¿Cómo echar a Gadafi?, de Josep Borrell en la revista El Siglo de Europa
Un país como Libia, que es poco más que una autopista que atraviesa el desierto bordeando el mar, es un escenario muy poco propicio para la guerra de guerrillas. El que tiene la aviación tiene todas las de ganar, sobre todo si el adversario no dispone de defensas antiaéreas.
A Gadafi sólo lo echará de su refugio de Trípoli la comunidad internacional. La rebelión no tiene fuerza suficiente para hacerlo por sí sola y puede incluso no resistir los ataques de Gadafi. Pero después de lo ocurrido es inimaginable que americanos y europeos permitieran que Gadafi se quede en Libia sentado sobre un montón de cadáveres.
Sí, pero, ¿cómo hacerlo sin generar el sentimiento de que el colonialismo/imperialismo vuelve a decidir el destino de un pueblo árabe?
Es la gran cuestión del momento. Sobre ella acabamos de celebrar aquí, en el Instituto de Florencia, un más que interesante debate. La opinión de los expertos es que occidente debe pensárselo dos veces, o más, antes de expulsar a Gaddafi de Trípoli interviniendo en Libia con tropas de tierra.
Analizando las opiniones de los militares y de los politicos que tienen la cabeza fría y no juegan de farol, está claro que una intervención militar occidental sobre el terreno no es para mañana. El nuevo ministro de Exteriores francés, A. Juppe, analizaba negativamente la reacción que ello produciría en la opinión pública árabe. La propia oposición libia se opone a una intervención militar directa sobre el terreno. Tienen que ser ellos los que liberen Trípoli, como tenían que ser los franceses de Leclerc los que liberaron París.
Además, nada puede hacerse sin un acuerdo en la ONU y el aval de la Liga Árabe. El primero está lejos de conseguirse por la reticencia de China y de Rusia. Y el segundo está menos claro todavía.
A pesar de sus declaraciones, el ardor guerrero de Obama es más bien limitado. Y el del Pentágono más todavía. El 25 de febrero pasado, el secretario de Estado de Defensa americano Gates decía a los cadetes de West Point: “Cualquier ministro de Defensa que aconseje al presidente enviar de nuevo un ejército de tierra a poner el pie en África o el Oriente Próximo debería hacerse mirar el cerebro”. Una referencia clara a Libia. Claro que entonces se pensaba que la revuelta-revolución de los libios podía hacer el trabajo sola. Ahora que no está claro que pueda, la comunidad internacional se enfrenta al dilema de dejar que venza cl más fuerte o intervenir para ayudar a la rebelión. A dia de hoy no se sabe qué etroleras libias están controladas por Gadafi y cuáles por los rebeldes. Por lo visto, la guerra de posiciones no se libra sólo sobre el terreno, sino tam-bien en los libros de contabilidad.
EE UU bastante tiene con lo que tiene como para entrar en otro avispero. Ya han aprendido que la mejor manera de no irrumpir como un elefante en una cacharrería es no entrar en ella.
Puede parecer una actitud poco comprometida con la defensa de la democracia en Libia, pero es la que hemos mantenido en la práctica hasta que estalló la revuelta y, a fin de cuentas, FE UU no tiene ningún interés estratégico allí. Libia sólo es el 2 por ciento de la producción mundial de petróleo y casi todo va a Europa, sobre todo a Italia. Si se tratase de Arabia Saudita la cosa cam biaría. Sólo una desestabilizacion de Arabia justificaría una intervencion de EE UU.
Los europeos están en este caso tan divididos como casi siempre. El Consejo Extraordinario convocado para el día 11 (antes de cuya reunión escribo estas líneas) podría darnos la respuesta sobre la determinación europea. De momento, su presidente ya ha enviado un mensaje a los jefes de Estado y de gobierno animándoles a expresar su apoyo sin reservas a la transición hacia “más democracia en la región”… Se trata de ver si se está dispuesto a mandar algo más que mensajes, y sobre eso si el acuerdo va más bien en la dirección de considerarlo contraproducente.
Queda la posibilidad de establecer la no flying zone de la que tanto se habla para impedir que los aviones de Gaddafi puedan bombardear a su población. Tampoco podría hacerse sin el acuerdo de la ONU porque es un puro acto de guerra. Y por otra parte nada fácil de aplicar. Hacen falta muchos medios de forma permanente y neutralizar primero militarmente las defensas antiaéreas.
Y tampoco en la OTAN hay unanimidad para acometer una acción que, se la (lame como se la (lame, implica una acción militar en Libia. Turquía se opone argumentando que a la OTAN no se le ha perdido nada allí y que sólo puede actuar cuando uno de sus Estados miembros es atacado.
Y sin embargo, es lo único que tiene posibilidades de hacerse. En mi opinión y en la de la mayoría de los expertos que participaban en el debate, se va a establecer esa zona pero no se irá más allá.
Josep Borrell. Presidente del Instituto Universitario Europeo de Florencia.
