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Periodismo de opinión en Reggio’s

Aquel sábado que fue lunes, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

La tregua del fin de semana, en lo que a cuestiones mediáticas se refiere, fue de una brevedad antológica: arrancó con el comienzo del telediario del viernes y concluyó pocas horas después cuando se hizo pública la decisión del COI. A parir de ahí, fue lunes o, en todo caso, se vivió esa parte de la tarde del domingo que anticipa, melancólica, el comienzo de la semana.

Antes de que el sábado, informativamente hablando, fuese lunes, confieso que no me perdí detalle de los discursos que extractaban los telediarios de nuestras más egregias personalidades en Copenhague. ¿Acaso fui el único que se divirtió de lo lindo disfrutando del francés que habló doña Esperanza Aguirre? ¿Acaso fui el único que echó de menos que no hubiese alusiones a aquel filósofo danés que, según dicen, despertaba la hilaridad de los niños en las calles de Copenhague y que tanto entusiasmó a Unamuno, un tal Kierkegaard? ¿Acaso fui el único que se preguntó si, entre los asesores de nuestras personalidades, a nadie se le ocurrió la conveniencia de citar de pasada que hubo un pensador español que habló en un sugerente ensayo acerca del origen deportivo del Estado? Bueno, seguramente no tocaba hablar del rapto de las sabinas.

Tras el «no» de Copenhague a Madrid como sede olímpica, nunca mejor dicho, las cuentas pendientes: tardaremos más en salir de la recesión y el paro aumentará. Ante ello, la Ministra, que parece no haber leído el poema machadiano en el que al olmo seco le salen hojas verdes con las aguas de abril y el sol de mayo, intenta atemperar la noticia, como, en su momento, se negó la crisis. Ante ello, Rajoy culpa -cómo no- de todo al calamitoso Zapatero. Seguimos sin conocer qué propone su partido para salir de la crisis, al tiempo que continuamos esperando de parte del líder del PP inequívocos gestos contra la corrupción. Porque ésa es otra: este país, tras el «no» de Copenhague, vuelve a esa rutina en la que el paro aumenta y la corrupción no es atajada.

Si lo del PP de Valencia parece un culebrón que todavía dará mucho de sí informativamente hablando, ¿qué decir del llamado «caso Millet»? No se trata tan sólo del mal funcionamiento de las instituciones que no se enteraron de lo que allí acontecía, lo que no está nada mal, sino que, además, hubo dineros que fueron directamente a partidos políticos o, lo que es lo mismo, a fundaciones de éstos. Así es que cada vez que un dirigente político habla del interés general y de las preocupaciones de la ciudadanía el cinismo en que incurren es hiperbólico.

Uno no quiere ser en ninguna medida catastrofista, y menos en estos asuntos, pues, entre otras cosas, la realidad demuestra que un país puede sobrevivir a la simonía en la vida pública. Dicho lo cual, aquí hay un Mediterráneo que está más que descubierto, y es la podredumbre del sistema que anida en todos los partidos políticos que tienen sus parcelas de poder, y no se trata de episodios anecdóticos, sino de un mal que está lo suficientemente extendido como para no creer que el actual estado de cosas podría ser resuelto con un mero cambio de personas, por mucho que las que llegasen estuviesen cargadas de buenas intenciones: el problema es más profundo que todo eso y, en el mejor de los casos, se necesitará mucho tiempo para resolverlo.

¡Cuánta resaca, Dios mío, la de aquel sábado que fue lunes!

Pero la cosa no se quedó ahí. Si el sábado fue lunes, ¿qué decir del domingo en que se publicaron en varios medios encuestas que daban una clara victoria del PP en la intención de voto de la ciudadanía?

Es indudable que está muy arraigado el convencimiento de que el Gobierno de Zapatero no afronta la crisis económica con soluciones que vayan más allá de la retórica y que sean eficaces. No lo está menos que el PP despacha esto como un disco rayado con dos consignas: su oposición a la subida de impuestos, así como su rechazo al derroche que, según ellos, hace el Gobierno. En esto último se les olvida el endeudamiento, parece que brutal, del Ayuntamiento de Madrid.

En cualquier caso, si vamos a tardar más que otros en salir de la crisis, sin que ello suponga justificar los errores de Zapatero, parece indudable que este país tiene una estructura económica más débil que el resto y, en ello, las responsabilidades no son sólo del último en llegar, sino también de todos los que han gobernado, sin olvidarse de sectores como sindicatos y empresarios que también pueden ser considerados manifiestamente mejorables.

Tras el «no» de Copenhague, la vuelta a la rutina de las corruptelas nuestras de cada día, a la consuetudinaria descalificación de unos y otros, a la jerigonza más vulgar que habla de hombros que deben arrimarse, al balance de unos discursos bajos en brillantez, así como a esa dura espera que tenemos por delante en la que el paro y el deterioro de la vida pública nos lo fían largo y difícil.

Aquel sábado que fue lunes, en lugar de ver la salida de un túnel, atisbamos su boca.

¿De lobo?

Publicado por Reggio's

6 Octubre, 2009, a las 7:09 am

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