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¿El cable rojo o el azul?, de Victoria Prego en El Mundo

PREGUERÍAS

Este es el mayor terremoto no sólo económico sino también político y social que se ha producido en España desde mucho antes de la Constitución. Nunca el marco laboral español había estado tan abierto en canal y nunca un gobierno se había atrevido a remover tan brutalmente las aguas ya muy agitadas de la vida de nuestro país.

Por supuesto, la vida política ha sido removida con igual brutalidad, porque lo que anunció el viernes la ministra de Empleo coloca al Gobierno al borde del precipicio y ahí lo va a mantener hasta que no se empiecen a atisbar los primeros resultados positivos de esta reforma que mañana mismo entra en vigor. Si es que llegan a atisbarse, porque justamente ahí está la tremenda incógnita. Y ni el equipo de Mariano Rajoy está seguro de lograr el éxito ni tampoco los sindicatos lo están de que estas medidas garantizan el fracaso en la lucha contra el paro.

Por esa razón, y aunque la inquietud es extraordinaria entre los trabajadores fijos -es decir, entre los privilegiados que hoy tenemos un empleo y un salario estables- los líderes sindicales no se han atrevido a echar los pies por alto y convocar de inmediato una huelga general.

No tienen la certeza de que la inmensa mayoría de los españoles que ahora están trabajando acudan a una convocatoria así. Y mucho menos la tienen de que los parados, jóvenes y viejos, acudan a ese llamamiento porque saben bien que es a ellos -a ellos sí- a quienes estos importantísimos cambios en la legislación laboral les abren un resquicio para la esperanza.

De modo que ahora mismo lo que hay es una partida extraordinariamente arriesgada que no se va a terminar hasta por lo menos pasado un año y medio -o dos, o incluso tres, como advirtió recientemente la señora Merkel- desde hoy. Y, mientras ese tiempo transcurre, el Gobierno entra en una situación de clara fragilidad política que no va a poder ser atenuada por el hecho de gozar de la tranquilidad parlamentaria que le proporcionan sus 186 escaños.

Los ataques procedentes de las filas de la oposición encontrarán eco entre los ciudadanos. No sólo por lo dicho antes, porque los trabajadores fijos se sienten desde ayer en la cuerda floja. También porque quienes esperan encontrar empleo gracias a estas medidas no van a poder confirmar durante mucho tiempo que surten efecto positivo y no van a tener motivo alguno apoyarlas.

A partir de ahora las acusaciones que se les lancen desde las filas de la izquierda y de los sindicatos tendrán como denominador común el recordatorio de que Mariano Rajoy y sus ministros no sólo han engañado a sus electores sino que se han convertido en los mayores conculcadores de la historia de los derechos laborales de los españoles. Y, por parte del Gobierno, no habrá una respuesta posible que se apoye en datos precisos. Contará, probablemente, con el respiro político que le proporcione el respaldo de Convergència i Unió y, tirando ya por lo alto, a lo mejor incluso hasta del PNV. Pero, por lo que se refiere a resultados, sólo se podrá abrir paso desde el banco azul del Congreso la formulación de una esperanza. Y el problema es que esa esperanza, la de que, al final, esta cirugía mayor termine por sanar a este enfermo casi desahuciado, va a tener que convivir con cifras galopantes de paro.

Porque sería muy ingenuo pensar que, con la liberalización de las condiciones para el despido, multitud de empresarios que ahora están aguantando pérdidas porque no pueden asumir el coste económico de prescindir de algunos empleados, no alivien sus cuentas de resultados por la vía que se les acaba de abrir. Esto sucederá enseguida. Y sucederá mucho antes de que llegue el segundo movimiento que el Ejecutivo intenta provocar, que es que los pequeños empresarios se acojan a las bonificaciones ofrecidas en esta reforma, se decidan a empezar a contratar a jóvenes o a parados de larga duración y se inicie así un cambio de la espiral hacia el infierno en la que estamos viviendo.

Así que habrá más paro, mucho más paro, en los próximos meses. Y, el hecho de que el presidente lo haya advertido ya, no va a conseguir suavizar ni la incertidumbre de unos ni la indignación de otros.

La incógnita es cuánto va a aguantar la sociedad española en estas condiciones. El miedo al futuro es ahora mismo mayor que le miedo al presente, que ya es decir. Pero el Gobierno sabe que está metido en una carrera no sólo contra el tiempo sino también contra la paciencia y la capacidad de resistencia de los españoles.

Puede que los sindicatos no consigan en estos momentos reunir las fuerzas suficientes para convocar una huelga que, por otra parte, tampoco en este instante tendría efectos políticos demoledores sobre el equipo de Rajoy. Y puede incluso que tampoco se atrevan en este instante a agitar las calles del país en términos tan rotundos y violentos como los que se están viviendo en Grecia. Pero este proceso va a ser tan dramáticamente tenso como esas escenas cinematográficas en las que alguien -siempre el bueno de la película- se ve en la tesitura de decidir qué cable corta, el rojo o el azul, para desactivar la bomba de relojería que está a punto de estallar. Esa cuenta atrás resulta tan angustiosa como lo va a ser en España la espera hasta ver si, efectivamente, tras la sangre provocada se comprueba que, en efecto, se inicia la cicatrización de la herida.

Si así fuera, y ojalá que suceda, el Gobierno de Rajoy y, sobre todo el país, estarán salvados. Por el contrario, y dependiendo de cómo actúen desde hoy, los sindicatos y los partidos de izquierda, quedarían seriamente debilitados.

Pero si la apuesta falla, no habrá mayoría parlamentaria que pueda resistir el empuje de la rebelión ciudadana contra el PP y contra los responsables de esta reforma. Y no sería sólo porque su proyecto para sacar a España de la crisis habría fracasado. Es que España misma quedaría hundida. Y, en ese caso, las fórmulas de PSOE o de IU recuperarían el prestigio y el vigor del que en estos momentos carecen.

Ahora que estamos en mitad de la tormenta, cobra todo su sentido lo que un día, nada más llegar al cargo, aseguró en una conversación privada Soraya Sáenz de Santamaría: «Nosotros no hemos venido aquí a quedar bien con todo el mundo, sino a hacer lo que hay que hacer. Y estamos dispuestos a quemarnos en la tarea». Ante el cuadro de mandos están ya. El detonador está activado. El reloj ha iniciado la cuenta atrás. Recemos a lo que sea para que corten el cable adecuado, por dios, y que lo corten antes de que la bomba estalle y saltemos todos por los aires.

victoria.prego@elmundo.es

Publicado por Reggio's

12 Febrero, 2012, a las 7:12 am

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