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La poética de un territorio, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España
En la muerte de Miguel Delibes
Nunca dejé de preguntarme qué interés pueden tener todas aquellas necrológicas que no van más allá de apresurados resúmenes sobre la vida y obra del finado que, ahora más que nunca, con las enciclopedias digitales, están al alcance de todo el mundo sin necesidad de emplear mucho tiempo en tales pesquisas. Y todo ello, en el caso de Delibes, es más claro aún. Nadie pone en duda su talla como narrador, ni tampoco su admirable trayectoria como periodista. Por si ello fuera poco, hay datos que avalan su honestidad y su coherencia, entre ellos, el haberse negado a escribir ex profeso una novela para un conocido premio que pretendía contar con su nombre en su inventario de galardonados. Otros, tanto de su generación como también más jóvenes, no pusieron reparos a ello. Así pues, la grandeza como ciudadano del autor de «Cinco horas con Mario» no estuvo por debajo de las otras, lo que lo convierte, si no en una excepción, sí al menos en uno de los pocos casos que no incurrieron en contradicciones entre la prédica y los hechos. Y, en este mismo orden de cosas, anotemos que Delibes dejó de escribir en el momento en el que ya no se sentía con fuerzas para ello. Es decir, no hay en su obra unos últimos libros flojos, carentes de interés, viviendo de sí mismo, como hicieron otros novelistas de su misma generación, que, tras haber creado obras maestras en su momento, acabaron publicando auténticos bodrios. Pongamos que hablo de Cela.
Dicho todo ello, más allá de la constatación y recuerdo de todas las excelencias que hemos apuntado, acaso no esté de más apuntar, aunque sea casi de soslayo por los límites de espacio de un artículo periodístico, qué es lo más genuino de la obra narrativa de Delibes.
A este propósito, en el caso que nos ocupa, entre las muchas cosas que merecen un estudio profundo del conjunto de su obra, se encuentra sin duda un cotejo a fondo entre dos Castillas, tan distintas y tan distantes, que fueron la que forjó literariamente el 98, frente a la que se encuentra en muchas de las novelas del gran escritor recientemente fallecido.
Delibes hizo, en efecto, una poética de un territorio en su obra, en este caso, de Castilla, que no es la del 98, sino la suya propia, aquella que contempla, no con los ojos decadentes de un Azorín, ni con las visiones agónicas de Unamuno y Machado, sino como un universo que, literalmente, se está desnaturalizando y desgarrando, no por una decadencia histórica, secuela última de un imperio que se desmembró, sino por las imposiciones de una nueva sociedad de consumo que impone la deserción de un modo de vida. No son, en general, los ganapanes machadianos los que se llevan la peor parte en el universo narrativo de Delibes, sino una clase media en gran medida desnaturalizada.
Una clase media que no existía en el momento en que la Generación del 98 hizo de Castilla la doble metáfora de la decadencia material y espiritual de España. Una clase media que tampoco tenía protagonismo cuando el regeneracionista Julio Senador habló de aquella Castilla en escombros. Así las cosas, sería muy conveniente que se conociese a fondo la Castilla que plasmó Delibes en su universo literario, frente a la noventayochista.
Tras la lectura de la mayor parte de su obra literaria, el lector sale satisfecho no sólo por la maestría de Delibes como narrador, sino también y en una medida no menos importante, por haber asistido a un proceso de justicia poética con unos personajes que, aun teniendo casi todas las circunstancias en su contra, salen airosos existencialmente de la peripecia en la que se han visto envueltos.
¿Acaso Cayo, del que se pretende el voto en las primeras elecciones tras la muerte del dictador, no queda muy por encima del mundo que le rodea, al tiempo que deja en el lector un poso melancólico inevitable? Pero, en todo caso, gana la dificilísima batalla de la coherencia.
¿Y qué decir de Mario y de su mujer? No me refiero en este caso a las grandes dificultades que plantea la estructura de ese largo monólogo hecho novela, sino al interés y respeto que nos suscitan dos perdedores, tanto el propio Mario como su viuda, en un mundo que discurría muy ajeno a lo que ambos representaban.
Personajes los de Delibes que, como la atmósfera en que casi todos ellos se desenvolvían, no estaban contaminados por los imperativos de una contemporaneidad que se enfrentaba a ellos, en tanto implicaba un mundo en el que no tendrían sitio.
Personajes muchos de ellos de una coherencia y una pulcritud moral que estaban en consonancia con esa prosa más alambicada que sencilla y, sobre todo, tan limpia como el cielo de Castilla y la mirada de este narrador irrepetible.
Poética de un territorio poblado en gran parte por personajes que representan el fin de un mundo que se va con ellos, un mundo puede que más inocente, pero, insistimos, más limpio y más afín.
Poética de un territorio en un universo narrativo de referencia. No es menos rica literariamente la Castilla de Delibes que la Castilla noventayochista.
Poética de un territorio concebida y creada más acá y más allá de un gran oficio periodístico, el mismo que reivindicaba este diario en su último editorial.
No sólo hemos perdido a un gran narrador y a un gran periodista, sino también a un ciudadano en cuya trayectoria pública no hay nubarrones negros y procelosos, sino claridad, el gran imperativo ético y estético de un eximio escritor, de un auténtico maestro.
Elogio de Castilla, de Pedro G. Cuartango en El Mundo
VIDAS PARALELAS: MIGUEL DELIBES / ANTONIO MACHADO
Como dice Carmen tras la muerte de Mario, «aún me parece mentira. Me es imposible hacerme a la idea». A mí también, pero Miguel Delibes ha dejado para siempre el páramo castellano para irse a las tierras altas del más allá. Allí le espera Antonio Machado, el gran poeta de Sevilla, el escritor que mejor ha sabido expresar -junto al vallisoletano- la esencia de Castilla.
No se me ocurre mejor descripción de Delibes que la que Machado hizo de sí mismo en Campos de Castilla: «Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido, ya conocéis mi torpe aliño indumentario…».
Nadie como ellos ha sabido captar esa mística del paisaje castellano que refleja el alma de sus hombres y mujeres, curtida por los fríos de invierno y los secos calores del verano.
Machado y Delibes retratan a Castilla, pero no embellecen su rostro. Ahí quedan las ruines miserias de los Alvargonzález que se matan por la tierra o la crudeza de la vida en los pueblos en Viejas historias de Castilla la Vieja.
Uno y otro eran dos pesimistas activos, dos hombres tristes que vivían de prestado, casi de paso, en un reflexivo repudio de las vanidades terrenales, como si este mundo no fuera el suyo.
Visité la tumba de Machado en Collioure en 1975 y quedé sobrecogido por su austeridad. Emocionado por la desolación del lugar, deposité unas flores sobre la losa en la que estaba escrito su nombre y el de Ana Ruiz, su madre.
Delibes ha tenido la suerte de morir en su casa y con el reconocimiento que merecía, pero él mismo comentaba que, desde el fallecimiento de su esposa y sus problemas de salud, la vida se le había acabado.
Le vi una vez, hace 40 años. Yo estaba pescando cangrejos con mi padre cerca de Sedano y él estaba por allí cazando perdices, la gran pasión de su existencia.
Delibes era austero, parco en palabras, solitario a pesar de ser padre de una familia numerosa y tenía un acendrado sentido de la dignidad -casi diría del honor – que le llevó a dimitir como director de El Norte de Castilla porque Fraga le había impuesto un comisario político.
Machado también se tuvo que ir al exilio y murió más pobre que las ratas, vencido pero no humillado en una pensión que no miraba al Duero sino al Mediterráneo. Creo que Delibes y Machado tenían algo de quijotesco que forma parte del carácter castellano que llevamos en la sangre los nacidos en esta tierra.
No somos gente manejable ni amable ni seductora, pero sí de palabra. Solemos ser duros, secos y a veces inflexibles. No nos gusta arrodillarnos ante nadie. Comemos carne y bebemos vinos recios. Somos señores de nuestras propias miserias, pero jamás vasallos de las de otros.
Delibes era uno de los nuestros, el mejor de todos nosotros. Descanse bajo un ciprés este buen castellano viejo que ha emprendido el último viaje «ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar».
La polémica creatividad de Kapuscinski, de Timothy Garton Ash en El País
Un libro publicado en Polonia denuncia que lo que el autor presentaba como periodismo era ficción. De ser esto cierto, traicionó la confianza de los lectores, que creían que esas cosas habían ocurrido y eran reales
Todos los periodistas y aspirantes a autores de reportajes pueden aprender mucho de la controversia sobre Kapuscinski. La “no ficción creativa” es una pendiente peligrosa.
Si hubiera vivido unos años más, Ryszard Kapuscinski quizá habría podido obtener el Premio Nobel de Literatura. Aunque esas cosas se llevan con un secreto digno del Vaticano, estoy seguro de que era uno de los candidatos constantes de la Academia sueca. Entonces, los periodistas de muchos países habrían celebrado su designación por ser el primer escritor de “no ficción” que lo ganara desde Winston Churchill en 1953. Ahora ha estallado una seria polémica en su Polonia natal por un nuevo libro que sugiere que su no ficción no era tan “no ficción”, después de todo. Es una polémica que ya ha dado la vuelta al mundo, porque el nombre de Kapuscinski es sinónimo en todas partes de un cierto tipo de reportaje político-literario.
Acabo de leer el libro, que se titula, en polaco, La no ficción de Kapuscinski. Su autor es el periodista Artur Domoslawski, de quien Kapuscinski fue modelo, mentor y amigo, y ha sido criticado por varios motivos. Entre ellos, su forma de abordar las numerosas aventuras amorosas del escritor viajero, que es verdad que me parece poco delicada, y su tratamiento del pasado comunista y los contactos ocasionales de Kapuscinski con la policía secreta, que en mi opinión está bien explicado.
Más en general, se ha criticado al libro por denunciar a un antiguo mentor. La viuda de Kapuscinski lo llama “parricidio”. Yo creo que no lo es. Creo que el autor trata de ser imparcial y permite que hablen muchas voces diferentes. Capta al Ryszard que yo conocí, empezando por una brillante evocación de su cálida sonrisa, con la que desarmaba a cualquiera. Desarmaba a cualquiera literalmente, porque aquella sonrisa de humildad casi infantil le permitió salir bien librado de muchos enfrentamientos peligrosos con hombres armados, en África y otros lugares. Por otro lado, este libro es el grito prolongado de un discípulo preocupado e incluso desilusionado, alguien que, en sus casi tres años de investigación, encontró cosas que le perturban enormemente.
El quid de la cuestión, para Domoslawski, para mí y probablemente para el resto del mundo, es que se cruce el límite entre la realidad y la ficción. Es un tema que a algunos nos preocupa desde hace años. En 2001, para conmemorar el centenario del Premio Nobel de Literatura, la Academia sueca organizó un simposio sobre la Literatura de testigos, una delicada forma de sugerir que la Literatura, con mayúscula, no consistía sólo en ficción y poesía. Yo di una charla (reproducida en mi libro Facts are Subversive) en la que comenté que “con Kapuscinski, pasamos sin cesar de la Kenia real a la Tanzania de ficción y viceversa, pero la transición no está claramente indicada en ningún sitio”.
Ese mismo año, el antropólogo y escritor John Ryle escribió una brillante reseña en The Times Literary Supplement en la que documentaba numerosas inexactitudes, exageraciones y mitificaciones de Kapuscinski en sus escritos sobre África. Decía que, en su mayoría, tendían a lo que el denominaba el “barroco tropical”, un estilo en el que todo se vuelve más exótico, salvaje, descontrolado, extremo y, por qué no decirlo, oriental. Ahora, Domoslawski sigue en parte las huellas del maestro, hasta Addis Abeba, por ejemplo, donde Kapuscinski investigó para escribir su famoso libro sobre la caída de Haile Selassie, El emperador, y a Santa Cruz, Bolivia. Y se ha encontrado con que los propios testigos de Kapuscinski se quejan de que hay material falso e inventado. Da numerosos ejemplos.
Lo que hizo Kapuscinski está ya fuera de toda duda. La cuestión es cómo reaccionar. Una corriente de opinión es la representada por el escritor estadounidense Lawrence Weschler, quien, según Domoslawski, ha dicho que “¿qué más da en qué estante tengamos que colocar El emperador y El Sha, en ficción o no ficción? Siempre seguirán siendo unos libros magníficos”. Un compañero de colegio de Kapuscinski afirma que El emperador es “la mejor novela polaca del siglo XX”. Y, por supuesto, esos libros hablaban también de Polonia. Los lectores polacos los leían en parte como alegorías de su propia situación, y los censores del comunismo podrían haberlos prohibido si no se hubieran presentado como libros de no ficción que trataban de lugares reaccionarios y lejanos.
Una segunda corriente, que podríamos llamar de los “nerviosos defensores de Ryszard”, está bien representada por Neal Ascherson, autor a su vez de soberbios reportajes sobre Polonia y otros países. Kapuscinski era un gran narrador de historias, no un mentiroso -escribe en la página web de The Guardian-, y existe una diferencia importante entre dar noticias y escribir libros. Pero luego hace esta afirmación, que me resulta muy sorprendente: “Casi todos los periodistas, excepto un puñado de santos, sacan punta a las citas o varían ligeramente las horas y los lugares para causar más efecto. Quizás no deberían, pero lo hacen; lo hacemos”. ¿De verdad, Neal? ¿Y cuánto es, si no te importa explicarlo, “ligeramente”? ¿Y hasta dónde puede atreverse uno a “sacar punta”? No obstante, en el resto de su blog muestra su preocupación por el hecho de que Kapuscinski no dejara suficientemente claro al lector lo que hacía.
La tercera postura, en la que me incluyo, afirma que, aunque no haya -en los gráficos términos que emplea Ascherson- una “frontera con alambrada y focos”, sí existe un límite fundamental, una zona fronteriza, que los escritores de no ficción debemos intentar no cruzar jamás. Si cruzamos ese límite, entonces debemos asignar una etiqueta distinta al producto final. Domoslawski ofrece una razón por la que hay que hacerlo: sencillamente, el deber de ser justos con nuestros lectores. Ustedes necesitan saber qué están leyendo. Al fin y al cabo, parte de la emoción de leer a un escritor como Kapuscinski nace de pensar que esas cosas han ocurrido. Él estaba allí. Lo vio con sus propios ojos. Estuvo a punto de morir por informar de los hechos. Es un principio que su propia retórica ha defendido con frecuencia a capa y espada.
El segundo motivo es más profundo. Me da la impresión de que, para una persona armada con una pluma, existen pocas obligaciones más serias que la de ser testigo veraz de grandes acontecimientos. Al presentar el simposio de 2001 sobre la Literatura de testigos, el entonces secretario de la Academia sueca, Horace Engdahl, sugirió que “la verdad, en un principio, no es nada más que lo que certifica un testigo fiable”. Quizá no sirva como regla filosófica universal, pero desde luego sí es aplicable a lo que hacen quienes escriben testimonios, sobre todo cuando se alzan solos en medio de la tragedia o el triunfo. Ser testigos de genocidios, guerras, revoluciones y muestras de valor humano en medio de la humanidad es -perdónenme el tono melodramático- una responsabilidad sagrada.
Es cierto que, al elegir los hechos, las imágenes y las citas, al caracterizar a las personas reales sobre las que escribimos, quienes realizamos reportajes trabajamos, en muchos aspectos, como los novelistas. Pero, si tenemos en cuenta esa responsabilidad respecto a la historia y la promesa de “no ficción” que hacemos a nuestros lectores, debemos atenernos a los hechos de la mejor forma posible. No debemos cambiar el orden de los acontecimientos ni siquiera “ligeramente”, ni “sacar punta” a nada que aparezca entre comillas. Todos cometemos errores. Nadie puede ver una situación en su conjunto ni ser totalmente objetivo. Todo el mundo tiene un punto de vista. Ahora bien, si digo que vi una cosa, es que vi esa cosa. No estaba en otra calle, en otro momento, ni me lo contó alguna otra persona mientras tomábamos una copa en el bar del hotel.
Creo que podemos hacer dos cosas. Una, sugerida en tono humorístico por el propio Domoslawski en una entrevista tras la publicación del libro, es que debería haber en las librerías una sección entre la ficción y la no ficción, en la que estuviera una nueva categoría llamada simplemente Kapuscinski. La otra es aprender del maravilloso trabajo de Kapuscinski pero también de sus transgresiones y, de esa forma, dar un testimonio más veraz.
Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos, ocupa la cátedra Isaiah Berlin en St. Antony’s College, Oxford, y es profesor titular de la Hoover Institution, Stanford. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.
Poeta del amor y de la vida, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España
«Yo no quiero más luz que tu sombra dorada/ donde brotan anillos de una hierba sombría./ En mi sangre, fielmente por tu cuerpo abrasada, / para siempre es de noche: para siempre es de día». (Miguel Hernández)
«No me conformo, no: me desespero/ como si fuera un huracán de lava/ en el presidio de una almendra esclava/ o en el penal colgante de un jilguero». (Miguel Hernández)
En este país nuestro de nunca jamás, se cumple, en el presente año, otra efeméride de primera magnitud, la de Miguel Hernández, la del poeta que terminó sus días en las cárceles franquistas. La del poeta autodidacta por excelencia que dio el siglo XX en las letras españolas, la del poeta que escribió una de las elegías más grandiosas de nuestra literatura, la del poeta cuya voz sigue viva si se trata de amor, si se trata de libertad, capaz de conmover incluso a los más insensibles.
Poeta del amor y de la vida, cuyo erotismo alcanza en determinados poemas una fuerza que, si no sobrepasa lo insuperable, sí está muy cerca de ello. Poeta del amor y de la vida, que, a fuerza de tanto amar, alcanza lo trágico sin dar posibilidad alguna a lo cursi y a lo melodramático. Poeta, ante todo, de estremecimientos.
Y no deja de ser desquiciante que, en un año como éste, marcado, más que por ninguna otra cosa, por una insultante mediocridad en la vida pública, se celebre el centenario de un poeta de la envergadura de Miguel Hernández. Y que hayan tenido que transcurrir más de treinta años de la supuesta democracia que gozamos para que, oficialmente, haya un compromiso de declarar nulo el juicio que en 1940 lo condenó a muerte.
Si precoz fue como poeta, su muerte, a los 31 años, no le impidió, sin embargo, haber escrito una obra de una calidad tan deslumbrante que le hará siempre figurar entre los grandes poetas en lengua castellana de nuestra literatura contemporánea.
Y, ante todo y sobre todo, más allá de los fastos que vayan a celebrarse, más allá de los reconocimientos oficiales, lo que hay que preguntarse es en qué condiciones puede recibir la España de hoy el legado de esta obra poética de primera magnitud. Miguel Hernández no es de esos poetas de los que se pueda hacer una lectura aséptica. Miguel Hernández no es de esos poetas que faciliten lecturas ñoñas.
Su dolor, como su amor, son de tal intensidad que, como diría Unamuno, retemblarán en las manos de sus lectores, bien sea en voz baja, bien sea en lectura pública para la ocasión como es de prever que suceda durante los muchos actos que se organizarán con ocasión de su centenario.
La España de 2010, que aún tiene muchos problemas pendientes con lo que es su memoria colectiva, se verá obligada a acoger y a celebrar el centenario de un poeta cuya obra no se lo pone nada fácil a todos aquellos que son decididos y entusiastas partidarios de la amnesia para con una dictadura que es responsable de la muerte de este hombre en sus cárceles, en 1942, tres años después de la victoria del bando franquista en la Guerra Civil.
Aquí no cabe hablar de incontrolados, aquí no cabe alegar ignorancia de lo que ocurría, aquí no es posible argumentar que aquel régimen, que decía ser la salvaguarda de la reserva espiritual de Occidente, tuviese el más mínimo resquicio de generosidad con un poeta que se había comprometido a fondo con la República, poniendo su poesía en primera línea de combate.
La muerte de Miguel Hernández, en las condiciones en que se produjo, es un episodio más no sólo de la historia universal de la infamia, sino también de la crueldad de un régimen totalitario que duró casi cuatro décadas, y, al que según parece, resulta muy complicado juzgar.
Dicho esto, no hay que perder de vista en ningún momento que es tanto el amor que hay en la poesía de Hernández, amor no sólo a la que fue su compañera, amor no sólo a su hijo en aquel inolvidable poema, sino también amor a la belleza y a la vida, que parece imposible, al evocar su vida y obra, no recordar aquel soneto de Quevedo titulado «Amor constante más allá de la muerte», que, según Dámaso Alonso, es probablemente el mejor de la poesía española.
En efecto, médulas que ardieron, venas que dieron fuego incandescente a tanto amor. Poemas los de Miguel Hernández que, como el amor, según Quevedo, van mucho más allá de la muerte.
Poeta que cantó a las explosiones primaverales, que se rebeló contra las condiciones de vida de un niño yuntero, que, ante la muerte de una persona muy querida, expresó que le dolía hasta el aliento. Poeta que volcó su amor hacia su hijo de una forma tan desgarradoramente profunda.
Poeta que captó la belleza del paisaje al que se asomó de niño. Poeta que transitó lo mejor de nuestra tradición lírica. Poeta al que no le fue ajena la tragedia que vivió su pueblo en la Guerra Civil. Poeta gigantesco de un tiempo y un país que asombró al mundo.
Poeta del amor y de la vida, cuya obra es un desquite no sólo ante las injustas y crueles circunstancias en que su muerte se produjo, sino también, y ante todo, ante la injusticia, ante la tragedia, ante todas las miserias de la vida humana.
Poeta del amor y de la vida cuyos clamores estarán eternamente vivos, porque toda su vida y obra cabrían bajo uno de sus títulos más conocidos, bajo un rayo que no cesa, bajo una explosión de vitalidad centelleante cuya llamarada es imposible apagar, cuya llamarada va en la antorcha que siempre estará en manos de la mejor poesía, aquella cuyo compromiso es vencer a la muerte.
Del mal metafísico al bien público, de Mario Bunge en SinPerniso
En su novela El mal metafísico , de 1916, Manuel Gálvez describió la bohemia porteña de principios del siglo pasado. Esos bohemios, algunos de ellos estudiantes crónicos o periodistas a tiempo parcial, eran aspirantes a escritores, pintores o reformadores sociales. Vivían muy pobremente, en pensiones o cuartuchos miserables. Quien me recomendó la novela, un distinguido profesor de robótica, nada bohemio, me contó que medio siglo después vivió en un ambiente semejante en la ciudad de México.
Esos bohemios veinteañeros leían y discutían acaloradamente a Rubén Darío o Paul Verlaine, Kropotkin o Nietzsche, y otros innovadores o iconoclastas. Todos ellos creían tener ideas avanzadas, aunque no pasaban del descontento con el orden social que conocían. Y ninguno de ellos advirtió que Nietzsche era uno de los peores enemigos del progreso social que todos ellos anhelaban, pero ninguno conseguía definir.
Viel, uno de los personajes de la novela, les echa en cara a sus compañeros: “Ustedes, los artistas, los literatos, no tienen razón de ser en este país. Créanme, muchachos; son enfermos, inadaptados, enfermos del mal metafísico, la enfermedad de crear, de soñar, de contemplar”.
Viel opinaba que “este país necesita hombres de acción, trabajadores, economistas?”. El poeta Riga, en cambio, opinaba que los soñadores son indispensables, porque “poblaban el ambiente, fecundaban otras almas, creaban en la atmósfera social y moral del país un pequeño rincón de idealidad”.
Yo apruebo a Riga, porque hay cosas inútiles, tales como la poesía, la cosmología, la arqueología, la matemática y la filosofía, que son la marca de la alta civilización. Y también porque no hay gran empresa sin gran visión.
Los viajes de descubrimiento, en particular los de Colón y Magallanes, fueron alentados por la ambición de “descubrir” mundo. La conquista y la colonización fueron alentadas principalmente por la codicia. En particular, a los Reyes Católicos el Nuevo Mundo sólo les interesó como fuente de dinero para derrochar en sus agresiones a los Países Bajos. Sólo hubo unos pocos misioneros, tales como el franciscano Fray Toribio de Benavente, a quien los indios mexicanos llamaban Motolinia (”el pobrecito”, en náhuatl), que tuvieron la ilusión de convertir a los aborígenes y protegerlos de la brutalidad de conquistadores y encomenderos.
Los colonos que fueron a “poblar” las colonias americanas (como si hubieran estado despobladas) lo hicieron sólo por afán de lucro. Y fueron poquísimos: examinando los Archivos de Indias, Fernand Braudel y sus colaboradores encontraron que en el curso del siglo que siguió al “descubrimiento” del Nuevo Mundo viajaban de España a América solamente unas 1000 personas por año. O sea, menos de un vigésimo de los europeos que emigraron a Hispanoamérica entre 1860 y 1940.
Todos concordamos en que los grandes líderes de la emancipación americana tuvieron una visión original de sus respectivas patrias: las soñaron soberanas y, por lo tanto, capaces de desarrollarse en provecho de sus propios pueblos. Algunos de los patriotas no se proponían más que desmantelar el monopolio europeo sobre el comercio exterior. En cambio, unos pocos, en particular Thomas Jefferson y Simón Bolívar, tuvieron visiones grandiosas: el primero, de una gran nación moderna en un pie de igualdad con los países europeos, y el segundo, la visión de una Hispanoamérica unida.
Los visionarios norteamericanos realizaron su visión, aunque dos décadas después ella quedó obsoleta cuando Francia abolió la esclavitud y la servidumbre, mientras que los plantadores norteamericanos del Sur siguieron explotando a esclavos durante un siglo más.
Pasada la primera década de construcción de lo que se llamó una nueva y gloriosa nación (título de la película que los pibes del barrio mirábamos todos los 25 de mayo), los patriotas iberoamericanos se dedicaron a fusilarse entre sí, a medrar con la injusticia social y a hipotecar su país al extranjero. En cambio, los norteamericanos construyeron una nación moderna con una rapidez pasmosa, y se dividieron en dos recién cuando sus vecinos del Sur empezaban a sofocar las guerras civiles.
No opinaré sobre los grandes visionarios argentinos porque no quiero inmiscuirme en las querellas rosista/sarmientista ni gorila/peronista, que me parecen caducas y, por lo tanto, infructuosas. Me referiré, en cambio, a otro gran país latinoamericano: México, segunda patria de muchos argentinos.
México tuvo más suerte que la Argentina en un respecto y menos en otro. Produjo cuatro grandes líderes -Benito Juárez, Francisco Madero, Emiliano Zapata y Lázaro Cárdenas- que bregaron exitosamente por tres grandes causas: soberanía nacional, reforma agraria y educación moderna y universal. Dos de esos prohombres, Madero y Zapata, fueron asesinados por sicarios al servicio del gran triunvirato que detentaba el poder económico: los terratenientes, la Iglesia Católica (la principal terrateniente del país) y las empresas extranjeras, principalmente americanas, británicas, alemanas y francesas, que habían explotado las riquezas del país durante la larga noche de Porfirio Díaz.
Los gobiernos mexicanos fueron exitosos en la medida en que permanecieron fieles, al menos de palabra, a esa grandiosa visión del indio Juárez. Pero la realización parcial de esta visión costó más de un millón de muertos, sobre todo en la guerra de los llamados cristeros contra los gobiernos reformistas, en la que muchísimos indios tomaron las armas en favor de sus explotadores.
Terminado el sexenio del Tata Lázaro, como los indios solían llamar al General Cárdenas, empezó la ristra de gobiernos del famoso PRI. Aunque éstos no eran reaccionarios, beneficiaban principalmente a los nuevos ricos y a los políticos que esperaban ordeñar al Estado. Desde entonces se acabaron los partidos con grandes proyectos nacionales. Sin embargo, algo quedó, además de la retórica “revolucionaria institucional”: la ayuda estatal a los indigentes y el apoyo a la educación y la cultura.
Obviamente, los ideales no bastan para reformar una organización moderna: también hacen falta conocimientos especiales que sólo pueden obtener las ciencias y técnicas sociales, tales como la sociología, la economía y el derecho. Sólo fuertes dosis de tales conocimientos pueden reemplazar el “mal metafísico”, del que hablaba Manuel Gálvez, por la gestión responsable y eficaz del bien común.
Recordemos dos casos que, aunque muy diferentes, se parecen en que ponen en evidencia la necesidad de construir una visión inteligente del porvenir en lugar de dejarse arrastrar por la corriente o de escuchar los llamados de individuos aquejados de mal metafísico.
El primer caso es el de los autores de las dos revoluciones rusas de 1917. La primera fracasó porque los socialistas de Kerensky no ofrecieron lo que quería la gente: paz y pan. La segunda revolución, encabezada por Lenin, no fue guiada sino por dos objetivos: la paz y el desmantelamiento del orden semifeudal. Los bolcheviques no tenían una visión de la nueva sociedad porque creían que ella vendría espontáneamente. Siguiendo a Marx y Engels, creían que planear el futuro era sueño utópico.
Los dirigentes soviéticos tardaron un decenio en elaborar y poner en práctica los Planes Quinquenales que transformaron a una sociedad atrasada en una potencia moderna. Pero su visión estrechamente economista les impidió ver que la gente necesita mucho más que fábricas, centrales eléctricas y escuelas modernas. Todos sabemos lo que costó la estrechez de la visión comunista.
Mi segundo ejemplo es el del socialismo argentino de antes. Hace exactamente un siglo el neurocirujano Juan B. Justo publicó un libro notable, en el que exponía una visión moderna basada sobre las investigaciones sociológicas del propio autor: Teoría y práctica de la historia . El Maestro Justo, como solían llamarlo sus compañeros, no padecía del “mal metafísico”: no soñó utopías, sino que estudió la realidad que tenía a su alcance y propuso maneras prácticas de mejorarla, tales como cooperación, educación laica y, sobre todo, sufragio universal. El Partido Socialista argentino se autodenominaba “el partido del sufragio universal”, no “el partido de la justicia social.”
La visión de Justo no se llevó a la práctica. Unos culparán al escaso desarrollo industrial; otros, a la Sociedad Rural; otros más, a la Unión Industrial Argentina, y casi todos al imperialismo inglés. Yo creo que la culpa fue de todos esos factores, así como del propio Partido Socialista, que se conformó con sacar muchos votos en la Capital Federal y con controlar a un puñado de sindicatos de la aristocracia trabajadora urbana. Guardó en su ropero la bandera de la justicia social.
En cambio, el general Perón tuvo una visión mucho más amplia y audaz, robó la bandera de la justicia social, fue más astuto, no tuvo escrúpulos, y gozó del apoyo de las Fuerzas Armadas y de… Pero ya metí la pata donde me había propuesto no meterla. Termino, pues, antes de que los gorilas y chimpancés despedacen a este mono Tití.
¿Usted se siente cómodo en la mediocridad y teme a quienes prometen o amenazan cambios? Apoye a los partidos sin otro programa que ganar las elecciones, o que padecen del “mal metafísico”, o sea, el macaneo y la verborragia.
¿Usted anhela el progreso de la patria? Apoye a los partidos con una visión clara y fundada, que incluya menos pobreza y mayor riqueza cultural. Aunque para poder identificar a tales partidos, usted mismo tendrá que esbozar una visión promisoria. Pero, puesto que no lo logrará por sí solo, tendrá que juntarse con otros en un centro de estudios de la realidad a algún nivel: vecinal, provincial, o nacional. Primero conocer, luego programar y, finalmente, actuar.
Mario Bunge es el más importante e internacionalmente reconocido filósofo hispanoamericano del siglo XX. Físico y filósofo de saberes enciclopédicos y permanentemente comprometido con los valores del laicismo republicano, el socialismo democrático y los derechos humanos, son memorables sus devastadoras críticas de las pretensiones pseudocientíficas de la teoría económica neoclásica ortodoxa y del psicoanálisis “charlacanista”.
La Nación, 2 febrero 2010
Dólares, elecciones y libertades, de Rafael Domingo Oslé en El Mundo
TRIBUNA: DERECHO Y POLÍTICA
El autor critica el fallo del Supremo de EEUU que da total libertad a las empresas para financiar a los partidos. Señala que permitir que el dinero corporativo inunde el mercado político puede generar una democracia corrupta
En ciertos ambientes políticos estadounidenses, es frecuente escuchar que la Constitución norteamericana dice lo que Anthony M. Kennedy quiere que diga. Y no falta razón. En los últimos años, este magistrado del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, designado por Ronald Reagan en 1988, ha tenido por el mango la sartén constitucional en docenas de casos, y su voto ha decidido el triunfo conservador o liberal en varias sentencias trascendentales. Sus opiniones han sido determinantes en resoluciones judiciales sobre temas tan debatidos y espinosos como Guantánamo, el aborto, la tenencia de armas, la pena de muerte o los derechos de los homosexuales. El venerado principio del rule of law, en los Estados Unidos se ha convertido en el rule of Kennedy, quien navega a sus anchas entre las togas supremas.
La semana pasada Anthony M. Kennedy volvió a ser ponente de una sentencia tan controvertida como histórica: la del caso Citizens United v. Federal Election Com-mission, sobre la financiación de los partidos políticos. Para conseguir su aprobación, Kennedy se alió con los jueces más conservadores: el presidente John Roberts y los magistrados Clarence Thomas, Samuel Alito y Antonin Scalia, alejándose, al menos en esta ocasión, de sus colegas liberales: John Paul Stevens, Stephen Breyer, Ruth Ginsburg y la latina Sonia Sotomayor. El legendario Stevens le ha pasado factura con un voto particular de casi un centenar de folios, que no tiene desperdicio.
Este juez considera que la sentencia es contraria a la lógica judicial por estar más centrada en los intereses de la mayoría que en las pretensiones de los litigantes. Además, critica que la sentencia desarrolle teorías constitucionales a partir de asuntos jurídicos de poco calado, que se olvide del precedente y que imponga el reino del empirismo frente al absolutismo, y la retórica ante la realidad. A sus casi 90 años, y con poco ya que perder, Stevens ha dicho realmente lo que piensa, al margen de compromisos. Personalmente, suscribo muchas de sus opiniones.
Todo comenzó en enero de 2008, cuando Citizens United, una empresa sin ánimo de lucro de tendencia conservadora, emitió un amplio documental sobre la entonces senadora y candidata a las primarias Hillary Clinton. El documental, estrenado en seis cines, continúa estando disponible en DVD y en internet. Los editores decidieron aumentar su distribución, a través de un sistema de vídeo on demand, que permitía a los espectadores ver el programa en cualquier momento. La Comisión Federal Electoral se lo prohibió con fundamento en la denominada Ley McCain-Feingold, decisión que fue confirmada por el Tribunal Federal de Distrito del Distrito de Columbia.
Una vez en el Tribunal Supremo, algunos magistrados han utilizado el caso para revisar a fondo la doctrina jurisprudencial sobre la financiación de las campañas electorales hasta el punto de anular, por inconstitucionales, dos importantes precedentes: uno de 1990, que confirmó las restricciones en el gasto empresarial para apoyar u oponerse a candidatos políticos, y otro de 2003, que confirmó algunos artículos de la Ley McCain-Feingold, que limitan los gastos de campaña a las empresas y los sindicatos.
La argumentación de la resolución judicial es clara aunque, en mi opinión, errónea: en virtud de la Primera Enmienda a la Constitución norteamericana, el Gobierno no puede prohibir que las empresas destinen sus fondos a apoyar a determinados candidatos en las campañas electorales. Kennedy es contundente: cuando el Gobierno pretende utilizar todo su poder, incluida la ley penal, para impedir que una persona pueda obtener información, esto desemboca en la censura, es decir, en «el control del pensamiento». Y esto es contrario a derecho porque «la Primera Enmienda confirma la libertad de pensar por nosotros mismos».
Adoptada el 15 de diciembre de 1791, la Primera Enmienda es una de las piezas fundamentales del derecho constitucional norteamericano. A partir de las menos de 50 palabras contenidas en ella, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos ha sabido construir una doctrina riquísima garante de las libertades civiles fundamentales, muy especialmente de las libertades religiosa, de prensa, de asociación y de expresión. Esta vez, como si de una varita mágica se tratara, la mencionada enmienda ha servido para eliminar las barreras a la libre financiación de las campañas, el mayor espectáculo público de los Estados Unidos, al menos en los últimos años. Continúan vigente, en todo caso, ciertas limitaciones, como la prohibición a las empresas de hacer donaciones a los candidatos directamente.
Los magistrados disidentes, con mucho sentido común, han afirmado que permitir que el dinero corporativo inunde el mercado político va a generar una democracia corrupta. La sentencia supone un giro jurisprudencial de 180 grados, de importantes consecuencias teóricas y prácticas. Que las empresas gasten millones de dólares para respaldar a sus candidatos es un escándalo social, pues si algo no tiene precio es el voto, máxima expresión de libertad. Pero, para muchos norteamericanos, el dólar está por delante de la democracia. He aquí el argumento: sin dólar no hay democracia porque sin dólar no hay sociedad. Por eso, el famoso aforismo romano de que la libertad no tiene precio (libertas res inestimabilis est) no casa del todo con la sensibilidad republicana norteamericana, más pendiente de la libertad empresarial que de la misma democracia. Se trata de una cuestión cultural, y así hay que aceptarla.
No sorprende por ello que la sentencia haya sido elogiada y aplaudida (lo he visto con mis propios ojos) por los sectores más republicanos como un triunfo de la libertad de expresión. Pero no es así. Precisamente es la libertad de expresión la que queda mediatizada por los millones de dólares que tantas compañías están dispuestas a donar con tal de participar en el reparto de la tarta del poder, una vez ganadas las elecciones. Por lo demás, aumentan exponencialmente las posibilidades de que el poder público se privatice, convirtiéndolo en un inmenso rancho tejano en manos de unos pocos especuladores.
Barack Obama no ha tardado en reaccionar señalando que esta resolución fortalece más los intereses de los poderosos y de los grupos de presión de Washington, como petroleras, compañías de seguros y bancos, mientras se debilita a «tantos ciudadanos de a pie que hacen pequeñas contribuciones para apoyar a los candidatos preferidos». Además, ha ordenado a su Administración que estudie con el Congreso la posibilidad de rehacer la normativa sobre financiación de las campañas. No olvidemos que Obama sorprendió a los más expertos analistas de campañas electorales por su capacidad de captar millones de pequeñas donaciones de sus seguidores.
La sentencia contiene puntos muy débiles: el primero de ellos es su pretensión de otorgar los mismos derechos a los particulares que a las empresas, sin advertir que el tipo de personalidad jurídica de una empresa, especialmente cuando de derechos constitucionales se trata, se halla en un rango cualitativamente distinto al de las personas físicas. En este tema, sí cabe la analogía, aunque cada vez yo sea menos partidario de ella. Con todo, en ningún caso es viable la plena equiparación.
Por otra parte, jamás una sentencia puede dictarse en nombre de la libertad cuando es la propia libertad de millones de ciudadanos la que va a quedar restringida, acorralada, sometida a fuertes y constantes presiones de una publicidad desenfrenada e inescrupulosa. Por último, la sentencia contradice, como bien señala Stevens, el llamado principio del judicial restraint, que exige a los jueces no extralimitarse en el uso de sus facultades. Y es que el exceso en el ejercicio del poder judicial por parte de algunos jueces supremos, de uno y otro bando, es un tema tan real como doloroso. ¡Que tomen buena nota de ello nuestros magistrados constitucionales!
Rafael Domigo Oslé es catedrático de la Universidad de Navarra y presidente de Maiestas.
© Mundinteractivos, S.A.
Dos cabalgan juntos, de Fernando Savater en El País
Suele decirse, es casi un lugar común, que los grandes escritores padecen un purgatorio más o menos largo de indiferencia tras su muerte. Algunos salen de él fortalecidos y eternos, otros permanecen incurablemente en el olvido. Pero Albert Camus representa una notable excepción a esta regla: a 50 años de su muerte temprana en un accidente de carretera, su figura intelectual ha aumentado sin cesar de tamaño y es hoy más prestigiosa que nunca.
Aún más sorprendente resulta la casi total unanimidad encomiástica que le rodea. Las polémicas y críticas acerbas que acompañaron la mayor parte de su vida creadora parecen haber desembocado hoy en un plácido estuario de reconocimiento sin fisuras. Resulta casi inevitable preguntarse si tanta aceptación no encierra un malentendido (el propio Camus dijo que el éxito suele implicarlo) o incluso una forma de olvido más soterrada y por tanto más difícilmente remediable.
Desde luego, abundan los motivos para recordar hoy a Camus con especial aprecio y simpatía. Para empezar, los acontecimientos históricos han venido a demostrar que en asuntos esenciales tenía razón: sobre todo en su denuncia del totalitarismo estalinista. Pocos años después de su muerte, Jruschov comenzó pudorosamente a desvelar la realidad atroz de la Rusia soviética, que los más furibundos detractores de Camus se negaban a admitir. A partir de ese momento -y sobre todo desde la caída del muro de Berlín- el comunismo realmente existente perdió casi todos sus abogados intelectuales y ha revelado sin paliativos su fracaso político y su desastre moral. La denuncia de Camus, que en su día fue malinterpretada o denostada, se ha convertido hoy en un tópico que casi todo el mundo suscribe sin rodeos.
Aún más. El lenguaje teológico puesto al servicio del exterminio de seres humanos era uno de los temas fundamentales estudiados en El hombre rebelde. Camus comprendió bien hasta que punto la búsqueda del absoluto puede convertirse en justificación para pisotear los derechos humanos más elementales. Cuando publicó su célebre ensayo, la invocación inquisitorial de motivaciones religiosas para persecuciones y matanzas parecía algo del pasado, pero medio siglo más tarde ha vuelto a ponerse de trágica actualidad.
Entonces se pensaba que las ideologías políticas (nacionalismo, nazismo, bolchevismo, etcétera) habían venido a sustituir al furor teológico de las religiones, pero hoy vemos que -tras la decadencia de esas ideologías digamos “laicas”- son de nuevo las coartadas religiosas las que regresan para legitimar atentados mortíferos, matanzas tribales, deportaciones masivas o bombardeos preventivos.
La denuncia de Camus en su día sonaba a algunos como una concesión al “idealismo” o al “espiritualismo” que desconoce las motivaciones socioeconómicas: resulta hoy una precursora señal de alarma.
Esta denuncia del totalitarismo y del terrorismo, que se adelanta a los acontecimientos venideros, ha conseguido hoy aplauso general para Albert Camus, entre los conservadores de derechas y también entre muchos izquierdistas arrepentidos. Pero este aprecio póstumo puede ocultar, como decíamos, un cierto malentendido y hasta un olvido selectivo de una parte importante del pensamiento político y moral de Albert Camus. Porque en su obra no hay un rechazo global sino más bien una exigencia ética de la rebelión: “Yo me rebelo, luego nosotros somos”. Decir “no” y rebelarse contra la injusticia y la desigualdad social (”la sociedad del dinero y de la explotación no se ha encargado nunca, que yo sepa, de hacer reinar la libertad y la justicia”), contra la opresión colonial de los países más desfavorecidos, contra la pena de muerte, contra la utilización de armas atómicas… Todo eso también formó parte central de sus manifestaciones políticas. Albert Camus fue crítico con la revolución que entroniza el terror y la violencia como dioses justicieros, confundiendo la depuración con el camino de la pureza, pero no fue un conformista ni un cínico que acepta sin más -en nombre del orden sacrosanto- los peores manejos de la razón de Estado. Fue moralmente exigente con la rebeldía (sostuvo que en política deben ser los medios quienes justifiquen el fin y no al revés), pero sin duda fue también un rebelde: “La rebelión no es en sí misma un elemento de civilización. Pero es previa a toda civilización”.
Probablemente el intelectual del siglo XX con quien más tiene en común Albert Camus, hasta la coincidencia casi desconcertante, es George Orwell. Y no sólo por similitudes biográficas, como que ambos fueron tuberculosos, ambos murieron (aunque por causas distintas) a los 47 años, ambos tuvieron una preocupación especial por la guerra civil de España y su tragedia posterior y ambos padecieron la maledicencia calumniosa de muchos colegas comprometidos con el disimulo o la minimización de la realidad totalitaria comunista. Hay además otras concordancias esenciales. Una de las principales es la importancia concedida al lenguaje y a la sinceridad que lo emplea en busca, ante todo, de la verdad.
Orwell denunció: “El lenguaje político -y con variaciones esto es válido para todos los partidos políticos, desde los conservadores a los anarquistas- es empleado para que las mentiras parezcan verdaderas y el crimen respetable, y para dar apariencia de solidez a lo que es puro humo”. Y concluyó: “El gran enemigo del lenguaje claro es la insinceridad”.
Por su parte, Camus señaló: “He escuchado tantos razonamientos que han estado a punto de hacerme dar vueltas la cabeza, y que han hecho dar a otros vueltas la cabeza hasta hacerles consentir en el asesinato, que he llegado a comprender que toda la desdicha de los hombres proviene de que no tienen un lenguaje claro. He tomado entonces el partido de hablar y actuar claramente para volver a ponerme en el buen camino. Por consiguiente digo que hay las atrocidades y víctimas, y nada más” (La peste).
Tanto uno como otro fueron explícitamente contrarios al culto del músculo y la fuerza como garantía de eficacia para resolver los conflictos, aunque Camus simpatizó más con el pacifismo y las doctrinas gandhianas de la no violencia (para Orwell “el pacifismo es más una curiosidad psicológica que un movimiento político”).
Y ambos criticaron el nacionalismo: Camus escribió a su imaginario amigo alemán que él “amaba demasiado a su país para ser nacionalista” y Orwell unas perspicaces y siempre actuales Notas sobre el nacionalismo en las que dejó caer esta observación de largo alcance: “Todo nacionalista está obsesionado por la creencia de que el pasado puede ser alterado”.
Pero cada uno de ellos se interesó a su modo por el patriotismo, entendido como ciudadanía compartida y no como etnia de pertenencia.
Orwell se asombraba en 1940 (probablemente pensando en el grupo de Bloomsbury o gente parecida) de que Inglaterra fuese “el único gran país cuyos intelectuales se avergüenzan de su propia nacionalidad” y deseaba para el futuro que “el patriotismo y la inteligencia volviesen a ir juntos de nuevo”.
Por su parte Camus, en el prefacio a sus Crónicas argelinas, en las que expuso una postura que desagradaba a casi todos, dice: “Desde la derecha se ha emprendido, en nombre del honor francés, lo que era más contrario a tal honor. Desde la izquierda, frecuentemente y en nombre de la justicia, se ha excusado lo que era un insulto a toda verdadera justicia. La derecha ha cedido así la exclusiva del reflejo moral a la izquierda, la cual le ha cedido a su vez la exclusiva del reflejo patriótico. El país ha sufrido dos veces”.
Tuviesen o no razón en sus opiniones y actitudes políticas, tanto Camus como Orwell fueron librepensadores. Es decir, sostuvieron principios y argumentos, no partidos. Rechazaron algo muy frecuente, el escándalo selectivo, las condenas que siempre barren para casa y silencian lo que perjudica a nuestro convento. Cincuenta años después, reciben incienso de los mismos que hoy excomulgan a quienes se comportan como ellos: la hipocresía es el tardío homenaje que el sectarismo rinde a quienes han dejado de ser molestos. ¿Victoria póstuma o dulce derrota definitiva?
Fernando Savater es escritor.
¡Mueran los ‘heditores’!, de Luisgé Martín en El País
Sufrimos un bombardeo de mensajes que predican, con voz epifánica, que Internet libera a la cultura de la tiranía de los editores y otros empresarios. ¿Estamos seguros de que, de ser así, represente un claro progreso?
Aristóteles distinguió hace ya muchos siglos entre la democracia, que es el gobierno del pueblo, y la oclocracia, que es el gobierno de la plebe o, si se prefiere, de la muchedumbre. En la primera, elegimos a los que creemos mejores y delegamos en ellos -bajo vigilancia crítica- para que nos dirijan. En la oclocracia, en cambio, no elegimos a nadie ni delegamos nada: todos opinamos de todo, todos hacemos todo y todos somos sabios en cualquier materia y profesión.
En estos días se repite hasta la saciedad que Internet democratiza la cultura, pero yo creo que lo que va a hacer, si nadie lo remedia, es oclocratizarla, y eso, lejos de parecerme una virtud o un beneficio social, me parece una amenaza apocalíptica.
En el artículo de Javier Calvo Por un libro universal (EL PAÍS, 24 de diciembre de 2009) se repetían algunas de esas ideas recurrentes en las que se predica, con voz epifánica, el advenimiento de una cultura liberada por fin de las cadenas de los editores. ¿Pero esas cadenas tan esclavizadoras son reales?
A las oficinas de una editorial media llegan al cabo del año casi 1.000 manuscritos. En España deben de circular durante ese tiempo más de 5.000 originales diferentes. La inmensa mayoría de ellos son impublicables, como sabe bien cualquiera que los haya ojeado, y lo primero que hace el editor (gastando dinero para ello) es separar el grano de la paja. Luego, de entre todos los granos elige aquellos que tienen más afinidad con su línea editorial: literatura de autor, best sellers, creación experimental… Mi biblioteca, como la de cualquier lector curtido, está llena de libros de las editoriales que publican el tipo de literatura que me interesa. Es decir, me he aprovechado de la labor y del saber hacer de sellos como Anagrama, Seix Barral, Alfaguara o Tusquets, y lo he hecho porque confiaba en el criterio profesional de sus editores.
Pero los editores, además, editan los libros, si se me permite decirlo de un modo tan tautológico. Es decir, les aportan valor añadido: hacen sugerencias, corrigen deslices o erratas, proponen cambios, pulen el estilo… Los autores estamos absolutamente ensimismados en lo que hemos escrito y aquellos amigos a los que pedimos opinión no son capaces siempre, aunque lo intenten, de examinarnos con distancia, de modo que los editores son los únicos que pueden enfrentarse a la obra con competencia y desapego a la vez.
Lo que se nos propone ahora es la desaparición del editor. La extensión del modelo de edición tradicional al e-book, se nos dice, es “perjudicial para el autor y el lector”. ¿Es beneficioso, entonces, que en vez de 150 novedades anuales clasificadas por sellos editoriales definidos haya en la Red 5.000 textos sin depurar? ¿Es beneficioso que José Saramago y mi prima Paqui (que es casi analfabeta pero se divierte contando historias) estén en pie de igualdad? ¿Es beneficioso que los textos tengan faltas de ortografía, incoherencias narrativas y redundancias? Y aún peor: ¿es beneficioso que desaparezcan esos libros de no ficción que impulsan las propias editoriales, encargándoselos a autores? ¿Quién se ocupará de traducir una novela a otro idioma, de adelantar el dinero que supone ese trabajo?
En la mayoría de los comentarios que predican el nuevo Edén digital se huele el incienso de la España católica: ganar dinero es malo, es pecado; el editor, avaro, insaciable, no lee novelas, sino cuentas de resultados.
Yo, en cambio, he conocido a muchos editores preocupados sólo por llegar a final de año, por mantener puestos de trabajo y por poder editar libros arriesgados aunque su rentabilidad fuera dudosa. Claro que se han hecho algunas fortunas con la edición: ¿y qué? Pero lo peor es que los mismos que abominan del editor mercader nos aseguran sin empacho que una de las soluciones para que el autor tenga ingresos es introducir publicidad en el propio libro. “Cuando una mañana Gregorio Samsa se despertó de unos sueños agitados, se encontró en su cama de Ikea convertido en un monstruoso bicho”. ¿Es de eso de lo que hablamos? ¿O de que al cambiar de capítulo en Ana Karenina salte en la pantalla del e-book un banner con un anuncio de agencias matrimoniales? No sé si es que me he hecho demasiado viejo para entender los códigos morales de la post-postmodernidad -o lo que sea esto-, pero reconozco que me escandaliza ver el desparpajo con que se mezcla la ética de Fidel Castro con la de Esperanza Aguirre. Por un lado se sataniza al editor empresario y por otro se recomienda poner un anuncio de Coca-Cola en mitad de una novela para defender así la independencia autoral y la libertad del lector. Antes había “visiones del mundo”; ahora, al parecer, sólo hay ángulos ciegos.
El otro asunto que me desconcierta es el del papel que se le asigna al autor en el nuevo mundo e-editorial. Dado que el editor debe desaparecer, se propone que el autor se comporte como un empresario de sí mismo y asuma el desarrollo informático y administrativo, la gestión comercial y la promoción de sus libros.
Es decir, que además de escribir bien, a partir de ahora para ser autor habrá que tener ánimo empresarial, adquirir conocimientos de márketing, elaborar banners y páginas web, dedicar tiempo a infectar viralmente la Red con nuestros productos, preparar performances y poseer algo de dinero para la inversión informática y los viajes promocionales. Los autores, por tanto, no sólo no cobraríamos, poco o mucho, sino que pagaríamos para escribir. Todo ello con la esperanza vaga de que se produjera un retorno de la inversión que nos permitiese al menos comer. Ese retorno no vendría del pago -barato o caro- de los lectores, que se considera impertinente, sino de algún tipo de publicidad como los ya mencionados.
¿Puede alguien imaginar a Kafka, a Dostoievsky o a Scott Fitzgerald en estas lides? Los autores, sin llegar al tópico romántico, suelen ser seres inadaptados, neuróticos y con una cierta incapacidad para las cosas terrenales. Hubo incluso que inventar la figura del agente literario para que se ocupara de sus asuntos. Y ahora pretendemos que compongan la melodía, dirijan la orquesta y toquen todos los instrumentos. A lo peor alguien como Saramago decidía abandonar la literatura, abrumado por esos deberes mundanos (no olvidemos que hay autores que no soportan ni las giras promocionales), pero mi prima Paqui, en cambio, saldría literariamente reforzada, pues es formidable en las relaciones públicas y en la promoción personal.
Saramago y mi prima Paqui pueden convivir en la Red, por supuesto, pero está en juego el tipo de literatura triunfante, el estilo de libro que queremos para el futuro. Con el e-book desaparecerá aproximadamente un 75% del coste actual del libro -papel e impresión, distribución, venta minorista y gastos de financiación de los invendidos-, de modo que el precio podría abaratarse enormemente sin empeorar la calidad y sin poner a la literatura en manos de Repsol o de Nokia. La distribución, por otra parte, sería universal y perpetua: un libro estaría disponible en Lima y en Tokio, hoy y dentro de 20 años, posibilitando así la difusión ilimitada de los autores, simplificando al máximo la logística de las editoriales y permitiendo a cualquier lector tener acceso a títulos hoy inencontrables. Y técnicas de comunicación digital como la de regalar el primer capítulo de una novela, ahora todavía en pañales, podrían suponer una nueva revolución en los costes de publicidad y una indiscutible garantía para el lector indeciso. ¿Nos parece poco paraíso?
No nos engañemos: lo que peligra con un sistema en el que no haya editores ni haya venta no son los beneficios de los accionistas ni los privilegios de unos pocos, sino la dignidad del libro y de la cultura que transmite. Oclocracia o democracia, that is the question.
Luisgé Martín es escritor; su última novela es Las manos cortadas (Alfaguara).
Internet: la nueva Ley consagra la desigualdad entre los españoles, de Juan Carlos Olarra en Estrella Digital
El pasado viernes el Consejo de Ministros aprobó la remisión del anteproyecto de Ley de Economía Sostenible a los órganos consultivos, trámite que aprovechó para modificar el texto la disposición final primera, que contiene la regulación conocida como ley antidescargas. Para ser exactos debemos subrayar que lo aprobado el viernes debió de ser un concepto o un anuncio, porque el texto normativo no estuvo disponible para nadie hasta el lunes siguiente, lo cual demuestra la seriedad en el tratamiento del asunto y las prioridades que han venido alumbrando esta modificación normativa desde un principio.
Lo que más llama la atención de la propuesta de regulación es el modo patente en el que se manifiesta como el resultado de un puro ejercicio de lobby. La característica esencial de un grupo de presión es que su objetivo es obtener una regulación específica de un aspecto concreto, en beneficio exclusivo del grupo interesado. Un lobby rara vez pretende desarrollar un marco jurídico global para un campo o una actividad, sino que se limita a tratar de propiciar la introducción en las leyes y reglamentos de disposiciones muy particulares que favorezcan sus intereses, sin reparar en la posible sintonía o contradicción con los intereses generales. Esto es exactamente lo que la coalición de creadores (con semejante autodenominación cualquiera se atreve a toserles) ha arrancado del gobierno durante este largo proceso, partiendo de un punto enormemente inteligente en su estrategia, que consistió en centrarse en lo accesorio y obviar lo sustantivo.
En efecto, los genios a sí mismos proclamados han huido de cualquier atisbo de considerar globalmente la regulación de los derechos de autor, en su faceta de explotación económica, a la luz de la evolución tecnológica y de los usos y costumbres de los ciudadanos. Precisamente ése es el debate que se debe abrir en este momento, y aún a riesgo de granjearme pocas amistades en el sector, anticiparé que mi propuesta es clara y precisa: mantener íntegro el contenido y alcance de los derechos morales (autoría, integridad…) y revisar radicalmente los esquemas de explotación económica, en particular el derecho de participación proporcional.
Pero como decía el debate se ha trasladado al campo de lo accesorio, de lo puramente procedimental. No se tata de discutir cual es el contenido del derecho de propiedad intelectual, o si los intercambios P2P son o no ilícitos, ora penales, ora civiles. Lo urgente es buscar un cauce rápido, expeditivo, para cerrar las webs sospechosas de propiciar descargas ilegales.
Para ello se diseña un procedimiento que cabalga entre el dislate y el esperpento e incluye la creación de una pomposa Comisión de Propiedad Intelectual sobre cuya composición no se dan pistas claras -se nos remite a un desarrollo reglamentario al puro estilo del Conde de Romanones-, con lo cual temernos lo peor será seguramente quedarnos cortos. A dicha Comisión se le atribuyen unas genéricas y algo fantasmagóricas funciones de mediación y arbitraje, como puro pretexto para su verdadera tarea, que se establece al final de la disposición, y que no es otra que la promoción del bloqueo o clausura de sitios de Internet acusados de violar derechos de propiedad intelectual, para cuya ejecución se articula un mecanismo de autorización judicial. Y aquí es donde el lobby de creadores consigue hacer cierta la máxima de Orwell en Animal Farm, de suerte que unos españoles resultan ser más iguales que otros. En efecto, la modificación legal obliga a los jueces centrales de lo contencioso administrativo a dictar resolución sobre las solicitudes de cierre de páginas web en el plazo improrrogable de cuatro días desde la recepción de la solicitud realizada por la misteriosa Comisión. Esto es más sangrante aún si consideramos que la tutela cautelar que esta nueva ley plantea no se refiere a derechos fundamentales especialmente protegidos por la Constitución a través de procedimientos especiales y recurso de amparo, sino al derecho de propiedad, que queda al margen de dicho acervo cualificado.
Por lo tanto, desde la entrada en vigor de esta Ley, existirán dos grupos de españoles. El primero, más numeroso, que podrá seguir instando la tutela judicial de sus intereses, incluso de forma cautelar, a través de los procedimientos generales establecidos en las leyes procesales, que teóricamente se tramitan de forma urgente y que en la práctica se traducen en meses. El segundo, más limitado, constituido en casta privilegiada por razón de su capacidad de influencia, para la que no son suficientes los instrumentos que proporciona nuestro ordenamiento jurídico, sino que, como ciudadanos VIP, necesitan un procedimiento First Class a la medida de su escasa paciencia y, al parecer, singular talento.
El último intelectual, de Pilar Rahola en La Vanguardia
Primero fue Joan de Sagarra y ayer Francesc de Carreras, así que me siento como el ajo repitiéndose en el estómago de los lectores, quizás sorprendidos de que tantos hagamos mención del mismo intelectual, en tan corto tiempo. Pido disculpas, pero este artículo bailaba en mi cerebro desde hacía tiempo, y ha sido precisamente la mención de mis colegas la que me ha empujado a cumplir mi intención. En estos tiempos fugaces, de pensamiento hamburguesa, es una buena disciplina repetir algunos conceptos. Hablamos de Albert Camus, y, si no yerro el tiro, creo que los tres lo respetamos por lo mismo, a pesar de nuestras miradas tan distintas de la realidad. Pero nos une, si me perdonan mis colegas, una misma incorrección. Al fin y al cabo, ¿no somos Sagarra, Carreras y yo misma tres bichos raros, amantes de la heterodoxia y viajeros por libre? Y ¿qué era sino un bicho raro el propio Camus? Hace años participé en un congreso sobre terrorismo en París, cuyo marco era, precisamente, un homenaje a Camus, y fue entonces cuando retorné al gran intelectual francés, impresionada por la validez actual de sus reflexiones.
¿Por qué Camus, y no otro? Porque Camus fue el inventor de la incorrección de izquierdas, fue el intelectual engagé que se plantó ante los delirios prototalitarios de la progresía de su época, fue el hombre que denunció el uso del terrorismo para defender causas nacionales y fue, en definitiva, el intelectual demonizado por los propios, porque su conciencia crítica los alcanzó a ellos. Mientras los Sartre babeaban por Pol Pot en los mayos de la Sorbona, Albert Camus se plantaba ante el uso de bombas en los bares de Argel; mientras unos defendían la bondad de las dictaduras comunistas, Camus levantaba la bandera de la libertad, contrapuesta a todos, a los fascistas de derechas y… a los siempre invisibles y tolerados fascistas de izquierdas. No tengo ningún empacho en asegurar que, para mí, y para otros parias de la izquierda como yo misma, Albert Camus es, quizás, el último referente. En mi conferencia en París, que titulé “La démocratie blessée“, rematé con esta frase de Camus: “A pesar de las ilusiones racionalistas, e incluso marxistas, toda la historia del mundo es la historia de la libertad“. Aún hoy y… sobre todo hoy. En realidad no nos hemos movido demasiado. En las épocas de Camus, los renombrados intelectuales que hablaban de libertades en las universidades franquistas defendían sin ambages a los Ceausescu. Sus herederos de hoy en día están presentes en los griteríos previsibles, pero ausentes de las causas que destruyen los derechos en el mundo. Camus fue un hombre de izquierdas. Por eso mismo, la izquierda intolerante lo expulsaría hoy del paraíso, como lo expulsó ayer. Repito lo dicho hace tiempo: “Hay que cuidarse de una derecha muy diestra, y de una izquierda muy siniestra“.
Esto no es un editorial, de Patxo Unzueta en El País
En los últimos meses se ha hablado bastante de editoriales periodísticos: de los dos de EL PAÍS, en septiembre, que criticaban la política económica y los métodos de gobierno de Zapatero; y del publicado por 12 periódicos catalanes sobre el recurso contra el Estatut. El eco de los primeros es un síntoma de la actual relación entre la política y los medios: el impacto y credibilidad de la opinión editorial de un diario es proporcional a su distancia respecto a la adscripción que se le presupone. El otro es símbolo de lo contrario: de la búsqueda de impacto por la vía de subrayar la unanimidad sin disidencia posible.
Pero, ¿qué es un editorial? Una definición mínima podría ser ésta: un artículo en el que se ofrece un razonamiento que permite interpretar y valorar un hecho controvertido. De acuerdo con ella, un modelo clásico de editorial sería aquel en que se dieran argumentos a favor y en contra de algo para, tras ser sopesados, conducir a una conclusión, que es la que hace suya el periódico. Es un modelo que recuerda el de las sentencias judiciales. Su eficacia depende de la limpieza y objetividad con que se presentan los argumentos contrarios a la tesis que se defiende. El puro sarcasmo, la caricatura de lo que se pretende refutar, suele ser señal de debilidad argumentativa.
Raymond Aron, el amigo de juventud de Sartre, editorialista durante 30 años de Le Figaro (tras haberlo sido del Combat de Camus, junto a éste), cuenta en sus Memorias (Alianza. 1985) que su método de trabajo consistía en “enumerar en primer lugar los argumentos de signo contrario” y tratar de refutarlos. Según Popper, lo esencial de la actitud racionalista es la disposición a escuchar argumentos en contra y a aprender de la experiencia.
La servidumbre de la rapidez, agravada por la presión de Internet, está dejando en desuso esa actitud racionalista. El más conocido editorialista de la transición, Javier Pradera, escribió poco después de dejar de serlo que la “carga del periodista” es tener que “pronunciarse en una hora allí donde los políticos pueden tomarse días de reflexión, los profesores meses de cavilación y los historiadores años de investigación”.
Pero además de la prisa influye la actitud. Los males del periodismo son los mismos que afectan a la política: el sectarismo y la superficialidad; y una consecuencia de ello es la pérdida del gusto por la argumentación, sustituida por la reafirmación del sentimiento de pertenencia, ya sea ideológica o nacional. En su polémica con Sartre, Camus se rebelaba contra quienes creen que basta con instalarse en el sentido de la marcha de la historia para tener razón. O con calificar a una cierta violencia como progresista para que los fines justifiquen los medios. Para él, un hombre rebelde es ante todo “un hombre que dice no” (pero que es capaz de decir sí).
La actitud de “observador comprometido” de que habla Dahrendorf (La libertad a prueba. Trotta, 2009) implica un cierto escepticismo, pero no indiferencia. Escepticismo para resistir los ataques de unanimidad que periódicamente uniformizan a las sociedades, pero también disposición a reconocer que las razones de los demás pueden ser para ellos tan sagradas como para nosotros las nuestras. No para buscar un punto intermedio, sino para tomarlas en serio e intentar refutarlas.
Pronto se cumplirá un año del fallecimiento de Javier Ortiz, columnista de Público y antes de El Mundo, del que también fue editorialista. En un artículo publicado en este último periódico (7-10-1993) llamaba la atención sobre la singularidad de la labor del editorialista, que, a diferencia del resto de los periodistas, que cada mañana ven su nombre al frente de lo que han escrito, trabaja de manera anónima, casi clandestina, y ni siquiera puede decir exactamente lo que piensa, sino lo que piensa que piensa el periódico para el que trabaja. Pero añadía que los directores combaten esa frustración dejando que sus editorialistas se desfoguen publicando columnas firmadas.
Un precedente de esto fue el acuerdo al que llegó Camus en 1944 con los editores de Les lettres francaises con motivo de la pena de muerte contra un colaboracionista, a la que el autor de El extranjero se oponía por principio. El artículo que había preparado para publicar sin firma apareció con la suya, encargándose a otro redactor el editorial de aquel número.
Camus comenzó a escribir en Combat cuando era un panfleto clandestino de la Resistencia, y fue su principal editorialista a partir de la Liberación. Jean Daniel ha recordado en un libro reciente (A contracorriente. Gutenberg, 2008) las desviaciones que según Camus acechaban al periodismo: el sometimiento al poder, la obsesión por agradar a cualquier precio, la mutilación de la verdad con un pretexto comercial o ideológico, el halago a los peores instintos, el gancho sensacionalista, la vulgaridad tipográfica. Que resumía como “desprecio a los interlocutores”.
Albert Camus nunca renegó del periodista que fue en nombre del escritor que era. El lunes se cumplieron 50 años de su fallecimiento en un accidente de coche.
El incómodo Albert Camus, de Francesc de Carreras en La Vanguardia
El 4 de enero de 1960, hoy hace exactamente cincuenta años y tres días, murió en accidente de automóvil el escritor Albert Camus. Joan de Sagarra explicó los detalles del accidente en su artículo del domingo pasado. Sólo tenía 47 años y su fama e influencia en la Europa de su tiempo habían llegado a ser más que considerables.
En parte ello era debido a que su tarea de pensador pudo llegar a públicos muy diversos al haberse proyectado en varios formatos: filosofía, teatro, narrativa y periodismo. Novelas como El extranjero y La peste, ensayos como El mito de Sísifo y El hombre rebelde, obras de teatro como Calígula, narraciones como El verano y Bodas, así como numerosos artículos periodísticos, son ya piezas clásicas del pensamiento y la literatura del siglo XX. Tener a mano su obra completa (publicada en francés por Gallimard en La Pléiade y en castellano por Alianza) para leer y releer a Camus es siempre un asidero seguro para reflexionar con placer y provecho sobre la condición del hombre actual. La Academia Sueca le concedió el premio Nobel de Literatura en 1957.
No obstante, a partir de su muerte, la fama e influencia de Camus disminuyeron notoriamente. Las causas hay que encontrarlas, primero, en su ruptura con el grupo de Sartre y en su oposición a todos los totalitarismos, incluido el de la Unión Soviética. Pero, sobre todo, en segundo lugar, y pese a que había nacido y vivido en Argelia hasta edad adulta, en su oposición al nacionalismo argelino por sus discrepancias con los métodos terroristas de las fuerzas guerrilleras que dirigían la lucha contra el colonialismo francés y con la perspectiva de una Argelia independiente en la que sólo tuvieran cabida los árabes. Todo ello le fue aislando de la izquierda francesa, de la que había sido una de las figuras intelectuales más destacadas.
En los años siguientes a su muerte, ni el gauchismo tercermundista, ni las diversas corrientes del Mayo de 1968, ni los estructuralistas o los filósofos posmodernos reconocieron a Camus como maître à penser en el que inspirarse o reconocerse, pues nada les ligaba a él. Menos aún fue reivindicado por las corrientes conservadoras que lo han considerado siempre, como es natural, un hombre de izquierdas. Sólo a mitad de los años noventa, a raíz de la publicación de su inacabada novela autobiográfica El primer hombre, Camus volvió a la escena cultural francesa y europea, esperemos que para quedarse, ya que ciertos aspectos de su pensamiento -en especial, su actitud como intelectual- tienen plena vigencia y su literatura sigue resultando de una sobrecogedora belleza.
Con el fin de ambientarme para la redacción de este artículo he releído el discurso de aceptación del Nobel el 10 de diciembre de 1957 y la conferencia pronunciada en la Universidad de Uppsala cuatro días después, dos breves piezas del Camus tardío que revelan una actitud constante en su vida y obra: el necesario compromiso de todo escritor con la verdad, aquello que hace cincuenta años llamábamos autenticidad, hoy poco de moda.
Reproduciremos a continuación algunas frases significativas de ambos textos. Por ejemplo: “Crear hoy es crear peligrosamente. Toda publicación es un acto que expone a su autor a las pasiones de un siglo que no perdona nada”. Y añade: “No es sorprendente, pues, que todo lo válido que se ha creado en la Europa mercantilista de los siglos XIX y XX, en literatura, por ejemplo, se haya edificado contra la sociedad de su tiempo”. O: “El artista libre, como el hombre libre, no es el hombre cómodo”. Y concluye: “Cuando la tiranía moderna nos muestra que el artista es el enemigo público, tiene razón”.
Desde estas actitudes libres, a contracorriente y, por tanto, peligrosas para el poder, Camus determina la función del escritor: “Por definición, no puede ponerse al servicio de los que hacen historia; está al servicio de los que la sufren. (…) Dos compromisos del oficio de escritor: la negativa a mentir sobre lo que se sabe y la resistencia a la opresión (…) Las dos responsabilidades que constituyen la grandeza del escritor: el servicio a la verdad y a la libertad. (…) La verdad es misteriosa, huidiza y siempre está por conquistar. La libertad es peligrosa, tan apasionante como difícil de vivir. Nosotros debemos marchar resueltamente hacia estos dos objetivos”. Y añade: “Que la libertad se haya tornado peligrosa indica que está en camino de no dejarse prostituir”.
Finalmente, Camus destaca la independencia como elemento necesario en el compromiso del escritor. “La belleza, incluso hoy, sobre todo hoy, no puede ponerse al servicio de ningún partido; sólo está al servicio, a largo o breve plazo, del dolor y de la libertad de los hombres. El único artista comprometido es el francotirador que, sin rechazar el combate, se niega al menos a sumarse a los ejércitos regulares”.
Jean-Paul Sartre -otro olvidado al que deberíamos volver- escribió con gran nobleza en su necrológica publicada en el France Observateur de 7 de enero de 1960 -hoy hace exactamente 50 años- que Camus se inscribe en la gran tradición de escritores y pensadores franceses que han reafirmado, contra el maquiavelismo y el becerro de oro, la existencia del hecho moral. La peor infamia que podría hacérsele a Camus es, como pretende Sarkozy, enterrarle en el Panteón. Él, una oveja descarriada, tan libre y siempre tan alejada del rebaño.
FRANCESC DE CARRERAS, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB.
