Reggio’s

Periodismo de opinión en Reggio’s

Archive for the ‘Energía’ Category

El Ocaso del Neoliberalismo en América Latina: El caso de Argentina, de Vicenç Navarro en Público

without comments

El pensamiento neoliberal y la aplicación de sus políticas han dañado durante muchos años el bienestar y calidad de vida de las clases populares de los países de la Unión Europea, incluyendo España. La desregulación de los mercados laborales y de los mercados financieros, la privatización de los sectores claves de la economía, la reducción del gasto público, incluyendo el gasto público social, y la dilución de la protección social han sido las constantes en las políticas promovidas en la Unión Europea por el Banco Central Europeo, por la Comisión Europea, por el Consejo Europeo, y al otro lado del Atlántico por el Fondo Monetario Internacional y por el Banco Mundial. Tal pensamiento también dominó América Latina durante muchos años cuando, país tras país, se vio la imposición de tales políticas que causaron un gran malestar y agitación social entre sus clases populares, lo cual explica las represiones que los gobiernos de aquel continente tuvieron que realizar para imponerlas. El caso de Chile bajo el General Pinochet fue el caso más extremo, pero no fue el único. Toda una retahíla de gobiernos, algunos dictatoriales, otros escasamente democráticos, de cariz autoritario, impusieron tales políticas a un coste humano y económico elevadísimo. El Center for Economic and Policy Research (CEPR) de Washington ha comparado indicadores económicos y sociales de América Latina antes y después de aquella época y la comparación es claramente negativa para la época neoliberal (caracterizada por un menor protagonismo del Estado), y no sólo en relación a su crecimiento económico, sino también en el crecimiento del Estado del Bienestar y de la protección social. (ver Navarro, V. Los “malos” gobiernos populistas latinoamericanos, 20 de enero de 2012 en www.vnavarro.org).

Ahora bien, aunque estas políticas neoliberales continúan siendo las dominantes en la Unión Europea, no es así en América Latina donde, con la excepción de Colombia (el país del mundo que tiene mayor número de asesinatos de sindicalistas) y algún otro país, pocos, tales políticas han dejado de dominar sus vidas económicas y sociales. Una de las primeras rupturas con el neoliberalismo fue el gobierno de Argentina que, en 2001, rompió la paridad que la moneda argentina tenía con el dólar. Aunque Argentina tenía moneda propia, el peso, en la práctica la fijación de tal moneda con el dólar estadounidense implicaba que no tenía potestad para cambiar su valor, perdiendo con ello uno de los instrumentos más importantes para estimular la economía, mediante la devaluación de la moneda. Tal fijación peso-dólar había conducido a Argentina (durante el periodo 1998-2001) a tener la mayor recesión conocida en su historia. Fue en aquel periodo, durante los gobiernos del neoliberal y corrupto Menem y de Fernando de la Rúa, cuando el Ministro de Economía argentino indicó con toda franqueza que el éxito de su política económica dependería más del Ministerio del Interior (encargado de la Represión) que del de Economía. Pero la ciudadanía no aguantó. El resultado fue que el gobierno Argentino rompió la paridad de su moneda con el dólar, desoyendo así la voz del Fondo Monetario Internacional, que había condicionado su “ayuda” a tal fijación del peso argentino al dólar. Lo que Argentina hizo sería comparable a que España dejara el euro.

Como era de esperar, la reacción unánime del FMI, del Banco Mundial, de los establishments europeos y del gobierno federal de EEUU, fue de condena, señalando que tal medida sería un desastre para Argentina. La devaluación de la moneda significaría, según tales establishments, que el valor de la deuda pública argentina sería menor, pagándose a los acreedores menos de lo que estos esperaban. De ahí que concluyeran que a Argentina le sería imposible pedir dinero prestado de los mercados financieros, colapsando con ello su economía. Pues bien, todos aquellos establishments erraron en sus pronósticos. A partir de entonces, Argentina creció enormemente (fue el país que creció más rápidamente en Latinoamérica), reduciendo la pobreza, incluyendo la pobreza extrema y aumentando tres veces su gasto público social durante el periodo 2001-2010. No sorprendentemente la presidenta Cristina Fernández de Kirchner –odiada por los neoliberales- fue reelegida en las últimas elecciones legislativas por un 54% de votos.

La nacionalización de la compañía petrolera argentina

Pero este proceso de ruptura con el neoliberalismo en Argentina ha continuado con la nacionalización de la compañía petrolera YPF, la cual había sido privatizada durante el periodo neoliberal del gobierno Menem, cuando Repsol, la compañía petrolífera española, pasó a tener el 57% de sus acciones. Con tal nacionalización, el gobierno argentino pasará a tener el 52%, controlando tal compañía. Como era de esperar, el gobierno de España, las élites que dirigen la Unión Europea y el FMI, los paladines del neoliberalismo, han condenado tal medida, augurando un desastre para Argentina. Una voz histriónica en este sentido ha sido predeciblemente la del Sr. Xavier Sala i Martín, “Repsol és només el principi” (“Repsol es sólo el principio”), La Vanguardia (23.04.12). El argumento que utilizan es que Argentina no encontrará instituciones que le presten dinero ni experiencia técnica para expandir la producción del petróleo en aquel país. Lo mismo se dijo, por cierto, cuando el presidente Hugo Chávez nacionalizó una serie de compañías extranjeras (cemento, acero y otros sectores), incluyendo algunas de EEUU; y cuando el presidente Morales de Bolivia nacionalizó las compañías del petróleo y producción de gas, telecomunicaciones y electricidad; y cuando el presidente Rafael Correa del Ecuador, nacionalizó las compañías de distribución del plátano. Pues bien, ninguno de los vaticinios de desastre se ha cumplido. Uno de los vaticinadores fue Moisés Naím, colaborador de El País y que fue en su día miembro del equipo económico del presidente Carlos Andrés Pérez, de Venezuela, que promovió el neoliberalismo en aquel país, y que ahora concluye que tales medidas en Argentina llevarán a la ruina del país (“Cristina, Petróleo y Psicoanálisis”, El País. 21.04.12). Según Moisés Naím, que considera Colombia como el modelo a seguir para América Latina, la nacionalización caracteriza a los países con economías mediocres. Una postura casi idéntica aparece en el citado artículo de Sala i Martín. Moisés Naím y Sala i Martín, para llegar a sus conclusiones, deliberadamente ignoran algunos hechos. La gran mayoría de países productores de petróleo tienen empresas públicas (no empresas privadas) que controlan la producción de tal material, Rusia, Noruega, Venezuela, Méjico, Gran Bretaña y Arabia Saudí, entre otros, tienen nacionalizadas sus compañías energéticas. En realidad, Argentina era de las pocas excepciones. Referente a la intrínseca ineficacia que Sala i Martín atribuye a las empresas nacionalizadas, baste ver el éxito de Noruega, donde la empresa pública petrolífera ha garantizado el nivel de vida y calidad de vida de aquel país.

En cuanto a la falta de inversión extranjera, hay que cuestionar, tal como acentúa Mark Weisbrot, co-director del CEPR-este fetichismo acerca de la inversión extranjera. Uno de los países con mayor crecimiento en el mundo del subdesarrollo, Corea del Sur, lo hizo sin apenas tener inversión extranjera. El otro hecho, ignorado por los economistas neoliberales, es que la producción de petróleo en Argentina había bajado, creando un grave problema del 2004 al 2011; la producción del petróleo descendió un 20% debido en parte a la escasa inversión por parte de Repsol. Consecuencia de ello es que Argentina en 2011 tuvo que importar petróleo por primera vez en su pasado reciente. De ahí que el gobierno Kirchner decidiera cambiar la situación y tomar control de la compañía petrolífera.

Una última observación. El gobierno Rajoy está intentando movilizar los sentimientos patrióticos acusando al gobierno argentino de atacar a España. El error en este argumento es que la mayoría del capital de Repsol no es español. En realidad, la única vez que fue español fue cuando estaba nacionalizado. Fue cuando el gobierno del PP lo privatizó cuando perdió su nacionalidad española. Intentar movilizarse para defenderla es ignorar quién es hoy Repsol, una compañía (como Endesa, otra empresa privatizada por el PP) que se caracteriza por su insensibilidad hacia el usuario español. Como siempre hacen los nacionalistas, el PP está manejando la bandera para defender, no los intereses generales, sino los muy particulares En realidad, la nula sensibilidad patriótica de Repsol se expresa en que es una de las empresas del IBEX 35 que utiliza más los paraísos fiscales, a fin de evitar pagar impuestos al Estado español, como bien ha señalado Juan Torres en su artículo “¿Argentina es quién perjudica a España?” ¡De patriota, Repsol, nada!

Vicenç Navarro. Catedrático de Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra, y Profesor de Public Policy en The Johns Hopkins University.

Written by Reggio's

Abril 29th, 2012 at 7:04 am

Posted in Derechos, Energía, Libertades

Tagged with

A los 100 años de su naufragio: las aguas heladas del cálculo egoísta: de Deepwater Horizon al Titanic, de Ian Jack en SinPermiso (22/04/12)

without comments

¿Alguna vez se hunden los ricos y poderosos? Después de que una explosión destrozara la plataforma petrolífera Deepwater Horizon el año pasado, matando a once trabajadores, se derramaron casi cinco millones de barriles de petróleo en el Golfo de México en los tres meses siguientes. Fue el mayor vertido marino de la historia, una catástrofe ambiental cuyos efectos se dejarán sentir durante muchos años. BP, con la que la plataforma tenía contrato, creó un fondo de 20.000 millones de dólares para compensar a las víctimas, vendiendo activos a medida que se tambaleaba el valor de las acciones. Los rumores de la City y Wall Street sugerían que BP no podría sobrevivir. El director ejecutivo de la empresa, Tony Hayward, llegó a ser repudiado en toda Norteamérica por lo que pareció despreocupación frente a un desastre aparentemente imparable, un hombre con poco olfato para las relaciones públicas. En los primeros días del vertido, ofreció el consuelo de que el derrame era minúsculo comparado con el tamaño del océano. Más tarde, cuando el crudo llegó a la orilla, se disculpó por la perturbación que causaba al sustento de las comunidades del sector pesquero y turístico, y declaró que también él quería “recuperar su vida”. “Después de hacer cualquiera de esas declaraciones no habría seguido trabajando conmigo”, afirmó el presidente Obama, y para finales de año ya había abandonado BP.

¿Qué iba a ser de su vida a partir de entonces? Hayward tenía 53 años cuando se despidió de la empresa a la que había servido durante casi treinta, con un salario final de 6 millones de dólares.

El paquete de pensión e indemnización por cese debe de haber sido generoso. Podía haber reflexionado amargamente sobre lo injusto de su papel como pararrayos de las culpas – como él dijo, Deepwater Horizon fue un accidente complejo que involucró a diversas empresas – y después “seguir adelante”. Podría haber dirigido una organización benéfica para aves marinas alquitranadas o, en tanto que geólogo, haber pasado sus días martillo en mano en la costa de Dorset. El cargo de director habría sido un buen complemento de sus ingresos. Habría sido una vida más tranquila  –más tiempo en el yate – pero en modo alguno pobre.

Pero Hayward no hizo nada de esto. Por el contrario, creó un vehículo de inversión llamado Vallares con un capital inicial de 100 millones de libras suministrado por Nat Rothschild, dos hombres de negocios más y él mismo. La salida a bolsa en el mercado de valores lo elevó a 1.350 millones de libras, y este mes Hayward, como director ejecutivo de Vallares, anunció que se pondrían a la venta nuevas acciones por un monto similar para financiar una fusión (técnicamente, una adquisición revertida) con una empresa turca, Genel Energy International, que tiene los derechos de las reservas petrolíferas de la provincia iraquí del Kurdistán. Hayward substituirá al empresario turco Mehmet Sepil como director ejecutivo de Genel, allanando así el camino de una cotización en bolsa que hubiera podido ser problemática en el caso de que Sepil, a quien se multó el año pasado con un millón de libras por uso ilícito de información privilegiada, hubiera seguido al frente en el día a día, en lugar de asumir su nuevo papel como presidente.

La compañía tiene el objetivo de lograr su inclusión en el FTSE 100 [Índice de Bolsa del Financial Times que se calcula tomando como base el valor de las acciones de las cien empresas más grandes de Gran Bretaña]. El potencial es enorme. En palabras de Hayward, el Kurdistán puede ser la “última provincia petrolífera ‘fácil’ disponible en tierra para su exploración por parte de empresas privadas en cualquier parte del mundo”, con reservas equivalentes a las del Mar del Norte antes de que comenzase su explotación. Y ya, gracias a su participación de partida, Hayward es varios millones de libras más rico.

Esto lo leí en las páginas de negocios la semana pasada. En otro lugar, el mismo periódico registraba que un hombre de Manchester había sido enviado a la cárcel con una pena de 18 meses por tenencia de bienes robados (un televisor de 37 pulgadas)  durante las revueltas [del verano de 2010 en el Reino Unido]. Nadie ha acusado a Hayward de conducta criminal, cualquiera que sea el historial del presidente de su nueva empresa, pero el contraste entre las consecuencias de los escándalos de dos veranos sucesivos resulta llamativo. La crisis de Deepwater Horizon puso a Hayward en el centro de la aversión de Norteamérica en 2010, del mismo modo que los saqueadores de este año hicieron que la opinión y los políticos británicos exigieran castigo y venganza.

Pero el capitalismo ha animado a Hayward a “seguir adelante” de un modo que no emplearía en ningún momento cercano con alguien al que le encuentran un televisor robado en el maletero del coche. La deshonra pública – el hecho mismo, justificado o no – ya no supone un obstáculo para aquellas carreras que son poderosas.

Hace un siglo, la deshonra tenía efectos diferentes. El presidente y director gerente de la White Star Line, J. Bruce Ismay, sintió todo la fuerza del desprecio norteamericano cuando se hundió el Titanic en 1912, y nunca se recuperó. Muchas de las acusaciones en su contra parecen un eco de las formuladas contra Hayward: descuidar la seguridad buscando la competencia y el beneficio. ¿No había persuadido a su capitán a que avanzara a toda máquina habiendo entrado en una zona de hielos? ¿No se había negado a equipar el barco con más botes salvavidas porque atestarían la cubierta de paseo? No llegó a probarse nunca nada.

Lo incontestable, sin embargo, es que escapó en un bote salvavidas mientras que más de un millar de los pasajeros a cargo de su compañía, esperaban para salvarse. Presentó su conducta de modo plausible – saltó a un bote en el último momento, insistió, porque no hubo más mujeres y niños que contestaran su llamada – pero la vergüenza nunca se acalló.  Para H.G. Wells, la “noble pretensión” del capitalismo saltó por la borda con Ismay: “Era un hombre rico y un hombre de los que mandan, pero puesto a prueba no resultó un hombre de orgullo”. Se había visto que los poderosos no eran mejores que el resto de nosotros.

Al igual que Hayward, dirigía una compañía que se había convertido en británica sólo superficialmente. Habiendo heredado la White Star de su padre, su primer acto como propietario había consistido en venderla al leviatán de Wall Street, J. Pierpont Morgan, que la incluyó en la cartera de intereses propios conocida como International Mercantile Marine. Al igual que Hayward, hubo de enfrentarse en Washington a comités de investigación hostiles que fueron enojándose con sus respuestas obstruccionistas: “No lo sé” y “No sabría decir” (Ismay); “No soy un ingeniero experto en cemento” (Hayward). Ninguno de los dos hombres pudo cautivar a los medios de información. A los reporteros norteamericanos, Ismay les pareció desdeñoso y arrogante (”J. Bruto Ismay”); y en cualquier caso, se había convertido anteriormente en enemigo del magnate de la prensa William Randolph Hearst, cuyos periódicos comenzaron entonces a crucificarlo como aristócrata del viejo mundo.

Los detalles de la vida posterior de Ismay aparecen en una estupenda biografía nueva, obra de Frances Wilson. [1] Al año siguiente, con 50 años de edad, abandonó la White Star y fue pasando cada vez más tiempo en su casa de Connemara. Lo que siguió fue una especie de normalidad. Siguió siendo director de compañías de ferrocarril y de seguros, pero se desplazaba a las reuniones con las cortinillas del vagón bajadas. Nunca volvió a Nueva York en los 24 años que le quedaron de vida y, como norma, en su casa se prohibió mencionar el Titanic.

Se dice, probablemente sin base ninguna, que cuando los niños irlandeses pasaban por delante de su casa, canturreaban: “Cobarde, cobarde, cobarde, cobarde”.

Pauline Matarasso, nieta de Ismay, ha escrito de qué modo se atenían firmemente a los hechos en las conversaciones familiares: “Sin una dimensión moral, sin palabras como hybris, competencia, culpa, codicia, hedonismo, el hecho [del Titanic] quedaba vacío de emoción como un cerdo desangrado. Era su modo de sobrevivir; podían arreglárselas con un cadáver”. Su abuelo, añadía ella, era “él mismo un cadáver”.

Se podría argumentar que no le hundió la vergüenza más de lo que hunde hoy a los poderosos. Podríamos preguntarnos cuánto lamentó haber dejado pasar la oportunidad de hundirse, literalmente, como los 1.500 muertos de los pasajeros y la tripulación. Pero en el mejor de los casos, Ismay subsistió como una criatura submarina, vergonzosa y rara vez vista. Nunca recuperó su vida. Esto es lo que la vergüenza y los sentimientos de responsabilidad personal suponían en otros tiempos.

Nota: [1] Frances Wilson, How to Survive the Titanic or the Sinking of J Bruce Ismay [Cómo sobrevivir al Titanic y el hundimiento de J. Bruce Ismay] Bloomsbury publishing, Londres, 2011.

Ian Jack, veterano periodista escocés y columnista semanal del diario británico The Guardian, fue corresponsal en el Sudeste asiático y dirigió el dominical The Independent on Sunday entre 1991 y 1995 y la prestigiosa revista literaria Granta entre 1995 y 2007.

Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón

The Guardian, 16 de septiembre de 2011

Written by Reggio's

Abril 22nd, 2012 at 7:01 am

Posted in Derechos, Energía, Libertades

Tagged with

Una nueva energía para Europa, de Guido Westerwelle y Günther Oettinger en El Mundo

without comments

Los autores analizan los grandes retos a los que se enfrenta la UE para superar la crisis. Afirman que la unión monetaria tiene que completarse con una unión económica integral.

Es posible que mucha gente hoy en día ignore que la Unión Europea nació a partir de un plan de cooperación energética. El control compartido sobre el carbón y el acero y las instituciones fundadas en el marco de la CECA constituyeron el núcleo a partir del cual surgió la actual UE. A lo largo de más de 60 años la integración europea nos ha deparado paz, libertad y prosperidad. Sin embargo, en estos momentos Europa se enfrenta a tareas totalmente nuevas: una crisis de deuda pública sin precedentes, un orden mundial en transformación y un retroceso generalizado del respaldo al ideal europeísta. Para superar este brete, el proyecto europeo necesita urgentemente nuevas energías.

La tarea prioritaria es superar la crisis de la deuda y reconducir a Europa hacia una senda de crecimiento sostenible. Pero no debemos limitar el foco a la crisis financiera. Los grandes retos y transformaciones de nuestro tiempo sólo podrán acometerse con éxito si Europa se convierte en un actor global de peso. Europa no generará nueva confianza mientras no seamos conscientes de que la integración no es en modo alguno un éxito histórico, perteneciente al pasado, sino también la mejor respuesta a los desafíos de nuestra época actual. Sólo así estaremos en disposición de contribuir al futuro orden mundial, preservar nuestra comunidad de valores y afianzar nuestros intereses como potencia económica.

En segundo lugar, la UE tiene que seguir siendo una región de bienestar sostenible. Hoy por hoy es el espacio económico más potente del mundo. Incluyendo el comercio entre sus estados miembros, en la actualidad la UE concentra aproximadamente el 40% del comercio global, superando tanto a EEUU como a China. Pero el tiempo no juega a nuestro favor. Por consiguiente, no se trata sólo de ayudar a la recuperación de las economías europeas actualmente en aprietos. La tarea de fondo consiste en aumentar la competitividad y la capacidad innovadora de Europa en su conjunto, para no quedarnos rezagados en un entorno de competencia global. Por eso la crisis de la deuda fue un toque de atención masivo y la lección es obvia: la unión monetaria tiene que completarse con una unión económica funcional e integral. El secreto estará en saber conjugar la necesaria consolidación presupuestaria con impulsos inteligentes para favorecer un crecimiento sostenible. Europa tiene que ser más competitiva, lo cual también implica profundizar el mercado interior en sectores como la energía y la tecnología de la información y aumentar considerablemente la inversión en educación, investigación y desarrollo. Las negociaciones en curso sobre el nuevo marco financiero de siete años de la UE constituyen una gran oportunidad en este sentido.

Necesitamos proyectos de futuro concretos con los que la gente pueda identificarse y comprometerse. En esa línea se sitúa sin lugar a dudas un suministro seguro y sostenible de energía limpia. Una política energética sólida a escala europea es, cada vez en mayor medida, un pilar esencial para nuestro éxito económico. En Europa la solidaridad implica desarrollar una cooperación transfronteriza que permita un abastecimiento energético permanente en todos los países y regiones del continente, sin el cual es impensable el funcionamiento de la actividad económica en la era industrial. Para dar respuesta a las preguntas clave necesitamos soluciones europeas conjuntas: ¿Cómo podemos crear una infraestructura energética europea que funcione? ¿Cómo hemos de desarrollar las relaciones exteriores en el ámbito energético para que nuestro continente pueda asegurar su suministro de energía? ¿Cómo podemos hacer realidad una eficiencia energética que nos permita ser más independientes de las importaciones de energía y nos ayude a reducir las emisiones contaminantes a la atmósfera?

Nuestra meta sigue siendo una Europa unida políticamente, que aglutine sus fuerzas en áreas políticas esenciales para poder afianzar su posición en el nuevo entorno global. Ello no supone que exista una contraposición entre los intereses alemanes y el bien común europeo. Los críticos gustan de afirmar que Alemania pretende imponer su voluntad a sus socios europeos y construir Europa conforme a su propia concepción. Otros opinan que el compromiso de Alemania con Europa está disminuyendo. Ambas afirmaciones son clichés y ambas son falsas. Sabemos que el éxito del proyecto europeo se sustenta en la idea de un liderazgo compartido. Precisamente por eso hemos asumido y seguimos asumiendo nuestra responsabilidad en una Europa fuerte. Alemania está demostrando como nunca su solidaridad con aquellos vecinos europeos que se han visto en aprietos por la crisis de la deuda. Así lo evidencia en último término la contribución de Alemania al fondo de rescate europeo. Con la iniciativa del pacto fiscal hemos sentado simultáneamente las bases de una nueva cultura de la estabilidad en Europa.

Alemania tiene una doble responsabilidad. Queremos coadyuvar como socios a la construcción de Europa. Al mismo tiempo tenemos el deber de convencer a los alemanes y a los europeos de que vamos por buen camino. Para Alemania no existe un futuro prometedor sin la integración europea. Y para nuestros vecinos ese porvenir no existe sin una Alemania europeísta. Esta lección no era válida sólo en los tiempos de la Guerra Fría. Sigue siéndolo también hoy en día y marcará el rumbo de nuestra política europea en el futuro.

Guido Westerwelle es ministro de Relaciones Exteriores de Alemania. Günther Oettinger es comisario de Energía de la Unión Europea.

Written by Reggio's

Abril 20th, 2012 at 7:14 am

Errores de cálculo, de John Müller en El Mundo

without comments

AJUSTE DE CUENTAS

Déjâ vu. La guerra de nervios desatada por el Gobierno de Cristina Kirchner contra Repsol, con su programada estrategia de acoso, me recordó ayer las noticias previas a la invasión de las Malvinas en abril de 1982. El izamiento de una bandera argentina en las islas Georgias del Sur por un grupo de chatarreros que estaban desmantelando unas instalaciones balleneras escocesas marcó el comienzo de una escalada que acabó en el mayor error diplomático y geopolítico de Argentina en el siglo XX.

Siempre se ha dicho que si Margaret Thatcher en vez de despachar un viejo mercante artillado (el HMS Endurance) con 24 royal marines a bordo hubiera desplegado una fuerza más importante, los militares argentinos se lo hubieran pensado dos veces antes de comenzar su aventura. La inicial debilidad británica sólo desembocó en un póker que terminó costando muchísimo más a todos.

Argentina tuvo mucha suerte con que ese episodio lamentable de su historia que los llevó a violar los principios de la diplomacia occidental, lo protagonizara una dictadura militar que acabó cayendo tras la derrota bélica. De hecho, la velocidad con que el país se reinsertó en el concierto de las naciones, siendo perdonado por haber recurrido unilateralmente a la fuerza de las armas, no tiene parangón en la historia moderna.

Quizás esta rapidez haya permitido pensar a algunos argentinos que se pueden cambiar las reglas del juego sin consecuencias importantes. Otro factor que puede haber contribuido a esta percepción es que el país declaró un default en 2002 y aunque estuvo fuera de los circuitos de crédito durante unos años, aquello se resolvió casi instantáneamente con un acto de puro caudillismo cuando Néstor Kirchner canceló de un plumazo la deuda con el FMI en 2006.

Ayer, José Manuel Soria lanzó una severa advertencia a Cristina Kirchner. «La hostilidad contras las empresas españolas es la hostilidad contra España y su Gobierno». El aviso es el primero de una serie de respuestas cuyo alcance y creciente dureza ya ha sido medido y meditado por el Gobierno. La UE no es ajena a esta cuestión. Hasta Bruselas han llegado las quejas de otros gobiernos europeos cuyas empresas tienen problemas en Argentina.

Poco después circuló la noticia de que el Gobierno argentino tenía ya redactado el texto con la nacionalización de YPF. Se temía que iba a ser aprobado tras la reunión de la presidenta con los gobernadores que han ido quitando las licencias a Repsol y que se canceló en el último momento. Entre ellos estaba el sagaz Jorge Sapag, gobernador de Neuquén, territorio donde se encuentra el riquísimo yacimiento de Vaca Muerta. Sapag, a quien le han presionado para que cancele permisos a la filial española, dijo que primero tenía que retirárselas a la brasileña Petrobras, porque eran más antiguas. Esta decisión puso en un problema a Kirchner, que no quiere tener problemas con su vecino del norte y que anunció que revisará la decisión. Sapag logró poner en evidencia que la maniobra del Gobierno federal es premeditadamente antiespañola. Lo que hay que comprobar ahora es si la advertencia de Soria es el HMS Endurance o una flota combinada de mayor poderío.

john.muller@elmundo.es

Written by Reggio's

Abril 13th, 2012 at 7:12 am

Posted in Derechos, Energía, Libertades

Tagged with

Atropello y daños colaterales en YPF, de Primo González en República de las ideas

without comments

El asunto de Repsol YPF ha subido de temperatura en las últimas horas y nada parece indicar que el Gobierno argentino esté a punto de dar marcha atrás en sus pretensiones de controlar YPF (Yacimientos Petrolíferos Fiscales), la principal empresa del país adquirida hace unos años, veinte ya, por Repsol. Se puede elucubrar largamente sobre si esta pretensión de recuperar el control de YPF, participada en más del 57% por la española Repsol, tiene su origen en una decisión eminentemente política o si responde realmente, como argumentan en Argentina, a un intento de suplir lo que consideran fallos de gestión en la petrolera, de los cuales se han derivado pérdidas en la producción y aumento de importaciones. Se puede, no obstante, considerar que se trata de una mezcla de motivaciones económico- energéticas y políticas.

En todo caso, el Gobierno argentino ha extremado las precauciones en los últimos días para lograr que la toma del poder en YPF no sea, lisa y llanamente, un atropello, ya que ello constituiría, aparte de un gesto muy inamistoso hacia un país amigo como España, el inicio de un amplio pleito internacional que puede no resultar conveniente para Repsol pero tiene el potencial de acabar siendo bastante ruinoso para Argentina debido a los daños colaterales que una decisión intempestiva podría tener sobre la economía de este país, sobre la confianza de los inversores extranjeros y sobre su prestigio en las instituciones internacionales. La nacionalización de YPF, que al pareces es el objetivo de la señora Kirchner, no estaría ni de lejos a la altura de los modos y costumbres que hoy imperan en el mundo desarrollado, en donde el respeto a la propiedad privada resulta piedra angular de la confianza económica.

Sea como sea, el hostigamiento de las autoridades argentinas a YPF (compañía cotizada) y a Repsol, su empresa matriz, ha causado ya graves daños al grupo petrolero. La cotización bursátil se ha derrumbado con estrépito, de forma que la pretensión de adquirir “a precios de mercado” una participación que diera al Estado argentino el control de la petrolera, no deja de ser una cínica ironía. Esa táctica de amenazar, depreciar y luego adquirir a la baja un bien es sencillamente un chantaje, que no debería tener ni siquiera recibo en las relaciones entre dos países a los que se suponía estrechamente vinculados por lazos económicos actuales muy firmes. España ha sido el mayor inversor extranjero en Argentina durante muchos años y en el stock total de capital invertido a lo largo del tiempo, España ocupa la segunda plaza tras Estados Unidos, con unas 250 empresa de nacionalidad española censadas en el país. De las cifras se puede deducir fácilmente que el daño que se pueden causar ambos países es importante. O sea, que nadie saldrá ganando de una disputa por las bravas.

La disputa, en todo caso, ya ha comenzado con hechos y perjuicios tangibles. A estas alturas, y tras las suspensiones de permisos de explotación en varios yacimientos de varias provincias diferentes, YPF ha perdido alrededor del 20% de su producción tras serle arrebatados una serie de pozos de producción. En próximas fechas podrían ser suspendidos los derechos sobre varios permisos más, que elevarían el peso de la producción afectada hasta el 30% del total. La ofensiva parece que va a seguir en los próximos días si antes no hay una operación de mayor envergadura, como sería la nacionalización pura y simple de la filial de la compañía española. O si antes, como sería muy deseable, las partes se sientan a la mesa para discutir un buen acuerdo que sea útil para las dos partes. Las informaciones que Argentina ha facilitado sobre los motivos de su ofensiva para recuperar el control de su principal empresa, ahora en manos españolas, no han estado casi nunca claros. Los descensos de producción en los pocos del país obedecen en muchos casos al agotamiento técnico de las reservas probadas.

Otra cosa es que Argentina desee participar en los beneficios derivados de los nuevos hallazgos de YPF Repsol en los últimos meses, alguno de los cuales ha sido valorado en cifras superiores a los 200.000 millones de euros. Quizás en estas reservas de reciente alumbramiento se encuentran algunas de las motivaciones para este súbito e inexplicable ataque contra Repsol.

Written by Reggio's

Abril 13th, 2012 at 7:04 am

Posted in Derechos, Energía, Libertades

Tagged with

Tres trilemas, de Mariano Marzo en La Vanguardia

without comments

La demanda de energía en la economía se disparará en las próximas décadas de forma espectacular

Qué se atisba en el horizonte energético y cuáles son los principales desafíos que debemos encarar en las próximas décadas? Peter Voser, director ejecutivo de Royal Dutch Shell, considera que estos pueden agruparse en tres trilemas, cada uno de los cuales comprende tres retos íntimamente relacionados entre sí, de manera que no es posible tratar de resolver cada uno de ellos por separado, olvidándonos de los otros dos.

El primer trilema, el más conocido, es el de las “3 Es”. La sostenibilidad energética se dirime en tres frentes de batalla simultáneos. Coinciden con un triángulo con vértices definidos por la e de la economía, la e de la energía (o de seguridad de suministro) y la e de la ecología (o del medio ambiente-cambio climático). Lo aconsejable en política energética es buscar el baricentro de este hipotético triángulo. Si adoptamos medidas muy decantadas hacia uno de los vértices, corremos el riesgo de descuidar los otros dos frentes y perder la guerra. Esto quiere decir que debemos aspirar a un mix energético lo más limpio, barato y seguro posible. No nos podemos conformar con disponer de un suministro abundante y relativamente competitivo, pero medioambientalmente sucio. Sin embargo, tampoco resulta recomendable aspirar a un suministro limpio, a costa de descuidar la seguridad y/o los costes.

El segundo trilema se conoce como el de las “3 As” y deriva de las iniciales de las palabras inglesas availability (disponibilidad), accessibility (accesibilidad) y acceptability (aceptabilidad). El trilema nos dice que en materia energética no sólo cuenta que seamos capaces de encontrar nuevas fuentes, sino que también hemos de ser capaces de desarrollar la tecnología adecuada para aprovecharlas.

Finalmente, el tercer trilema se refiere al nexo existente entre las necesidades mundiales de energía, agua y alimentos, llamadas a crecer espectacularmente en las próximas décadas. El aumento demográfico y de la prosperidad global impulsará una mayor demanda de alimentos, cuya producción requerirá más agua. Paralelamente, cubrir las necesidades de agua y alimentos se traducirá en un mayor consumo energético: tratamiento, transporte, reciclado y desalinización del agua para su consumo… Por otra parte, resulta que la agricultura moderna es muy intensiva en energía ya que, entre otros productos, requiere el uso de grandes cantidades de fertilizantes procedentes de la transformación de los hidrocarburos fósiles, que, a su vez, demandan enormes volúmenes de agua para su producción y refino. Una tendencia que se reforzará más en el futuro, en la medida en que la extracción de hidrocarburos convencionales vaya siendo acompañada de un porcentaje creciente de petróleo y gas no convencionales… Así que ya ven, lo último que necesitamos en el debate energético es dejarnos llevar por las emociones. Hacen falta números y sobran adjetivos.

Mariano Marzo. Catedrático de Recursos Energéticos de la Universitat de Barcelona (UB).

Written by Reggio's

Abril 12th, 2012 at 7:15 am

Posted in Derechos, Energía, Libertades

Tagged with

La elusiva conciencia de la energía, de Emilio Trigueros en El País

without comments

LA CUARTA PÁGINA

Todavía no se ha dado el gran salto en la eficiencia energética global que permita limitar el calentamiento de la atmósfera en dos grados en el siglo XXI

El 31 de marzo se celebró la hora del planeta, una buena ocasión para revisar el estado de la lucha contra el cambio climático, un asunto alrededor del cual las opiniones tienden a polarizarse en los extremos. Para unos, la evolución del clima a varias décadas vista no puede predecirse con certeza; es imposible que las grandes potencias pacten un asunto económicamente tan complejo; además, la humanidad ya se adaptará al cambio cuando se agrave. Para otros, el planeta está abocado a catástrofes encadenadas, nuestro modo de vida supone una irresponsabilidad moral y las futuras generaciones se preguntarán “¿cómo podían seguir tan tranquilos con sus vidas?”. Quizás esos arquetipos generen una confusión excesiva e innecesaria: porque la cuestión climática es, ante todo, un asunto de ciencia y razón.

Merece la pena distinguir entre lo que ha sucedido y la ciencia explica sin incertidumbre, y lo que puede llegar a ocurrir y la ciencia pronostica, en un rango de probabilidades estimadas mediante modelos matemáticos sobre el pasado. Los hechos incuestionables son simples: las emisiones de CO2 provenientes de combustibles fósiles consumidos en actividades humanas se han triplicado desde 1965 hasta sobrepasar los 33.000 millones de toneladas anuales en 2010; en el mismo periodo, la concentración de CO2 en la atmósfera, medida con instrumentación directa desde 1960, ha aumentado desde 315 a 390 partes por millón (ppm); medidas de la concentración de CO2 en perforaciones polares han demostrado que ese nivel de 390 ppm está fuera del rango que ha existido en la atmósfera de la Tierra al menos en los últimos 650.000 años; el fundamento de que la estructura molecular del CO2 produzca un efecto invernadero está perfectamente determinado por la física teórica; la temperatura media del planeta subió cerca de 1°C en el siglo XX, más acusadamente en su segunda mitad; la superficie cubierta por la nieve en invierno está disminuyendo; el océano Ártico está perdiendo masa de hielo, igual que los glaciares de montaña; ha aumentado la frecuencia de sequías y huracanes. A pesar de todo, siempre puede dudarse: ¿Y si esas alteraciones climáticas simultáneas suceden por casualidad, y no debido a la mayor concentración de CO2? Quizás bastaría con responder: “¿Y por qué si no, qué otro fundamento primario del clima se ha alterado en el último siglo?” Pero hay más: el IPCC, un panel de científicos fundado por Naciones Unidas y la Organización Meteorológica Mundial, lleva 25 años compartiendo mediciones y modelos para determinar si, como parece intuitivo, existe esa causalidad así como para valorar qué futuro nos espera si las emisiones continúan aumentando ilimitadamente.

Las proyecciones del IPCC tienen en cuenta tanto factores amortiguadores del calentamiento que produce el CO2 (entre ellos, curiosamente, el efecto pantalla a corto plazo de la contaminación) como factores multiplicadores (la desaparición de masas de hielo aumenta la radiación solar absorbida por la superficie terrestre, por ejemplo); los modelos se ajustan periódicamente a series de datos actualizados. Las conclusiones del IPCC se establecen mediante consenso horizontal, un procedimiento que, de causar algún sesgo, parece creíble que sea hacia una búsqueda demasiado prudente del mínimo común denominador, más que hacia posiciones radicales. La conclusión más importante del IPCC es que, si las emisiones siguen acumulándose al ritmo de la última década, sabemos con certeza que existe un serio riesgo de llegar a un calentamiento medio de 6°C durante el siglo XXI.

¿Cómo es posible que, si se trata de un problema tan evidente no estemos haciendo nada, y permanezca lejano un acuerdo global? De entrada, es falso que no estemos haciendo nada; países relevantes han dado pasos relevantes. Alemania presentó, en noviembre de 2011, una estrategia nacional para minimizar el consumo de hidrocarburos en generación eléctrica. El plan comprende reducir sustancialmente la producción con carbón, triplicar la generación eólica, construir miles de kilómetros de nuevas líneas eléctricas o financiar investigaciones piloto sobre almacenamiento de electricidad. China, en el nuevo plan quinquenal de marzo de 2011, ha establecido el objetivo de reducir drásticamente el consumo energético que requiere su crecimiento económico: las medidas incluyen desde el cierre de fábricas ineficientes hasta las subvenciones para la compra de los automóviles de menor consumo. Incluso Estados Unidos, tras décadas de inacción, ha fijado estándares de emisiones de CO2 en vehículos fabricados desde 2011, y muchos gobiernos estatales han impuesto a sus empresas eléctricas metas obligatorias de inversión en energías renovables.

Detrás de esas políticas, hay una confluencia entre sentido medioambiental y sentido económico: el precio del petróleo y el carbón se ha quintuplicado en diez años, y la dependencia de sus inestables mercados globales supone un riesgo permanente de shocks e inflación para los países importadores. Según proyecciones de la Unión Europea, el peso de la factura energética se elevará desde el actual 10% del PIB mundial hasta el 15% en las próximas décadas, prácticamente con independencia de que se invierta más en tecnologías convencionales o alternativas, puesto que todas las vías serán más caras que en el pasado. “Ya no existe conflicto entre economía y ecología”, ha resumido recientemente el ministro alemán de Medio Ambiente.

¿Hasta dónde podemos llegar, con las iniciativas en marcha? Según las previsiones de la Agencia Internacional de la Energía (IEA), si los planes políticos recientes se cumplieran, las emisiones globales de CO2 prácticamente se estancarían a partir de 2020: el calentamiento global en el siglo XXI alcanzaría entonces unos 4°C, frente a los 6°C que supondría la pura continuación de las opciones del pasado.

Recorrer el camino que falta para limitar el calentamiento medio de la Tierra a unos 2°C, objetivo de Copenhague, requerirá, según el análisis de escenarios de la IEA, un gran salto global en la eficiencia energética, que podría alcanzarse con la implementación universal y estricta de políticas conocidas: progresiva limitación de emisiones en motores de transporte; extensión de una tasa fiscal a la emisión de dióxido de carbono que aumente la rentabilidad industrial de invertir en equipos que ahorren energía; estándares rigurosos en nueva edificación e incentivos a las reformas en viviendas existentes (o la obligatoriedad por ley: se empieza a hablar de una “ITV” para casas antiguas). El amplio debate sobre estos asuntos que se observa en círculos políticos (objetivos 2020 de la Comisión Europea) y empresariales (BP o Exxon abogan por un impuesto mundial al CO2) choca con cierto desinterés ciudadano, al menos en países como España. ¿Por qué esta falta de atención, cuando una familia media gasta fácilmente unos tres mil euros al año en energía (luz, calor y movilidad)? Quizás encender un interruptor o arrancar el coche resultan actos tan cotidianos que es difícil concebir que han provocado una alteración planetaria; tampoco ha ayudado la tendencia de los gobiernos a usar la energía como arma política y paradigma de supuestamente exitosas políticas liberalizadoras (aquello de “con nosotros baja la luz”). Evolucionar desde la aspiración imposible a una energía cada vez más barata hasta la era de la energía inteligente y sostenible implicará algo más que palabras bienintencionadas sobre una buena causa. Las empresas eléctricas, percibidas a veces como parte del problema, pueden serlo también de la solución: las eléctricas británicas, por ejemplo, financian al cliente mejorar los aislamientos de su vivienda a cambio de una parte del ahorro conseguido en gasto de calefacción. En cuanto a los ciudadanos, podemos enrocarnos en el escepticismo de que nuestras decisiones personales tienen un impacto infinitesimal en el clima: pero en los asuntos a que prestamos atención y en nuestras modestas decisiones al elegir un coche o una caldera también se juega el tipo de sociedad que creamos, y en la que creemos. Ahora que aspirar a vivir individualmente mejor que la generación anterior se ha transformado en una utopía, quizás resulte que dejar un mundo mejor a la siguiente sea lo que sí tiene sentido. Esforzarnos por conservar estable la atmósfera del planeta donde tuvimos la suerte de crecer como especie, hasta poder concebirnos como humanidad, es una de las formas de hacerlo.

Emilio Trigueros es químico industrial y especialista en mercados energéticos.

Written by Reggio's

Abril 11th, 2012 at 7:18 am

Posted in Derechos, Energía, Libertades

Tagged with

Dos problemas globales, de Ferran Requejo en La Vanguardia

without comments

Se calcula que hasta las primeras décadas del siglo XIX, la madera cubría el 90% de la demanda energética global. Posteriormente, la mejor eficiencia del carbón, hoy muy criticado, con razón, como contaminante, permitió aumentar el bienestar de los países más ricos. El siglo XX fue el del petróleo y productos derivados (más de 70.000 productos). Hacia 1950, su consumo ya había superado el del carbón. Ha representado otro aumento de bienestar para las sociedades ricas –inicialmente también en términos ecológicos con respecto al transporte de tracción animal–. Durante el siglo pasado, la energía por cápita se multiplicó por cuatro. Y sigue creciendo.

¿Qué es previsible que nos depare el futuro en términos de energía a escala global? La Comisión Europea (datos del 2010) constata que entre el petróleo (33,1%), el carbón (27,2%) y el gas natural (20,9%), las energías fósiles representan más del 81% del consumo mundial. A continuación se sitúan la biomasa (9,7%), la energía nuclear (5,8%), la hidroeléctrica (2,3%) y “otros” (1%). Varias estimaciones establecen que, con China e India al frente, en el año 2030 habrá un incremento de la demanda de energía del orden del 60% con respecto al año 2000 (los países en desarrollo supondrán más del 50% de la demanda).

Hay que encontrar respuestas al triángulo perverso formado por el crecimiento demográfico (se prevén 9.000 millones de habitantes en el año 2050), el desarrollo de la mayoría de países y las principales fuentes de energía. Nos enfrentamos, no a unproblema global, sino a dos. Por un lado, el agotamiento probable de energías fósiles (petróleo) a lo largo del siglo –aunque no hay cifras definitivas fiables–y por otro, los efectos climáticosyde salud de un excesivo efecto invernadero. Este último podría aumentar si, con el calentamiento global, se liberara el metano que permanece bajo algunas superficies heladas del planeta (el metano tiene unas 23 veces más impacto que el anhídrido carbónico).

Sin embargo, no hay que confundir conceptos cuando se habla de posibles soluciones. Cuando se habla de temas energéticos hay que distinguir, por ejemplo, entre las nociones de ecología, sostenibilidad y no contaminación. Un producto puede ser ecológico sin ser sostenible. Por ejemplo, hay alimentos llamados ecológicos (carne, cereales, etcétera) que utilizan más agua y energía –menos sostenibilidad que los alimentos producidos por tecnologías estandarizadas–. Por otra parte, en la sostenibilidad y la contaminación ambiental hay una dimensión social (pobreza global) que tiende a ocultarse. Según la FAO, unos 2.400 millones de habitantes del planeta, los más pobres, obtienen energía de una forma a la vez sostenible y contaminante (biomasa de madera, residuos, etcétera).

Ante esta situación, la apuesta por energías renovables –aquellas que se obtienen de fuentes prácticamente inagotables– y que al mismo tiempo no sean contaminantes resulta una apuesta inteligente. Es el caso de la energía solar, la eólica, la de las mareas, la geotérmica, etcétera. Pero con los números de la demanda y del consumo energéticos globales en la mano resulta ser una apuesta residual. Resulta conveniente cambiar hábitos de la población, promocionando una cultura de autoconciencia ecológica (incentivar el consumo de productos locales que eviten la contaminación por el transporte; las políticas de reutilización y reciclaje, etcétera). También hace falta una mejora de la eficiencia energética y una disminución de los residuos. Pero incluso con las mejores hipótesis en estos factores seguimos sin dar respuestas factibles de futuro. Por otra parte, apelar a un “reequilibrio” de los usos energéticos entre el primero y el tercer mundo, o postular estilos de vida con decrecimientos económicos permanentes, etcétera, apesar de las buenas intenciones, no resultan posiciones realistas. Ni los humanos, ni la lógica productiva están hechos así.

Parece que la respuesta al triángulo perverso anterior tendrá que llegar de la mano de la ciencia y la tecnología. ¿Fotoelectricidad cuántica? ¿Hidrógeno? Este último es muy abundante. Pero al no ser una materia prima se tiene que obtener de otros combustibles, por lo que su carácter “alternativo” depende de cómo se obtenga. Y actualmente más del 90% se obtiene de combustibles fósiles. O sea que, de momento, por ahí no salimos del triángulo. Convertir la fusión nuclear en técnicamente operativa sería una gran noticia. El proceso presenta problemas dadas las altas temperaturas necesarias para fusionar los isótopos de hidrógeno –confinados en un plasma entre campos magnéticos, pero es una línea a investigar. Quizás la tecnología láser podría utilizarse en la fusión de residuos de las centrales nucleares de fisión. Impulsar proyectos como el ITER tienen un claro sentido.

Pero aparte de algunos proyectos de este tipo, los estados y las empresas no han respondido decisivamente a esos dos problemas globales: el energético y el ambiental. Los principales actores mundiales en la práctica sólo simulan que el tema está en la agenda. Los esfuerzos en I+D+i en el campo de la energía y de la sostenibilidad tendrían que ser mucho más intensos y coordinados a escala internacional. El problema es colectivo y siempre será más fácil encontrar soluciones colectivamente. La nanotecnología tiene aquí algo que decir. Pero en términos generales, los dirigentes políticos, Obama incluido, están actuando infantilmente, fingiendo que las cosas no son demasiado graves. Pero lo son. Las generaciones futuras podrían saberlo sin salir de casa.

Ferran Requejo. Catedrático de Ciencia Política en la UPF

www.ferranrequejo.cat

Written by Reggio's

Marzo 30th, 2012 at 7:17 am

Posted in Derechos, Energía, Libertades

Tagged with

Subida con trampa, de El Editorial de El País

without comments

EDITORIAL

El alza anunciada de la luz carga el coste principal del déficit de tarifa sobre el consumidor

El ministro de Industria, José Manuel Soria, ha anunciado una subida de la tarifa eléctrica de entre el 5% y el 7% en abril, apoyado en las sentencias judiciales que obligan a una revisión de los precios para cumplir con el compromiso de reducir el déficit de tarifa. Soria no ha explicado si las cantidades mencionadas son medias o si responden a algún tipo de discriminación en función de los mercados industrial y doméstico, con el fin de no encarecer en demasía el coste energético de la producción industrial. Pero sí ha repetido hasta la saciedad que el aumento proyectado del precio de la luz es “una subida moderada”, parte de una estrategia bien meditada de reparto de las obligaciones generadas de déficit de tarifa, en torno a 5.000 millones anuales.

Pero el caso es que la subida ni es moderada ni reparte el déficit generado entre los consumidores y las empresas. Difícilmente puede ser moderado un encarecimiento de la luz del 7% en una economía que tiene más de cinco millones de parados y que a finales de este año serán casi seis millones. Pero la objeción principal contra la decisión de Industria, si finalmente se lleva a cabo en los términos anunciados, es que tiene truco. Una subida del precio final de la electricidad de un 7% equivale hoy a una subida de los peajes del 21%, una vez integradas las variaciones de todos los costes. Y esa, el 21%, es la subida real. Con tal decisión, el consumidor soportará en torno a los dos tercios del sacrificio del déficit de tarifa. El efecto para el consumidor será ahora de una subida del 7%, pero cuando la próxima subasta determine aumentos de precios de la energía y estos se sumen al espectacular encarecimiento de los peajes, el impacto será muy superior.

A las empresas (Iberdrola, Gas Natural y Endesa) apenas les quedará otra contribución que algún ajuste cosmético. El hiperactivo ministro anuncia una rebaja “ligera” en los pagos por capacidad, pero conviene recordar que el “pago por capacidad” es un artificio rebuscado inventado para extraer más dinero de la regulación y, por tanto, debería desaparecer sin más. En todo caso, por más onerosos que sean tales retoques, nunca se aproximarán al coste que pagarán los usuarios. Es más, un cálculo somero informa de que otra subida similar a comienzos de 2013 (incluso inferior), aprovechando el descenso estacional de los precios de la subasta, termine casi definitivamente con el déficit anual generado. Pero eso sí, a costa de los ciudadanos, cuyas rentas se ven reducidas por la compresión que sufren los salarios, las subidas de impuestos y el crecimiento del paro.

El caso de las tarifas de Soria es un ejemplo más de la interesada ceremonia de la confusión que practica el Gobierno. Mientras se anuncia un reparto equitativo de los costes de la recesión e incluso algún alto cargo simula un enfrentamiento con las compañías eléctricas, se toman decisiones en la práctica muy gravosas para los ciudadanos. Esto se llama teatro o tongo.

Written by Reggio's

Marzo 29th, 2012 at 7:20 am

Posted in Derechos, Energía, Libertades

Tagged with

La amenaza del petróleo, de Nouriel Roubini en Expansión

without comments

OPINIÓN

La frágil economía global se enfrenta a numerosos riesgos: el de otra recaída en crisis de la eurozona; el de una ralentización peor a lo esperado en China; el de que la recuperación en EEUU acabe fracasando (una vez más). Pero ninguna amenaza es tan seria como la que representa el reciente repunte de los precios del crudo.

En 2011, el precio del Brent estaba por debajo de los 100 dólares; hace poco, superó los 125 dólares. Los precios de la gasolina en EEUU siguen subiendo, lo que inevitablemente afecta a la confianza de los consumidores, y seguirán aumentando por la demanda de las vacaciones estivales. El motivo de este repunte está en el miedo. Por el momento, el suministro de petróleo es abundante y la demanda en EEUU y Europa ha sido inferior en los últimos años porque los ciudadanos utilizan menos el coche; además, el crecimiento del PIB en EEUU y en la eurozona es nulo o negativo. Explicado de forma concisa, la amenaza de un conflicto militar entre Israel e Irán ha creado una “prima de miedo”.

Las últimas tres recesiones globales (anteriores a 2008) fueron causadas por motivos de índole geopolítica en Oriente Medio, que provocaron un fuerte repunte de los precios del petróleo. La guerra del Yom Kippur de 1973 entre Israel y los estados árabes desencadenó en una estanflación global (recesión e inflación) en 1974-1975. La revolución iraní de 1979 causó el mismo efecto entre 1980 y 1982. Y la invasión de Kuwait por Irak en el verano de 1990 generó una recesión global entre 1990 y 1991.

Aunque la posibilidad de que la amenaza de Israel de atacar las instalaciones nucleares iraníes se materialice en un conflicto militar abierto todavía sea leve, comienza a aumentar. La reciente visita del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, a EEUU ha puesto de relieve que la mecha de Israel es mucho más corta que la de EEUU. La actual guerra de declaraciones se está recrudeciendo, al igual que la supuesta guerra encubierta entre Israel y EEUU e Irán. Irán, cada vez más acorralada, a medida que los efectos de las sanciones (incluida la decisión de la UE de frenar sus importaciones de crudo) comienzan a notarse, podría reaccionar incrementando la tensión en el Golfo. Podría incluso hundir un par de barcos para bloquear el estrecho de Ormuz, o dispersar sus agentes en la región, lo que incluye fuerzas chiítas pro-iraníes en Irak, Bahrein, Kuwait y Arabia Saudita, Hezbollah en Líbano y Hamas y la yihad Islámica en Gaza.

Los últimos ataques a embajadas israelíes en el mundo parecen ser muestras de la reacción iraní a la guerra encubierta que se libra contra el país, y al endurecimiento de las sanciones, que agravan los efectos de la deficiente gestión económica del régimen. De igual modo, la reciente escalada de los choques fronterizos entre Israel y militantes palestinos con sede en Gaza podría ser anticipo de lo que está por venir.

Nuevo intento

Durante las próximas semanas podrían reducirse las tensiones, cuando EEUU, Francia, Alemania, Reino Unido, China y Rusia intenten una vez más evitar que Irán siga adelante con sus planes nucleares. No obstante, si fracasa la iniciativa, algo probable, no se puede descartar que en verano Israel y EEUU lleguen a un acuerdo y recurran al uso de la fuerza para frenar a Irán.

Aunque Israel y EEUU siguen discrepando en algunos aspectos, ambos coinciden en objetivos y planes. Lo más importante es que EEUU ahora rechaza una política de contención (utilizar una estrategia disuasoria), por lo que, si las sanciones y las negociaciones no logran resultados, el ejército de EEUU tendrá que intervenir en Irán.

Si los tambores de guerra repican más fuerte este verano, los precios del petróleo podrían subir hasta un punto que provoque una desaceleración del crecimiento global y de EEUU, e incluso una recesión si estalla un conflicto militar, lo que haría subir los precios por las nubes.

Por si fuera poco, las tensiones geopolíticas que afectan a Oriente Medio no se han relajado y podrían intensificarse. Aparte de la incertidumbre sobre el desarrollo de los acontecimientos en Egipto y en Libia, ahora Siria está al borde de la guerra civil y fuerzas radicales pueden llegar a imponerse en Yemen, lo que afectaría a la seguridad de Arabia Saudí. Sigue habiendo preocupación por las tensiones políticas en Bahrein y en la provincia oriental de Arabia Saudí rica en petróleo, y potencialmente incluso en Kuwait y Jordania, todas zonas con grandes poblaciones chiítas y otros grupos desestabilizadores.

Ahora que EEUU ha abandonado Irak, las tensiones entre las facciones chiítas, sunitas y kurdas no favorecen un aumento de la producción de petróleo en el país. También está el conflicto palestino-israelí y las tensiones entre Israel y Turquía. Además, Afganistán y Pakistán también son puntos conflictivos.

El petróleo ya ha superado con creces los 100 dólares el barril, pese al débil crecimiento económico en los países avanzados y en muchos mercados emergentes.

La prima de miedo podría hacer que los precios experimenten un fuerte repunte, con independencia de si se produce o no un conflicto militar, y si lo hay, éste podría desencadenar una recesión global.

Nouriel Roubini. Presidente de Roubini Global Economics y profesor de Economía en la Escuela Stern
de Negocios en Nueva York.

© Project Syndicate

Written by Reggio's

Marzo 23rd, 2012 at 7:11 am

Posted in Derechos, Energía, Libertades

Tagged with

El informe de la CNE, Carlos Sebastián en Cinco Días

without comments

El informe que acaba de publicar la Comisión Nacional de Energía (CNE), indebidamente al parecer, parte de varias premisas erróneas que restan validez al conjunto del mismo. Se resumen en dos:

El objetivo de las medidas que proponen es reducir y acabar eliminando el llamado déficit tarifario, en cuya naturaleza no entran. Si reconocieran que ese déficit virtual es la diferencia entre los precios con los que se retribuye la venta de energía y unos costes estimados muy superiores al coste marginal de producirla (por la incorrecta imputación de los costes de producción de origen hidroeléctrico y nuclear), las propuestas para reducir el supuesto déficit tendrían que empezar por redefinirlo, lo que llevaría a una muy sustancial reducción del mismo.

La apelación, para cargarse de razón, a que la energía eléctrica es más cara en España que en la UE y está atentando contra la competitividad del sistema no se corresponde con la realidad. España tiene un problema de intensidad energética excesiva (o, si se quiere, de ineficiencia energética relativa) y no de nivel relativo de precios y tarifas. Se podría argumentar incluso que el menor nivel relativo (considerablemente menor) de las tarifas hasta 2004 ha podido ser una de las causas de esa ineficiencia energética. Desde 2004 la diferencia en el nivel de las tarifas se ha reducido, pero no es cierto que en España sean más caras. También, por cierto, se han reducido algo las diferencias en eficiencia energética.

Para ilustrar el segundo punto, respecto del que se suele esgrimir una información parcial, utilicemos datos de Eurostat y consideremos por separado la tarifa de electricidad de uso industrial de la domestica. En ambos tipos los precios dependen del volumen de consumo. Para consumidores industriales grandes (un consumo entre 70.000 y 150.000 MWh al año), la tarifa española (sin IVA) está por debajo de la media de la UE-15, es el 70% de la alemana y menor, además, de la que se da en Italia, Reino Unido, Dinamarca, Holanda y Bélgica. En consumidores industriales pequeños, la tarifa española (sin IVA) está en la media de la UE-15, es el 82% de la alemana y menor además de la que hay en los países anteriores excepto Reino Unido. Con datos homogéneos (empiezan en 2007) ambas crecieron en España un poco más que en Europa hasta 2009, pero no desde entonces. Y con datos no estrictamente comparables, la impresión que se tiene es que entre 2004 y 2007 crecieron más en España que en la UE-15, pero en 2011 siguen estando en la media o por debajo.

En la tarifa doméstica, para consumidores grandes (un consumo mayor de 15.000 kWh anuales), el precio final (con IVA) es en España menor a la media de la UE-15 y es el 66% del de Alemania y menor además de los que se dan en Italia, Dinamarca, Holanda, Bélgica, Suecia, Austria y Grecia. Si se tiene en cuenta la capacidad adquisitiva (precios PPP), para estos consumidores el precio español está en la media, es el 74% del de Alemania y es menor además que los de Italia, Dinamarca, Portugal y Grecia. Para consumidores pequeños, el precio final español está por encima de la media aunque es todavía el 92% del de Alemania. Pero si lo medimos en PPP, es un 3% mayor. Es en esta categoría de consumidores domésticos pequeños en la única en la que se puede defender que la electricidad española es más cara que en la mayoría de la UE. Pero no para consumidores domésticos grandes ni para consumidores industriales.

Por tanto, en ningún sentido se puede argumentar que el coste de la electricidad drena competitividad al sistema productivo español. Sí la drena la baja eficiencia energética (como lo hace la baja productividad de los factores productivos en general). Según datos de la AIE, en 2006 España era uno de los países de la UE-15 con mayor intensidad energética en su sistema productivo (excluido los transportes), solo superado por los fríos Finlandia y Suecia y el ineficiente Portugal. Y, además, en España es donde más aumentó esa ineficiencia entre 1991 y 2005. Y, para completar la imagen, el despilfarro energético del sistema de transportes español es bien conocido. Todo eso sí que drena competitividad y no las tarifas eléctricas a pequeños consumidores domésticos.

Manteniendo una definición muy discutible del déficit tarifario y manipulando las estadísticas europeas, la CNE hace una serie de propuestas, una de ellas contra la energía termosolar. Hay muchos argumentos contra ese ataque. Primero, la imagen de inseguridad jurídica al actuar, se vista como se vista, con carácter retroactivo, en un momento en el que España tiene un grave problema de imagen de país poco fiable; segundo, no habiendo ninguna duda de que la energía termosolar estará entre las apuestas del futuro y siendo así que las empresas españolas son hoy líderes tecnológicos en este sector (algo no muy frecuente en otros) se les ataca, reduciendo su capacidad de avanzar en el desarrollo de estas tecnologías; tercero, como pone de manifiesto un reciente informe realizado por Deloitte, los proyectos termosolares tienen efectos positivos a corto y medio plazo sobre el déficit público y sobre el empleo (dos graves restricciones globales en el corto y medio plazo).

Carlos Sebastián. Catedrático de Fundamentos del Análisis Económico de la Universidad Complutense.

Written by Reggio's

Marzo 15th, 2012 at 7:07 am

La tercera bomba atómica, de Fernando Sánchez Dragó en El Mundo

without comments

OTRAS VOCES: ANIVERSARIO DE FUKUSHIMA

El terremoto de Fukushima me pilló en Bangkok, con un coche a la puerta para ir a Pattaya. Antes de salir consulté elmundo.es y supe del cataclismo. Mi mujer estaba en Kioto y yo tenía que reunirme con ella tres días después. Puse la tele y, mirándola de reojo, escribí a porta gayola una primera crónica, que lo fue de oídas y de leídas, no de vividas.

¡Extraña coincidencia! Escribo esto el día del primer aniversario del terremoto en un hotel de Phnom Penh. En cuanto lo termine saldré en coche hacia Pattaya.

Quise cambiar el billete. No fue posible. Me resigné. En la ciudad mencionada, durante setenta y dos horas de tensión, frente por frente de un mar en inquietante calma, seguí buceando en internet, mirando la tele y escribiendo crónicas.

Aterricé, por fin, en Osaka, me detuve un par de días en Kioto y al tercero subí a Tokio. Mi mujer me dijo que estaba loco, se enfadó, me llevó en coche a la estación y se negó a besarme.

Llegué dos horas después a mi punto de destino. En él no pasaba nada relevante, aunque todo transcurría al ralentí. Menos gente en las calles y casi ninguna, ya de noche, en los barrios de frufrú. Los gaiyin se habían largado, pero los japoneses seguían en sus puestos y la vida seguía como si tal cosa. Nada de particular habría percibido un viajero que llegase ese día a la ciudad sin saber lo que a no muchos kilómetros de ella había sucedido.

De todo ello seguí dando cuenta, junto a David Jiménez, en este mismo periódico. Nuestros colegas, con pocas excepciones, también habían puesto pies en polvorosa, lo que no fue óbice para que siguieran informando. ¿Era eso información?

Ni quedaba ni queda.

El Día de Difuntos, no sé si por casualidad o a impulsos del subconsciente, viajé de nuevo a Tokio y permanecí en esa ciudad hasta mediados de noviembre. Me impresionó la recuperación económica que se palpaba en sus calles. Todo volvía a estar lleno de gente cargada de bolsas que parecían el cuerno de la abundancia. No cabía un alfiler en ninguna parte. Los escaparates centelleaban. Millones de muchachas vestidas como si fueran a un desfile de modelos alegraban las calles, los pasillos de los grandes almacenes y los lugares de chicoleo. Había más frufrú que nunca en los barrios que habían apagado sus luces en los días que siguieron al terremoto.

Resumiendo: el consumo, pieza básica en la prosperidad del país más consumista de la tierra, volvía por sus fueros.

Pensé, una vez más, que allí, fuera de Fukushima, en apariencia, no había pasado nada.

En apariencia, digo, porque hablé con mucha gente en esas seis semanas del otoño y llegué a la conclusión de que no cabía confundir la recuperación económica a la que antes he aludido con la psicológica. Algo había cambiado, quizá para siempre, en el ánimo de los japoneses, en su carácter, en su filosofía, en su manera de evocar el pasado, vivir el presente y encarar el futuro.

Ese algo era sutil, etéreo, transparente. No se percibía con facilidad. Contaba yo, para salvar ese obstáculo, con alguien -mi mujer- que minuto a minuto me iba traduciendo lo que mis interlocutores decían.

Los japoneses, ya se sabe, consideran de mala educación -peor aún: es una falta de respeto al prójimo- manifestar sus sentimientos, así sean éstos de alegría. Tanto más cuando lo son de pesadumbre.

Pero también, si se les tira de la lengua, son parlanchines. Y así, hurga que te hurga, forzando el proverbial hermetismo de su raza, fui dándome cuenta de que los japoneses -no todos, por supuesto- han perdido la confianza en el futuro de la sociedad que con asombroso tesón y audacia levantaron sobre las cenizas de la derrota bélica y entre los restos del naufragio de sus más arraigadas tradiciones y singulares convicciones.

Vivían hasta ahora en un mundo aparentemente feliz, en una burbuja freixenet, en un pulmón artificial, en un centro de cuidados intensivos, en una megalópolis de rascacielos morales, y no sólo arquitectónicos, a prueba de seísmos.

Esa disneylandia, esa utopía, esa isla de Nunca Jamás, ese jardín del Edén, ese futuro, se ha venido abajo. El tsunami de Fukushima no sólo devastó el litoral de las sendas de Oku que, haiku a haiku, recorriese Basho, sino también las conciencias, acunadas y adormecidas por la molicie de los años de bienestar, de quienes creían, como su cuasi paisano Fukuyama, que la historia, en Japón, había terminado debido al advenimiento de la Edad de Oro.

Es sólo un detalle, pero… He podido comprobar, hablando con las gentes de a pie (el peluquero de mi mujer, por ejemplo, y el chico de los recados que en su motocicleta me traía sushi), que radio macuto propala ahora en Japón toda suerte de bulos relativos a las amenazas que se ciernen sobre el país y que de un momento a otro lo pondrán en jaque.

Los japoneses, por extraño que parezca en una sociedad de tecnología tan avanzada como la suya, son muy supersticiosos. Basta con pasear al anochecer por Ginza, que es la Quinta Avenida de Tokio y el cesto de muchas Grandes Manzanas, para comprobarlo. Videntes y echadoras de cartas, sentadas en minúsculos tenderetes de incierta y rojiza luz, y acurrucadas contra las paredes de las moles de hormigón, atienden en susurros a las personas que frente a ellas, en fila india, esperan turno.

Las especies difundidas en la Red de leyendas urbanas a la que antes me he referido son dignas de Nostradamus y carecen de fundamento, pero escenifican la zozobra que encrespa el mar interior de los japoneses.

Es lógico que así sea. Tres bombas atómicas -la de Fukushima, arrojada por madre natura, también lo ha sido- no caen en vano, y menos aún si lo hacen cuando el recuerdo del horror de las dos primeras, tan cercanas en la geografía y en el tiempo, no se ha desvanecido. A Japón, y sólo a él, le ha tocado esa china. Verdad es que ningún otro pueblo sobrelleva las calamidades con la entereza, la dignidad y la voluntad de resurrección con la que él lo hace, pero aun así…

Lo peor, además, podría estar por venir. No son infundios alarmistas de radio macuto, sino severas previsiones de sismólogos, las que anuncian la elevada probabilidad de que en el próximo lustro otro terremoto de fuerza similar o superior al de Fukushima sacuda toda la zona metropolitana de Tokio, su alfoz y el litoral que desde la antigua Edo llega hasta la ciudad costera de Shizuoka, al pie del Monte Fuji, en la que tiene su sede, para que en ese escenario apocalíptico no falte de nada, una de las primeras centrales nucleares que se construyeron en el país.

¿De dónde saldrá entonces el flujo de megavatios que el colosalismo industrial del país necesita para que sus motores no se apaguen poniendo fin con ello al sueño de comodidad y prosperidad concebido por quienes hace medio siglo lo apostaron todo a ese tipo de energía?

¿Nucleares sí? ¿Nucleares no? That is the question y el principal dilema que antes de que cante el gallo de una posible crucifixión sísmica deben resolver, así sea con la espada con la que Alejandro cortó el nudo gordiano, los habitantes del país del Sol Naciente, que podría derivar, si el Fuji estalla, a Sol Poniente.

No es, por desgracia, hipérbole. Habría que evacuar, caso de que ese futurible dejara de serlo, a más de treinta millones de personas. ¿Cabría hacerlo?

¡Ojalá nunca ponga Amaterasu en semejante brete a sus amados súbditos!

Pero el anverso de la desesperación tiene siempre un reverso de esperanza. Si Japón renuncia a la energía nuclear, no tendrá más remedio que deponer la idolatría del American way of life que desde la llegada de MacArthur hizo suya y reactivar las tradiciones de armonía, respeto, calma y pureza (esos son los ideogramas -wa, kei, yaku, sei- de la ceremonia del té) que el zen propagó, Basho cantó, el bushido codificó y Mishima, en vano, intentó rescatar.

Que así sea.

Fernando Sánchez Dragó es escritor y columnista de EL MUNDO.

Written by Reggio's

Marzo 13th, 2012 at 7:14 am

Load time improved by PHP Speedy Load time improved by PHP Speedy