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Seguridad sostenible, de Mariano Marzo en La Vanguardia
TRIBUNA
La preocupación por la seguridad energética y el cambio climático están desatando una oleada de iniciativas políticas e inversiones en todo el mundo que alterarán profundamente la forma en que hoy gestionamos y usamos la energía. Las empresas que sean capaces de adaptarse y beneficiarse de esta nueva realidad aumentarán su resiliencia y competitividad. Y las que no lo hagan podrían pagar un alto precio. Al menos eso es lo que dice un estudio sobre riesgos patrocinado por Lloyd´s, una compañía líder en el mercado internacional de seguros.
El informe (Sustainable energy security. Strategic risks and opportunities for business), dirigido por miembros de la institución británica Chatham House, constata que la sociedad moderna ha sido construida sobre la base de la disponibilidad a precios muy asequibles de grandes cantidades de combustibles fósiles (carbón, gas y petróleo). Sin embargo, tres factores convierten hoy en obsoleto este modelo: el creciente consumo de energía por las economías emergentes, las múltiples limitaciones que perturban la producción de combustibles convencionales y el hecho ampliamente aceptado internacionalmente de que la liberación deCO a la atmósfera conduce al caos climático.
No hay duda: la dinámica del mercado y los factores ambientales hacen inviable que en el futuro las empresas puedan seguir dependiendo de las baratas fuentes de energía tradicionales. Resulta imperativo iniciar sin más dilación el tránsito hacia una economía baja en carbono, aunque durante el recorrido habrá que saber afrontar la previsible volatilidad de los precios de los combustibles fósiles, así como otro tipo de riesgos. Estos últimos hacen que la seguridad energética constituya un objetivo indisociable al de reducir las emisiones contaminantes de CO y otros gases de efecto invernadero. Las empresas deben prepararse para afrontar este doble reto sin priorizar un objetivo sobre el otro. Estamos hablando de un nuevo concepto: el de la seguridad energética sostenible.
¿Cuáles son los riesgos que según Lloyd´s justifican el aumento del protagonismo del tema de la seguridad energética? Por razones de espacio citaré tan sólo dos. El primero es que China y las economías asiáticas en crecimiento tienen un papel cada vez más agresivo en los mercados internacionales de materias primas, lo que acabará teniendo un serio impacto sobre la cadena mundial de suministros de los combustibles fósiles, así como de algunos metales estratégicos, como las tierras raras, imprescindibles para la manufactura de ciertos componentes esenciales para las nuevas tecnologías energéticas. El segundo es que carbón, gas y petróleo se enfrentan a graves limitaciones de la oferta y parece probable que a corto o medio plazo asistamos a una crisis de abastecimiento de petróleo, lo que tendría serias consecuencias sobre la forma como hoy funcionan las empresas.
Si estas líneas han despertado su curiosidad les recomiendo la lectura completa del informe (pueden encontrarlo en http:// www. chathamhouse. org. uk/ publications/ papers/ view/-/ id/ 891/). En el no sólo se habla de riesgos, sino también de oportunidades de negocios y de la “tercera revolución industrial”.
Mariano Marzo Carpio es catedrático de Recursos Energéticos en la Facultad de Geología de la Universidad de Barcelona.
Más madera para la factura energética, de Primo González en República de las ideas
La enorme bola que se está formando en España con los precios energéticos acaba de proporcionar un nuevo imprevisto, aunque sólo relativo. Gas Natural tendrá que pagar las diferencias de precios atrasadas (tres ejercicios) a Sonatrach, la empresa argelina del gas natural, como consecuencia del dictamen de un árbitro internacional que había sido requerido por ambas partes para resolver una disputa que viene de atrás. La empresa española no había reconocido las actualizaciones de precios del gas natural que suministra Sonatrach, actualizaciones al alza, se entiende. Y ahora parece que tendrá que pagar de golpe unos 1.500 millones de euros porque así lo estima conveniente el árbitro del contencioso, la Corte de París, una institución que estudia casos de este tipo y que ha resuelto en numerosas ocasiones disputas en las que han intervenido empresas españolas.
Los 1.500 millones de euros que Gas Natural ha de pagar a su proveedor argelino significan, de cara a los consumidores finales de energía, dos cosas. Por un lado, que de inmediato la empresa gasista debería actualizar sus tarifas al alza para no incurrir en nuevos desencuentros con su proveedor argelino. Segundo, que deberá hacer frente al pago de estos atrasos y financiarlos de la única forma posible, es decir, repercutiéndolos en la tarifa final de los usuarios. Los costes de la energía final para los consumidores españoles ven de esta forma abrirse un nuevo frente, que se suma al ya complejo e irresuelto asunto de las tarifas eléctricas.
Bien es verdad que en este caso del gas natural la responsabilidad del Gobierno parece escasa, por no decir que nula, aunque siempre cabe mencionar, tratándose de cuestiones tocantes a nuestras relaciones con Argelia, que nuestros vecinos del Mediterráneo suelen aplicarnos unas tarifas, se trate de lo que se trate, ajustadas al estado de nuestras relaciones con el asunto del Frente Polisario saharaui. Cuanto más comprensiva es la actitud española hacia Marruecos en este tema, más dificultades erizan nuestras relaciones económicas con Argelia.
Es una relación de trío bastante compleja en la que se mezclan negocios y política y en la que España suele salir trasquilada en la mayor parte de las ocasiones en las que aparecen las fricciones. La actual efervescencia en torno a las fronteras de las dos ciudades españolas del Norte de África tiene lecturas diversas y si de ella se deriva una mayor dureza española con el Frente Polisario para contentar a Marruecos, los conflictos con Argelia se multiplicarán. Hay que tener en cuenta que Argelia es un proveedor privilegiado de España en materia energética, ya que este país nos suministra una tercera parte del gas natural que consumimos, lo que sitúa a las relaciones entre los dos países en un plano estratégico muy sensible.
Esta nueva factura del gas se suma a la puramente eléctrica, que sigue acumulando déficit año tras año. Se acaba de conocer el denominado déficit de tarifa del primer semestre del año en curso, cuya suma asciende a 2.200 millones de euros. Se preveía que en el conjunto del año 2010 esta factura no debería sobrepasar de los 3.000 millones de euros. Este importe, sumado a los de años anteriores, es lo que los consumidores deberían pagar a las eléctricas en los próximos años para compensar a las compañías el hecho de que estén suministrando electricidad a los consumidores a un precio inferior al del coste, lo que exige compensar la diferencia.
Esto es así porque los Gobiernos últimos, empezando incluso en la época del PP, han preferido no dar disgustos a los consumidores, no subir las tarifas eléctricas conforme exigían los costes y acumular ese déficit en una caja que está a punto de reventar pero que habremos de pagar los españoles, con toda seguridad. Ahora, lo del gas de Argelia, es una nueva cifra a sumar a la deuda que los consumidores tienen con el sector energético. No resulta fácil adivinar en qué va a derivar toda esta serie de desidias, despropósitos, torpezas y negligencias, además de ocultismo oficial. Lo que sí está claro es que se trata de una factura que vamos a pagar, incluso con intereses.
¿Y si China fuera (energéticamente) autosuficiente…?, de Juan Ramón Fernández Arribas en Expansión
a fondo
Me refiero a su autosuficiencia energética. La financiera la tiene sobradamente asegurada. Si también alcanzase aquélla, no sería desdeñable, pues la energía mueve todo su inmenso y complejo entramado industrial. Creciente y tan competitivo. Pese a tener que comprar al exterior un volumen importante de algunas materias primas que necesitan.
Con el equivalente a más de 2 billones (millones de millones) de dólares, China supera en reservas de divisas a cualquier país. Ello le permite, junto con un renmimbi infravalorado, un fuerte y sostenido desarrollo interno, merced a veces a una intensa ayuda vía subsidios. Más haber conseguido “surfear” la reciente crisis mundial, económica y financiera. Estando acostumbrados a crecimientos de dos dígitos en muchas de sus magnitudes económicas e industriales, cuando ’sólo’ crecen un dígito hay gurús que ‘observan síntomas de agotamiento’ (?) en el crecimiento de la economía china. Mientras tanto, la OCDE se conforma con incrementos mucho menores, a veces de sólo decimales. Incluso aquí, en España, mostramos (algunos muestran) su satisfacción por un sicalíptico ‘moderado crecimiento negativo’. Creo que también el enanismo es una buena imagen de un ‘moderado crecimiento negativo’ comparado con la media del entorno.
China es diferente. Sus exportaciones más importaciones, en julio pasado, superaron en 30% a las de un año atrás. Su fortaleza financiera también le permite invertir fuera, en adquisiciones estratégicas, más ampliar internamente sus infraestructuras, con ambiciosos planes de expansión a medio y largo plazo. El sector energético no queda al margen. Considerando que su dependencia externa es uno de sus “talones de Aquiles”, intentan disminuir sus necesidades de energía “externa”. Dado su abrumador superávit financiero, no debería ser tan grave. Al fin y al cabo, fundamentalmente se trata de “commodities”. Con unos bolsillos bien repletos, siempre se pueden comprar, en un mercado mundial tan abierto como el actual. Pero China está obsesionada por disminuir esa dependencia exterior y, en cualquier caso, asegurar los suministros energéticos que necesiten importar. Es fascinante observar que lo que Estados Unidos -la mayor potencia económica mundial, no siendo autosuficiente energéticamente- consigue vía déficit, China -que le pisa los talones- lo logra vía superávit.
Recientemente ha habido un curioso enfrentamiento dialéctico entre la Agencia Internacional de la Energía (AIE) y el gobierno chino. Aquélla anunció, en julio pasado, que China superó en 2009 a Estados Unidos en consumo energético. Y Beijing ha reaccionado airadamente, diciendo no ser cierto. En el fondo, debería dar igual, pues ambos países están muy próximos, no siendo un desdoro ser el mayor consumidor mundial de energía, si los resultados lo justifican. Beijing se queja de la metodología utilizada por la AIE, incorrecta, en su opinión, que le ha llevado a cifras dispares con las oficiales chinas. Tampoco es para tanto, pues así como todos admiten que Estados Unidos consumiese en energía primaria (combustibles fósiles: petróleo, gas y carbón, más nuclear y renovables) el equivalente a entre 2.170 y 2.180 millones de toneladas de petróleo -unas 16 veces y media el consumo español- la discusión sobre China está entre 2.170 millones (versión Beijing) y 2.260 millones (versión AIE). No siendo tan sustancial -un posible árbitro imparcial, BP, les adjudicaba 2.177 millones de toneladas en su prestigiosa Estadística Anual (’Statistical Review of World Energy 2010′)- la áspera discusión entre las partes refleja la extrema preocupación que el tema energético provoca en la Administración china. Puestos a comparar, hubiera sido más simple decir que todavía China consume per cápita tan sólo el equivalente a poco más de cuatro kilos de petróleo para atender a sus necesidades energéticas diarias, frente a los casi veinte kilos que necesita cada día el ciudadano estadounidense. ¿Quién está más desarrollado? ¿Quién va a crecer más rápidamente? ¿Quién es más eficiente? ¿Quién ‘contamina’ más? Son preguntas lógicas. Pero es incontrovertible que cada ciudadano chino emitió cada hora, en 2009, una media de 640 gramos de dióxido de carbono (CO2), frente a los 2,2 kilogramos de cada estadounidense. No sorprendió que la Cumbre del Cambio Climático de Copenhague, del pasado diciembre, finalizase sin acuerdos ni compromisos importantes. Era previsible, dados los diferentes escenarios y condicionamientos de los países mayores consumidores de energía… y mayores emisores globales de gases de efecto invernadero, CO2 incluido.
Es interesante comprobar que, pese a emitir Estados Unidos en 2009, per cápita, casi cuatro veces más CO2 que China, un estadounidense ‘quemó’ solamente un 42% más carbón que un chino. Recordemos que éste es el combustible que más CO2 emite en su combustión. También es interesante conocer que China prácticamente es autosuficiente en la utilización del carbón, aportándole 71% de la energía que necesita. Extrae prácticamente lo mismo que consume. En cambio, Estados Unidos exportó un 8% de su producción carbonera, suficiente para cubrir tres años de consumo español… incluyendo el CO2 que genera.
Para China, el carbón es fundamental. Les supone casi tanto, en porcentaje de su consumo energético, como petróleo, gas y nuclear, conjuntamente, para Estados Unidos. A China le aporta seguridad energética, por ser recursos propios, pero su crecimiento económico les exigirá más y más carbón, u otra energía. Sustitutiva o complementaria. El petróleo les obsesiona, al necesitar importar más de la mitad de su consumo. Sus compras diarias superan los cinco millones de barriles, sin preverse que la situación pueda revertirse a corto plazo. Por ello, intensifican su búsqueda en el país y sus compañías petroleras lo persiguen en todo el mundo. Frecuentemente asociadas a empresas internacionales. Incluso comprándolas participaciones accionariales. Tienen sobrados recursos económicos para hacerlo o, al menos, intentarlo. Tardan menos que en encontrar, desarrollar y producir el crudo por la vía tradicional de la exploración. Y los chinos tienen prisa. En los últimos quince meses gastaron 25.000 millones de dólares en esas compras. Ningún continente escapa, excepto Europa… por ahora. De los 10,6 millones de barriles diarios equivalentes de petróleo que consumen actualmente (nueve de crudo y el resto, gas) esperan obtener este año un millón procedente de su producción exterior.
China consume poco gas, relativamente. No llega al 4% del consumo energético. Simplemente, por carecer aún de la necesaria infraestructura para suponerles una parte importante de su matriz energética. Esto ya está cambiando. Vía desarrollos propios, gasoductos desde Rusia y Asia Central, y plantas regasificadoras de GNL (gas natural licuado) que llegará por barco. Además, como ha sucedido en Estados Unidos, el ‘boom’ del llamado gas no convencional -fundamentalmente gas ocluido en sus abundantes reservas de carbón, más el gas de esquistos- podría cambiar su futuro. Tanto como para duplicar su actual producción de gas convencional, a medio plazo. Necesitan tecnología (dinero les sobra) y pueden aportársela las grandes petroleras internacionales, a quienes les abren las puertas.
Finalmente, la energía nuclear también les es prioritaria. Garantiza autosuficiencia y está exenta de emisiones de CO2, con lo que compensarían las provenientes del carbón, su principal fuente energética. Y van en serio. Tiene ahora once plantas nucleares, este año comenzarán a construir seis adicionales, y planean multiplicar por nueve la potencia actualmente instalada, llegando a 75 gigawatios (GW) en esta década, más otros 40 GW en fase de construcción. Decididamente, China busca su autosuficiencia energética. ¿Sobrarán entonces petróleo y (más) gas en el mercado internacional?
Juan Ramón Fernández Arribas. Analista de energía y Consultor. Miembro del Consejo Asesor de EXPANSIÓN y ‘Actualidad Económica’.
Desenfreno en el sector energético, de Tom Lauricella y Carolyn Cui en Expansión
Atraídos por una alta rentabilidad, los inversores colocan miles de millones de dólares en una pequeña parcela del mercado de valores, las empresas energéticas de infraestructuras (MLP, en sus siglas en inglés), que han experimentado un repunte del 15% en lo que va de año. Esta tendencia despierta cierta inquietud.
Las MLP son, en su mayoría, compañías que controlan y operan oleoductos, y se benefician del impresionante crecimiento de las infraestructuras energéticas de EEUU. Estas compañías recogen sus beneficios de los productores energéticos que utilizan sus infraestructuras. En la última década, el índice MLP , la principal referencia del grupo, ha crecido aproximadamente un 11% anual. Un buen récord, si se le compara con el índice de las 500 mejores empresas de Standard & Poor’s, que ha caído un 2,6% anual. Su principal atractivo es que los pagos a los inversores representan una media del 7% anual, en un momento en el que la rentabilidad de los bonos alcanza mínimos históricos. Todo apunta a que los MLPs aumentarán esa cifra en otros cinco puntos porcentuales al año.
Pero la reciente popularidad de las MLP puede aportar un nuevo elemento de riesgo para el grupo. Incluyendo la distribución, el índice Alerian ha obtenido un retorno del 21% en 2010 sin cambiar de forma sustancial el panorama del sector.
Esas ganancias son consideradas como parte del fuerte torrente de nuevos ingresos en el sector. Mientras tanto, la mayoría de los fondos de MLP concentran sus agendas de inversión en un puñado de los mismos valores. El resultado final es que las MLP pueden estar haciéndose cada vez más proclives a bajar sus precios. “Creemos que el sector es un poco espumoso a corto plazo”, dice Ethan Bellamy,, de Wunderlich Securities.
Las altas rentabilidades de las MLP se deben a su propia estructura. Mientras se comercializan como valores, las compañías distribuyen principalmente sus beneficios a su accionistas por su limitada participación. Aún mejor, esos repartos están libres de impuestos hasta que los inversores venden las acciones. Otro punto fuerte para las ventas de las MLP es su diversificación. Tienen bajos niveles de correlación al resto del mercado de valores y al Tesoro de EEUU.
En junio, por ejemplo, cuando el índice S&P bajó un 5,2%, el Alerian subió un 5,6%. Las MLP han cambiado mucho a lo largo de los años. En sus comienzos, a finales de los años 80, sus clientes iban desde hoteles hasta los Boston Celtics. Pero las inquietudes afloraron en cuanto se supo que algunas empresas usaban las MLP para evadir impuestos. Se endurecieron las leyes y las MLP se limitan ahora a la energía y a ciertas compañías explotadoras de recursos naturales, sobre todo acueductos y reservas de petróleo y gas natural.
La proliferación de fondos de MLP comenzó con la puesta en marcha en junio de 2009 del JP Morgan Alerian MLP Index Exchange Traded Note, que ha atraído 1.600 millones de dólares (1.300 millones de euros). El 30 de marzo, SteelPath Advisors, una filial de Alerian, abrió las puertas de tres fondos de inversión de MLP que han generado casi 300 millones de dólares.
Pero la presa realmente se ha abierto realmente en los dos últimos meses. Clearbridge y Tortoise Capital Advisor emitieron activos de MLP que han atraído más de 2.000 millones de dólares en inversiones. Si se produce un apalancamiento, los fondos recabarán unos 2.700 millones. Y todavía más activos están en trámite, incluyendo un fondo cotizado ETF.
Lea el artículo original publicado en The Wall Street Journal Frenzy in Energy Partnerships
Más información en www.europe.wsj.com
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La victoria pírrica del Rey Carbón, de Daniel Gros en Project Syndicate
A veces la noticia más importante es lo que no está sucediendo. Este verano nos ha dado un ejemplo así: el proyecto de ley sobre el cambio climático, que el Presidente Barack Obama ha impulsado tanto, no será presentado siquiera al Senado de los Estados Unidos, porque no tiene posibilidad alguna de ser aprobado.
Eso significa que los EE.UU. están a punto de repetir su “experiencia de Kyoto”. Hace veinte años, en 1990, los EE.UU. participaron (al menos inicialmente) en las primeras negociaciones mundiales encaminadas a lograr un acuerdo mundial para reducir las emisiones de CO2. En aquel momento, la Unión Europea y los EE.UU. eran, con mucha diferencia, los mayores emisores, por lo que parecía apropiado eximir de compromiso alguno a las economías en ascenso del mundo. Con el tiempo, resultó claro que los EE.UU. no iban a cumplir con su compromiso, por la oposición, como ahora, del Senado. Entonces la UE siguió adelante sola, al introducir su innovador sistema de compraventa de emisiones con la esperanza de que Europa guiara mediante el ejemplo.
Sin el plan legislativo americano sobre el cambio climático, las promesas hechas por el gobierno de los EE.UU. hace tan sólo siete meses en la cumbre de Copenhague han pasado a ser inútiles. La estrategia europea está hecha jirones… y no sólo en el frente transatlántico.
El compromiso de China de aumentar la eficiencia en materia de CO2 de su economía en un 3 por ciento al año no sirve de ayuda, porque las tasas de crecimiento anual de casi 10 por ciento del PIB significan que las emisiones del país van a dispararse durante este decenio. De hecho, en 2020 las emisiones chinas podrían ser más del triple de las de Europa e incluso superar las de los EE.UU. y Europa combinadas. Eximir a los mercados en ascenso de compromiso alguno, como intentaba hacer el protocolo de Kyoto, carece ya de sentido.
¿Por qué han fracasado todos los intentos de fijar precios para las emisiones de carbono? Podemos encontrar la respuesta en una palabra: “carbón”… o, mejor dicho, el hecho de que el carbón sea barato y abundante.
La quema de hidrocarburos (gas natural y petróleo) produce agua y CO2. En cambio, la quema de carbón produce sólo CO2. Además, en comparación con el gas natural y el crudo de petróleo, el carbón es mucho más barato por tonelada de CO2 emitida, por lo que cualquier impuesto sobre el carbono tiene repercusiones mucho mayores en el carbón que en el crudo de petróleo (o el gas). Por esa razón, los propietarios de minas de carbón y sus clientes se oponen rotundamente a cualquier impuesto al carbono. Constituyen un grupo pequeño, pero bien organizado, que ejerce una inmensa capacidad de cabildeo para bloquear los intentos de limitar las emisiones de CO2 poniéndoles un precio, como habría hecho el previsto sistema de límites máximos y comercio de los EE.UU.
En Europa, la producción de carbón autóctono ya no desempeña un papel económico importante. Así, pues, no es de extrañar que Europa pudiera promulgar un sistema de límites máximos y comercio que imponía un precio del carbón a gran parte de su industria. De hecho, el impuesto parece recaer más que nada sobre los proveedores extranjeros de carbón (y en menor medida sobre los proveedores extranjeros de hidrocarburos en Oriente Medio y Rusia). En cambio, la oposición por parte de los estados de los EE.UU. cuyas economías dependen en gran medida de la producción de carbón resultó decisiva para la suerte del proyecto de ley sobre el cambio climático de Obama.
La experiencia de los EE.UU. tiene consecuencias mayores. Si resultara imposible introducir un impuesto moderado al carbono en una economía rica, no cabe la menor duda de que China no ofrecerá compromiso alguno para la próxima generación, por ser un país que sigue siendo mucho más pobre y que depende aún más del carbón autóctono que los EE.UU., y, después de China, asoma la India como la siguiente superpotencia industrial en ascenso basada en el carbón.
Sin un compromiso válido de los EE.UU., el Acuerdo de Copenhague, tan laboriosamente logrado el año pasado, ha pasado a ser inútil. Todo seguirá igual, tanto desde el punto de vista de la diplomacia en materia de cambio climático con su circo itinerante de grandes reuniones internacionales, como desde el del rápido aumento de las emisiones.
Las reuniones van encaminadas a dar la impresión de que los dirigentes del mundo siguen buscando una solución para el problema, pero el aumento de las emisiones de CO2 constituye lo que de verdad está ocurriendo en el terreno: una base industrial en rápido crecimiento en los mercados en ascenso que va a ir unida a una utilización intensiva del carbón. Así, resultará extraordinariamente difícil invertir la tendencia en el futuro.
Un planeta compuesto de Estados-nación, dominados, a su vez, por grupos de intereses especiales, no parece capacitado para resolver el problema. Lamentablemente, existe demasiado carbón por ahí para propulsar emisiones aún mayores durante al menos otro siglo. Así, pues, el mundo se calentará mucho más. La única incertidumbre es cuánto más lo hará.
La adopción de medidas decididas en el nivel mundial sólo llegará a ser posible cuando el cambio climático ya no sea una predicción científica, sino una realidad que la población sienta, pero, en ese momento, será demasiado tarde para invertir las repercusiones de decenios de emisiones excesivas. Un mundo incapaz de prevenir el cambio climático tendrá que vivir con él.
Daniel Gros es director del Centro de Estudios Políticos Europeos.
Copyright: Project Syndicate, 2010.
www.project-syndicate.org
Traducido del inglés por Carlos Manzano.
Energía y pedagogía, de Antonio Carbajal en Expansión
A FONDO
En las últimas semanas, hemos asistido al debate sobre el futuro de la energía en España. Los grandes partidos plantearon un posible Pacto de Estado en materia energética, aunque ahora parece más lejano. Hay numerosos temas sobre la mesa, déficit tarifario, compromisos medioambientales europeos (directiva 20-20-20), energía nuclear, primas a las renovables, etc. Es necesario definir la energía que queremos. La cuestión no es sencilla.
Pretendo proponer un método simple para que los ciudadanos comprendan la complejidad de la materia y, al mismo tiempo, puedan opinar sobre ella. Me conformo con describir una sistemática de aproximación al asunto, que evite las simplificaciones excesivas y los dogmatismos.
Para valorar las diferentes alternativas, deberemos analizar sus implicaciones con respecto a los tres requerimientos básicos, y generalmente aceptados, que cualquier decisión de política energética debe considerar: seguridad del suministro, sostenibilidad medioambiental y eficiencia económica (energía barata). En este breve y simplificado análisis, otorgaremos a cada alternativa una valoración respecto a cada uno de los requerimientos anteriores: buena (B), regular (R) o mala (M).
Supongamos que queremos analizar la opción Todo Eólico. Desde el punto de vista de la seguridad del suministro, esta alternativa tiene su ventaja, ser autóctona, y su inconveniente, no ser gestionable, ya que cuando no hay viento, no produce energía (R). Desde el punto de vista de la sostenibilidad medioambiental, es muy ventajosa (B), y desde el punto de vista de la eficiencia económica, es menos positiva, aunque algún día puede que lo sea, ya que el petróleo, antes o después, subirá (R). En resumen, RBR.
Veamos ahora la alternativa Todo Nuclear. Nos ofrece buena seguridad del suministro, ya que su disponibilidad suele oscilar entre el 80% y el 90% (B), regular sostenibilidad medioambiental, buena desde el punto de vista de las emisiones de CO2, y menos buena por otros problemas de la energía nuclear peor resueltos (R), y buena eficiencia económica (este punto es discutible, los costes de las nuevas instalaciones hoy no son fáciles de evaluar) (B). En resumen, BRB.
Aunque la valoración de cada alternativa tenga un cierto grado de subjetividad, el método propuesto nos permite hablar un mismo lenguaje e ir acercando posiciones. Cada uno de los requerimientos tiene numerosos matices, y en un ejercicio real sería necesario profundizar en todos ellos.
Podríamos ir revisando diferentes alternativas simples: Todo Agua, Todo Carbón, Todo Fotovoltaico, Todo Gas, etc. A medida que vayamos profundizamos en el tema, veremos que ninguna opción simple da respuesta a todas las exigencias. También veremos que hay alternativas que se complementan en alguno de los requerimientos. Veamos un ejemplo, analizando una alternativa Eólico-Gas, casi todos estaríamos de acuerdo en que la seguridad del suministro de la solución compuesta mejora la de las soluciones aisladas.
La alternativa real es mucho más compleja y se compondrá de un conjunto de alternativas simples, complementarias entre sí, de tal forma que la valoración del conjunto sea razonablemente satisfactoria para cada uno de los requerimientos. La situación actual, el llamado mix energético, se compone de: hidráulica (10%), nuclear (18%), carbón (13%), ciclos combinados de gas (29%), cogeneración (10%), eólica (13%), solar (2%) y otras (6%).
Analicemos este mix energético con respecto a los tres requerimientos básicos. Desde el punto de vista de la seguridad del suministro, la situación es buena, dado que las fuentes y tecnologías están muy diversificadas (B). Para valorar la sostenibilidad medioambiental, comparamos el peso de las renovables en el mix español -23,3% en 2008 y 27,2% en 2009- y en el mix europeo -16,6% en 2008-, y deducimos que la situación también es buena (B). Un indicador de la eficiencia económica son los precios industriales de la electricidad. Según Eurostat, el megavatio por hora (MWh) se situó en el segundo semestre de 2009 en los 112 euros en España, frente a los 102,6 euros de la media europea (UE-27), lo que supone un sobrecoste del 9,2%. Si a eso añadimos que las tarifas en España deberían subir un porcentaje significativo para eliminar el déficit tarifario, o lo que es lo mismo, para que los ingresos del sistema sean suficientes para pagar los costes, no tenemos más remedio que opinar que la situación es mala (M). En resumen, BBM.
Ya estamos llegando a la pregunta del millón. ¿Cómo debería evolucionar el mix? La respuesta la dejo para otro día. No olvidemos que el mundo se mueve continuamente. Hacer previsiones acerca de la evolución de tecnologías, precios y otras variables es difícil. Acertar es imposible. Diseñar el mix energético del futuro, es un reto complejo.
A pesar de ello, confío en que el lector paciente, que haya llegado hasta aquí, tenga ahora más criterio que al principio para opinar con conocimiento de causa.
Antonio Carbajal. Garrigues Medio Ambiente.
El gran juego del gas ruso, de Joschka Fischer en El País
Rusia y la Unión Europea son vecinos geopolíticos. Que la relación sea o no, en realidad, de buena vecindad, en lugar de tensa y controvertida, reviste importancia decisiva para ambos.
A no ser que modernice su economía y su sociedad, Rusia puede olvidarse de su aspiración a la condición de potencia mundial en el siglo XXI y seguirá a la zaga tanto de las antiguas potencias como de las potencias en ascenso. Además, Rusia necesita socios para su modernización, porque su población y su potencial económico son demasiado pequeños para que desempeñe por sí misma un papel importante en el nuevo orden mundial que está surgiendo. Las armas nucleares estratégicas de Rusia serán insuficientes para garantizarle un puesto entre las potencias de primera fila.
Pero, ¿hacia dónde puede volverse Rusia? ¿Hacia el Asia oriental? ¿Hacia el Sur y el mundo islámico? Ninguna de esas opciones es válida. Así las cosas, Rusia solo puede volverse hacia Occidente y hacia Europa en particular.
Sin embargo, para Europa el papel de Rusia reviste una importancia estratégica decisiva. Incluso una revisión parcial del orden pos-soviético en la dirección de un mayor control de los Estados ex soviéticos o satélites cambiaría drásticamente la estrategia y la política de seguridad de la UE.
Las dos partes afirman querer mejorar las relaciones bilaterales, pero hay motivos para dudar si los rusos y los europeos conciben, en realidad, sus relaciones en los mismos términos. Una mirada más allá de la retórica cordial revela diferencias profundas.
Cuando el ex presidente y actual primer ministro de Rusia, Vladímir Putin, declaró hace varios años que el mayor desastre del siglo XX fue la desaparición de la Unión Soviética, no se limitaba a hablar por sí mismo, sino también -tenemos razones para pensarlo- por la mayoría de la minoría política dirigente de Rusia. Sin embargo, una mayoría abrumadora de europeos probablemente consideren la fragmentación de la URSS como un motivo de celebración.
De hecho, la Rusia de hoy aspira -y lo reconoce- a invertir el orden pos-soviético en Europa que surgió después del periodo 1989-1990, al menos en algunas partes de su vecindad, mientras que los europeos y Occidente quieren mantenerlo a toda costa. Mientras Moscú no entienda esas diferencias fundamentales y saque las conclusiones adecuadas de ellas, los europeos no verán una apertura de Rusia a Occidente como una oportunidad, y Rusia siempre chocará con una gran desconfianza en Europa, pero eso no excluye una cooperación práctica y pragmática en numerosos sectores.Actualmente, Rusia ha conservado su fuerza solo como proveedora de energía y otros recursos naturales. Así, pues, no es de extrañar que Putin haya procurado utilizar esa palanca para reconstruir el poder de Rusia y revisar el orden pos-soviético.
Los suministros de gas natural de Rusia a Europa desempeñan un papel decisivo a ese respecto, porque en ese caso, a diferencia del de petróleo, la posición negociadora de Rusia es muy fuerte.
Más importante aún es que sus vecinos directos dependan totalmente del suministro de gas ruso -Ucrania y Belarús- o, como Azerbaiyán y Turkmenistán, del sistema de gasoductos de Rusia para la venta de su producción de gas.
Desde luego, Rusia persigue intereses económicos con su política exportadora de gas -tanto más cuanto que los precios tienden a baja- y quiere ampliar su papel en el mercado europeo del gas para intensificar las dependencias que ahora existen, pero es algo improbable: la interrupción por parte de Rusia del suministro de gas en enero de 2009 reveló a la UE con toda claridad qué precio habría que pagar.
Esa es la razón por la que la “diversificación de los países proveedores de gas” ha sido desde entonces la política de la UE, incluido, en primerísimo lugar, el proyecto de gasoducto Nabucco, que abriría un pasillo meridional entre el mar Caspio, el Asia Central, el Irak septentrional y Europa. Nabucco llegaría a Europa por Turquía y reduciría drásticamente la dependencia de los países proveedores de la zona del Caspio de los gasoductos de Rusia y la dependencia de los nuevos miembros surorientales de la UE del suministro de gas ruso.
Así, pues, no es de extrañar que el Kremlin esté intentando hundir el proyecto Nabucco.
Otras dos novedades prometen impedir una mayor dependencia europea de Rusia: un aumento en gran escala de las importaciones de gas licuado en la UE y la transición, vinculada con él y con la desreglamentación del mercado europeo del gas, de los acuerdos de suministro a largo plazo y con precio fijo del petróleo a unos precios al contado dependientes del mercado.
No obstante, el objetivo primordial de la política rusa del gas no es económico, sino político, a saber, el de contribuir a revisar el orden pos-soviético en Europa, aspiración centrada no tanto en la Unión Europea como en Ucrania.
El nuevo primer ministro de Ucrania, Mykola Azarov, se quedó atónito cuando Putin inesperadamente se dirigió a él durante una conferencia de prensa conjunta con la propuesta de fusionar las compañías de gas rusa y ucraniana. A diferencia del asentimiento del Gobierno de Ucrania a la prórroga del despliegue de la flota rusa del mar Negro en Crimea, que provocó violencia física en el Parlamento de Ucrania, no se trataba de una prolongación del statu quo, sino una petición pública de su revisión.
Con el gasoducto Nord Stream en el Báltico y el gasoducto South Stream, exorbitantemente caro, en el mar Negro, Rusia no solo está intentando crear conexiones directas de gas entre Rusia y la UE para circunvalar a Ucrania y socavar el proyecto Nabucco. El objetivo principal es el de presionar a Ucrania, además de a Azerbaiyán y a Turkmenistán, que quieren suministrar gas a Europa independientemente de Rusia. Una vez conseguidos esos dos objetivos, o si el proyecto Nabucco sigue adelante, el South Steam quedará aparcado, porque carece de sentido económicamente.
En Europa y Estados Unidos, se ha entendido esa amenaza. Ahora es necesario respaldar a quienes en Ucrania ven un futuro europeo para su país, abrir el pasillo meridional mediante el Nabucco y acelerar el desarrollo de un mercado común europeo de la energía. Una política europea decidida mejorará, en lugar de tensar, las relaciones con Rusia, porque dará como resultado una mayor claridad y previsibilidad.
Joschka Fischer, ministro de Asuntos Exteriores y vicecanciller de Alemania de 1998 a 2005, fue dirigente del Partido Verde alemán durante casi 20 años.
© Project Syndicate/Instituto de Ciencias Humanas, 2010.
Traducción de Carlos Manzano.
¿Quién cocinó al planeta?, de Paul Krugman en SinPermiso
Nunca hay que decir que los dioses no tienen sentido del humor. Apuesto a que todavía se están riendo en el Olimpo por la decisión de hacer la primera mitad de 2010 –el año en la que murió toda esperanza de una acción para limitar el cambio climático– la más caliente en los registros.
Claro, no se pueden inferir tendencias en las temperaturas mundiales por la experiencia de un año. Sin embargo, ignorar ese hecho ha sido desde hace mucho uno de los trucos favoritos de quienes niegan el cambio climático: señalan un año inusualmente caliente en el pasado y dicen: “¡Miren, el planeta se ha estado enfriando, no calentándose, desde 1998!”. En realidad, fue 2005 y no 1998 el año más caliente hasta la fecha; pero el punto es que las temperaturas que rompen récords que estamos experimentando actualmente han hecho que un argumento tonto sea aún más disparatado, y en este momento no funciona ni siquiera en sus propios términos.
Sin embargo, ¿acaso alguno de los negadores dice: “Está bien, creo que me equivoqué”, y apoya la acción climática? No. Y el planeta seguirá cocinándose.
Entonces, ¿por qué la legislación sobre el cambio climático no? No se dañaría significativamente a la economía en su conjunto si le ponemos precio al carbono, pero sí a ciertas industrias –sobre todo, las del carbón y el petróleo–. Y esas industrias han montado una enorme campaña de desinformación para proteger sus ba se aprobó en el Senado? Hablemos primero sobre lo que no provocó el fracaso, porque ha habido muchos intentos por culpar a las personas equivocadas.
Antes que nada, no actuamos debido a dudas legítimas sobre la ciencia. Cada evidencia válida –promedios de las temperaturas a largo plazo que suavizan las fluctuaciones año con año, el volumen del mar congelado en el Ártico, el derretimiento de los glaciales, la relación entre altas récord y bajas récord– apunta a un aumento continuo, y posiblemente bastante acelerado, en las temperaturas mundiales.
La evidencia tampoco está contaminada con un mal comportamiento científico. Es probable que hayan escuchado sobre las acusaciones contra investigadores del clima –alegatos de datos inventados, el presuntamente condenatorio correo electrónico del ‘Climagate’, y así sucesivamente–. De lo que es posible que no se hayan enterado porque ha recibido mucha menos publicidad, es que cada uno de estos presuntos escándalos se desenmascaró al final como un fraude tramado por los oponentes a la acción climática, que después muchos introdujeron en los medios informativos. ¿No creen que cosas semejantes puedan suceder?
¿Las inquietudes razonables sobre el impacto económico de la legislación sobre el clima bloquearon la acción? No. Siempre ha sido chistoso, en una especie de forma de humor negro, observar a los conservadores que alaban el poder ilimitado y la flexibilidad de los mercados dar un giro de 180 grados e insistir que la economía se colapsaría si le pusiéramos un precio al carbono. Todas las estimaciones serias indican que podríamos introducir paulatinamente límites a la emisión de gases invernadero con cuando mucho un impacto reducido sobre el índice de crecimiento de la economía.
Así que no fueron la ciencia, los científicos o la economía lo que acabó con la acción sobre el cambio climático. ¿Qué fue?
La respuesta es, los sospechosos de siempre: la codicia y la cobardía.
Si se quiere entender la oposición a la acción climática, hay que seguir el dinero. No se dañaría significativamente a la economía en su conjunto si le ponemos precio al carbono, pero sí a ciertas industrias –sobre todo, las del carbón y el petróleo–. Y esas industrias han montado una enorme campaña de desinformación para proteger sus balances.
Miren a los científicos que cuestionan el consenso sobre el cambio climático; miren a las organizaciones que impulsan escándalos falsos; miren a los comités asesores que dicen que cualquier esfuerzo para limitar las emisiones paralizaría a la economía. Una y otra vez, se encontrará que están en el extremo receptor de un ducto de financiamiento que empieza con las grandes compañías de energía, como Exxon Mobil, que ha gastado decenas de millones de dólares promoviendo la negación del cambio climático, o Koch Industries, que ha patrocinado organizaciones antiambientalistas durante dos décadas.
O vean a los políticos que a gritos se han opuesto más a la acción climática. ¿De dónde sacan gran parte de su dinero para la campaña? Ya saben la respuesta.
No obstante, no habría triunfado la codicia por sí misma. Necesitaba la ayuda de la cobardía; sobre todo, la de los políticos que saben que el calentamiento mundial representa una enorme amenaza, que apoyaron la acción en el pasado, pero desertaron de sus puestos en el momento crucial.
Existen varios de esos cobardes climáticos, pero me permito señalar a uno en particular: el senador John McCain.
Hubo una época en la que se consideró a McCain amigo del ambiente; allá en 2003 pulió su imagen de independiente al ser uno de los que introdujeron la legislación por la que se habría creado un sistema de tope y trueque para las emisiones de gases invernadero. Reafirmó el apoyo para tal sistema durante su campaña presidencial, y las cosas podrían verse muy diferentes si hubiese seguido respaldando la acción climática una vez que su oponente estuvo en la Casa Blanca. Sin embargo, no lo hizo –y es difícil ver su cambio como algo que no sea el acto de un hombre dispuesto a sacrificar sus principios, y el futuro de la humanidad, por agregar unos cuantos años a su carrera política–.
Desgraciadamente, McCain no fue el único; y no habrá ninguna iniciativa de ley sobre el clima. Ha triunfado la codicia con la ayuda de la cobardía. Y todo el mundo pagará el precio.
Paul Krugman, Premio Nobel de Economía en 2008
El Universo, miércoles 28 de julio del 2010
El orden de los factores…, de Juan Ramón Fernández Arribas en Expansión
a fondo
…O de las siglas, sí que puede alterar el producto. Hay dos organismos, muy prestigiosos internacionalmente, relacionados con el sector energético. Uno, la IEA (International Energy Agency), Agencia Internacional de la Energía, basada en París. El otro, la EIA (Energy Information Administration), Administración de Información de Energía, dependiente del Departamento de Energía estadounidense. Curiosamente, sus respectivas siglas en español, AIE, coinciden exactamente. No así sus orígenes, ni sus objetivos iniciales. A veces, tampoco los resultados de sus análisis y previsiones. Ambas poseen u obtienen información similar. Probablemente, sus bases de datos sean equiparables. Pero, quizás por un distinto tratamiento de los mismos, diferentes modelizaciones e incluso filosofías dispares, su ‘producto’ final no coincide, frecuentemente. Tiene mucha trascendencia a nivel económico mundial.
Una nota de cualquiera de ambos organismos sobre previsiones del consumo petrolífero afecta inmediatamente al precio del petróleo. Un comentario, o recomendación, sobre la conveniencia de algún tipo particular de energía, la ‘pone (más) de moda’ y fomenta las inversiones correspondientes. Un análisis emitido sobre la interrelación o no de las emisiones de CO2 sobre el cambio climático enciende la polémica entre defensores y detractores de dicha teoría. Más motivar a algunos gobiernos a posicionarse en este delicado asunto. ‘Delicado’ porque suele discutirse sobre sutiles proporciones de contenido de CO2 o décimas de grados de temperatura, enfrentadas a millones de toneladas de combustibles o de kilowatios-hora generados con diferentes fuentes energéticas.
Prever acertadamente el consumo energético mundial, incluso a corto plazo, discriminarlo por su procedencia de generación y, aún más difícil, estimar sus precios respectivos, es una misión que parece casi utópica. A profanos y a especialistas. Pero el mérito de estos, cobrando por ello, es anticiparlo con la mayor precisión posible. Los dos organismos antes mencionados, IEA y EIA, lo hacen periódicamente, con mayor o menor acierto.
En 1960 se fundó la OPEC (Organización de Países Exportadores de Petróleo), un ‘cártel’ para coordinar los intereses de las naciones productoras de crudo y sindicar sus decisiones de producción (oferta, en definitiva), influyendo en el mercado mundial, precios incluidos. La Agencia Internacional de la Energía se creó en 1974 como un ‘contra cártel’ defensivo frente a la OPEC, agrupando a 28 países consumidores de crudo. Ahora se ha acercado a China para proponerle su entrada. Lógico, siendo China uno de los dos mayores consumidores mundiales de energía. Digo ‘uno de los dos’ (siendo Estados Unidos el otro) porque ahora mismo hay una curiosa controversia entre China y la Agencia, al señalar ésta que China fue el mayor consumidor en 2009. El país asiático lo niega rotunda y airadamente. Mal comienzo para intentar favorecer su entrada en la IEA.
Entre los objetivos corporativos de la Agencia están el intentar reducir consumos y establecer reservas estratégicas de crudo y productos, anticipándose a posibles desequilibrios oferta-demanda del mercado petrolero. Más abrirse a otras energías alternativas o complementarias, renovables incluidas, crecientes en los últimos años. Ambos grupos, OPEC e IEA, son muchas veces antagónicos. Teóricamente, su ideal sería estar armónicamente coordinados, intentando equilibrar oferta y demanda.
El año en que se constituyó la IEA, se creó en Estados Unidos el germen de lo que, ya desde 1977, funciona como la actual EIA. Su objetivo fundamental era disponer de toda la información disponible para poder cubrir la demanda energética nacional. Ello exigía recopilar y analizar múltiples datos, más anticipar los escenarios futuros reaccionando rápidamente ante posibles eventualidades. También apuntar pautas energéticas para Estados Unidos y dar a conocer a sus ciudadanos la interrelación entre energía, economía y medio ambiente. Lógicamente, en una economía progresivamente más globalizada, su entorno se ha hecho mundial. Aunque focalizados fundamentalmente en Estados Unidos, sus análisis, informes y recomendaciones se solapan con los de la AIE, de la que también forma parte.
La EIA tiene el mérito de haber anticipado, en 2005, la posterior subida del barril de crudo y el desplome del precio del gas natural. Entonces, superando el gas los 14 dólares por cada mil pies cúbicos, previeron que bajaría a un tercio en el medio/largo plazo. Hoy está a 4,7 dólares. Bingo. En cuanto al crudo, muchas compañías petroleras, incluso la IEA (con toda probabilidad, con la misma información básica), estimaban entonces, erróneamente, que caería hasta 35 ó 40 dólares por barril, a medio plazo: superó los 140. Y que bajaría después hasta 20 ó 25: hoy estamos por encima de los 75. La EIA ha sido frecuentemente mucho más acertada que la IEA en sus previsiones. Con el agravante, para esta última, de que sus mensajes pueden llegar a ser confusos, incluso contradictorios. Revisando periódicamente sus vaticinios, particularmente sobre la demanda, los cambia tanto que llega a corregir sus anteriores previsiones casi mensualmente.
Hace poco más de un año dijo que el petróleo subía entonces por crecer su demanda y bajar los inventarios. Parece incontrovertible pero, en meses anteriores, había dicho lo contrario. Y en 2008, al dispararse el precio del barril de crudo hasta rozar los 150 dólares, la IEA culpó de la subida a una insuficiente oferta de la OPEC. Pero nunca faltó petróleo en los mercados, comprobándose que la principal causa de la irracional subida se había debido a movimientos financieros (hedge funds y especulación añadida). Al presentar su último informe (23 de junio), la IEA ha dicho que “la previsión es muy incierta” (literalmente: the outlook remains very uncertain). Así, cualquiera.
Tras hundirse en abril la plataforma que operaba BP en el Golfo de México y el subsiguiente derrame de crudo con sus consecuencias medioambientales, ‘algo’ va a cambiar en la industria petrolera. Primero, en la norteamericana. Muy probablemente, también a escala mundial. Suspender temporalmente -de momento- el perforar en aguas profundas del Golfo de México, decretado por el Gobierno federal, retrasará muchos proyectos. Aunque humanamente comprensible, algunas decisiones ‘en caliente’ pueden ser perniciosas a largo. Castigar a toda la industria petrolera, llevar al paro a miles de sus trabajadores, más limitar la futura producción, por el posible fallo de una compañía (BP) y/o algún equipo singular, parece desproporcionado.
La EIA estima que, en 2011, el Golfo de México producirá 82.000 barriles diarios menos, pudiendo recortarse en 300.000 en 2015. La IEA maneja cifras similares anticipando que podrían ser 800.000 barriles diarios menos, a nivel mundial, si las medidas restrictivas y los retrasos de proyectos se extendiesen a otros países. Pese a ello, y aunque la IEA defiende teóricamente a los países consumidores, que se verían duramente afectados por dicha menor oferta de crudo, apenas se ha significado a la fecha.
Una fuerte defensa, por su parte, de la tecnología petrolera, más la exigencia de seguir los procedimientos operativos marcados, y de sancionar duramente a aquella o aquellas compañías que incumplan las reglas del juego, sería recomendable, como mínimo. Quizás posibles condicionamientos políticos, incluso intentando no enfrentarse con algunos países miembros de la Agencia, estén limitando su actuación.
BP no puede identificarse con Gran Bretaña, siendo una multinacional, con accionistas en todo el mundo. Incluso gran parte de ellos en Norteamérica. Y conviene recordar que hay un país directamente afectado (Estados Unidos), los demás países están potencialmente amenazados por recortes de producción, y ninguno de ellos es culpable. No habría enfrentamientos internos en la IEA.
Juan Ramón Fernández Arribas. Analista de energía y Consultor. Miembro del Consejo Asesor de EXPANSIÓN y ‘Actualidad Económica’.
Política energética de la Unión Europea, de José Emeterio Gutiérrez Elso en Expansión
EN PRIMER PLANO
Hace unas semanas, tuvo lugar en Barcelona la Conferencia de la Sociedad Nuclear Europea, que se celebra cada dos años y que lo hizo por primera vez en España. Este Congreso ha batido todos los récord de participantes, ponencias y empresas expositoras, reflejando el renovado interés que existe en Europa por la energía nuclear.
La Unión Europea no tiene una política energética común, pero si ha establecido que cada país debe definir su modelo energético cumpliendo con tres objetivos: seguridad de suministro, competitividad y respeto medioambiental. En Barcelona ha quedado de manifiesto que la mayor parte de los países europeos que ya utilizan la energía nuclear piensan seguir haciéndolo, que aquellos que decidieron parar sus centrales están revocando dichas decisiones y que algunos de los que no tienen centrales nucleares están en el camino de tenerlas.
De cara a las próximas décadas, la estrategia nuclear europea se centra en: utilizar al máximo los activos nucleares existentes, mientras aquellos operen de forma segura y eficiente; mantener o incrementar el porcentaje de energía nuclear en la matriz de generación eléctrica; y desarrollar planes activos de gestión del combustible irradiado. Estas tres líneas estratégicas se plasman en: autorizar la operación de las centrales nucleares hasta como mínimo 60 años; construir nuevas centrales; construir almacenamientos temporales o definitivos del combustible irradiado; e impulsar la investigación en la reutilización del combustible y en la reducción de la actividad de los isótopos de más larga vida.
Finlandia, Francia y Suecia están trabajando en las cuatro direcciones indicadas. Reino Unido, Italia, República Checa, Rumania, Bulgaria, Lituania o Polonia están lanzando proyectos de construcción de nuevas centrales. Bélgica, Holanda y Alemania están avanzando en el proceso de toma de decisiones para operar sus centrales más allá de los 40 años, revirtiendo incluso decisiones tomadas en referéndum. En esta línea están trabajando también otros países como Estados Unidos, Brasil, Suiza, China, Japón, Rusia, Corea del Sur, India, Argentina o Emiratos Árabes.
El objetivo final no es que la energía nuclear forme parte o no de la matriz de generación eléctrica, el objetivo es que ésta sea equilibrada, cumpliendo de forma simultánea los tres objetivos señalados. La conclusión a la que llegan la mayor parte de los países europeos es que, sin contar con un importante porcentaje de energía nuclear, es simplemente imposible conseguirlo.
El seguimiento diario de la demanda de energía eléctrica requiere, por un lado, de una energía fiable, barata y limpia que cubra la base y, por otro, de una energía flexible capaz de seguir las puntas. Entre las energías de base contamos con la nuclear, el gas y el carbón; mientras que entre las energías de punta tenemos la hidráulica y, de nuevo, el gas y el carbón. Es difícil encuadrar a las energías renovables en ese esquema, pues son energías intermitentes; es decir, no predecibles. Hoy ya nadie discute que debemos sacar la máxima energía posible del viento o del sol. Por ello, las energías renovables tienen que tener un peso importante en la generación eléctrica. Sin embargo, dada su intermitencia y su alto coste, es discutible su ritmo de penetración, el volumen que deben alcanzar y la forma de remunerarlas.
España cuenta con una estructura de generación eléctrica bastante diversificada. La caída de la demanda en 2009 y las grandes inversiones realizadas en gas y eólica en la última década han hecho que tengamos un exceso de producción y, aparentemente, de capacidad. Sin embargo, el hecho de que la energía eólica haya sido capaz de suministrar el 54% de la demanda en unos momentos y sólo el 1,3% en otros, demuestra que no sobra capacidad, sino que la capacidad de renovables tiene que ser duplicada con otra energía que la sustituya en las intermitencias; en el caso de España, lo hace el gas. El problema de nuestra matriz de generación eléctrica es que la tendencia, de acuerdo con las previsiones del Gobierno, es a aumentar de forma notable el porcentaje de renovables, en detrimento del resto de las energías, deteriorando aún más la situación.
Desde el punto de vista económico, el modelo actual no es sostenible. El déficit de tarifa, las primas a las renovables, la generación liberalizada y las tarifas reguladas, las ayudas al carbón nacional y ahora las peticiones de retribución a la potencia de reserva, básicamente gas, que cubre la intermitencia de las renovables, son ejemplos de la inconsistencia del sistema. Aumentar ilimitadamente la capacidad renovable, mantener las plantas de gas por debajo de su capacidad de producción y no contar con la energía nuclear nos llevaría por un camino cuyo único final sería un sistema muy poco fiable y muy caro.
Los últimos datos publicados por Eurostat reflejan el encarecimiento del precio de la electricidad para usos industriales en España, con respecto a otros países de la Unión Europea. En un año en el que los costes de producción de las energías del régimen ordinario han bajado notablemente, el coste de la electricidad ha subido y las primas a las renovables se han disparado, acumulando casi 6.000 millones de euros en 2009. Si para 2020 duplicamos la actual capacidad eólica y solar, el volumen de las primas a pagar puede llegar a ser inimaginable. La última subasta de electricidad puesta a disposición de los comercializadores ha elevado el precio en más de un 12%. En este sentido, los datos de costes de generación presentados en Barcelona por la Agencia de la Energía de la OCDE son contundentes: el coste de la energía nuclear oscila entre los 40 y los 60 euros/MWh, el del carbón y el gas, sin sumar el coste del CO2, está entre los 45 y los 70, la eólica entre los 80 y los 100 euros, y la solar varía entre los 120 y los 400 euros, dependiendo de la tecnología.
La única forma de conseguir un modelo fiable, competitivo y sostenible es combinando adecuadamente las energías nuclear y renovable, con el necesario concurso del gas como energía de respaldo. Una generación eléctrica equilibrada para nuestro país debería basarse en un 40-50% de renovables, un 25-30% de nuclear y un 25-30% de gas con captura y almacenamiento de CO2. Este modelo debería complementarse con inversiones en capacidad de almacenamiento, bombeo y coche eléctrico, con el aumento de las interconexiones internacionales y con un sistema de retribución que acerque lo que paga el consumidor a la realidad de los costes. Esta estructura no sólo nos permitiría cumplir con los objetivos establecidos, sino que, además, nos alinearía con lo que nuestros socios europeos están haciendo.
Para conseguir un 25-30% de energía nuclear, a corto plazo debemos mantener la operación del parque actual de centrales. Esta medida requiere revisar la decisión de parar la central de Garoña en 2013, decisión no sólo perjudicial para los intereses económicos y sociales españoles, sino contraria a lo que todos los países europeos están haciendo. A largo plazo, entre 2025 y 2030, tenemos que construir nuevas centrales nucleares.
España cuenta con un sector nuclear extraordinariamente sólido, formado por unos profesionales y unas empresas de primer nivel en el mundo, lo que nos pone en una posición privilegiada para un futuro desarrollo nuclear. Además, es un sector muy tecnológico e intensivo en empleo de calidad, siendo de los pocos que, en estos tiempos de crisis, está creando empleo, incluso en España. Es más, según datos del Departamento de Energía de Estados Unidos, una central nuclear de 1000 MWe genera 500 empleos estables; mientras que su equivalente de carbón genera 220; de gas, 60; de eólica, 90; y de solar, 40.
La única manera de poder desarrollar una política energética a largo plazo es a través de un acuerdo entre los grandes partidos políticos, que permita que las grandes decisiones en esta materia no estén sometidas a la alternancia en el poder. Por eso, estamos expectantes ante los resultados del Pacto de Estado sobre Energía, tantas veces requerido, que se está empezando a discutir y que debe de abordar de forma conjunta la mayoría de los temas expuestos.
José Emeterio Gutiérrez Elso. Presidente de la Sociedad Nuclear Española.
Tratar la irresponsabilidad de las corporaciones igual que la del conductor ebrio, de Dean Baker en SinPermiso
Aunque British Petroleum (BP) ha recibido algunas críticas sobre el derrame que provocó en el Golfo de México, es notable cuán limitado es el enojo en realidad. Muchos defensores de la empresa han señalado un punto obvio: fue un accidente. BP no buscó provocar el vertido masivo de crudo que mató a 11 personas, devastó el ecosistema del Golfo y amenazó los medios de subsistencia de cientos de miles de trabajadores.
Obviamente esto es cierto, pero también es verdad que cuando un conductor ebrio comanda un autobus escolar no es su intención verse implicado en un choque de consecuencias fatídicas. Como sociedad, no nos vemos en problemas para señalar al conductor borracho como responsable por las predecibles consecuencias de su temeridad. Conducir mientras se está ebrio incrementa sustancialmente el riesgo de accidentes. Y esta es la razón por la que se le castiga con severidad. Una persona que es responsable de un accidente fatal mientras conduce en estado de ebriedad sabe que se enfrenta a muchos años de prisión. Asimismo, quien conduce borracho sin haber ocasionado ningún accidente a menudo sufre también un tiempo en la cárcel, por el riesgo que impone a los demás.
Esto eleva la cuestión sobre por qué la opinión pública parece aceptar que los principales directivos de BP, quienes economizan a costa de la salud humana y del medioambiente, y hacen jugadas riesgosas en sus proyectos de perforación, deben tener “sus vidas de vuelta”, como manifestó el presidente de BP, Tony Hayward. La gente que perdió sus medios de subsistencia como resultado del derrame provocado por BP no han visto devueltas sus vidas, ni siquiera BP les ha pagado alguna compensación. Ciertamente, a los 11 trabajadores muertos en la explosión original nadie les devolverá sus vidas. ¿Por qué deberían los responsables de este daño poder reanudar sus vidas de lujo?
Hay dos cuestiones diferentes en este planteo. La primera es un detalle jurídico respecto a en qué medida Hayward y otros ejecutivos de alto nivel pueden ser penalmente responsabilizados por el accidente. Podría darse el caso de que se redacten leyes para que aún en el caso de que las empresas cometan flagrantes negligencias que generen grandes daños, incluyendo múltiples muertes, sus directivos no sean criminalmente responsables. Este es un interrogante sobre el estado de la legislación actual.
La segunda cuestión es de tipo moral y económico sobre lo que las leyes deberían apuntar a ser. Desde ambos puntos de vista, es muy difícil ver por qué deberíamos decir que el comportamiento temerario, que sería castigado con largas sentencias de prisión si proviene de un individuo, de algún modo escapa a sanciones serias si el mismo sujeto está enmarcado en la búsqueda de beneficios empresariales. ¿Estamos otorgando una licencia “libre de cárcel” a la gente que usa el sombrero de directivo de una corporación? Esto carece de sentido.
Sólo por tomar el caso extremo, supongamos que Tony Hayward regresaba velozmente a su despacho luego de un almuerzo regado con tres Martini para preparar un documento relativo al jugoso contrato que acaba de negociar. En el camino, choca contra un autobus escolar y mata a 11 niños. ¿Tendría sentido absolverlo de su culpabilidad por estas muertes porque fueron consecuencia de su esfuerzo por incrementar los beneficios de BP? Y, si esto no tiene sentido alguno, ¿por qué debería tenerlo la absolución de la responsabilidad por las muertes de 11 trabajadores de la perforación petrolera que fueron resultado directo de su decisión de economizar gastos para incrementar ganancias?
Podemos hacer la misma pregunta sobre la responsabilidad de los altos ejecutivos de Massey Energy Company, cuyas medidas de seguridad insuficientes causaron la explosión que costó la vida de 29 trabajadores. También deberíamos preguntar por qué los altos ejecutivos de la UtahAmerican Energy Company no estuvieron sujetos a un proceso judicial criminal cuando su imprudencia condujo a la muerte de 6 mineros y 3 rescatadores en el derrumbe de una mina en 2007. En estos casos y muchos otros el problema no fue simple mala suerte. En los tres casos, los accidentes fueron un resultado directo de su actuación imprudente por parte de la administración de estas empresas. Ignoraron por completo las medidas de seguridad habituales con el objeto de ahorrar dinero.
Obviamente, la mayoría de los actos de imprudencia no terminan en fatalidades, así como la gran mayoría de incidentes de conducción bajo los efectos del alcohol no acaban en choques fatales. De todos modos, cuando son atrapados, debemos castigar a los conductores ebrios por su imprudencia. Los ejecutivos de las principales compañías petroleras cuyos planes de limpieza para el Golfo de México implican procedimientos para rescatar morsas encontrarían el asunto menos divertido si implicara algún tiempo en prisión. ¿Existe alguna razón por la que no debería implicarlo?
El problema es que el gobierno ha estado controlado durante mucho tiempo por conservadores indulgentes con el crimen. Están inclinados a mirar hacia otro lado y hacer concesión tras concesión a los criminales, mientras sean de cuello blanco y pertenezcan a los mejores barrios cerrados.
Esto debe llegar a su fin. El país no puede permitirse privilegios especiales para los criminales de clase alta. Es el momento de adoptar una postura inflexible sobre los delincuentes que habitan las suites empresariales. Tenemos que decirles a los altos ejecutivos de BP, Massey, Goldman Sachs y a todos los demás que “el que la hace la paga”.
N. de la T.: En el texto en inglés, Baker utiliza el refrán “don’t do the crime, if you can’t do the time”, popularizado en las décadas de 1960-70 por la cortina musical de la serie televisiva “Baretta”.
Dean Baker es codirector del Center for Economic and Policy Research (CEPR). Es autor de Plunder and Blunder: The Rise and Fall of the Bubble Economy, así como de False Profits: Recoverying From the Bubble Economy
Traducción para www.sinpermiso.info: Camila Vollenweider
The Guardian, 12 julio 2010
Sebastián se la juega a Montoro con un ‘decretazo’ a la medida de las eléctricas, de D. Toledo en El Confidencial
El acuerdo Sebastián-Montoro para negociar un pacto energético se cimentó sobre un pilar: el aplazamiento de la subida del recibo de la luz prevista para el 1 de julio. Corría el 24 de junio. Tres semanas ha tardado el ministro de Industria en dejar en evidencia a su partenaire y dotarse de los mecanismos legales necesarios para incrementar el precio de la electricidad a discreción. Industria ha elaborado un real decreto por el que el Gobierno podrá actualizar la tarifa “anualmente, o cuando las circunstancias especial lo aconsejen”, y no cada semestre como sucede hasta ahora. Tras sacar réditos a la foto, Sebastián se ha puesto serio.
Y es que la elaboración y filtración del real decreto no es casual. Menos cuando fuentes del sector aseguran a este diario que Industria ya podía con la anterior legislación subir la tarifa a voluntad. “Antes era interpretable, ahora queda más claro, pero sólo eso”, aseguran. ¿Por qué entonces el Ministerio da un paso al frente? En primer lugar, hace un guiño a las eléctricas, que apuntaron desde el primer momento que la dupla Sebastián-Montoro se había aliado para “incumplir la legalidad” y no actualizar el precio de la luz. Es más, la patronal Unesa acordó esta semana presentar un recurso contencioso-administrativo contra la orden ministerial de tarifas. Antes, Iberdrola ya la había recurrido ante el Supremo y solicitado su suspensión cautelar.
Pero es que el mensaje de Industria no es sólo para las eléctricas. Sebastián aprovecha para decir a los mercados que el Gobierno seguirá subiendo la luz y no habrá que esperar a octubre o enero para verlo. Por ley, el déficit de tarifa debe ser cero en 2013. La medida es prudente ante el temor que ha suscitado en las eléctricas la rebaja de la calificación a Iberdrola por parte de Moody’s, precisamente por la decisión del Ejecutivo de congelar la tarifa de la luz en julio e impedir la subida del 4% anunciada semanas antes. “El rating de las eléctricas se ha mantenido históricamente en línea con el del Reino de España. Es inquietante que pueda estar por debajo”, se asegura desde una de las empresas afectadas.
Con sus últimos esfuerzos, Sebastián matiza una medida populista que era pan para hoy, pero le ha permitido ganar tiempo. Primero, para superar el colapso en su negociación con la industria renovable. Segundo, para con la complicidad del PP borrar del debate sobre el estado de la nación la ausencia de una planificación energética estable. Finiquitado un acuerdo con las energías eólica y termosolar –con sólo los demonizados fotovoltaicos en armas- y con el curso político buscando septiembre, el ministro retoma un problema que conoce bien. Es él quien ha denunciado la “hipoteca invisible” que supone el déficit de tarifa generado por la brecha entre el coste real de la electricidad y el precio al que se paga en el recibo de luz.
¿Dónde queda Montoro?
La posición del PP es más delicada. Más allá de lo que gane Montoro en sus aspiraciones personales, las líneas rojas marcadas por el Gobierno complicarán que la oposición ponga en valor su participación en un eventual pacto. Por ejemplo, la revisión del cierre de Garoña –un anhelo popular- está fuera de la negociación. Sin contar con que la no actualización de la tarifa pone en cuestión “la ortodoxia supuestamente defendida por el PP”, se apunta desde una compañía. Por el momento, lo que sí ha conseguido el ex ministro de Hacienda es ganarse la animadversión de más de una eléctrica, que sotto voce no duda en asegurar que ha dado aire a Sebastián y ha abierto innecesariamente el melón de todo el sector cuando las intenciones de Industria estaban sólo centradas en conseguir ahorros en la factura renovable.
Podría pensarse al menos que Montoro se habría granjeado las simpatías del sector fotovoltaico, que estaba condenado a muerte y ha visto como se aplazaba la sentencia. Pero ni eso. Según adelantó este diario, la idea planteada por el coordinador económico del PP para este sector pasa porque los huertos fotovoltaicos ya instalados acepten una reducción de la prima en los próximos 25 años y se difiera el pago comprometido a los siguiente 25. Lo más suave que se ha dicho sobre la propuesta desde patronales y empresas es que se trata de “una ocurrencia”. Al fin y al cabo, Montoro no hace sino replicar con esta iniciativa el modelo de déficit tarifario que él y Rodrigo Rato diseñaron en 2001 y el PSOE avaló por interés político.
Mordiéndose las uñas, las eléctricas se preparan para lo peor y diseñan argumentarios y cifras para replicar ante la posibilidad de que la extraña pareja terminé fraguando el peor de los escenarios. Este pasaría por una tasa a la plusvalía de los activos supuestamente amortizados de la hidráulica y la nuclear, los denominados windfall profits (beneficios llovidos del cielo), o incluso una quita al déficit de tarifa. Aunque sobre todo esta última opción parece descabellada, nunca debe subestimarse la fuerza de los mantras socialistas. ¿Y si Zapatero concluye que las eléctricas también deben arrimar el hombro?
