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Archive for Febrero 5th, 2010

El socialismo francés, de Ignacio Sotelo en El País

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El 21 de marzo se celebran en Francia elecciones a los consejos regionales. Desde 1986 funcionan las regiones como puros órganos de gestión, sin disponer de poder legislativo, por lo que no pueden compararse sin más con las comunidades autónomas. La primera secretaria del partido socialista, Martine Aubry, espera que los resultados señalen por fin el comienzo de la recuperación. En efecto, el partido socialista no ha levantado cabeza desde la catástrofe de las elecciones presidenciales de 2002, en las que Lionel Jospin fue eliminado en la primera vuelta por el líder de la extrema derecha. Los socialistas volvieron a perder las presidenciales de 2007 y en las europeas de junio de 2009 obtuvieron un raquítico 16,4% de los votos, un 0,2% más que Los Verdes, que puso en cuestión la supremacía hasta dentro de la izquierda.

El último año ha sido uno perdido para el socialismo francés. No ha podido acordar un programa acoplado a las necesidades de la sociedad globalizada, ni tampoco consolidar un liderazgo claro, dos cuestiones estrechamente ligadas que hasta ahora han impedido salir del atolladero. Los socialistas no arrancan, pese al considerable declive de la popularidad de Nicolas Sarkozy, sin que los resultados previstos en las elecciones regionales -cuentan con cierto prestigio por la eficacia de su gestión en este ámbito- permitan divisar las presidenciales de 2012 con cierto optimismo.

En los años setenta los socialistas españoles vieron en el socialismo francés un modelo a imitar. Con la perspectiva de estos 40 años ha quedado patente que ha sido víctima de lo que entonces se consideraron sus dos virtudes principales: un desplazamiento hacia la izquierda, desprendiéndose de la socialdemocracia del norte de Europa -socialismo democrático frente a socialdemocracia- y haber propiciado una organización en corrientes para potenciar la presencia de las bases. Dos querencias que en el socialismo español sólo mantiene izquierda socialista, pero que de alguna manera influyeron sobre el Zapatero de la anterior legislatura.

El afán de superar a la socialdemocracia, que en junio de 1971 se plasmó en el famoso Congreso de Épinay, ha concluido en un vacío ideológico, al diluirse la izquierda tradicional con la caída del bloque soviético, sin haber podido acomodarse al liberalismo de la nueva socialdemocracia. La división básica del socialismo francés transcurre entre los que no conciben más que una alianza electoral con los partidos y grupúsculos a su izquierda, y los que aspiran a constituir un centro progresista con partidos de centro y con parte de los verdes más centrados. En ambos casos, la decisión implica asumir de antemano los contenidos ideológicos del presunto aliado, sin que quepa plantear un programa propio.

Lo grave es que esta indefinición programática se corresponde con una organización en corrientes, en la que cada una se perfila por la táctica que propugna para llegar al poder, relegando a un segundo plano los contenidos ideológicos que en principio tendrían que ser los elementos comunes que los unifican en un partido. La elección de Martine Aubry en el congreso de Reims en el otoño de 2008, cuya limpieza se ha puesto incluso en cuestión en un libro (Antonin André y Karim Rissouli, Hold-uPS, arnaques et trahisons, 2009), no ha eliminado las pretensiones de los candidatos alternativos, Ségolène Royal, Dominique Strauss-Kahn, Laurent Fabius. Sigue abierta la cuestión capital del candidato a la presidencia en 2012, y aunque parece asumida la propuesta de celebrar primarias, hasta ahora no hay acuerdo sobre si sólo participarían los afiliados, o también los simpatizantes, incluyendo o no a los miembros de otros partidos.

La experiencia del socialismo francés es de gran valor a la hora de encarar la crisis profunda del sistema de partidos en la Europa comunitaria. Las medidas de democratización interna emprendidas por el socialismo francés, donde el militante cuenta y participa más directamente a través de las distintas corrientes, han llevado a que se consuma en luchas internas que llevan a que el elector acabe por darle la espalda. El monolitismo de los partidos que desemboca en que todo el poder se centre en la cúspide está llevando, no a que el electorado dé la espalda a un partido, sino a la democracia representativa en su conjunto.

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Febrero 5th, 2010 at 8:15 am

La mirada de los otros, de Fernando Vallespín en El País

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Una vez un profesor canadiense, entonces establecido en Oxford, me confesó en Madrid que un colega de su universidad le desaconsejó venir a España. “No vayas”, le decía, “es un país de locos. Trabajan tanto o más que nosotros, pero encima mantienen un extravagante sistema de horarios de comidas que acaba contigo en un par de días. Te recogen en el hotel a las nueve de la mañana, te llevan a trabajar, te dan una impresionante comida; luego, siguen trabajando. Cuando piensas que ya se va acabar la cosa, te llevan a cenar (eso sí, estupendamente, y bien regada de vino y copas); te sueltan en el hotel medio beodo a la una de la madrugada… Y a las nueve del día siguiente, ¡ahí están otra vez!”.

Esto es una mera anécdota, pero seguramente pueda hipostasiarse a la imagen general que hemos venido dando en los países de nuestro entorno. Éramos los “prusianos del sur”, sí, pero antes “del sur” que prusianos. Aquellos que nos conocían de cerca no se podían creer que fuera posible mantener nuestras lunáticas costumbres meridionales y ser a la vez competitivos. Por eso ahora deben de cuadrarles todos sus prejuicios cuando observan que, en efecto, al final no podíamos ser como ellos, las serias culturas protestantes del trabajo y la responsabilidad. El acrónimo PIGS (”cerdos”, que incluye, en inglés, a Portugal, Italia, Grecia y España) es un lapsus freudiano que lo dice todo. Sabían que no podían dejarnos fuera de un proyecto europeo común, pero a pesar de las ayudas que nos proporcionaron, y de la evidente simpatía que sienten por nosotros, siempre desconfiaron. No hay más que ver lo que ahora se proyecta en la complaciente retina de los Financial Times y tutti quanti.

Seguramente cada uno de los PIGS tenga sus peculiaridades. En lo que se refiere a España, todos esos prejuicios son una verdad a medias. En pocos lugares del mundo se trabaja más que aquí -quienes tienen trabajo, claro-, a pesar de que el mantenimiento de nuestras costumbres nos obligue a dormir poco. Desde luego, carecemos de su sentido de la responsabilidad y de esa cultura política forjada a lo largo de decenios de prosperidad y democracia. Aun así, no lo hemos hecho tan mal. No hay más que ver cómo era este país hace sólo 30 años. Junto con nuestro vecino peninsular, ningún otro hubo de soportar una dictadura tan larga ni tan difíciles condiciones objetivas. ¿Dónde están aquí esos fastuosos ríos centroeuropeos, esas verdes y fértiles llanuras, esa cultura de la Ilustración que nos fue robada por el dogmatismo religioso?

Lo hicimos bien, muy bien. Hasta que nos lo creímos. Hasta que algún político pretendió que el producto del esfuerzo de todos era en realidad obra suya. Hasta que otros comenzaron a desvincularse de la ambición de país y priorizaron sus particulares intereses de partido o se concentraron en los intereses locales, en el confortable calorcito de su terruño. Supimos dar lo mejor de nosotros mismos mientras nos mantuvimos unidos y con un proyecto común. Antes de que la propia sociedad se fragmentara a su vez en la cultura del pelotazo, la insolidaridad y la fiebre privatista. Antes de que se diluyera nuestra creatividad bajo el peso de la banalidad de la cultura de masas.

Si, como se dice, nuestra identidad se forja a través de la mirada de los otros, ésta que ahora nos arrojan debería hacernos reaccionar. Gracias a ella al fin hemos podido vernos en nuestra relativa desnudez. Bienvenida sea, a pesar de sus distorsiones, si al menos sirve para ponernos en nuestro sitio, para disipar nuestra pretenciosidad de nuevos ricos y emplearnos a fondo, con humildad, en la reconstrucción de eso que hemos perdido. Pero no vamos bien cuando esas críticas que vienen de fuera se utilizan exclusivamente como crítica al Gobierno, ignorándose que de este desastre somos responsables todos, cada uno a nuestro nivel. El Gobierno tendrá su parte, pero no sólo él. Bien pensado, nuestro gran pecado puede que no haya sido sólo el luciferino de la soberbia; ha sido el de la irresponsabilidad generalizada. Es importante que no erremos al hacer el diagnóstico.

No desesperen, quienes ahora nos miran con displicencia ignoran que tenemos una importante ventaja comparativa. Fuimos uno de los pocos países que supieron reinventarse en un tiempo récord y bajo condiciones tremendamente difíciles. Quién sabe, si nos sirve para reencontrar el camino igual esto de la crisis acaba siendo una oportunidad. Pero no nos equivoquemos, nada ni nadie nos va a salvar si no nos sentimos todos aludidos.

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Febrero 5th, 2010 at 8:14 am

Zapatero, Leguina y Laporta, de Antonio García Santesmases en El Mundo

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TRIBUNA: POLÍTICA

El autor critica la falta de cintura de nacionalistas españoles e independentistas para entenderse con argumentos. Reivindica una España federal en la que tengan cabida las diferentes naciones, pero siempre bajo un solo Estado

Soy de los que piensa que fue un acierto por parte de Jose María Aznar limitar a dos mandatos su tiempo como Presidente del Gobierno. Cuando propuso esa medida nadie le obligaba a ello pero tampoco a nadie le pareció mal. Tenemos un sistema político que no es presidencialista y, por tanto, no cabe limitación de mandatos. Es un acto voluntario del político que llega a la presidencia del Ejecutivo acotar sus mandatos, pero podría aplicarse igualmente a las comunidades autónomas -donde ha habido presidentes que han llegado a ocupar el puesto 24 años- o a los ayuntamientos, donde ha habido alcaldes que han rozado esas mismas cifras.

Limitar los mandatos en los sistemas presidenciales tiene sus ventajas. No hay más que ver la popularidad de Bachelet al terminar su mandato en Chile. La eternización en el poder no es siempre la mejor solución. Vincular las organizaciones políticas a una única posibilidad y vivir con pavor cualquier innovación en el liderazgo puede ser un profundo error.

En muchas ocasiones propiciar un nuevo candidato es un revulsivo para un partido que le ayuda a despertar, a reiniciar el camino, a llamar a la participación de sus afiliados y evitar así una lenta agonía. Pensemos, sin ir más lejos, en el drama que está viviendo el partido laborista británico.

Aceptar que un líder político tenga vida privada y tenga que consultar con su familia la decisión a tomar es algo de sentido común. Alguien que lleva desde julio de 2000 en la secretaria general de un partido, como es el caso de Zapatero, puede pensar que en el 2012 se cumplen 12 años en primera línea y es el momento de dejar el sitio libre a otros y recuperar actividades de la vida que trascienden la realidad política.

Estas tres razones me hacen ver con agrado la limitación de mandatos. La preocupación no viene con la fórmula en sí sino con dos reacciones que he visto y que no me han gustado nada. La primera, la de los que plantean que inexorablemente el actual secretario general del PSOE debe ser el candidato, volviendo al viejo error de vincular en exclusiva una organización a una persona.

La segunda reacción me parece todavía peor. Es la reacción que anida en líderes de la generación anterior a Zapatero. Parecen desear su presencia en la cabeza de la candidatura porque piensan que es la manera de lograr que todo esto acabe de una vez. Tienen la esperanza de poder reconducir las cosas y volver a la senda que nunca se debió abandonar.

Para ello es imprescindible que quede claro que todo el proyecto del actual presidente del Gobierno ha estado compuesto por un cóctel de ocurrencias, de improvisaciones que, por fin, ha saltado por los aires. Muchos miembros de la generación desplazada del poder socialista piensan de esta manera. Para ellos estos años son una especie de pesadilla que desean concluya de una vez.

Son pocos, sin embargo, los que tienen la valentía de decirlo con claridad. Entre los que sí lo dicen sobresale Joaquín Leguina. En su ultima novela, al hablar de las dificultades que tendrán en el futuro los historiadores para definir el proyecto de Zapatero, dice: «Les sería más fácil describirlo como un cóctel, el de la España plural, que se prepara metiendo en el recipiente un toque progre, cuarto y mitad de feminismo radical y otro tanto de retórica ecologista. Añádanse unas rodajas de buenismo, un vaso de anticlericalismo (capaz de provocar el sarpullido en la siempre fina piel de los obispos, con el fin de que sus reacciones asusten y lleven a las urnas a la grey progresista). Finalmente unas esencias de memoria histórica para darle el aroma adecuado. Mézclese todo con cuchara larga, pero no debe agitarse, no vaya a ser que explote» (De la novela de Joaquín Leguina La luz crepuscular. página 517).

Leído el libro, lo primero que le viene a uno a la cabeza es recordar que la derecha política y, sobre todo, la derecha intelectual, llevan mezclando los ingredientes del proyecto de Zapatero desde el primer momento; mezclando y deformando muchos de sus contenidos. Por ello creo que mucho más importante que la persona que encabece la próxima candidatura -siendo como es algo importante- es demostrar que somos capaces de responder a las críticas de la derecha, a esas críticas con las que sintonizan bastantes socialistas como Leguina.

Por cuestiones de espacio me centraré únicamente en el asunto de la España plural. Lo que a mí no me deja de sorprender es la diferencia, cada vez mayor, entre el lenguaje habitual en las ciencias sociales y la virulencia del combate político y mediático. Afirmar que el concepto de nación es discutido y discutible (como hizo un día el presidente del Gobierno en el Senado) es lo que hacemos habitualmente los profesores de Filosofía Política. Y lo hacemos porque distinguimos entre el nacionalismo de Estado, las naciones sin Estado, los Estados plurinacionales y las naciones complejas culturalmente.

Si de la descripción pasamos a la propuesta somos muchos los que pensamos que apostar por una Nación de Naciones, empalmando con la mejor tradición del federalismo español, parece la mejor solución para evitar los dos peligros que siempre han acechado a la historia de España: el peligro de considerar que el Estado español está compuesto por una única nación y el peligro de sostener que a cada nación cultural debe corresponder un Estado propio.

Aceptar este modelo de nación compleja es lo que nos permite secundar las tesis del socialismo catalán. El socialismo catalán no está formado por un conjunto de charnegos indeseables y traidores (como se ha llegado a decir por distintos socialistas en más de una ocasión) sino que ha prestado y está prestando una gran contribución a Cataluña y a España. Es la izquierda catalana la que ha permitido que sean muchas las personas que puedan compatibilizar su identidad española y catalana sin tener que elegir entre el nacionalismo de Estado y el nacionalismo independentista. Pero lo que reflejan las palabras de Leguina es que esta tarea -no sólo no ha sido asumida por muchos socialistas- sino que les provoca un gran rechazo, como si removiera todas sus vísceras.

Hemos abierto determinados frentes y tenemos que ser capaces de clarificarlos. Por ello tiene tanta importancia aprovechar el tiempo que queda en esta legislatura para defender con credibilidad un proyecto federal, laico, que recoja lo mejor de la memoria republicana y sepa dar respuesta a las nuevas formas de exclusión social.

En la citada novela de Leguina, un sobrino del protagonista, profesor de secundaria y parece que, según lo describe el autor espabilado y de izquierdas, «[…] no traga a Zapatero ni a sus políticas a las que tacha de ocurrencias». «Como buen cántabro, el muchacho detesta el nacionalismo vasco, y por extensión, el catalán (página 528)».

Y es aquí donde está el problema. Somos muchos los que detestamos el nacionalismo etnicista de Sabino Arana, los que pensamos que era imprescindible el paso del Partido Nacionalista Vasco a la oposición y deseamos la mayor fortuna al Partido Socialista de Euskadi.

Sin embargo, y por ello mismo, no extendemos irresponsablemente esa crítica al nacionalismo republicano de Companys, ni al nacionalismo católico de Pujol, ni al federalismo de Maragall, ni al esfuerzo del PSC por compaginar las identidades catalana y española. Cuando Manuela de Madre defendió admirablemente esta posición en su discurso ante el parlamento español pensé que habíamos dado un gran paso adelante.

Pasado el tiempo, la pregunta es si los que así pensamos somos una minoría extraña dentro del paisaje español. En un reciente viaje a Barcelona tuve esa sensación. Cuando hablaba con unos y con otros siempre me hacían la misma pregunta: ¿dónde están los federalistas españoles?

Allí también pude percibir la desazón que produce el pensar que algunos hacen todo lo posible para que sólo quepa elegir entre dos nacionalismos: entre el nacionalismo esencialista español y el nacionalismo independentista. Parece como si quisieran que quedara definitivamente claro que la España federal es más utópica que la Cataluña independiente.

No sé si es más utópica, pero lo que si tengo claro es que es más deseable porque nos evitaría muchos de los problemas que crean actualmente los nacionalismos y nos permitiría acceder a identidades muchos más complejas.

Los próximos meses tenemos que ser capaces de perfilar un relato que dé cuenta de esa complejidad. Sólo así lograremos trascender las posiciones del sobrino de Leguina y de los que piensan que a cada nación cultural debe corresponder un Estado propio, como defendía recientemente en este periódico el presidente del Barça.

Las «ocurrencias» del presidente Zapatero siempre serán preferibles a la visceralidad del sobrino de Leguina y a los sueños de Laporta.

Antonio García Santesmases es catedrático de Filosofía Política de la UNED.

© Mundinteractivos, S.A.

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Febrero 5th, 2010 at 8:13 am

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‘He said a little prayer’, de Santiago González en El Mundo

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A CONTRAPELO

La culpa no fue del chachachá, sino del gospel. Son of a preacher man (Hijo de un predicador), cantaba en los 60 Dusty Springfield, rescatada muchos años después por Tarantino en Pulp Fiction. I say a little prayer, aprendimos a cantar con Aretha Franklin algo después, aunque ya empezábamos a ser laicos. La pequeña oración de Zapatero justifica el rezo en castellano con una razón que nunca emplearía para defender su uso en la educación de los niños españoles: «La lengua en la que por primera vez se rezó al Dios del Evangelio en esta tierra». Por lo demás, es un canto razonable de admiración a Estados Unidos. Tiene algo del «Eres hermosa, verde y ancha, Norteamérica», con que Neruda comenzaba Que despierte el leñador, y algo también de los credos obreristas, modelo Palacagüina.

«Citar», escribió Ambrose Bierce, «es repetir erróneamente las palabras de otro», y el presidente se aplicó a ello con fruición en su plegaria. Abusando del quiasmo dio la vuelta al Evangelio. Donde el águila de Patmos había escrito «la verdad os hará libres» (San Juan, VIII, 32), Zapatero reescribió «es la libertad la que os hace más verdaderos», y así lo repitió ayer en su plegaria.

Con la misma desenvoltura intelectual fue añadiendo pluralismo, solidaridad y tolerancia a la marmita de la Alianza de Civilizaciones, llegando a invocar el Deuteronomio (capítulo XXIV) como fuente de inspiración para la justicia social con los inmigrantes, tal como los democristianos europeos citaban hace unas décadas la encíclica Populorum Progressio.

Esto lleva a confusión a los espíritus laicos. El mismo Deuteronomio prescribe esta Alianza de Civilizaciones: «Esto es lo que debéis hacer con ellos: derribad sus altares y haced pedazos las estatuas, talad sus bosques profanos y quemad sus ídolos» (Deut. VII, 5). Eso por no hablar de cómo contempla la Ley de Identidad de Género: «La mujer no se vista de hombre ni el hombre se vista de mujer, por ser abominable delante de Dios quien tal hace» (Deut. XXII, 5), amén de esta muestra de moral sexual: «Mas si es verdad lo que [el marido] le imputa y la muchacha no fue hallada virgen, la echarán fuera de la casa de su padre y morirá apedreada por los vecinos de aquella ciudad, por haber hecho cosa tan detestable en Israel» (Deut. XXII, 20-21). Finalmente, donde el mismo libro dice (XIV, 21) «no cocerás cabrito en la leche de su madre», ¿debemos entenderlo como un alegato contra la cocina de fusión, o más bien contra la redundancia?

Éste es el mismo presidente que en 2007 hacía bromas con su biógrafo De Toro sobre «el complejo retardado del nacionalismo español. Es agarrarse, para salir del rincón de la Historia (risas) al imperio americano (más risas)» (Madera de Zapatero, págs. 157-158).

Es verdad que arrepentidos los quiere el Señor, pero no sé si tanto, la verdad.

© Mundinteractivos, S.A.

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Febrero 5th, 2010 at 8:12 am

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El rosario de Zapatero, de Pilar Rahola en La Vanguardia

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Se imaginan el barullo político que habría montado el PSOE si Aznar, en sus épocas de botas tejanas, hubiera ido a pasar el rosario en un acto convocado por una entidad cristiana conservadora? ¿Se imaginan lo que habría salido por la boca de José Blanco, otrora el martillo de herejes de la maldad pepera? ¿Y qué lindezas habría dicho Leire Pajín, cuyo papel de chica grillo lleva con gran afán? Es difícil encontrar un equivalente español de The Fellowship, la poderosa y ultra organización cristiana que acogió el National Prayer Breakfast, donde Obama y sus invitados elevaron sus rezos al cielo, pero podríamos imaginar a los Legionarios de Cristo, y no ir muy desencaminados. La cuestión, sin embargo, no es quién invita a rezar, ni los católicos, como Duran Lleida, que aceptan una invitación coherente con sus creencias. La cuestión es que Zapatero, el líder de la confrontación permanente con la Iglesia católica, el político que ha basado parte de su propaganda en hacer de comecuras y sacar los colores a las ideas reaccionarias de dicha Iglesia, se vaya, raudo y veloz, a rezar al ladito de Obama, a ver si se le pega algo del carisma perdido. Es decir, está tan desesperado con el naufragio de su imagen política, que abandona por un tiempo su militante laicismo, para dejarse amparar por la mano divina, quizás convencido de que es compatible machacar a la Iglesia en España y rezar con sus voces más ortodoxas en EE. UU. Sin embargo, la contradicción resulta muy hiriente. Primero, porque hablamos del hombre que ha reabierto el debate sobre el aborto y ha legalizado los matrimonios gais, y rezará en una convocatoria de la organización más antiabortista de EE. UU. y que abiertamente ha luchado contra dichos matrimonios. No sé, pero no puedo evitar tener una brutal sensación de notable hipocresía. Aquello de la doble moral, pero en su versión atea. Segundo, porque la práctica (muy norteamericana) de mezclar la creencia religiosa con la acción política no casa con un líder que ha basado su ideología en todo lo contrario, en dejar claro que no debe casar lo espiritual con lo terrenal. Y finalmente, porque la misma acción que, perpetrada por Obama y Zapatero, es digerida sin problemas por la progresía oficial, habría sido brutalmente denostada en las épocas de Bush y Aznar, y considerada un ejemplo evidente de maldad ultraconservadora. Lo cual remite a Aristóteles, que aseguraba que “no se puede ser y no ser algo al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto”. No se puede ser en la vida civil…, porque parece que en la política cabe todo, incluso que un aguerrido anticlerical se ponga a rezar en un foro cristiano ultraconservador. La pregunta final es: ¿a quién rezó? Si no cree, ¿estaba haciendo mimo? O, peor, ¿le estaba haciendo trampas a Dios? Ysi cree, ¿ha engañado al personal? Sea como sea, todo parece bastante delirante.

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Febrero 5th, 2010 at 8:11 am

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Antídotos, de Guillem López i Casasnovas en La Vanguardia

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LA ECONOMÍA ESPAÑOLA A LA INTEMPERIE

Las noticias sobre la marcha de la economía española no son buenas y, si no adoptamos algunas medidas, posiblemente irán a peor. Angustiarse, sin embargo, es inútil, especialmente si paraliza la acción. De modo que para la náusea en la que nos movemos, quizás sean convenientes algunos antídotos.

Primero: gestionar las dosis con cuidado y perseverancia es sin duda necesario. Veamos algunos ejemplos: no se puede anunciar lo que se sabe que no se va a hacer y no se puede hacer lo que no se sabe.

Segundo: las decisiones en política económica requieren tranquilidad y horizonte. No conviene, por tanto, obsesionarse con la bolsa, ejemplo paradigmático del cortoplacismo. España no es EE. UU. en valores cotizados. Sus subidones de fiebre no son indicación siempre del calentamiento global del mundo real de los negocios. La especulación campa a menudo a sus anchas.

Tercero: es de sentido común volver a los fundamentos y no salirse demasiado de ellos, tanta es la incertidumbre que rige nuestra macroeconomía, animal spirits inclusive. Eso requiere, en todo caso, aceptar la realidad. Los pilares básicos de nuestra economía tienen aluminosis y hace falta aplicarse con esmero a su refundación. Para ello, tan importantes son los planos de la sostenibilidad como los materiales de construcción. No tenemos tiempo para concursos de ideas, a cuál más creativa en cambio cultural y de modelo. Lo que necesitamos ahora son buenos albañiles, habilidades gestoras en política económica, para que no se nos caiga la casa encima. El debate de ideas regeneradoras también lo necesitamos, pero después. Que no se nos vuelva a olvidar lo que era importante, pero ahora es urgente lo otro.

Cuarto: necesitamos una reforma laboral en profundidad. También necesitamos otras cosas, ciertamente. El mercado de trabajo no es causante de la crisis, pero, se quiera o no, es parte de su solución. La reforma laboral, sin ambigüedades (qué miedo da el anuncio hoy del Consejo de Ministros) ha de tirar adelante. Flexibilizar para atender circunstancias cambiantes; facilidad para contratar y descontratar. Reglas claras, una menor retahíla de subvenciones, especificidades, cláusulas y una tela de araña de casos. Y más sinalagmatismo: responsabilidades para ambas partes bien definidas y preservadas ex post en los tribunales. Si no creamos empleo todo se va a complicar todavía más: desde el cierre de la brecha fiscal hasta la morosidad de nuestras entidades financieras. Los mercados hace tiempo que dictaron sentencia.

Quinto: cuanto más tarde lo hagamos, peor. Mientras tanto, a río revuelto, ganancia de pescadores. Las primas de riesgo al alza para nuestra deuda hacen más atractiva la suscripción de la deuda de otros. Se junta, por lo demás, el hambre (nuestras debilidades manifiestas) con las ganas de comer (más de un país y analista nos tenía ganas).

Finalmente, para la situación por la que atravesamos, lo mejor sería un gran pacto de estado. Como esto no parece posible visto el papel de unos y otros, quizás podríamos intentar un pacto de procedimientos. Esto es, ante unas elecciones más inciertas que nunca, como no se sabe a quién le va a tocar gobernar y gestionar algunos marrones, acordemos que, en el velo de la ignorancia, de seguirse aquellos procedimientos pactados, no vamos a hacer batalla política de lo que de ellos resulte. Causa justa, proceso debido y punto final a la política con minúsculas que no resuelve los problemas y además desprestigia a la política con mayúsculas, especialmente en aquellas cosas en las que nos jugamos el pan y el futuro de nuestros hijos.

Guillem López i Casasnovas. Catedrático de Economía de la Univ. Pompeu Fabra.

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Febrero 5th, 2010 at 8:10 am

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Aprender de Haití, de Ignacio Ramonet en Le Monde diplomatique (Febrero 2010, número 172)

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Por muy “natural” que parezca, ninguna catástrofe es natural. Un seísmo de intensidad idéntica causa más víctimas en un país empobrecido que en otro rico e industrializado. Ejemplo: el terremoto de Haití, de magnitud 7,0 en la escala de Richter, ha ocasionado más de cien mil muertos, mientras que el de Honshu (Japón), de idéntica fuerza (7,1), acaecido hace seis meses, apenas provocó un muerto y un herido.

“Los países más pobres y los que tienen problemas de gobernabilidad están más expuestos a riesgos que los otros”, confirma un reciente informe de la ONU (1). En una misma ciudad, el impacto humano de una calamidad puede ser muy distinto según las características de los barrios. En Puerto Príncipe, el seísmo se ensañó con las desvencijadas barriadas populares del centro. En cambio, los distritos privilegiados de la burguesía mulata comerciante apenas padecieron estragos.

Tampoco son iguales los pobres ante la adversidad. La Federación Internacional de la Cruz Roja sostiene que, en caso de desastre, “las mujeres, los discapacitados, los ancianos y las minorías étnicas o religiosas, víctimas habituales de la discriminación, son más castigados que los demás” (2).

Por otra parte, aunque un país no sea rico, si se dota de una política eficaz de prevención de catástrofes puede salvar muchas vidas. En agosto de 2008, el ciclón Gustav , el más violento de los últimos cincuenta años, azotó el Caribe con vientos de 340 kilómetros por hora. En Haití mató a 66 personas. Sin embargo, en Cuba no causó ninguna víctima mortal…

¿Es Haití un país pobre? En verdad, no hay países pobres; sólo existen “países empobrecidos”. No es lo mismo. En el último tercio del siglo XVIII, Haití era la Perla de las Antillas y producía el 60% del café y el 75% del azúcar que se consumía en Europa. Pero, de su gran riqueza sólo se beneficiaban unos 50.000 colonos blancos, y no los 500.000 esclavos negros que la producían.

Invocando los nobles ideales de la Revolución Francesa, esos esclavos se sublevaron en 1791 al mando de Toussaint Louverture, el Espartaco negro . La guerra duró trece años. Napoleón envíó una expedición de 43.000 veteranos. Triunfaron los insurrectos. Fue la primera guerra racial anticolonial y la única rebelión de esclavos que desembocó en un Estado soberano.

El 1 de enero de 1804, se proclamó la independencia. Sonó como un aldabonazo en el continente americano. Los esclavos negros demostraban que, por su propia lucha, sin la ayuda de nadie, podían conquistar la libertad. Afro-América emergía en la escena política internacional.

Pero el “mal ejemplo” de Haití -así lo calificó el Presidente de Estados Unidos, Thomas Jefferson- aterrorizó a las potencias que seguían practicando la esclavitud. No se le perdonó. Y nadie reconoció, ni ayudó a la nueva república negra, pesadilla del colonialismo blanco. Aún hoy, el viejo terror no ha desaparecido. Pat Robertson, telepredicador estadounidense, ¿no acaba acaso de afirmar: “Miles de hatianos han muerto en el seísmo porque los esclavos de Haití hicieron un pacto con el diablo para obtener su libertad” (3)?

El nuevo Estado independiente fue boicoteado durante decenios con la idea de “recluir la peste” en ese país. Haití cayó en guerras civiles que arrasaron su territorio. Se perdió la necesaria etapa de construcción de un Estado-nación. Institucionalmente, a pesar de la gran calidad de sus numerosos intelectuales, el país quedó estancado.

Después vino el tiempo de la ocupación por Estados Unidos que duró de 1915 a 1934. Y de la guerra de resistencia. El héroe de la rebelión, Charlemagne Péralte, fue crucificado por los marines , clavado en la puerta de una iglesia… Washington acabó por ceder Haití a nuevos dictadores, entre ellos: Papa Doc Duvalier, uno de los más despóticos.

En los años 1970, aún gozaba Haití de soberanía alimentaria, sus agricultores producían el 90% de los alimentos que consumía la población. Pero el Plan Reagan-Bush, impuesto por Washington, obligó a suprimir los aranceles sobre la importación de arroz, producto básico del cultivo local. El arroz estadounidense, más barato porque estaba subvencionado, inundó el mercado local y arruinó a miles de campesinos que emigraron en masa a la capital, donde el seísmo los ha atrapado…

La única experiencia de gobierno realmente democrático, fue la de Jean-Bertrand Aristide, dos veces Presidente (1994-1996 y 2001-2004). Pero sus propios errores y la presión de Washington lo empujaron al exilio. Desde entonces, de hecho, Haití se halla bajo tutela de la ONU y de un conglomerado de ONGs internacionales. El Gobierno de René Préval ha sido sistemáticamente privado de medios de acción. Por eso resulta absurdo reprocharle su inoperancia ante los efectos del seísmo. Hace tiempo que el sector público fue desmantelado y sus principales actividades transferidas, si eran rentables, al sector privado, o a las ONGs cuando no lo eran. Antes de convertirse en el Ground Zero del planeta, Haití ya era el primer caso de “colonialismo humanitario”. La tragedia reforzará la dependencia. Y por consiguiente las resistencias. El “capitalismo de choque”, descrito por Naomi Klein, hallará una nueva ocasión de reclamar -en nombre de la eficacia- la privatización integral de todas las actividades económicas y comerciales ligadas a la reconstrucción.

Estados Unidos está en primera línea, con sus Fuerzas Armadas desplegadas en una ofensiva humanitaria de gran envergadura. Resultado sin duda de un generoso deseo de socorrer. Pero también de indiscutibles intereses geopolíticos. Washington prefiere invadir Haití de ayuda que ver invadidas sus costas por decenas de miles de boat people haitianos. En el fondo, se trata de la misma vieja obsesión: “recluir la peste”…

Notas:

(1) Riesgo y pobreza en un clima cambiante. Invertir hoy para un mañana más seguro , Naciones Unidas, Nueva York, mayo de 2009.

(2) Informe Mundial sobre los desastres 2009 , Cruz Roja Internacional, Ginebra, julio de 2009.

(3) Christian Broadcasting Network, 14 de enero de 2010.

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Febrero 5th, 2010 at 8:09 am

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¿Claudicación del Gobierno?, de Ramón Cotarelo en Público

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Esta crisis, cuya existencia negó Zapatero durante meses perdiendo un tiempo precioso para combatirla, es producto de la política neoliberal que las sociedades avanzadas llevan años practicando. Su responsabilidad inmediata recae sobre los especuladores, financieros y banqueros, el meollo del capitalismo bandolero contemporáneo que llevó su codicia al límite de lo delictivo o lo traspasó. Esto es obvio y sólo quienes siguen lucrándose con la catástrofe lo niegan y llevan su desvergüenza a proponer como remedio las recetas del desastre.

En la mayoría de los países ha habido recesión, aumento del paro y crisis bancaria y financiera que los gobiernos han combatido rescatando las entidades en riesgo con cargo a los dineros públicos. En España, en cambio, el Gobierno aseguró que el sistema bancario era sólido y, sin embargo, en línea con el entorno, creó un fondo de rescate de los bancos y derivó cuantiosos fondos públicos en su favor que, junto a los irresponsables dispendios de la época del superávit presupuestario, algo habrán hecho para convertir este en un déficit insoportable.

Aparentemente los bancos se sirvieron de esos fondos no para incentivar la economía, sino para sanear sus cuentas y mantener sus beneficios. La mayoría padece la crisis y la minoría se lucra con ella.

Con una tasa de paro que duplica o triplica la de otros países, el Gobierno empezó aplicando lógicas medidas keynesianas clásicas, además de las perversas de financiar a la banca, según su declarado propósito de impedir que paguen los más desfavorecidos. Luego de algún tímido esbozo del tipo del Plan E y mucha huera retórica, el mismo Gobierno ha claudicado ante el chantaje de las instituciones financieras y las agencias de calificación (cómplices y autoras directas del desastre), abrazando las recetas neoliberales causantes de la crisis, con lo que esta ya la pagan y la pagarán más los sectores desfavorecidos. Y no es de ahora: el Gobierno que aprobó la directiva de la vergüenza y que no hizo ascos iniciales a la jornada de 65 horas ha eliminado los incentivos y beneficios que otorgó en su día, ha incrementado la presión fiscal indirecta, quiere subir el IVA, pretende prolongar la edad de jubilación, rebajar las pensiones aumentando el periodo de cálculo (los políticos tienen uno de once años, que ya es sangrante), recortar el gasto público, precisamente el eje de la respuesta keynesiana, y realizar una reforma laboral que, salvo sorpresas, irá en detrimento de los trabajadores.

En el otro lado: se ha ido al rescate de la banca, se mantiene el abuso de las Sicav, hay un alto fraude fiscal (nadie ha tocado los paraísos fiscales en el exterior), la renta media declarada de los empresarios en España es inferior a la de los trabajadores, se mantienen los desorbitados primas y sueldos de los altos cargos (políticos incluidos) y nadie osa gravar los beneficios del capital industrial y financiero.

Con un Gobierno socialdemócrata la crisis la pagan los desfavorecidos y de ella se lucran los privilegiados. “Zapatero, no nos falles”.

Ramón Cotarelo. Catedrático de Ciencias Políticas.

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Febrero 5th, 2010 at 8:08 am

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Las cuentas y la confianza, de Miguel Ángel Aguilar en Cinco Días

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El señor presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, andaba ya el miércoles con un pie en el estribo del avión que le llevaría a Washington para participar en el Desayuno Nacional de Oración, con una amigable compañía, cuando conocimos la “actualización del programa de estabilidad” remitido a Bruselas. Confirmaba, una vez más, que una cosa es predicar el blindaje de los derechos de los trabajadores y otra, distinta, cumplir con las prescripciones de sostenibilidad de la Comisión Europea. Prevalece la necesidad de ahorrar en aras de recuperar la credibilidad internacional deteriorada y de ahí la decisión de retrasar la edad de jubilación dos años, pasándola de los 65 actuales a los 67 y también la modificación del plazo utilizado para calcular una pensión que de los últimos 15 años de cotización se eleva a 25.

El documento enviado por el Gobierno a Bruselas reconoce que el impacto de estas medidas en las proyecciones de gasto asociado al envejecimiento puede ser muy importante porque cada año que se retrasa la edad legal de cotización se reduce en un punto del PIB el gasto en pensiones; y cada año que se amplía el número mínimo de años para obtener una pensión, que pasará de 15 a 17, se consigue una reducción de 0,2 puntos porcentuales del PIB en ese gasto. Además se aumenta en diez -de 15 a 25- el número de años que sirve de base para calcular el importe de la pensión. Con la suma de estas tres medidas, concluye el documento que a lo largo de la década de 2020 el recorte total del gasto en pensiones podría alcanzar casi el 4% del PIB a partir de 2030 con la consiguiente mejora del indicador de sostenibilidad y el gasto asociado al envejecimiento se situaría entre los más bajos de Europa. Por último el Gobierno se propone reforzar la relación completa e individualizada entre cotización aportada y prestación recibida, lo cual recuerda aquel sistema de la capitalización que desde hace años algunos vienen pretendiendo bajo la excusa de que sólo así las pensiones podrían quedar garantizadas.

Enseguida vendrán los expertos a pasar por el pasapuré las cifras y los cálculos adelantados en el documento que el Gobierno ha redactado para hacer méritos en Bruselas y enviar un mensaje de rigor y solvencia a eso que llamamos los mercados. Se trata de abandonar el pelotón de los torpes junto a Letonia y Grecia, cuyos presidentes flanquearon a Zapatero en la malhadada jornada de Davos, que es donde el nuestro se cayó del caballo, igual que le sucedió a Pablo de Tarso en el camino de Damasco. El ambiente del World Economic Forum bajo los focos de esa prensa que tantos cariños nos dedica debía ser insoportable. De manera que pareció necesario presentar alguna ofrenda para aplacarlo y entonces vino el anuncio del retraso hasta los 67 años de la edad de jubilación. Luego, ese aplazamiento lo confirmó, como una propuesta abierta a la negociación, el Consejo de Ministros del viernes 29 de enero, sin que nadie hubiera tenido la delicadeza de poner al corriente con la debida antelación al titular de Trabajo, Celestino Corbacho, quien venía sosteniendo lo contrario convencido, por supuesto, de que emitía en la misma longitud de onda que el Gobierno.

A la búsqueda desenfrenada de la estimación perdida, con el deseo de merecer la aprobación necesaria para que la deuda dejara de estar penalizada y de dar a los mercados señales de ortodoxia y rigor, han venido después las medidas más arriba comentadas del documento para Bruselas. Sólo unas horas después de hacerse públicas, en un movimiento característico de las maneras de Zapatero, se producía la primera rectificación mediante la cual se eliminaba la propuesta de elevar a 25 años la base de cálculo del importe de las pensiones. Todo sea por el desconcierto. Porque es difícil comprender la oscilación registrada de la parálisis inmovilista a la epilepsia descontrolada. Nadie explica tampoco que las medidas sobre las pensiones se hayan sustraído al Pacto de Toledo, ni al comentario con los sindicatos, ni con las fuerzas políticas parlamentarias. La cuestión en juego más que la salud de las cuentas es la recuperación de la confianza y con estas maneras parece imposible lograrlo.

“Por su seguridad, permanezcan asustados”, decía la leyenda de una de las recientes viñetas de El Roto en El País. Y por el susto hacia la docilidad. Aquí de las medidas lanzadas en Estados Unidos para contener los salarios y bonus abusivos de los dirigentes bancarios nada sabemos. Pero los ahorros inmediatos que debíamos ofrecer ya sabemos donde se han encontrado.

La cuestión en juego más que la salud de las cuentas es la recuperación de la confianza.

En la malhadada jornada de Davos es donde nuestro presidente se cayó del caballo, igual que le sucedió a Pablo de Tarso en el camino de Damasco”

Miguel Ángel Aguilar. Periodista.

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Febrero 5th, 2010 at 8:07 am

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El descrédito de España pasa factura: la deuda se encarece en cerca de 2.000 millones de euros, de Carlos Sánchez en El Confidencial

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La pérdida de confianza de los inversores extranjeros en la economía no le va a salir gratis a España. Todo lo contrario. La prima de riesgo con Alemania se situó ayer muy cerca de los 100 puntos básicos (un punto porcentual), y eso significa que el Tesoro tendrá que gastar este año mucho dinero de más para colocar la ingente cantidad de deuda que tiene previsto emitir España a lo largo de 2010. En total, 211.500 millones de euros. Nada menos que el 20% del Producto Interior Bruto (PIB), lo que refleja la importancia de esta variable.

De mantenerse ese diferencial con Alemania a lo largo del ejercicio, como sostienen entidades como Caja Madrid, ello supone un coste adicional que se sitúa entre 1.500 y 2.000 millones de euros para el Tesoro.  Hay que tener en cuenta que las tres cuartas partes de la deuda española la componen bonos y obligaciones, por lo que lo relevante son este tipo de emisiones. Y en la subasta de ayer, a modo de aviso para navegantes, el Tesoro se vio obligado a aumentar la rentabilidad de los bonos a tres años en cerca de medio punto porcentual, lo que da idea de las tensiones existentes en los mercados de deuda. Al menos, la demanda de títulos fue superior a la oferta, lo que significa que hay liquidez en el mercado. Sin embargo, el Tesoro se vio forzado a situar la remuneración de los bonos en el 2,63%, lo que supone un serio revés para las cuentas públicas y, por ende, para los contribuyentes.

No se trata de un fenómeno aislado. Desde que el presidente Zapatero estuvo en Davos (Suiza) el pasado jueves, la rentabilidad de las emisiones del Tesoro no ha dejado de crecer, también en los plazos más cortos, que se habían mantenido alejados de las tensiones. En el caso de las letras a 12 meses, la rentabilidad ha pasado en apenas una semana del 0,80% al 0,90%, mientras que los bonos a 5 años, según datos del Banco de España, se ha pasado de un 2,91% al 3,06%. En las obligaciones a diez años, el incremento  ha sido algo menor, pero alejándose del bund alemán  Hoy el Gobierno germano paga un punto menos que el español cada vez que vende un activo a 10 años.

Según un experto que prefiere no identificarse, lo que está pasando es que los inversores extranjeros “han puesto el foco sobre España”, y aunque probablemente se esté sobreactuando (algo consustancial al propio funcionamiento de los mercados), lo cierto es que la tormenta no parece que vaya a amainar a corto plazo. “Los inversores están viendo un creciente deterior de las cuentas públicas, y esa es una mala señal”, insiste.

El profesor Luis Garicano, de la London School of Economics, va más allá, y en un artículo publicado en el blog Nada es gratis asegura que además de los problemas presupuestarios, España tiene un problema de transparencia. Sostiene, en concreto, que  “nadie se puede creer que con más de 1,5 millones de viviendas vacías los precios hayan caído sólo un  13%”. Esto al inversor extranjero, asegura, “le parece que tiene que ser fraudulento”. Los precios, afirma, “tienen que caer como en Phoenix o en Miami, el 50%, y esto tiene que aparecer en los balances de cajas y bancos”.

Las dudas, sin embargo, no acaban ahí. Como señala un especialista, no hay que descartar que las agencias de calificación pongan la calificación de España con perspectiva negativa, lo que supondría un golpe importante a la credibilidad del país. “Si Moody`s lo ha hecho con EEUU, ¿por que no lo va a hacer con España?”, se pregunta.

La deuda como problema

Sea por una cosa o por la otra, o por las tres, lo cierto es que la deuda vuelve a ser un problema. Aunque el  Tesoro ha podido colocar todas sus emisiones, ha tenido que pagar más, y eso explica que en 2010 tenga que destinar a este fin -si se cumplen las previsiones- nada menos que 23.200 millones de euros, lo que representa un incremento del 33% respecto del año pasado.

No es este, desde luego, el peor de los escenarios posibles. El Gobierno estima en su reciente Programa de Estabilidad que el servicio de la deuda costará en 2013 el 3,1% del Producto Interior Bruto. O lo que es lo mismo, alrededor de 30.000 millones de euros en precios constantes (sin inflación). La cifra es todavía inferior al 5% en que se llegó a primeros de los años 90, pero hay que tener en cuenta que por entonces los tipos de interés que se veía obligada a pagar España para atraer capital extranjero eran estratosféricos.

En 2013, y según esas mismas proyecciones, el nivel de deuda pública será equivalente al 74,1% del PIB, prácticamente el doble que el nivel que existía al comenzar la crisis económica.

Un fuerte aumento de la deuda y una elevada tasa de desempleo son, en cualquier caso, un cóctel explosivo, toda vez que ambas partidas absorberían prácticamente la tercera parte de los gastos no financieros del Estado (donde se incluye  el servicio de la deuda).

Según aparece en la ley de Presupuestos, el endeudamiento del Estado se situará al acabar este año en 556.600 millones de euros, y a esta cantidad hay que sumar el endeudamiento de comunidades autónomas y ayuntamientos.

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Febrero 5th, 2010 at 8:06 am

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Cuestión de confianza, de Fernando Suárez en El Confidencial

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El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen. Aunque ignoro el grado de verosimilitud que le otorgaban sus contemporáneos, casi dos siglos después, cualquier parecido con la realidad se ha convertido en un lacerante e inmenso sarcasmo. Un espejismo vergonzoso, pero bien merecido, fiel reflejo de una inercia labrada a base de mantenella e no enmendalla, cebando ese continuismo orientado únicamente a cautivar votos, pesebres mediante, como medio de acceso y permanencia al goloso monipodio de la cosa pública.

En tanto que la fiducia constituye la esencia de la actual economía de mercado, y siendo imprescindible su concurso a la hora de garantizar el buen funcionamiento del sistema sociopolítico, ¿en quién se puede confiar tras la crisis financiera?. Un interesante estudio que aborda diferentes aspectos de la confianza sistémica o institucional, su evolución, y las consecuencias sobre las demandas ciudadanas respecto de sus élites regentes, nacionales y comunitarias. Una vez delimitado el concepto atendiendo a sus tres vertientes fundamentales; el poder legítimo o parlamentario, el dinero, y la autoridad gubernamental; el autor valida la hipótesis inicial de que los conflictos de interés entre factores productivos, capital y trabajo, se atenúan mediante los diferentes mecanismos compensatorios del Estado del Bienestar. De esta forma, las externalidades generadas permiten compartir riesgos y oportunidades, cultivar la cohesión social protegiendo a los miembros más vulnerables, fomentar un clima industrial participativo, y enriquecer el marco socioeconómico de la ciudadanía. Economía social de mercado.

Quizá, cabría añadir aquella dualidad básica de líderes y seguidores, libre de cualquier connotación de superioridad moral o intelectual. Los primeros, dada su singular capacidad creativa e innovadora, inclinados de manera instintiva a resolver y promover avances, tanto en el plano individual como colectivo; los segundos, interesados en convertirse en meros receptores de las decisiones ajenas, contribuyendo en su caso a difundirlas mediante conductas de imitación o muestras de apoyo y adhesión. Inclúyanse también las salvedades habituales de racionalidad acotada, sesgos informativos y creencias erróneas, mediatizadas a conveniencia, para aproximar un contexto de valoración del impacto sobre la credibilidad de las instituciones comunitarias, especialmente el BCE, cuyo aperitivo ya fue servido en pieza separada. Desgaste en primera línea y fatiga de combate serían dos ingredientes adicionales que ayudarían a explicar que la confianza en las autoridades europeas disminuyera durante el período inmediatamente posterior al crac, mientras aumentaba la otorgada a los gobiernos nacionales; habiéndose originado el proceso inverso cuando aquélla mejoró en los meses siguientes.

La sensación de un colapso financiero cercano, el rocambolesco baile de rescates públicos in extremis, y aceptar, de grado o por la fuerza, la curiosa relación de dependencia en la fe mutua, han sido factores determinantes a la hora de asumir la fragilidad del andamiaje, favoreciendo la desaparición de excesos de confianza sistémica. Y dado que ésta es considerada crucial para la estabilidad democrática, aquella parte depositada en el gobierno se convierte en prerrequisito básico de legitimidad popular, siendo los ciudadanos más propensos a cumplir con las normas si perciben, en primer lugar, que pueden fiarse de quienes rigen sus designios y, en segundo, que buena parte de sus pares resultan igualmente cooperativos. Oh là là. Sin embargo, la consecuencia inmediata cuando el modelo pierde favores en torno a su aparente y bondadosa equidad es la presión ejercida ante las autoridades nacionales, con el fin de que eleven sus dosis de dirigismo, regulación, y políticas redistributivas.

Éstas, además de condicionar el desempeño económico vía reasignación subóptima de recursos, están encaminadas a fomentar la confianza, influyendo a su vez en la percepción de justicia y reciprocidad del sistema. Un círculo virtuoso o perverso, según se mire y administre. El contrato social descansaría idealmente en elementos de protección que eviten a toda costa provocar desidia y riesgo moral, fruto de una fe ciega en la existencia de un inagotable maná benefactor, justificando así la cómoda coartada de quedarse a verlas venir. Las servidumbres disfrazadas de derechos, firmes garantes de paz social y estabilidad institucional, suponen tentaciones difíciles de vencer, al permitir asombrosas oportunidades para, de un lado, aumentar el peso e intervencionismo públicos y, de otro, aplazar continuamente las transformaciones estructurales necesarias o improvisar sobre la marcha, con el único objetivo de evitar sus ulteriores costes políticos.

Por su parte, las grandes esperanzas consignadas en la lozanía de los mercados financieros se han convertido, a tenor de la rabiosa actualidad, en piedra angular por antonomasia. Tratándose de un juego cuyos efectos están dirigidos a fabricar causalidad circular, entrelazando sucesivos descuentos de expectativas en base a desempeños pasados, la reforma de los sistemas de pensiones en Europa requiere, más que nunca, el aval de los papelillos. Además de dar facilidades para la captación de ahorro cautivo, se allana el camino de la modificación y, en su caso, transición ordenada desde modelos de reparto hacia regímenes mixtos o de capitalización. Y España, de nuevo, vuelve a quedar descolgada y en evidencia. Eso sí, abonados al bluf de autoengaño e ignorancia, según el recetario habitual, por ver si cuela. Mientras tanto, las ocurrencias last minute sólo ponen de manifiesto la abyecta dejación de funciones, reconvertida en ley del embudo e inicuos parches, a la par que el más absoluto desprecio por los administrados. Soluciones fáciles de justificar, rápidas de implementar y, sobre todo, capaces de diferir cuestiones recurrentes otros tres lustros. That’s the way it goes. Sin embargo, la paciencia siempre tiene un límite y, tarde o temprano, se tocará a degüello

En cualquier caso, parece razonable adaptarse para enfrentar un entorno de credibilidad menguante y riesgo creciente, cuya evolución seguirá sometida a la propaganda del desconcierto, la ineficiencia, y el chantaje permanente. Librarse de la arbitrariedad e incompetencia supone decisión, compromiso, e imaginación, ahondando en la búsqueda de cauces alternativos, en franca rebeldía frente a un sistema abocado al fracaso. Un gobierno suficientemente grande para darte todo lo que quieres también lo es para quitarte todo aquello que tienes. (GF).

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Febrero 5th, 2010 at 8:05 am

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Los bancos reconocen que la reforma es inevitable, de Patrick Jenkins y Brooke Masters en Expansión

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Financial Times

Dependiendo del punto de vista de cada uno, Paul Volcker y Barack Obama pueden haber sumido al mundo en el caos o dado un renovado vigor a la causa de la regulación bancaria global. Pero una cosa está clara: las dos iniciativas estadounidenses para reducir el riesgo de los bancos y gravarlos en relación a su tamaño –la regla Volcker y la tasa Obama, como se las ha denominado– han atraído la atención de banqueros y reguladores de todo el mundo.

El mes pasado EEUU dejó claro por primera vez que quería imponer una tasa del 0,15% sobre los balances bancarios superiores a 50.000 millones de dólares (35.818 millones de euros). Después dijo que los bancos deberían abandonar lo que consideraba prácticas de riesgo –la inversión en hedge fund y capital riesgo y el comercio con capital propio, las típicas operaciones de los fondos bancarios para obtener beneficios rápidos–.

En el segundo caso, las autoridades estadounidenses dijeron que los bancos no podrían crecer más allá de su actual cuota de mercado.

Detrás de ambas iniciativas está una ofensiva contra las entidades consideradas “demasiado grandes para permitir su quiebra” –un área que los reguladores admiten que no había sido abordada por las autoridades supervisoras internacionales, como el Consejo de Estabilidad Financiera y el Comité de Basilea de Supervisión Bancaria, hasta la intervención política estadounidense–.

Reguladores, políticos y banqueros están discutiendo al menos cuatro ideas: la prolongación de las actuales iniciativas reguladoras; la introducción de proyectos de capital contingente; una nueva formulación de las reglas sobre los distintos instrumentos de capital, como los bonos bancarios; y la plena adopción de los países del G-20 de alguna variante de la tasa Obama.

Muchos banqueros, como Frédéric Oudéa, director general de Société Générale, que la semana pasada se lamentó de la politización de la regulación, exponen que bastaría con la primera de esas ideas.

Según ellos, la ofensiva del comité de Basilea para imponer requisitos de capital adicionales sobre las actividades de mayor riesgo de los bancos –como las operaciones con capital propio, o la negociación de los bancos por cuenta propia– hace innecesarias las prohibiciones específicas.

Pero la opinión consensuada es que los bancos tendrán que aceptar concesiones más radicales. Varios reguladores, incluido el comité de Basilea, están analizando las ventajas de un régimen de capital contingente, que haría que los tenedores de bonos se arriesguen a que sus títulos se conviertan en capital si la solidez del banco cae por debajo de un nivel predeterminado.

Los denominados instrumentos convertibles contingentes, o CoCo, están en una fase inicial, pero Lloyds Banking Group emitió a finales del año pasado 9.000 millones de libras (10.299 millones de euros) de estos productos, una operación que, en opinión de los reguladores, podría sentar un atractivo precedente para otros bancos.

Sin embargo, son las propuestas estadounidenses de las últimas semanas las que han generado un verdadero debate, polarizando los puntos de vista tanto dentro como fuera del país. Los reguladores asiáticos se han mantenido al margen de la discusión, pero los europeos han criticado aspectos de las medidas de la Administración estadounidense para reducir lo que considera actividades de riesgo –la negociación con capital propio, los hedge fund y el capital riesgo–.

“La situación es completamente distinta aquí, y el sistema que estaba en vigor entonces no dio mal resultado y no necesita revisión alguna”, comentó una autoridad francesa. Pierre de Lauzun, subdirector general de la Federación Bancaria Francesa, explicó a Financial Times: “El contenido del plan Obama no es convincente, ya que su imposición sería difícil y no supondrá un gran cambio. En Francia preferimos seguir adelante con el proceso de Basilea”.

Los gobiernos francés y alemán se oponen por lo general a cualquier medida que divida sus grandes bancos internacionales, exponiendo que sobrevivieron a la crisis relativamente intactos y que su separación podría generar inestabilidad en lugar de dar mayor seguridad al sistema.

Los europeos se muestran más divididos en relación a la fiscalización de los bancos para pagar futuros rescate financieros. Algunos, como Juergen Stark del Banco Central Europeo, expresan su temor por el “riesgo moral” que supondría la creación de un fondo –ya sea mediante el dinero de los contribuyentes, o vía una tasa bancaria–, ya que reduciría el miedo a una quiebra.

Pero el número de partidarios del establecimiento de un impuesto global parece mayor. La semana pasada, dos importantes banqueros –Bob Diamond, el presidente de Barclays, y Josef Ackermann, el consejero delegado de Deutsche Bank y presidente del Instituto de Finanzas Internacionales– anunciaron que estaban a favor de este tipo de gravamen. Reguladores como Mario Draghi, el gobernador del Banco de Italia y presidente del Consejo de Estabilidad Financiera, y Philip Hildebrand, gobernador del banco central suizo, también apoyan la iniciativa.

Hector Sants, consejero delegado de la Autoridad de Servicios Financieros británica, declaró el miércoles que Reino Unido “reconoce la importancia de garantizar que los contribuyentes no asumen en última instancia el coste de las quiebras financieras”, aunque advirtió de que “el mecanismo para lograr este fin requiere un mayor debate”.

Al final, banqueros y reguladores coinciden en que se terminará implementando alguna combinación de al menos varias, si no todas, las ideas que se están discutiendo. Y de ellas, el impuesto global es la que parece ganar apoyos con más rapidez.

“Es virtualmente inevitable”, señala Sir David Walker, autor de un reciente informe sobre gobierno corporativo bancario, y asesor de Morgan Stanley. “Es la idea con más probabilidades de obtener un consenso internacional”.

Patrick Jenkins y Brooke Masters. The Financial Times Limited 2010. All Rights Reserved.

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Febrero 5th, 2010 at 8:04 am

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