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Archive for Febrero 3rd, 2010

La condena social de los políticos, de Josep M. Vallès en El País

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Son mediocres, incompetentes, cínicos, mentirosos, aprovechados, manipuladores, corruptos. Cuando no son sus causantes, los políticos se muestran incapaces de resolver la crisis económica, la inseguridad ciudadana, la decadencia crónica de la agricultura, la extensión del paro, las listas de espera de la sanidad, la baja calidad de la educación, la degradación medioambiental.

Basta un muestreo de artículos de prensa, tertulias, cartas al director o mensajes en los medios digitales para constatar un veredicto mayoritario y condenatorio sobre toda una “clase” o “casta” política. Aparece como una rémora perjudicial para el bienestar de sus conciudadanos. En algunos países, el “que se vayan todos” ha sido el grito resumido de este estado de ánimo.

Esta condena a los políticos arrastra fácilmente a una condena general de la política. Si la política es “lo que hacen los políticos”, es inevitable concebirla como el reino del engaño, la corrupción y la pugna egoísta por las ganancias particulares de quienes están en ella. Muy lejos, por tanto, de concebirla como el espacio donde se trabaja por el bien común. Hay que preguntarse por las razones de una opinión tan extendida. ¿Es una reacción fundada? ¿Cuáles son sus motivos? Con ayuda de bibliografía antigua y reciente, resumo algunas explicaciones.

La profesionalización de los políticos. La ciudadanía se aleja cada vez más de una dinámica institucional muy profesionalizada que monopolizan -cada uno a su modo- políticos de dedicación exclusiva y periodistas que les siguen como su sombra. Constituyen un círculo cuasi autónomo, en el que comparten reglas no escritas, escenarios públicos, latiguillos retóricos y otras complicidades. “Los políticos nos ganamos la vida gracias a los periodistas. Y los periodistas políticos os la ganáis gracias a nosotros”: es la frase contundente oída hace años a un profesional de la política.

Convertir la política en un modus vivendi vitalicio entreabre una puerta al corporativismo, la rutina o la corrupción de mayor o menor cuantía. Pero cuesta atribuir el desencanto masivo sobre la política a una reacción irritada cuando se dan prácticas condenables. Unos centenares de corruptos o aprovechados no bastan para explicar la tacha que se lanza sin matices y sin datos sobre 150.000 cargos electos y 2.500.000 de empleados públicos.

La dimisión de los ciudadanos. Los ciudadanos de los países más desarrollados tienden a dimitir de sus responsabilidades colectivas. Están sometidos a la presión publicitaria que promueve un estilo de vida donde el bienestar personal pasa por delante de cualquier otro objetivo. La disposición a la cooperación para fines comunes disminuye. Si apenas se admiten los sacrificios y privaciones que exige la búsqueda de la prosperidad

individual, mucho menos aceptables aparecen las renuncias y las privaciones que reclama la entrega desinteresada al bien público. Ocuparse de los asuntos comunes o comprometerse en su gestión representa una merma del tiempo y de la energía que requieren las obligaciones familiares, las tareas profesionales o las aficiones recreativas.

Hay quien lo formula en tono más filosófico: una pérdida creciente de la virtud cívica -y no sólo o no tanto la corrupción de sus profesionales- provoca esta indiferencia o desafección por la política.

El desprestigio de lo público. Si el valor de la cosa pública cotiza a la baja, se debe a décadas de hegemonía ideológica de cierta visión sobre las relaciones sociales. Se sintetizó en modelos económicos que concebían al individuo como egoísta ilustrado, como maximizador racional de su beneficio en un mercado perfecto. Los modelos se trasladaron al análisis de la política. En versión vulgar, se cifró en frases rotundas: “la sociedad no existe”, “la política no es la solución: es el problema”.

La doctrina tuvo éxito. Hasta la crisis de 2008, al menos. Durante más de 30 años orientó a entusiastas políticos de derecha y a adaptables políticos de izquierda.

La política y lo público se convirtieron en sinónimos de ineficiencia, despilfarro o corrupción. El mercado y lo privado aparecieron como la receta salvadora: privatización de sectores estratégicos, externalización de servicios públicos, aparición de agencias ejecutivas “despolitizadas”, desregulación de actividades de impacto social. De este modo, los propios políticos alimentaron la desconfianza hacia su misma tarea. Dieron a entender que su papel y el papel de los empleados públicos eran cada vez más prescindibles, cuando no perjudiciales. Persuadieron a buena parte de la ciudadanía de que la política que ellos encarnaban era superflua o nociva para el progreso social. Y la ciudadanía les correspondió lógicamente con un desprestigio sin matices de la política y de lo político.

La globalización. Una determinada idea de la globalización se convierte en la coartada resignada para reducir el espacio político hasta hacerlo insignificante. En este contexto, las opciones políticas mayoritarias ofrecen poco margen para la oferta de alternativas distintas. Porque los límites del juego vienen marcados “desde fuera”. La disputa política no se plantea, pues, sobre programas sustantivos que apenas se distinguen entre sí. Si no hay diferencias y “todos son iguales” -no sólo los políticos, sino también sus programas-, ¿cómo podrá estimularse algún interés por lo político? El único estímulo será el fabricado por el marketing, encargado de suministrar envoltorios diferentes para disimular propuestas similares.

El énfasis sobre la calidad del “liderazgo” enmascara la irrelevancia del rumbo que un presunto líder debería fijar. Porque -bajo la apariencia de liderazgo político- sólo hay un “piloto automático” teledirigido por la globalización.

Este fatalismo resignado es una negación de la política como capacidad para decidir entre alternativas de futuro colectivo. Con todo, los datos no siempre abonan la irrelevancia de la política para afrontar grandes problemas. Con decisiones no siempre coincidentes y por tanto discutibles, la política ha tenido que remediar los efectos más catastróficos del pretendido “piloto automático” que llevaba al mundo occidental al borde del abismo económico y social.

En conclusión: es preocupante que los políticos aparezcan entre los grandes problemas percibidos por la opinión. Pero no basta descargar cómodamente sobre ellos -ni siquiera sobre sus malas prácticas- la culpa de una devaluación persistente de lo público y de lo político. Sin suscribir del todo las explicaciones disponibles (Sennett, Hay, Rosanvallon), conviene tenerlas en cuenta si se quiere reivindicar la importancia social de la política y empeñarse -entre todos- en devolverle la necesaria credibilidad.

Porque el rechazo total a la política y a los políticos somete la sociedad a la ruda ley del más fuerte.

Josep M. Vallès es catedrático de Ciencia Política en la UAB.

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Febrero 3rd, 2010 at 9:15 am

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La alargada sombra del 14-D, de Javier Pradera en El País

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El chaparrón de rumores acerca de la depreciación de la deuda española registrado en los mercados internacionales y las malas noticias difundidas durante las últimas semanas sobre el ejercicio de 2009 (un desempleo del 18,8%, un déficit del 11,4% y un crecimiento espectacular de la deuda pública en los últimos dos años) han convencido al presidente del Gobierno de la necesidad de un viraje estratégico de la política económica con mayor eficacia que mil sabios argumentos. El pasado sábado, Zapatero confirmó al Comité Federal del PSOE su voluntad de impulsar un conjunto de propuestas capaces de servir de paraguas protector frente a las indeseadas consecuencias de malformaciones estructurales que aguardan desde hace años una reforma modernizadora.

A diferencia de la terca sordera mostrada por el Gobierno ante críticas formuladas previamente en el mismo sentido por el Banco de España y otras instituciones de ámbito nacional, los preocupantes diagnósticos de los organismos internacionales y los riesgos de una rebaja de las calificaciones crediticias de las agencias de rating han tenido un efecto inmediato.

La caída paulina del presidente Rodríguez Zapatero en el camino de Davos obedeció presumiblemente a la urgencia de enviar señales tranquilizadoras a los mercados internacionales para desvincular la suerte de España de los graves problemas de Grecia.

Las reformas estructurales anunciadas por Rodríguez Zapatero -reducción del déficit público en 50.000 millones de euros de aquí a 2013, retraso en dos años de la edad de jubilación, ampliación del período de cómputo para fijar las pensiones y modificaciones del mercado laboral- no han hecho sino iniciar un largo viaje hacia un destino final cuyo paradero aún se desconoce.

El Gobierno, en efecto, afirma su voluntad de plantear esas propuestas de forma abierta a fin de poder negociarlas con sus interlocutores.

El ajuste trienal del gasto público implicará la necesidad de un reparto entre la Administración central, por un lado, y las comunidades autónomas y los municipios, por otro. Las reformas referidas a la jubilación y las pensiones serán llevadas a la Comisión del Congreso sobre el Pacto de Toledo para su discusión y aprobación. Las propuestas sobre la reforma del mercado laboral deberán ser negociadas en la mesa del diálogo social con los sindicatos y la patronal antes de que el Parlamento se ocupe de conferir rango legal a los resultados.

No sólo abundan los pasos intermedios: además, la buena voluntad de los interlocutores del Gobierno no está asegurada. El calendario de los dos años próximos incluye las elecciones catalanas, las autonómicas de régimen ordinario y las municipales antes de que las generales cierren la legislatura en marzo de 2012. Las polémicas cuestiones sometidas a la concertación de las demás fuerzas políticas son poco propicias para un entendimiento de los socialistas con los partidos nacionalistas y con los integrantes del Grupo Mixto del Congreso.

Pese a que la oferta de Zapatero recoge partes significativas de algunas de sus propuestas, es altamente probable que el Partido Popular se resista a partir peras con el PSOE en vísperas electorales y que incluso apele a los más descarnados mensajes demagógicos sobre empleo, gasto público y jubilación.

Las reacciones iniciales de Rajoy y de su portavoz económico, Cristóbal Montoro, han marchado en esa cínica dirección. Y hasta Aznar aprovechó el revuelo para despotricar de Zapatero y remedar caricaturescamente la retórica de Churchill mediante el burdo método de invertir en forma de diatriba su elogio al comportamiento de los pilotos de la RAF en la Batalla de Inglaterra: “Nadie hizo tanto daño en menos tiempo”.

Zapatero marcó hasta ahora sus distancias con Felipe González a través del diferente trato dado por los dos presidentes socialistas a las centrales sindicales. La huelga contra la reforma de las pensiones de 1985 y la huelga general del 14-D de 1988 -uno de cuyos objetivos fue el contrato laboral de inserción juvenil- han proyectado una larga sombra intimidatoria sobre la autonomía política decisoria del presidente del Gobierno acerca de cuestiones conflictivas que pudieran poner en riesgo sus buenas relaciones con los secretarios generales de UGT y de CC OO.

No parece, sin embargo, que unas reformas de las pensiones y del mercado laboral merecedoras de tal nombre pudieran ser llevadas a cabo con ese desarmado estado de ánimo presidencial.

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Febrero 3rd, 2010 at 9:14 am

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El fin de la ‘baraka’, de Santiago González en El Mundo

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A CONTRAPELO

Hubo un tiempo en que personas con estudios y sin aspecto de haber dimitido irremisiblemente de la actividad racional, explicaban el factor Zapatero con un término sorprendente: baraka, palabra árabe que quiere decir «suerte». Baraka era el manto que protegía a Franco en su larga campaña de Marruecos. Baraka llegó a atribuirse a Aznar por haber sobrevivido al coche-bomba que el 19 de abril de 1995 pudo acabar con su vida. Baraka han llamado también sus fieles a la suerte que ha acompañado a Zapatero hasta su segunda legislatura, pese al fracaso evidente en los tres grandes asuntos que habían definido la primera. La baraka, en fin, es una síntesis del brazo incorrupto de Santa Teresa con la mano invisible de Adam Smith y el fino instinto que llevó a Pepe Blanco a apostar íntimamente por Obama, aunque su natural discreción no le permitiese explicar sus preferencias para no condicionar el voto de los demócratas estadounidenses.

El propio Zapatero explicaba la suerte como un compendio de azar, destino y carácter que lo había elegido para la gloria. Ya en la crisis que negó con tanto empeño consideró que saldríamos del agujero de manera natural. ¿No se acababan para los egipcios los años de las vacas flacas para volver a los de las gordas? Es lo que tienen los ciclos, que las crisis no son para siempre y mientras esperábamos a salir del bache, íbamos a tener seis meses de presidencia europea que iban a proporcionar incontables ocasiones de lucimiento y la foto definitiva junto a Obama.

Tal día como hoy, Berlanga podría rodar un Bienvenido, míster Barack, con la escena final de la primera versión: una caravana que pasa de largo ahora que habíamos aprendido el inglés suficiente para decir: «Welcome to Villar del Río», sin que Blanco y López Garrido sean capaces de ponerse de acuerdo sobre las expectativas que sobre la visita tenía el Gobierno del que ambos son miembros cualificados. Ha pasado el primer mes de la presidencia española con mucha más pena que gloria, con las cifras del paro más altas de Europa y un déficit que hoy por hoy sólo ha alcanzado Grecia. La prensa europea nos mira entra la lástima y el desdén y el presidente anuncia una medida como el retraso de la jubilación para quedar bien en el foro Davos, sin que lo sepa su ministro de Trabajo. La medida, razonable, tal vez no sea la más adecuada para un país con una tasa de paro juvenil tan alta como la nuestra; la política económica es casi siempre un traje que tira de la sisa. La vicepresidenta económica se muestra dispuesta a flexibilizar una posición del Gobierno que probablemente se quedará en nada.

Hace ya más de dos meses que tres cooperantes permanecen secuestrados en Malí; anoche volvió el cadáver de un soldado español, que hace el número 92 de las bajas que contabilizamos por heridas de guerra en una extraña misión de paz. Para completar el panorama, su antecesor en La Moncloa ha destapado la caja de los truenos y hasta el fiel Barreda se atreve a proponerle una remodelación, una inflexión, «un signo inequívocamente claro de que quiere recuperar terreno y dar una respuesta».

Así están las cosas en vísperas del Desayuno Nacional de Oración. ¿Qué puede hacer el presidente? Naturalmente, rezar.

© Mundinteractivos, S.A.

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Febrero 3rd, 2010 at 9:13 am

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Los secretos del liderazgo, de John Müller en El Mundo

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AJUSTE DE CUENTAS

El secretario general de UGT, Cándido Méndez, ya adelantó hace dos semanas su respuesta a lo que ayer nos recetó el FMI: que deben bajar nuestros salarios para que la economía recupere competitividad. «Si fuera por los sueldos, el récord de paro lo tendría Alemania que tiene salarios más altos», dijo Méndez contestando al experto de la patronal CEOE, José Luis Feito.

Méndez tiene razón, pero le faltan algunos requisitos para que su vaticinio sea válido: primero, Alemania debe implantar rápidamente una Logse donde la autoridad académica no sea respetada y el esfuerzo personal no obtenga premio. Una vez que hayan alcanzado los niveles de deserción y fracaso escolar que tenemos aquí y cuando los títulos universitarios -por razones que sería largo enumerar- se hayan devaluado lo suficiente, entonces su mano de obra se habrá vuelto tan poco competitiva que podrán aspirar al récord mundial de desempleo.

En segundo lugar, si quieren el liderazgo del paro juvenil deben terminar ya con el programa empresa-escuela que tanto éxito tiene.

Tercero, los parados teutones deberán contar con prestaciones no vinculadas al reciclaje laboral, con el fin de conseguir que se conviertan en candidatos al desempleo permanente. En todo caso, cualquier intento de formación no debe pasar de una visita a las bodegas de vino del Rin, el visionado de viejas películas elaboradas en la RDA o la simple firma en una oficina pública para acreditar que se busca activamente empleo.

En cuarto lugar, los sindicatos alemanes deben desvincularse totalmente de los institutos económicos con los que están ligados y que figuran entre los más serios del país. Si reciben dinero para formación, deberán dedicarlo a otras actividades. Deben obstaculizar las reformas y empecinarse en defender los privilegios de cualquier grupo con el fin de que el mercado de trabajo sea inflexible y no igualitario.

Quinto, hay que elevar los niveles de congestión de la Justicia alemana. Una rápida solución de las controversias no contribuye a perder competitividad.

Sexto, hay que generar barreras internas -lingüísticas y normativas- para dificultar la movilidad territorial.

Por último, hay que terminar con esa idea alemana de que en la sociedad hay tanto derechos como obligaciones, y, sobre todo, con su fanático respeto a la ley. Eso simplemente abarata el coste de aplicarla. El Gobierno de Merkel aún está a tiempo de adoptar estas recomendaciones. A buen seguro, y con lo metódicos que son los alemanes, en sólo cinco años podrían batir el récord de paro que ahora ostentamos y que no es más que el síntoma de nuestro fracaso colectivo.

john.muller@elmundo.es

© Mundinteractivos, S.A.

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Febrero 3rd, 2010 at 9:12 am

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Ficción y realidad políticas, de Salvador Cardús i Ros en La Vanguardia

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Me confieso un reciente converso  a la serie televisiva The west wing -El ala oeste de la Casa Blanca- que no he conocido hasta hace relativamente poco. Del tiempo que dedico a la televisión, en estos momentos, casi todo se concentra en intentar avanzar capítulos y temporadas de la manera más veloz posible. Siendo el último en llegar, no voy a ser yo quien vaya a descubrirles la inteligencia política de esta serie norteamericana creada por Aaron Sorkin, repetidamente premiada mientras se emitió desde 1999 y hasta el 2006, aunque sí voy a decir que es uno de los mejores elogios que desde la televisión pudiera haberse hecho a la política. Desde los mordaces capítulos que en su momento nos sirvió TV3 de Sí, ministre y luego Sí, primer ministre, que nos invitaban a un sano ejercicio de escepticismo a través del desvelamiento del poder de los altos funcionarios -donde los haya, claro- por encima de los políticos, no había visto nada que pudiera despertar tantas vocaciones políticas ni someter al televidente a un baño de cultura política democrática semejante.

Pues bien, en uno de los capítulos del final de la segunda temporada se puede oír la siguiente frase: “El pueblo dejó de confiar en el Gobierno porque el Gobierno dejó de confiar en él”. Una frase justa y exacta que nos acerca al gran reto de la desafección política con el que pronto nos enfrentaremos en las cada día más cercanas elecciones nacionales catalanas -si el Tribunal Constitucional no dicta antes lo contrario- al Parlament. Se trata de una idea que podría extenderse al conjunto de la política y, particularmente, a la acción de los partidos políticos y no solo del gobierno. En Catalunya se ha dejado de confiar en la política -gobierno y partidos- en la medida que estos dejaron de confiar en los ciudadanos. Y para muestra, los inútiles intentos de acordar las grandes leyes que deberían establecer la reglas del propio juego democrático -la ley electoral- y de la organización de la administración territorial -la ley de la organización veguerial- y que, para justificarlo, se ha oído aquello de “tampoco estamos tan mal”.

El caso de la ley electoral me parece especialmente ejemplar. Los partidos siguen proponiendo distintos modelos de sistema electoral no en función del que debiera ser su objetivo general de mayor representatividad, proximidad y control por parte del ciudadano, sino del cálculo que hacen sobre cuál de ellos va a resultarles más ventajoso. Lo más surrealista del caso es que para sus cálculos recurren a los resultados obtenidos por el sistema antiguo, como si el nuevo modelo no fuera a producir otra cosa que un reparto distinto de lo que ya suelen conseguir habitualmente. Precisamente, uno de los objetivos para abandonar el sistema actual es el de conseguir una mayor visibilidad de los candidatos, ahora prácticamente desaparecidos bajo el cabeza de lista y aspirante a la presidencia. Si el modelo funcionara, las listas de los partidos deberían ser muy distintas de las actuales hasta conseguir perfiles de políticos mejores y más cercanos. Y, si todo funcionara según lo previsto, el ciudadano podría tomar más informadas y mejores decisiones. Es decir, en algunos casos, decisiones distintas a las actuales. De esta manera, ya no se trataría de repartir los mismos votos en proporciones distintas, sino que quedaría abierta la posibilidad de resultados diferentes a los actuales, y en cualquier caso, más fieles a la voluntad política del ciudadano.

La cuestión de fondo es la siguiente: ¿por qué no se ponen de acuerdo en un nuevo sistema? Muy sencillo: porque no confían en el ciudadano, porque tampoco confían en su propia capacidad para competir en un cuerpo a cuerpo más directo y sin la mediación de un marketing electoral bien controlado desde el centro y porque, en definitiva, confían bien poco en que una mayor radicalidad democrática les pueda reportar ningún beneficio partidista. Con siete años de tripartito, habrá quedado definitivamente claro que las grandes leyes que nunca pudieron sacar adelante los gobiernos de CiU, no fue por incapacidad de aquellos, sino por la escasa confianza de todos ellos en las decisiones electorales de los catalanes. No les importa saber qué queremos con más exactitud que la actual si esto fuera a cambiar el statu quo vigente.

Esta pérdida de confianza en el pueblo también explica las dificultades de las administraciones de rango superior para tratar de manera decente a las de rango inferior y, de manera muy concreta, a las administraciones municipales. Se ha visto en los casos recientes de Vic y Ascó, en los que en lugar de atender a las razones de las autoridades locales que conocen de cerca las demandas sociales más directas -en ambos casos, había mayorías transversales en las decisiones tomadas-, se prefirió escuchar la fuerza de otras voces organizadas que, aunque legítimas, no tienen la representatividad democrática de las primeras, pero sí pueden complicar los cálculos electorales hechos desde las direcciones centrales de los partidos. Una vez más, falla la confianza en la expresión más cercana a la voluntad popular y crece la desconfianza del pueblo hacia quien no confía en él.

Vamos a tener ante nuestras narices unas elecciones que van a ser de infarto, y lo peor que podría pasar es que acabáramos prefiriendo ver una buena serie de ficción política en la pantalla de televisión que una mala campaña electoral en la calle. Confío en que, por lo menos, no se adelanten las elecciones y pueda tener vistas ya las siete temporadas completas de The west wing.

salvador.cardus@uab.cat

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Febrero 3rd, 2010 at 9:11 am

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Desasosiegos, de Enric Juliana en La Vanguardia

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ANÁLISIS

Se oye un continuo crujir en las cuadernas de Madrid. Algo se está rompiendo. Son los últimos cables que sostenían la confianza en el Gobierno, dicen los enterados. “Esto empieza a oler a elecciones anticipadas”, proclaman los confidenciales. Los mentideros siempre exageran. Mentidero, esa palabra tantas veces repetida cuando se habla de los líos de la capital de España, era el lugar donde los madrileños se reunían para comentar los chismes del día. Hubo tres muy bulliciosos: el de la plazuela del León, el de las losas de Palacio, frente al Real Alcázar, y el de las gradas de la iglesia de San Felipe en la Puerta del Sol, que fue el más estupendo, dicen.

Humean en los mentideros la última embestida de Aznar a Zapatero (”Nadie hizo tanto daño en menos tiempo”) y el sordo lamento de un veterano ex ministro del PSOE tras conocer el atropellado anuncio de las pensiones diferidas: “Ahora ya sé que perderemos las elecciones”.

La jubilación a los 67 años ha inquietado a todos aquellos que aún vivían la crisis como un estado de ánimo, más que como un estado de precariedad. No olvidemos que en un país con ocho millones de trabajadores intermitentes (41% del total), la mayoría de las personas que han perdido el empleo son inmigrantes y jóvenes.

Más los 400.000 autónomos, comerciantes y pequeños empresarios que han tenido que arriar velas en silencio. No hay relato moral sobre el heroísmo cotidiano del hombre que lucha por no cerrar su taller. El orgullo herido de las clases medias perdedoras se llevará al PSOE por delante. Aznar sabe muy bien hacia dónde apunta cuando proclama que “España ha vuelto a ser un país de segunda”.

Obama no sirve de auxilio. Después del desayuno de oración, Obama se desvanecerá. El toque alarmante, Zapatero lo ha recibido del aliado que no ha sabido trabajarse: Alemania. El Banco Central Europeo -es decir, el Bundesbank rebautizado- no financiará alegremente el déficit español. La crisis de España puede ser más peligrosa para el euro que la debacle de Grecia, remata, en inglés, Financial Times.

El jueves habrá que escuchar al banquero Emilio Botín ante la prensa internacional en Madrid, un día antes de que el Consejo de Ministros apruebe la nueva reforma laboral. Los sindicatos temen que el viernes amanezca con sorpresas, puesto que ya saben lo que es salir trasquilados de la Moncloa. El domingo 24 de enero, Zapatero llamó a palacio a Cándido Méndez y a Ignacio Fernández Toxo para hablar de las pensiones. Salieron casi convencidos de que le habían quitado de la cabeza lo de los 67 años. “Tendré en cuenta vuestros planteamientos”, les dijo al despedirse.

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Febrero 3rd, 2010 at 9:10 am

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Con los pies en el suelo, de José Andrés Torres Mora en Público

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La tristeza no es una enfermedad, la depresión sí. El psicólogo Alexander Lowen proponía una metáfora para distinguir entre ambas: la diferencia entre un violín que toca una melodía triste y un violín desafinado. La derecha española, en su corriente mayoritaria, lleva desafinando más de un siglo.

Si hay un tema en el que la derecha sociológica se muestra particularmente desafinada, ese tema es la política internacional. Seguramente porque es en la política internacional donde la derecha sufrió el trauma, que es su trauma fundacional, que la llevó a la depresión que arrastra a lo largo de todo el siglo XX y lo que llevamos del XXI. La pérdida de la Guerra de Cuba en 1898 está en el origen de la depresión de las élites tradicionales de nuestro país, a la par que de sus problemas de identidad nacional, desnortamiento ideológico y patológico sentimiento de ridículo.

Es posible que si las élites españolas hubieran enviado a sus hijos a las guerras coloniales del XIX, en lugar de librarlos pagando dos mil quinientas pesetas de la época, hubiesen tenido menos razones históricas para deprimirse, aunque sin duda habrían tenido más razones biográficas para estar tristes. Decía Maquiavelo que un buen príncipe debe anteponer la salvación de su patria a la de su alma. El problema de liderazgo de la derecha española es que a la salvación de la patria ha antepuesto, además de la salvación de su alma, la seguridad de sus hijos, la integridad de su patrimonio y, en los últimos tiempos, hasta las posibilidades electorales de su partido.

Precisamente fue en Cuba la única vez que España se midió bélicamente con Estados Unidos. Resulta difícil que las mismas élites que usaron como historia edificante en la mitología de la construcción nacional el relato de Guzmán el Bueno pudieran reclamar con éxito el liderazgo del país después de haber hurtado a sus hijos del sacrificio de la guerra. Por eso, en lugar de liderarlo tuvieron que dominarlo. Desde entonces, en alguna parte de su memoria, la derecha ha conservado el recuerdo de que aquella guerra se llevó su liderazgo. De ahí su trastorno bipolar en la relación con Estados Unidos, que va desde el colegueo de Aznar con Bush a los cabezazos de su ministro de Exteriores.

Es curioso ver a los herederos políticos de Cánovas ponerse exigentes con el papel del presidente del Gobierno en su relación con Estados Unidos. Como si la única forma aceptable para ellos en la que puede relacionarse un presidente español con un presidente norteamericano sea la de poner los pies encima de su mesa. Poco casa tanto orgullo nacional(ista) con los reproches que le han hecho al presidente Rodríguez Zapatero por el lapso de tiempo que transcurrió sin que visitara la Casa Blanca. Sobre todo, cuando el motivo por el que no fue invitado fue el poco respetuoso enfado del presidente Bush, incapaz de aceptar una decisión soberana del Gobierno de España en cumplimiento de un deseo generalizado de la ciudadanía de nuestro país.

Da igual si se trata de un secuestro, de una cuestión de asilo o del menú de una recepción diplomática, no hay vez que nos enfrentemos a un asunto de política exterior que la derecha no saque a relucir la palabra ridículo. Dicen algunos psicólogos que detrás de un sentimiento exacerbado de ridículo hay un deseo, igual de enfermizo, de exhibición. El malsano sentimiento de ridículo de la derecha sociológica de nuestro país no es más que el envés de un no menos malsano deseo de exhibición desmedida. Detrás del miedo al ridículo internacional siempre se esconde el imperial espíritu de Perejil.

Ese miedo al ridículo es exactamente el mismo que sufren nuestras élites tradicionales con el tema de los idiomas. Con motivo de la última visita a Estados Unidos del presidente Rodríguez Zapatero, un columnista de la derecha se preguntaba qué puede hacer alguien en Estados Unidos sin saber inglés. Dudo de que un columnista norteamericano le hiciera un reproche del mismo tenor al presidente Obama cuando visitó Alemania por no saber alemán, o se lo haga cuando venga a España por no saber castellano. Claro que, pensar en la simetría y la horizontalidad entre países debe producir mareo a quienes se consideran tan elevados y distintos en nuestro propio país. ¿No late, detrás del reproche al presidente, un complejo impropio de un nacionalista de derechas?

Probablemente, la visión del problema del idioma en la política exterior sea muy distinta entre quienes protagonizaron con su emigración en Francia, Alemania, Bélgica o Suiza la apertura de la España real a Europa y quienes hicieron de la autarquía el rasgo más significativo de su concepción del mundo y del aislamiento la más destacada seña de su política exterior. Los que se preguntan qué se puede hacer en Estados Unidos sin saber inglés es porque ni se imaginan lo que se hizo en Alemania sin saber alemán.

Ahora, nuestra vergonzosa, por avergonzada, derecha sociológica ha vuelto a sus ironías con el asunto de la invitación del presidente Obama al presidente Zapatero al Desayuno Nacional de Oración. Si tuvieran un poco de sentido común comprenderían que, en pos de nuestras buenas relaciones con aquel país, hay infinitamente más coherencia y dignidad en que un presidente laico se sume a una oración, que en que un presidente religioso se sume a una guerra. El libro de Lowen recomendaba, para mejorar el estado anímico, andar descalzo por el piso. Quizás la derecha podría cumplir sus deberes con nuestro país y sentirse mucho mejor consigo misma si, a la hora de afrontar la política internacional en general y nuestras relaciones con los Estados Unidos en particular, empezara por poner los pies en el suelo.

José Andrés Torres Mora es diputado por Málaga y miembro de la Ejecutiva del PSOE.

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Febrero 3rd, 2010 at 9:09 am

Davos y las pensiones, de Juan Francisco Martín Seco en Público

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Fue precisamente en Davos, hace más de una década, cuando Tietmeyer, entonces gobernador del poderoso Bundesbank, decretó el fin de la soberanía popular. “Los mercados serán los gendarmes de los poderes políticos”, dijo. Era el grito de guerra de un nuevo capitalismo triunfante que, fundamentado en la libre circulación de capitales, se postulaba sin límites ni barreras y que exigía que todo se rindiese a la lógica del mercado.

Se ha visto a dónde nos ha conducido tal sistema: al borde del abismo. El año pasado, en febrero, las fuerzas económicas y sus satélites acudieron también a Davos, aunque en esta ocasión fueron humildemente, recubiertos todos ellos con el sayal de penitente y dispuestos a implorar al sector público que los protegiese del caos. Pero ha bastado un año, sólo un año, para que vuelvan a las andadas y, una vez salvados, sin importarles un ápice los cadáveres que dejan atrás, han regresado desafiantes a la ciudad de los Alpes dispuestos a plantar cara a los gobiernos, a imponerlos sus condiciones y a impedir cualquier regulación.

Como manifestación de su poder, han sentado en el banquillo de los acusados a tres países, no del Tercer Mundo sino de la Unión Europea –España, Grecia y Lituania–, escogiendo como fiscal al presidente del Banco Central Europeo y como jueces, a las agencias de calificación, las mismas que contribuyeron a la crisis dando la máxima valoración al papel basura que infectó la economía internacional. Y lo peor es que, al menos en el caso España, su estrategia ha tenido éxito, porque el Gobierno –tras caer inocentemente en la trampa de comparecer en tal foro– se ha apresurado a dar un giro a la derecha y a asumir las tesis de las fuerzas más conservadoras.

El Gobierno presenta un plan para realizar fuertes recortes del gasto en un presupuesto que apenas lleva un mes en vigor. Poco importa que la economía española se encuentre aún lejos de salir de la crisis y que estas medidas contradigan los planes de estímulo y obstaculicen la recuperación. De nada vale que el stock de deuda pública sea de los más bajos de la Unión Europea y que nuestras dificultades provengan del endeudamiento privado y no del público. No cuenta que nuestro déficit se haya originado fundamentalmente por la contracción de la recaudación, causada en parte por la baja actividad y en parte por una política fiscal que durante estos últimos 12 años ha desarmado los tributos progresivos. Qué más da que la congelación de la oferta pública de empleo lo único que consiga sea incrementar el enorme paro existente. Es igual, los mercados han hablado y hay que obedecer.

El Gobierno ha asumido la tesis de la derecha de que el sistema público de pensiones es inviable y hay que reducir, por tanto, las prestaciones. Resulta lo mismo que las proyecciones demográficas sean todas cuestionables. De nada vale afirmar que en ninguna parte esté dicho que sean únicamente los trabajadores los que tengan que sostener con sus cotizaciones las pensiones, como si los otros impuestos no contasen, principalmente los que se giran sobre las sociedades y las rentas de capital. Es igual, los mercados se han manifestado y hay que inclinarse ante ellos.

Juan Francisco Martín Seco. Economista.

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Febrero 3rd, 2010 at 9:08 am

Los politicos y la crisis, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias

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El ojo del tigre

En el reciente sínodo socialista, convocado por el Comité Federal del PS(O)E para someter a un debate jerarquizado las medidas que los teólogos de la economía política recomiendan, con el fin de atajar el deterioro del llamado estado del bienestar social, el presidente del Gobierno -José Luis Rodríguez Zapatero- les ha advertido a sus colegas sinodales que se enfrentará al debate sobre el futuro de las pensiones con total tranquilidad. Probablemente, lo haya dicho no solo para que se enteren sus barones, sino también para transmitirle a la sociedad española, que no las tiene todas consigo misma, un mensaje de confianza en las decisiones que sean necesarias tomar para aliviar la resaca provocada por los gurús del sistema especulativo, después de la orgía financiera de los beneficios obtenidos.

Si la estructura política del país hubiera sido concebida como una organización democrática horizontal, en la que se igualaran los intereses de los diversos grupos sociales que la componen -incluidos los de los políticos en el mismo nivel de derechos y obligaciones- es posible que la tranquilidad que dice sentir el presidente se hubiera extendido rápidamente por todo el país. Sin embargo, la rígida jerarquización de los deberes y derechos civiles, que funcionan todavía según los viejos cánones del verticalismo conservador, convierte a los grupos que están en el tramo más bajo de la escala en objetos muy vulnerables y con alto riesgo de sufrir una liquidación.

No obstante,está bien que el presidente manifieste su confianza ante los compromisos que exige el problema; ya que de esa manera quizá pueda contribuir a frenar -un poco- la probabilidad de que el conflicto genere pánico social a los pies del Gobierno, que es la zona más sensible a las maniobras desestabilizadoras. Aunque esa paladina confesión presidencial sirva, también, para desvelarle a la opinión pública la enorme distancia que separa los intereses de la jerarquía partitocrática de los que le conciernen a la base popular que la sostiene. Quien sea consciente de esa enorme diferencia tiene dos opciones: una, creer al presidente; otra, alimentar sus recelos puesto que no está claro si las ha dicho porque tiene medios para salir airoso de la prueba o, por el contrario, si las confiesa porque está seguro de ser capaz de adaptar -o ajustar- al sistema las incómodas disfunciones provocadas por los bucaneros de las finanzas internacionales.

Pero los recelos se agravan cuando desde la ultraderecha mediática aprovechan el conflicto económico para disparar continuas ráfagas de miedo contra la indefensa ciudadanía. En la práctica, estamos -es decir, están- en la misma situación en que se hallaron, primero, Adolfo Suárez cuando desde los medios del Grupo 16 -diario y revista- decidieron acelerar el acoso y derribo del primer presidente de la democracia transitiva; y después, le tocó experimentarlo a Felipe González. A Suárez le dinamitaron con la ayuda de su propio partido: UCD; a González le defenestraron utilizando un error de Estado: la creación del GAL; un disparate que había sido tramado y alentado mediáticamente por quienes luego lo aprovecharon para cazar al líder socialista en las urnas. Ahora, frente a Zapatero vuelve a estar la misma siniestra conspiración mediática ampliada. Si consiguen derribarlo, serán tres los apeos sucesivamente logrados -con total impunidad-, por los cazadores de cabelleras presidenciales, en tan solo tres décadas de democracia.

Hay algo que no acaban de captar los políticos de la democracia; la existencia de un fascismo mediático disfrazado de lagarterana, paseándose impunemente por las páginas de ciertos medios que, al mismo tiempo, lucen el mismo disfraz por la pasarela de la libertad de expresión… Esto sí es más peligroso que la crisis económica. Casí, me atrevería a decir que incluso la posibilidad de una reforma negativa del mítico Pacto de Toledo, el dique que al parecer impide que las pensiones se ahoguen con los revisionismos de los derechos sociales. El peligro está en que entre en crisis la propia democracia transitiva, apenas recién estrenada, para darle paso a la antigua democracia intransitiva -vulgarmente, orgánica-, en cuyo renacimiento están pensando, sin duda, los francotiradores de la ultraderecha mediática.

Rodríguez Zapatero -si antes no se produce un milagro…- podría ser el segundo Adolfo Suárez de la Transición; incluso, contando con que los barones del PS(O)E decidan -consciente o inconscientemente- apoyar maliciosamente a los artilleros de la batería mediática que utiliza la ultraderecha posfranquista empeñada en salvar a España por enésima vez. En esta democracia parlamentaria y dinástica, salida a empujones de las urnas de 1978, no cuenta con una clase política fiable. Aunque de uno en uno, es posible que todos los políticos merezcan el favor de la duda. Mas, cuando se convierten en casta, a veces dan ganas de ponerse a temblar. Este es el problema actual: la clase política se reorganiza en castas. Los barones -concepto creado por la UCD- son una casta empeñada en dominar a la clase política. Esta duda incrustada en un momento en el que los sembradores de confusión abundan tanto, acaba por aniquilar la esperanza. Sobre todo, cuando a los políticos les da por hablar de economía, y a los economistas de política.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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Febrero 3rd, 2010 at 9:07 am

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Otro más, The Economist acaba con el último asidero de Zapatero, de S. McCoy en El Confidencial

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Mi primera experiencia profesional fue en el antiguo Banco Central Hispanoamericano como gestor más que junior de fondos. Por aquél entonces dirigía las inversiones Luis Abraira. Fue él quien me introdujo en la Teoría del Caos Creativo, su particular modo de enseñanza. Frente a la sistemática, la anarquía; contra el foco, la dispersión. Multiplicidad de inputs que dejan un sedimento esencial que ayuda a la toma de decisiones. De aquellos barros, vienen los lodos de mi falta de foco, de la ausencia de jerarquía en mi tratamiento de la información. Lo urgente mordiendo el culo a lo importante, a las fuentes seguras, a los pozos que siempre manan. Como The Economist.

Así, mientras mañana sale un nuevo número de la revista de referencia en el ámbito económico mundial, es ayer cuando descubro un artículo fundamental que pone negro sobre blanco la falacia a la que se aferra nuestro presidente del gobierno desde el inicio de la crisis. Su último asidero, el paraguas bajo el cual afirma que debe encuadrarse su programa de reformas, la condición necesaria y suficiente para su materialización, aquello que en su fuero íntimo cree que le permitirá ser recordado a futuro como el único gobernante patrio sin una huelga general: la cohesión social. Eco anglosajón que es de la denuncia que muchos hemos realizado ya durante meses.

De hecho, la pieza no deja títere con cabeza y se centra en argumentar los por qués del sinsentido de tal dircurso, por una parte, y en probar cómo tal obcecación política ha venido normalmente acompañada de efectos más indeseables de los que se quieren evitar, por otra. Basta con detenerse en el titular: La Crueldad de la Compasión. Pero no adelantemos acontecimientos. Comienza el anónimo autor señalando que “es difícil oponerse a un valor como el de la cohesión social en su doble vertiente de ausencia de conflictos y minimización de las desigualdades”. Sin embargo, “en boca de muchos políticos europeos, con independencia de su orientación política, la invocación a la misma no se sino una excusa para evitar las imprescindibles reformas”. José Luis, que te han pillao con el carrito del helao, macho.

Tras una breve descripción del deplorable panorama que se atisba en Europa en relación con esta cuestión entra en el, a su juicio, fundamento de su existencia. Y da dos razones. A ver si les suenan. Una, la necesidad de algunos grupos sociales, a los que llama insiders y entre los que se encuentran los miembros de los sindicatos, de mantener su estatus actual, cosa que logran en detrimento de los outsiders, desempleados y trabajadores temporales, jóvenes e inmigrantes principalmente. Ande yo caliente, ríase la gente. Y dos, el miedo a abrir el melón de la función pública, cuál debe ser su dimensión óptima y cómo adecuar su particular idiosincrasia a una coyuntura económica de debilidad de ingresos públicos y gastos recurrentes.

Al final, concluye el análisis, aferrarse al argumento de la cohesión social provoca una dilación innecesaria, y probablemente más gravosa, que “acelera el declive, ahonda en las divisiones y amenaza la armonía que pretende preservar”. Basta con mirar el ejemplo de Irlanda. Ha sido el riesgo de colapso el que ha provocado una abrupta ruptura de 30 años de paz social en el país, consecuencia de la aplicación de medidas draconianas de recorte de gasto que no han dejado títere con cabeza, pero que han alejado la economía de la isla del borde del precipicio al que se asomaba. Y frente al estudiante poco aplicado que deja sus deberes para el último día, brilla para el autor con luz propia el ejemplo de Alemania, capaz de consensuar las reformas con los distintos agentes sociales y ponerlas en práctica de forma progresiva durante más de una década. El resultado es de todos conocido hasta el punto de que, según afirma el siempre provocador Ambrose Evans-Pritchard en el Telegraph, tendría más sentido un abandono del euro por parte de la locomotora germana y su satélite holandés que la expulsión de un incumplidor.

Hasta ahí puedo leer. El artículo del The Economist no da para más. Sin embargo, las consecuencias de la actuación de cualquier estado aparentemente paternalista, que da pero que no exige, son al final siempre las mismas: muerte de la iniciativa privada, aumento de la dependencia del subsidio estatal, arbitrariedad de las actuaciones públicas, polarización de la sociedad entre privilegiados y agraviados, muerte de la clase media y deterioro tanto de la situación interna como de la percepción exterior. Efecto boomerang. Nos encontramos aún lejos de llegar a este punto, siendo la pertenencia a la Unión una garantía de que tal amenaza no terminará de consumarse. Sin embargo, frente a la incompetencia, diligencia. Es hora de actuar antes de que sea demasiado tarde. En las pensiones, en el mercado de trabajo, en la función pública. Y es momento de hacerlo contemplando España como un proyecto global y no de un solo partido. ¿Será mucho pedir?

Más en http://twitter.com/albertoartero y en la cuenta de Facebook de Alberto Artero

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Febrero 3rd, 2010 at 9:06 am

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Españoles, ¡la fiesta ha terminado!, de Álvaro Anchuelo en El Confidencial

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Los datos económicos publicados el pasado viernes deberían suponer un definitivo toque a rebato para la adormecida sociedad española. Hasta ahora, una mayoría de nuestros conciudadanos ha preferido creer que la crisis que atravesamos tenía un carácter meramente transitorio. Todo consistiría en aguantar uno o dos años, hasta que las cosas volviesen por sí solas a ser como antes. Sólo ahora comienza a calar la desagradable verdad, que una antipática minoría ha venido repitiendo: tal vuelta atrás no es posible. Pasaron, para no volver en mucho tiempo, los dorados días de la especulación inmobiliaria y el crédito fácil.

El mecanismo psicológico que ha llevado a esta actitud es sencillo de comprender, aunque denota el grado de infantilismo que colectivamente hemos alcanzado. Se basa en la comodidad, la pereza, la autocomplacencia, la actitud del niño (o del avestruz) que cierra los ojos para no ver lo que querría que no existiese. “Sigamos como si nada sucediese, a ver si algún día nos despertamos y resulta que se trataba de una pesadilla”.

Tales actitudes han sido también propagadas y cuidadosamente alimentadas por nuestros gobernantes. Primero, no había crisis. Luego, existía, pero se trataba de un problema de esos codiciosos capitalistas americanos, que bien merecido lo tenían. No era algo que tuviese nada que ver con nosotros. Pasadas las últimas elecciones generales, resultó que sí tenía que ver con nosotros después de todo, pero poquito. Estábamos mucho mejor que el resto, con un sistema financiero modélico y unas finanzas públicas envidiables. Las últimas noticias oficiales sobre la crisis nos informaban de que ya había pasado. Como algunos con sentido del humor apuntaron, se trataría en ese caso de la crisis más breve de la Historia: antes de comenzar, ya habría terminado. “Los bancos no tienen ningún problema serio, las pensiones están garantizadas, en el mercado de trabajo los derechos sociales se ven ejemplarmente respetados…”. Gracias a la baja deuda pública de partida, todo consistiría en endeudarnos (ahora el sector público en vez del privado) para seguir manteniendo nuestro habitual tren de vida.

¿No le recuerda al lector todo esto la manera en la que nos comportamos con los niños pequeños cuando hay que ponerles una inyección? “No, Juanito, si no vamos al practicante, sino al parque. Bueno, sí que estamos en el practicante, pero sólo hemos venido a que nos de un globito. Vaya, sí que te ha pinchado, pero eso no duele nada y, además, ha terminado ya”. Quiero creer que los españoles no somos todavía tan tontos como nuestros gobernantes parecen creer. Habríamos sido capaces de entender a unos dirigentes serios y competentes, que nos hubiesen dicho: “el PIB, lo que producimos entre todos, está cayendo. Si la tarta se reduce, es imposible que todos sigamos como hasta ahora o mejor. Acordemos colectivamente cómo repartir los costes lo más justamente posible y de forma que salgamos de ésta cuanto antes. Hay que hacer sacrificios y diseñar un plan integral consensuado contra la crisis”. Se ha preferido huir hacia delante, recurrir a mansalva al endeudamiento público y decir a todos los grupos afectados (automóvil, minería del carbón, bancos y cajas, Comunidades Autónomas…) que serían rescatados con el dinero de todos, que parece que no es de nadie.

Lo que los datos del viernes indican es el previsible final de esa escapada, que apostaba todo a una recuperación internacional que se está produciendo, pero lentamente y dejándonos de momento al margen. Han vuelto las oscuras golondrinas de la economía española, que ya creíamos encerradas en el baúl de los recuerdos: el paro, el déficit y la deuda. Reflejan también los datos cómo estos asuntos no son cosas de políticos y economistas, sino temas que ponen en cuestión nuestros planes de futuro y el bienestar que creíamos automáticamente garantizado (uno más de nuestros supuestos nuevos derechos).

Numerosos analistas han repetido y diseccionado esos datos, por lo que nos limitaremos aquí a comentarlos a muy grandes rasgos. Nos enteramos, en primer lugar, de que el déficit público fue en 2009 del 11´4% del PIB, presentando una “ligera desviación al alza” sobre las sabias previsiones oficiales. Traducido al castellano: en 2009 las administraciones públicas gastaron unos 114 000 millones (sí, no hay error, ciento catorce mil millones) de euros más de los que ingresaron. En diciembre de 2009, con el ejercicio casi terminado, se preveía un 9´5%, que ya parecía bastante ¿Cómo han podido, a esas alturas, equivocarse en un 2% del PIB (20 000 millones de euros)? Eso por no hablar de la previsión inicial, cuando comenzó a elaborarse el presupuesto de 2009, que era del 1´9% del PIB. Quien no lo crea, puede verlo en la web del propio Ministerio de Economía, concretamente en la página 27 del archivo pdf, que se corresponde con la página 25 del llamado Libro Amarillo.

No nos preocupemos, sin embargo, puesto que simultáneamente se anuncia un recorte de 50 000 millones de euros en el gasto público. Tal recorte se anuncia para calmar el nerviosismo de los mercados financieros, temerosos de que los problemas griegos se contagien a España. Esto encarecería el coste de emitir nueva deuda pública española, lo que resultaría desastroso en las actuales circunstancias. Lo malo es que, cuando uno profundiza mínimamente en ese recorte, se encuentra con que es (como siempre) más publicidad que otra cosa. El recorte se reparte en cuatro años, hasta el 2013. Se incluyen en él 8 000 millones de recorte ya previstos en los Presupuestos Generales para 2010, con lo que en este año el recorte adicional sería de sólo 5 000 millones. Tampoco se toca la estructura del Estado autonómico o se exige la necesaria cooperación a las Comunidades, de las que se espera (no se sabe en base a qué) un recorte de sólo 10 000 de los 50 000 millones, compartido con los ayuntamientos. El resto los recortará la administración central, afectando una vez más a partidas estratégicas como las infraestructuras. La lucha contra el fraude continúa abandonada y sólo se espera de ella que aumente la recaudación en 250 millones por año.

Dicho de otra manera: después de tirar el dinero a mansalva (11 000 millones para la financiación autonómica, 12 000 por los 400 euros del IRPF durante dos años, 8 000 del primer fondo de inversión local, 5 000 del segundo, cheques bebé, eliminación del impuesto sobre los patrimonios altos…) el gobierno se ve obligado a realizar un ajuste duro, subiendo los impuestos y recortando el gasto incluso estratégico, todavía en plena crisis.

El segundo descubrimiento del viernes fue el de que no queda dinero en la hucha ni para garantizar las pensiones, cosa impensable para el gobierno hasta el día anterior al anuncio. Parece que el propio ministro de Trabajo desconocía tanto el problema como la medida propuesta. Se ha optado por elevar la edad de jubilación a los 67 años, sin distinguir entre profesiones, en vez de incentivar de verdad la jubilación tardía voluntaria. Todo ello en un país en el que la edad de jubilación efectiva es menor que la legal, está en 63.5 años, debido a la práctica perniciosa de las prejubilaciones. En algunos sectores existen prejubilados de 52 años. Esta práctica ha de penalizarse fiscalmente, pues el prejubilado agota los períodos de prestación por desempleo como si fuese un parado, con el consiguiente coste para las arcas públicas ¿O tendrán los albañiles que seguir trabajando hasta los 67 para sufragar a los prejubilados de actividades más cómodas quince años más jóvenes? Aún así, de nuevo, la medida tiene un menor contenido del que parece a primera vista. Comenzará a aplicarse en el 2013 y el aumento será paulatino, de dos meses por año, hasta llegar a los 67 años en 2025 ¡Cuán largo nos lo fiáis! ¿Pensarán seguir gobernando hasta entonces?

No debe tampoco olvidarse que estos problemas en el sistema de pensiones se han anticipado sobre lo previsto por la mala política económica general del gobierno. La caída del número de cotizantes a la Seguridad Social ha sido dramática tras el estallido de la crisis. Esto permite relacionar el anuncio de las pensiones con la tercera noticia del viernes, los datos sobre el mercado de trabajo de la EPA del cuarto trimestre de 2009. En esto, la simple enumeración de algunos datos exime de todo comentario. Hay ya en España 4 300 000 parados, de los cuales un millón y medio son parados de larga duración. Durante 2009, el paro aumentó en 1 100 000 personas. La tasa de paro ronda el 19%, duplicando la de la Unión Europea. Para los jóvenes menores de 25 años la tasa es del 39% y para los inmigrantes del 29´7%. Hay 1 200 000 hogares con todos sus miembros en paro. De los empleos existentes, un 25% son temporales. En fin, ¡como para presumir de la defensa de los derechos de los trabajadores!

De cara al futuro inmediato, un problema añadido lo constituye la falta de credibilidad del actual gobierno. Para que las medidas de política económica sean eficaces, es necesario que los ciudadanos confíen en sus gobernantes. La desinformación, el engaño y los repetidos errores no favorecen precisamente la credibilidad. Por otro lado, la crisis española no es sólo económica, también tiene un componente institucional ¿Cómo separarla del coste de un Estado autonómico mal diseñado y de las ineficiencias de todo tipo que genera (falta de políticas comunes, descoordinación, ruptura del mercado interno, costes administrativos, cajas de ahorro regionalizadas, deficitarias televisiones autonómicas, menor movilidad de las personas por la discriminación lingüística…)? ¿Puede un gobierno que ha promovido activamente todo esto corregirlo ahora? ¿Puede hacerlo el gran partido de la oposición, que más bien parece la otra cara de la misma moneda, coautor de los desmanes recién enumerados? Corresponde a los ciudadanos demostrar a unos y otros que su voto no está cautivo. Sólo así será posible el cambio radical que necesitamos, al que no deben ser ajenos ni el sistema electoral ni la propia Constitución. ¡Yes, we still can (I hope)!

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Febrero 3rd, 2010 at 9:05 am

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Puños, de Rodrigo Fresán en Página 12

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Desde Barcelona

*

UNO Las dos fotos que ilustran esta contratapa –pasan cosas raras en la realidad– aparecieron juntas pero separadas en la primera plana del diario español El País del viernes pasado.

Juguemos al juego de las siete diferencias, ¿sí? Y advertencia: se prohíbe hacer chistes fáciles en cuanto a la diferencia entre dar un puñetazo y lo que por aquí se conoce como “ir a hacer puñetas” o “hacerse la puñeta”.

Y volvamos a las fotos… Una apareció mucho más grande que la otra. Adivinen –aquí aparecen de igual tamaño– cuál fue la grande y cuál la pequeña. Una ayudita: el presente (la foto grande) siempre ocupa más espacio que el pasado (la foto pequeña) en los diarios. No importa que el pasado sea mejor y más inolvidable que el presente. Importa, sí, que de ese pasado –de un tiempo a esta parte– se sabía poco y nada. Así que –para cuando ese pasado alcanzó ese instante de pura y efímera actualidad que es la muerte– poco y nada había que decir salvo asentar la tristeza, la admiración, lo mucho que se lo va a extrañar en este mundo (por más que él asegurara no estar en él desde hace tiempo) y hasta nunca y hasta siempre y la seguimos en los libros, en esos lugares sin tiempo y a prueba de noticias.

Sin embargo, al que aparece en la foto grande nadie parece extrañarlo. Por estos días, está en todas partes.

DOS El hombre que apareció en la foto pequeña con el puño en alto sólo quería que lo dejaran solo y en paz.

El hombre que apareció con el puño en alto en la foto grande sólo quiere que lo acompañen en su guerra. Cada vez más gente, un poco más, por favor, ¿sí?

TRES El hombre que apareció en la foto pequeña con el puño en alto –lo dicen muchos de los que se cruzaron con él– era huraño y antipático y seco y brusco y grosero y desagradable y enojoso y agrio y odioso y adusto y cargante y varios términos más que figuran en mi Diccionario de sinónimos y antónimos. El hombre que apareció en la foto grande con el puño en alto cree ser simpatiquísimo. Y dice cosas muy graciosas.

CUATRO El hombre que apareció en la foto pequeña con el puño en alto les pegaba a los fotógrafos que lo perseguían y no respetaban su soledad y aislamiento. Era como un Kurtz sin sed de sangre.

El hombre que apareció en la foto grande con el puño en alto lo alza para posar para los fotógrafos. Es como un Gatsby cuya luz verde, de golpe, cambió a roja.

CINCO El hombre que apareció en la foto pequeña con el puño en alto ya no escribía o, al menos, no le interesaba seguir publicando.

El hombre que apareció en la foto grande con el puño en alto firmará, de aquí a un tiempo, importante contrato con una editorial para escribir sus memorias y todo eso.

SEIS El hombre que apareció en la foto pequeña con el puño en alto alguna vez dijo: “He sobrevivido a muchas cosas”.

El hombre que apareció en la foto grande con el puño en alto aseguró no mucho tiempo atrás que “la crisis mundial apenas afectará a España” o algo así.

SIETE El hombre que apareció en la foto pequeña con el puño en alto fue y seguirá siendo (más allá de la felicidad del en algún momento “Nuevo Salinger” y ahora excelente escritor Bret Easton Ellis en su página de Twitter: “¡Yeah! Gracias a Dios se murió de una vez. He estado esperando por este jodido día desde siempre. ¡¡¡Festejemos esta noche!!!”) alguien que siempre inspiró, inspira e inspirará a quienes abran sus libros. Y me acuerdo de que, hace una década, tenía que hacer tiempo y entré a una librería y no vi nada que me interesara y entonces –mi casa y mi biblioteca estaban tan lejos– volví a comprarme Levantad, carpinteros, la viga del tejado / Seymour: una introducción. Y me fui a un café y me puse a leerlo otra vez, como cuando tenía quince años. Y empecé a subrayarlo y a tomar notas en los márgenes. Y tuve la certeza de que, leyéndolo, se me había ocurrido la idea para una obra maestra que, naturalmente, nunca escribí. Porque, terminado el libro, sentí cómo todo se iba desvaneciendo, como despertándome de un sueño despierto. Pero no importaba porque –de pronto– me di cuenta de que, por dos o tres horas, yo había dejado de ser un escritor imperfecto para volver a ser un lector perfecto. Y abro otra vez ese ejemplar ahora y leo, subrayado, cerca del final: “En esencia mi mente siempre se ha negado a cualquier tipo de final”. Y descubro que la mía también.

El hombre que apareció en la foto grande con el puño en alto fue al Foro Económico Mundial de Davos –levantad, financistas, el valor de los valores– y su mensaje fue, como de costumbre optimista. Party Tonight! Y yo lo vi ahí y leí la noticia en el diario y no subrayé ninguno de sus dichos y en ningún momento, ni remotamente, pensé que esta contratapa iba a ser una obra maestra. Difícilmente –puedo jurárselo– ustedes vayan a releerla algún día en un diario viejo o dentro de un libro nuevo o en un atemporal pliegue de Internet. Yeah!

La foto pequeña del hombre que apareció con el puño en alto –le haya gustado o no a él; seguro que no le gustó– es una gran foto. Una foto que es parte de la Historia.

La foto grande del hombre que apareció con el puño en alto es una de muchas fotos que ya, ahora mismo, comienza a encogerse y desaparecer rápido y no lentamente. Es una foto que ya es historia.

© 2000-2010 www.pagina12.com.ar

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Febrero 3rd, 2010 at 9:04 am

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