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Clases a la boloñesa, de José Lázaro en El País
La implantación este curso del ‘modelo Bolonia’ abre la posibilidad de acabar con las “clases magistrales”. Sin embargo, aún hay profesores y alumnos que defienden este método medieval, anterior a la imprenta
Es posible que la implantación del llamado modelo Bolonia (que algunos profesores llaman “la amenaza Bolonia”) tenga muchos de los inconvenientes que nos predicen los agoreros, pero tiene sin duda una enorme ventaja: abre la posibilidad de acabar con el nefasto hábito medieval de dar y recibir clases. O, al menos, nos facilita mucho las cosas a los profesores que llevamos años intentando no dar ni una. Es la parte buena del modelo docente cuya implantación está prevista para este mismo mes en las universidades españolas que todavía no lo han hecho. Una espléndida noticia, al margen de que sea cierto o no que el modelo Bolonia es solo una estrategia del Mercado Feroz para acabar con los heroicos especialistas en filología wahili o para reconvertir a los novelistas en ingenieros.
De las costumbres arcaicas que aún padecemos en la enseñanza, pocas hay más absurdas y dañinas que las llamadas “lecciones magistrales” (no es broma, se llaman así). Como es sabido, el asunto consiste en que por las tardes los profesores repasan en algún libro el tema que tienen que exponer a la mañana siguiente. Durante la hora de clase lo desarrollan, más o menos correctamente, en forma de soliloquio. Los alumnos toman notas (los tristemente famosos “apuntes”) de lo que logran escribir de lo que consiguen entender de lo que el profesor ha dicho. Meses después, para preparar el examen, memorizan lo que son capaces de descifrar en las notas que han tomado.
¿No sería más lógico empezar al revés? Es decir, que sea la lectura por los alumnos de un texto bien elaborado el punto de partida y el diálogo con el profesor un apoyo para la mejor comprensión y asimilación del texto. ¿O es que hay tantos profesores capaces de exponer un tema mejor de forma oral que dedicando un par de tardes a escribirlo? Y esta cuestión, particularmente importante en el caso de las disciplinas humanísticas, debe plantearse también a las ciencias sociales y a las experimentales.
El origen medieval del método se advierte claramente en el pomposo término “lecciones magistrales”. La lección (lectio) era una lectura que el ayudante realizaba y que después el maestro (magister) comentaba de forma oral. El mismo esquema que aún utilizan las misas de los católicos: los subalternos leen fragmentos del Nuevo Testamento y luego el sacerdote los comenta para extraer y desarrollar su sentido. Tal sistema era inevitable cuando aún no existía la imprenta, que abrió la posibilidad de que todo el mundo pudiese leer los textos directamente. Es decir: las “lecciones magistrales” dejaron de tener sentido a partir de Gutenberg. O, mejor dicho, tienen sentido cuando se trata de un texto sagrado cuyo sentido ortodoxo hay que predicar, pero no cuando se trata de una disciplina racional o científica cuyo sentido hay que comprender y sobre el que hay que reflexionar y deliberar.
Todos hemos tenido profesores espléndidos a los que daba gusto escuchar. ¿Cuántos fueron? ¿El 10%, el 20%? Mi impresión, a ojo de buen cubero, es que fueron menos. El resto aburría a las ovejas. Es cierto que hay algunos profesores que hablan con brillantez y, sin embargo, solo escriben textos plúmbeos. “José María” -le decía un amigo mío al catedrático que había sido su maestro-, “¿cómo es posible que sea tan fascinante escucharte y tan aburrido leerte?”. Estos profesores deberían seguir dando clases tradicionales, que además -en su caso- son realmente magistrales. También es cierto que hay escritores magníficos que, al escucharlos en persona, le tiran a uno el alma a los pies. No recuerdo cuál era el que le decía a un decepcionado admirador al rato de conocerlo: “Tenga usted en cuenta que mis libros son mucho más inteligentes que yo”. Pero la regla general es que lo que uno piensa, estructura, redacta y corrige tiene mucha más coherencia y solidez que lo que expone oralmente de forma más o menos ordenada. Y, desde luego, tiene mucha más calidad que los apuntes que un estudiante toma al escuchar al magister.
Quienes hayan tenido que padecer las deprimentes reuniones que en nuestras universidades se han realizado recientemente para organizar la adaptación al modelo Bolonia habrán comprobado que una gran parte de los profesores las han planteado de forma abiertamente lampedusiana: “Vamos a ver lo que tenemos que aparentar que hemos cambiado para poder seguir haciendo lo de siempre”. Lo curioso es que también son bastantes (aunque no tantos) los alumnos que defienden el método tradicional con argumentos del tipo: “Es que se nos quedan mejor las cosas al escucharlas que al leerlas”. Claro, la falta de función atrofia el órgano. Así que a las afirmaciones pintorescas, respuestas disparatadas: “Entonces, si os parece, yo grabo todas las clases y os las doy para que las escuchéis en vuestro MP3″. Entonces los estudiantes sonríen y empiezan a entender lo que es argumentar por reducción al absurdo.
Cuando se les dice el primer día de clase a los alumnos que el principal objetivo de la asignatura es enseñarles a leer, sus rostros expresan el diagnóstico que acaban de hacer: “Este profesor es un cachondo mental que pretende tomarnos el pelo”. Días después, tras unas cuantas horas de deliberación sobre los primeros textos que han leído, tras haber dialogado acerca de ellos con el profesor y haber escuchado lo que sus compañeros entendieron en las mismas páginas que ellos han leído, la expresión de los rostros cambia bastante. Expresan entonces el descubrimiento de que leer no es una actividad tan automática como pensaban, que el sentido cambia mucho cuando hay la oportunidad de dar una cuantas vueltas a lo que otros han encontrado en esas mismas páginas que en una primera lectura parecían tener un sentido tan claro.
Podría pensarse que la resistencia a abandonar el sistema tradicional por parte de muchos profesores es debida a que el comentario de textos (propios o ajenos) requiere bastantes horas de interacción con los estudiantes, grupos poco numerosos y, por tanto, mucho más tiempo de docencia presencial para el profesor. Se podría matizar tal objeción, porque lo que requiere el método son horas previas de lectura por el estudiante, pero este tipo de clases requiere menos preparación inmediata que las monologales y además el número de horas de docencia presencial que solemos tener los profesores universitarios (por razones justificadas, desde luego) es bastante menor que el que tienen los de enseñanza media (por no hablar de los horarios de taxistas o camareros).
Pero el verdadero problema quizá esté en la preparación de fondo, pues este tipo de enseñanza lo que de verdad requiere es una sólida base de conocimientos, una capacidad de responder a cuestiones imprevistas, una flexibilidad para interaccionar con el interlocutor sin saber cuál va a ser su próximo paso… Es mucho más fácil y más cómodo memorizar el temario y repetir año tras año las lecciones. Magistrales, claro está.
Pero la pereza y la inseguridad probablemente no sean las únicas razones que se ocultan tras la defensa numantina de las clases tradicionales y la resistencia a las dialogadas. Es curioso que los profesores más proclives a la enseñanza interactiva suelen ser los que reciben más invitaciones a impartir seminarios, ponencias y conferencias fuera de su propia universidad (y fuera de la universidad). Y es curioso también observar la forma en que muchos defensores de las clases tradicionales en formato de soliloquio disfrutan en el momento de repetir sus periódicos monólogos. Gozan intensamente de las horas de clase, con el placer de tener a unas docenas (¡a veces un centenar!) de criaturas escuchando (y anotando) su brioso verbo a lo largo de una hora, sin interrupciones. Decía Freud que nadie es capaz de renunciar sinceramente a un placer que ha conocido. Y hay pocos placeres más dulces que los que acarician el núcleo de la naturaleza humana. Es decir, el narcisismo.
José Lázaro es profesor de Humanidades Médicas en la Universidad Autónoma de Madrid y premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias por su libro Vidas y muertes de Luis Martín-Santos (Tusquets).
El catalán en la universidad, de Francesc de Carreras en La Vanguardia
El conseller de la Generalitat señor Huguet anunció el pasado lunes que su departamento tiene listo un proyecto de decreto que obligará a los profesores universitarios de Catalunya a tener la acreditación de un “grado de suficiencia” de conocimiento del catalán equivalente al del nivel C. Tal nivel, como es sabido, supone hablar y escribir con total corrección la lengua catalana. Más allá del C sólo está el nivel D, exigible sólo a traductores u otros oficios que tengan como finalidad específica el lenguaje.
Al día siguiente del anuncio efectuado por Huguet, el conseller Baltasar, en funciones de portavoz del Govern, rectificó buena parte de las declaraciones de su compañero de Gobierno, aunque sostuvo que era cierta la preparación de un decreto para exigir pruebas de conocimiento de catalán a los profesores de universidad. Así pues, se reaviva un tema que, tras anteriores intentos, parecía hibernado.
De nuevo es motivo de polémica el catalán en la universidad.
Para formarnos un criterio sobre este asunto partamos de una base en la que estaremos de acuerdo: en la universidad se enseñan saberes y conocimientos, no se enseñan lenguas, a excepción, naturalmente, de las carreras de filología. El estudio de las lenguas ha tenido lugar, previamente, en los ciclos de enseñanza primaria y secundaria. Por tanto, a los profesores de universidad sólo se les debe exigir que sean competentes en sus respectivas especialidades y que las enseñen de la mejor manera posible a sus alumnos. Ni más, ni menos. En la universidad la lengua tiene la misma función que en la sociedad: sirve para comunicarse y entenderse unos con otros. El profesor debe comprender la lengua en la que hablan sus alumnos y los alumnos deben entender la lengua en la que les habla el profesor. Sin esta comunicación, la enseñanza resultaría imposible.
Dando por sentada esta premisa, el asunto está resuelto jurídicamente en el artículo 35.5 del Estatut: “El profesorado y el alumnado de los centros universitarios tienen derecho a expresarse, oralmente y por escrito, en la lengua oficial que elijan”. Por tanto, en la universidad hay derecho de opción lingüística, libertad para usar una u otra lengua y, por tanto, el único conocimiento exigible a un profesor debe ser simplemente el del catalán pasivo, es decir, tener capacidad para comprenderlo y entenderlo, tanto oralmente como por escrito, pero sin necesidad de hablarlo ni, menos todavía, escribirlo. A su vez, en el mismo artículo, el Estatut ha previsto otras dos reglas que precisan el precepto anterior. Primera, el artículo 35.1 dispone que “el catalán debe utilizarse normalmente como lengua vehicular y de aprendizaje en la enseñanza universitaria (…)”, todo ello sin perjuicio de que el castellano goce de idéntica condición al ser también lengua oficial, según la obvia interpretación del TC en su reciente sentencia sobre el Estatut. Segunda, el artículo 35.2 establece que “los alumnos tienen derecho a recibir la enseñanza en catalán en la enseñanza no universitaria”. Si este derecho a recibir la enseñanza en catalán sólo afecta a la enseñanza no universitaria, cabe deducir, sensu contrario, que tal derecho no rige en la universitaria. Por tanto, se refuerza la idea de la libertad de opción lingüística en la universidad y de la única necesidad del conocimiento pasivo del catalán por parte del profesorado.
En consecuencia, exigir a los profesores un nivel equivalente al C de catalán vulneraría el Estatut, ya que es totalmente desproporcionado respecto de la simple exigencia del conocimiento pasivo. El nivel C, como hemos visto, supone un grado de conocimiento muy superior. Pero tras el problema jurídico, bien resuelto en el Estatut, hay otro problema, más decisivo, que afecta a la futura calidad del profesorado, es decir, a la calidad de la universidad.
En efecto, ¿dónde hay que buscar a los buenos profesores? Evidentemente, en el mercado, en el mercado académico, y en el mercado académico más amplio posible para que sean seleccionados de forma competitiva. Cualquier barrera innecesaria que restrinja la libertad de circulación en dicho mercado va en detrimento de la calidad de los profesores que se puedan reclutar. Establecer pruebas lingüísticas innecesarias para la función que se ha de desempeñar tiene, sin duda, efectos disuasorios para que se incorporen a las universidades catalanas profesores competentes. No hay razones, pues, para establecer estas pruebas. Debe presuponerse que ninguna universidad admitiría a un profesor que no pueda comunicarse con sus alumnos por razones de lengua, dado que ello no le permitiría cumplir con su función docente, la función por la cual forma parte del claustro.
Sin embargo, en buena parte el mal ya está hecho, dado que desde hace tiempo se habla de estas exigencias de un elevado conocimiento del catalán y muchos las estiman ya vigentes. Por sectarismo político y cerrazón mental, quizás por un miserable puñado de votos, nuestros gobernantes, en connivencia con mediocridades académicas locales, han ido comprometiendo irresponsablemente el futuro de las universidades de Catalunya.
FRANCESC DE CARRERAS, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB.
Universidad y libertad, de Ángeles Olano en Expansión
visión personal
La Universidad siempre ha sido sensible a las vicisitudes políticas y sociales de los tiempos. Siempre se ha apelado a la Universidad como el foro de las libertades, el ágora donde tenían capacidad de convivencia las diferentes formas de ver y sentir la realidad social.
Si dentro del mundo universitario toman especial importancia los conceptos de libertad de cátedra y de expresión, intrínseco a los mismos se alzan el resto de libertades del ciudadano. Su negación sería la negación del mismo. Es por ello que no nos sorprende, pero sí preocupa, la obsesión que tienen algunos políticos nacionalistas por justificar su proyecto de construcción nacional, amparándose en discriminar positivamente los derechos y libertades que tienen por conveniente, pretendiendo dictar a la ciudadanía la prelación de sus derechos y la renuncia a sus libertades.
El recurso a la lengua, a la política lingüística, es un tótem agitado para llamar a filas, para marcar perfil propio, eso sí, con negación y exclusión de todo lo que tenga que ver con España y su lengua común.
La decisión del gobierno catalán de hacer realidad y plasmar en un decreto ley el acuerdo que alcanzó en noviembre de 2009 el Consejo Universitario de Cataluña, y que aplican voluntariamente las universidades catalanas desde entonces, pone a la exigencia del conocimiento de la lengua catalana un claro adjetivo identitario.
Ya en el año 2006, y posteriormente en 2008, ERC intentó que prosperara dicha exigencia, pero ésta fue rechazada por la mayoría de los rectores de las universidades, quienes optaron por considerar que el mejor camino era el de flexibilizar la exigencia convirtiéndola en un mérito.
Pero como hemos visto en estos últimos años, la política lingüística se utiliza como instrumento sancionador y de confrontación. Especialmente tras la sentencia del Estatut de Cataluña, y con la aprobación de algunas normas que ahondan en esa errática política lingüística (la ley de acogida de inmigrantes, ley del código de consumo, ley del cine), el gobierno catalán sigue dando pasos hacia el abismo de la reivindicación nacionalista, alejándose cada vez más de la realidad social.
Su intervencionismo en la Universidad se ha avivado especialmente al conocer los últimos datos que ponían en evidencia que, pese al dictado y las ingentes cantidades destinadas a tal fin, el catalán había perdido peso en las universidades catalanas.
La situación se ponía de relieve especialmente con la adaptación al espacio europeo de educación con la implantación del Plan de Bolonia. Han sido los estudios de la Plataforma per la llengua y los sindicatos de estudiantes nacionalistas los que han pedido al Gobierno que dé un paso al frente y tense más la cuerda en estos últimos meses de agónica legislatura. Pero la diferencia con 2006 y 2008 es que ahora algunos rectores han entrado al juego de las pretensiones políticas y han olvidado que el cuerpo de rectores universitarios es nacional, y que con la norma propuesta pueden producir situaciones de discriminación. Es sorprendente cómo el Tripartito y CiU juegan a la subasta de quién es más nacionalista, llevando los posicionamientos a una situación de esperpento.
Son muchos los argumentos con los que se pretenden justificar, tales como equilibrar el catalán y el castellano, la no retroactividad de la norma, así como un cierto margen a las excepciones a la imposición que, si bien será dejado al libre arbitrio del rector, no por ello dejará de estar vigilado de cerca por el gobierno de turno.
Es tan absurda la imposición que incluso profesores universitarios que se han declarado nacionalistas, como Xavier Sala i Martín, han puesto el grito en el cielo. No sin razón, el profesor de economía de Columbia, Harvard, Yale y Pompeu Fabra, que da sus clases en catalán, ha enfatizado que nadie en Estados Unidos le ha pedido que acredite su nivel de inglés, y que lo importante es la materia, no la lengua en la que se imparta.
Sin duda, la norma planteada puede revertir en nivel de calidad de la enseñanza universitaria en Cataluña limitando las expectativas de los centros y su posicionamiento a nivel mundial en contra de la excelencia y la competitividad.
La suerte de tener dos lenguas la tenemos los catalanes, que hemos disfrutado de una educación dentro de los parámetros de lo racional, dando importancia a los contenidos por encima de la lengua, que nunca debiera ser otra cosa que la expresión de una educación en libertad.
Ángeles Olano. Diputada del PP en el Parlamento de Cataluña. Portavoz de la Comisión de Economía.
Deporte y humanidades, de Suso de Toro en Público
Los deportes son benéficos para las personas que desean practicarlos y juegan un papel importante en la vida de todas las sociedades. Organizan y expresan emociones individuales y colectivas profundas y juegan un papel ideológico: son una escuela educadora de individuos y países. Llama la atención la importancia que se le da en España en estos momentos. Habría que preguntarse por las causas del protagonismo que tiene el deporte en nuestra sociedad. Habrá causas ideológicas, como la desaparición de los proyectos políticos y culturales basados en una ideología; causas económico empresariales, como que la economía especulativa entró de lleno en los deportes. El caso es que España educa intensamente a su población a través de los medios de comunicación en la admiración absoluta a los juegos de los deportistas.
Prensa escrita, radio y televisión suministran una dieta masiva de información deportiva: futbolistas, motoristas, pilotos, tenistas, baloncestistas… En la práctica, lo que los medios publicitan es que lo único valioso es lo que hacen esas personas. Desde luego que cuando en un país se consiguen tantos éxitos deportivos es señal de que hay importantes capacidades humanas y también de que hay una fuerte política deportiva, pero asociar a los éxitos deportivos la marca España es jugar todo a esa baza. ¿Cuánto valdrá esa marca si mañana no revalidan sus éxitos? Una valoración de las actividades deportivas en tal medida implica la valoración de las demás actividades sociales, el trabajo, la ciencia y la creación artística: lo que se hace es quitarle valor a esos otros campos.
La cultura vive una transformación evidente y profunda. El paso que estamos viviendo desde el papel a la pantalla de internet está creando un nuevo tipo de persona, más allá del ciudadano y del consumidor que puede ser visto de dos modos distintos, quizá complementarios: un consumidor salvaje o una persona libre. Una utopía consumista o una libertaria. En todo caso, pierde papel el Estado, toda autoridad y toda prescripción: cada uno elige casi libremente lo que desea conocer o ver a través de la red. No se le garantiza el estatus ni la existencia a nada ni a nadie. Eso está afectando y va a afectar mucho más a la creación de pensamiento y artística más exigente, la que pide mayor esfuerzo y que desde ahora ya no tiene el aval de ninguna autoridad actuante, sea académica, intelectual o administrativa. La figura de autor tal como ha llegado al siglo XX está condenada a ser cuestionada o a desaparecer, pero eso no es lo importante. Lo que importa es que está desapareciendo el espacio para las formas de arte y pensamiento que son imprescindibles y a las que la industria cultural ya no le garantiza un lugar. En la dirección que va esa industria, lo que no sea espectáculo veloz y fugaz, no será.
El deporte, además de ser una práctica personal, tiene una dimensión comunitaria. Ahí están los deportistas subidos a podios, con manos caídas, en el pecho o sujetando un ramo de flores atendiendo a los himnos nacionales. Esos himnos dicen que el deportista representa a un Estado. Sí, los deportistas hacen política de forma muy evidente, tan evidente que parece algo tan natural que nos resulta invisible. Lo ocurrido con la selección española de fútbol ha sido un ejemplo de cómo se da en el deporte una lucha ideológica: perdió la idea de España que reconoce su diversidad, “la España plural”, y ganó el españolismo más castizo. Una selección que integró procedencias diversas, con fuerte y valiosa impronta catalana, cuando llegó a Madrid pasó a ser la de las bulerías, Bisbal y Manolo Escobar.
Creemos que falló porque faltó la tarea de construir un espacio informativo y cultural español plural. La derecha nacionalista española, con unos medios de comunicación a su servicio muy potentes que descansan sobre el discurso nacionalista español de siempre que nunca ha sido cuestionado, sigue formando a la ciudadanía. Los medios de comunicación nacionales, radicados todos en Madrid, siguen ignorando o desdeñando la visión de España desde otras ciudades y lugares. Dada su afirmación de tener carácter “nacional español”, es mayor su responsabilidad. Por su parte, los medios catalanes y vascos han ido creando también espacios estancos que acaban por hacer imposible un espacio comunicacional compartido.
La hipertrofia del deporte español invade el espacio social de la creación artística y cultural y lleva aparejada la continuidad del nacionalismo castizo. Creo que debiera considerarse que, igual que se establecen cuotas para corregir situaciones injustas o dañinas, se establezca una cuota para la cultura, muy en concreto para la que no se reduce fácilmente a espectáculo, por lo cual debe ser protegida, para la creación cultural que se expresa a través del texto escrito: pensamiento, literatura, ciencia. Naturalmente, eso es proteger la industria del libro, claro, pero eso no debe cegarnos a la realidad de que buena parte de la creatividad cultural, de lo que se escribe y comunica, ya está en la red. Cualquier política cultural que pretenda ignorar la realidad de internet perderá el tiempo y dejará al margen a las generaciones jóvenes.
No es mucho pedir para la cultura un tercio del tiempo que se dedica en los medios de comunicación públicos y privados al deporte y que ese espacio transmita la creación en las distintas lenguas y en los distintos lugares del Estado. Un tercio no es mucho pedir.
Suso de Toro es escritor y guionista.
Paseando, de Pedro Nueno en La Vanguardia
Harvard Square, en Cambridge (Massachusetts), cerca de Boston, la plaza más rodeada de universidad de alto nivel en el mundo (facultades, bibliotecas, oficinas, dormitorios, laboratorios) parecía este verano la plaza Tiananmen por la cantidad de chinos que se veían. La ilusión de cualquier chino es que sus hijos se formen en América (aunque él sea taxista). Los chinos de nivel, que suelen tener más de un hijo, hace años que lo consiguen. Las universidades americanas están un poco menos generosas con becas en estos tiempos y muchos europeos se aprietan más el bolsillo, lo que, unido a la popularidad de China, en América facilita lo que está pasando. A igualdad de cualificación en su solicitud, es más fácil que sea elegido un chino que un español y en todos los cursos de verano y de invierno habrá un porcentaje relevante de chinos dentro del 30 o 40 por ciento de no americanos que pueda haber en total. Los ves pasar por Harvard Square yendo o volviendo de clase, yendo a comer o a cenar, volviendo al dormitorio. Ves juventud, internacionalidad, entusiasmo y oyes hablar inglés. Esos jóvenes tienen muy buena pinta. Son distintos a los grupos que veremos por aquí cuando empiece el curso.
Como siempre, yo tenía que dar clases allí este verano y me había hecho el propósito de observar y comparar aquellos jóvenes con los nuestros. Mejor vestidos, más cuidados, menos dibujados y con pinta de bien educados. Niños bien, pero de verdad. Aunque algunos becarios vienen de familias pobres. También los hay aquí, pero no es lo que más se lleva. Tenemos un cierto problema con nuestra juventud y se ha hablado mucho de ello este verano. Nuestros jóvenes saben lo que pasa en el mundo (o por lo menos la perspectiva del mundo que se aprecia en internet). Salir de detrás de la pantalla y encontrarse con nuestra dura realidad es un golpe brutal. No ponemos suficiente calidad y dedicación en buena parte de nuestra educación. ¡Ni una universidad nuestra entre las 200 primeras del mundo! Transmitimos pesimismo. No tenemos un sistema que incentive a los empresarios para contratar jóvenes y no hemos convencido a los jóvenes de que la primera etapa laboral es una continuación de la educación. Todos deberíamos entender que esta etapa estuviese llena de flexibilidad. No deberíamos empezar el curso sin proponernos y estudiar cómo vamos a entusiasmar a los jóvenes este año. No esperemos nada de los políticos. Ellos mismos no saben cómo van a acabar. Cada uno de nosotros debería hacer algo. Por cierto, hay un pequeño centro comercial en Harvard Square. Había una tienda cerrada con un letrero: “Now Renting”. Delante de mí iba una pareja con una niña pequeña. Hablaban catalán. Él le dijo a ella: “Vegila que no rellisqui la nena, estan rentant”. No se dio cuenta de que “renting” es “alquilando”. No nos olvidemos del inglés en la educación de nuestros jóvenes. Con más inglés, puede que vengan por aquí más chicos y chicas internacionales bien parecidos.
El presidente de la Xunta y el «analfabritismo» gallego, de Roberto L. Blanco Valdés en La Voz de Galicia
Podríamos comenzar por una adivinanza: ¿Qué tienen en común el presidente del Gobierno y el líder de la oposición, que los distingue de la inmensa mayoría de los primeros espadas de la política europea? ¿Cuál es esa peculiar característica que Rajoy y Zapatero comparten, además, con quienes fueron en España presidentes de Gobierno y líderes de la oposición antes que ellos?
Es fácil: que ninguno sabía una palabra de inglés cuando ejerció sus responsabilidades, a diferencia de quienes son ahora o fueron antes sus homólogos. De hecho, con la excepción de Manuel Fraga (embajador en el Reino Unido del régimen franquista) y de Borrell (fugaz líder socialista) el analfabetismo en la actual lengua franca del planeta hace de nuestros máximos (y no tan máximos) dirigentes políticos una excepción en el contexto comparado, tanto dentro como fuera de la UE.
Como es obvio, tal analfabritismo -si me permiten el palabro- no es una deficiencia genética de quienes se dedican a la política en España, sino la mera expresión de lo que ocurre en nuestra sociedad. Tanto que en ninguna ocasión como en esta es verdadero el dicho (en general exagerado) de que los políticos son un fiel reflejo de la sociedad a la que sirven.
Ese desconocimiento del inglés, que constituye una carencia económica y cultural de primera magnitud en la actual sociedad globalizada, es más grave por cuanto la incapacidad del sistema educativo para lograr con carácter general un nivel razonable de conocimiento de esa lengua se traduce en una brecha social que, con el tiempo, no hace otra cosa que agrandarse: los hijos de quienes pueden pagar una formación adicional (con profesores particulares o cursos en el extranjero) lograrán hablar inglés, y los restantes chavales -es decir, la inmensa mayoría- no lo conseguirán, con lo que competirán en mucho peores condiciones en el mercado, actual y futuro, de trabajo.
Por eso, si yo tuviera alguna posibilidad de influir en el presidente de la Xunta, le aconsejaría que no cejase en el cumplimiento de su promesa de hacer del inglés, de forma generalizada, una de las lenguas vehiculares de la enseñanza en todos los colegios de Galicia.
Tal promesa es asumible con un esfuerzo presupuestario sostenido -como lo demuestra lo sucedido con la enseñanza del gallego-, constituye una medida de justicia social indiscutible y supone una contribución fundamental al futuro del país. Pocas tienen esa importancia decisiva. Y por pocas, como por esa, merece la pena pelear. Si Alberto Núñez lo lograra se habría ganado a pulso un sitio destacado en la reciente historia de Galicia. Porque, del mismo modo que París bien vale una misa, Londres o Nueva York bien valen una legislatura del Parlamento regional.
El ejemplo alemán, de Francesc de Carreras en La Vanguardia
Es un tópico decir que los tres ámbitos propios de la educación son la familia, la escuela y la universidad. Sea o no cierto, algo hay de verdad. Ahora bien, estos ámbitos son distintos y deben permanecer separados, es un error mezclarlos. Sin embargo, esto es lo que ha sucedido en España, de ahí vienen algunos de nuestros males.
La separación entre familia y escuela me parece esencial. Las reglas en una y otra deben ser distintas. En la familia, las reglas derivan, lógica e inevitablemente, de los sentimientos, del cariño y del amor mutuo, de los que emanan comprensión, incluso desigualdad en el trato con los hijos, según sean las circunstancias de cada uno. En la escuela, como ocurre también en la sociedad, las reglas deben ser producto de la razón, de la libertad y de la igualdad.
El niño y el adolescente deben saber que al traspasar la puerta de su colegio o de su instituto entran en un mundo que nada tiene que ver con el de la familia y que esta nada podrá hacer para resolver los problemas con los que deberá enfrentarse en la escuela: únicamente él podrá resolverlos. Así comenzará a entender qué es la libertad y qué es la responsabilidad, cuáles son las normas y cuáles son las consecuencias de su vulneración. Todo ello en estricta posición de igualdad respecto a sus compañeros. Se trata del primer aprendizaje para lograr ser después un buen ciudadano.
La distinción entre escuela y universidad es de otra naturaleza. En la escuela se trasmiten conocimientos, los conocimientos básicos y elementales de cada rama del saber. En la escuela, el profesor no investiga, no crea conocimiento, sino que repite los conocimientos ya consagrados y el alumno se debe limitar a aprenderlos. En cambio, en la universidad debe enseñarse, en especial, el método para solucionar aquello que todavía no está resuelto, en definitiva, como ya dijo Kant, el profesor universitario “no debe enseñar pensamientos, sino enseñar a pensar”.
En España, las interferencias de la familia en la escuela duran desde hace, por lo menos, treinta años, incluso fueron incorporadas al artículo 27 de la Constitución. En la universidad, con los nuevos planes de estudio, por lo menos en los estudios de grado – hasta ahora llamados de licenciatura-muy difícilmente, vistos los nuevos planes de estudio, se enseñará a pensar. Ello se posterga, por lo visto, a los másters, aunque, al ser estudios especializados y profesionalizados, no será fácil adquirir una visión global de una determinada disciplina. Probablemente, el grado hará la función de los actuales estudios de bachillerato y el posgrado será simple formación profesional.
En este curso que ahora comienza se generaliza obligatoriamente en España nuestra versión del plan Bolonia. Ello debe suceder también en los demás países que se han adherido al acuerdo. Pero no todos lo han hecho, cuando menos no en todas las carreras. Por ejemplo, los juristas alemanes se han negado a modificar sus actuales planes de estudio y rechazan, por tanto, el plan. Siguen como antes, con su sistema tradicional.
Precisamente, también en este mes de septiembre se cumplen 200 años de la creación de la Universidad de Berlín. Se trata de una fecha histórica, no sólo para Alemania, sino también para la ciencia, para la investigación científica. La Universidad de Berlín supuso la renovación de la universidad alemana y europea, fue un modelo que imitar. Su creación estuvo precedida de informes y disputas filosóficas sobre el conocimiento y el saber de una gran altura teórica que todavía hoy se pueden leer con gran provecho. Entre los participantes, destacan Schelling, Fichte y Wilhem Humboldt, siendo este último el principal artífice de dicha universidad. En pocos años, las demás universidades de habla alemana – y también muchas otras, entre ellas nuestra Institución Libre de Enseñanza-adoptaron los principios de la Universidad de Berlín. El progreso científico que ello supuso fue extraordinario.
En el proyecto de Humboldt sobresalían dos ideas: primera, la enseñanza en la universidad debía basarse en el aprendizaje de la investigación científica; segunda, los principios imperantes para hacer efectiva dicha investigación eran la soledad y la libertad. Dado por conocido el segundo, detengámonos un poco en la soledad. Para Humboldt, el cultivo de la ciencia implicaba que el universitario debía aislarse de las presiones sociales para así velar por la pureza y la independencia del saber y no debía condicionar sus investigaciones a la utilidad de estas. Con ello, por tanto, se oponía a un tipo de enseñanza profesionalizada y una investigación al servicio de los intereses de la burguesía del momento. Es decir, el universitario debe distanciarse de cualquier poder, ya sea político, social o económico, como única posibilidad de producir ciencia.
Los tiempos han cambiado. El plan Bolonia supone todo lo contrario: una enseñanza dirigida a formar profesionales y una investigación al servicio de las necesidades económicas. ¿Quién llevará razón? En cualquier caso, recordemos el ejemplo alemán: los juristas han rechazado el plan y siguen con su sistema tradicional. Aquí, casi nadie ha rechistado, ni siquiera lo han debatido.
FRANCESC DE CARRERAS, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB
El imperativo de la felicidad, de Germán Cano en El País
Los individuos de las sociedades modernas buscan con fervor el sueño inalcanzable de ser felices, por encima incluso de la libertad, la justicia o la alegría. Esa obsesión termina por culpabilizar toda desdicha
En esa piedra angular de la reflexión de la modernidad crepuscular que es Dialéctica de la Ilustración, Theodor W. Adorno y Max Horkheimer no dudaron en retroceder hasta las fuentes míticas del mundo antiguo para rastrear el origen ascético de una racionalidad instrumental orientada al trabajo y al sacrificio del goce. En 1947, año de sombríos balances en el que se publicó la obra, la arriesgada comparación entre Ulises y el buen burgués sonaba tan intempestiva como en la actualidad, pero tuvo gran eco. Para escuchar el canto seductor de las sirenas, pero sin ceder a su destructora invitación a la felicidad, el héroe se hacía atar al palo mayor después de haber tapado con cera los oídos de sus subordinados. Del mismo modo que Ulises se sustraía a la fatal seducción del canto de las sirenas atándose a este rígido mástil, el ascetismo burgués alejaba de sí tanto más obstinadamente su dicha cuanto más cerca sentía su inquietante presencia.
¿Se caracteriza nuestro sistema cultural por su afán ascético, por su austeridad respecto a todo goce? Parece más bien lo contrario: Ulises se ha soltado del mástil. Bajo la intimidatoria tiranía del imperativo de felicidad nuestras sociedades no solo habrían renunciado a todo horizonte trágico de sentido; también han criminalizado como patología toda humana e ineludible desgracia. Habríamos pasado, en suma, de habitar los insondables abismos religiosos de la culpa carnal a un mundo kitsch donde nuestra única vergüenza sería no conquistar el sueño de la felicidad.
Muchas veces considerados como “las páginas en blanco de la historia”, los días felices nunca fueron vistos con buenos ojos por los grandes clásicos. Entendámonos: no se trata de echar mano de moralina ni de volver a los buenos tiempos del sacrificio, destruyendo este nuevo becerro de oro de las sociedades tardocapitalistas. No, la felicidad es demasiado importante como para que domine como valor exclusivo. El problema radica en la ausencia de límites de un cuerpo feliz a secas. Cuando las sociedades modernas persiguen con tanto fervor ese sueño inalcanzable y abstracto llamado “felicidad individual” -incluso por encima de la libertad, la justicia o incluso la alegría-, la búsqueda compulsiva de esa sombra esquiva no tiene más remedio que culpabilizar toda desdicha.
En este contexto de sospecha la óptica del psicoanálisis es indispensable. Desde el momento en el que se nos exhorta a ser felices, ¿no se vuelve el sexo, por ejemplo, un deber incluso más insidioso que cualquier orden moral? Con Slavojiek podríamos decir que el mejor símbolo del imperativo de felicidad actual es la viagra. Una vez que esta se ocupa de modo automático de tu erección, ya no hay excusa: ¡tienes que disfrutar del sexo! ¡Y si no eres sexualmente feliz, es por tu culpa!
Alguna responsabilidad ha tenido también cierto optimismo tecnológico, ilusoriamente convencido de poder construir a golpe de voluntad cielos sobre la tierra. Máxime cuando el paso siguiente de este proyecto prometeico fue identificar toda aflicción como “anomalía”. ¿La consecuencia? Una sociedad frágil, excesivamente preocupada por la amenaza del dolor, siempre “en riesgo”, desvalida, infantilizada por la necesidad de protección.
En calidad de maestro de la paradoja, el pensador Odo Marquard nos ayuda a perfilar nuestra febril hipersensibilidad hacia la desdicha, un singular malestar que tal vez se explique a la luz de esta ambivalencia: puesto que los avances de la era moderna en derechos, reivindicaciones y la democratización del reconocimiento han despertado unas expectativas casi infinitas, la decepción de los seres humanos parece aumentar paulatinamente también con cada progreso. Una vez que se reconoce al hombre la capacidad de fundamentar su propia felicidad y se desploma toda teodicea; cuando la insatisfacción respecto al mundo, dirigida antaño hacia lo trascendente, se orienta hacia la contingencia histórica, no se tarda mucho en descubrir siempre a algún chivo expiatorio como mancha que obstaculiza el curso necesario hacia el paraíso terreno. “En el mundo de la vida de los hombres”, concluye Marquard, “la felicidad siempre está junto a la infelicidad, a pesar de la infelicidad o directamente por la infelicidad”. Dicho de otro modo: cuando los progresos culturales son un éxito y eliminan el mal, raramente despiertan entusiasmo. Más bien se dan por supuestos, centrándose la atención exclusivamente en los males que perduran. Cuanta más infelicidad desaparece de la realidad, más nos ofende la infelicidad que aún persiste como resto. No habría felicidad, pues, sin sus correspondientes sombras.
Puede que esta sea nuestra “venganza de lo reprimido”: cuanto más buscamos el lecho de Procusto de la felicidad, más atrapados e inermes nos sentimos frente al dolor. Ironía de las buenas intenciones: ¿no somos nosotros los primeros seres humanos de la historia que empezamos a ser infelices por no ser felices? Para unas sociedades que buscan ante todo asegurar una vida feliz frente a los posibles excesos, el dolor no puede ser más que una presencia obscena, un desagradable tabú.
Pero bajo la bandera de la salud y de la protección avanza por medio de esta eliminación de “riesgos” un poder biopolítico que blanquea el lenguaje jurídico o político en médico. Se explica desde este punto de vista nuestra necesidad heterónoma de expertos. Terapeutas y charlatanes mediáticos de la felicidad llenan este hueco a la vez que nos reconfortan de nuestras cobardías cotidianas. El actual mercado cultural de la espiritualidad que está transformando silenciosamente las secciones de filosofía de las librerías en apartados de autoayuda es un buen síntoma de ello.
No terminan aquí las paradojas. Es curioso que la obsesión individual por ser felices en el ámbito doméstico coincida con la necesidad de aparecer a los ojos de los demás como incurables quejosos. Peter Sloterdijk ha bautizado esta ideología como la “comedia de la desdicha”: la pantomima de seguir un guión victimista en sociedad a fin de blindarnos de las virtudes contaminantes del don de la felicidad genuina, por definición extática, intersubjetiva. Nos quejamos por vicio, en verdad, pero, sobre todo, porque mostrarnos como felices ante los demás nos obligaría -noblesse oblige- a ser más generosos.
Si en la ideología clásica el subyugado por el mundo de la necesidad se refugiaba en el opio de la ilusión, ahora ocurre justo lo contrario: muchos que viven cómodamente miran de reojo simulado sus desgracias. Si un Molière redivivo tuviera que escribir su sátira, sería la del obseso de la felicidad que quiere parecer más infeliz de lo que es. Con malicia Sloterdijk subraya que lo único que cabe hacer “cuando uno es feliz, rico y libre es suicidarte o hacerte corredor de maratón”. Interesante reflexión para comprender cómo el culto vigoréxico al cuerpo se convierte en la coartada para no compartir la dicha. Cuando la cultura de la queja huye del dolor lo trivializa presentándolo como absolutamente ajeno a nuestro presunto derecho a la felicidad.
¿Recetas contra esta abusiva “feliz dependencia”? Lejos de esa automática búsqueda de intensidad de los nuevos sacerdotes del goce, quizá se trataría de conquistar los tonos grises, de limitar el avasallador derecho a la felicidad con un cierto sentimiento de gratitud por los regalos de la existencia. “Toda la felicidad”, escribía Chesterton evocando las arbitrarias exigencias de los cuentos de hadas, “depende de abstenerse de hacer algo que en cualquier momento podría hacerse y que con frecuencia no es evidente por qué razón no ha de hacerse”. Esta función del límite, por gratuito que sea, nos recuerda que la felicidad es un milagro, un regalo. No suena mal para concluir esta proclama infantil como principio de oposición a una sociedad cada vez más normalizada en torno a este estresante imperativo. Parafraseando el célebre inicio de Ana Karenina: todos los felices son felices de la misma manera, pero cada uno es desgraciado de modo singular.
Germán Cano es profesor de Filosofía en la Universidad de Alcalá de Henares y editor de las obras completas de Nietzsche que publica Gredos.
El avestruz y los chicos del jardín, de Antoni Puigverd en La Vanguardia
Titular escalofriante el de ayer: “Uno de cada cuatro jóvenes catalanes ni estudia ni trabaja”. En plena era pesimista, pocas noticias más preocupantes que esta pueden leerse, pues no solamente afectan al presente, sino que anuncian un futuro de insomnio. Según un estudio de la UGT, una cuarta parte de nuestros chicos no da un palo al agua. Están en fuera de juego. ¿Forman parte de las llamadas clases pasivas? En cierta manera sí, pues viven a costa de alguien: de sus progenitores y de las múltiples formas de protección social. Pero los jubilados reciben compensación de la sociedad por sus décadas de trabajo productivo (compensación generalmente avara), mientras que estos jóvenes no han aportado absolutamente nada al común. “Ni-ni”, les llaman. No se forman. Ninguna actividad productiva les ocupa. Ni estudian ni trabajan, pero comen, visten, se desplazan y divierten. Son un peso muerto para la sociedad. Peso muerto: por fea que sea la expresión, las cosas hay que decirlas por su nombre (hemos abusado de la elipsis para describir las espinas sociales y el vocabulario del avestruz empieza a cobrar sus facturas). Si ahora los ni-ni son para sus familias y para la sociedad un tremendo problema, ¿qué serán dentro de unos años? Estamos hablando de una bomba social de efectos retardados. ¿Qué harán cuando a partir de los treinta y pico el espejo refleje la pérdida de la alegre juventud, que todo lo justifica? ¿A qué tipo de insoportables tensiones e irresolubles problemas deberá enfrentarse la sociedad del futuro, si, con la pirámide de la edad invertida y con una altísima tasa de pensionados, resulta que una cuarta parte del sector productivo queda anclada en el fuera de juego?
Siendo esta noticia una de las peores que pueden leerse en estos años tan difíciles, es probable que pase de puntillas. Mientras los enredos politiqueros, el circo deportivo y los entremeses identitarios (del burka a los toros) desatan inagotables tormentas de palabrería, los problemas de fondo desaparecen a gran velocidad por el desagüe de los medios. Y, sin embargo, estamos todavía a tiempo de reaccionar. El fenómeno ni-ni tiene orígenes variados y complejos. Uno de ellos es el desprestigio social de la educación, del que hablaré, si les parece, en una próxima columna. Otro factor capital es la ruptura tectónica entre tradición y modernidad. Demonizada por represora y asfixiante la visión de la vida presidida por “el sudor de la frente”, hemos divinizado la diversión en detrimento del trabajo, mientras la libertad sin límites se imponía por goleada a la libertad regulada por la ley. Comentando el estudio, la responsable de UGT criticó ayer la oferta educativa: no es adecuada para los jóvenes. Seguramente. Pero el núcleo del problema es otro: los ni-ni han crecido en el jardín de los derechos sin deberes.
Ni trabajar ni estudiar, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia
Que 154.000 catalanes de entre 16 y 24 años no trabajen ni estudien es un problema grave que no me dejaría dormir si yo fuera político. Que de esta cifra haya 55.300 que, además, no hacen nada ni para formarse ni para buscar trabajo es un fracaso social que debería preocuparnos a todos. Estos datos, que son de un informe elaborado por el sindicato UGT dado a conocer esta semana, son peores de lo que parecen si se leen junto a otros indicadores, como una tasa de abandono escolar prematuro del 28,3% en Catalunya, cuando en el conjunto de Europa es la mitad. Pero no estamos ante fenómenos naturales, esto no es la sequía que, según algunos, podría arreglarse con rogativas a la Moreneta. Este cuadro es producto, obvio es decirlo, de muchas decisiones superpuestas y alguna que otra dejadez de los actores políticos, pero no exclusivamente de ellos, desde hace muchos años. ¿Sería posible escuchar alguna autocrítica al respecto? De los políticos y también de los empresarios, los sindicatos, los docentes y, sobre todo, de los padres de los jóvenes que no se sienten motivados para otra cosa que no sea vegetar. Toda la responsabilidad no será del ministro o del conseller de turno.
Estas cifras inquietan pero se borran fácilmente a medida que la actualidad nos proporciona otros titulares. Por eso es bueno retener algún caso concreto, que ilustre las grandes magnitudes con el rostro de la intrahistoria. Me contaron esta peripecia hace muy poco. Se trata del hijo de una mujer divorciada que, desde pequeño, ha tiranizado a su madre, incapaz de imponerse a sus caprichos con algo de autoridad. Llegado a la mayoría de edad sin estudios básicos concluidos y sin dar un palo al agua, la criatura, convertida en asilvestrado señor feudal de su hogar, pasa los días dormitando y las noches de fiesta con los amigos. El secreto de esta vida regalada está en vampirizar a la madre y – atención al detalle-en el apoyo económico que le brinda uno de sus abuelos. En este ejemplo, tan similar y tan distinto a muchos otros casos, las inversiones y las políticas educativas no pintan nada. Este pequeño drama revela un fracaso que está más allá y más acá de la política. Algunos lo llaman crisis de valores o quiebra de actitudes básicas, ustedes dirán. La acumulación de situaciones de este tipo es un freno evidente para cualquier país.
Afortunadamente, no todos los jóvenes son como el que hemos descrito antes. La mejor generación de catalanes de toda la historia llama a la puerta, son los más preparados, los que viajan más, los que tienen la mente más abierta y los que se esfuerzan cada día. Una parte de estos, desgraciadamente, no lo tiene fácil para encontrar empleo, pero no tira la toalla. Es a este motor excelente y responsable al que debe apoyarse con recursos públicos, sobre todo ahora. Invertir en los mejores es empezar a salir de la crisis.
Y todo sigue igual, de Santiago Grisolía en ABC
La Tercera de ABC
«Lo que identifica a España es la falta de una adecuada formación, pues muchos de los responsables y líderes de los diferentes partidos no conocen otros países y raramente hablan otros idiomas, especialmente inglés, que se ha convertido en la lengua franca en el mundo occidental»
Hace poco estuve muy grave a causa de una pulmonía, lo que ha aumentado mi sentido crítico. Por eso no me explico cómo no ha habido una reacción adecuada y exigente ante la ausencia de acuerdos de los gobernantes de los países del G20 a principios de este verano.
Envié enseguida una pequeña nota a un periódico local en la que hacía referencia a que los políticos de los países más industrializados han tenido el dudoso gusto, en estos momentos de necesaria reducción de gastos superfluos, de reunirse, nuevamente, en Canadá. Los periodistas recogen el enorme coste para los contribuyentes de los respectivos países participantes, y lo más grave, se ha concluido sin llegar a ningún acuerdo relevante en las cuestiones que nos preocupan a todos.
El problema fundamental de los líderes políticos de los países del G20 reunidos el último fin de semana de junio en Toronto es la ineficacia para lograr unos mínimos compromisos económicos comunes. Esos brillantes mandatarios, rodeados de múltiples asesores, se han mostrado incapaces de alcanzar un acuerdo sobre las medidas a adoptar para potenciar la economía, y como mínimo, hacer un anuncio esperanzador, aunque resultase un espejismo. Así, todo lo que se ha conseguido es aumentar la inseguridad social y económica de un momento tan crítico como el presente. Imagínense ustedes qué pasaría si en otros ámbitos se siguiesen las directrices del G20 y cada uno tomase decisiones arbitrarias de manera independiente. Y no es sólo mi preocupación. En cuantos grupos he comentado lo sucedido y a los que he expresado mi inquietud por la palpable falta de liderazgo, han expresado de manera categórica que compartían dicha desazón. Son tantos los que firmarían un manifiesto sobre la gravedad de la ausencia de compromisos y liderazgo en las sociedades industrializadas que sus nombres ocuparían un libro.
Los españoles nos lamentamos de la actual escasez de políticos de talla, lo que, siendo cierto, está sucediendo a nivel mundial. Lo que identifica a España es la falta de una adecuada formación, pues muchos de los responsables y líderes de los diferentes partidos no conocen otros países y raramente hablan otros idiomas, especialmente inglés, que se ha convertido en la lengua franca en el mundo occidental. Y, mientras dirigentes de otros países discuten con relativa fluidez entre ellos, nuestros representantes deben recurrir a traductores para defender nuestros intereses en los foros internacionales. Eso dificulta su labor, porque, por buenos que sean los traductores, se pierden matices de información y de actitudes necesarios para una buena negociación.
Por mis vivencias en Estados Unidos, llevo mucho tiempo repitiendo la necesidad de incorporar en las votaciones listas abiertas de candidatos elegidos por los votantes porque confían en ellos. En USA los votantes se dirigen directamente a sus representantes para pedirles que intercedan en sus problemas y éstos responden porque saben que de ello dependen los resultados en las próximas legislaturas. Aunque las noticias no dejan de mostrarnos a altos cargos políticos que parecen incrementar sus patrimonios de manera sustancial, e insisten en que parece ser un indicador de que su objetivo principal no es la defensa de los intereses de la población, sino los suyos propios, estoy completamente de acuerdo con quienes afirman que la mayoría de los líderes con cargos de responsabilidad, desde el presidente del Gobierno, están muy mal pagados.
Desconcierta el interés que ha quedado de manifiesto durante la reciente celebración del Mundial de fútbol de Sudáfrica, al que se han desplazado numerosos líderes y presidentes de gobierno, a quienes hemos podido ver saltar, bailar y gritar. Sería deseable que se dedicasen con el mismo entusiasmo a resolver los graves problemas económicos de sus países. E incluso mucho más que hubieran aprendido de los flamantes ganadores del Mundial a comportarse como un equipo, a coordinar esfuerzos por un objetivo común olvidando los egos personales. Porque las grandes conquistas de la historia, comenzando por el Imperio Romano, han sido fruto de un esfuerzo colectivo donde se aunaban sacrificios por alcanzar un logro para todos, más allá de los beneficios personales y las glorias individuales.
Para no perder el sentido de la realidad, a menudo cuelgo noticias, fotografías de periódicos, viñetas y chistes en un tablón de anuncios que tengo en mi despacho de la Fundación Valenciana de Estudios Avanzados.
Cuando unos días atrás me disponía a colgar una foto del Hemiciclo durante la intervención del diputado Jordi Tardá, aparecida en un diario el 27 de junio de 2010, con un pie de foto que reza: «Ante un hemiciclo casi vacío», me recordaron mis colaboradores que es casi idéntica a otras anteriores, aparecidas en diferentes periódicos. Las buscamos y encontramos dos fotos en las que Pedro Solbes intervenía en la Cámara; la primera es del 30 de diciembre de 2008 y la otra, del 22 de febrero de 2009. En los tres casos, en el Hemiciclo apenas se pueden contar unos veinte diputados. Y, además, descubrimos por la noticia del 27 de junio del periódico que la mayoría de ellos poseen un empleo público o varios cargos. Evidentemente, para los diputados ausentes, los debates del Hemiciclo no eran una prioridad, ni un motivo de esfuerzo común. Y ése es el principal problema.
Pero, lo que me resulta más sorprendente es que, según afirman distintos medios de comunicación desde comienzos de año, los diputados y senadores no tributan a Hacienda por un tercio del total de sus nóminas, como ocurre con los ingresos de algunos pocos privilegiados y no como la mayoría de los ciudadanos. Eso no es socialmente aceptable. Parece que la idea de la igualdad que tanto motivó a los responsables de la revolución francesa, está eclipsada en las normativas, pese a su constante utilización en los discursos y por los medios de comunicación. En la primera democracia, la ateniense, la eisfora era una recaudación de la que nadie estaba exento, ni siquiera los ciudadanos.
Después de tantos años, como ya indiqué en septiembre de 2008 en la Tercera de este periódico «Generar empleo, un reto constante», se redescubre la importancia de las ideas de Keynes y su utilización durante la Depresión americana del 29, pero parecen no entenderse: lo que él decía es que los gobiernos, en tiempos de crisis, deben financiar infraestructuras e industrias que favorezcan la creación de puestos de trabajo y de obras duraderas, no emplearlo en gastos superfluos. Carlos Rodríguez Braun me reprochó no haber mencionado en el citado artículo sobre Keynes a los empresarios. Los empresarios son y han sido un ejemplo en mi carrera. Muchos de ellos contribuyen generosamente al mantenimiento de la Fundación Valenciana de Estudios Avanzados y algunos patrocinan los Premios Rey Jaime I con una visión de la ciencia y su importancia muy por encima de la de algunos de nuestros políticos. Mi disculpa hacia ellos si se han sentido olvidados y mi agradecimiento al señor Rodríguez Braun por forzarme a puntualizarlo. Pero todos, especialmente los gobernantes, debemos hacer un esfuerzo adicional. No es de recibo que tengamos millones de parados y un creciente número de gente hambrienta.
Ya es hora de que discutamos abiertamente y propongamos soluciones prácticas para superar la crisis, pero todos juntos, con humildad, como nos dicen de nuestros deportistas.
Consideraciones sobre la ‘Fiesta nacional’, de Henry Kamen en El Mundo
TRIBUNA
Con toda la razón, el editorial de EL MUNDO que comentaba la prohibición de las corridas en Cataluña sentenciaba que es «una prohibición que sólo pretende castigar a España». El siempre inteligente Luis María Anson hablaba en su Canela fina de aquel 29 de julio de la «politización» del tema. Hay razones válidas para prohibir el espectáculo -por ejemplo, por motivos de crueldad hacia los animales-, pero ni Carod-Rovira ni la inmensa mayoría de diputados catalanes que votaron a favor de prohibir los toros destacan como partidarios del movimiento para proteger a los animales. Su motivación no era otra que intentar un golpe contra el predominio de España. La prohibición es esencialmente un asunto político y sólo puede ser revertida a través de medios políticos, en Barcelona o en Madrid.
Sin embargo, la propuesta del PP de revertir la prohibición, blindando el espectáculo por ley, se basa en una visión totalmente errónea del papel que la Fiesta ha desempeñado en la Cultura de España. No sé si Rajoy ha estudiado la Historia de España, pero antes de que se precipite a una ciega defensa pública de las corridas debería reflexionar un poco.
El combate simbólico en público entre hombres y animales puede encontrarse en muchas culturas del mundo y se ha descrito en muchas obras de arte famosas. Creció como una lucha para afirmar la superioridad sexual del hombre y hay pruebas de que se practicaba en el Mediterráneo desde épocas muy tempranas. El toro se convirtió en el símbolo del machismo, del poder, de la masculina sed de sangre. Sin embargo, contrario a lo que muchos escritores han afirmado recientemente en la prensa, las corridas de toros nunca fueron la Fiesta Nacional de España, no más de lo que fuera el auto de fe.
En los primeros años de la época moderna, los más famosos reyes de España se opusieron a las corridas. La reina Isabel de Castilla asistió a una y se horrorizó tanto que se negó a ir a más. Carlos V no iba a ellas. Como su bisabuela Isabel, a Felipe II no le gustaban las corridas y en general las evitaba, pero no tomó ninguna medida para imponer sus preferencias sobre los castellanos. Algunas veces prohibió el espectáculo cuando comunidades específicas (los ciudadanos de Ocaña lo hicieron en 1561) se lo solicitaban.
Por otra parte, cuando en 1566 las Cortes de Madrid le pidieron que prohibiera todas las corridas en el reino (y, resulta superfluo decirlo, ¡no hubo Carod-Roviras en esa sesión del parlamento!), se negó a hacerlo aduciendo que era una costumbre tradicional, y no deseaba prohibir un espectáculo popular. Asombrosamente, sin embargo, dio plena libertad a aquellos que deseaban prohibir el espectáculo en Castilla. En 1568, permitió la publicación en España de un decreto papal de 1567 declarando ilícitas las corridas. Personalmente, las aborrecía. En días de fiestas importantes, prefería permanecer solo en el palacio trabajando, mientras todos los demás se iban a la corrida. En la fiesta de San Juan de 1565, por ejemplo, se celebró una corrida especial para la corte. Toda la nobleza asistió a ella, pero no el rey. En quizás el momento más feliz de toda su vida, su boda con Anna de Austria en 1570, prohibió la celebración de una corrida como parte de la fiesta prevista.
Los aficionados al toreo normalmente evitan referirse a hechos como los que acabo de citar. Manteniendo, tal vez, que la Fiesta era universalmente popular y la hostilidad de la élite gobernante era irrelevante. Lamentablemente para ellos, los hechos demuestran que las corridas no tenían una aceptación general en el país.
En el siglo XVIII el gran reformista de España, el ministro Jovellanos, dio los primeros pasos para examinar el estado de la tauromaquia. Al igual que otros ministros que apoyaban la Ilustración, calificó las corridas de toros de violentas y feroces, y opinaba que era hora de que la «ferocidad» dejara de tenerse en España por una virtud cívica. Casi sin excepción la corrida tuvo el rechazo de la élite ilustrada y de los intelectuales europeizados. Cuando, en 1767, Jovellanos solicitó un informe sobre este espectáculo, resultó que las corridas sólo se celebraban regularmente en 185 poblaciones de España, lo que le llevó a la conclusión de que no podían considerarse una afición nacional. El Gobierno adoptó un plan con el que se propuso abolirlas en un plazo de cuatro años desde la fecha del informe. En la práctica, la inercia española impidió que se hiciera nada hasta una ley de 1786 que las vetaba, pero tampoco entonces ocurrió nada y hubo que volver a prohibirlas cuatro años después.
En los últimos años del siglo XVIII, por consiguiente, la corrida no fue en absoluto la Fiesta nacional del conjunto de España. Jovellanos descubrió que se desconocía en toda la mitad norte de la Península, excepción hecha del País Vasco. En fecha tan tardía como 1800, no había toros ni en Cataluña, ni en Galicia, ni en Asturias. Es un hecho que los castellanos parecen desconocer. El público salió de su alegre desobediencia a las prohibiciones cuando un torero se desangró a causa de una cogida hasta morir ante los ojos de la reina María Luisa. En consecuencia, en 1805 el ministro Godoy las prohibió otra vez. En la práctica, sin embargo, continuaron y, en realidad, alcanzaron su mayor auge, mientras la figura del toro se convirtió en una especie de símbolo de la identidad española.
Lo que es indiscutible, en vista de todos estos hechos, es que el Gobierno de Castilla -esto es, efectivamente, de España- es el que más ha prohibido las corridas.
En Cataluña, todo el mundo sabe que la corrida no tiene raíces en la cultura popular. Se introdujo como una importación extranjera, poco más de un siglo atrás y sin ningún apoyo popular. La actual plaza de toros de Barcelona, la Monumental, fue inaugurada hace menos de un siglo, concretamente en 1914. Ya antes de esa fecha, la falta de apoyo a las corridas era obvia. Los catalanes las consideraban un signo del atraso de España con respecto a Europa. El doctor Robert, alcalde de Barcelona, organizó en 1901 una asamblea popular en la que pidió su abolición. Desde entonces, se hicieron varios intentos de introducir la prohibición, pero todos fracasaron. Hasta ahora.
En un momento u otro, por supuesto, los Gobiernos de España -y no sólo en Cataluña- han intentado suprimir espectáculos populares de todo tipo. En el siglo XVII, el Gobierno de Madrid prohibió el teatro popular, pero por breve tiempo (las prohibiciones «no se han conseguido nunca», reconocía un informe oficial de 1672). Las proscripciones afectaron a otros muchos aspectos del ocio, pero todas sin excepción quedaron en papel mojado. Una de las más interesantes fue la de los carnavales, desobedecida desde el momento en que salió. Al mismo tiempo, la oposición a los toros fue generalizada entre las clases educadas en Castilla. Miguel de Unamuno declaró que el flamenco, los toros y la zarzuela eran «una plaga» que en lugar de enseñar a la gente a pensar la contentaba con «majaderías y barbaridades».
En otras palabras, el mundo del ocio popular era un campo de batalla entre dos tendencias políticas en España. La división todavía existe. Los socialistas de Cataluña fingen apoyar la medida porque quieren defender a los animales. Esto evidentemente es falso. Pero también es mentira que los defensores de las corridas estén defendiendo una Fiesta Nacional. España, y especialmente Castilla, nunca han tenido una fiesta que sea verdaderamente nacional -los Gobiernos de Castilla prohibieron las corridas con más frecuencia que cualquier otro Ejecutivo en la península, como hemos comentado-. El PP, que parece estar defendiendo esa idea de Fiesta Nacional, debería abstenerse de entrar en una arena donde serán derrotados y donde su líder incluso puede perder una oreja.
Dejemos que quienes han inspirado la prohibición lleguen a un acuerdo con sus propios votantes sobre abolir un espectáculo que solamente tiene raíces verdaderamente profundas en las regiones de Cataluña que votan socialista.
Henry Kamen es historiador británico y su último libro es El enigma del Escorial (Espasa Calpe, 2009).
