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Otoño mediático, de Marcello en República de las ideas
Ya estamos todos aquí para asistir al tópico otoño caliente que hará las delicias, a pesar de lo dramático de la situación, de los medios de comunicación a los que no les van a faltar noticias ni carnaza para titular, opinar, jalear y despotricar. Los tertulianos de la bronca ya están en sus puestos de combate, mientras los grupos editoriales grandes o pequeños se ajustan el cinturón de la crisis y buscan remedios mágicos a la crisis financiera, publicitaria y también tecnológica que los invade. Al tiempo que se alinean gustosos con sus respectivos partidos políticos en pos de una clientela fija porque desde hace unos años los editores y los activistas mediáticos están educando a sus lectores, oyentes y espectadores a recibir solo lo que les gusta y no lo que pasa y los editoriales y el posicionamiento ideológicos ya no están reservados para las páginas de opinión sino que ocupan los titulares y las portadas, de manera interesada y al margen de la simple realidad, haciendo bueno el dicho malo de “no dejes que una buena noticia te impida un buen titular”.
En los últimos días hemos tenido novedad de un largo discurso dominical de Pedro J. Ramírez en el diario presidencial –siempre salva a Zapatero- El Mundo presentándose él como paladín del periodismo democrático e independiente, lo que no es verdad, pero poniendo Pedro tanto empeño en su autobombo que a veces da la impresión de que a base de tanto repetirlo –“hay que hablar bien de si mismo, porque la gente lo escucha y luego no se acuerda donde lo ha oído”-, Pedro J. está interiorizando su auto propaganda hasta el punto de creerse que esa es la verdad. Pronto se olvida, por citar solo algún ejemplo, de su traición al periodismo más libre e independiente de la transición en el malvado pacto del Mayestic de Aznar con Puyol, o de su connivencia con los gobiernos del PP, o de la fracasada conspiración del 11M, o cuando ocultó a sabiendas que en la guerra de los Balcanes la OTAN iba a bombardear la radio y televisión de Belgrado, etcétera.
De lo que no se olvida el director de El Mundo es de salvar a Zapatero –aunque le da pellizcos de monja al gobierno y al PSOE- y fustigar a Rajoy y al PP, porque no le dejan a él dirigir toda la política del Partido Popular al que quiso imponer con un golpe de mano a Esperanza Aguirre como líder de la derecha. Naturalmente, algo recibe Pedro J. de Zapatero por esos servicios prestados y por la pinza que los de Unedisa le hacen a los de Prisa en compañía del grupo de La Sexta, nuevo grupo mediático de Zapatero, Roures, Barroso y compañía que trae de los nervios a Juan Luís Cebrián.
El Consejero Delegado de Prisa, Cebrián, parece que empieza el otoño con buen pie porque los del fondo Liberty que pretenden comprar el control de Prisa por 600 millones de euros están a punto de soltar la pasta, y de dejar a la familia Polanco por debajo del 30 por 100 del total del capital de la empresa, con un acuerdo que le garantiza a Cebrián su cargo durante los próximos tres años, a pesar de que el ex director de El País fue el autor del desastre financiero de la compañía que dedica sus ingresos e inversiones a pagar intereses y renovar créditos, por más que mantenga positiva su cuenta de resultados, cosa que no pueden decir otros, aunque esos otros o tienen menos deuda (Unedisa) que Prisa, o poca deuda (Vocento), pero ya están en números rojos.
Y todos ellos, eso sí, haciendo lecturas interesadas y divertidas sobre las audiencias respectivas que les ofrecen el EGM y la OJD, donde la prensa en general suele ir a la baja, aunque ABC con marketing agresivo y su nuevo estilo “Marca” de portada, pone nervioso a El Mundo, a la vez que los ultras de la Gaceta e Intereconomía, pugnan por heredar los restos de la COPE extrema y confesional de Jiménez Losantos, venido a menos tras su expulsión de la radio de los obispos. La que en el campo del deporte ha plantado cara a la SER con una guerra sin cuartel, como la que ABC lanzó contra La Razón, diario del Grupo Planeta que juega a una cosa en Barcelona –pro nacionalista- y a otra en Madrid, pro PP, aunque se cuida muy mucho de no causar el menor disgusto al gobierno de Zapatero (y al de Montilla) con su cadena televisiva de Antena 3 TV, cuyos informativos están dedicados a los sucesos para no hablar de política, pero mantiene un alto nivel de prestigio y autonomía en Onda Cero.
De la misma manera que las cadenas Telecinco y La Cuatro, de Berlusconi, cuidan a Zapatero y se dedican los unos a la telebasura y los otros a aporrear al PP, que es el juego habitual de La Sexta, y de RTVE por más que el multimedia estatal disimule y presuma de una independencia que por ninguna parte se ve.
O sea que el otoño mediático ya está al caer y se van a poner las botas porque habrá mucha tela que cortar, a uno y otro lado del hemiciclo, pero siempre todos ellos cuidando y mucho al poder, político, económico y comercial, por la cuenta que les trae que es muy distinta de ese otro periodismo democrático e independiente y no militante que en España está reducido a la mínima expresión, pero que día a día se escapa vivo por la gatera de Internet. Ahí si que está el periodismo independiente y el futuro del periodismo español. Y atención al rumor: Murdoch, de la mano de Aznar, está estudiando su desembarco mediático en el territorio español.
El alacrán de fray Gómez, de Pedro J. Ramírez en El Mundo
La carta del director
Este es el texto de la llamada «Conferencia Magistral» pronunciada por el director de EL MUNDO el pasado jueves con motivo de su investidura como Doctor Honoris Causa por la Universidad San Ignacio de Loyola de Lima.
Quiero ante todo expresar mi inmensa gratitud por este honor académico que viene de una de las universidades más prestigiosas de América Latina, fundada bajo el patronímico de un español universal como Ignacio de Loyola y caracterizada, además, por su compromiso de impulsar la actividad de los emprendedores en todos los órdenes de la vida.
No pueden ustedes imaginar la íntima satisfacción que una distinción así, otorgada en un lugar remoto por un grupo de personas a las que no conocía hasta ahora, supone para alguien que ha hecho del periodismo una manera de vivir pero que siempre ha procurado mantenerse al margen del circuito de galardones, agasajos y otras recompensas banales producto de ese colegueo del hoy yo te premio a ti, mañana tú me premias a mí.
El que mi trabajo, mi trayectoria profesional, ahora que acabo de cumplir 30 años dirigiendo periódicos de ámbito nacional en España, o mis artículos dominicales, publicados primero en ABC, luego en Diario 16 y desde que lo fundamos en 1989 en EL MUNDO, puedan tener un significado, no digamos un valor, para ustedes me llena de orgullo y colma todos mis deseos de utilidad y trascendencia.
Pero además este doctorado que ustedes me otorgan lleva aparejado un premio accesorio que para mí es al mismo tiempo una oportunidad y un maravilloso encargo del destino: la ocasión de conocer Perú. Es imposible que sean conscientes del lugar que su país ha ocupado siempre en mis fantasías como el mítico imperio de los adoradores del Sol, el escenario de los lances más terribles y grandiosos de la llamada historia de la Conquista y el paraíso terrenal fecundado por los dones de la diversidad y el mestizaje. Y es imposible que puedan darse cuenta de la ilusión con que mi familia y yo hemos emprendido este viaje de verificación de todos esos sueños y de búsqueda de la huella de una identidad compartida, justo en este 2010 en que se cumplen 300 años de la muerte en Lima del Virrey Manuel Oms de Santa Pau y en el que una persona tan importante en mi vida como Ágatha Ruiz de la Prada ha heredado, después de una larga batalla legal en defensa de los derechos de la mujer, el título nobiliario de Marqués de Casteldosríus que se le otorgó a él.
Gracias al generoso asesoramiento de nuestro amigo el profesor Martín Santiváñez he podido ir preparándome durante los últimos días para esta inmersión a través de algunas lecturas, tan estratégicamente bien escogidas que no han hecho sino aumentar mi ansiedad, expectación y anhelo ante la visita. He descubierto la prosa deslumbrante de Riva Agüero, la consistencia del pensamiento histórico e historiográfico de Basadre y la magia entrañable y pintoresca, pero con un trasfondo muy especial de ingenio y agudeza, de las Tradiciones peruanas de Ricardo Palma.
De hecho, ha sido al picotear por esa antología de historias verdaderas o inventadas fruto del acervo popular, guiándome por el magnetismo de los temas, la sonoridad de los títulos o el mero albur de abrir al azar un libro con la alta probabilidad de que cualquier página te depare pequeñas briznas de talento natural; ha sido, como digo, en apenas cuartilla y media de esas Tradiciones peruanas donde de repente he descubierto que estaba ya sintetizado cuanto quería decirles hoy sobre la forma en que yo concibo el periodismo, la función social de la prensa y el propio futuro de los medios de comunicación. Y que ya no me quedaba otra tarea sino la de descodificar los mensajes profundos de una historia sencilla.
No seré yo quien les cuente a ustedes la deliciosa peripecia de El alacrán de fray Gómez, pero tal vez pueda interesarles conocer las reflexiones que su lectura han provocado en un racionalista como yo que comparte el escepticismo de Don Quijote cuando advierte que «los milagros, Sancho, son cosas que suceden rara vez» e incluso el distanciamiento burlón de Gibbon cuando subraya que cada generación de cronistas sacros siempre da testimonio de los milagros acaecidos en el pasado y nunca de los que supuestamente suceden de forma contemporánea.
En primer lugar les diré que muchas veces me han preguntado por qué -es decir para qué- he querido ser periodista y que a partir de ahora contestaré poniendo como ejemplo el caso de este fraile que ejercía de refitolero en el convento de los Padres Seráficos de Lima. Yo nací en Logroño, la capital del vino de Rioja, una agradable capital de provincias española sin especial tradición ni vida periodística. En mi familia no había ningún antecedente y el rígido entorno de la dictadura franquista era el vivero menos adecuado para que germinaran vocaciones informativas. Pero desde muy joven, yo creo que aún llevaba pantalones cortos, lo tuve muy claro. Era como si hubiera escrito en la primera página de un cuaderno escolar las cuatro palabras con que Camilo José Cela resumió su determinación en el momento de ponerse a escribir su poderosa y precoz Familia de Pascual Duarte: «Se acabó el divagar».
Yo quería ser periodista porque quería contribuir a moldear la sociedad de mi tiempo no a través del poder sino de la influencia. Hasta ahora la representación más aproximada de lo que esto significa quedaba resumida para mí en una escena de una película clásica de Hollywood titulada Deadline America en la que el director de un periódico al borde del cierre por razones económicas se encuentra al llegar a su despacho a una viejecita que lleva varias horas esperándole, sentada en una silla. Es la madre de una chica asesinada por la mafia local que le trae el diario de la víctima con las pruebas que pueden llevar a personas muy importantes a la cárcel. Cuando el director, interpretado por Humphrey Bogart, le pregunta por qué le ha traído a él esa libreta en lugar de llevársela a la policía, la viejecita responde que ella aprendió a leer en su periódico, que adquirió valores cívicos a través de su periódico y que durante años y años siempre ha confiado en su periódico. La película concluye, lo he contado ya algunas veces, con las rotativas arrancando y Humphrey Bogart haciéndole escuchar su sonido a través del teléfono al jefe de la mafia local. Música celestial.
Claro, quién no hubiera querido ser Humphrey Bogart, a ser posible con Lauren Bacall al lado, alegarán ustedes. ¡Eso no era vocación periodística, sino sueños de seductor! Pues bien, para que no quede la menor sombra de duda, desde hoy me paso a fray Gómez. Porque bastante más inexplicable que el que la viejecita lleve el diario de su hija al periódico y no a la policía es, en principio, que el buhonero que necesita acuciantemente dinero acuda a fray Gómez y no al banco local o al menos a una persona mínimamente acomodada.
Fray Gómez es más pobre que las ratas pero tiene antecedentes milagrosos o más bien milagreros, jovialmente relatados por Ricardo Palma. Es decir, tiene prestigio, tiene credibilidad, tiene autoritas ante los envites más difíciles. El buhonero se fía de fray Gómez por la misma razón que la viejecita se fía de Humphrey Bogart, por la misma razón que nuestros lectores se fían de EL MUNDO, por la misma razón que las personas que nos proporcionaron las pruebas que nos permitieron denunciar y desenmascarar el crimen de Estado o la corrupción en la España de los años 90 se fiaron de nosotros. Porque nunca les habíamos decepcionado, porque la claridad de nuestra conducta diaria les permitía suponer que seríamos capaces de mantener nuestros principios en las situaciones más extremas. Y así lo hicimos.
Lo más fascinante de la reacción de fray Gómez ante la demanda del buhonero es que hace algo que aparentemente puede hacer cualquiera: coge un alacrán de la pared. Primero le dice, claro, que él no tiene los 500 duros que necesita -como los periódicos no tenemos las soluciones a los problemas de la gente-, pero luego coge el alacrán y se lo entrega. ¿Cuántos alacranes aparentemente iguales habría en ese momento en las paredes de Lima al alcance de todas las manos? Algo parecido sucede hoy en día en nuestra sociedad de la información: las noticias están ahí a raudales, subiendo y bajando por las paredes a disposición de cualquiera -son una commodity-, hasta el extremo de que el debate consiste en si alguien puede cobrar por transmitirlas.
La segunda gran clave de este paralelismo reside en que cuando el buhonero recurre a fray Gómez el religioso hace algo intermedio entre coger el alacrán y entregárselo, que es envolverlo en un papel. La metáfora no podría ser más elocuente pues durante casi tres siglos el periodismo ha consistido en envolver y empaquetar la actualidad hasta subsumirla en nuestras representaciones en letra impresa. Es difícil imaginar algo tan poco valioso, tan perecedero como una hoja de papel de periódico. No en vano Walter Lippman solía decir a los jóvenes reporteros: «Recuerda, chaval, que tus grandes exclusivas de hoy envolverán el pescado de mañana».
Sí, pero entre tanto, por mucho que tengan marcada en un lugar bien visible su propia fecha de caducidad, esas grandes o pequeñas exclusivas de hoy, esa denuncia polémica y valiente de hoy, esa interpretación inteligente y atinada de hoy, antes de envolver el pescado de mañana configura la fuerza más poderosa que hay en una sociedad abierta: la opinión pública.
El papel que utilizó fray Gómez tampoco tenía en sí mismo nada de particular. Ricardo Palma nos dice que «arrancó una página de un libro viejo» sin especificar cuál, pero luego añade que «cogió con delicadeza a la sabandija» y que después de envolverla en el papel fue cuando le dijo al buhonero: «Tome, buen hombre, y empeñe esta alhajita».
Queda claro, pues, que es esa manipulación, esa intervención si se quiere quitarle al término toda connotación peyorativa, esa labor de edición que realiza el periodista profesional, la que transforma lo vulgar en algo valioso, demandado y diferente. Algo con un especial valor añadido. Y es que si bien todo el mundo tiene alacranes y hojas de papel, no todo el mundo envuelve y empaqueta como fray Gómez. Es una pena que el autor no nos explique si el fraile puso la sabandija de frente o de costado, si le estiró o no las patas, si le acarició o no el lomo o la barriga, si los pliegues del papel fueron anchos o estrechos, si dijo «alhajita» en voz alta o susurrando. ¡Nos quedamos sin conocer su libro de estilo!
Si bien todos los periódicos publicamos noticias parecidas en papel impreso de similar gramaje no todos las envolvemos, es decir no todos las seleccionamos, jerarquizamos e interpretamos de igual modo. Por eso el periodismo es, por encima de todo, una actividad ideológica y cada periódico un proyecto intelectual. Por eso cada lector sabe que su alacrán es distinto del que le suministran a ese vecino o compañero de trabajo del que tanto discrepa. Por eso cada día se produce el fenómeno cultural, el prodigio de la inteligencia que supone la transformación de un objeto trivial e inanimado -200, 300 gramos de pulpa de papel prensada y recubierta de tinta- en una formidable caja de Pandora de la que brotan ideas, proyectos, pasiones y emociones.
La hora de la verdad llega en todo caso -y este es el tercer hito de la alegoría- cuando el buhonero entrega la «alhajita» al prestamista, es decir cuando cada mañana nuestros ejemplares se distribuyen entre los lectores a cambio de unos fragmentos de aleación metálica llamados monedas. Es el momento mágico en que se consuma o no el milagro. Dice Ricardo Palma que «la joya era espléndida» pues el cuerpo del alacrán era una «esmeralda engarzada sobre oro» y su cabeza «un grueso brillante con dos rubíes por ojos». Pero él no estaba allí. Lo máximo que puede acreditar es lo que vio el prestamista o para ser más exactos lo que el prestamista creyó que estaba viendo.
Para mí que lo que sucedió fue lo siguiente. El buhonero llegó con el paquete y le dijo al prestamista: «Aquí le traigo esta alhajita de parte de fray Gómez». Y como el prestamista tenía fe en el fraile porque conocía sus milagros anteriores e incluso es probable que le hubiera mandado antes alacranes de esos, cuando abrió el paquete ya estaba predispuesto a apreciar brillos verdosos en los cartílagos del bicho y fulgores rojizos en sus minúsculos ojitos.
Ningún repartidor de prensa dice: «Aquí le traigo a usted unas hojas de papel impreso con noticias dentro». Ni siquiera: «Aquí le dejo el primer diario que tengo a mano». No, el mensaje es «Aquí tiene usted El Comercio, El Correo, EL MUNDO o El País». Porque la marca, es decir la cabecera, la mancheta es el compendio de los atributos ideológicos, éticos y estéticos que distinguen a un periódico de otro. Los elementos de su credibilidad. Los factores que llevan a un ciudadano a decir: «Esto es verdad porque lo publica The Times» o «este punto de vista es consistente porque lo argumenta Le Monde». Ahí está la fuente de autoridad, el origen de ese chispazo que desata la respuesta que, como en un coito intelectual, una comunión de las almas o el mejor de los festines, consuma el hecho informativo.
Es importante lo que digas, pero de nada sirve si no hay alguien que lo acoja, lo ensalive, lo engulla, lo digiera, lo asuma como propio y lo regurgite enriquecido por las esmeraldas y rubíes de la inteligencia y la fantasía humana. Eso depende del prestigio de la mancheta y de la capacidad de cada lector al interactuar con ella, pues no en vano decía Tom Wolfe que muchas personas llevan un periódico bajo el brazo por la misma razón por la que algunas tribus indias llevaban una pata de conejo colgada del cinturón: para reafirmar su identidad ante los demás. Y vaya que si fray Gómez tenía una buena mancheta en la Lima de finales del siglo XVI. ¿Cómo no creer a ese hombre santo que sanaba a los heridos y se sacaba los alimentos de la manga?
La credibilidad nunca cae del cielo. Bueno, tal vez en su caso sí. Pero los periódicos tenemos que ganárnosla día a día, comprobando lo que publicamos, fundamentando nuestras opiniones, rectificando nuestra percepción de las cosas según cuál sea el curso de los acontecimientos, permitiendo en suma que la realidad estropee ese titular que teníamos en la cabeza antes de que sucedieran los hechos. Por eso yo digo que un buen periodista tiene que ser ante todo una buena persona, alguien decente, que no se haga trampas a sí mismo, que luche contra sus propios prejuicios y busque sinceramente la verdad.
Esto debe llevarse a rajatabla cuando se hace una denuncia. Es esencial poder demostrar antes o después que si se pone a alguien en la picota es con motivo, que si se acusa a un alto cargo de conductas reprobables o no digamos nada delictivas es con razón. Y en un sistema democrático, en un Estado de Derecho son los tribunales de Justicia los que quitan y dan esas razones. ¿Por qué un periódico como EL MUNDO salió fortalecido de aquellos años terribles en los que acusó a un gobierno de los peores actos que pueden cometerse desde el poder? Pues porque al cabo de cierto tiempo un ministro y un secretario de Estado fueron condenados por secuestro, un general de la Guardia Civil y un gobernador fueron condenados por torturas y asesinato, un teniente general del Ejército fue condenado por escuchas ilegales, una serie de altos cargos del partido gobernante fueron condenados por corrupción y financiación ilícita. EL MUNDO salió fortalecido porque todo lo que publicó era cierto y pudo probarlo.
Hay que reconocer que muchas otras veces las cosas no tienen un desenlace tan rotundo. Que por mucho que lo intente un periódico no logra averiguar aspectos esenciales de la verdad, como nos ha ocurrido hasta ahora con la masacre del 11 de marzo de 2004 en Madrid. Y entonces lo honrado es decirles a los lectores creemos por esto, por esto y por esto que no pasó lo que nos dicen que pasó, pero no tenemos una versión alternativa porque no sabemos lo que en realidad pasó. Seguiremos investigándolo. También puede ocurrir que los propios tribunales sean ineficientes o corruptos y toque recurrir a órganos superiores o incluso a la Justicia internacional. Lo esencial es no engañar nunca a los lectores. Cumplir los compromisos adquiridos ante ellos. Perseverar en el empeño. No rendirse jamás. Jugar limpio.
Esta es la clave de que la historia de fray Gómez -volvemos ahora a ella- terminara bien. El buhonero cumplió su parte, devolviendo los 500 duros con su correspondiente interés. El prestamista también restituyendo el alacrán al buhonero, quien se apresuró a llevárselo al fraile. Uno y otro resistieron la tentación de tratar de obtener un beneficio mayor gracias a ese valor añadido que se había incorporado al objeto que transitaba por sus manos. La «alhajita» no pasó, pues, de ser una «alhajita» en potencia, una alhajita virtual, una alhajita editorial, puesto que nunca fue vendida a nadie como objeto material.
Toda una lección para quienes tratan de abusar del control que ejercen sobre una información valiosa, para quienes pretenden convertir el ejercicio del periodismo en un instrumento de coacción, para quienes están dispuestos a hacer de determinadas noticias materia de compraventa o trueque, incluso para quienes, emborrachados por un éxito coyuntural, intentan que los políticos, los empresarios, las instituciones bailen al son que ellos les marquen. No, el periodismo nunca debe traspasar los límites consustanciales a su actividad, nunca debe intentar convertir su influencia, todo lo más su poder blando, en poder fáctico, contante y sonante, puro, duro y real. El periodismo no debe ser un medio para conseguir otras cosas, ni riquezas, ni cargos públicos, ni privilegios de ningún tipo. El periodismo debe ser un fin en sí mismo, que haga su trayecto de ida y vuelta, influyendo en la sociedad, siendo influido por la sociedad, como el alacrán que fray Gómez volvió a colocar sobre la pared de su celda: -Animalito de Dios, sigue tu camino.
Ese es el volver a empezar de cada día, la historia interminable del tejer y destejer, de las más de 10.000 primeras páginas, de las 1.500 cartas del director que quedan ya a mis espaldas. Pero yo, animalito de mi tiempo, sigo mi camino. No estoy cansado, ni aburrido. Todo lo contrario. En medio de la doble crisis -la económica en general y la de la prensa en particular- que caracteriza este momento veo por delante desafíos deslumbrantes que reavivan y estimulan esa pasión y ese compromiso.
Es evidente que el desarrollo tecnológico y muy especialmente la fulgurante expansión de internet, a la vez que ha aumentado las posibilidades de acceso a la información, ha desestabilizado el modelo de negocio de la empresa periodística. Si basta abrir el ordenador para tener cientos, miles de alacranes gratis y al alcance de un clic, ¿por qué pagar por recibir o tener acceso a uno concreto? Mi respuesta es clara: pues porque es el alacrán de fray Gómez y no otro cualquiera. Y por eso mi receta también lo es: hoy más que nunca hay que trabajar en la búsqueda de la excelencia periodística para fortalecer el valor de nuestras marcas.
Porque en medio de esa tupida y a menudo cegadora y ensordecedora tormenta de alacranes -no hay como el exceso de luz para que nadie vea, como el exceso de ruido para que nadie oiga, como la sobredosis de información para que nada cale- los elementos diferenciales que configuran la identidad de una cabecera son más importantes que nunca. La convergencia tecnológica ha hecho saltar por los aires el axioma, divulgado hace más de medio siglo por McLuhan, de que el medio es el mensaje y en su lugar se abre camino la percepción de que la marca es el mensaje, lo cual implica que EL MUNDO puede ser a la vez un diario impreso, un servicio electrónico gratuito de alacranes -perdón, de noticias-, una televisión, una radio, una colección de libros, un club de lectores o una plataforma de aplicaciones de pago mediante suscripción para el ordenador, la Blackberry, el iPhone o el iPad llamada Orbyt.
¿He dicho iPad? Bien, yo suelo decir, ¡Ay, Pad, cuánto te quiero! Y no es que Steve Jobs me haya contratado para el departamento comercial de Apple sino que considero que hay un antes y un después del lanzamiento de esta primera tableta táctil a la que en los próximos meses seguirán muchas otras. La irrupción de estos soportes en el mercado significa ni más ni menos que la oportunidad de pasar de una posición defensiva frente al parasitismo de Google y otros agregadores a poder lanzar una ofensiva en toda regla que debe desembocar en una nueva edad de oro del periodismo.
Discrepo de quienes sostienen que la existencia de periódicos no es requisito imprescindible para que el periodismo pueda cumplir su función social. Y de quienes depositan sus esperanzas en la pluralidad de aportaciones descoordinadas del llamado «periodismo ciudadano». Y de quienes hacen suyo el planteamiento de Google de que la «unidad atómica de consumo» en la sociedad de la información ya no es el periódico como tal sino cada artículo por separado.
Una buena cobertura informativa al servicio del derecho a saber de los ciudadanos requiere de la existencia de organizaciones bien nutridas de periodistas profesionales capaces de trabajar en equipo y de compartir una forma de entender la sociedad e interpretar la realidad. Un señor que mira por la ventana, ve un accidente de coche y lo describe en su blog, advirtiendo que el semáforo no funciona, podrá ser un buen vecino, pero no necesariamente un buen periodista. Y por último la distribución por separado de cada artículo a través de las máquinas de hacer lonchas que son los agregadores y motores de búsqueda, obligaría -como admiten los propios directivos de Google- a que cada artículo se autofinanciara a través de la publicidad que pudiera atraer en función de su audiencia: eso supondría que habría muchos artículos de deportes, sucesos y celebridades y muy pocos sobre derecho constitucional o teoría económica.
Un periódico es un todo que incluye tanto lo ameno como lo relevante y en el que la jerarquización informativa, es decir esa labor de selección, control y síntesis que hacemos los responsables de cada medio, constituye una forma específica de contemplar la actualidad. Nada hace tan vigorosa a una sociedad como el pluralismo informativo y no hay mejor forma de desarrollar una conciencia crítica que el leer varios periódicos, comparar sus puntos de vista y llegar a conclusiones propias. Pero eso es una cosa y otra distinta acudir a un quiosco y pedir sólo las páginas de deportes de un periódico, las de economía de otro y las crónicas internacionales de un tercero. Déme media cabeza del alacrán de fray Gómez, el tronco del de la casa de Pizarro y las patas de una sabandija del «alcalde de Paucarcolla, nada de real y todo bambolla». ¿Verdad que no consentiríamos que ningún vendedor o prestamista distribuyera así nuestros periódicos o tratara así a nuestros alacranes? Pues tampoco debemos consentirlo en la Red.
Cuando la Universidad de Tubingen y la Fundación Toepfer me concedieron hace cuatro años el Premio Montaigne también lo interpreté como un encargo y busqué la estela y el latido del primer ensayista sobre la condición humana en su viejo torreón de las proximidades de Burdeos. Encontré las citas de los clásicos talladas por su mano en las vigas de madera del techo de lo que fue su biblioteca y llegué a la conclusión de que si viviera hoy colaboraría desde allí en los grandes periódicos del mundo, sería una figura internacional y se implicaría en la defensa de las grandes causas morales de nuestro tiempo.
Esta misma mañana he asomado la cabeza en lo que era aquel convento de San Francisco de los Padres Seráficos de Lima y durante los próximos días seguiré fijándome en columnas y paredes en pos de la huella de fray Gómez o al menos del rastro de su alacrán. Estoy convencido de que el lego refitolero tendría hoy su propio blog, pero su dominio no sería fray Gómez.com sino que lo albergaría en la página web de Padres Seráficos.com pues lo suyo no era ni la turris eburnea del convento de clausura ni el culto a la personalidad, sino el trabajo pastoral en equipo en medio de la sociedad.
La próxima vez que nos veamos les contaré si he tenido éxito en mi búsqueda. Pero en todo caso, como hay imágenes que valen más que 1.000 palabras -y yo ya he derrochado esta tarde demasiadas-, lo único que les prometo es que, de igual manera que aquel pívot del baloncesto norteamericano explicaba cuando le preguntaban a qué se dedicaba, que él era el que les limpiaba las orejas a las jirafas del zoológico, de ahora en adelante cuando alguien me pregunte en qué consiste mi manera de entender el periodismo les diré que yo soy el que saca de paseo cada mañana al alacrán de fray Gómez. Y a quien me pida más detalles le remitiré a las Tradiciones peruanas y a la benevolencia cómplice de todos ustedes. Gracias de todo corazón.
pedroj.ramirez@elmundo.es
El spa mental, de David Gistau en El Mundo
FUEGO FATUO
Alguien decidió que, en vacaciones, la gente se vuelve más boba y banal que de ordinario, y que el periódico debía acompañarla en esa degradación. Como si soltar un renglón con voluntad de hondura en una playa fuera igual que abrirse la gabardina en la puerta de un colegio. Así, los suplementos estivales dibujan, hasta en el diseño, una frontera efervescente más allá de la cual el lector no ha de temer emboscadas intelectuales ni asuntos dramáticos, pues tan sólo se encontrará con rankings de culos, besos de cubierta de yate, bucolismos vegetales, intentos de humor y, como máximo esfuerzo de comprensión, lecturas presidenciales y algún concierto de violín en el patio de un castillo.
Lo malo es que la realidad no suele atender a esta tregua pactada entre el lector y el periódico. Ella es pertinaz, y sucede. Y aunque es verdad que en otras secciones se queda un retén para masticar los acontecimientos, el suplemento estival permanece protegido, estanco, para que nada enturbie el spa mental del lector de vacaciones. ¿Que a 33 mineros chilenos se los traga la Tierra y sobre ellos se monta un gran carnaval como el de Kirk Douglas? ¿Que en Pakistán las riadas ahogan a miles? Usted no se preocupe: permanezca concentrado en el baño de Shakira en una fuente de Barcelona, hombre, que también su capacidad de conmoverse merece un descanso.
No digo que me parezca mal. De hecho, la gracia de un periódico consiste en que, de una página a otra, desde la portada a la contra, se atraviesa todo cuanto emana de la condición humana, sus placeres, sus creaciones, sus infamias, sus minucias y sus grandezas. Todo cabe. Es sólo que, alguna de estas mañanas de agosto, al servir como artillero en la tronera ligera, uno se siente un poco traidor al compromiso de atención a la realidad. A la trágica también.
Dos guardias civiles han sido baleados a traición hasta la muerte en Afganistán, en una guerra en la que oficialmente no estamos, en una frontera precaria en la que se le abren brechas a Occidente. Y a uno se le suponía que buscaría arranque para este artículo en un ranking de culos, o en un beso de cubierta de yate, o en una lectura presidencial, o en las almejas que le gustan a Woody Allen, o en qué sé yo qué otra soplapollez de chiringuito. Toda la noche se oyeron pasar noticias: septiembre es el grito de “¡Tierra a la vista!”.
Piratas del nuevo mundo, de Antoni Puigverd en La Vanguardia
Julian Assange llama poderosamente la atención estos días. Desde su Wikileaks, publicó en julio 76.000 documentos secretos del Pentágono sobre la guerra en Afganistán. Una proeza que ha dejado a la Administración Obama en situación extremadamente embarazosa. La supuesta hazaña de Assange ha sido recibida por los cantores de la libertad como un hito histórico. Algo así como el principio del final de los secretos de Estado, unos secretos que, según reza el tópico, siempre hieden, pues se archivan en las cloacas más fétidas: pactos vergonzosos, dineros muy sucios, tumbas sin nombre.
Internet es el ámbito en el que más se ha celebrado la victoria de Assange sobre los secretos del Estado más poderoso del mundo. Los mandamientos de la ley de internet están siempre precedidos por la preposición sin: sin límites, sin precio, sin interferencias, sin filtros, sin intromisiones, sin prudencia, sin reservas. Cegados por el brillo de la libertad que abandera internet y que el liberalismo cultural ha puesto de moda, no hemos concedido importancia a un detalle capital: los papeles de Afganistán publicados por Assange carecen de interés para el mundo en general, más allá de la satisfacción de la curiosidad. Quienes sí tenían interés objetivo en estos documentos son los talibanes: ahora estupendamente ilustrados sobre el sistema que los americanos han tejido en Afganistán.
A Assange le importa poco la guerra y sus consecuencias. Su cruzada por la transparencia le ha convertido en uno de los héroes de nuestra época. También las chapuzas de sus enemigos contribuyen a aureolarlo: le han acusado de violador para convertirlo en repugnante a los ojos de Suecia, el país que, a instancias del Partido Pirata, le ha acogido. Los diputados de dicho partido reivindican el derecho al uso gratuito de todo lo que circula en internet. Otro aliado de Assange es la fundación de Wau Holland, señor de los hackers, fundador del Chaos Computer Club, que ya en 1981 violó el sistema de transmisión de datos de un banco. Assange encabeza una verdadera coalición pirata. Paladines de la transparencia, pero, curiosamente, opacos. The Wall Street Journal (paladín del bando contrario, del sistema establecido) ha demostrado que Wikileaks no cumple nada de lo que predica y exige. Sus dineros son secretos, su financiación un misterio, su organización un laberinto mundial del que nada conoce. Assange reclama transparencia, pero actúa como el espejo mágico de una comisaría de policía: ve todo, pero no puede ser visto. En Assange cristaliza la paradoja de Heidegger: el desvelamiento del otro pasa necesariamente por la ocultación de uno mismo. Con internet, ha nacido un nuevo mundo con nuevos intereses. Se enfrenta a los viejos poderes como hacían aquellos piratas que acabaron convertidos en respetables aristócratas.
Carlos Mendo, un periodista entre dos orillas, de Joaquín Bardavío en El Mundo
Obituario
Fue uno de los periodistas españoles más sólidos del último tercio del pasado siglo. Y además supo aunar fidelidades al Partido Popular y a los diarios ‘ABC’ y ‘El País’. Y ello sin desdoro de su prestigio.
Carlos Mendo, fallecido ayer en Madrid, era uno de los escasos profesionales que ya en los años 50 se desenvolvía en inglés y francés, lo que le dio un valor añadido importante y le permitió trabajar para la agencia de noticias norteamericana United Press International. Para UPI, una de las cinco grandes, trabajó como corresponsal en Roma y como director de la delegación en Madrid. Fue el primer español que desempeñó ese puesto. Corría el año 1962.
Poco antes había ingresado en la española Efe, a la que volvería en 1965 como director gerente nombrado por el entonces ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, al que le unió una gran amistad. Mendo expandió la agencia y le dio prestigio internacional, abriendo más de 20 delegaciones por todo el mundo.
Tras la salida de Fraga del Gobierno, en octubre de 1969, Mendo pasó poco después a la jefatura de internacional de ABC. Y en 1972 probó por primera vez el mundo de la comunicación empresarial como jefe de Información y Relaciones de Standard Electric, al tiempo que se incorporaba a un proyecto periodístico del que nacería pocos años después el diario El País. Mendo fue uno de los cinco primeros socios que el 18 de enero de 1972 firmó la escritura de constitución de Prisa junto a José Ortega Spotorno, Ramón Jordán de Urríes, Juan José de Carlos y Darío Valcárcel. Cada uno de ellos puso 100.000 pesetas para completar el medio millón del capital inicial.
Mendo fue designado consejero delegado de la sociedad y, en la solicitud de inscripción del Registro de Empresas Periodísticas, figura como director del diario que se pretendía publicar.
Tras el asesinato del presidente Carrero Blanco, el nuevo ministro de Asuntos Exteriores, Laureano López Rodó, nombró embajador en Londres a Manuel Fraga, quien designó a su vez a Carlos Mendo como consejero de Información Diplomática de la embajada. Abandonó entonces su puesto como consejero delegado de ‘El País’, y le sustituyó una comisión ejecutiva formada por José Ortega, Darío Valcárcel y Jesús de Polanco, quien pronto, como accionista de referencia, se hizo con el proyecto y su consumación.
Se dijo entonces que Fraga estaba de manera destacada en la creación y desarrollo de Prisa, aunque en realidad se unió a través de Mendo como accionista simbólico, y con él algunos de sus seguidores reformistas. Se presentía el fin de Franco y Fraga era entonces la gran esperanza para el llamado ‘centro’. Y Mendo su hombre en asuntos de comunicación.
En 1976 Mendo volvió, de forma efímera, al mundo de la empresa, como jefe de Relaciones Exteriores del Banco Urquijo. Pero ese mismo año regresó a la dirección de la agencia Efe. Un año después recaló nuevamente en Prensa Española, editora del diario ‘ABC’, como subdirector del área de negocios. Y posteriormente fue jefe de prensa de Alianza Popular. En 1979 fichó por Prisa como corresponsal en Londres de ‘El País’ y en 1987 regresó para encargarse del servicio exterior del diario. Dos años después marchó a Washington para dirigir la delegación en Estados Unidos. Por último, dirigió ‘El País Internacional’. Entre tanto seguía relacionado estrechamente con el Partido Popular, con el que rompió en 1997. Siendo consejero de RTVE por ese partido, colisionaron el PP y los intereses de Prisa. Mendo dimitió.
En los últimos años fue tertuliano de la cadena Ser y colaborador de ‘El País’. Su relación con Prisa y Prensa Española, tan complicada, se había roto definitivamente. Ha fallecido tras una larga enfermedad.
Carlos Mendo, periodista, nació el 26 de junio de 1933 en Madrid, donde murió el 23 de agosto de 2010.
Lecturas en corto y ruido en la Red, de Enrique Gil Calvo en El País
En esta época de prolongación de la longevidad, cuanto más largas se hacen las vidas humanas, más cortas resultan las lecturas que permiten guiar el flujo vital. La demanda de mercado lo demuestra bien, pues solo se venden microrrelatos, ensayos breves o novelas que parecen largas, pero que se leen como se escriben: de un solo plumazo. Y en la Red no digamos, pues donde estén los post de los blogueros que se quiten los artículos sesudos (como presume de ser este). Es la moda impuesta a la manada por las redes gregarias como Twitter, que requiere textos de forzada brevedad (longitud máxima de 140 caracteres). Algo que este mismo periódico acaba de emular con su último lanzamiento digital, el microblogging ‘Eskup’. Y lo mismo ocurre con la prensa, donde ya casi nadie lee las apretadas columnas de los artículos, contentándose con los titulares a modo de rápido resumen. Para lo cual no hace falta leer el periódico de papel, pues puede hacerse en sus páginas digitales en la Red, donde para retener o al menos captar la atención del lector hay que cambiar los titulares de prensa cada poco rato.
Curiosa inversión de las relaciones entre lectura y realidad. Cuando la vida era corta, necesitada e incierta, como ocurría antes del Estado de bienestar, solo las lecturas largas, constantes y duraderas permitían domesticarla y controlarla a voluntad, sometiéndola a reglas programadas previsibles de antemano. De eso se encargaba la práctica de la lectura, que adiestraba a los sujetos en el espíritu letrado tras hacerles incorporar el hábito lector.
Pero tras el advenimiento de la sociedad posindustrial, la lectura de la vida ha invertido su signo. Hoy los sujetos están duraderamente asegurados por su familia o por el Estado, y la práctica de la lectura ha dejado de ser una inversión productiva (un hábito rentable) para convertirse en un consumo gratuito entre otros (véase la música y el cine en la Red): un pasatiempo tan fútil y banal como hacer crucigramas o sudokus, esas ociosas microescrituras. Lo cual ejerce imprevistas consecuencias sobre la realidad.
Cuando la principal guía de acción eran las lecturas largas de los relatos lineales, la vida se programaba en forma de flecha del tiempo. Justo como si estuviera disparada por un arquero, la figura arquetípica que servía de ex libris a Ortega y Gasset. Pues eso era lo que sugería la práctica de leer: disparar una flecha hacia el futuro, emprender una carrera hacia la meta, adoptar una estrategia en pos de objetivos últimos, iniciar un sendero de sentido ascendente hacia el porvenir.
De ahí que la inspiración extraída de las lecturas largas per-mitiera reconstruir la propia vida en forma de relato programado a largo plazo en busca de su mejor desenlace como destino último. Y el mejor ejemplo fue la novela de formación (bildungsroman), como el Wilhelm Meister de Goethe.
Mientras que con las lecturas cortas de hoy en día, entrecruzadas como microrrelatos en la Red, ya no sucede así. En lugar de tener forma de flecha del tiempo, el formato de la lectura corta es circular o cíclico, como el de una ruleta, una noria o un tiovivo. Aquí resulta obligado citar a Stephen Jay Gould, el gran neoevolucionista hace poco desaparecido, autor de un libro certero, La flecha del tiempo (Alianza, 1992), en el que contraponía dos estructuras de la temporalidad científica: la lineal, en forma de flecha o vector, y la cíclica, simbolizada por la rueda del tiempo. Pues bien, las lecturas cortas de hoy en día, privadas como están de linealidad causal, se suceden al azar arracimándose en conglomerados gregarios sin más orden y concierto que el derivado de la promiscua casualidad. ¿Dónde va Vicente?: donde va la gente. Es la rueda de la fortuna, donde la atención lectora discurre al azar movida por las fluctuantes corrientes de la audiencia mediática, trazando así una trayectoria tan incierta y aleatoria como el corcho que flota a la deriva.
Y esa metamorfosis del formato lector ejerce sus funestos efectos tanto a escala macro como a escala micro. Este último nivel de las interacciones personales es el más comentado y evidente (yo mismo he aludido a él en otras ocasiones análogas a esta), por lo que casi no hace falta recordar lo obvio. Por decirlo a la manera de Richard Sennett, la práctica de la lectura corta es causa y efecto de la corrosión del carácter (Anagrama, 2000). Si la lectura larga enseñaba a comprometerse duraderamente tanto con los demás (parejas, amigos o compañeros) como con uno mismo (conducción metódica de la propia vida), la lectura corta solo adiestra en la veleidosa práctica del nomadismo inconstante, quizás aventurero y promiscuo, pero potencialmente tránsfuga y desertor. Y ello debido a que las lecturas cortas dejan de ser eslabones de una cadena vinculante (o escalones de ascenso y descenso a cielos e infiernos) para convertirse en medios autosuficientes (fines gratificantes en sí mismos) pero también intrascendentes, ya que no ejercen consecuencias significativas ni conducen a ningún sitio. De ahí su carácter recurrente y adictivo, condenados como están al eterno retorno de lo mismo.
Pero si las lecturas cortas encierran a las vidas privadas en el dudoso paraíso artificial de la versatilidad irrelevante, algo bastante peor sucede a escala macro con la vida pública. Pues leída en corto en la Red, la esfera pública queda reducida (como en Macbeth) a un cuento narrado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que carece de significado. Lo hemos leído en estos dos años que llevamos de gran recesión, pues la crisis del crédito ayer privado y hoy público ha estado sometida a la doble tiranía de la especulación financiera que apostaba en corto a la baja y de la lectura mediática que apostaba en corto por la ruina. Una común cortedad de vista que se ha propagado por pura miopía como una doble epidemia de desconfianza acreedora en los mercados financieros y de alarmismo catastrofista en los mercados informativos.
La especulación en corto puede esperarse de los mercados porque está en su naturaleza predadora y oportunista, dado el carácter de alacrán que precisa forjarse el especulador que aspira a medrar en las ruletas del capitalismo de casino. Pero no ocurre lo mismo con los medios de comunicación, que están obligados a leer a la larga la realidad social con mayor distancia crítica, apostando por acertar en el futuro con sus flechas informativas. Y mucho menos con los Gobiernos, que también están obligados a leer la realidad con mayor amplitud de miras que los mercados o los medios, tratando de programar el futuro de la sociedad a su cargo. Pero no ha ocurrido así.
Por el contrario, la prensa se ha convertido en un miope instrumento de los especuladores en corto. Y los mismos Gobiernos que un día hicieron de la crisis una lectura keynesiana a largo plazo no han tenido inconveniente ni escrúpulos en cambiarla al año siguiente por una neoliberal lectura en corto. El resultado ha sido que los acontecimientos fluyen a borbotones dislocados por turbulencias contradictorias, sin que nadie sepa interpretarlos proponiendo un relato estructurado con sentido significativo.
Y en ausencia de ese relato largo se imponen las microlecturas reactivas, como acto reflejo ante la vorágine de la urgencia mediática. Enfrentados a cada instante en la Red, periodistas y gobernantes se dejan llevar de la mano por las lecturas en corto que hacen los especuladores en los mercados y los analistas financieros en los blogs de la prensa color salmón.
En consecuencia, pugnando todos entre sí por ver quién extrae a corto plazo mayor rentabilidad especulativa, periodística y electoral, unos y otros renuncian a proporcionar un relato lineal con perspectiva de futuro y sentido de la realidad, dejando por defecto que en la Red se construya por agregación de microrrelatos un cuento coral de terror carente de significado: una cacofónica historia de zombis iletrados que está causando la ruina colectiva de la comunidad civil.
Enrique Gil Calvo es profesor titular de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.
Sociedad digital, de Milagros del Corral en ABC
La Tercera de ABC
«Dejemos ya de lado el funesto “que inventen ellos” e inventemos el futuro entrando todos con paso firme en la sociedad digital»
La irrupción de las tecnologías en nuestras vidas es ya imparable. Todo empezó con la virtualización del dinero y las tarjetas de crédito, pero el desarrollo de novedosas aplicaciones para la defensa fue el factor desencadenante. No es de extrañar. Una vez más, los grandes adelantos vinieron de la mano del capital y de la inteligencia militar. Pronto aquella Arpanet castrense gestó la Internet civil, imprescindible en menos de dos décadas para cualquier ciudadano y universo por derecho propio para los más jóvenes. Del correo electrónico, instantáneo y gratuito, pasamos a la web, ese gigantesco escaparate de contenidos de toda laya que crece exponencialmente sin respetar fronteras geográficas ni temporales. Internet era en sus inicios un misterioso arcano solo para iniciados, con un lenguaje propio y reglas de buena educación —la Netiquette— que todos respetábamos para ser respetados. Internet fue creciendo y no dábamos abasto para anotar los sitios interesantes que descubríamos navegando al azar por el proceloso ciberespacio a partir de las pocas direcciones URL que cuidadosamente anotábamos en una libreta como si fuesen tesoros. Navegar era emocionante, pero pronto se reveló inmanejable. El cambio radical llegó de la mano de Google cuyo famoso algoritmo de búsqueda y exitoso modelo de negocio arrasaron con todo lo anterior.
Tan genial y rentable idea pronto animó a sus jóvenes fundadores a ensayar nuevas e improbables aventuras. Su primer gran sueño, al que seguirían muchos más, fue la construcción de la gran biblioteca mundial en la que todos los libros, debidamente digitalizados, estarían disponibles gratuitamente. La digitalización ya había invadido las fotos, el vídeo, la música y el cine, que los internautas intercambiaban a partir de los muchos sitios especializados en enlaces P2P, ese revolucionario negocio inventado por Napster que pronto se convirtió en la pesadilla de los titulares de derechos de autor.
Los bibliotecarios comprendieron enseguida el inmenso potencial que la tecnología digital ponía a su alcance y han sido la primera profesión de la cultura que hizo sus deberes a tiempo, familiarizados como estaban con la automatización de los catálogos. La reacción europea a la osadía de Google cristalizó políticamente en el sueño de Europeana. Sin la previa estandardización de los formatos digitales y la adopción del OAI, ese gran invento que permite la recolección remota de objetos digitales, Europeana hubiera sido inimaginable. Pero la digitalización es cara, la vida útil de los objetos digitales, bastante más efímera que la de los manuscritos medievales y su preservación, no menos costosa. La sostenibilidad de la financiación y la ausencia de un marco jurídico apropiado para la protección del derecho de autor en el ámbito digital constituyen todavía los dos grandes frenos de las bibliotecas digitales, incluyendo Europeana. Google se enfrenta a muchas reticencias y también choca con la rigidez del marco jurídico analógico. Acabarán convergiendo.
Hasta hace poco, el sector del libro ha vivido alejado de la era digital. La vieja tecnología del libro es casi perfecta para la lectura, los dispositivos electrónicos eran caros y poco prácticos, y la preocupante experiencia del P2P desanimaba a cualquiera. Además, el nuevo protagonismo de autores y lectores en la oferta digital trastoca la tradicional cadena de valor del sector. En España, siempre rezagada en innovación tecnológica, la experiencia Enclave, iniciativa conjunta de la Biblioteca Nacional y los editores, habrá servido como ceremonia iniciática para muchos. Ahora dispositivos, tabletas y teléfonos móviles de última generación abren nuevas expectativas al negocio del e-book, al menos en los países equipados con banda ancha. Sin embargo, como también sucede con la Prensa, la búsqueda del modelo ideal de negocio e-editorial continúa en fase de experimentación y es demasiado pronto para avanzar hipótesis acerca del devenir de las librerías en el desarrollo del futuro negocio de la lectura. Como ya entreviera Prensky, nada de cuanto hoy afirmemos nosotros, los «migrantes digitales», constituye fundamento válido para escrutar los comportamientos sociales y culturales de los «nativos digitales» en cuyas manos está el futuro.
Todavía en los albores de la sociedad digital, este breve repaso de la corta historia de Internet, ahora propulsada por el creciente poder de las redes sociales (web 2.0) permite observar las consecuencias de un terremoto que ha abierto un sinfín de posibilidades, sacudiendo a todos los sectores y, lógicamente, a sus profesionales: bancos, defensa, correos, ministerios de Hacienda, autores, artistas, empresas discográficas, industria del cine, videoclubes, bibliotecas y otros muchos que ya siguen: educación, sanidad, servicios públicos, edición, librería y tantos otros. Unos han sabido aprovechar mejor que otros las ventajas de la era digital, pero todos se ven obligados a reinventarse como profesionales, como empresarios, como administraciones. La crisis económica bien pudiera acabar sirviendo de catalizador al diseño de nuevos modelos económicos globales basados en creatividad, innovación, competitividad y productividad que todos los países se aprestan a potenciar.
Solo la clase política parece hasta ahora vivir al margen de la revolución digital y nada se habla todavía de la necesidad de aplicarla también a su noble tarea. Bien está dotar a los parlamentarios del último iPad, pero convendría explorar nuevos modelos innovadores susceptibles de generar productividad, tan urgente en este terreno. Yo me inclinaría por la reconversión de nuestros 17+1 Parlamentos al mundo virtual. Las interminables listas electorales de ilustres desconocidos de cada partido darían paso a otras más cortitas compuestas por el/la cabeza de lista y un vocal por cada comisión parlamentaria. Los escaños no variarían, pero serían virtuales. Las tareas parlamentarias podrían desarrollarse en los mejores restaurantes si bien, a la hora de votar, solo contaría el número de escaños virtuales que cada partido hubiera obtenido en las elecciones. Una buena mesa siempre es más propicia para cerrar acuerdos que un hemiciclo decimonónico y, sobre todo, el ahorro en salarios, despachos, asesores, secretarios, viajes, dietas, coches oficiales, locales equipados, teléfonos, aparcamientos, etcétera, todo ello multiplicado por 17+1, sería notable. No habría errores en la votación, ni angustias por el impacto de bajas de parlamentarios por enfermedad o maternidad. Puestos a innovar, las sedes parlamentarias podrían alquilarse como oficinas, los aparcamientos se harían públicos mientras los hemiciclos, hoy tantas veces medio vacíos, podrían convertirse en novedosos museos de la democracia apropiados para conmemoraciones emblemáticas, en escenarios televisivos de Tengo una pregunta para ustedo en originales discotecas. Probablemente la virtualización de los parlamentos comportaría además algún saludable efecto colateral como la simplificación de las estructuras de los partidos y consiguientes ahorros en su financiación. No creo que los ciudadanos tuviéramos inconveniente en aumentar el sueldo de los parlamentarios «presenciales», ni que los efectos de la acción política se resintieran a causa de la virtualización. Los principales debates podrían retransmitirse en la TDT interactiva y hasta cabría prever que los telespectadores, al hilo de las intervenciones, pudieran pulsar la tecla de «Me gusta/no me gusta», captándose utilísimos datos de opinión en vivo y en directo. Es cierto que, como en todos los sectores, esta revolución acarrearía la destrucción de muchos puestos de trabajo para políticos; habría, pues, que prever la reconversión profesional acelerada de todos aquellos que carecen de profesión conocida. Pero eso parece un mal menor.
Me dirán que ningún país lo ha hecho. Bueno, reconozcan al menos que ninguno tiene 17+1 Parlamentos y un Senado. Y, después de todo, alguien tiene que ser el primero en innovar. No caigamos en el desánimo. Dejemos ya de lado el funesto «que inventen ellos» e inventemos el futuro entrando todos con paso firme en la sociedad digital.
Milagros del Corral, fue Directora General de la Biblioteca Nacional de España.
Acceso a la información, de Ignacio del Río en República de las ideas
El Gobierno aprobará el próximo viernes un proyecto de Ley de Transparencia y Acceso de los Ciudadanos a la Información Pública, una buena iniciativa si el texto no defrauda un título con tantas expectativas. La Ley de Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas de 1992, con el carácter de legislación básica, ya reconoció el derecho de los interesados a acceder a los archivos y documentos de las Administraciones que les afectaran.
Sin embargo, obtener una información o un documento de los Poderes Públicos se convierte, habitualmente, en una misión imposible para los ciudadanos de a pie. El Poder, por principio, no quiere informar, e incluso en las instituciones democráticas, los representantes de los ciudadanos tienen que acudir en amparo ante los Tribunales para que se les proporcione la información que solicitan.
No hay calidad democrática sin información y la transparencia debe ser el principio general, de modo que debe justificarse la excepción, la restricción de la información. En un mundo sin fronteras que circula por la globalidad de Internet, quienes pretendan cercar la información están abocados al fracaso. Wikileaks, la página que ha publicado información sobre Guantamo, es un ejemplo de la ruptura de la campana de vacío en que se pretende ahogar el oxígeno de la información por el poder de los gobiernos.
En el nuevo marco legal, la Agencia de Protección de Datos añade competencias y la expresión Acceso a la Información y se convierte en el garante de los derechos ciudadanos, previamente al control jurisdiccional. Una dualidad compleja para un organismo que ha visto como el Tribunal Supremo anulaba normas reglamentarias que restringían la información de las agencias de información crediticia y que aplicaba una interpretación extralimitada de la Directiva europea.
El Gobierno está manteniendo la iniciativa durante el verano. Blanco, ejerce cada día de Vicepresidente, y ha lanzado la noticia de la subida de impuestos para compensar el resbalón de la reconsideración de la paralización de determinadas obras. Dos medidas dirigidas a recuperar electorado. El puzzle autonómico se resquebrajaba por la paralización y el retraso de obras públicas y las declaraciones de Zapatero produjeron un vendaval de críticas en los mercados ya que suponía un paso atrás en la reducción del déficit. Ahora se aplica la corrección, se propone una nueva vuelta a la tuerca de la recaudación fiscal y nos cuentan la milonga de la demanda de nuevos servicios e infraestructuras como justificación de la subida…
El mundo de las constructoras anda muy revuelto y la deuda que sus empresas de servicios mantienen con los Ayuntamientos está amenazando la continuidad de las empresas. Limitada su capacidad para endeudarse, la bola de nieve los impagos a las suministradoras se va incrementando. Y el margen de los Ayuntamientos es absolutamente reducido, sin posibilidad de subir más impuestos y con unos activos patrimoniales inmovilizados en la situación actual.
El Proyecto de Ley de Acceso a la Información es una oportunidad para dotar a los ciudadanos de los cauces necesarios que les permitan conocer la realidad de las actuaciones de los Gobiernos. Con quién contratan, a quién adeudan, a quiénes subvencionan. Una nueva formas de entender el ejercicio del poder, sin espacios oscuros, con la posibilidad de ejercer el poder civil de control desde fuera de los Partidos Políticos. ¿Serán los Partidos Políticos lo suficientemente audaces para aprobar una ley que ampare el derecho de información de los ciudadanos? ¿Resistirían los Gobiernos una situación de ventanas abiertas?
Norberto Bobbio acuñó la expresión del “sotobosque del poder”.La democracia tutelada bajo la hegemonía de un sistema de partidos cerrados no es el medio ambiente más adecuado para desarrollar un proyecto de política de ventanas abiertas. Lo que nos faltaba es que el Gobierno de Zapatero se convierta en el defensor de la democracia civil.
Guía del viajero conectado a Internet, de E. Arrieta en Expansión
ANÁLISIS
Arabia Saudí e India ya han logrado que RIM, la compañía canadiense que comercializa los móviles BlackBerry, les otorgue acceso a las comunicaciones online que se realicen a través de estos terminales. Es previsible que, en las próximas semanas, Emiratos Árabes Unidos (EAU), Líbano, Argelia, Indonesia y Kuwait exijan el mismo derecho. Que un gobierno tenga acceso a las comunicaciones a través de Internet no conlleva que las informaciones que transmita una persona de negocios vayan a quedar al descubierto. Es más, hasta ahora, esto ya era posible con los ordenadores y los móviles inteligentes de enseñas como Nokia, LG o HTC. BlackBerry, no obstante, dispone de un sistema de seguridad integrado, que cifraba las comunicaciones desde sus propios servidores centrales, de modo que era imposible que terceras partes interceptaran las señales.
Por ahora, Arabia Saudí e India no han especificado qué pautas regirán sus controles. Desde el sector, se entiende que éstos tendrán lugar únicamente cuando se tenga constancia de que un usuario ha cometido un delito. También es posible que algunos países implanten un filtro que rastree determinadas palabras. No obstante, la ausencia de legislaciones específicas sobre la materia en estos países abre la puerta a posibles abusos.
China. El país de los dragones cuenta con el mayor filtro activo en la actualidad, conocido como The Great Firewall, que bloquea contenidos de Internet no gratos al régimen. Esta censura mantiene inaccesibles, al menos, 18.000 webs, entre ellas, las de medios de comunicación como BBC o Voice of America, y bloquea ocasionalmente servicios como YouTube y las redes sociales Facebook, Twitter y Flickr. El buscador de Google en China sigue activo, pero éste sólo rastrea contenidos de música. Para otro tipo de contenidos, el grupo ha creado una land page (página de inicio), que incluye un enlace (o link) al buscador de Hong Kong, libre de censura. Los usuarios, así, deben seleccionar esta opción expresamente. Por su parte, hace tiempo que Yahoo! decidió abandonar este complejo mercado.
Asimismo, el Gobierno chino dispone, a través del Ministerio de Industria e Información Tecnológica, de potestad para controlar las comunicaciones de los internautas. A principios de este año, por ejemplo, se detectó una intromisión de las autoridades chinas en los correos electrónicos de los periodistas corresponsales.
Australia. El país anunció en enero su intención de implantar un filtro inspirado en el de China, pero únicamente para contenidos relacionados con violencia y la pornografía infantil.
India. Además de los recientes acontecimientos relacionados con BlackBerry, el Ejecutivo indio ha amenazado con restringir el acceso a los servicios de comunicación online de Google y de Skype, dos aplicaciones muy populares entre los viajeros de Occidente, puesto que permiten conversar a precios muy inferiores que las llamadas internacionales.
Japón. Este país no censura el acceso a Internet, ni intercepta las comunicaciones online, pero presenta un importante inconveniente para los visitantes, además del idioma: en Japón, sólo funcionan los teléfonos móviles cuatribanda.
EEUU. Norteamérica no se salva de los escándalos relacionados con el control de las comunicaciones. Ayer, un grupo de padres presentó una querella contra compañías como Disney y Warner Bros por el empleo de tecnologías que espían los hábitos de navegación de los internautas. Se trata de un tipo de cookies que no son detectables por los usuarios.
Europa. En el Viejo Continente, la mayor intromisión conocida en los últimos meses es la cometida por el servicio Street View de Google, que ya ha sido prohibido en Austria y en Grecia, y que cuenta con litigios abiertos en Alemania y España. El director general de Google España, Javier Rodríguez Zapatero, declarará como impultado el próximo 4 de octubre ante el Juzgado de Instrucción número 45 de Madrid por este asunto. Durante la toma de imágenes de las calles de las principales ciudades del mundo para Street View, Google recogió informaciones de usuarios particulares a través de redes Wi-Fi no seguras. La Asociación para la Prevención y Estudio de Delitos, Abusos y Negligencias en Informática y Comunicaciones Avanzadas (Apedanica) entiende que existió una intencionalidad en la captación de esos datos.
España será lo que se rumoree, de Antonio Nuñez en El País
De entre los recientes esfuerzos de comunicación de tantos por defender la imagen exterior de España frente a los corrosivos rumores sobre la solvencia de nuestro país destacan dos declaraciones muy reveladoras. Emilio Ontiveros lamentaba que los mercados hubiesen entrado “en una espiral irracional, incapaces de procesar la información relevante”. Zapatero pidió a los inversores internacionales que se basasen “en hechos y datos reales” y no en “proyecciones o pronósticos” elaborados a partir de “información insuficiente”. Confiaba en que “los datos económicos vayan avalando la recuperación”.
A mi juicio, estas declaraciones revelan lo mucho que aún podemos aprender del nuevo modelo de comunicación que ha impuesto la Economía de la Atención. Este modelo, surgido tras la eclosión de las nuevas tecnologías de comunicación, funciona cada día precisamente gracias a las especulaciones individuales. Los rumores, nos guste o no, son el combustible principal que alimenta el mecanismo de comunicación triunfante en esta nueva economía, el boca a oreja. La combustión permanente de dichas especulaciones es la que precisamente pone en marcha el motor de la atención de los ciudadanos, del debate privado y público, y es necesaria para lograr la perseguida cohesión social y visión común frente a un problema. Por tanto, para construir la imagen de España no debemos tratar como incendio lo que en realidad es necesaria combustión. Como gestores de nuestra imagen exterior precisamente debemos abrazar, nos guste o no, el mecanismo del rumor, y entender por qué se han convertido en uno de los motores de la nueva Economía de la Atención.
Los ciudadanos cada vez dedicamos más tiempo a espacios de comunicación no cooptables. Los temas que se debaten en los nuevos medios surgen mucho más espontáneamente que en los medios tradicionales. Lograr imponer una agenda entre ciudadanos y creadores de opinión extranjeros mediante campañas publicitarias y de relaciones públicas es cada vez más difícil. Debemos generar relatos sobre España cuyo atractivo consiga que sean nuestros públicos estratégicos los que los elijan para ser debatidos en entornos de comunicación libres de publicidad. No es casual que la Casa Blanca emita un vídeo semanal sobre la labor política de Obama rodado por un realizador de teleseries… de ficción.
La saturación informativa ha estimulado la desconfianza ante la multiplicidad de fuentes. Desde el ciudadano de a pie al especialista de agencia de calificación de riesgo-país, a todos nos inunda un aluvión de fuentes informativas, a veces contradictorias. En consecuencia, debemos contar con que nuestros públicos estratégicos se ven obligados a simplificar y acelerar el costoso proceso de selección de fuentes creíbles mediante un comportamiento más intuitivo y emocional. Las “espirales irracionales” han venido para quedarse y debemos contar con ellas a la hora de diseñar nuestros relatos sobre España.
Confiamos más en las personas cercanas que en los expertos. Prestamos más atención a la información que recibimos de primera mano, procedente de personas con las que desarrollamos empatía, que a la que recibimos desde oráculos distantes. Debemos crear relatos sobre España que los ciudadanos y creadores de opinión extranjeros puedan contarse de primera mano, mediante el más creíble proceso del boca a oreja. Las demás herramientas de comunicación, desde los road shows informativos a la asistencia a foros internacionales, deben orientarse a alimentar este proceso de empatía y boca a oreja.
La velocidad exponencial de las nuevas tecnologías hace que las percepciones y opiniones sean más volátiles. Ante la avalancha vertiginosa de información es más difícil disponer del tiempo para componer y mantener una opinión fija sobre un tema. La imagen de los países ya no es semi-estática, puede variar en cuestión de horas. Conscientes de la importancia de comunicar a tiempo, la Casa Blanca ha llegado a emitir notas de prensa a las 6.15 de la mañana.
Vivir en red hace que la comunicación se feminice. En el continuo vaivén de rumores, la frecuencia, los ritmos, tonos y estilo de comunicación son tan reveladores como el propio contenido de los mensajes. Para construir la imagen de España debemos inspirarnos más en un conjunto de mujeres recolectoras, permanentemente conectadas durante sus tareas mediante cantos y conversaciones, que en un sigiloso grupo de cazadores reacios a romper el silencio. Un país que guarda silencio en este nuevo modelo de comunicación se condena al aislamiento, genera desconfianza y da por ciertos todos los rumores que surjan sobre él.
Aumenta la eficacia de la comunicación interna de cada red. Los embajadores de España más creíbles y eficaces para mejorar la imagen de España en el exterior somos todos y cada uno de los españoles. Con nuestro pesimismo u optimismo, componemos la red de comunicación boca a oreja más extensa con la que cuenta el país.
Hemos aprendido, a palos, que el importe que pagamos por nuestra deuda país depende de los rumores. Ojalá pongamos en práctica lo aprendido para mejorar nuestra imagen turística, nuestras exportaciones y nuestras expectativas de crecimiento, que, nos guste o no, también dependerán de los dichosos rumores.
Antonio Núñez es estratega de comunicación y especialista en storytelling.
El chocolate del loro, de Antoni Puigverd en La Vanguardia
Es este un país de gorrones por la gracia de su cara. Y de aristócratas de regadío que confunden el ágora con su patio particular. Lo describía el miércoles, con desolada precisión, en una carta en este diario, la lectora Imma Vila. No pudo asistir al concierto que dio en l´Escala la extraordinaria Sílvia Pérez Cruz porque las entradas estaban agotadas, pero, esperando junto a la taquilla el milagro de un asiento libre de última hora, vio con estupefacción cómo conseguían el pase de entrada, sin pasar por caja, unos famosos y pseudofamosos de la política y el periodismo, con un tropel de acompañantes, 65 en total. Sospechando que estos comportamientos no son excepción, sino norma, Imma Vila exclamaba: “Això no hi ha país que ho aguanti!”.
No hay país que aguante, en efecto, los privilegios de la nueva hidalguía. Muy lejos en el tiempo de los ridículos hidalgos del Lazarillo, pero muy cerca de sus modos, los hidalgos de hoy se sitúan (o son situados) por encima del común de los mortales, en virtud de su papel social: de su “algo”.
Asisten a todos los saraos musicales y teatrales sin necesidad de guardar cola, sin tener que reservar meses antes las entradas, sin aflojar pasta alguna. Una simple llamada en el último momento basta para situarlos en el mejor asiento. Y cuando alguien como la lectora Imma Vila o un servidor de ustedes se atreve a señalar lo que a todas luces es una anomalía democrática, se activan de inmediato dos respuestas de manual. La primera es disuasiva: ya están aquí los cenizos, aprendices de Savoranola. La otra respuesta pretende relativizar la situación: estas invitaciones, estos detalles de relaciones públicas son, a efectos de erario, el chocolate del loro.
Aunque casi todos los festivales y espectáculos son subvencionados, es posible que la generalización de estas pequeñas prebendas no sea un gran peso para las cuentas del común, pero su ejemplaridad negativa va mucho más allá de lo económico. Degrada desde arriba la visión que la sociedad tiene de las cosas públicas; y contribuye a prestigiar la deriva antisocial. Aprovechándose de su estatus, mucha gente famosa contribuye a dar carta de naturaleza al viejo ideal mediterráneo: pillar, lo importante es pillar. Los privilegiados de hoy disfrutan de las invitaciones con naturalidad. Olvidan un principio fundamental de la democracia: la igualdad. La igualdad no es sólo ante la ley, sino ante todas las instituciones. Igualdad ante la taquilla. No es más antisocial el que orina en el parque que el que se aprovecha de su fama para colarse en un concierto.
Y no es más antidemocrático el populista agitador de miedos sociales que el artista, el político o el glamuroso que, incapaz de pagar como todo hijo de vecino para escuchar al artista que le encanta, entroniza su excepcionalidad, proclama su diferencia.
El pensamiento desordenado, de Antonio Papell en El Periódico
El papel de los intelectuales en la vida colectiva
Hace años que la política española se centra en la crispación y la destrucción del adversario
Algún día habrá que preguntarse, con ánimo de enmienda, el porqué del silencio de la mayoría de nuestros intelectuales ante el proceso político, ante el desarrollo de lo público. No se trata, es obvio, de que los intelectuales entren en política ni de que compitan en el debate concreto, frecuentemente burdo y plano, de quienes están de hoz y coz en ella, sino de que hagan oír su voz para imponer cordura allá donde el fragor del apasionamiento la elimina, para aportar nuevos horizontes al devenir colectivo, para traer ideas foráneas que otros han aprovechado con éxito, para mostrar opciones que trascienden del yermo ideológico partidario, para provocar con su franqueza a los instalados, para recordar valores y principios que a menudo periclitan entre la fronda de una corrupción tan abundante que no se corresponde con el nivel de nuestro desarrollo cultural y democrático.
El silencio no es, con todo, completo, y de tanto en cuanto asoman opiniones profundas y reconfortantes que, por su escasez y por la soberbia de la clase política, pasan en general inadvertidas. Y hace unos días se publicó un artículo del presidente y el vicepresidente de la recién creada Fundación Ortega-Marañón, Juan Varela y Gregorio Marañón, con ocasión del anuncio de la fusión de las dos fundaciones originarias. Este artículo no debería pasar inadvertido.
Tras describir sus propósitos al frente de la nueva institución, los autores lanzan una voz de alarma sobre la degradación de nuestra ceremonia pública: «Somos conscientes de haber vivido una época de excepcional ventura en España. En todos los órdenes. Pero, de unos pocos años a esta parte, las cosas han tomado un rumbo preocupante. Otra vez nos amenaza el pensamiento desordenado que se expresa en un tono y un fondo de crispación. Una forma de pensar, en fin, que además constituye un agravante de la crisis económica que padecemos, en cuanto puede dificultar su salida». Y, tras ofrecer la Fundación como un «espacio modesto donde, unos y otros, puedan reunirse con comodidad para conversar razonablemente y debatir, con espíritu liberal, sobre las cuestiones que nos afectan e incluso buscar puntos de encuentro sobre los que poder construir consensos convenientes», concluyen con un aserto certero: «En la medida en que la democracia consiste en un acuerdo de reglas fijas para resultados inciertos, es desde luego competencia en libertad. Pero también concierto y acuerdo. La amistad cívica, koinonia, que decían los antiguos, está en el cimiento de la ciudad clásica y es un activo democrático que debemos preservar».
No es difícil datar este declive: comenzó en la segunda legislatura de Aznar, en la que este, ensoberbecido con su mayoría absoluta y preso de su promesa de no repetir mandato, desoyó a todos ¿incluso a los suyos¿ para imponer con arrogancia sin contraste una ejecutoria que crispó la convivencia y enrareció la política hasta extremos inefables. El siguiente cuatrienio ya con el PSOE en el poder, que alguno ha llamado legislatura de la crispación, se caracterizó por la desaparición de la política en su acepción más noble y por la irrupción del dicterio y la descalificación en el Parlamento, de la mano de algunos actores mediáticos que, tras adueñarse de la voluntad de Rajoy, extendieron la especie de que la política, a partir de entonces, consistía en exterminar al adversario.
Hoy día, persiste el pensamiento desordenado, aquel que niega en el fondo que la democracia liberal sea discursiva porque tiene una base deliberativa. Ni siquiera la gravedad de la recesión económica ha podido lograr que ni en nuestro Parlamento ni en nuestras cámaras autonómicas se produjera un debate de altura sobre cómo afrontar la crisis con los menores costes sociales. En Europa, en EEUU, en el G-20, ha habido serios debates políticos y técnicos sobre la conveniencia de aplicar estímulos fiscales y en qué cuantía, sobre si Keynes mantenía o no vigencia en la globalización, sobre en qué momento había que cerrar el grifo del dinero público y comenzar el inevitable ajuste¿ Aquí, simplemente, el Gobierno, acompasado al desconcierto de Bruselas, ha sido sucesivamente criticado con acritud por no hacer, primero, y, después, por haberse puesto manos a la obra¿ La explotación política de la crisis, de espaldas al interés general, ha sido tan flagrante que es bien ostensible la indignación de la ciudadanía, tan intuitiva siempre.
Es posible que la mala calidad de la política, la incapacidad para el debate de altura, la parvedad de los argumentos, la inconsistencia de las convicciones tengan causas sociológicas estructurales y estén ligadas a nuestra historia ¿aquí la política se desprestigió en las dictaduras¿ y a un modelo de partidos que, vinculado a un mejorable sistema electoral, fomenta la docilidad y el clientelismo e impide la circulación de las élites. Sin embargo, sería deseable que la clase intelectual se implicase más en la denuncia de la mediocridad, aportara materia para el debate, ordenara el pensamiento ¿que nace de la libertad¿ y sirviera de acicate a una excelencia necesaria que no se atisba por parte alguna.
Antonio Papell. Periodista.
