¿Que refunden ellos?, de Casimir de Dalmau en La Vanguardia
TRIBUNA
El 25.º aniversario de la adhesión de España y Portugal a la UE coincide con el peor escenario económico de las últimas décadas. La crisis de la deuda pública ha forzado un adelanto electoral en ambos países. En Portugal, el Gobierno de Passos Coelho ha visto cómo el FMI y la UE confeccionaban su programa de gobierno. En España, el alejamiento de un eventual rescate está obligando a Rajoy a preparar el suyo propio. La violencia de la tempestad aconseja posponer el balance de la efeméride y esquivar un pesimismo que lo devora casi todo. Visto con perspectiva, a casi nadie escapan los efectos benéficos de la adhesión a la UE para España y Portugal. Pero la crisis evidencia las imperfecciones del edificio comunitario. Nunca nadie había llegado tan lejos en su desdén hacia las instituciones europeas. También es cierto que nunca antes aquéllas habían exhibido tanta impotencia y desorientación. Una presidencia del Consejo errática, un Parlamento afónico y una Comisión reducida a la función de mero secretariado del Consejo. ¿Del Consejo? ¡No! De Alemania y Francia.
La última reforma -insuficiente- del sistema institucional comunitario recogida en el tratado de Lisboa entretuvo a los veintisiete durante nueve años. ¿Vamos a esperar otro tanto para ponernos de acuerdo sobre lo que hay que hacer ante la mirada atónita, preocupada o de indisimulada satisfacción de la comunidad internacional? Ya no es cuestión de años ni de meses, sino de días. Y no se trata de rescatar este u otro país. Se trata de consolidar la UEM y con ella, el núcleo duro de la integración europea. Si hay voluntad política compartida, las soluciones técnicas seguirán de inmediato. Rigor y disciplina serán el plato de cada día para los próximos años.
Corresponde a quienes gobiernan hoy velar por el interés general de la Unión. Como lo hicieron de forma exitosa los que condujeron la ampliación ibérica hace 25 años. El proceso de integración europea debería continuar fiel a sus principios fundacionales de solidaridad y corresponsabilidad. De lo contrario, la voluntad de situarse no sólo fuera de la zona euro sino incluso de la UE, empezará a abrirse camino entre sectores de la ciudadanía cada vez más alejados de la nomenclatura comunitaria, del papel preponderante de los mercados y de una clase política claudicante. Quizá sea este el momento de preguntarse qué habría sido de Portugal y España fuera de la UE. Pero sobre todo, qué será de Europa sin una apuesta valiente y ambiciosa sobre su futuro inmediato, lejos de la bicefalia actual. En cualquier caso, la península Ibérica no puede ni debe quedar al margen de una refundación de la UE. Que no sea que, además de imponernos un programa de gobierno, vayan a dictarnos también los nuevos tratados.
