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Los misterios de la información, de Gregorio Morán en La Vanguardia
SABATINAS INTEMPESTIVAS
Desde que a los sabios de la aldea les ha dado por llamar relato a la realidad, estamos metidos en un laberinto de la imaginación –¡qué metáfora más guapa!–. Cuando leemos no es para enterarnos, y cuando sabemos algo no es porque lo hayamos leído. La información de diseño es flácida, como los relojes de Dalí.
“Un ladrón de joyerías pone una tienda a su madre para vender las alhajas robadas”. Ese era el titular que el lunes me dejó literalmente conmovido. Aparecía en el diario más leído de España y cerraba el notición con este subtítulo: “El establecimiento ha sido clausurado en Madrid por blanqueo de capitales”. A cinco columnas y abriendo página impar. Algún día, si viene a cuento, les referiré una serie de obviedades que diferencian en los periódicos las páginas pares de las impares. Mandan siempre, impares. Es un principio que se estableció con el nacimiento de la imprenta.
Un ladrón de joyerías, al parecer butronero, esa gente que hace un agujero y te vacía el establecimiento de manera tan rápida y eficaz como una empresa de mudanzas. Pero ¡y el gesto de ponerle a su madre una tienda! Ya sabíamos por unos versitos de González Tuñón, Raúl, que interpretaba el Cuarteto Cedrón, que todos los ladrones tienen una madre a la que adoran, pero regalarle un “loft de diseño” para que mamá se ocupe del género, resulta una novedad. ¡Un loft de diseño! ¿Y qué es un loft de diseño para vender joyas? El chaval –¿o era un curtido presidiario? ¿ecuatoriano, serbio o aragonés?– invirtió 35.000 euros en abrir el local.
Las únicas informaciones precisas se reducen a que el loft era de diseño y los 35.000 que costó. No sirven para un carajo, pero ayudan a crear la imagen de que al lector le estás dando una información que para sí quisieran los que no compran el diario. ¿O no? Otra interpretación posible sería: te doy lo único que tengo porque el servicio de prensa de la policía me ha mandado este correo electrónico y no me voy a poner a indagar; nadie me paga para eso.
Y el loft de diseño y la madre y el ladrón ¿dónde están? Lo que ocurre, ¿dónde ocurre? En Madrid. “Madrid es una ciudad de más un millón de cadáveres (según dicen las últimas estadísticas)”, escribía Dámaso Alonso en un libro de poemas del año 1944. Pero de entonces acá, Madrid ha crecido y aunque sigue llena de cadáveres, ahora son muchos más. En qué Madrid están la madre, el ladrón y el loft de diseño. ¿En la zona nacional de Serrano-Goya, en Lavapiés, Chamberí, Vallecas o Villaverde Bajo? Todo es Madrid, pero nada es igual. Madrid es hoy una ciudad mucho más diversa que Barcelona, con permiso del personal; prometo no repetirlo. Ocurrió en Barcelona, ocurrió en Madrid, es tanto como decir que no tenemos ni idea de dónde ocurrió, o que nos da lo mismo. Se imaginan un artículo de sucesos en The New York Times –¿existe la sección de Sucesos en The New York Times o se llama Tendencias? Por cierto, la tendencia es que han aumentado los homicidios en Catalunya de una manera exponencial, el 33%, ¡página par, muchacho!– se imaginan, digo, un artículo en The New York Times diciendo que los hechos ocurrieron en Nueva York, así, sin más. Denunciarían a la policía por ocultación de datos y pondrían al periodista a dar tickets de aparcamiento.
Pero no es sólo eso. El ladrón que quería convertir a su madre en emprendedora del ramo de la joyería –no tengo ni la más mínima intención de burlarme de la dama, ni siquiera del hijo, un butronero, un oficio como cualquier otro, que cobra en negro y se evita el IVA; hay quien le da por tapar agujeros en las casas y se le llama albañil, paleta en autóctono, y otros agujerean las paredes de los edificios; por lo tanto, no es mi intención herir el honor y la dignidad de ese caballero respetuoso con su madre y apreciador del encanto de las joyas, ¡una cultura!– consiguió algo valoradísimo en estos tiempos, “ganancias enormes”. No tratándose de ningún dirigente bancario cabe preguntarse cómo lo hacía, y durante cuánto tiempo logró esas “ganancias enormes”. ¿Las llevaba a una caja de ahorros o se las guardaba en un calcetín o tras una loseta del baño? Lo digo porque los ladrones son muy serios cuidando su dinero, no son tan aventados como nosotros que ponemos los dineros aquí o allá sin garantía alguna. Los ladrones no se fían de los anuncios, no sólo porque no leen los periódicos y menos aún las secciones de Economía. Incluso la mafia es de un gran rigor en eso de colocar sus capitales, fíjense si serán serios que jamás sale ni una línea sobre ellos y sin embargo es la primera fuente económica del país, ¿o no?
Pero si usted avanzara en la lectura de este retrato del periodismo cotidiano llegaría a enterarse de que “los miembros de la banda llevaban un tren de vida fuera de lo común, con almuerzos en los mejores restaurantes y coches de superlujo”. Ustedes nunca llegarán a saber ni cuántos eran, ni cómo se llamaban, pero ven, aquí hay una prueba de lo aguda que es la información de diseño. Los ladrones leen al menos la sección gastronómica de los diarios. ¿Cómo podrían saber si no cuáles son los mejores restaurantes, que además son lo más caros? Si no fueran los más caros, la policía, que no es tonta, no hubiera detectado que iban a “los mejores restaurantes”. Si usted en Barcelona cena y almuerza en Cal’Isidre con regularidad, tendrá a la policía encima; es caro, muy caro, por lo tanto figura entre los mejores restaurantes en el ránking gastronómico del modesto cuerpo policial. Porque ellos, “la madera”, come siempre el “menú del día”, y sin vino, y si es posible cambian el postre por un café cortado.
Y pensar que el gran Nabokov dedicaba una de sus clases, en el Wellesley College, a explicar con minuciosidad el viaje en tren de Anna Karenina entre Moscú y San Petersburgo. “La policía ha clausurado en Madrid una joyería regentada por una mujer cuyo hijo formaba parte de una banda dedicada a desvalijar joyerías y otro tipo de establecimientos con técnicas sofisticadas”. Eso es todo, ni siquiera sabemos qué “otro tipo de establecimientos”. ¿Quioscos de periódicos? Probablemente no, aunque cabe la duda de que impresionados por el acoso mediático a que sometemos a los delincuentes se decidieran arruinarnos definitivamente y llevarse los paquetes de devoluciones, y todas las revistas del corazón, empezando por Pronto y terminando por Hola. Una catástrofe si además les da por arramblar con la prensa deportiva.
Si algún periodista normal de un país normal, no hace falta que sean Woodward y Berstein, le dicen que en un diario se ha publicado una información sobre un ladrón de joyerías que puso una tienda a su madre para vender las alhajas robadas, y que en las 5 columnas que conforman 53 líneas, no hay ni un solo dato, nada, todo humo, se muere de cirrosis. Madrid, un loft de diseño, una madre emprendedora, unos señores que roban, que comen bien y que conducen coches de alta gama. La única novedad informativa es una referencia elogiosa al GOIT (Grupo Operativo de Intervenciones Técnicas), que con la próxima vez que oiga hablar de él ya serán dos.
Es decir que no sólo no contamos nada, sino que agradecemos a los amables policías del GOIT el escaso interés que nos han prestado. Y eso apareció exactamente a menos de una semana de la autocelebración del Día Mundial de la Libertad de Prensa. Todo resulta una humillación de tal envergadura que provoca estupor. ¿Cómo hemos llegado a esto?
En la fiesta de los premios más sonoros del periodismo hispano intervino Elena Ochoa, aquella chica que algunos conocimos cuando se dedicaba al sexo, dicho sea sin pretensiones de ofender: fue una excelente sexóloga televisiva. Hoy, siguiendo el diseño del relato, me atrevería a decir que constituye el intelectual de nuevo tipo. ¡Gramsci, olvídame! Ella formuló una frase que llegó a conformarse como titular y que yo creo que resume muy bien nuestra angustia. “El periodista será más necesario que nunca”. No me cabe duda. Mi inquietud es la de ¿para qué?
El periodismo que sí tiene futuro, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo
A FONDO
Plantearse si tiene futuro el periodismo en un mundo globalizado, cuya característica esencial es la información, es tan absurdo como preguntarse si gozan de buena salud las redes sociales.
Facebook acaba de fijar el precio de su colocación en Bolsa, que podría alcanzar la cifra de 73.000 millones de euros: más o menos la suma de lo que valen Telefónica y el BBVA.
Es verdad que una cosa son los sectores y otra, las empresas. En todo caso, los datos de las empresas periodísticas en España son descorazonadores. Aunque entre los 6.200 empleos perdidos en los últimos cuatro años los hay de empresas que explotaban televisiones y revistas, la crisis y el debate de los profesionales se centra ahora en si los periódicos (en papel o en formato digital) tienen futuro.
Primero hay que analizar por qué se ha llegado a esta situación. En los periódicos confluyen dos grandes crisis: la económica y la derivada de un cambio estructural como consecuencia de la irrupción de internet como medio masivo de información.
La recesión ha golpeado de manera brutal a los periódicos. Desde 2007, la publicidad ha caído un 55% y la difusión se ha reducido en más de un 7%. Como resultado, los ingresos han bajado como media en casi un 40%. No hay muchos negocios en España que se hayan visto sometidos a un proceso tan acelerado de adelgazamiento.
En paralelo, las webs de los grandes periódicos -que ofrecen gratis información y entretenimiento- han disparado el número de sus usuarios. Por ejemplo, elmundo.es registra ya una media de 30 millones de usuarios únicos al mes (ese dato corresponde al pasado marzo).
Sin embargo, los ingresos de la web en relación con los ingresos totales de EL MUNDO representan algo más del 10%.
Es decir, el enorme éxito de las webs de los grandes periódicos no se ha correspondido con unos ingresos que puedan compensar la caída en publicidad y difusión de sus hermanos de papel.
Acabo de hablar de datos correspondientes a EL MUNDO, pero el problema es el mismo en todos los grandes periódicos.
Por tanto, las empresas periodísticas tienen que adaptarse a esta nueva situación. Las que sepan dar respuestas adecuadas sobrevivirán; otras, desaparecerán.
¿Cómo hacer para sobrevivir? Aquí yo distinguiría dos planos. En primer lugar, el de la generación de nuevos ingresos. El lanzamiento de periódicos electrónicos de pago, adaptados al iPad, como es el caso de Orbyt, es una fórmula que está dando modestos aunque esperanzadores resultados. Sin embargo, es inaplazable plantearse el cobro de una parte de la oferta de internet, como ya hicieron The Wall Street Journal y Financial Times y, más recientemente, The New York Times. Si esa alternativa no se pone en práctica, algunos medios no podrán aguantar mucho tiempo.
Pero, ojo, las webs de los periódicos no son los periódicos. Son mucho más y por ello pueden permitirse tener una amplia variedad de oferta gratuita.
¿En qué se diferencian los periódicos del resto de los medios? ¿Cuál es su valor añadido?
Mientras que la televisión es un medio en el que prima el entretenimiento ligado a la imagen; la radio es el soporte ideal de la inmediatez, ligado a la voz; internet es, sin duda, el mayor competidor para los periódicos: conjuga imágenes, audios, inmediatez… Y además, ¡es gratis!
Sin embargo, los periódicos tienen un elemento diferencial respecto al resto de los medios: que lo que ofrecen es fundamentalmente información, análisis y opinión. Así ha sido y así seguirá siendo.
Ahora bien: ¿cómo tienen que ser los periódicos para ser competitivos? Naturalmente tendrán que ajustar sus costes a sus ingresos, pero eso es lo que tiene que hacer cualquier empresa. Lo que nos interesa a los profesionales es cómo tenemos que hacer los periódicos para que los ciudadanos crean que merece la pena pagar por ellos.
Precisamente porque lo que ofrecen es información y porque esa información está confeccionada por periodistas expertos y cualificados, han sido y siguen siendo todavía el medio más influyente. Los debates sociales, la agenda política de los países democráticos las marcan sus grandes periódicos, mucho más que las televisiones, las radios o las redes sociales.
Es, como lo define Philip Meyer en su libro The Vanishing Newspaper, «el negocio de la influencia».
Para que los periódicos sean esa herramienta de control de los abusos del poder político o financiero, su contenido tiene que ser cada día más diferenciado, más exclusivo y, por supuesto, más contrastado.
A muchos les gustaría que ese periodismo dejara de existir, que la información se convirtiera en una especie de producto manufacturado que se adquiere en las ruedas de prensa o en las declaraciones o comunicados de los interesados en difundir sus mensajes.
Pero no es así. Ese es precisamente el periodismo que no tiene futuro.
Decía el lema esgrimido por la Federación de Asociaciones de Periodistas de España para conmemorar el Día Mundial de la Libertad de Prensa: Sin periodistas no hay periodismo y sin periodismo no hay democracia. Básicamente estoy de acuerdo. Desde luego, no hay democracia sin periódicos y los periódicos deben hacerlos los periodistas, los buenos periodistas.
En ese punto es necesario un análisis autocrítico, porque los profesionales tenemos una parte de responsabilidad en lo que está ocurriendo.
El periodismo del futuro no puede ser complaciente con la mediocridad. El periodismo declarativo, la mera transmisión de las noticias que ya se han difundido a través de otros medios, no tiene cabida en el nuevo escenario, que se caracteriza por una gran oferta ante la que el público es cada vez más exigente.
Probablemente, los periódicos en unos años tendrán muchas menos páginas; tal vez, no tendrán tanta difusión como la que tienen ahora. Pero las personas que los compren serán las más influyentes.
Ese nuevo modelo nos exige estar más formados, ser más especializados y manejar una amplia gama de fuentes de información.
Los periódicos que apuesten por el periodismo de calidad, que eleven los niveles de exigencia a sus profesionales, que proporcionen a sus lectores historias nuevas y sorprendentes cada día sobrevivirán. Ya se ha agotado el tiempo en el que nos podíamos permitir el lujo de divagar.
casimiro.g.abadillo@elmundo.es
La burbuja digital, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias (virtual…)
El ojo del tigre
La irreparable pérdida de La Voz de Asturias -quizás el último icono del periodismo dialéctico y crítico que les quedaba a los asturianos- es el síntoma más evidente de la decadencia del periodismo clásico en este país, como consecuencia directa de la irresistible presión de la tecnología utilizada como instrumento fundamental de la industria de medios de comunicación de masas, y, sobre todo, como nuevo instrumento para el ejercicio del monopolio de la información. Más de uno pensará que, en plena euforia creativa de las llamadas redes sociales, el simple hecho de la desaparición de un medio histórico de la prensa escrita -en medio de esta tremenda proliferación de medios en la Red- no se notará en esta nueva sociedad fascinada por el moderno periodismo digital: la información inmediata, continua y en tiempo directo suple al antiguo periodismo escrito. Para ellos, el periodismo digital es un avance incuestionable de la civilización.
Empieza a estar en desuso la información veraz, contrastada y contada por los periodistas clásicos, rehenes de la ética profesional. Incluso se está perdiendo el interés por poder contar con un periodismo de pensamiento, crítico y ponderado; un periodismo intelectualizado, lo suficientemente alejado del vértigo por la prisa por difundirlo y lo bastante aproximado a la razón para considerarlo como el fiable periodismo del razonamiento lógico. Teníamos entendido que el periodismo era la suma de la razón más la ilustración. Hoy, sin embargo, priman la inmediatez y lo emocional como elementos esenciales de los medios. Probablemente, el ejemplo más claro lo tenemos con la televisión: un medio en el que fundamentalmente predomina la necesidad de captar una audiencia masiva acelerando las emociones de sus telespectadores. Esa necesidad dominante requiere la marginación del derecho a saber para agitar los sentimientos emocionales de los supuestos ciudadanos.
Es posible que esa sea la clave para comprender las razones que impulsan a los creadores de los llamados programas de entretenimiento social, que son, sustancialmente, programas para el alienamiento social.
Los periódicos hace mucho tiempo que dejaron de ser la consecuencia de la necesidad romántica de la política, utilizándolos como vehículos de las ideologías, para convertirse en un negocio en el que la noticia es, esencialmente, un producto destinado a su venta.
El pasado 27 de abril (2012), se celebró en Madrid un debate sobre el presente y el futuro del periodismo. El foro fue organizado por The Paley Center for Media, una organización (¿independiente?) que se reúne para analizar el sector para la industria para los medios de comunicación. Una de las conclusiones que originó este debate fue que, ante la severa crisis que sufre el periodismo escrito -como consecuencia de la enorme burbuja digital en que se ha convertido, y el indiscutible fenómeno que supone la irrupción del ciudadano reportero en las redes sociales- lo que se necesita -opinan- es la reinvención del periodismo. Esta especie de transición industrial del periodismo es algo que se empezó a plantear hace, aproximadamente, una década y media. En la segunda mitad de la década de los años 90 del pasado siglo XX, ya se empezó a tomar en serio la crisis del periodismo tradicional. Para entender lo que ocurre actualmente en el periodismo español le recomiendo la lectura de un extenso y profundo análisis publicado, por primera vez en mayo de 1998 -hace catorce años- con el título La tiranía de la Comunicación (Editorial Debate. Madrid,1998), cuyo autor es Ignacio Ramonet, director del periódico mensual Le Monde diplomatique.
Uno de sus capítulos se refiere al periodista profesional de hoy. Empieza así: Si nos preguntamos acerca de los periodistas y de su papel en la actual concepción dominante del trabajo informativo, podemos concluir que están en vías de extinción. El sistema internacional ya no los quiere. Hoy puede funcionar sin periodistas o, digamos, con periodistas reducidos al estado de un obrero en cadena, como Charlot en los Tiempos Modernos…
Ese es el riesgo que gravita sobre las cabezas de los periodistas. Sobre todo desde que la burbuja digital les permite a los Mercados controlar a los medios, determinar sus funciones, saturar la sociedad de información hasta el punto de atrofiarla para conseguir controlarla y manipularla en su propio beneficio. Quien domina a los medios, domina a la sociedad.
La Voz de Asturias es la más reciente cabecera histórica víctima de los Mercados. Había sido en dos épocas anteriores -durante la Dictadura de Primo de Rivera y, después, en los tiempos de aquel general superlativo que practicaba místicamente el totalitarismo…- un periódico razonadamente crítico, mientras otros medios se sometían sumisamente al poder dominante. En ambos momentos históricos, sobre este periódico -típico de la sociedad industrial- llovieron sanciones administrativas graves y castigos a sus profesionales más significados con la idea de compromiso con la sociedad. A partir de 1965, La Voz de Asturias fue un periódico significado por su tenaz voluntad de servicio a las libertades democráticas -entonces en cuarentena…- En aquella época, como en épocas anteriores, la lectura en público de un periódico les servía a muchos para encasillar políticamente a los ciudadanos lectores. Hace unos cincuenta años quienes leían La Voz de Asturias eran ideológicamente, rojos…
Esa absurda manía de calificar políticamente a los ciudadanos atendiendo al periódico que compran y que leen, no es de este tiempo. Viene desde muy lejos. En 1910, hubo en Ribadesella -mi villa natal- un cura párroco que, durante uno de sus sermones dominicales, les dijo a sus feligreses: Cuidad vuestras lecturas. Sobre todo, la de los periódicos. En algunos de ellos escribe Satanás. Os advierto esto para que esteis atentos, porque San Pedro no le abrió las puertas del Cielo a un feligrés por llevar El Noroeste en el bolsillo
Lorenzo Cordero. Periodista.
El futuro del periodismo, Juan Luis Cebrián en El País
LA CUARTA PÁGINA
En un mundo globalizado y sujeto a los cambios que las nuevas tecnologías propician, ¿qué papel desempeñan los medios tradicionales? ¿Cómo se va a organizar y financiar su trabajo? ¿Cuál será su peso en la opinión pública?
Hace hoy 36 años que EL PAÍS salió a la calle en medio de una enorme expectación ciudadana. El diario, cuyos iniciales promotores quisieron y no pudieron publicar en las postrimerías del franquismo, llegaba apoyado por un accionariado múltiple y variopinto, divido y hasta enfrentado entre sí, que había puesto más fervor en el proyecto que dinero en la inversión. Era el primer periódico de cobertura nacional que aparecía después de la muerte del dictador. Enseguida tuvo un éxito espectacular, que le ha acompañado hasta nuestros días y le ha permitido ser durante décadas el diario español de referencia y el más difundido e influyente de cuantos se publican en nuestra lengua. Cuando alguien me pregunta por las razones de semejante suceso respondo sencillamente: supimos conectar con los lectores. Naturalmente detrás de todo ello hubo un equipo humano muy joven y entusiasta, un empresario que supo aunar la voluntad fragmentada de la propiedad, y la inamovible decisión de aplicar las técnicas profesionales más rigurosas en la elaboración de informaciones y análisis.
Coincide este aniversario con un momento de especial gravedad en la vida española en el que las consecuencias de la crisis económica, y la dureza de los remedios que se aplican, amenazan con ocultar la debilidad del entramado institucional de nuestro país. El empobrecimiento que nos invade lo hace a tal velocidad que las urgencias cotidianas impiden una reflexión adecuada sobre lo que acontece. El debate público se ha envilecido y a la escasez económica se suma la penuria de ideas. Los medios de comunicación, que durante siglos han sido el vehículo natural de ese debate, se enfrentan ahora no solo a la crisis general, sino que deben asumir también el profundo cambio tecnológico que la sociedad digital implica. En medio del tsunami, decenas de miles de periodistas de todo el mundo han perdido su empleo en los últimos años y centenares, miles, de publicaciones han echado el cierre. Los editores se preguntan, con razón, por cuál es el modelo de negocio en la red, habida cuenta del profundo deterioro de los medios tradicionales, especialmente en lo que se refiere a la inversión publicitaria. Convendría que antes de responderse prestaran atención a la demanda, a veces angustiada, que muchos periodistas se hacen, al margen la preocupación por el mantenimiento de sus puestos de trabajo: ¿cuál es el futuro del periodismo? Si somos capaces de contestarnos, el modelo de negocio quedará resuelto.
Durante los últimos días he participado en dos asambleas que, por caminos bien diferentes, han abordado esta cuestión. La primera, un seminario internacional organizado en Madrid por el Paley Center for Media de Nueva York, en el que 70 profesionales y expertos de más de 20 países discutieron acerca de las Noticias a la velocidad de la luz. Un par de fechas después me reuní con cientos de periodistas de la Redacción de este periódico en un contexto en el que las inquietudes laborales se sumaban a las profesionales. Pero la cuestión de fondo que planeaba sobre las cabezas de los congregados era en ambos casos la misma: en un mundo globalizado, abrumado por las nuevas tecnologías que otorgan una capacidad de comunicación individual y masiva como nunca antes pudo soñarse, ¿qué papel juegan los medios tradicionales?, ¿cómo se va a organizar y financiar el trabajo de los periodistas?, ¿qué utilidad y relevancia social mantendrá de cara a la formación de la opinión pública? Los redactores de EL PAÍS (y no son los únicos) me alertaron sobre la inconveniencia de utilizar metáforas apocalípticas en este debate, consejo que agradezco y trataré de hacer bueno. En la reunión del Paley yo traté de advertir a mis colegas respecto a otra tentación: la de dibujar un mundo de utopías morales sobre el valor de los medios sin resolver el problema de cómo han de financiarse. Esta cuestión es más relevante para la convivencia política que el tipo de soporte físico (papel o pantallas de cristal líquido) que los lectores utilicen a la hora de leer las informaciones y análisis que les interesan. Y el consejero delegado de The Economist puso de relieve que sin la existencia de un periodismo profesional, sustentado por empresas comerciales, la independencia crítica y la libertad de expresión se verían amenazadas. Esto no quiere decir que reneguemos por completo de los medios públicos, algunos tan modélicos en su funcionamiento como la BBC británica, o de otros sufragados por organizaciones sin ánimo de lucro. La importancia social de la prensa, en todas sus versiones, ha justificado durante siglos que los poderes políticos ampararan o facilitaran su actividad, sin que eso tuviera que suponer una merma de su independencia. En el siglo XIX los ferrocarriles británicos adaptaron sus horarios a las necesidades de distribución de los diarios, y hace apenas cuatro años el Gobierno de Sarkozy elaboró medidas de urgencia que permitieran a los periódicos hacer frente a la actual crisis. La prensa no ha sido más complaciente con él por eso en la campaña electoral. Pero un periodismo democrático no puede estar universalmente patrocinado por Gobiernos o fundaciones. Debe regir en él la norma de la competencia, tanto como la de la cooperación.
Lo que quedó muy claro en ambas reuniones es que en una sociedad sumergida en la abrumadora cantidad de información que la Red aporta, y en la que se confunden verdades con mentiras, calumnias con denuncias ciertas, injurias con críticas fundadas, rabietas con protestas cívicas, el periodismo profesional no solo tiene un futuro, sino que resulta más necesario que nunca, y de ninguna manera puede ser sustituido por eso que hemos dado en llamar periodismo ciudadano, por más que produzca a veces contribuciones admirables.
El periodismo profesional tiene entre otras tareas la de explicar la realidad al público y la de vigilar al poder. Ha de hacerlo desde el pluralismo y aun la confrontación de los medios, pero aplicando y respetando el rigor en las informaciones y la transparencia en los argumentos. La aplicación de esos principios, de larga tradición en la prensa democrática, le valieron a EL PAÍS un alto grado de reconocimiento durante la Transición política española, hasta el punto de que el profesor López Aranguren, un mito para el pensamiento hispano de aquella época, lo definió como el “intelectual colectivo” que España precisaba. La actual crisis se caracteriza entre otras cosas por la ausencia de liderazgos, muy evidente en la clase política europea pero también en el devenir cultural, en el que ya ni siquiera es distinguible el papel de las vanguardias. El periodismo profesional puede y debe ayudar a suplir esas carencias, contribuir a generar criterios a partir del conocimiento de la realidad. Pero no sabrá hacerlo si rehúye el debate sobre sí mismo, sobre su naturaleza, eficacia y capacidad para hacer frente a los numerosos retos que tiene planteados.
Las innovaciones científicas y tecnológicas, aunque afecten profundamente a la naturaleza de los procesos productivos, no nos encierran en un universo fatal e irremediable. Antes bien ofrecen una inmensa y nueva oportunidad. Todos somos fruto de nuestros propios deseos y decisiones, y el futuro del periodismo será al fin y al cabo el que los periodistas mismos queramos labrarnos. Estoy seguro de que, dentro de otros 36 años, quienes sigan leyendo y escribiendo en EL PAÍS lo demostrarán con lucidez.
Día Mundial de la Prensa libre, de José Luis Gutiérrez en El Mundo
JAZZ AGE
Las Naciones Unidas establecieron en 1993 la fecha de hoy, 3 de mayo, para conmemorar cada año el Día Mundial de la Libertad de Prensa como recordatorio universal de uno de los derechos humanos consagrados en la Declaración de 1948 de la ONU. Y hay muchas formas de celebrarlo. En México, por ejemplo, estrangulan en su bañera a la periodista Regina Martínez. Las FARC colombianas tirotean y secuestran al informador francés Roméo Langlois. El parlamento estatal de California, al menos, emite una resolución de apoyo a la libertad de prensa.
Aquí, tras la reciente aparición del excelente libro de Díaz Dorronsoro, Cambio 16, la historia del mítico semanario -una de las cimas españolas más elevadas y eminentes de la libertad de prensa-, alumnos de la Universidad de Navarra resucitan Cambio 16 con informaciones, opiniones, ropajes y diseños de hoy: mismo vino en odres nuevos.
Recibo carta de Viena, del IPI (Instituto Internacional de la Prensa, asesor de la ONU, la más antigua e importante organización del mundo de defensa de la libertad de prensa), al que pertenezco desde hace casi 30 años. Corresponsales, Carl-Eugen Eberle, antiguo director de la ZDF, la cadena de televisión alemana y presidente del IPI; Markus Spillmann, director del periódico suizo Neue Zürcher Zeitung, miembro de su board, y Alison Bethel McKenzie, directora. Los firmantes insisten en la importancia de este derecho humano para los ciudadanos libres que deseen ser informados, rigurosa y verídicamente, frente a la censura, la propaganda o la manipulación. Es el discurso del periodismo democrático que se afianza en el derecho humano por antonomasia, el de la libertad de prensa y expresión.
Hoy, también, habrá una concentración convocada por la Asociación de la Prensa madrileña (APM), «por un periodismo digno». Me sumo a la convocatoria, consciente de que miles de periodistas -incluido quien esto firma- somos víctimas y soportamos la tremenda y persistente crisis que afecta a tantos profesionales y a numerosas empresas. En la reciente comida de los Príncipes de Asturias en honor del Premio Cervantes, el ausente Nicanor Parra, conversé con Juan Luis Cebrián, cuyo grupo padece grandes tribulaciones económicas y sindicales, aunque él se manifestó optimista y me aseguró que «en un año» lograría solucionar el problema de la mastodóntica deuda de su holding.
Creo que las convocantes APM y FAPE no han acertado con el motto. «Sin periodistas no hay periodismo. Sin periodismo no hay democracia», es un eslogan espurio, sindical, que podría servir igualmente a los Castro, a Pinochet o a Franco, cuya Ley de Prensa, la Ley Fraga del 66, sigue vigente en España. El periodismo no es un oficio como la respetable ebanistería. Síntoma del aliento totalitario es la embarullada invasión por instituciones de ámbitos ajenos, sindicatos que pontifican sobre libertad de prensa y organizaciones de periodistas que lo hacen como centrales sindicales. El eslogan filosóficamente correcto sería: «Sin libertad de prensa, real y efectiva, ni hay democracia ni hay periodismo». Sólo mensajería. Recados.
La irresponsabilidad nos condena a la austeridad, de Víctor de la Serna en El Mundo
LA POLÉMICA NACIONAL
EL AGRIO DEBATE DE UNOS PRESUPUESTOS RESTRICTIVOS
Antes aún de que, ayer, los socialistas aprovecharan la última cifra del paro para proclamar que Rajoy se estaba «quedando solo» (¿dónde habíamos visto eso antes?), el debate parlamentario de los duros Presupuestos Generales ya había dado lugar a una letanía de reproches recíprocos por la situación económica.
Fernando Vallespín, en El País, resumía bien el hartazgo general con nuestros políticos… y con nosotros mismos: «Lo que más nos excita es definir al culpable, al responsable de la situación en la que nos encontramos. El espectáculo del martes en el debate general de Presupuestos llegó a lo bochornoso, casi a lo esperpéntico. En vez de tratar de facilitar acuerdos, una vía para favorecer un puñado de consensos mínimos entre las fuerzas políticas, todas las energías se centraron en buscar un chivo expiatorio al que endosarle la responsabilidad por lo que nos pasa. Para unos eran las comunidades autónomas; para otros, el Gobierno anterior o, en fin, el errático rumbo de los recortes de Rajoy y su equipo. Y, se les nombre o no, los villanos habituales, la señora Merkel y los fantasmales mercados. Nadie hizo la más mínima autocrítica, el culpable siempre es el otro. Lo más fascinante es que, al parecer, quien nos va a resolver el problema va a ser también alguien de fuera. François Hollande, por supuesto. Como si fuéramos menores de edad sin el más mínimo control sobre nuestro destino. Así visto, y ya que necesitamos saber imperiosamente quién o qué nos ha traído hasta aquí, tengo para mí que el culpable es nuestra propia irresponsabilidad, la incapacidad para asumir las consecuencias de nuestros actos».
Pero Román Cendoya, en La Gaceta, no abandonaba la senda del reproche: «El demagógico y dramático modelo de gestión económica de ZP y Rubalcaba del nopago nos ha llevado a los presupuestos del copago. Los caraduras del PSOE tienen la desfachatez de llamar a la movilización a aquellos ciudadanos que ellos han arruinado».
José María Benegas, diputado por Vizcaya, y Francisco Fernández Marugán, ex diputado, dos viejas glorias del PSOE felipista, desgranaban en El País las conocidas objeciones a la austeridad: «Terminará en 2013 un proceso de ajuste en el que las Administraciones han de llegar a situar sus cuentas en el 3% del PIB. La credibilidad conseguida con él es nula, ya que ese tipo de políticas han echado por tierra cualquier atisbo de recuperación. Por eso, puede sostenerse que hemos aplicado un acuerdo mal diseñado, incapaz de convencer de sus ventajas a los ciudadanos y a los mercados. Por ello, a la vista de la situación existente, lo sensato sería retrasar unos años el cumplimiento del objetivo de estabilidad del 3%».
Por su parte, un editorial de ABC atacaba el flanco catalán: «El nacionalismo catalán persiste en el eterno discurso victimista, que intenta justificar con datos de interpretación muy discutible sobre la balanza fiscal y la solidaridad entre las comunidades autónomas. Cuando el ministro Montoro explica las razones que impiden conceder a Cataluña los 219 millones de euros derivados de la financiación previstas por el Estatuto, CiU se rasga las vestiduras y amenaza con acudir a los mismos tribunales cuyas sentencias se niega a cumplir cuando no le conviene. Los llamamientos a una rebelión ciudadana en materia fiscal son incompatibles con el Estado de Derecho y con el más elemental sentido común».
Gran Hermano es… su vecino, de J. de Mendizábal en vozpopuli.com
¿Por qué no aceptó ser consejero de Red Eléctrica el marido de la Señora Cospedal menos de 12 horas después de ser “sugerido” para el cargo? ¿Por qué tiene que salir cada dos por tres el Departamento de Estado de la Defensa de los EEUU a explicar determinadas actuaciones aberrantes de sus soldados en Afganistán? ¿Por qué ha tenido tenido que pedir perdón el Rey en una grabación humillante? ¿Por qué? ¿Por qué? Cabrían cientos de ejemplos en los últimos años. En España y en el mundo entero.
Al margen de las contestaciones habituales hay una explicación más sencilla y común a todas esas situaciones: PORQUE LA GENTE SE ENTERA. Y, ahora, reacciona. En tono vulgar: “que te han pillao, que te han pillao, con el carrito del helao”.
Quede claro que hablamos de casos en los que no han intervenido la justicia o las fuerzas de seguridad, es decir, no ha habido una denuncia formal. Simplemente es porque el caso ha trascendido a la opinión pública, al pueblo si se quiere, y éste lo ha denunciado. Se ha indignado. Esta figura se llamaba antes escándalo público e, incluso, estaba fuertemente penada por la Ley. Es verdad que, hoy, no es un escándalo que cien travestis paseen semidesnudos o, directamente, desnudos en una carroza por la puerta de Alcalá (aclaro que personalmente me importa un bledo si se pasean o no y cómo lo hacen) y, por tanto, sería discutible qué es o no un escándalo. Pero parece un hecho indiscutible que toda la vida de los personajes públicos o, mejor dicho, pagados con dinero público (que sí es de alguien, es el que pagamos con nuestros impuestos) está sometida a un escrutinio férreo y la figura del escándalo ha tomado una nueva dimensión. ¿Qué ha ocurrido, qué ha cambiado?
Un mundo hiperconectado
Al margen de los cientos de medios de comunicación (prensa, radio, televisiones) que existen, que ya es dejar al margen, hay dos hechos que han cambiado el mundo en el que vivimos y, sobre todo, en el que viven los personajes públicos. Uno: hay 50 millones de móviles por el país, más de uno por habitante. Cincuenta millones de máquinas fotográficas que llevamos cada uno en el bolsillo y que pueden captar cualquier imagen en cualquier momento. O grabar una conversación. En el sitio más inesperado o inadecuado. Y dos: esa imagen puede dar la vuelta al mundo en instantes vía Facebook, Twitter, e-mail o SMS. La foto, el vídeo o la grabación o, simplemente, un comentario al respecto de lo que se ha visto llegará a la velocidad del rayo a otros miles de terminales. El Gran Hermano, pero a lo bestia, porque todos somos el Gran Hermano del de al lado. Además, existen cientos de digitales, webs y blogs dedicados casi exclusivamente a la denuncia sistemática. Cuando las denuncias son ciertas, son devastadoras para la reputación de la institución o personaje denunciado.
No sólo ser honrado, sino parecerlo
En buena parte, es aterrador, pero así es la vida y no va a cambiar. Los cargos públicos que no se hayan enterado todavía, se enterarán más tarde o más temprano. Ahora hay que ser honrado, parecerlo y, además, mantener una conducta, digamos, apropiada. Constantemente. En otro caso, es prácticamente seguro que la gente -el pueblo, el competidor, el enemigo- se va a enterar más tarde o más temprano. No es cuestión de mala suerte (partirse la cadera, por ejemplo). Es que estar en un puticlub en Melbourne, a 23 horas de viaje, ya no es sinónimo de privacidad. Aunque puede dar lugar a situaciones muy injustas, el hecho es que hay un periodista de investigación en cada esquina. O un cotilla.
Y para terminar, dos temas: esto es extensible a las corporaciones y empresas y altos cargos. Tienen que extremar el cuidado de su reputación. Y, dos, el pueblo vota cada cuatro años pero en Twitter, por ejemplo, vota a todas horas. Si no están de acuerdo, pregunten a los personajes y personalidades que abren este artículo. Mucho ojo porque hay mucha gente que está harta de conductas reprochables, despilfarros absurdos, cohechos propios o impropios.
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¿Dónde está mi periódico?, de Teresa G. Cortés en vozpopuli.com
Voces, enfados. Alguien reclama su periódico. Y no porque sea suyo. Simplemente es que no está ahí, en ese momento, el periódico que con sistémica regularidad acostumbra a leer. Y en ausencia de ese álter ego llamado “periódico” tiene que hojear otro. Y eso es un revés, una bofetada en la cara a su narcisismo.
El guión que describo, aunque en tono satírico, no resulta inusual. Al contrario, delata algo muy frecuente, a saber: que tenemos nuestras fobias y, claro, nuestras correspondientes predilecciones. Y, en relación a éstas, la elección de un rotativo viene condicionada por las pulsiones ideológicas que posee cada persona que, a su vez, busca en las noticias un tipo de anatomía narrativa que se acople a su manera de pensar. De lo que se deduce que el gesto de identificarnos con una determinada publicación nunca constituye un hecho inocente y, menos, un suceso trivial.
Pero, si sabemos esto, ¿por qué nos resistimos a leer otros periódicos o por qué pecamos de inflexibilidad? Primero, porque somos seres previsibles, animales de costumbres, es decir, “somos más monos que el mono”, como diría Michael Landmann. Y, en segundo lugar, porque cada día y de forma progresiva adelgazamos el espacio dedicado a la reflexión. Y, quizá por tal motivo, confiamos, damos crédito a explicaciones ajenas y, debido al modo en que vivimos: con prisas y faltos de tiempo, aceptamos sin cortapisas, y demasiado a la ligera, las ideas de los demás. Con lo cual, incluso sin quererlo, en el acto de preferir un tipo de prensa, en detrimento de otra, nos convertimos en personajes activos que demandan una clase de historias, de crónicas, de noticias…, igual que cuando efectuamos la compra en el supermercado adquirimos unos productos. Y no otros.
Juego de afinidades
“Yo leo con tijeras, perdóneme usted, y corto todo lo que me desagrada. Así tengo lecturas que no me ofenden jamás”. Esta cita de J. P. Dauphin y H. Godard está impresa en los viejos Cahiers Céline (1976). Ahora bien, lo importante es que con una perspectiva tan egomaníaca dejamos a la deriva la aventura del conocimiento, al tiempo que colocamos andamios para mantener a raya la realidad que estéticamente incomoda. Por tanto, ¿para qué acudir a lugares periodísticamente distintos si la vulgata de mi periódico ya me ofrece dibujados, con claridad cartesiana, los límites perfectos de la noticia?
A partir de estos pésimos hábitos de lectura se pone de manifiesto cuán lejos andamos de obtener información de calidad, sobre todo en el instante en que engullimos cocina periodística “rápida” y “rica” en mensajes manidos que no amplían ni elevan el debate, que no ensanchan tampoco el horizonte de la realidad, sino que generan tópicos, “pensamiento en pack” como señala Carmen Posadas, de forma que, dice esta escritora, algunas personas “leen a sus iguales para que los reafirmen en lo que ya piensan de antemano”.
Mal que pese
Estos comportamientos apenan porque nos achican, porque nos quedamos satisfechos con fuentes liliputienses de información, porque, en fin, parece que deseamos convertirnos en aquellos seres mitológicos, los Cíclopes, que solo tenían un ojo. Y por falta de espíritu crítico, atrapados en ese gusto reduccionista y obsesivo por fidelizar y visualizar nuestras preferencias ideológicas volcando nuestros apetitos en el baile de palabras de un único periódico, al final revelamos ignorancia, conservadurismo. Y miedo.
Mal que pese, las palabras no son alimento espiritual, por lo menos cuando hablamos de “buen periodismo”. Las palabras son, en todo caso, herramientas indispensables con que analizar y desenredar la complejidad de los sucesos sociales. Y a veces logramos bastante luz. Y en otras circunstancias conseguimos menos certezas de las esperadas. Así que hacer del trabajo periodístico un castillo en cuyo interior cobijar nuestra credulidad no es información. Antes bien, es un error, amén de un acto indigno de manipulación que conduce, entre otros escenarios, a leer lo que no ha sucedido.
Metalenguaje, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias (01-04-2012)
El ojo del tigre
En enero del año 1998 -como quien dice: ayer mismo por la tarde…- en la Universidad de la Laguna (Tenerife) se celebró un homenaje a la revista Triunfo, que había sido uno de los iconos mediáticos de la prensa antifranquista; un referente indispensable para la crítica intelectual del régimen de aquel general que tenía una voz que sonaba como la música de una ocarina. Triunfo empezó siendo una revista de crítica cinematográfica. Su primer número se publicó en el año 1962. Pocos meses después ya era una publicación de crítica política. Durante una semana, Triunfo resucitó testimonialmente en la Universidad tinerfeña. Una exposición de sus antiguas portadas y los testimonios de algunos de sus más notables colaboradores contribuyeron a recuperar para la memoria del periodismo antifranquista una de las revistas de mayor prestigio mediático en una época en la que el régimen de aquel general superlativo empezaba a deslizarse por la pendiente de su inevitable ocaso imperial.
Triunfo consiguió su máxima popularidad cuando acertó a plantear la búsqueda de la libertad de expresión como el principio inexcusable para, a partir de esa libertad, alcanzar el resto de las libertades que habían sido secuestradas por el régimen dictatorial.
Ese compromiso les exigió a sus colaboradores arriesgar hasta el límite de lo posible su propio estilo de expresión. Tuvieron que afinarlo tanto, para evitar la implacable censura, que lograron crear un metalenguaje con el que les fue posible comunicarse con sus lectores más agudos. En poco tiempo, estos consiguieron traducir aquellos circunloquios y guiños -inevitables para pasar la aduana de los censores- en el mensaje real que les querían transmitir los periodistas.
Aquel metalenguaje, que servía, como digo, para burlar la censura, no fue de uso exclusivo por la revista Triunfo, sino que se había extendido por el ámbito periodístico de aquella época. Ni tampoco se podía considerar una peculiaridad española del periodismo heterodoxo, sino que, ya en tiempos de Mussolini, en Italia se habían hecho famosos algunos periodistas por su metalenguaje antifascista. Entonces, los italianos -como después los españoles- ya tenían sus lenguas almidonadas para que hablaran sin flexiones.
Se cuenta que uno de los más populares periodistas antifascistas italianos, cuando se normalizó democráticamente la sociedad italiana, no acertó a desprenderse de aquel hábito de enmascarar sus ideas, y acabó ignorado por los lectores que antes lo habían adorado.
En la hemeroteca de este periódico se pueden encontrar también numerosos ejemplos del periodismo del absurdo, textos escritos en un metalenguaje que permitía salvar los obstáculos de la censura durante la década de los 60. Con ese metalenguaje, LA VOZ DE ASTURIAS alcanzó una popularidad indiscutible. Esa habilidad para sortear los obstáculos de una censura implacable podría considerarse como un rasgo de ingenio -que lo es-, pero su uso también genera una tristeza, como es la tristeza de no poder usar abiertamente el idioma propio, cuando es ese idioma un signo más del derecho a la libertad de expresión.
Uno siempre creyó que el pluralismo del pensamiento es el mejor medio para aprender a entendernos entre todos. Sin embargo, la realidad demuestra que no siempre puede ser así sino que también hay quienes le ponen fronteras al idioma con el que expresamos nuestros pensamientos.
Aquel mítico metalenguaje solía estar acompañado por un hábito poco deseable: la autocensura. Si el metalenguaje constituía el indicio de un ingenio poco común, la autocensura descubría el miedo. Un miedo razonable en aquel tiempo. Hoy, sin embargo, ese hábito de censurarse a sí mismo -algo frecuente todavía…- sólo sirve para viciar el uso del derecho a la libertad de expresión.
Cuarenta años de pedagogía franquista ha dejado una profunda huella en la inteligencia española. Esto es grave. Y lo es mucho más si los recuerdos de aquella pedagogía totalitaria no se pueden borrar con una rotunda y eficaz pedagogía democrática. Quizá esto explique el porqué resulta tan difícil entendernos en la pluralidad de los pensamientos. ¿Acabaremos amparándonos, otra vez, en el metalenguaje de los años 60…?
Lorenzo Cordero. Periodista.
El Mundo, El País y ABC mueven fichas en la oscuridad, de Fantomas en República de los blogs.com
Algo está pasando en las cúpulas de los tres diarios nacionales, El Mundo, El País y ABC porque sus dueños andan preocupados por las cuentas de resultados y ello podría acarrear importantes consecuencias en sus Consejos de Administración, Redacciones, línea editorial y equipos directivos. Para empezar ha llamado la atención la burda manipulación de El Mundo sobre la huelga general del 29-M titulando “Fracaso Sindical”, lo que no compadece con la realidad de lo ocurrido. La huelga tuvo un seguimiento mediano o “menos general” como decía ABC, pero lo de Fracaso total es una burda manipulación, ahí están las portadas de The New York Times, Financial Times y Wall Street Journal . ¿A qué juega Pedro J. Rámirez? Algunas fuentes aseguran que el director de este periódico controlado por la confindustria italiana y que no denunció la reciente puñalada y pública acusación a España del primer ministro de Italia Mario Monti ha quedado en entredicho ante el Gobierno y ha querido echar una mano larga al Gobierno de Rajoy. Puede, también, que Pedro J. por causa de los malos resultados obtenidos (pérdida de 300 millones, y más de mil millones de deuda) y su empeño en seguir dando la matraca con los escándalos del 11-M, tenga miedo de no renovar su contrato de director que ahora vence. Entre otras cosas por causa de su mala relación con Rajoy (y sus ataques a la Familia Real) y su permanente juego a favor de UPyD y de los enemigos de Rajoy que lidera Rosa Díez, cuestiones a las que son muy sensibles los italianos (especialmente en lo relativo al Gobierno y La Corona). Algo pasa en El Mundo para explicar lo del sartenazo sindical del 29-M. Aunque el problema importante de este diario es el anuncio de un posible nuevo ajuste de la plantilla con un ERE -otro mas- de gran alcance que podría ponerse en marcha en fachas no lejanas.
En ABC los problemas no son menores. Sigue la lucha de poder entre las familias (Ybarra y Luca de Tena por un lado y Bergareche y Castellanos por otro) en pos del control del poder de la compañía que se va a dirimir en una junta general extraordinaria, impuesta por los Bergareche y su clan. En el fondo de la cuestion están los malos resultado de ABC y su perdida de influencia y el empeño del clan Bergareche de separar el viejo Grupo Correo de ABC para vender ambas cosas por separado, porque el pelotazo es algo que gusta al intrigante Jaime Castellanos, a quien se ha visto reunido en varias ocasiones con Jaime Polanco, el ex dirigente de Prisa al que Cebrián expulsó del Grupo.
En el Grupo Prisa, con la acción a 0’58€, una deuda de mas 3.000 millones y unas pérdidas de 451 millones, la situación es alarmante, y solo les queda la baza de vender Sogecable a Telefónica o a un operador internacional, reduciendo el Ebidta del Grupo a su mínima expresión. Pero he aquí que Cebrián, que es el que manda y el responsable del desastre empresarial, está estudiando ahora una segregación del diario El País del resto del Grupo para quedarse él (con sus amigotes, los Slim, Felipe González y demás compañía) con la propiedad y el control del diario que piensa derivar más hacia internet. De manera que “los Polancos” (a los que Pradera llamaba “los huerfanitos”) además de haber perdido el control -que se quedó Cebrián a la muerte del patrón Polanco- y mucho dinero ahora se puede quedar sin El País, que es donde está la influencia con la que se renuevan los créditos, se quedarían con el grueso de la deuda. En el caso que Cebrián se quedara con el periódico y se retire de Prisa en el rotativo, hoy en manos de un sector bastante funci0narial y de un izquierdismo seguidista de la vieja guardia de la Redacción ante la ausencia de un director (J.L. Moreno está dedicado a dar conferencias), se produciría un profundo vuelco generacional tanto en su equipo directivo como en el informativo, incluyendo un giro a la derecha de su línea editorial.
Y después de Internet, ¿qué?, de Manuel L. Torrents en vozpopuli.com
Cuando comencé en esta profesión de contar cosas, las compañías de telecomunicaciones (de teléfonos, más bien) eran consideradas una utilitie más, como las de agua, electricidad, gas, autopistas… Pertenecían a sectores regulados y no tenían grandes expectativas de crecimiento. A cambio, eran seguras y daban buen dividendo a los accionistas.
Entonces, llegaron las privatizaciones y, sobre todo, la telefonía móvil, que convirtieron a estas empresas en auténticos aviones. Comenzaron a liderar el crecimiento bursátil y económico. Lo siguiente fue internet y el adsl, que volvieron a propulsar estas empresas hasta cotas impensables.
Todos sabemos qué ocurrió en esos tiempos. Adquisiciones por todo el mundo y, en el caso español, vimos con sorpresa cómo Telefónica se convertía en un coloso internacional. Nadie recuerda ya aquel viejo monopolio, que tardaba una eternidad en dar un alta de línea. ¿Alguien podía creerse que fuera mayor que (por poner un ejemplo) Deutsche Telekom? (Lo sigue siendo, por cierto).
Fueron años de segregación de filiales, de subidas astronómicas en Bolsa, de brillo y esplendor, a pesar de algunos episodios dramáticos con las filiales de internet tras el pinchazo puntocom.
Pero ahora, ¿cuál es el siguiente driver de crecimiento? ¿Hacia dónde van a tirar las telecos? La impresión cada día más generalizada es que nadie lo tiene del todo claro. En los mercados emergentes queda poco pescado que vender. Los desarrollados están demasiado maduros y hasta las propias operadoras se están cansando de levantarse clientes unos a otros, para volver a levantárselos de nuevo. Que no quieran subvencionar el terminal es una clarísima señal de hastío. Y los mercados quieren que se les soprenda agradablemente, o son muy duros a la hora de efectuar valoraciones.
Las empresas que quieren volcarse en el mundo de los contenidos, pero eso no es nuevo y ya sabemos cómo terminó esa historia en el pasado, con las plataformas digitales, la compra de productoras, de portales de Internet, etcétera.
Por otro lado, el mundo audiovisual también se está redefiniendo. Las televisiones están en una situación complicada, por ejemplo, y de pago por visión mejor no hablar demasiado.
Tal vez, me dicen algunas fuentes, haya que volver a un escenario en el que las compañías gestionarán su cartera de clientes con la máxima eficiencia, controlando el margen y la rentabilidad, sin aspirar a las cotas de crecimiento de antaño. ¿Volverán a ser una utilitie?
Habrá que ver. Lo cierto es que el modelo de operadora de telecomunicaciones imperante hasta la fecha ha llegado a un claro punto de madurez. Ahora mismo, sufre cierta crisis de identidad, de la que deberán salir reinventándose de nuevo. Móvil-Internet… ¿y ahora qué?… Esa es la pregunta.
Seguramente, el futuro no acertamos ni a imaginarlo. Igual pasa por la integración con compañías energéticas, para optimizar rendimientos, acceso a los puntos de distribución eléctrica… quién sabe. Pero ahora, se detecta cierta fatiga intelectual en las empresas de telefonía, más allá de sus eternas reivindicaciones regulatorias.
Medios sociales y democracia deliberativa, de Nathan Gardels en El País
LA CUARTA PÁGINA
Las nuevas tecnologías y las redes sociales han perturbado el sistema de jerarquías vigente y han agravado la crisis de gobernanza; el reto de los medios sociales es convertir la multitud boba en multitud inteligente.
La emergencia de las redes sociales y su impacto en la gobernanza fueron analizados el pasado 4 de marzo en una discusión abierta organizada por el Nicolas Berggruen Institute de Palo Alto, California, en la que participaron diversos expertos. De aquella discusión surgieron las siguientes cuestiones:
1. La fase destructiva: tecnologías perturbadoras y crisis de progreso. Las tecnologías perturbadoras que “aumentan la visión, la memoria y la atención” —y que van desde la imprenta a la web— siempre producen “crisis de progreso”, porque socavan la posición de los “gremios protectores”, los intermediarios y las instituciones que en su día han controlado la información y el poder. Los intereses creados de esas instituciones hacen que se resistan a perder el control mientras persiste la insurgencia. Por lo tanto, la primera fase del cambio suele ser conflictiva y destructiva (pensemos en las guerras de religión registradas en Europa después de la aparición de la imprenta). En esta fase, las fuerzas son centrífugas, es decir, desmiembran y fragmentan.
En nuestra época, la aparición de las redes sociales y la transparencia de las redes compartidas cuestionan todas las jerarquías, desde el monopolio de los grandes medios de comunicación hasta el conocimiento profesional protegido por títulos, como el de los médicos, o el poder de los dictadores protegidos por la fuerza. Los sistemas que se adapten a esta nueva transparencia o que la aprovechen serán los que sobrevivirán. Fracasarán los que se resistan y acaben perdiendo confianza y, con ella, fidelidad.
Se descomponen los personajes rígidos como los autócratas de Egipto y Túnez, que son quebradizos. Florecen los más flexibles, como los integrantes de la profesión médica, que han sacado partido a las páginas web de información al paciente. En algún punto intermedio se encuentra la autocrática China, que camina en dos direcciones a la vez: es un “Estado supervigilante” que aspira a “estar totalmente informado” de las actividades de sus súbditos, pero en la que la población de microblogueros, en una especie de “monitory webocracy”, es también es objeto de “infravigilancia”.
En este sentido, China es un “gigantesco caldo de cultivo” de lo que vendrá después. La balanza puede inclinarse hacia cualquiera de los dos lados. Para algunos, la webocracia de los microblogs ayuda a solventar el antiquísimo problema de la “escasa realimentación que llega al emperador”, causa de la caída de muchas dinastías que perdieron el contacto con la realidad. La jerarquía meritocrática china es un sistema eficiente, que en última instancia fracasará si no cuenta con los bucles de realimentación que puede proporcionar una información fiable. Los medios sociales pueden convertirse en parte integral del cuerpo político chino y así mejorar la gobernanza.
Para algunos, entre ellos el artista disidente Ai Weiwei, estamos ante un Estado que siempre quiere saber dónde estás, qué haces y con quién hablas, para poder “aplastarte” cuando quiera.
2. La fase creadora: el desarrollo de nuevas instituciones. a) Si las redes sociales pueden erosionar la confianza mediante tuits, socavar la autoridad y derribar las instituciones, ¿qué papel podrían tener en la reconstrucción?
Después de la fase centrífuga, la siguiente se caracterizará por un proceso de recomposición y construcción de nuevas instituciones, basadas en una concepción renovada de la autoridad. A lo largo de la historia, o bien se han consolidado nuevas élites e instituciones jerárquicas con otros grupos de gobernantes y expertos fuertes (la pirámide) o, en la época contemporánea (tras la Ilustración) se han formado estructuras en forma de diamante en las que la mayoría de la gente ni es rica ni pobre, y el conflicto y la competencia, ritualizados por las normas, tienen lugar en “entornos” como los tribunales, los mercados, la ciencia y la democracia.
A diferencia de la estructura de poder vertical de la pirámide jerárquica, en la que la legitimidad reside en el gobierno de los respetables y los expertos, el modelo de legitimidad en forma de diamante surge de la “rendición de cuentas recíproca” de sus participantes. Hoy en día, la agitación de las redes sociales presiona sobre ambos modelos para dar cabida a un mayor número de participantes que comparten la misma información. Más que alternativas, la pirámide y el diamante son estructuras simbióticamente relacionadas, como el yin y el yang, sobre todo en lo que se refiere a la capacidad de participación de los medios sociales.
Ante ese desafío, los seres humanos reaccionan de dos maneras: la ontogénica y la filogénica. Las actividades ontogénicas se organizan y realizan mediante instituciones de concepción centralizada, destinadas a conformar el desarrollo social. La respuesta filogénica es evolutiva, como la de las bacterias que, sin capacidad de previsión, se organizan solas, respondiendo al entorno. Esta relación se basa tanto en la confrontación como en la simbiosis. La autoridad política de hoy en día es ontogénica y el ciberespacio es filogénico. La salud de la sociedad humana depende del equilibrio entre ambas tendencias.
¿Acaso esta situación podría conducirnos a un modelo de gobernanza “híbrido”, ya que al haber más actores y más complejidad se precisa tanto una mayor jerarquía para manejarlos como un mayor número de bucles de realimentación que canalicen la rendición de cuentas recíproca? No hay una única respuesta. Dentro del sistema actual de gobernanza, las condiciones determinarán si un determinado equilibrio funciona o no. El éxito solo llegará de la mano de un “efecto de campo” que active los elementos precisos que exija cada circunstancia concreta. El principio de “una persona, un voto”, al igual que el meritocrático, debe adecuarse a las circunstancias.
Lo mismo puede decirse de las empresas. Google demandaba un determinado tipo de gobernanza, más recíproca y colegiada, cuando solo tenía 500 empleados innovando. Con 50.000 trabajadores y mercados en todo el mundo, su complejidad exige, para ser más eficiente, una mayor jerarquía. Sin embargo, la innovación, para no morir a manos de la eficiencia, debe conservar su propio espacio.
En suma, la gobernanza es un sistema operativo abierto, basado en lo que funciona. Sobrevivirán los más adaptables.
b) Dado que las redes sociales y el conocimiento compartido no dejan de cuestionar a las élites y la meritocracia basada en credenciales como los títulos, es probable que en el futuro una nueva “meritocracia ágil”, cuyo poder pasajero surja y desaparezca en función de la reputación y el rendimiento, sustituya a las élites más arraigadas.
c) Hacen falta instituciones. Para algunas cosas es buena una autoridad basada en las masas, pero no para otras. Es buena para la innovación y la protesta; es mala para la gobernanza. Es una ensoñación libertaria creer que redes diseminadas de aficionados o “expertos desconocidos” pueden organizar por sí solos una sociedad basada en decisiones racionales e interesadas. La suma de las corduras al por menor no produce necesariamente, ni siquiera generalmente, racionalidad al por mayor. Lo más normal es que la cordura al por menor solo conduzca a la locura al por mayor.
Fueron las redes diseminadas de expertos financieros las que provocaron el colapso de Wall Street y quien tuvo que rescatar el sistema fue ese engorroso y viejo “tío borracho”, es decir, el Gobierno de EEUU.
3. Democracia, deliberación y “multitudes inteligentes”. a) La crisis de gobernanza que padecen las democracias actuales procede de la “falta de deliberación”. La deliberación es necesaria para que la democracia produzca decisiones colectivas inteligentes y no una política para bobos. Sin mecanismos de decisión deliberativos, que sopesen las consecuencias y lleguen a un equilibrio entre cesiones mutuas, las redes sociales que solo fomentan una participación y una difusión de información sin intermediarios también se limitarán a alentar a la “multitud boba”.
Uno de los desafíos principales del inmenso poder de participación de los medios sociales radica en convertir a la “multitud boba” en “multitud inteligente”. Tal como están las cosas, medios sociales como Twitter o Facebook son buenos para una movilización de corto vuelo de personas dispuestas a actuar, pero no para desarrollar los procesos de negociación y de desarrollo de consensos que precisa una toma de decisiones inteligente.
El traslado de las encuestas deliberativas al ciberespacio podría servir para transformar a la multitud boba en multitud inteligente. Tal como han demostrado las encuestas deliberativas —en lugares que van desde California a China y Japón, pasando por Europa— la población no está tan polarizada como las élites políticas. Así es sobre todo en EEUU, donde las primarias suelen obligar a los políticos a incurrir en comportamientos extremos. Sin embargo, el consenso puede surgir cuando los ciudadanos -seleccionados como representantes indicativos del conjunto del electorado gracias a muestras elaboradas científicamente- se sitúan en una zona despolitizada o en una “isla de buena voluntad” que, fuera del alcance de la “industria de la persuasión” que domina las elecciones, les permite acceder a datos y a expertos con puntos de vista contrapuestos.
Sin embargo, mientras se han podido realizar sondeos deliberativos de presencia física, reuniendo a 200 o 500 personas seleccionadas por métodos estadísticos (de una forma no muy diferente a como se elegía en la Atenas de hace 2.400 años una asamblea de 500 miembros, mediante sorteo), esto no se ha logrado de forma virtual. El éxito de los seminarios virtuales organizados por universidades como la de Stanford —en los que llegan a participar hasta 160.000 personas— apunta su potencial.
b) En sí mismas, ni la transparencia ni la opacidad constituyen una virtud. Demasiada transparencia puede acabar con la solidez de las instituciones deliberativas. Esta es la “paradoja de la apertura”. Si las encuestas deliberativas exigen cierto “espacio despolitizado”, las instituciones deliberativas precisan de cierta opacidad para proteger sus decisiones de la presión popular y de la “tiranía de la mayoría”. Esta es la razón de que el Tribunal Supremo y la Reserva Federal de EEUU no sean instituciones “transparentes”. La opacidad otorga un margen para una deliberación razonada, no sometida al escrutinio público.
Sin embargo, las instituciones deliberativas, para no quedarse encorsetadas, deben estar ligadas a bucles de realimentación consistentes y poder rellenarse u “oxigenarse” periódicamente mediante la rotación de personal.
4. Medios neutrales frente a monetización de la atención. La base de la deliberación consistente radica en la existencia de una información neutral, objetiva y de calidad. Sin embargo, aquí nos enfrentamos al mismo grado de politización y de polarización de la vida política. Del mismo modo que en las sociedades democráticas las primarias generan posiciones políticas polarizadas, el imperativo de “monetizar la atención” para nichos de mercado contamina la calidad objetiva de la información, que se edita para su venta. Como los blogueros únicamente hablan para su propia tribu, la gente solo encuentra la información que busca. La información deja de ser comunicativa.
Se ha hecho realidad algo previsto por los sociólogos: la mayor amplitud de banda ha compartimentado la información. El cuidado de la información —la jerarquización de su calidad intelectual, la pretensión de veracidad o su interrelación con otras disciplinas— está íntimamente relacionado con la gobernanza deliberativa.
Quizá algún día el “valor del cuidado” [de la información] pueda tener un valor mercantil, pero como hoy en día la información objetiva, neutral y de calidad debe proporcionarse en forma de “bien público”, queda sometida al problema de la gratuidad.
5. Por debajo del Estado-nación. Gran parte de los debates se han centrado en la relación entre los medios sociales y el Estado-nación. Sin embargo, desde hace tiempo sabemos, y así se ha dicho, que el Estado-nación es demasiado pequeño para los problemas mundiales y demasiado grande para los locales. En un mundo interconectado en el que el poder está diseminado, tendría más sentido buscar un cambio que, yendo de arriba abajo, de la ciudad al nivel subnacional, no emanara del Estado-nación o de las cumbres mundiales. Máxime ahora que el mundo está prácticamente urbanizado y que ha surgido un archipiélago de enormes megalópolis de más de 20 millones de habitantes cada una, sobre todo en Asia. Las megalópolis son nodos de una red en los que la gente vive y trabaja (o está desempleada), en los que se mueve y contamina.
En esas ciudades en las que la proximidad física ya acentúa los procesos de realimentación, los intensos bucles de realimentación de las redes sociales pueden fomentar urbes todavía más inteligentes.
(Entre los expertos que participaron en el debate figuran Jared Cohen, de Google Ideas; Charles Songhurst, estratega de Microsoft; David Brin, autor de The Transparent Society [La sociedad transparente]; George Yeo, exministro de Asuntos Exteriores de Singapur; Joichi Ito, director del laboratorio de medios del MIT; Pierre Omidyar, fundador de eBay; el politólogo Francis Fukuyama, y Alec Ross, el diplomático del Departamento de Estado norteamericano más versado en cuestiones digitales).
Nathan Gardels es redactor jefe del New Perspectives Quarterly (NPQ) y del Global Viewpoint Network de Tribune Media Services. También es asesor principal del Berggruen Institute).
© 2012 GLOBAL VIEWPOINT NETWORK; DISTRIBUTED BY TRIBUNE MEDIA SERVICES. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo
