subtitulada Historia de un resentimiento- la exactitud con que acaba de manifestarse una vez más ese reflejo condicionado por el que el ser humano, y no digamos el narciso siempre pegado al espejo de la autoadulación, tiende a detectar sus propios defectos, pero atribuyéndoselos siempre a los demás.
«Si hay un hombre cuya vida sea ejemplo de alternativas y de cambios en la conciencia y en la conducta; ejemplo de personalidad construida, no con material uniforme, sino con fragmentos diversos y contradictorios, ese hombre es Tiberio», escribió el doctor Marañón casi 20 años antes de que naciera nuestro Príncipe de la Justicia. Por algo Tácito había presentado ya a su biografiado como un hombre «mezcla de bien y de mal» que practicó «costumbres distintas según las épocas». Y por algo Dión le había definido como un «príncipe de buenas y malas cualidades». ¿Cuántos Garzones hemos conocido ya sucesiva o incluso simultáneamente?
La psiquiatría define el resentimiento como «la evocación de un sentimiento de hostilidad contra una persona o grupo que consideramos que nos ha tratado mal». ¿En qué puedo yo considerarme maltratado por un señor que, insisto, deliberadamente o no, ha venido contribuyendo de manera pertinaz -«más madera que es la guerra»- a que se colmaran todas mis expectativas sobre el periodismo como modus y arts vivendi?
Claro, que tengo la ventaja de haber querido una sola cosa en la vida. Por el contrario, Garzón ha ido dejando rastro público de cuáles eran sus expectativas, cuándo y cómo quedaban defraudadas y a quién responsabilizaba de ello. Si resulta que a continuación sus decisiones en el ámbito jurisdiccional afectaban negativamente a esa «persona o grupo», saquen ustedes sus propias conclusiones sobre si le cuadra o no la definición de resentimiento.
«Felipe González me engañó y me utilizó como un ardid electoral… me ha tratado como a un muñeco», denunció Garzón en mayo de 1994, al marcharse dando un portazo, apenas un año después de haber saltado a la política en las listas del PSOE. Belloch había sido nombrado ministro del Interior y había elegido a Margarita Robles para la Secretaría de Estado: justo los dos cargos que él anhelaba. Una ley disparatada le permitió volver al juzgado y él -por utilizar la pauta que ahora me achaca- «no dejó pasar la oportunidad» de ajustar cuentas con el «señor X» a través del sumario sobre el secuestro de Marey. Si el magistrado Moner no hubiera repetido la instrucción del caso en el Supremo, es probable que todo el procedimiento sobre aquel delito horrible hubiera terminado anulándose por la superposición de su vendetta. Rodríguez Ibarra declaró durante la vista oral que Garzón le dijo: «Si Felipe no me hace ministro, se va a acordar toda su vida». En este caso me lo creo.
«Es típico del resentido», escribe Marañón, «que cuando adquiere un poder fuerte y artificioso haga un uso bárbaramente vindicativo de él». Que después de no haber tenido reparo en proceder contra Barrionuevo y Vera, ahora Garzón haya invocado como causa para requerir la abstención de Margarita Robles su «coincidencia» en aquel gobierno, sólo se explica si continuamos leyendo al fundador de la Agrupación al Servicio de la República: «A cada instante vemos escapar por entre los resquicios de su perfecta armadura oficial el vaho de su rencor, dando a su vida el aspecto equívoco que los contemporáneos interpretaban como hipocresía». Pero en el pecado ha tenido la penitencia, porque la respuesta de la siempre íntegra Margarita Robles ha sido de las de antología.
En el caso de Aznar y el PP, el esquema se reprodujo a partir de la negativa del entonces presidente a apoyar la campaña mediante la que el megajuez trató de autopromocionarse para el Nóbel de la Paz, y no digamos nada tras la decisión de los vocales conservadores del CGPJ de preferir a Gómez Bermúdez para la presidencia de la Sala de lo Penal de la Audiencia. Garzón no podía entender que tras los servicios que había prestado a Mayor Oreja en la lucha contra ETA -opuestos a los que una década después prestaría a Rubalcaba y Zapatero en la negociación con ETA- la derecha ni le ayudara a subir al pináculo de la gloria ni le promocionara en la jerarquía judicial.
De nuevo Garzón «no dejó pasar la oportunidad», con motivo de la guerra de Irak, para comparar a Aznar con el «humus pestilente de quienes carecen de sentimientos», para jalear los gritos de quienes le llamaban «asesino» y para maniobrar soñando con poder sentarle alguna vez en el banquillo. De su inquina hacia el PP quedó sobrada constancia en la forma en que instruyó el caso Gürtel, buscando hacerle el mayor daño posible con sus resoluciones. De ahí que de nuevo las medidas fruto de su obcecación -¡escuchas en las comunicaciones entre abogados y clientes!-, además de ponerle a dos pasos del banquillo, hagan peligrar el conjunto de la investigación contra la trama corrupta. Todo emana, según el biógrafo de Tiberio, «de una desarmonía entre su real capacidad de triunfar y la que él se supone».
¿Y el caso Liaño? ¿Cómo se inscribe en esta teoría la conducta infame de Garzón con alguien hacia quien, después de haber dado tantas veces la cara por él, sólo podía tener motivos de gratitud? El doctor Marañón también tiene una respuesta categórica: «Cuando se hace el bien a un resentido, el bienhechor queda inscrito en su lista negra de la incordialidad». Y añade incluso una frase tremenda atribuida a Robespierre: «Sentí desde muy temprano la penosa esclavitud del agradecimiento».
Cree, pues, el ladrón que todos son de su condición y quienes le conocemos de antiguo tenemos muy amortizado que, por acabar con las citas, «el resentido llega a experimentar la viciosa necesidad de los motivos que alimentan su pasión; una suerte de sed masoquista le hace buscarlos o inventarlos si no los encuentra».
Como ocurría hace 20 años con González, el problema de Garzón no estriba en lo que algunos pensemos o digamos de él, sino en las secuelas de sus propios actos. Y, en su caso, en la impresión que, como me decía no hace mucho un importante miembro del Gobierno, debe estar causando en la Sala Segunda del Supremo el hecho de que tres acciones penales, sólidamente fundadas en otras tantas conductas presuntamente delictivas de un magistrado, tengan el mismo protagonista. Porque, parafraseando a Espriu, aunque en ocasiones sea necesario y forzoso que un juez «muera» por la Justicia, nunca debe toda la Justicia «morir» por un solo juez.
CiU se dispara, de Julián Santamaría Ossorio en La Vanguardia
SONDEO DEL INSTITUTO NOXA PARA “LA VANGUARDIA”
Las elecciones del próximo otoño al Parlament de Catalunya abrirán un largo ciclo de año y medio hasta las generales del 2012, que pasa también por las consultas municipales y por buena parte de las autonómicas en el 2011. Cierto es que cada una de esas convocatorias presenta características propias y que los ciudadanos les adjudican distinta importancia, votando en unas más que en otras y, con frecuencia, por distintos partidos. Pero es muy probable que, dada su proximidad en el tiempo, los resultados de cada una de ellas condicionen, al menos de forma indirecta, los de las demás, creando un clima más favorable para unos que para otros. Por lo tanto, las elecciones al Parlament merecerán tanta o casi tanta atención fuera como dentro de Catalunya.
Se van a celebrar en una atmósfera enrarecida por el peso de la crisis, la preocupación por el paro y la convicción cada vez más extendida entre muchos catalanes de que Catalunya no está mejor preparada que el resto de España para superarla. Por supuesto, esas condiciones podrían mejorar y, en todo caso, en los nueve meses que faltan todavía podrían suceder muchas cosas. Además, los datos de este estudio se han recogido en una de las semanas más complicadas que ha vivido Catalunya en los últimos tiempos y, por ello, pueden quizá contener un punto de exageración. Sin embargo, lo que sí resulta evidente es que si las elecciones se celebrasen hoy, el mapa político de Catalunya se vería seriamente alterado.
Eso es lo que cuenta. A estas alturas las estimaciones del voto hay que mirarlas con muchas reservas, pero si las examinamos en relación con otros indicadores tendríamos que anticipar un escenario en el que CiU podría acercarse a sus mejores resultados históricos y el PSC y ERC a sus peores registros. Si entre el 2003 y el 2006 se tuvo la impresión de que los republicanos podían avanzar, a expensas de Convergència i Unió, en el campo del nacionalismo, ahora eso parece una ilusión óptica. Los republicanos perderían hoy hasta la mitad de sus apoyos en beneficio de sus competidores. Pero CiU gana también de forma clara la competición con el PSC, lastrado por sus dificultades para imponer unidad, lealtad y coherencia al gobierno de coalición que preside José Montilla.
Ese panorama se completa con la estabilidad electoral del Partido Popular e ICV-EUiA y la difuminación de Ciutadans, mientras que el Reagrupament de Joan Carretero, de momento, apenas asoma la cabeza. Algunos expertos pronostican que esta última formación podría ir creciendo en los próximos meses y arrebatar algunos escaños a CiU y Esquerra. Tal vez, pero también es probable que sorprenda que Joan Laporta sea el peor valorado de los posibles candidatos.
De lo que no cabe duda es de que CiU avanza de manera irresistible, a la vez que los demás retroceden o se estancan, marcando una tendencia ininterrumpida que encuentra su mejor correlato en la generalizada voluntad de cambio que expresan los electorados de todos los partidos sin excepción.
Esa tendencia y esa voluntad de cambio vienen corroboradas por una serie de indicadores que reflejan la solidez y coherencia de ambas derivas. Empezando por los líderes, el president Montilla recibe una buena valoración, bastante mejor que la de su partido. Sin embargo, la valoración de Artur Mas, el líder de la oposición, es mucho mejor. Este inspira más confianza que aquel para sacar a Catalunya de la crisis, y la mitad de los catalanes lo prefiere como futuro presidente de la Generalitat frente a tres de cada diez que preferirían al presidente actual. Lógicamente, son los antiguos votantes de CiU y PP quienes más se inclinan a favor de Mas. La novedad es que la mitad de los votantes de ERC y más de una cuarta parte de los del PSC coinciden con ellos.
Pero hay más. En los últimos tres años los juicios sobre la gestión del Govern han sufrido un gravísimo deterioro. En el 2007 eran ligeramente favorables. Hoy, las valoraciones negativas son casi el doble que las positivas.
Y lo que debería obligar al Govern -si aún tiene tiempo de rectificar- a una reflexión más profunda es el hecho de que los catalanes consideren que CiU está más capacitada que él para afrontar casi todos los grandes problemas de Catalunya: el paro, la crisis, la seguridad ciudadana, el autogobierno, el problema lingüístico, e incluso la educación. Tan sólo en sanidad y lucha contra el terrorismo obtiene el PSC una mínima ventaja. ¿Qué ha ocurrido? La crisis y el paro cuentan, pero no lo explican todo.
Habrá que esperar y ver cómo evolucionan las cosas. Si en cuatro o cinco meses CiU ha dado un salto tan grande, nada impediría, en principio, una reversión de la situación, por improbable que hoy parezca. Pero hay algo mucho más preocupante y que se refleja en la segunda parte del sondeo, que se publica mañana: las actitudes frente a la inmigración. La inmensa mayoría de catalanes está a favor del acceso de los inmigrantes a los servicios públicos en condiciones de igualdad, pero muchos ciudadanos creen que su presencia es excesiva, un porcentaje notable piensa que un partido xenófobo podría lograr representación parlamentaria y una tasa significativa estaría en disposición de votarlo, sobre todo entre simpatizantes del PP y CiU. Eso sí que sería un drama.
JULIÁN SANTAMARÍA OSSORIO, catedrático de Ciencia Política de la UCM y presidente del Instituto Noxa Consulting.
¿Un Fondo Monetario Europeo?, de Joaquim Muns en Dinero de La Vanguardia
En los últimos días, las noticias de la posible creación de un Fondo Monetario Europeo (FME) han irrumpido en el cargado ambiente de los problemas de la eurozona. A los alemanes les ha parecido que un proyecto europeo que emulara al Fondo Monetario Internacional (FMI) podría ser el camino para llegar a solucionar el problema de los países que en el futuro puedan encontrarse en la misma situación de Grecia.
Es evidente que, como consecuencia de la crisis, la eurozona ha topado con un problema importante de credibilidad del euro a medida que algunos de sus países miembros están alcanzando los límites de su solvencia y ponen en peligro la estabilidad de toda el área del euro. Como la normativa de la eurozona exige que cada país arrostre, con esfuerzos y sacrificios, el saneamiento de sus cuentas públicas, no se previó ningún mecanismo de ayuda colectiva para casos de crisis como la actual. Ahora se pretende subsanar esta falta de previsión con un nuevo organismo europeo, a imagen y semejanza del FMI, que, con procedimientos que están todavía por definir, rescatara a los países que lo necesitaran.
El Banco Central Europeo y el Bundesbank ya han manifestado que la idea no les parece acertada. En particular, el presidente del banco central alemán, Axel Weber, ha manifestado que la idea le parece una “distracción nociva”. No faltan razones para opinar así. La primera y más obvia es la de saber por qué se quiere duplicar una institución ya existente, el FMI, y que sirve los mismos fines que la que se pretende crear. Resulta chocante que ello se haga después de que el G-20 se haya volcado en subrayar la importancia del FMI y lo haya rubricado con un aumento sustancial de sus recursos.
Si, como reconoce el G-20, el FMI tiene la experiencia y la capacidad operativa, incluidos sus recursos financieros, para ayudar a los países miembros a salir de la crisis, ¿a qué viene este cambio de opinión?. Crear una institución tipo FMI lleva mucho tiempo y consume muchos recursos. Y para que esta nueva institución pueda adquirir experiencia, necesita por lo menos una década de rodaje.
Sabemos muy poco sobre esta nueva institución que se está proponiendo. Parece más bien una idea lanzada al viento para enmascarar la inoperancia práctica de los países de la eurozona ante una situación como la actual y para descargar la responsabilidad, especialmente de Alemania y Francia, en un proyecto futuro. No es, por lo tanto, un plan meditado y bien definido. Lo que sí ha trascendido es que este nueva institución buscaría, sobre todo, la prevención con un sistema gradual de castigos a los países que no cumplan los criterios de saneamiento que se fijen.
Es evidente que un sistema represivo sin respaldo de recursos financieros no puede funcionar y de hecho nunca ha funcionado en la eurozona. Recordemos, en este sentido, el fracaso de las famosas multas por la vulneración del pacto de Estabilidad y Crecimiento, que nunca llegaron a materializarse, con gran desesperación de Solbes cuando era el encargado de hacer cumplir esta normativa. Sin ir tan lejos, el lector recordará la oposición frontal de la canciller Merkel a la propuesta reciente del presidente Zapatero de introducir castigos a los países que no cumplieran los objetivos acordados en un proyecto para 2010-20, que de momento tampoco ha visto la luz..
El pretendido FME no puede funcionar sin cuantiosos recursos humanos y financieros. En un momento como el actual parece inaudito lanzarse a una costosa aventura, de resultados inciertos, y en la que se duplica lo que ya está haciendo otra institución, en la que por cierto los europeos tienen, en conjunto, un peso mayor que el de Estados unidos. Además, ¿quién va a poner los recursos?. ¿Cómo?. ¿Cuándo?.
El problema de la Unión Europea en general y de la eurozona en particular no es de tecnicismos ni de falta de instituciones y de personal preparado para estudiar y resolver los problemas. Recordemos que en su día (1992-93) quedó semiparalizado el Sistema Monetario Europeo (SME), que pretendía mantener una disciplina cambiaria entre los países miembros. Posteriormente, ha sido el pacto de Estabilidad y Crecimiento el que, como he indicado antes, ha sido vulnerado tanto por los grandes países de la eurozona como por los modestos. Este inventario de tropiezos pone claramente de relieve que el problema de la eurozona – y también de la Unión Europea-es el de la falta de voluntad política para mantener y cumplir los pactos ya existentes.
Además, la idea del SME resulta curiosa por otros motivos. Después de criticar a los americanos por dar la espalda al multilateralismo y al FMI por sus condiciones consideradas draconianas, ahora parece que, como ha dicho Merkel, los europeos “queremos poder resolver nuestros problemas solos” y lo vamos a hacer con dureza a juzgar por las sugerencias que expone el ministro de finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, proponente político de la idea del FME, en el Financial Times del pasado viernes.
Como han señalado los propios protagonistas de la idea, el nuevo organismo propuesto supondría un cambio tan radical en la estructura de la Unión Europea que requeriría una renegociación y reforma de prácticamente todos los tratados básicos y su consiguiente aprobación por parte de los 27 países miembros. No tiene ningún sentido lanzarse a tal aventura en estos momentos. Es mucho más urgente trabajar en la reforma del sistema financiero internacional. Sin este nuevo marco, todo lo demás, como dice Weber, es una distracción y, además, contraproducente.
Joaquim Muns. Catedrático de OEI en la UB. Premio de economía Rey Juan Carlos I. Fue director ejecutivo del FMI y del Banco Mundial.
La recuperación en España ya ha comenzado, de David Taguas en Dinero de La Vanguardia
Desde que se confirmó la recuperación global el pasado otoño, se abrió un intenso debate sobre su comienzo en la economía española. Pero, tras el duro invierno, el inicio de la primavera cerrará este debate con una tasa de crecimiento intertrimestral positiva en España. De hecho, si se descontara la fuerte caída del consumo público, el PIB ya habría crecido en el cuarto trimestre del 2009 un 0,2% intertrimestral. Ello puso de manifiesto una composición más virtuosa de la demanda, en la que el gasto privado empezó a sustituir al gasto público. Así, el consumo privado, tras 6 trimestres consecutivos de caída, creció un 0,3% intertrimestral y la inversión en equipo lo hizo al ritmo del 3,1%.
Durante este primer trimestre, continúa la caída del empleo pero a un ritmo sensiblemente inferior (variación intertrimestral del -0,95%) por lo que tasa interanual se situará en el entorno del -3,2%, prácticamente la mitad que en el trimestre anterior. Esta menor caída del empleo desacelerará la productividad que, en términos del empleo EPA, crecerá el 1,25 intertrimestral situándose en el 2,2 interanual.
Por tanto, la tasa de crecimiento interanual del PIB se situará en el entorno del -1,0% (-3,2% de empleo más 2,2% de productividad) y la tasa intertrimestral se puede estimar próxima al 0,3% (igualmente -0,95 de empleo más 1,25 de productividad). Por tanto, la recuperación ha comenzado en el primer trimestre.
El problema, como en otras economías desarrolladas, es que el crecimiento intertrimestral será menor en el segundo trimestre y, con elevada probabilidad, negativo en el tercero, para volver a ser significativamente positivo en el cuarto, alcanzando un promedio anual del -0,2%. Este perfil trimestral responde al observado en las principales economías europeas. Durante el segundo trimestre, se darán dos efectos contrapuestos, por un lado el anticipo de consumo derivado de la subida de los tipos del IVA el 1 de Julio y, por otro, los efectos negativos de la menor demanda europea y, durante el tercer trimestre, se notarán los efectos negativos de la subida del IVA.
No trasladar a las rentas.
El anuncio de la subida de los tipos legales del IVA, desde el 1 de julio de 2010, dos puntos en el tipo normal y un punto en el tipo reducido, tiene un doble objetivo. En primer lugar, elevar los ingresos públicos, 0,7 puntos del PIB en el 2010 y 0,5 puntos adicionales en 2011, contribuyendo a la reducción del déficit público. En segundo lugar, el anuncio de la subida del IVA, junto con la de los impuestos especiales llevada a cabo en 2009, encarece relativamente los bienes de consumo y de importación además de dotar de margen de maniobra al Gobierno para impulsar, si fuera necesario, nuevas medidas que permitan recuperar en el corto plazo competitividad a la economía española. No obstante, se discute sobre los efectos negativos que tendrá sobre la actividad y los precios.
Los efectos de la subida de los tipos del IVA sobre la inflación son de carácter transitorio. Aparecerán en julio del 2010 y desaparecerán en junio del 2011. Sin embargo, los efectos sobre los niveles de precios son permanentes y el encarecimiento relativo de los bienes de consumo y de los bienes y servicios de producción exterior será también de carácter permanente. Ahora bien, si estos efectos transitorios sobre la inflación se trasladaran al proceso de negociación de rentas, intentando cada agente económico empobrecer al resto trasladando su pérdida de poder adquisitivo, el conjunto de la sociedad saldría perjudicado. La mejor estrategia, en esta situación, es que cada agente acepte su empobrecimiento para evitar los efectos no deseables de la medida de política económica.
En resumen, la disyuntiva consiste en elegir entre el pragmatismo de aceptar una pérdida relativa de poder adquisitivo equitativamente distribuida entre todos los trabajadores o lo que, sin duda, sería una alternativa mucho menos equitativa: evitar la disminución del poder adquisitivo de los trabajadores que puedan mantener sus puestos de trabajo, a cambio de que otros pasen a estar desempleados, como consecuencia del aumento de los costes de producción de las empresas y de su pérdida de competitividad frente a competidores exteriores. Se trata pues de elegir entre más empleo con menor desigualdad o menos empleo con mayor desigualdad. Como la primera de las alternativas es mucho más eficiente y justa que la segunda, los efectos transitorios sobre la inflación del incremento de los tipos del IVA no deberían considerarse en ningún caso para actualizar la renta de los agentes económicos, como forma de intentar compensar las pérdidas de poder adquisitivo.
Los efectos transitorios del IVA sobre la tasa de inflación se estiman en 0,45 puntos. Los efectos totales se estiman en más del doble, un punto porcentual, pero buena parte de los mismos se absorberán por los márgenes empresariales dada la atonía de la demanda interna. La propuesta es que la actualización de salarios y rentas del 2010 no incluya este efecto transitorio, que desaparecerá en junio del 2011.
De esta forma, se minimizarían los costes de la subida de la imposición indirecta, evitando su traslación a los costes de producción interior y, por tanto, el encarecimiento relativo de los bienes y servicios producidos en España, ya que ello daría lugar a una menor actividad y un menor empleo. No trasladar a las rentas los efectos transitorios del IVA sobre la inflación es la forma eficiente, equitativa, responsable y solidaria de proceder. algo más de un punto porcentual durante la crisis, desde el 3,0% en el 2007 a cerca del 2,0% en la actualidad. Resulta urgente introducir las reformas necesarias para que los ciudadanos puedan aumentar su renta y su bienestar y ello exige actuar con contundencia en tres frentes.
El primero, la reestructuración del sistema financiero, que resulta muy urgente para que pueda normalizarse y porque está mucho más retrasada que en el resto de economías. El segundo, el plan de consolidación fiscal del Gobierno que debe ser contundente e inequívoco. No se puede estar discutiendo cada uno de sus elementos en base a su popularidad, como ocurre con la subida del IVA o la evolución de los salarios públicos. Y tercero, es necesario apoyar las reformas estructurales de calado, tanto en el mercado de trabajo como en los de bienes, que mejoren las expectativas de futuro. En este sentido, la iniciativa del Gobierno de proponer la necesaria reforma del sistema de pensiones, para defender la equidad entre generaciones y aumentar la credibilidad de la consolidación fiscal, debería haber recibido apoyos del resto de grupos parlamentarios, así como de los agentes sociales.
Reformas para crecer más
Adicionalmente, debe tenerse en cuenta que la crisis ha sido intensa y ha afectado al lado de la oferta de la economía. La OCDE acaba de señalar que la economía española es tras la irlandesa la que más ha reducido su producto potencial. Con modelos econométricos se puede estimar que el crecimiento potencial se ha reducido
David Taguas. Presidente de Seopam. Ex subdirector del servicio de estudios del BBVA y ex director de la Oficina Económica del actual Presidente del Gobierno.
Deuda soberana y crisis de pensiones, de Edward Hugh en Dinero de La Vanguardia
Como han señalado muchos observadores, José Luis Rodríguez Zapatero parece ser un admirador del señor Micawber, el personaje de David Copperfield. Ante la pregunta de qué piensa hacer con el déficit fiscal español del 11,4%, primero promete ampliar la edad de jubilación y luego nos dice que quizá la medida no sea necesaria. A continuación, promete una congelación del sueldo de los funcionarios y luego Elena Salgado, la ministra de Economía, declara que en realidad no era eso lo que parecía que había dicho.
En cualquier caso, se nos afirma, tampoco deberíamos preocuparnos mucho, ya que, como es un país responsable, España habrá recortado de un modo u otro el déficit fiscal hasta el 3% en el 2013. Y ello a pesar de que los analistas más serios consideran que las cifras de crecimiento económico en las que se basan los planes presupuestarios proceden más de los sueños de una Alicia perdida desde hace tiempo en el país de las maravillas que de cualquier tipo de análisis sensato de las posibilidades reales. “Tenemos un plan”, nos asegura la vicepresidente María Teresa Fernández de la Vega, pero para muchos ese plan no parece ser más que una esperanza, como en el caso del proverbial señor Micawber: “Ya surgirá algo”.
La última en llamar la atención acerca del enorme agujero que se está formando en las cuentas españolas ha sido la agencia de calificación crediticia Fitch, que advirtió la semana pasada de que, tras las medidas adoptadas para enfrentarse a la crisis financiera, muchos gobiernos occidentales se enfrentan hoy a una dinámica insostenible de la deuda. La agencia ha señalado al Reino Unido, Francia y España como los países que necesitan elaborar de modo especial y urgente planes para fortalecer sus finanzas públicas si no quieren arriesgarse a perder la preciada calificación AAA.
Esta advertencia clara y directa fue realizada por Brian Coulton, jefe de Economía Global en Fitch. Coulton afirmó: “Los países de la máxima calificación crediticia deben articular planes de consolidación fiscal más fuertes y creíbles durante el 2010 para reforzar la confianza en la sostenibilidad de las finanzas públicas a medio plazo y su compromiso con una inflación baja y estable. El Reino Unido, Francia y España, en particular, deben elaborar programas de consolidación fiscal más creíbles a lo largo del próximo año dado el ritmo del deterioro fiscal y los desafíos presupuestarios a los que se enfrentan a la hora de estabilizar la deuda pública”.
De todos modos, al tiempo que criticaba en tanto que motivo de “preocupación” el enfoque paulatino de Portugal a la consolidación fiscal, Paul Rawkins, alto directivo de Fitch, también declaró que el gobierno español ha actuado con rapidez al anunciar planes para consolidar las finanzas públicas. Sin embargo, advirtió de que los riesgos económicos a los que se enfrenta España siguen siendo muy elevados; sobre todo, teniendo en cuenta que el ritmo de declive de los ingresos fiscales resulta preocupante y que las “inflexibilidades del mercado laboral podrían prolongar el ajuste económico”.
El actual problema procede de dos lugares. Ante todo, las medidas tomadas para contrarrestar el impacto de la crisis financiera han dado lugar a grandes déficits a corto plazo. Ahora bien, a ello deben añadirse los impactos a largo plazo sobre las finanzas públicas provocadas por el envejecimiento de las poblaciones y el efecto sobre el crecimiento económico de tener poblaciones en edad laboral más viejas y reducidas.
Como ha señalado Willem Buiter, economista jefe de Citi, más del 40% del PIB mundial es producido hoy en países (economías avanzadas, en su inmensa mayoría) que tienen déficits fiscales iguales o superiores al 10% del PIB. Durante buena parte de los últimos 30 años, ese nivel fluctuó en la gama del 0%-5% y estuvo dominado por la deuda de las economías emergentes. Por lo tanto, la crisis marca un punto de inflexión a partir del cual es posible que no haya vuelta atrás; y, en muchos sentidos, no podía haberse producido en peor momento para aquellos países que aún deben emprender una importante reforma de las pensiones que coloque las finanzas nacionales sobre una sólida base para cuando deban enfrentarse al envejecimiento demográfico sin precedentes que les espera.
En realidad, si tomamos el caso de Grecia, donde el déficit fiscal ha sido el centro de la mayor parte de la atención de la prensa, resulta que el problema a largo plazo de las jubilaciones griegas supera con creces las cuestiones relacionadas con la falsificación de las cuentas nacionales a principios de la década de los noventa.
Según un informe reciente de la Comisión Europea, el gasto griego en jubilaciones y atención sanitaria a una población cada vez más envejecida pasará, si no se pone remedio, del actual algo más del 20% del PIB a alrededor del 37% en el 2060. Y Grecia es sólo un indicador de alerta temprana de problemas que están por aparecer en países más grandes, como Alemania, Francia, España e Italia, que han confiado durante décadas en planes de pensiones estatales basados en las retenciones fiscales.
En la actualidad, los gobiernos de toda Europa se ven sometidos a la presión de reexaminar sus compromisos de proporcionar generosas pensiones a lo largo de prolongadas jubilaciones porque los problemas fiscales relacionados con el empeoramiento económico han hecho aflorar de pronto a la superficie al menos una parte de esos costes antes ocultos.
Pensiones no dotadas
Lo cierto es que los pasivos de las pensiones no dotadas de fondos superan con mucho los elevados niveles de la deuda soberana oficial. Según una investigación realizada por Jagadeesh Gokhale, economista del Cato Institute de Washington, la introducción de las obligaciones de pensiones en el balance griego pondría de manifiesto que la deuda pública asciende en realidad a algo así como el 875% de su PIB.
Supondría el mayor nivel de deuda de los 16 países de la eurozona, muy por encima del nivel oficial del 113%. También otros países han ocultado sus obligaciones totales. En Francia, donde el nivel oficial de deuda es del 76% de la producción económica, la deuda total asciende al 549% si tenemos en cuenta sus actuales promesas jubilatorias. De modo similar, en Alemania, el actual porcentaje del 69% ascendería al 418%.
La opinión pública todavía tiene que asimilar la gravedad de estos problemas. Como dice Mohamed el Erian, presidente de Pimco, todavía no se ha apreciado y comprendido de modo suficiente nuestra sensación de la importancia del impacto para las finanzas públicas en las economías avanzadas. Con el tiempo, esta cuestión resultará de gran trascendencia. El último informe de Fitch sólo es otro disparo de aviso. Cuanto antes seamos capaces de reconocerlo, mayor será nuestra probabilidad de alejarnos de los trastornos que provocará ese ajuste a la realidad. Es hora de que dejemos de estar a la espera de que surja algo, porque si seguimos así no nos gustará lo que acabaremos encontrando.
Edward Hugh. Economista. Macroeconomista con Nouriel Roubini. Miembro del Global EconMonitor.
Traducción: Juan Gabriel López Guix.
Menos gobernanza y más gobierno, de Santos Juliá en Domingo en El País
¿Es seguro que las políticas para la promoción del coche eléctrico requieran un pacto de Estado? ¿Comenzarán los fontaneros a cobrar el IVA reducido porque así lo acuerden en un pacto de Estado los dos grandes partidos de ámbito estatal? El apoyo a las energías renovables ¿tendrá que dormir en el cajón hasta que los partidos flanqueados por los sindicatos se hagan la foto en el marco incomparable del Palacio Zurbano? ¿Sólo podrá salvar el ICO los grandes obstáculos con que tropieza su afán por conceder crédito a las pymes cuando los partidos y demás firmen el dichoso pacto de Estado? Y el fomento del alquiler de vivienda ¿necesita acaso un pacto de Estado para extirpar o, al menos, mitigar el innato deseo o la herencia genética que nos impulsa a adquirirla?
Es claro que no, que buena falta hace pasarse semanas y meses reuniendo comisiones, abriendo mesas de diálogo, manteniendo interminables conversaciones -en resumen, practicando la gobernanza- para alcanzar el tan pomposamente denominado pacto de Estado cuando las decisiones estratégicas de política económica para hacer frente a la crisis quedarán al albur de lo que ocurra en otras mesas, en otros palacios, en otros pactos. Más aún: aunque el Gobierno, en el caso de haber diagnosticado correctamente el origen y alcance de la crisis -un diagnóstico al que sigue mostrándose reacio, como todo el mundo pudo comprobar tras las inanes parrafadas de su presidente ante las cámaras de televisión- hubiera propuesto una estrategia coherente para hacerle frente, no necesitaba un pacto de Estado para ponerla en práctica. Le hubiera bastado, en la peor tesitura, el decreto y, en la mejor, una mayoría parlamentaria suficiente para sacar las medidas adelante, por más que la oposición, en el caso de que se decidiera a cumplir su papel, se opusiera.
¿Qué es esto de quedarse empantanados ante medidas claves contra la crisis acusando a la oposición de cosas tan pintorescas como no arrimar el hombro, no echar una mano, no empujar el carro? En los sistemas democráticos, que funcionan a base de mayorías, las oposiciones están para oponerse, elaborar una alternativa y mantener así la posibilidad de otra política. En tiempos de bonanza, como en tiempos de crisis, es fundamental que cada cual defina sus políticas, las dé a conocer al público, se debatan y, claro está, se pongan en práctica, con la idea de que el agotamiento de una de ellas -normalmente, la del gobierno- no arrastre a la otra. Pactos de Estado, con cuentagotas y sólo cuando un cúmulo de circunstancias extraordinarias los haga absolutamente imprescindibles, como ocurrió en 1977, recién inaugurada la legislatura constituyente.
Lo primero que se espera de un gobierno -sobre todo, en tiempos de crisis- es que gobierne. Para eso, lo habitual es establecer una estrategia, lo cual a su vez requiere identificar los problemas y decidir un orden de prioridades. Sólo por falta de liderazgo, o porque en el gobierno surgen posiciones enfrentadas, o simplemente porque no se sabe qué hacer, es cuando todo se vuelve buscar pactos de Estado, un eufemismo para significar pactos que involucren a la oposición, sea por activa, sea por pasiva. Si es por activa para embarcarla en la misma nave sin rumbo y así poder extender a diestro y siniestro la responsabilidad por los males que se sufren o avecinan; si es por pasiva para acusarla de no arrimar el hombro, no echar una mano, no empujar el carro. Todo menos gobernar cargando sobre los propios hombros la responsabilidad de lo actuado.
¿Tiene este gobierno capacidad y recursos para definir y conducir una política económica sin necesidad de pactos de Estado? Si por número fuera, con un puñado de diputados más habría bastante para alcanzar la mayoría absoluta, ahorrándonos este rigodón de mesas y palacios. Lo que la situación necesita no es tanto un pacto como una política, no es tanto un ejercicio permanente e interminable de gobernanza como una acción coherente de gobierno. Ocultar la incapacidad para definirla y ejecutarla hasta sus últimas consecuencias -sin decir hoy lo contrario de ayer y mañana lo contrario de hoy en cuestiones sustantivas- es lo que realmente se echa de menos. Los fuegos de artificio sobre yo quiero un pacto que tu no quieres porque eres malo y no arrimas el hombro y bla, bla, bla, están a punto de acabar con la paciencia de este santo Job en que la crisis ha convertido a millones de ciudadanos directamente afectados en su trabajo, en sus vidas, por aquella crisis que nunca fue y de la que ya vamos saliendo.
El espejo irlandés, de Paul Krugman en Negocios de El País
Todo el mundo tiene una teoría sobre la crisis financiera. Estas teorías oscilan entre lo absurdo y lo verosímil: desde las afirmaciones que señalan que unos demócratas liberales obligaron de algún modo a los bancos a prestar dinero a pobres que no se lo merecían (pese a que los republicanos controlaban el Congreso) hasta la opinión de que unos instrumentos financieros exóticos fomentaron la confusión y el fraude. Pero ¿qué es lo que de verdad sabemos?
Bien, en cierto modo la mera magnitud de la crisis -la manera en que ha afectado a gran parte del mundo, aunque no a su totalidad- resulta de ayuda, aunque sólo sea para investigar. Podemos fijarnos en los países que se han librado de lo peor, como Canadá, y preguntarnos qué han hecho bien: por ejemplo, limitar el endeudamiento, proteger a los consumidores y, por encima de todo, evitar dejarse enredar por una ideología que niega que haya necesidad alguna de regulación. También podemos fijarnos en países cuyas instituciones y políticas financieras parecían ser muy diferentes de las de Estados Unidos, pero que han caído con la misma fuerza, e intentar encontrar causas comunes.
De modo que, hablemos de Irlanda. Como bien señala un nuevo informe de investigación de los economistas irlandeses Gregory Connor, Thomas Flavin y Brian O’Kelly, “casi todos los factores causales aparentes de la crisis de Estados Unidos están ausentes en el caso irlandés”, y viceversa. Sin embargo, la forma de la crisis de Irlanda ha sido muy similar: una enorme burbuja inmobiliaria (los precios subieron más en Dublín que en Los Ángeles o Miami), seguida de una fuerte crisis bancaria que sólo se ha podido mantener a raya mediante un caro programa de rescate.
Irlanda no tenía ninguno de los villanos favoritos de la derecha estadounidense: no había Ley de Reinversión en la Comunidad, ni Fannie Mae ni Freddie Mac. Lo que quizá resulte más sorprendente es la poca importancia de las finanzas exóticas: la quiebra de Irlanda no ha sido una historia de obligaciones de deuda garantizadas y canjes de créditos impagados, sino que se trató de un caso de exceso puro y duro a la vieja usanza, en el que los bancos concedieron grandes préstamos a prestatarios dudosos y al final los contribuyentes tuvieron que cargar con el muerto.
Entonces, ¿qué teníamos en común? Los autores del nuevo estudio señalan cuatro “factores causales profundos”.
En primer lugar, hubo una exuberancia irracional: en ambos países los compradores y entidades crediticias se convencieron de que los precios inmobiliarios, aunque estaban por las nubes según parámetros históricos, seguirían subiendo.
En segundo lugar, se produjo una entrada enorme de dinero barato. En el caso de Estados Unidos, gran parte de ese dinero barato provino de China; en el de Irlanda, procedía principalmente del resto de la zona euro, donde Alemania se convirtió en un gigantesco exportador de capital.
En tercer lugar, los grandes actores tenían un incentivo para correr grandes riesgos, porque si salía cara ellos ganaban, y si salía cruz otros perdían. En Irlanda, este peligro moral era en gran medida personal: “Los jefes de los bancos díscolos se jubilaron con sus grandes fortunas intactas”. También hubo mucho de esto en Estados Unidos: como señalan Lucian Bebchuk, de Harvard, y otros, los altos ejecutivos de empresas financieras estadounidenses en bancarrota recibieron miles de millones en pagos “vinculados a su rendimiento” antes de que sus firmas se fueran a pique.
Pero la similitud más llamativa entre Irlanda y Estados Unidos fue la “imprudencia regulatoria”: la gente encargada de mantener los bancos a salvo no hizo su trabajo. En Irlanda, las autoridades reguladoras miraron para otro lado en parte debido a que el país estaba intentando atraer inversiones extranjeras, y en parte por favoritismo: los banqueros y promotores inmobiliarios tenían estrechos vínculos con el partido en el Gobierno.
En Estados Unidos también hubo bastante de esto, pero el mayor problema fue la ideología. De hecho, los autores del informe irlandés se equivocan al subrayar el modo en que los políticos estadounidenses entronizaban el ideal de la titularidad de una vivienda; sí, dieron discursos a ese respecto, pero no surtieron mucho efecto en los incentivos de las entidades crediticias.
Lo verdaderamente importante fue el fundamentalismo de libre mercado. Esto es lo que llevó a Ronald Reagan a declarar que la liberalización resolvería los problemas de las cajas de ahorros (el verdadero resultado fue unas pérdidas enormes, seguidas por un gigantesco rescate financiado por los contribuyentes) y a Alan Greenspan a insistir en que la proliferación de instrumentos derivados había fortalecido de hecho al sistema financiero. Esta ideología fue en gran medida la causante de que los reguladores ignoraran los riesgos cada vez mayores.
De modo que, ¿qué podemos aprender del hecho de que Irlanda haya tenido una crisis financiera de tipo estadounidense cuando sus instituciones son tan diferentes a las del otro país? Principalmente, que tenemos que centrarnos en los reguladores tanto como en las regulaciones. Adelante, limitemos el endeudamiento y el uso que se hace de la titularización, que son algunas de las cosas que Canadá ha hecho bien. Aunque esas medidas darán igual a no ser que la gente que considera que su deber es decir no a los banqueros poderosos obligue a respetarlas.
Por eso necesitamos un organismo independiente que proteja a los consumidores financieros (algo que Canadá también ha hecho bien) en lugar de dejar esa tarea en manos de instituciones que tienen otras prioridades. Y más allá de eso, necesitamos un cambio radical de actitud, y reconocer que dejar que los banqueros hagan lo que quieran tiene todos los ingredientes para llevar a un desastre. De no ser así, no habremos aprendido de nuestra historia reciente, y estaremos condenados a repetirla.
Paul Krugman es profesor de Economía en Priceton y premio Nobel de Economía 2008.
© 2009 New York Times Service.
Traducción de News Clips.
Los peligros de la reducción del déficit, de Joseph E. Stiglitz en Negocios de El País
Una ola de austeridad fiscal se precipita sobre Europa y Estados Unidos. La magnitud del déficit presupuestario -como la de la recesión- ha tomado a todos por sorpresa. Pero, pese a las protestas de los antes defensores de la desregulación, que quisieran que el Gobierno siguiera siendo pasivo, la mayoría de los economistas creen que el gasto público ha tenido un impacto positivo que ha ayudado a evitar otra Gran Depresión.
La mayoría de los economistas también coinciden en que es un error mirar solamente un lado de la hoja de balance (ya sea en el sector público o privado). Uno debe evitar fijarse solamente en las deudas de una empresa; también hay que ver sus activos. Esto debería servir para responder a los halcones del sector financiero, quienes están dando la alarma sobre el gasto público.
Después de todo, incluso los halcones del déficit reconocen que deberíamos concentrarnos en la deuda nacional de largo plazo y no en el déficit actual. El gasto, especialmente en inversión educativa, tecnológica y en infraestructura, puede realmente conducir a la disminución del déficit a largo plazo. La visión miope de los bancos contribuyó a crear la crisis; no podemos dejar que la visión miope del Gobierno -empujado por el sector financiero- la prolongue.
Un crecimiento más acelerado y los rendimientos de la inversión pública producen mayores ingresos fiscales, y un rendimiento de entre el 5% y el 6% es más que suficiente para compensar los incrementos temporales de la deuda nacional. Un análisis de costo-beneficio (que tome en consideración otros impactos, además de los del presupuesto) hace que esos gastos, incluso financiados con deuda, sean todavía más atractivos.
Finalmente, la mayoría de los economistas están de acuerdo en que, aparte de estas consideraciones, el tamaño adecuado del déficit depende en parte del estado de la economía. Una economía con poco dinamismo requiere de un déficit mayor, y el tamaño apropiado del déficit frente a la recesión depende de circunstancias precisas.
Es aquí donde difieren los economistas. Las previsiones son siempre difíciles, pero en especial en tiempos tan complicados. Lo que ha sucedido no es (por suerte) algo que ocurra todos los días; sería una tontería mirar las pesadas recuperaciones para predecir la actual.
En Estados Unidos, por ejemplo, la morosidad y las ejecuciones hipotecarias están en niveles no vistos en tres cuartos de siglo; la disminución de crédito en 2009 fue la mayor desde 1942. Las comparaciones con la Gran Depresión también son engañosas porque hoy la economía es muy diferente en muchos sentidos. Y casi todos los llamados expertos han probado ser altamente falibles -muestra de ello son las sombrías previsiones que hizo la Reserva Federal de Estados Unidos antes de que estallara la crisis-.
No obstante, incluso con déficit importantes, el crecimiento económico en Estados Unidos y Europa es anémico, y las previsiones de crecimiento del sector privado indican que, en ausencia de un apoyo continuo del Gobierno, existe el riesgo de un estancamiento sostenido -que el crecimiento sea demasiado débil para que el empleo vuelva a sus niveles normales pronto-.
Los riesgos son asimétricos: si estas previsiones son equivocadas y se da una recuperación más sólida, entonces, por supuesto, se pueden reducir los gastos y/o aumentar los impuestos. Pero si son correctas, entonces una salida prematura del gasto deficitario podría conducir nuevamente a la economía a la recesión. Ésta es una de las lecciones que aprendimos de la experiencia de Estados Unidos durante la Gran Depresión. También es una de las lecciones de la experiencia de Japón a finales de los noventa.
Estos puntos son particularmente pertinentes para las economías más afectadas. Por ejemplo, Reino Unido ha tenido más problemas que otros países por una razón obvia: tuvo una burbuja inmobiliaria [aunque menos grave que la de España] y las finanzas, que estuvieron en el epicentro de la crisis, desempeñaron un papel más importante en su economía que en la de otros países.
El hecho de que el Reino Unido haya tenido resultados más débiles no es resultado de políticas peores; en efecto, en comparación con Estados Unidos, sus rescates bancarios y políticas para el mercado laboral fueron mucho mejores en varios sentidos. Evitó el enorme desperdicio de recursos humanos que acompaña al alto índice de desempleo en Estados Unidos, donde casi una de cada cinco personas que buscan un empleo a tiempo completo no lo encuentran.
A medida que la economía global vuelva a crecer, los Gobiernos deberán preparar, evidentemente, planes para elevar los impuestos y recortar el gasto. Inevitablemente, el equilibrio adecuado será tema de controversia. Principios como el de que “es mejor gravar cosas malas que buenas” podrían sugerir el establecimiento de impuestos medioambientales.
El sector financiero ha impuesto enormes externalidades sobre el resto de la sociedad. La industria financiera estadounidense contaminó al mundo con hipotecas tóxicas, y en consonancia con el principio “el que contamina, paga”, se les deberían cobrar los impuestos. Además, los impuestos bien diseñados sobre el sector financiero podrían ayudar a aliviar los problemas causados por un excesivo apalancamiento y los bancos, que son demasiado grandes para fracasar. Los impuestos sobre las actividades especulativas podrían alentar a los bancos a poner más atención en su desempeño social primordial como institución de crédito.
En el largo plazo, la mayoría de los economistas coinciden en que los Gobiernos, especialmente los de los países industrializados avanzados con poblaciones que envejecen, deberían estar preocupados por la creación de políticas sostenibles. Sin embargo, debemos estar atentos al fetichismo del déficit. El déficit para financiar la guerra o para ayudar gratuitamente al sector financiero (como ocurrió en una escala masiva en Estados Unidos) generó pasivos sin contar con los activos que los respaldaran, imponiendo una carga para las generaciones futuras.
No obstante, las inversiones públicas de altos rendimientos que se pagan por sí solas pueden mejorar realmente el bienestar de dichas generaciones, y sería una tontería doble dejarles la carga de deudas correspondientes a gastos improductivos y después recortar las inversiones productivas.
Estas son preguntas para más adelante -al menos, en muchos países, las perspectivas de una recuperación sólida son, en el mejor de los casos, para uno o dos años. Por el momento, la economía es clara: reducir el gasto público no es un riesgo que valga la pena tomar.
Joseph E. Stiglitz es catedrático de la Universidad de Columbia y premio Nobel de Economía en 2001.
© Project Syndicate, 2010.
El consumo, en horas bajas, de Ángel Laborda en Negocios de El País
Dos de los indicadores más importantes conocidos esta semana se refieren al consumo de los hogares, el IPC de febrero y el índice de comercio al por menor (ICM) de enero, ambos publicados por el INE. Los dos nos dicen lo mismo, que el gasto de los hogares se mantiene débil y no acaba de arrancar.
Los precios disminuyeron un 0,2% respecto al mes anterior, una décima más de lo que habían previsto los modelos, centrándose este diferencia en los servicios, que se comportaron mejor de lo previsto. El mes de febrero no suele ser un mes inflacionista, pues los precios de los alimentos suelen bajar tras los aumentos estacionales de diciembre y enero ligados a las fiestas navideñas y de Año Nuevo, y también siguen descendiendo, aunque mucho menos que en enero, los del vestido, calzado y otros bienes en periodo de rebajas. En todo caso, el comportamiento de este año ha sido mejor que el del año anterior, por lo que la tasa interanual, es decir, la inflación, bajó dos décimas, del 1% al 0,8%.
Ello se debió en sus tres cuartas partes al componente de energía, cuyos precios no variaron en el mes y su tasa anual bajó del 11,4% al 9,9%. La otra cuarta parte corrió a cargo de los alimentos sin elaborar, que registraron una caída del 3,8% respecto al mismo mes del pasado año. La mayoría de alimentos sin elaborar se comportaron mejor este año que el pasado, destacando las carnes, pescados, frutas y legumbres. En cuanto a los alimentos elaborados, incluyendo el alcohol y el tabaco, su ligera caída mensual fue similar a la del año anterior, si bien ello se debió al fuerte aumento del precio del tabaco, ya que el resto de productos registró mayores caídas que un año antes, destacando los aceites y productos lácteos. Los bienes industriales no energéticos también registraron descensos en febrero, principalmente debidos al efecto rebajas. Pero quizás la sorpresa más notable se centró, una vez más, en los precios de los servicios, cuya tasa interanual ha vuelto a bajar hasta el 1,1%. Hace poco más de un año, en el otoño de 2008, esta tasa rondaba el 4%. Concretamente, la inflación anual de la rúbrica de turismo y hostelería ha caído hasta cero, con tasas negativas para los precios de los hoteles y sobre todo los viajes organizados, y moderadamente positivas para los restaurantes, bares y cafeterías.
En resumen, si no fuera por la energía, la inflación estaría en mínimos históricos. De hecho, el IPC sin productos energéticos registra una tasa interanual del -0,2%, frente a un 1,6% un año antes. Algo gordo está pasando para que la inflación se sitúe en España en estas cifras. Y lo que está pasando es que el consumo de los hogares, tras caer intensamente durante 2008 y 2009, parece estabilizarse, pero no acaba de arrancar.
Las previsiones para lo que resta del año no cambian mucho respecto a lo comentado hace un mes en esta página [gráfico superior izquierdo]. El repunte de los precios de la energía en las últimas semanas provocará un aumento notable de la inflación en marzo, que podría pasar al 1,2%. A partir de julio, el aumento del IVA también añadirá unas cuantas décimas, de forma que el año podría cerrarse en torno al 1,6%. La media anual se situaría en el 1,2%. Si prescindimos de los elementos más volátiles, la inflación subyacente acabará el año en el 0,7% y su media anual en el 0,3%.
El índice de comercio al por menor y otros indicadores de consumo corroboran la debilidad del mismo. Corregidas de estacionalidad y calendario laboral y restada la inflación, las ventas (que excluyen automóviles) descendieron en el cuarto trimestre del pasado año un 5,3% en tasa trimestral anualizada, más de lo que lo hicieron en el tercer trimestre. Con el dato de enero se mantiene este mismo ritmo de caída trimestral [gráfico inferior izquierdo].
A partir de estos datos, seguramente muchos lectores estén pensando que la subida del IVA no va a ser precisamente un factor dinamizador del consumo, y es verdad. Ahora bien, antes que dinamizar el consumo, la prioridad ahora es atajar el déficit público. En esta tesitura, una de dos, o mantenemos la subida prevista del IVA o, si la misma se deja sin efecto temporalmente, hay que volver a pegar otro hachazo al gasto público. ¿Por dónde empezamos?.
Ángel Laborda es director de coyuntura de la Fundación de las Cajas de Ahorros (FUNCAS).
Lo que importa es el amor, de Manuel Castells en La Vanguardia
OBSERVATORIO GLOBAL
Los estudios lo dicen y usted lo siente. Ya le puedo contar historias sobre globalización, internet, crisis y demás zarandajas que usted está pensando en otra cosa. Está pensando en el amor, que es lo que de verdad le importa a usted y a todo el mundo, aunque algunos no lo reconozcan. Porque está enamorado o lo ha estado y lo añora o porque aún tiene la esperanza de encontrarlo algún día en un ascensor, incluso en su vejez. Y además las películas, las novelas, la publicidad y cualquier mensaje del entorno comunicativo confirman su anhelo y su frustración. Digo amor, no cariño o afecto o cualquier otro sentimiento que tenga por sus hijos, padres, amigos o animales domésticos. Tampoco me refiero a la sexualidad, porque no hay amor sin deseo pero hay deseo sin amor, entendiendo por deseo la búsqueda variopinta del orgasmo.
¿Qué es esa cosa misteriosa que nos obsesiona hasta el punto de negar la obsesión para tranquilizarnos? Siendo misterio no sabemos mucho, pero sabemos dos cosas fundamentales. El amor es fusión entre dos seres. No es coito, no es (¡absolutamente no!) matrimonio, familia o cohabitación. Es fusión mental que se traduce en todo lo demás. Porque así lo determinó la evolución de las especies. Porque sólo fusionándose se aseguraba no sólo la reproducción biológica, sino también la reproducción social, el cuidado de las criaturas, la estabilidad del grupo familiar. Sólo con el reconocimiento profundo de la una y el otro se construyó la reproducción ampliada de la especie humana. Claro que la dinámica del deseo también incluye el amor-fusión homosexual. Pero el despliegue de esa forma de amor ha tenido que esperar no sólo a la evolución cultural, sino a la evolución científica que desliga tendencialmente heterosexualidad y reproducción biológica. Amor es fusión. Es dejar de ser yo para ser nosotros. La historia de la literatura está sembrada con esta narrativa.
El problema deriva de la segunda cosa que sabemos científicamente. Y es que el yo no es fusionable. Es siempre yo. Lo intuíamos, pero ahora lo sabremos en unos pocos meses cuando se publique el nuevo libro de Antonio Damasio sobre la construcción del yo en el cerebro, cuyo contenido no revelo porque el descubrimiento es suyo. Sabíamos ya dónde está localizado el yo en el cerebro. Pero el funcionamiento de esa zona es específico en cada individuo. Por eso soy yo y no otro. Y ahí está la contradicción. Amor es fusión. Pero en realidad de quien estamos enamorados es de nosotros mismos. Y la fusión consiste en que el otro o la otra se fusionen conmigo. Y como cada uno quiere lo mismo, ahí empiezan los problemas.
La evolución biológica y cultural a lo largo de la historia resolvió el problema decidiendo que el ser físicamente más fuerte (el hombre), que podía proteger al ente fusionado de los peligros del entorno, fusionara a la otra. Así se constituye la familia patriarcal, la institución más longeva de la humanidad que ha llegado hasta nuestros días: la autoridad del hombre sobre la mujer y los hijos e hijas en la familia, en la cultura, en las instituciones y, por si acaso, en la ley divina.
Pero resulta que el cerebro también alumbra la conciencia en su interacción con la sociedad. Y que la historia quiso que las mujeres, primero unas pocas de ellas (pobres brujas) y luego masivamente en las cuatro últimas décadas, decidieran por sí mismas que su yo valía tanto como el del otro. Les costó sangre, sudor, lágrimas y Prozac, pero hoy en día las nuevas generaciones ni entienden eso de que el que tiene derecho de pernada es el macho. Por eso Marina Subirats y yo titulamos el libro que publicamos hace no mucho Mujeres y hombres: ¿un amor imposible?
Porque si ya no hay base cultural para la fusión en sentido único (masculino) y por otro lado los hombres somos como somos (pobrecitos, no es culpa nuestra, nos hizo la evolución), pues no hay fórmula amorosa igualitaria posible. Puede haber contrato de convivencia atado y bien atado, pero no fusión, porque esto requeriría ni más ni menos que el rebobinaje del proceso mental para que dos seres acepten ser uno hecho de dos a partes iguales. Marina y yo coincidimos en el análisis sobre el patriarcado, la insurrección de masa de las mujeres y demás temas clásicos del feminismo. Pero diferimos en el diagnóstico.
No hablaré por ella porque es lo que suelen hacer los hombres con las mujeres. Sólo diré que piensa que podrá haber amor el día en que cambien los hombres. Y yo digo que no tenemos ningún interés objetivo para cambiar. Porque no estamos enamorados de una mujer ni de varias. Estamos enamorados de nosotros mismos y lo que necesitamos son espejos para reflejarnos en ellos. Claro que si no nos dejan aceptamos un contrato de coexistencia pacífica, fundamentalmente para tener acceso fácil a la sexualidad. Aunque la sociedad masculina hace siglos que diferenció entre la fusión postamorosa (familia) y la sexualidad (prostitución).
Lo nuevo es que las mujeres pueden también acceder a este modelo o a cualquier otro. Pero la fusión simétrica, o sea, el amor sin dominación, exige un desarme bilateral y simultáneo. ¿Utopía? ¿Quimera? En realidad, ese sueño vive en nosotros. Porque incluso el desamor es lamento de amor. Y todo lo que vive en los humanos tiene el potencial de llegar a ser. A condición de partir del yo y de que nadie se niegue en esa fusión que no es un nuevo ente, sino dos yos en constante interacción. O sea, que a lo mejor Marina tiene razón. Pero los modelos que llevamos dentro no nos sirven. Si usted aún busca el amor (incluso con la persona que tiene al lado y a quien nunca realmente miró más allá de usted), busque su reflejo en el espejo de la otra persona para, tal vez, volverse a enamorar.
De usted mismo.
Oposición desbocada, de Fernando Ónega en La Vanguardia
TRANSBORDO, MONCLOA
El resumen político de la semana podría ser éste: Zapatero, cansado; la oposición, desbocada. La impresión sobre el presidente tiene dos orígenes: su aspecto físico, que ha perdido algo de lozanía, y su entrevista en TVE, donde un mal escenario para una conversación televisada agrandó la escasez del mensaje. El diagnóstico sobre la oposición está en la crónica diaria. Con razón o sin ella, el PP, alanceado por un buen acompañamiento mediático, se lanza sin piedad sobre cualquier suceso o declaración de ministro. Desarrolla una actividad destructora que no se había visto ni en los tiempos del “España se rompe”. Y presenta un panorama desolador del país que quizá esté en la base de la creciente falta de confianza social.
Ciertamente, los gobernantes les facilitan el trabajo. Es ya un tópico la facilidad con que se contradicen, como si estuvieran remando a favor del PP. Esta semana, además, pareció que regalaban parcelas de poder o de discurso. El ejemplo más notorio fue el bondadoso consejo de don Celestino Corbacho, que fue a caer justamente en lo que más recuerda la memoria colectiva de la despedida y cierre del felipismo: háganse ustedes un plan privado de pensiones. No está el combate político para esas bondades de intención.
Lo que ocurre es que, abierta la compuerta del ataque general, aparecen los incontrolados. Hay una carrera para ver quién es más duro, y la novedad de estos días es el paso de la pelea verbal a la acción en la calle. La recogida de firmas que se hizo en Catalunya contra el Estatut se quiere hacer ahora en Madrid contra el incremento del IVA. Quedará para la pequeña historia la llamada de la presidenta Aguirre a la rebelión -esa fue la palabra- contra el impuesto, en una arenga que recuerda la convocatoria del alcalde de Móstoles: ciudadanos, la economía está en peligro. Sólo le faltó pedir que no se cobre y no se pague el impuesto. Aguirre no es una outsider; es la representante del Estado en una comunidad autónoma, pero su prodigioso instinto electoral la lleva a comportamientos de rebeldía y motín en lo que afecta al bolsillo del contribuyente. A Rajoy no le queda más remedio que bailarle el agua, si no quiere resucitar conflictos de liderazgo.
Una mínima prospectiva de futuro sugiere que esto irá a más. Los sondeos indican que es rentable la destrucción de Zapatero. No ganan muchos votos, pero se los hacen perder al PSOE, y han empezado a recrearse en el mito de que las elecciones no se ganan, sino que las pierde el gobierno, como les pasó a ellos el 2004. Pasado el ecuador de la legislatura, nos espera una segunda mitad de asedio cruel. Nada que reprochar, desde el punto de vista de la estrategia y de las obligaciones de la oposición. Únicamente alguna duda: el anuncio de la hecatombe económica por la subida de impuestos, ¿no ahuyenta a los posibles inversores? ¿No contribuye a aumentar la desconfianza social? ¿No retrasa todavía más la salida de la crisis? Dios, ¡qué difícil es combinar el beneficio de partido y el interés nacional!
Ejemplo inglés
Que nadie espere que Rajoy explique con exactitud qué política económica hará si llega a gobernar. Se quedará en los aspectos genéricos positivos, ni un detalle más. Aprendió del líder conservador británico, James Cameron. Llevaba 20 puntos de ventaja sobre Brown. Ahora están empatados. ¿Por qué esa caída, si Brown tampoco se desveló como un genio? A Cameron se le ocurrió explicar lo que tenía pensado hacer…
A su tiempo
Que nadie espere tampoco que el mismo Rajoy pida un adelanto electoral, aunque esté convencido de que sólo él nos sacará de la crisis. Tiene su secreto, que se lo escuché a un influyente diputado del PP: interesa ganar en el 2012, cuando la economía empiece a salir a flote. Ponerse a gobernar ahora sería fracasar también ante la dimensión y profundidad de la crisis. No importan los gobiernos y sus medidas. Importa el calendario.
Primera víctima
Recogido en ambientes del gobierno: la Sanidad será la primera víctima del déficit público. Se renuevan pocos contratos laborales. No se contratan nuevos médicos ni enfermeros. Empieza a faltar personal sanitario en servicios de referencia. Y un ejemplo de dificultades, más elocuentes que las cifras del déficit del sector: hay hospitales de Madrid donde no se facilitan muletas a los escayolados.
Elogio de Castilla, de Pedro G. Cuartango en El Mundo
VIDAS PARALELAS: MIGUEL DELIBES / ANTONIO MACHADO
Como dice Carmen tras la muerte de Mario, «aún me parece mentira. Me es imposible hacerme a la idea». A mí también, pero Miguel Delibes ha dejado para siempre el páramo castellano para irse a las tierras altas del más allá. Allí le espera Antonio Machado, el gran poeta de Sevilla, el escritor que mejor ha sabido expresar -junto al vallisoletano- la esencia de Castilla.
No se me ocurre mejor descripción de Delibes que la que Machado hizo de sí mismo en Campos de Castilla: «Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido, ya conocéis mi torpe aliño indumentario…».
Nadie como ellos ha sabido captar esa mística del paisaje castellano que refleja el alma de sus hombres y mujeres, curtida por los fríos de invierno y los secos calores del verano.
Machado y Delibes retratan a Castilla, pero no embellecen su rostro. Ahí quedan las ruines miserias de los Alvargonzález que se matan por la tierra o la crudeza de la vida en los pueblos en Viejas historias de Castilla la Vieja.
Uno y otro eran dos pesimistas activos, dos hombres tristes que vivían de prestado, casi de paso, en un reflexivo repudio de las vanidades terrenales, como si este mundo no fuera el suyo.
Visité la tumba de Machado en Collioure en 1975 y quedé sobrecogido por su austeridad. Emocionado por la desolación del lugar, deposité unas flores sobre la losa en la que estaba escrito su nombre y el de Ana Ruiz, su madre.
Delibes ha tenido la suerte de morir en su casa y con el reconocimiento que merecía, pero él mismo comentaba que, desde el fallecimiento de su esposa y sus problemas de salud, la vida se le había acabado.
Le vi una vez, hace 40 años. Yo estaba pescando cangrejos con mi padre cerca de Sedano y él estaba por allí cazando perdices, la gran pasión de su existencia.
Delibes era austero, parco en palabras, solitario a pesar de ser padre de una familia numerosa y tenía un acendrado sentido de la dignidad -casi diría del honor – que le llevó a dimitir como director de El Norte de Castilla porque Fraga le había impuesto un comisario político.
Machado también se tuvo que ir al exilio y murió más pobre que las ratas, vencido pero no humillado en una pensión que no miraba al Duero sino al Mediterráneo. Creo que Delibes y Machado tenían algo de quijotesco que forma parte del carácter castellano que llevamos en la sangre los nacidos en esta tierra.
No somos gente manejable ni amable ni seductora, pero sí de palabra. Solemos ser duros, secos y a veces inflexibles. No nos gusta arrodillarnos ante nadie. Comemos carne y bebemos vinos recios. Somos señores de nuestras propias miserias, pero jamás vasallos de las de otros.
Delibes era uno de los nuestros, el mejor de todos nosotros. Descanse bajo un ciprés este buen castellano viejo que ha emprendido el último viaje «ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar».
