¿Son los impuestos españoles relativamente bajos?, de Manuel Hernández López en Expansión
a fondo
Lo escribió Paul Valèry: “En economía, lo simple es falso; lo complejo, inútil”. Este dilema frustrante le va como un guante al debate actual sobre si los impuestos españoles son altos o bajos en el contexto europeo. En efecto, si para hacer comparaciones internacionales en materia impositiva se utilizan estadísticas simples y comprensibles, las conclusiones son generalmente falsas. Si, por contra, se emplea todo el rigor académico, los cálculos devienen frágiles, aproximativos y, al final, poco fiables. Consciente de esta dificultad, mi intención en las reflexiones que siguen es, única y exclusivamente, dar al lector la pauta para hacer con lógica económica comparaciones internacionales en materia de presión fiscal; en ningún caso, abordaré la cuestión -¡oh, cuan importante!- de la pertinencia o no de subir los impuestos en España en la fase coyuntural que atraviesa en estos momentos. Con este objetivo claramente delimitado, establezcamos tres definiciones.
Llamamos presión fiscal bruta (PFB) al conjunto de todos los impuestos (directos, indirectos, herencias, donaciones, transmisiones…) que un ciudadano, o un agente económico, paga a las autoridades públicas (nacionales, regionales, municipales…) en porcentaje de su renta. Este cálculo elemental y simplista, elaborado a partir de las cifras de la OCDE, es el que algunos miembros del Gobierno español o de la Comisión Europea utilizan para afirmar con rotundidad que los impuestos españoles son comparativamente bajos.
La presión fiscal neta (PFN) es igual a la precedente, pero deduciendo todas las transferencias, subsidios, ayudas, … Y todos los servicios públicos gratuitos, o semi-gratuitos, que el agente económico recibe de las autoridades. A nivel individual, esta variable puede ser negativa, nula o positiva. El lector se dará cuenta de lo extremadamente complejo que es estimar correctamente este componente (¿cuánto es lo que el Estado devuelve al ciudadano vía los servicios que le presta?), puesto que no sólo hay que tener en cuenta la cantidad de esos servicios públicos, sino también la calidad. No todos los sistemas nacionales de educación, de infraestructuras o de transporte, por ejemplo, de los países objeto de comparación tienen la misma calidad. Yo no conozco ningún trabajo que haya acometido la tarea de estimar cuantitativamente la PNF pese a que cualquier comparación internacional en materia impositiva que no tenga en cuenta este componente es parcial y en cierto modo sin valor alguno. El conocido índice de Frank (ULB) o el de Gestha (Ministerio de Hacienda) no tienen en cuenta este aspecto tan importante de la cuestión.
Finalmente, se define como ‘esfuerzo fiscal’ (true fiscal pressure o TFP) al ‘quantum de bienestar’ que la presión fiscal neta retira (o añade) al ciudadano. Esta noción tampoco es fácil de calcular o estimar empíricamente. Sí podemos afirmar que, conceptualmente, una tasa de impuesto dada es tanto más cruel cuanto menor es la renta del individuo. Es evidente que, caeteris paribus, un mismo impuesto del 20% por ejemplo en India y en Suecia es infinitamente más pesado en el primer país que en el segundo. En efecto, para el ciudadano de India, 20% de impuesto significa acaso una comida menos diaria, mientras que ese porcentaje permite al ciudadano sueco vivir sin estrechez alguna. Esta es la razón por la que, en todos los países, las tasas impositivas son progresivas,
Para estimar cuantitativamente este ‘esfuerzo fiscal’ (o TFP), es decir, el costo/sacrificio de una tasa impositiva en términos de bienestar , es inevitable utilizar como instrumento de medida la ‘utilidad marginal de la moneda’, cuantificada por el célebre coeficiente de Lagrange (L), tan familiar en microeconomía. Este coeficiente estima el incremento del bienestar que proporciona una unidad monetaria adicional. De esta utilidad (o bienestar) marginal de la moneda, L, sabemos dos cosas: primero, que la correlación entre renta y L es negativa, como se ha señalado más arriba: a mayor renta del ciudadano, menos utilidad tiene para él una unidad monetaria adicional, es decir, menos bienestar adicional le proporciona. Inversamente, retirar una unidad monetaria supone un sacrificio mayor para el ciudadano pobre que para el rico. Segundo, que esa relación entre renta y L no es ni proporcional, ni siquiera lineal.
De esto se deduce que, para hacer comparaciones internacionales de TFP con rigor, la fórmula que hay que utilizar es: TFP = TFN**L, es decir, TFP es igual a TFN a la potencia L. Esta relación permite evaluar correctamente, en forma de índice, el sacrificio o costo de bienestar que el ciudadano sufre por su impuesto; ella incorpora los tres componentes indispensables: lo que el individuo paga, lo que recibe y el nivel de su utilidad marginal.
La ‘utilidad marginal de la moneda’ es una noción que, a primera vista, puede parecer abstracta o poco pragmática para hacer comparaciones internacionales; no obstante, gracias a los numerosos trabajos econométricos que la han estimado para los diferentes países, es de fácil utilización. No es mi intención avanzar estimación cuantitativa alguna de esta ecuación, porque sale del marco habitual de un periódico diario, pero es, sin embargo, claro que las estimaciones del ‘esfuerzo fiscal’ hechas utilizando el índice de Frank o los cálculos de Gestha no son del todo convincentes para responder de forma categórica a la pregunta enunciada al principio de estas reflexiones.
Una conclusión de lo que precede me parece evidente: si, confrontadas como están a dificultades muy serias de saneamiento de la Hacienda Pública, las autoridades españolas deciden subir los impuestos y explicar tal decisión a los ciudadanos, no pueden utilizar el argumento simplista del nivel relativamente bajo de la presión fiscal refiriéndose únicamente al PFB. Es como querer medir la temperatura con un termómetro falso.
Manuel Hernández López. Ex director de la Comisión Europea. Universidad de Alicante.
