Buena política sin presupuesto, de Salvador Cardús i Ros en La Vanguardia
Hasta hace cuatro días, hacer algo quería decir, fundamentalmente, gastar dinero. También, y sobre todo, en política. De manera que un programa político era, por encima de todo, una lista de nuevos gastos que el electorado, ingenuamente, se tomaba como la promesa cierta de una carta a los Reyes con presentes venidos de Oriente. Sin embargo, en sentido estricto, no gastar también es una manera de hacer. Y no sólo eso: lo cierto es que en tiempo de consumismo desaforado, la decisión verdaderamente fuerte, la que remitía a principios sólidos y la que ponía en evidencia una voluntad firme, era la de la contención y el autocontrol. ¡Eso sí que era decidir y hacer! Donde ha sido más fácil comprobarlo es en el terreno educativo: la sobriedad y la templanza han sido las grandes virtudes educativas en las que han sobresalido los mejores padres en los años de crecimiento sin límites. Muchos expertos en educación nos advertían que, en los tiempos que corrían, lo más difícil era saber decir no. Y la gran debilidad de muchos padres era no saber evitar la alimentación caprichosa, el móvil antes de hora o la consola de juegos fuera de control.
Ahora, sin embargo, lo que había sido virtud sólo de los fuertes se ha convertido en un imperativo para todo el mundo, quieras que no. Hacer política, ahora, también es someterse a las exigencias de la sobriedad y la templanza. Como nunca, la política actual es un desafío para gente fuerte, con principios y voluntad firme. De la lista de promesas bien o mal presupuestadas, ahora hay que pasar a la lista de recortes, a ser posible, hechos con cirugía fina. La política se ha convertido -y será así por mucho tiempo- en el arte de ahorrar. Y la buena política será la que sepa “hacer economías” -como se decía antes- de manera inteligente, con el fin de llegar al final del camino en una mejor posición que la de partida.
Hablamos, claro está, de saber encontrar el lugar justo para una sociedad del bienestar que había perdido el norte y que se había convertido, en muchos sentidos, en una sociedad consentida. Sí, ya lo sé: esta afirmación genérica no vale para todo el mundo, y antes de la crisis todavía quedaban muchos colectivos desprotegidos. Sin embargo, en términos cuantitativos, el problema de la sostenibilidad del actual sistema de bienestar no lo han creado las capas sociales más desvalidas, sino el exceso -para no decir abuso- que han hecho de él las clases medias y altas. Siempre recurro al mismo ejemplo: que la Seguridad Social atienda la sordera de quien ha trabajado cincuenta años ante un telar es de justicia; que deba atender al joven que seha destrozado el oído con el impacto de los decibelios de la música que escucha voluntariamente ya es más discutible. En el segundo caso, y a diferencia del primero, hay una irresponsabilidad que debería tener algún coste.
Hablemos también de educación, el otro gran campo sensible de la sociedad del bienestar. Hace quince días estuve en París, y uno de los periódicos del día, en portada, llevaba el siguiente titular: “Cómo evitar el fracaso universitario”. Efectivamente, la media de estudiantes universitarios franceses que pasan de primer curso a segundo no llega al 45%. Los repetidores rozan el 25%. Y, cambios de estudios aparte, en primero abandonan en torno a un 25% más. Otro dato: en el campus Le Mirail la prestigiosa universidad de Toulouse, más del 55% de los estudiantes de primero no llegan a presentarse a los exámenes.
Cito el caso de la universidad francesa para evitar poner el dedo en el ojo en las universidades del país, aunque, ciertamente, nuestros datos -con todas las precauciones tomadas cuando comparamos estadísticas- son mejores. Pero, allí y aquí, de ninguna manera puede defenderse el gasto en unas instituciones que a duras penas son capaces de garantizar el éxito del 50% de sus usuarios. Esos mismos días, el ministro de Educación francés, Luc Chatel, era entrevistado en L´invité des matins en France Culture y reconocía consternado que, a pesar de los importantes incrementos presupuestarios de los últimos años en enseñanza, los resultados empeoraban, particularmente en los terrenos de los que más se habían enorgullecido, como la comprensión lectora. Igual que aquí, los países ricos hemos intentado parar el golpe de la degradación de los modelos educativos obligatorio y superior a base de incrementar los presupuestos, fatalmente, sin los resultados esperados. Se había asociado hacer política con la vía más fácil de todas: gastar más.
A partir de ahora, el modelo será otro. A falta de más recursos, la respuesta a los grandes desafíos de una mejor atención sanitaria o de una mayor calidad educativa ya no tendrá que ver con los incrementos presupuestarios cómo, de hecho, ya no se relacionaba con los recursos a la vista de los resultados. Y una buena política presupuestaria consistirá, durante bastante tiempo, en saber situar adecuadamente el ahorro en el lugar más adecuado. En este sentido, a menudo hay que lamentar que el discurso político sobre el recorte todavía se haga exclusivamente en los términos del cumplimiento de una imposición externa o como castigo a pagar por anteriores despilfarros irresponsables. Progresivamente, a medida que seamos capaces de superar el estadio de duelo por la cultura de la abundancia que ahora enterramos, estaremos en condiciones de revisar las verdaderas causas de muchos fracasos sociales de la sociedad del bienestar y que no tenían nada que ver con el presupuesto. En el futuro, una política con menos presupuesto será mucho más astuta que la conocida hasta ahora. Y será más eficaz en los resultados.
salvador.cardus@uab.cat
