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Los frutos del árbol del conocimiento, de Carlos Martínez en El País

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Decía Tales de Mileto que la felicidad del cuerpo se funda en la salud y la del entendimiento en el saber y, quizá por eso, los grandes países son los que dedican más recursos a la educación, investigación y al gasto social.

La ciencia moderna es una actividad transitiva y trascendente, que no pertenece al científico aislado de los demás, sino a la sociedad en general, y que pierde todo sentido cuando se encierra en sus límites más reducidos. Se investiga por y para la ciudadanía, para generar conocimiento, que suele acabar transformándose en progreso y en bienestar de todos. Así ha sido a lo largo de toda la edad moderna y la edad contemporánea, en las que muchos de los adelantos más revolucionarios estuvieron precedidos por avances científicos. Como observaba Gregorio Marañón, “la verdadera grandeza de la ciencia, además del conocimiento, acaba valorándose por su utilidad”.

Es bien conocido, en efecto, que la revolución científica del siglo XVII allanó el camino para el pensamiento ilustrado del siglo XVIII y para la revolución industrial del siglo XIX. No es casualidad que el Reino Unido, el país donde surgió esa revolución industrial, sea uno de los países con más premios Nobel, porque conocimiento, ciencia y progreso social suelen ir unidos de la mano. Al seguir Louis Pasteur su máxima de “si no conozco una cosa, la investigaré”, estaba dando respuesta a las necesidades de los ciudadanos y comprometiéndose socialmente. De esta forma, con sus descubrimientos, provocó avances gigantescos en un buen número de procesos industriales, médicos y farmacológicos. Logró que mejorase desde la fabricación de la cerveza, o la obtención de la seda, hasta la detección de enfermedades contagiosas y el desarrollo de vacunas.

En Europa, nos sentimos justamente orgullosos de nuestra rica tradición artística, de nuestros paisajes y de nuestra arquitectura, pero en Europa, además y sobre todo, se desarrollaron los conocimientos fundamentales de la revolución científica que subyacen al mundo actual: Copérnico, Galileo, Newton, Darwin, Einstein, Watson, Crick… son buenos ejemplos de ese pasado. Estos científicos contribuyeron al desarrollo de nuevas disciplinas como la astronomía, la biología, la física, la biología molecular y el desarrollo tecnológico, promoviendo un nuevo marco de conocimiento que permitió un extraordinario avance en la agricultura, la industria y el comercio, y que dio lugar a una prosperidad que, a su vez, permitió un mayor desarrollo de las artes.

Hoy, la creciente dependencia del desarrollo tecnológico, el efecto de la globalización y la escasez de los recursos, requierede cambios económicos, políticos y sociales profundos, cambios seguramente tan radicales como los que supusieron la transición de las sociedades agrarias a las industriales hace 500 años, y que, con toda seguridad, también van a requerir del avance del conocimiento. La lucha contra el cambio climático, la crisis energética, el envejecimiento de las sociedades occidentales y los flujos migratorios representan, sin duda, situaciones que requieren nuevas formas de pensar, de vivir, de actuar y cuyas soluciones quizás serán tan relevantes hoy como la revolución industrial lo fue para la superación del Antiguo Régimen.

En contra de lo que postulan algunos profetas apresurados, no hemos llegado todavía al final de la historia; al menos no en ciencia, en donde apenas hemos empezado a levantar el velo de la ignorancia. Seguiremos necesitando, pues, la curiosidad, la creatividad, la inteligencia, el rigor, la constancia y la inagotable sed de conocimiento de los científicos, para seguir haciendo de este planeta un hábitat más amigable para sus miles de millones de habitantes.

En la actualidad, Europa produce el 33% de las publicaciones científicas y el 34% de las más citadas en la literatura, mientras Estados Unidos, con una producción del 24%, contribuye al 43% de las publicaciones más citadas. Solamente dos universidades europeas se encuentran en el ranking de las 20 universidades más prestigiosas.

Con una contribución cada vez mayor de China e India a la generación de conocimiento y con un decreciente número de premios Nobel europeos, es ciertamente preocupante observar que en la actualidad el 80% de los investigadores, el 75% de la investigación y el 70% de las patentes se originan fuera de Europa.

En este contexto, la ciencia española, que ha experimentado un crecimiento extraordinario en los 25 años de democracia y ocupa la novena posición en producción científica mundial (el 3,34%), dista mucho de alcanzar esos niveles en las publicaciones de alto impacto o en las publicaciones de mayor citación, en el ranking de instituciones de excelencia, o en la generación de patentes (el 0,8%).

Es, por tanto, necesaria una actuación de emergencia donde el objetivo, ante este necesario cambio, es que nos veamos a nosotros mismos como lo que somos, un país de talento cultural pero también científico que necesariamente ha de incorporarse a la investigación de excelencia. Caminamos hacia la Gran Ciencia, caracterizada por proyectos con elevado presupuesto, por la interdisciplinariedad y dependientes de la colaboración internacional dentro del marco de la cada vez más creciente globalización. Si se quiere estar en ella, y se debe estar, hay que estimular la ciencia y la tecnología con el calor de todos. Es necesario el apoyo de los Gobiernos, las instituciones, la implicación del sector productivo, de toda la sociedad, especialmente de esa juventud entre la que se encuentran o deberían encontrarse los miembros de la comunidad científica del mañana.

Ante esta nueva situación, donde Europa ha perdido el liderazgo del pasado, una apuesta por la excelencia y la ciencia de frontera parece más necesaria que nunca. Esa ciencia asociada a la protección de los datos y vinculada a la colaboración con la iniciativa privada, que es la directamente responsable de la generación de riqueza (en Europa ésta invierte en I+D+i solamente el 1%, comparado con el 1,69% en Estados Unidos o el 0,47% en España), ha de aportar las bases para dar respuesta a la nueva situación mundial.

Decía Goethe que “el espíritu humano avanza de continuo, pero siempre en espiral”. En este siglo XXI, la espiral virtuosa de crecimiento se seguirá generando a partir del saber. Asistiremos a la revolución del conocimiento. Se lograrán nuevos hallazgos y se avanzará socialmente; entonces, la nueva situación permitirá avanzar aún más y crear más riqueza, una actividad fundamentalmente desarrollada por el sector productivo. Éste, sin embargo, tiene clara la necesidad de apostar por la generación de conocimientos con fondos públicos, como expresaban los presidentes de las 25 mayores empresas de EE UU en una carta abierta al Congreso que, entre otras cosas, decía: “Nuestro mensaje es simple. Nuestro sistema educativo y sus programas de investigación juegan un papel crítico y central en el avance de nuestro conocimiento… Sin el apoyo federal la industria americana dejará de tener acceso a tecnologías básicas… Por lo tanto, respetuosamente solicitamos que se mantenga el apoyo a un vibrante programa de investigación…”.

Stephan Zweig explicó con enorme sencillez la relevancia de los empresarios en el progreso del mundo. Dijo una vez: “Las invenciones y descubrimientos decisivos se inician siempre con un estímulo intelectual o moral como fuerza motivadora, pero, normalmente, el ímpetu final a la acción humana lo ponen los impulsos materiales… Los mercaderes fueron la fuerza motriz tras los héroes de la edad de los descubrimientos; el primer impulso heroico de conquistar el mundo emanó de fuerzas muy mortales: en el principio, fueron las especias”. Quizás, las especias hoy capaces de cambiar el mundo están representadas por el conocimiento.

Carlos Martínez Alonso es profesor del CSIC.

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Marzo 12th, 2010 at 8:15 am

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Raíces neoliberales de los cultivos transgénicos, de Alejandro Nadal en La Jornada

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Queda por indagar si los inventos mecánicos han aligerado el trabajo humano, preguntaba John Stuart Mill en sus Principios de economía política. Marx le responde: ese no era su objetivo. Las máquinas, como cualquier invento capitalista, son un método particular para incrementar la tasa de ganancia.

Los cultivos transgénicos son un instrumento del capital para transformar un proceso de producción. Su objetivo no es combatir el hambre, ni terminar con la pobreza. Tienen otra finalidad: imponer la racionalidad del capital y transformar el campo en espacio de rentabilidad. Son el último eslabón de una larga cadena de esfuerzos por dominar un ámbito que le ha resistido tenazmente.

En la agricultura el capital simplemente no ha podido apropiarse del proceso productivo para moldearlo a sus necesidades. Y es que en el campo el capitalismo no puede someter al clima o sujetar la visita inoportuna de plagas y otras calamidades. Vaya, no controla ni el tiempo de producción, ni la porosidad del proceso de valorización del capital. Tampoco controla los humores, tiempos y tradiciones de los campesinos. Y eso sí que le duele: no controlar al trabajador.

Cierto, la agricultura fue sojuzgada desde afuera, imponiéndole términos de intercambio desfavorables (precios bajos al productor, costo elevado de insumos). A escala macroeconómica, la agricultura fue convertida en fuente inacabable de mano de obra y alimentos baratos para mantener una norma salarial adecuada a la acumulación capitalista.

Pero el campo no es una fábrica y el proceso directo de producción no es fácil de intervenir. El capital quiso controlarlo por la mecanización, la difusión de insumos agro-químicos y semillas modificadas para aumentar rendimientos (toneladas por hectárea). Por cierto, entre 1950-1970 los fitomejoradores lograron dichos incrementos pero con costos sociales y ambientales considerables. Lo más importante es que desde el punto de vista del capital, el control del proceso de producción en el campo siempre fue incompleto.

No importa que algún mentecato o un funcionario prevaricador afirme que los cultivos transgénicos son la respuesta al hambre, porque en realidad no están diseñados para aumentar los rendimientos de manera significativa. Por ejemplo, muchos estudios concluyen que los rendimientos de los cultivos transgénicos han permanecido estables o incluso han sido inferiores a los de cultivos tradicionales. Otros indican que en algunos casos pueden aumentar, pero se trata de incrementos marginales, nada comparable a los aumentos en rendimientos que produjo la revolución verde.

Para que un cultivo transgénico permita aumentos en rendimientos comparables a los de la revolución verde se necesitaría modificar la arquitectura de una planta. Para lograr ese resultado habría que manipular una mayor cantidad de genes. Esa proeza exigiría una capacidad tecnológica que hoy no está disponible y probablemente nunca lo estará. Si la biotecnología pudiera manejar el mismo número de genes que el de patentes que controlan los abogados de las empresas trasnacionales, quizás las cosas serían distintas. Se ha dicho que los biotecnólogos quieren jugar a dios. Sería más certero decir que sólo juegan al aprendiz de brujo con unas cuantas piezas extraviadas de un lego que no conocen.

Si los cultivos transgénicos son el mejor ejemplo de una trayectoria tecnológica fallida, ¿por qué se interesa el capital en ellos para acometer con nuevos bríos esta lucha por dominar el campo? Porque las empresas trasnacionales no han recuperado las inversiones que hicieron en su apuesta con esta tecnología fracasada y hoy la crisis les aprieta por todos los frentes.

Desde Guadalajara, el director de la FAO miente. Dice que la meta de reducir el hambre en 50 por ciento se podría cumplir con la aplicación de la biotecnología. Nada más alejado de la verdad. Habría que recordarle que aun los aumentos en rendimientos de los años sesenta no pudieron acabar con el hambre: ¿por qué será?

Su retórica enseña a qué grado se ha envilecido la FAO frente a las trasnacionales de la biotecnología. El hambre en el mundo es producto de un modelo económico cimentado en la explotación y la concentración de riqueza. La desnutrición es fruto de un sistema excluyente que impone el monocultivo comercial y el sometimiento al poder de unas cuantas corporaciones gigantes. Por si no se han enterado, la crisis global es engendro del sistema neoliberal que hizo todo esto posible. En lugar de proponer reformas, el director de la FAO (y sus comparsas en el gobierno mexicano) recomiendan todo aquello que signifique continuar con el modelo neoliberal. Es claro: la bestia neoliberal está herida, pero eso no la hace inofensiva.

En los cultivos transgénicos tenemos el mejor ejemplo de una forma de ciencia que es poderosa en la medida en que es ignorante. La ciencia como dominación sacrifica a la ciencia como conocimiento, escribía Paul Valéry en sus Historias quebradas.

http://nadal.com.mx

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Marzo 4th, 2010 at 8:03 am

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La Ley y el Pacto por la Ciencia, de Miguel Ángel Quintanilla Fisac en Público

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Después de poco más de un año desde que se anunció el primer borrador de Ley de la Ciencia, la ministra Garmedia ha presentado su nuevo proyecto. El tiempo transcurrido ha servido para que el Gobierno inicie la tramitación de la la Ley de Economía Sostenible, que ofrece cobertura “filosófica” a la nueva política científica, y para que diferentes agentes sociales, políticos e institucionales hayan podido digerir mejor algunas de las novedades que presenta el proyecto.

Tiempo habrá para entrar en detalles y participar en debates que seguramente surgirán a lo largo del proceso de discusión parlamentaria y de negociación social. Por el momento comentaremos sólo un par de rasgos reseñables del actual borrador.

El primero es que con él se consolida una apuesta sistemática y contundente por la integración de las políticas tradicionales de ciencia y tecnología con las políticas más novedosas orientadas a la innovación. Llevamos años quejándonos de que nuestro sistema científico no logra alimentar con suficiente eficacia los procesos de innovación que constituyen la fuente principal de competitividad económica. Lo nuevo es que, por primera vez, se contemplan de forma sistemática, en una sola ley y bajo la dirección de un único ministerio, todos los aspectos de estas políticas, desde la gestión de subvenciones para la investigación básica hasta la planificación de las ayudas e incentivos para la incorporación de tecnología en las empresas; o la apertura de nuevos cauces para la colaboración entre el sector científico y el empresarial. Si la ley tiene éxito en su apuesta, dentro de muchos años seguiremos celebrando el salto cualitativo que sin duda habrá dado nuestro país en este campo.

También creo que debe resaltarse la contundencia con que se aborda en el proyecto de ley el problema de la carrera científica y la situación precaria de muchos de nuestros investigadores más jóvenes, con una fórmula simple y audaz. En primer lugar, los científicos en formación predoctorales tendrán un contrato laboral desde el primer año. En segundo lugar, los científicos posdoctorales tendrán un contrato indefinido desde el primer momento, pero la evaluación que les hagan a los cinco años podrá ser motivo de despido, si no alcanzan el nivel de rendimiento adecuado. Por último, la ley anuncia una serie de medias que facilitarán el acceso a los diferentes niveles y escalas de técnicos e investigadores de los Organismos Públicos y las Universidades, potenciando la movilidad entre ellos. Costará adaptar los esquemas tradicionales a la nueva estructura y habrá que vigilar que la evaluación del rendimiento de los científicos se haga con criterios rigurosos y objetivos. Pero, si se logra, la carrera científica empezará a ser mucho más atractiva en España.

¿Problemas pendientes? Muchos, sin duda. Y habrá que hablar de ellos. Pero creo que no va a ser fácil, en esta ocasión, que las fuerzas políticas puedan eludir un gran pacto por la ciencia que permita no sólo sacar adelante una ley absolutamente necesaria, sino hacerlo además con un amplio consenso social que le garantice una vigencia al menos tan duradera y sólida como la de la anterior Ley de la Ciencia, en vigor desde 1986.

Miguel Ángel Quintanilla Fisac. Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia.

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Marzo 1st, 2010 at 8:08 am

Un actor invisible, de Gustavo Duch en Público

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Saben ustedes qué es la nanotecnología? Yo empecé a oír hablar de ella en el año 2003 en Cancún (México), acompañando a unas charlas a una de sus ponentes, la investigadora del grupo ETC Silvia Ribeiro, en los espacios alternativos organizados frente al operativo que protegía la cumbre ministerial de la Organización Mundial del Comercio. Confieso que pensé que hablaba de ciencia ficción. Que, esta vez, ese magnífico equipo de estudiosos atentos a los impactos sociales y ecológicos que rodean a las nuevas tecnologías y cuyos informes han sido tan significativos respecto a los transgénicos o los sistemas de propiedad intelectual –por citar algunos ejemplos–, estaban disparando a un blanco equivocado. Me equivocaba, yo no lo veía porque en realidad estaban disparando a un blanco invisible pero real. Pasados ya unos años, la nanotecnología está bastante más presente de lo que percibimos.

“Actualmente –explicó Silvia para La Jornada– se conocen a nivel global más de 800 líneas de productos de venta directa al consumidor que contienen nanopartículas de plata o de carbono. Son usadas en barnices, pinturas, textiles, construcción, informática, telefonía, agricultura, alimentación, farmacéutica, cosméticos, vestimenta, entre otras industrias”. Pero además el pasado 8 de enero Lord Krebs, presidente del Comité de Ciencia y Tecnología de la Cámara Alta del Parlamento británico, alertaba de que “es probable que el uso de nanopartículas en los alimentos y los envases de comida aumente de forma drástica en la próxima década”. Y, de hecho, hace unos días la prensa catalana nos informaba del apoyo que el Ministerio de Ciencia e Innovación facilitaba a un departamento universitario en sus investigaciones con nanotecnología para mejorar la conservación de alimentos, los llamados alimentos de cuarta gama. “La investigación –explica el diario– se centra en la utilización de nano-recubrimientos comestibles sobre frutas como la manzana, la pera, la piña o el melón, entre otros, para facilitar la incorporación de diferentes compuestos activos que mejoren la calidad y la vida útil del producto final”. Delicioso.

Es decir, el futuro que yo no podía imaginar ya está aquí o, al menos, ahora lo visualizo. Y lo primero que constato es que la manipulación de la materia en la escala de los átomos y las moléculas, que eso es la nanotecnología (un nanómetro es la millonésima parte de un milímetro), avanza bajo una grave falta de información y debate con la sociedad en general, y en el caso concreto de su aplicación en la alimentación, con las organizaciones de consumidores y productores. Ocurrió con los transgénicos y es un mal augurio. Cómo saldrá afectada la sociedad, cuál será su impacto ecológico y en la salud de las personas, quién se beneficiará de esta nueva tecnología y quién la controlará son preguntas que deben responderse también para el diseño de políticas públicas que regulen este nuevo campo. El propio Lord Krebs alerta: “La industria alimentaria, tanto en Reino Unido como en el resto del mundo, está siendo ‘bastante oscura’ sobre cualquier trabajo que emplee nanotecnología para sus productos o para el envasado: esa es exactamente la actitud equivocada”.

Krebs achaca a la industria ese oscurantismo y que no aporte información suficiente sobre las implicaciones en la seguridad y en la salud humanas. Silvia Ribeiro llega más lejos y documenta que hay más de 500 estudios científicos publicados en los últimos años que muestran la toxicidad de diferentes nanopartículas, nanocompuestos y productos nanoformulados en animales de laboratorio, en cultivos de células humanas y en el medio ambiente (en suelo, agua, cultivos, microorganismos, algas, invertebrados). Finalmente hemos de mencionar el estudio publicado el 20 de agosto del 2009 en el European Respiratory Journal, escrito por investigadores chinos liderados por Yuguo Song, del Departamento de Enfermedades Laborales y Toxicología Clínica del Hospital Chaoyang de Beijing, donde se demuestran por primera vez los daños fatales en personas en contacto con nanopartículas. Siete trabajadoras chinas enfermaron gravemente luego de haber trabajado algunos meses en una fábrica de pinturas que usaba nanopartículas. Dos de ellas murieron. Los análisis mostraron la presencia de nanopartículas de 30 nanómetros de diámetro en los pulmones y fluidos como las contenidas en la pintura que usaban. Invisibles pero presentes.

Es obvio que mientras todos estos datos se contrastan y analizan, debería primar y exigirse el principio de precaución, y declararse una moratoria a la liberación comercial de productos con base nanotecnológica, por mucho que la industria nos quiera vender sus bondades y maravillas, que eso también lo hicieron con los transgénicos o la energía nuclear. Sus argumentos los conocemos: las nuevas tecnologías vendrán para aliviar el hambre del mundo, para combatir el cambio climático, etc. Pero yo tengo mis reparos, porque –volviendo a sus aplicaciones en la agricultura y alimentación– estamos delante de innovaciones que, ojalá me equivoque, controladas por las grandes industrias buscarán servir los intereses de las grandes industrias. Será una pieza más que encajará en el puzzle de la agricultura intensiva y sin mano de obra. Con semillas modificadas por nanotecnología, con agrotóxicos producidos con nanotecnología, etc. se generará más dependencia del agricultor con la industria. Si en el desarrollo de la tecnología no hay espacios de reflexión colectivos y democráticos, presenciaremos un nuevo codazo para desplazar a la agricultura conducida y manejada por los mismos agricultores y agricultoras reproduciendo sus semillas, intercambiándolas, custodiándolas y asegurando la diversidad que la vida exige.

Gustavo Duch es editor de la revista ‘Soberanía alimentaria, biodiversidad y culturas’

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Febrero 22nd, 2010 at 8:09 am

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¿Cómo nos alimentaremos?, de Gustavo Duch en Público

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El actual modelo de agricultura y alimentación es completamente injusto, responsable de que 1.020 millones de seres humanos padezcan hambre (es decir, ingieran una cantidad insuficiente de calorías para su vida diaria); de que otros 1.000 millones de personas ingieran suficientes calorías pero estén malnutridos por una alimentación deficiente en micronutrientes; y de que además 1.300 millones de personas estén también malnutridas, esta vez con síntomas de obesidad y sobrepeso. Vamos, que la mitad del mundo no tiene una alimentación adecuada. Y después del fiasco (y negligencia) de Copenhague, parece ratificado formalmente el pasado 31 de enero, que alimentarse debidamente se volverá cada vez más complicado. Mientras pensamos en qué hacer con nuestros representantes políticos, ¿cómo nos adaptamos a los cambios climáticos? ¿Quién nos alimentará?

Es seguro que los cambios climáticos afectarán (ya sucede en algunas realidades concretas) la producción de alimentos. Tendremos, en general, un clima más caluroso y con menos lluvias, será más fácil la migración de plagas y se darán situaciones extremas (huracanes, lluvias torrenciales…). Según un informe coordinado por la organización Biodiversity International, en el África subsahariana las pérdidas de cosechas inducidas por la crisis climática podrían llegar a ser de hasta el 50% dentro de sólo diez años. Un dato que ilustra el mensaje que se ha venido repitiendo por parte de los movimientos sociales: el cambio climático afecta y afectará a todo el planeta, pero de forma más grave a las poblaciones que hoy ya sobreviven con muchas dificultades. En los países industrializados nos alimentamos en una parte muy significativa de cosechas, pesca, acuicultura o ganadería totalmente dependiente de combustibles fósiles, que sabemos cada vez más escaso y más caro. Así que la crisis alimentaria puede ser entonces global.

Mi tesis es simple: se pueden plantear cambios de adaptación a la próxima realidad climática que son los mismos que se requieren para corregir las desigualdades ya presentes. De entre todas estas medidas quiero destacar las que se refieren al uso de la tierra, de la tierra fértil: un bien finito. Ante la inseguridad futura no parecería sensato que, por ejemplo, los campos agrícolas del parque agrario del Llobregat, cercanos a Barcelona, fueran tragados por nuevos polígonos industriales, ¿verdad? Pues cosas parecidas están sucediendo, y todos conocemos casos a pequeña escala, pero también se dan a gran escala, como lo que ya se conoce como el “nuevo despojo de tierras” que se está llevando a cabo en el Sur global. Acaparar millones de hectáreas para cultivar en ellas productos para la exportación no sólo impide la alimentación local tan necesaria, sino que además desplaza cultivos tradicionales que han sabido adaptarse a condiciones extremas y que perderemos del stock global. Se desperdiciará material genético de regiones que, precisamente, con el paso de muchos años y la cuidadosa selección por parte de las campesinas y campesinos de la región, sería muy válido para cultivar en las condiciones climáticas futuras.

Muchas de estas hectáreas usurpadas, junto con grandes extensiones que ya están en manos de terratenientes, están siendo dedicadas a cultivos no alimenticios, a cultivos energéticos: los agrocombustibles. Lo que se señaló cómo una arriesgada tendencia es, después de Copenhague, una terrible insensatez. No se puede presionar –como se hará bajo el pretexto de la captura de CO², a los países africanos, latinoamericanos y asiáticos–, para incrementar la producción de agrocombustibles que compiten directamente con el agua y los nutrientes del suelo que pueden, en cambio, producir comida. Ni tampoco con el argumento de usar “tierras ociosas”. Con esa denominación se quieren adquirir las tierras comunales entre bosques y selvas que tienen muchos usos (aunque no se contabilicen) para las comunidades rurales cercanas: son espacios para la pesca, caza, recolección de vegetales, frutos, hongos, etc. Como dice el ETC Group, “esta cosecha oculta no sólo proporciona nutrientes irremplazables en su dieta, sino que además, es esencial para la seguridad alimentaria”. Las comunidades campesinas de Borneo, por ejemplo, garantizan dos tercios de sus alimentos de estos espacios comunes, y las mujeres campesinas en Uttar Pradesh, India, obtienen casi la mitad de sus ingresos de la recolección de especies forestales. El cálculo global estima que hasta un 15% del abastecimiento de las familias campesinas de los países del Sur proviene de esas tierras, hoy en el punto de mira de las transnacionales.

En el uso actual de las tierras fértiles también hay una dedicación abusiva destinada a la alimentación de la ganadería industrial. El 40% del grano que hoy día se cosecha se dedica al engorde industrial al igual que 47 millones de hectáreas sembradas con pastos y forrajes. Si bien es cierto que la cría de animales a pequeña escala con alimentación local (muchas veces proveniente de suelos no aptos para la agricultura) es una fuente de alimentos sostenible, el uso de cereales para el engorde del ganado representa, según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, el equivalente de los requerimientos de consumo calórico de más de 3.500 millones de personas (media humanidad).

Si se adoptaran medidas para un uso correcto de los suelos (prohibir la especulación con las tierras, favorecer sus usos consuetudinarios, promover dietas menos cárnicas, una reforma agraria que elimine el latifundio, una moratoria a la expansión de los agrocombustibles, etc.) todos ganaríamos seguridad alimentaria: algunos para nuestro futuro, otros para su presente.

Gustavo Duch es editor de la revista ‘Soberanía alimentaria, biodiversidad y culturas’.

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Febrero 15th, 2010 at 8:09 am

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Ascó, de Miquel Roca i Junyent en La Vanguardia

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El tema de Ascó invita a unas reflexiones. Primera: un gobierno que se manifiesta contrario a la energía nuclear, que quiere cerrar todas las centrales nucleares, que denuncia demagógicamente todo tipo de riesgos y peligros asociados a esta fuente de energía, no debería extrañarse de que la ubicación de un cementerio nuclear provoque alarmas y polémicas. Quien siembra vientos, recoge tempestades.

La demagogia no admite parcelas. Si se ha sido demagogo con las centrales nucleares, no se puede pretender dejarlo de ser con los cementerios nucleares. Y se ha sido demagogo, frívolo y poco responsable. Se ha querido iluminar el mundo con el ejemplo de una política populista y lo que se ha logrado es arriesgar quedarnos sin luz. Somos tan formidables que no necesitamos centrales nucleares; ¡pero vamos a gestionar los mejores cementerios nucleares! Sencillamente ¡grotesco!

Segunda reflexión: la decisión sobre la ubicación de un cementerio nuclear no podía resolverse mediante un concurso entre municipios. Debería haberse previsto la posición de los municipios del entorno y de las comunidades autónomas. Ahora harán sentir su criterio pero por vía política, no por un procedimiento que lo contemplara. Otra vez se ha sido frívolo.

Y una última reflexión: un alcalde no tiene disciplina más importante que la de su propio pueblo, al que sirve y representa. Los concejales, como los diputados, no están sujetos a ningún mandato imperativo. En el marco del partido en el que se integran, defienden un proyecto global, pero en todo caso y siempre han de priorizar su compromiso con su circunscripción. Y los partidos no deben ver esto como una indisciplina, sino como algo que los enriquece. Respetar la libertad de sus elegidos en la defensa de sus electores más próximos no debilita el proyecto global; lo identifica y le da más valor.

Los electores entenderán más esta libertad que una disciplina que se viva y se lea contra los electores a quienes se representa. Esto es un anticipo de lo que significan las listas abiertas; dar a los elegidos un margen de libertad que no les aleje ni distancie de sus más próximos e inmediatos electores. En el debate de Ascó, todo esto estaba presente.

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Febrero 2nd, 2010 at 8:11 am

La revolución digital, de Miguel Ángel Quintanilla Fisac en Público

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Los primeros que apostaron claramente por lo que ahora llamamos sociedad de la información fueron algunos intelectuales marxistas que, en los años sesenta del siglo pasado, analizaron lo que entonces llamaban la revolución científico-técnica. De aquella época es La civilización en la encrucijada, una obra colectiva dirigida por Radovan Richta dedicada a examinar las consecuencias que la automatización de la producción industrial debía tener sobre la organización del trabajo, el desarrollo de las contradicciones internas del capitalismo y el advenimiento de una sociedad sin clases. Duró poco la utopía: los tanques soviéticos se encargaron de borrarla por las calles de Praga en la primavera del 68.

Pero los ecos de aquella idea de la revolución científico-técnica resuenan desde entonces en los discursos sobre la revolución digital y la sociedad de la información. Hay quien ya piensa que la libre descarga de música, películas o libros en Internet es una manifestación palpable del advenimiento de una sociedad igualitaria. Aunque en el bando contrario nos encontramos también con algunas de las otrora llamadas fuerzas de la cultura y de las ahora conocidas como multinacionales del entretenimiento que, para perseguir la piratería digital, estarían dispuestas a imponer un canon hasta para la lectura de libros en las bibliotecas.

Lo primero que deberíamos reconocer es que los cambios tecnológicos a los que asistimos son realmente extraordinarios y, por lo tanto, nadie tiene respuestas definitivas para los nuevos problemas. Así que no tenemos más remedio que ir tanteando y ensayando soluciones. Algunos de esos ensayos, por cierto, están teniendo éxito e implicaciones sociales esperanzadoras: el software de código abierto, las licencias copyleft y la cooperación intelectual, anónima y desinteresada de la Wikipedia, por ejemplo.

Lo segundo es que, en cualquier caso, las soluciones que ensayemos deben partir del reconocimiento de que el creador tiene derecho a intentar vivir libremente de sus creaciones, lo que significa que la propiedad intelectual debe ser protegida de alguna forma (respetuosa con las intenciones del creador) y la piratería digital perseguida por la ley de forma eficaz, pero proporcionada y sensata, claro está.

La tercera consideración es que no debemos empeñarnos en encerrar los nuevos vinos en los odres viejos. Las tecnologías digitales no sólo amplían las posibilidades creativas, sino también los formatos de distribución, uso y disfrute de las obras del espíritu. La vieja amalgama de los contenidos culturales con sus soportes físicos se ha roto para siempre y ahora deberíamos concentrar nuestros esfuerzos en sacar las consecuencias de esa ruptura para la renovación de la industria cultural.

Las tecnologías nos permiten hacer cosas nuevas, pero la forma como nos organicemos socialmente para gestionarlas no viene impuesta por ellas, sino que depende de lo que nosotros seamos capaces de imaginar y conseguir. La revolución científico-técnica no fue suficiente para preservar la primavera de Praga y ahora ya deberíamos saber que la revolución digital no es la revolución, aunque tampoco permite que las cosas se queden como están.

Miguel Ángel Quintanilla Fisac. Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia.

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Enero 15th, 2010 at 9:07 am

Incertidumbres de la ‘web’ 2.0, de José María Álvarez Monzoncillo en El País

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Después de superada la crisis de la web 1.0 representada por la quiebra de las compañías puntocom a principios del presente siglo, la web ha evolucionado hacia otro modelo menos orientado al negocio y al comercio electrónico. Esta nueva etapa, conocida como web 2.0 o redes sociales, se basa más en la comunicación entre personas y comunidades (many to many frente al one to one). En esta etapa había esperanza de que las empresas de Internet alcanzaran su rentabilidad gracias a la publicidad y al tráfico generado. Esto provocó que los grandes nombres de Internet movieran ficha ante el fenómeno de las redes sociales buscando nuevas sinergias (Google-YouTube, My Space-News Corporation, Facebook-Microsoft, etcétera) o se introdujeran en el negocio de los buscadores (Microsoft-Yahoo).

Simultáneamente, la web evolucionó de forma natural, optimizando las búsquedas. Ya no sólo indexaban páginas web, sino que tenían en cuenta el contexto y el significado (web 3.0 o web semántica). Esta lógica evolución de la web obedece a su diseño y a su arquitectura iniciales: compartir (su origen universitario) y desubicar y superponer (su origen militar). De esta manera, las dos formas de hacer se contraponen: comunidades virtuales frente a personas, blogs versus home pages, directories versus tagging, portals versus RSS, pages views versus cost per click, adversiting versus word of mouth, etcétera. Es Netscape frente a Google, y, como consecuencia de la lógica del negocio, y en la actualidad, de todos contra Google.

Pero la actual crisis económica (global, financiera y de confianza) ha puesto en entredicho la rentabilidad de las redes sociales de manera que, probablemente, nos encontramos ante la segunda burbuja o segundo cybercrash de la era Internet. Parecía que la crisis económica no iba a afectar al Silycom Valley, pero ya se atisba cierto movimiento en la falla de San Francisco. En 2008 se cantaron las salvas de las redes sociales como antídoto a las empresas tecnológicas, pero hoy parece que el futuro esté más en el litio que en el silicio. El Nasdaq se ha tambaleado como el resto de los sectores, y las inversiones en start-ups se han ralentizado. Los más de 1.200 millones de personas conectadas en redes sociales no han conseguido aún que YouTube, Facebook o Tuenti sean rentables. Solamente My Space cuenta con un modelo de beneficios porque está ligado al tráfico en el teléfono móvil. Mientras tanto, los medios de comunicación están intentando adaptarse a la competencia que representa Internet, sin conseguir ingresos importantes.

Pero, en la actualidad, la publicidad está en crisis, y también ha dejado de invertir en Internet. El cost per mil se ha reducido en el último año en torno al 40%. Las pequeñas y medianas empresas no acaban de entender Internet. Los anuncios en redes sociales no son atractivos para las grandes compañías, pues no es una publicidad contextual al aparecer con otros vídeos, fotos o links con mensajes contradictorios, y en algunos casos negativos para su estrategia de marca. Los internautas tampoco parece que sean tan participativos y activos en Internet. La regla 90-9-1 creada por Jacob Nielsen parece que se cumple en todas las comunidades creadas: el 90% son audiencia, pero no generan contenidos; el 9% son editores al modificar y opinar sobre lo que otros generan, y solamente el 1% son creadores. Los millones de blogs son verdaderos monólogos, sin capacidad de influencia y sin que sus opiniones lleguen a nadie. La escalera generada por Forrester, segmentando según los diferentes niveles de participación en la Red, tampoco parece cumplirse (creators, critics, joiners, spectators, collectors e inactives). Las redes sociales evolucionarán hacia el marketing, desarrollando nuevas productividades y rompiendo la lógica por la que surgieron.

La verdadera revolución no viene de la mano de las redes sociales, sino de la aplicación asesina de mayor éxito en Internet: los portales P2P. O del disfrute online de todo tipo de contenidos, empaquetados por nuevos intermediarios. Un modelo que consiste en intercambiar archivos gratuitos que otros hicieron trabajando e invirtiendo su dinero. Hasta ahora, el mercado tiene dos caras que se equilibran: los que pagan y los que no. El día en que se generalice a escala planetaria la gratuidad se acabará la información contrastada, las buenas películas, series y música. Éstas surgen de un esfuerzo que no se puede traducir más que en rentas de trabajo y en beneficios empresariales.

La sociedad amateur, la free culture de Lessing o la free economics de Andersson son un sueño imposible, que se está convirtiendo en una nueva religión con excesiva ideología. Los contenidos financiados solamente por publicidad y los autogenerados por los usuarios sin lucro no pueden sustituir al conjunto de los medios de comunicación y a las industrias del entretenimiento al mermar drásticamente sus recursos. Se abrirá claramente una brecha entre contenidos low cost y premium. Al igual que ahora, unos los pagará la publicidad y los otros directamente los usuarios-consumidores. Mientras tanto, la web 2.0 no da beneficios, y ya se habla de la web 3.0. Otros ponen el prefijo 2.0 a todo porque está de moda, esperando que caigan las nueces sin varear la noguera.

José María Álvarez Monzoncillo es catedrático de Comunicación Audiovisual en la Universidad Rey Juan Carlos.

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Enero 8th, 2010 at 10:15 am

Cultura de la innovación, de Miguel Ángel Quintanilla Fisac en Público

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Muchos economistas, gestores y políticos tienen tendencia a pensar que manejando las variables económicas de un sistema social se consigue, de forma casi automática, cualquier resultado que se considere deseable. Por ejemplo: la abundancia de crédito genera inversión y anima el consumo, esto hace crecer el PIB y, como consecuencia, se genera empleo. Así que todo es muy sencillo: si nos preocupa el empleo, facilitemos dinero a los bancos para que aumente el crédito y esperemos los resultados. Con la crisis actual aparecen nuevas recetas, igualmente simples. Por ejemplo: en una economía basada en el conocimiento, la fuente más importante de la competitividad es la innovación, así que invirtamos en innovación y esperemos resultados.

El problema es que la innovación no es un proceso simple, cuyo flujo se pueda controlar en términos de variables económicas. Se parece más a un proceso de carácter social y cultural cuya gestión requiere intervenciones sistémicas complejas.

Un ejemplo. En un periódico local de Salamanca aparece una noticia referida a un proyecto de investigación para encapsular células madre y controlar su liberación en el organismo. El proyecto es liderado por una joven ingeniera química, Eva Martín, investigadora contratada gracias al programa Ramón y Cajal. Un turista que pasaba por allí (literalmente) lee la noticia y se pone en contacto con la agencia regional que la había emitido (Agencia Dicyt: htpp://www.dicyt.es) y con la investigadora. El turista es un empresario brasileño que desea explorar las posibilidades de utilizar la técnica del encapsulado de fármacos para fabricar prendas de vestir que emitan sustancias hidratantes. Se produce el flechazo y al cabo de un tiempo (menos de dos años) tenemos una innovación en la empresa Golden Quimica de Brasil que incorpora una tecnología derivada de una investigación en una universidad española; y desde entonces continúa la colaboración entre la universidad y la empresa con nuevos proyectos.

¿Qué tipo de políticas habría que adoptar para maximizar las probabilidades de que se produzcan casos parecidos a este? Casi todas son políticas culturales en un sentido amplio. Para empezar, hay que facilitar que haya universidades competitivas con equipos de investigación activos, eficientes, jóvenes y audaces. Además hay que fomentar el interés de los jóvenes investigadores por la innovación. Pero no es suficiente: es preciso que las actividades científicas y tecnológicas de los pequeños grupos que trabajan en el último rincón del país tengan acceso a canales de información que les permitan llegar no sólo a colegas de todo el mundo, a través de revistas especializadas, sino también a las empresas y a los ciudadanos. Para ello es preciso que existan instrumentos que faciliten la difusión de esa información (oficinas de prensa, agencias de noticias científicas), y que los medios se interesen por la cultura científica que se genera cada día en decenas de laboratorios ubicados en su entorno inmediato.

Es, como se ve, algo más complicado que simplemente invertir en innovación: es política cultural, pero de cultura científica y de la innovación.

Miguel Ángel Quintanilla Fisac es catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia.

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Diciembre 29th, 2009 at 8:08 am

Las múltiples crisis de la atención sanitaria, de Peter Singer en Expansión

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La administración del presidente Barack Obama se ha pasado gran parte de 2009 ocupada, a nivel interno, con la lucha política por ampliar el seguro de enfermedad a las decenas de millones de estadounidenses que no lo tienen.

A los habitantes de otros países industrializados esto les resulta difícil de comprender. Ellos tienen derecho a la atención sanitaria y ni siquiera los gobiernos conservadores intentan quitárselo.

Las dificultades que a algunos estadounidenses les plantea la reforma de la atención sanitaria nos dice más sobre su hostilidad al Gobierno que sobre los servicios médicos en general. Pero en el debate en Estados Unidos destaca una cuestión subyacente que preocupará a casi todos los países desarrollados a partir de 2010: la lucha por controlar los costes de la atención sanitaria.

Los servicios médicos representan aproximadamente uno de cada seis dólares de todo el gasto estadounidense –tanto privado como público– y, al ritmo actual, se duplicará en 2035. Esa es una proporción mayor que en ningún otro lugar del mundo, pero el aumento de los costes de la salud también es un problema en países que gastan mucho menos.

Hay muchos aspectos donde se puede ahorrar. Alentar a las personas a que hagan ejercicio, a que eviten el tabaco, a que beban alcohol con moderación y a comer menos carnes rojas ayudaría a reducir los costes. No obstante, en vista del envejecimiento de la población en los países desarrollados, el gasto en atender a los ancianos aumentará con seguridad. Así pues, tendremos que hallar otras formas de ahorrar dinero.

Coste de los tratamientos

En esto tiene sentido empezar por el final. Dar tratamientos a pacientes que no quieren seguir viviendo es un desperdicio y, sin embargo, sólo unos cuantos países permiten a los médicos dar asistencia activa a un paciente que solicite ayuda para morir. En Estados Unidos, alrededor del 27% del presupuesto de Medicare se destina a la atención en los últimos años de vida.

Si bien una parte se gasta con la esperanza de que al paciente le queden muchos años por delante, no es raro que los hospitales den tratamientos que cuestan decenas de miles de dólares a pacientes que no tienen posibilidades de vivir más de una o dos semanas, a menudo sedados o apenas conscientes.

Un factor en esas decisiones es el temor de los médicos o de los hospitales a que la familia los demande por permitir que su ser querido muera. Así, por ejemplo, pacientes que están a punto de morir son resucitados, contra la opinión del médico, porque no han declarado específicamente que no quieren que se les resucite en esas circunstancias.

Otro factor que incide en la prestación de tratamientos caros que no benefician al paciente es el sistema mediante el cual se paga a los médicos y los hospitales. Cuando la Intermountain Healthcare, una red de hospitales de Utah e Idaho, mejoró los tratamientos para los bebés prematuros, redujo el tiempo que pasaban en cuidados intensivos y, de esa forma, disminuyó drásticamente los costes. Pero, debido a que a los hospitales se les paga una cantidad por cada servicio que proporcionan, y el tratamiento mejorado significaba que los bebés necesitaban menos servicios, esos cambios representaron una pérdida de 329.000 dólares al año para la red de hospitales.

Incluso si se eliminan esos incentivos perversos, se deben responder preguntas más difíciles sobre el control de los gastos. Una de ellas es la del coste de los medicamentos nuevos. No es raro que los gastos de desarrollo de un medicamento sean de 800 millones de dólares, y es previsible que empiece a haber más fármacos de un tipo nuevo –los biomedicamentos elaborados a partir de células vivas– que cuestan aún más.

Los costes de desarrollo se transfieren a los precios de los fármacos, que pueden ser excepcionalmente elevados cuando un medicamento sólo beneficia a un número limitado de pacientes. La enfermedad de Gaucher, por ejemplo, es un padecimiento genético incapacitante raro que, en su forma más grave, normalmente acababa con la vida de sus víctimas en la infancia. Ahora, quienes padecen esta dolencia pueden vivir una vida casi normal, gracias a un medicamento llamado Cerezyme, pero su coste es de 175.000 dólares al año.

Los nuevos dispositivos médicos plantean dilemas igualmente difíciles. El corazón artificial, conocido también como dispositivo de asistencia ventricular izquierda, se ha utilizado para mantener con vida a pacientes que esperan un trasplante de corazón. Pero los corazones para trasplantar son escasos, y en Estados Unidos actualmente se están implantando corazones artificiales como tratamiento de largo plazo para la insuficiencia cardiaca, de la misma forma en que un aparato de diálisis sustituye a un riñón.

Según Manoj Jain, de la Universidad Emory, cada año se podría mantener con vida durante un poco más de tiempo a 200.000 pacientes estadounidenses mediante un corazón artificial, con un coste de 200.000 dólares por paciente, es decir, 40.000 millones de dólares. ¿Es ese un uso sensato de recursos en un país donde hay oficialmente 39 millones de personas que viven bajo la línea de pobreza, que en el caso de una familia de cuatro integrantes es de 22.000 dólares?

Valor monetario

En los países donde se dan servicios sanitarios gratuitos a los ciudadanos, resulta extraordinariamente difícil para los funcionarios decir que el Gobierno no pagará el único medicamento o dispositivo que puede salvar la vida de una persona o de su hijo. Pero, a la larga, llegará el momento en que habrá que decirlo.

A nadie le agrada asignar un valor monetario a una vida humana, pero el hecho es que ya lo hacemos implícitamente al no dar apoyo suficiente a las organizaciones que trabajan en los países en desarrollo. GiveWell.net, que evalúa a las organizaciones que trabajan para salvar la vida de los pobres en el mundo, ha identificado a varias que pueden hacerlo por menos de 1.000 dólares.

La Organización Mundial de la Salud calcula que sus programas de inmunización en países en desarrollo cuestan alrededor de 300 dólares por cada vida que se salva, y no solamente por un año, sino, generalmente, por mucho más tiempo.

Igualmente, el Informe sobre las Prioridades en el Control de Enfermedades del Banco Mundial indica que un programa para tratar la tuberculosis en el mundo en desarrollo, promovido por el Plan Global para detener esta enfermedad, concede a las personas afectadas un año más de vida, con un coste que va de los 5 a los 50 dólares.

En contraste con eso, gastar 200.000 dólares para otorgar a un paciente de un país rico un corto período de vida adicional ya no es simplemente cuestionable en términos financieros. Moralmente, está mal.

Peter Singer. Profesor de Bioética. Universidad de Princeton.

© Project Syndicate.

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Diciembre 25th, 2009 at 9:09 am

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Todo es viento, de Pedro G. Cuartango en El Mundo

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VIDAS PARALELAS:  ZAPATERO / ANAXÍMENES

Zapatero nos sorprende siempre. En su magnífico y profundo discurso de Copenhague, el presidente afirmó «que la Tierra no pertenece a nadie salvo al viento». No sabía yo que Zapatero se había convertido en discípulo de Anaxímenes, filósofo presocrático nacido en el 585 A.C.

Anaxímenes escribió hace más de 25 siglos: «El aire es la esencia del cosmos. Nuestra alma es aire, como el resto de las cosas». El sabio griego utiliza la palabra pneuma, que puede ser traducida como soplo, viento.

El mundo es puro aire para Zapatero y Anaxímenes, dos filósofos de la naturaleza que buscan el arje, el principio fundamental de las cosas.

El sabio de Mileto creía que todos los seres tienen su origen en ese pneuma, que al calentarse produce las estrellas y al enfriarse el agua y los cuerpos sólidos. La naturaleza funciona, pues, en base a dos leyes: la rarefacción y la condensación.

Según la doctrina de Anaxímenes, todo es volátil porque el aire cambia permanentemente de estado. La esencia de la volatilidad del mundo es el pneuma.

Da la impresión de que Zapatero se ha empapado de las tesis de su filósofo favorito, puesto que él también cree que el elemento primigeneo de las cosas es el viento que cambia constantemente de dirección.

En consecuencia, el viento -de naturaleza caprichosa- es el principio que sustenta su acción política y la de sus ministros, siempre sometidos al pneuma del jefe. La originalidad del pensamiento de Zapatero, su más genial aportación a la historia de las ideas, es esa volubilidad de sus designios, que giran a merced de las presiones atmósfericas.

Hemos visto estos días un ejemplo de esa permanente oscilación de la veleta en el tema del Sáhara Occidental, en el que el partido de Zapatero ha defendido el derecho de autodeterminación de la ex colonia, mientra su Gobierno reconocía que «la Ley marroquí se aplica» en ese territorio «en conformidad con la ONU».

La ONU nunca ha reconocido la soberanía ni la ocupación del Sáhara por parte de Marruecos en 1975, pero, como nuestro presidente sostiene, las palabras se las lleva ese viento al que hacía alusión en Copenhague.

Sí, la Tierra, la política, los principios, las ideas son puro humo que se agita y nos lleva a lugares imprevistos, donde se esconde la voluntad del Estratega.

La doctrina de Anaxímenes tiene la derivación panteísta de que el hombre y el mundo están hechos de la misma sustancia. Zapatero también comparte esta creencia. Spinoza lo expresó con su famosa aserción Deus sive Natura.

El líder socialista cree que todo lo que emana de su acción de gobierno es bueno y benéfico, en congruencia con su propia personalidad. Zapatero sive Natura, podríamos decir. O sea que el zapaterismo va a barrer de un soplo las injusticias de este mundo para regalarnos, junto a Obama, una felicidad que no nos merecemos. Bendito viento.

© Mundinteractivos, S.A.

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Diciembre 19th, 2009 at 8:09 am

Nueva etapa en Ciencia e Innovación, de Miguel Ángel Quintanilla Fisac en Público

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Recientemente la prestigiosa revista Nature dedicaba un editorial a España, haciéndose eco del malestar de la comunidad científica por los recortes que el Gobierno había previsto en los Presupuestos de 2010. Reconocía Nature que en los últimos años se ha hecho un esfuerzo extraordinario, pero deslizaba una interpretación de la situación creada este año aludiendo a la escasa experiencia política de la actual responsable del Ministerio de Ciencia e Innovación (MICINN). Creo que el artículo de Nature no era ecuánime: adoptaba exclusivamente el punto de vista de la comunidad científica, no contemplaba elementos importantes del contexto social y económico en el que nos desenvolvemos los españoles y simplificaba hasta la caricatura la atribución de responsabilidades políticas.

Una Ley de Presupuestos tiene un difícil y complejo trámite desde que el Gobierno hace los primeros borradores hasta que se decantan las diferentes enmiendas parlamentarias. Al final de este proceso, en el que la ministra Cristina Garmendia se ha involucrado activamente en las negociaciones con los grupos parlamentarios, se ha conseguido incrementar las partidas de I+D en 150 millones de euros, garantizando la dotación de los programas esenciales del Plan Nacional (becas, contratos y proyectos) y un importante esfuerzo en las políticas de innovación. No es un resultado óptimo, pero es mucho mejor de lo que se podía temer cuando Nature publicó su editorial. El único problema grave que puede quedar por resolver para el próximo año es, en realidad, el del presupuesto de aquellos Organismos Públicos (OPI) de Investigación que no tienen reservas propias suficientes para capear el temporal.

La política tiene por lo menos dos tiempos diferentes: el de la gestión cotidiana y el de los proyectos a largo plazo. El MICINN lleva casi dos años agobiado por los problemas cotidianos. La propia creación del ministerio ya fue problemática: una decisión pensada para un ciclo expansivo de la economía, pero que se llevó a cabo en plena crisis, sin una sede adecuada, sin infraestructura administrativa suficiente y sin un diseño completo que, para empeorar las cosas, al cabo de poco más de un año se vio sometido a una fuerte convulsión, al retornar las competencias en política universitaria al Ministerio de Educación.

El tiempo del largo plazo es mucho más interesante para la política científica. Y cabe suponer que es el que se ha iniciado ahora con las destituciones y nombramientos que Garmendia ha llevado a cabo. El nuevo secretario de Estado, Felipe Pétriz, es un hombre de su confianza, con sobrada capacidad para el trabajo discreto y eficaz y para la negociación tenaz y el consenso. Tendrá en sus manos la responsabilidad de desatascar la Ley de la Ciencia, potenciar y coordinar la actividad investigadora de los OPI y las universidades, culminar la gestión eficiente y ágil del Plan Nacional y completar el equipo de la ministra en la nueva etapa que ahora se inicia, para diseñar el futuro del sistema de ciencia e innovación en España. Si lo hacen bien, todavía es posible que el año 2010 sea sólo un paréntesis y que al final salgamos de él con un sistema científico más ágil, más grande, más integrado y más comprometido con las necesidades de la sociedad.

Miguel Ángel Quintanilla Fisac es catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia.

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Diciembre 14th, 2009 at 8:08 am

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