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Periodismo de opinión en Reggio’s

A ciegas, de Kepa Aulestia en La Vanguardia

La proximidad electoral ha vuelto  a despertar el interés sobre la identidad y las aspiraciones últimas de los catalanes. Si se ven razonablemente cómodos o se muestran abiertamente insatisfechos con lo que hay, y si tienden a dar más o menos la espalda a la política institucionalizada. Me siento incapaz de adivinar de qué bando son las gentes con las que me cruzo cuando paseo por Barcelona. Cuando uno está acostumbrado a un hábitat tan diminuto y previsible como el vasco, le resulta imposible leer el pensamiento de una población tan colorida y acelerada por los quehaceres de la urbe. Es sorprendente, por ejemplo, que se pueda orientar una campaña electoral para más de siete millones de personas que parecen tan distintas entre sí. La diversidad social no se debe sólo a la individuación y a la multiplicación de grandes o minúsculas corrientes migratorias. Responde en gran medida a que el ciudadano actual es un sujeto de múltiples facetas, de una sociabilidad variable, de un ánimo cambiante, irreductible a una o dos dimensiones.

Sin embargo, la política partidaria no sabe moverse fuera del plano trazado por el eje izquierda-derecha al cruzarse con el eje de la identidad nacional.

La política contemporánea, tan dada a fijar su relato y establecer sus prioridades en función de las encuestas, camina a ciegas, temerosa de no acertar con lo que los ciudadanos podrían estar dispuestos a soportar de ella. La sociedad ha cambiado infinitamente más de lo que han cambiado las preguntas que se hace la demoscopia. Estas conforman ya estereotipos a los que los ciudadanos responden con desgana, dejándose llevar tantas veces por lo que en cada momento puede parecerles lo correcto, lo conveniente, el lugar común. Estereotipos que coinciden precisamente con los casilleros que la política necesita para encuadrar a los ciudadanos. Es el vértigo ante lo desconocido lo que lleva a la política a recurrir una y otra vez a sus categorías más tradicionales, pretendiendo calibrar con ellas a una sociedad que es cada vez más escurridiza en tanto que poliédrica. La política necesita simplificar la sociedad, reducirla mediante eslóganes, aunque sea a costa de no entender por qué la gente se abstiene y por qué vota.

Es cierto que en ocasiones la política trata de innovar el discurso con conceptos más o menos elaborados o con improvisadas ocurrencias. La España plurinacional y el federalismo asimétrico fueron dos ideas hermanadas que circularon durante media docena de años sin que cuajaran. Del mismo modo que el ecosocialismo no ha sido capaz de conformar una tercera dimensión. Otras veces la política ensaya incursiones más arriesgadas, y de repente se habla de independencia sugiriendo la constitución de un Estado propio en un determinado plazo de tiempo, o se propone incrementar los impuestos a los que más tienen evocando una versión regulada de la lucha de clases. Pero pronto retrocede para moderar el lenguaje, no sea que acabe asustando a aquellos a los que va dirigido. La política es esencialmente conservadora; cada partido y cada dirigente se muestran reticentes al riesgo. Así es como partidos y sociedad interaccionan de tal forma que tienden a perpetuarse los sentimientos de pertenencia y las aspiraciones. Como si la sociedad cambiase en todo menos políticamente, porque se ve obligada a identificarse respecto a categorías inmutables y opciones duraderas.

Es dudoso que hoy haya más independentismo que ayer y menos que mañana. Pero, aun a ciegas, hay una intuición próxima a la certeza que recorre la política catalana desde que se produjo la alternancia al frente de la Generalitat: la percepción de que la reivindicación nacionalista continúa guardando un mayor potencial de movilización que las ideas de equidad y de progreso social. En una sociedad de clases medias la justicia social se entiende como la atención debida a los más desfavorecidos siempre y cuando el bienestar compartido por la mayoría adquiera un nivel apreciable. Es prácticamente imposible enunciar una meta que arrastre a esas clases medias en pos del cambio social. Experimentada la alternancia al pujolismo durante dos legislaturas, no hay horizonte alternativo que movilice a las izquierdas ni siquiera avivando el temor a que vuelvan las derechas. Dado que las políticas públicas discurren por la parte central del cauce ideológico, no hay objetivo políticamente más atrayente para las clases medias que conseguir que sus impuestos queden a su alcance. El nacionalismo no puede renunciar expresamente a la independencia sin dejar de serlo. Pero, además, aunque sea a ciegas, los nacionalistas saben que cuentan con un plus para activar el favor de la gente.

Publicado por Reggio's

14 Septiembre, 2010, a las 8:16 am

Colgado en: Nacionalismo, Política

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