Archive for the ‘Memoria’ Category
Tabucchi y la responsabilidad, de Gregorio Mor谩n en La Vanguardia
SABATINAS INTEMPESTIVAS
De haber conocido Antonio Tabucchi la historia de Domingo Malag贸n estoy convencido de que le habr铆a inspirado un libro hermoso y cruel sobre el destino del hombre y sobre la responsabilidad. Algo parecido a Sostiene Pereira pero metido en los hondones de la clandestinidad antifranquista, la guerra fr铆a, el estalinismo y la supervivencia, a partir de un estudiante de la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, al que la vida convirti贸 en el falsificador m谩s eficaz y modesto que conocieron los tiempos.
Este pretende ser un homenaje a los hombres legales que sufrieron la ilegalidad no como si fuera una mancha sino como un acicate frente a una sociedad gris y represiva; los tiempos del c贸lera. Se cruz贸 Malag贸n cuando en mi ingenuidad planificadora hab铆a pensado dedicar un art铆culo a ese escritor ins贸lito en su dignidad, que fue Antonio Tabucchi. Un tipo raro en su especie porque manten铆a una distancia entre lo que realmente era 鈥搖n profesor de literatura envenenado por la historia鈥 y lo que la gente gustaba de 茅l, su cercan铆a literaria. Porque Tabucchi no hac铆a novelas, constru铆a historias, y hay en esto una diferencia considerable. Lamento que se perdiera la de Domingo Malag贸n. Fallecieron simult谩neamente y eso que mientras uno ten铆a 66 muy viajados 鈥揂nagrama acaba de publicar sus sentidos Viajes鈥, el otro alcanz贸 a vivir otros 30, que se dice pronto trat谩ndose de la vida s贸rdida de un clandestino.
Llegar a los 96 a帽os y haber sido Domingo Malag贸n tiene un m茅rito especial que merece unas l铆neas y un respeto. En mi 茅poca militante, su figura, que no su nombre, siempre oculto, alcanz贸 la leyenda. Era el falsificador de pasaportes, carnets de identidad y documentos varios del Partido Comunista de Espa帽a desde el d铆a que alguien descubri贸 que en un campo de concentraci贸n franc茅s para republicanos espa帽oles hab铆a un individuo capaz de hacer cupones de comida tan reales y aut茅nticos como los que conced铆an con cuenta gotas los polic铆as franceses. Sell贸 su suerte. Ascendi贸 hacia el cadalso de la gloria clandestina. Proced铆a del anarquismo madrile帽o, castizo, del barrio de Chamber铆, y quer铆a ser pintor aunque no tuviera posibles. La guerra y sobre todo la inmensa posguerra le trasform贸 en un artesano de la falsificaci贸n. El 煤nico imprescindible de todos nosotros, dijo Santiago Carrillo en la 煤nica reuni贸n donde le nombraron dirigente in absentia. En clandestinidad sobran l铆deres y faltan profesionales de la astucia.
Conoc铆 a Malag贸n en Madrid hacia 1981, cuando se ocupaba de los archivos del PCE. Conviv铆 con 茅l dos a帽os durante diez horas, de lunes a jueves. Abrimos juntos las cajas que ven铆an de Mosc煤 y lo hac铆amos entre risas porque entonces est谩bamos solos y nadie se interesaba por la historia del comunismo espa帽ol. El paisaje se hab铆a vuelto socialista. Alg煤n historiador reproch贸 que en mi Miseria y grandeza del PCE (1986) no precisara las carpetas de donde extraje los documentos. Ahora lo puedo contar. Las cajas de Mosc煤 ven铆an como ven铆an, sin referencia alguna, y as铆 las abrimos entre risas, Malag贸n y yo, con un destornillador y un martillo. Unas cajas de madera maciza, que llevaban cerradas qui茅n sabe cu谩ntos a帽os. Gracias a la complicidad de Malag贸n, a su responsabilidad, pude encontrar documentos excepcionales que ahora han desaparecido de esos mismos archivos.
Tengo la doble deuda con Malag贸n de haber utilizado en un par de ocasiones sus pasaportes; uno en un viaje a Helsinki en el 69 y otro a Bucarest en el 72. Tambi茅n la de su responsabilidad ante el pasado. Cuando encontr茅 el documento en el que Santiago Carrillo, desde Francia, informa a Dolores Ibarruri, en Mosc煤, que el opositor Gabriel Le贸n Trilla ha sido liquidado en Madrid 鈥搇e ejecutaron dej谩ndolo desnudo, para que pareciera un asunto de homosexuales鈥 hice la fotocopia intercal谩ndola entre otras muchas para que no la detectaran, y cuando la tuve en mi mano recuerdo que se la ense帽茅 y no dijo nada. Al d铆a siguiente le pregunt茅, en aquellos largu铆simos concili谩bulos que nos ocupaban el d铆a entero 鈥搉o hab铆a nadie en los archivos, ni militantes ni historiadores, entonces tocaba acercarse a la Fundaci贸n Pablo Iglesias del PSOE, que llevaban entre el 铆nclito Fernando Claud铆n y su coqueluche Ludolfo Paramio鈥. 鈥溌緾uando salga mi libro no habr谩 m谩s prueba que mi fotocopia?鈥. Y 茅l con ese gesto de veterano, sonri贸 y dijo: 鈥淵 la m铆a鈥. Se hab铆a provisto de una copia, en previsi贸n de lo que iba a pasar. Buena parte de aquello desapareci贸. Quedan los restos del naufragio.
Por eso me parece importante recordarlo ahora que ha muerto Antonio Tabucchi que escribi贸 libros construidos como homenajes a la responsabilidad. 驴Qu茅 es Sostiene Pereira sino un elogio del hombre cabal? Yo prefiero R茅quiem. Y entre sus narraciones Enigma, que aparece en uno de sus primeros libros, Peque帽os equ铆vocos sin importancia, t铆tulo de un brillante relato adolescente con fondo de canci贸n de Domenico Modugno.
Tabucchi tuvo sonados incidentes en los que sali贸 a relucir su responsabilidad como escritor y es pena que nadie quiera recordarlos ahora que est谩n de actualidad. El primero fue su denuncia de Saramago, como un impostor, censor, y radical del d铆a despu茅s. Los portugueses son gentes muy diferentes a nosotros, poco dados al ruido; basta ir a un restaurante. Sabe usted si hay catalanes o asturianos en cuanto entra. No le ocurrir谩 si son de Lisboa o del Alentejo. Los portugueses contaban un chascarrillo a media voz que aseguraba que el d铆a que Jos茅 Cardoso Pires, ese gran escritor no suficientemente conocido entre nosotros, se enter贸 que hab铆an conseguido la democracia el 25 de abril del 74, devolvi贸 su carnet del Partido Comunista. Ese mismo d铆a lo pidi贸 Jos茅 Saramago.
Cuando Tabucchi denunci贸 su labor censorial y dogm谩tica en el Di谩rio de Not铆cias se abri贸 un abismo entre 鈥渓a oposici贸n silenciosa鈥 de los Saramago y la responsabilidad de los Sostiene Pereira. Luego vino el rifirrafe con Umberto Eco y la comodidad de columpiarse sobre el presente; una actitud que sacaba de quicio a Tabucchi. Por fin lleg贸 Berlusconi y el art铆culo sobre la responsabilidad de la sociedad italiana en su 茅xito. Un texto que su propio peri贸dico, el legendario Corriere della Sera, no se atrevi贸 a publicar. Pero sobre todo est谩 el caso Cesare Battisti.
En Espa帽a no tenemos ni idea de Cesare Battisti. Pero el caso Battisti es en Italia algo similar a nuestra asignatura pendiente, sobre la que nos mostramos reticentes a escribir. 驴Un asesino de ETA tiene derecho a pasar p谩gina, en esa especie de amnist铆a social a la que somos tan dados en Catalunya? (Hist贸rico e inolvidable aquel d铆a que se enterraba a Ernest Lluch y la portavoz pidi贸 di谩logo, con el asesinado de cuerpo presente). Cesare Battisti fue condenado en Italia a la perpetua por cometer cuatro asesinatos; dos, por disparos en la nuca, y otros dos, por colaboraci贸n. Era un lumpen, que entr贸 en la c谩rcel como sisador de menor cuant铆a y se escap贸 con la ayuda de un mafioso para convertirse en ejecutor del PAC (Proletariado Armado por el Comunismo).
Para Tabucchi que un tipo as铆 sorteara la justicia le parec铆a de similar impunidad a la que manten铆a el presidente Berlusconi con sus corrupciones. No hay dos medidas, ni la ley del embudo. Si pedimos que Berlusconi vaya a la c谩rcel, no podemos salvar a Battisti porque asegura que est谩 al otro lado de la barricada. Muri贸 Tabucchi y los homenajes recuerdan al hombre sensible y humilde que pele贸 por cosas que no parec铆an importantes, y lo eran. Tanto que Berlusconi sigue ah铆, a la espera, y Battisti se refugi贸 en Brasil con la ayuda de los servicios de informaci贸n franceses y la protecci贸n de aquella izquierda mao铆sta de Bernard-Henri L茅vy y Philippe Sollers, que ampara a quien os贸 hacer lo que ellos so帽aron antes de hacerse mayores y reaccionarios. La responsabilidad de un escritor se acaba con su vida. Por eso hay que homenajearla, porque se olvida pronto.
S谩bado Santo, de Pedro G. Cuartango en El Mundo
TIEMPO RECOBRADO
El s谩bado Santo era hace medio siglo el d铆a de mayor aburrimiento del a帽o. Los bares, los comercios y los cines estaban cerrados y la televisi贸n p煤blica emit铆a una programaci贸n estrictamente religiosa. Y adem谩s casi siempre llov铆a o hac铆a mucho fr铆o.
Como yo era monaguillo en la iglesia de San Nicol谩s de Miranda de Ebro, estaba obligado a asistir a los oficios, que eran en lat铆n. Todav铆a recuerdo el olor de los cirios y el templo a oscuras en la jornada del Viernes Santo, mientras el sacerdote le铆a la pasi贸n de Cristo. Al d铆a siguiente, mi madre me llevaba a recorrer las iglesias en las que, siguiendo la tradici贸n, la figura de Jes煤s aparec铆a cubierta por un pa帽o morado. Me impresionaba la muerte del hijo de Dios y me sent铆a un miserable por a帽orar las cosas terrenas como jugar al f煤tbol, algo prohibido en esas fechas. Mi madre me compraba una carraca, un instrumento de madera que hac铆a mucho ruido al girarlo. Dec铆an que era para simular el terremoto que sufri贸 Jerusal茅n tras la muerte de Cristo. Pero yo asocio la carraca con el aburrimiento de aquellos s谩bados de Pasi贸n en que el 煤nico entretenimiento era hacer ruido en la calle.
Con el transcurso de los a帽os he llegado a a帽orar aquellos d铆as interminables, de incre铆ble aburrimiento, en los que uno se sent铆a prisionero del tiempo y condenado a no hacer nada. La tarde del S谩bado Santo era lo m谩s parecido a la eternidad porque los minutos transcurr铆an como horas y las horas como meses.
Si hubiera sabido que la vida pasa tan r谩pido, habr铆a disfrutado aquellos momentos de inmovilidad absoluta en los que la fugacidad de una hoja arrastrada por el viento o un reflejo en el cristal de la ventana parec铆an eternos. 隆Qu茅 maravilloso espejismo!
Hoy todo el mundo se afana en hacer planes para la Semana Santa, en viajar o programar el tiempo para que no quede ni un hueco. Aburrirse es visto como una desgracia y quedarse en casa es lo m谩s parecido a una condena. Desgraciadamente, hasta el ocio se ha convertido en algo productivo.
Confieso que, dada mi naturaleza so帽adora, lo que m谩s me gusta es mirar al cielo y contemplar c贸mo pasan lentamente las nubes. Esta Semana Santa me he quedado en casa y he disfrutado del tiempo londinense que ha hecho en Madrid, que invitaba a la siesta y la lectura. Y me he acordado de lo que eran estos d铆as cuando yo ten铆a menos edad que la que tiene hoy mi hija peque帽a.
Tanto dar vueltas a las cosas para descubrir ahora que la felicidad era aquel aburrimiento absoluto en unas tardes que no se acababan nunca. Ser era simplemente estar, una sensaci贸n que s贸lo se puede tener hasta la adolescencia y cuya ausencia nos hace irremisiblemente desgraciados.
驴Bueyes o toros鈥?, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias (25-03-2012)
El ojo del tigre
Dec铆a don 脕lvaro de Figueroa y Torres, m谩s conocido como conde de Romanones, que m谩s f谩cilmente que a una pareja de bueyes se conduce a un pueblo; pero, 隆ay del conductor si los bueyes recuerdan que fueron toros! Desde hace, poco m谩s o menos, tres cuartos de siglo los asturianos -como el resto de los espa帽oles- son conducidos por los oligarcas pol铆ticos de turno como si fueran bueyes鈥 El m谩s reciente ejemplo es que a 煤ltima hora de esta tarde -domingo, d铆a 25 de marzo de 2012- concluir谩 otro acarreo de votos desde la conciencia -o la conveniencia- de uno mansos electores que han decidido cumplir con el deber de votar por en茅sima vez en las urnas de la democracia鈥 Los sabios ide贸logos del sistema suelen decir que el hecho de facilitar el deber de votar es una prueba del respeto que le tienen las castas olig谩rquicas, que monopolizan el poder pol铆tico, al derecho que tienen los ciudadanos (驴haylos鈥?) a participar democr谩ticamente en la organizaci贸n de la vida p煤blica.
Lo cierto es que, una vez m谩s, la ciudadan铆a asturiana se ha dejado conducir, como excelentes y d贸ciles bueyes que son sus individuos, hasta las urnas. En esta ocasi贸n, y como casi siempre ocurre, para contribuir a salvar a Asturias. Qu茅 menos鈥
Pero el pr贸ximo jueves, d铆a 29 de marzo de 2012, esa misma manada de bueyes tendr谩 la oportunidad de recordar que, en otro tiempo, hab铆an sido toros antes que bueyes. Las urnas ser谩n sustituidas por las pancartas -fen贸meno sociol贸gico que detesta la derecha carpetovet贸nica, menos cuando se trata de manifestarse en defensa de la Familia鈥- anunciando la huelga general y las razones de la misma. La clase obrera -o lo que queda de ella- expresa p煤blicamente su rechazo a la truculenta reforma laboral por las graves consecuencias que les impone esa medida adoptada por el Gobierno reci茅n estrenado por la derecha posfranquista; la cual, le supone a la clase obrera un duro castigo social y laboral. Al parecer, para contrarrestar los efectos negativos de una epidemia gripal generada por los adictos a la especulaci贸n financiera en el capitalismo occidental.
En el breve espacio de tiempo que va desde esas nuevas elecciones democr谩ticas typical spanish, que concluyen hoy, hasta la celebraci贸n de ese hist贸rico ritual obrerista -pr谩cticamente olvidado-, que es una huelga general, los asturianos tendr谩n la oportunidad de decantarse por una de estas dos opciones vitales: ser obedientes y mansos como bueyes o, por el contrario, recordar en voz alta que no han olvidado que, en otros tiempos no tan lejanos, fueron unos ciudadanos con derecho a protestar siempre que sus derechos sociales y laborales peligraran. Es decir, reclaman sus derechos a ser toros鈥
La pregunta podr铆a ser inevitable: 驴Los asturianos deben ser siempre mansos votantes, cuando la derecha lo exija, o, tal vez, deber铆an reivindicar, sobre todo, el reconocimiento de sus intereses de clase鈥? Porque, durante muchos a帽os -principalmente, durante el tiempo que dur贸 el providencialismo que impon铆a la dictadura militar (1939-1975)- fueron reducidos a la simple condici贸n de bueyes, amansados por el l谩tigo org谩nico del poder y por el miedo a las represalias, que no consist铆an, precisamente, en simples pellizcos de monja鈥 La tragedia consiste en el hecho de haber sido obligados a ser bueyes por la fuerza. Pero el problema -ahora- es el no haber intentado, tras el ocaso de la dictadura, la recuperaci贸n de aquel hist贸rico esp铆ritu de clase obrera que caracteriz贸 a la izquierda espa帽ola. Quiz谩, hace poco m谩s de tres d茅cadas pudo haber sido m谩s f谩cil que hoy 鈥 o menos ut贸pico鈥- recuperar aquella antigua condici贸n de clase. Entonces, a煤n viv铆an algunos de aquellos que no hab铆an sido amansados por los te贸logos del espa帽olismo radical. Probablemente, porque los conceptos ideol贸gicos que, entonces, usaba el nuevo Estado, para apuntalar su estructura pol铆tica a煤n no hab铆an fraguado definitivamente como el hormig贸n armado -y nunca mejor dicho- de los nuevos constructores del Estado de Derechas (ojo: dice Derechas, no dice Derecho) que acab贸 siendo este pa铆s.
As铆 empez贸 a ser reeducada la hist贸rica izquierda espa帽ola, para instalarla, como si fuera una manada de bueyes, en la teolog铆a pol铆tica de un sistema que acabar铆a llam谩ndose, simplificado, franquismo. La izquierda -o lo que qued贸 de ella- de clase obrera ha perdido, desde aquel tiempo, los h谩bitos ideol贸gicos y los tics pol铆ticos que la hab铆an caracterizado hasta los a帽os treinta del siglo XX. Incluso ha perdido su aut茅ntica conciencia de clase para dejarle sitio al razonamiento sociol贸gico de linaje fascista. As铆, una huelga general en ese marco ideol贸gico que caracteriza a la peculiar democracia espa帽ola actual podr铆a considerarse como una gota de lim贸n en el Oc茅ano Atl谩ntico. Pero siempre ser谩 algo mejor que continuar saboreando el sabor de la canela en rama que le puso a la Monarqu铆a del 18 de Julio el barman de la dictadura.
Conviene encontrarle a Espa帽a un nuevo sabor, aunque sea tan leve como el que se le pueda notar a partir del jueves pr贸ximo. El sabor de la dignidad de la clase obrera. El sabor que siempre tuvo Asturias.
Lorenzo Cordero. Periodista.
1812 y el siglo de las luces, de Luis Racionero en La Vanguardia
Se cumplen este a帽o dos siglos desde la firma de la Constituci贸n liberal de las Cortes de C谩diz mediante la invasi贸n napole贸nica que, si bien fue el enemigo que puso cerco a la ciudad, fue tambi茅n la influencia filos贸fica que hiciera posible la primera Constituci贸n liberal en Espa帽a despu茅s de la edad media en que existieron tanto los Comuneros de Castilla como las Corts de Catalunya. La Carta Magna de 1812 espa帽ola fue producto del Siglo de las Luces.
驴Por qu茅 nos fascina el siglo XVIII?, se preguntaba Lytton Strachey mientras le铆a y rese帽aba las cartas de Horace Walpole, analizaba el tedio de madame Du Deffand o la pasi贸n de Mlle. De Lespairasse. 脡l mismo se sorprend铆a: 鈥淪u cualidad m谩s irritante, esa asombrosa autosuficiencia es lo que nos lo hace tan atractivo鈥. Era una 茅poca que ten铆a un canon para el arte: las tres unidades en teatro, la armon铆a en m煤sica, los 贸rdenes cl谩sicos en arquitectura; ten铆a una filosof铆a basada en la raz贸n y una ciencia emp铆rica basada en las matem谩ticas; ten铆a un sistema pol铆tico injusto, desp贸tico y represivo, pero con normas muy claras; por 煤ltimo ten铆a un c贸digo de modales elaborado, refinado, estricto, s贸lo para las clases altas, que viv铆an a expensas de los dem谩s.
De esto 煤ltimo sali贸 la Revoluci贸n, que dio al traste con todo lo dem谩s. Con todas las libertades adquiridas desde entonces: derechos para todos, estado del bienestar, pluralismo, respeto a las minor铆as, solidaridad, hemos mejorado inmensamente la sociedad respecto a aquel siglo, pero nos falta algo de aquella autosuficiencia, de aquel orden en lo est茅tico, de aquella seguridad. Echamos de menos su canon de gusto, su orden, su claridad, su serenidad pero no su despotismo ni sus desigualdades. 驴Acaso el desconcierto actual es el precio que se debe pagar por la sociedad abierta que ahora disfrutamos?
Los rom谩nticos rompieron el canon, transgredieron el sentido com煤n del realismo cl谩sico, eclipsaron la raz贸n con la sombra lunar de la emoci贸n. El siglo de las luces cedi贸 el paso al siglo de las revoluciones: la francesa, la comuna, la unificaci贸n de Italia y Alemania, la independencia de Grecia, a pesar de lo cual Stendhal se lamentaba que tras la ca铆da del meteoro Napole贸n el siglo hab铆a perdido intensidad y, por supuesto, emoci贸n. El XIX fue el siglo burgu茅s a pesar de sus revoluciones que sol铆an quedarse en revueltas. En Espa帽a ya no digamos: liberales contra mon谩rquicos, carlistas contra isabelinos, alzamientos contra pronunciamientos y todos fusilados o exiliados.
Espa帽a no estaba preparada para recibir la constituci贸n burguesa de Francia, ni los Derechos del Hombre; segu铆an vigentes la monarqu铆a y la Inquisici贸n. La distancia mental de Francia a Espa帽a en 1812 es la que va entre dos personajes claves de ese momento: Talleyrand y Fernando VII.
El encuentro impensable entre dos personalidades tan dispares se debi贸 a un rencoroso capricho de Napole贸n.
En 1808 Bonaparte, por medio de Godoy y el can贸nigo Escoiquiz, consigui贸 que Carlos IV y el Pr铆ncipe de Asturias, futuro Fernando VII, renunciaran al trono y lo dejaran a la familia Bonaparte. C贸mo pudo perpetrarse tama帽o desprop贸sito es algo que no cesar谩 de preguntarse quien relea los pormenores de este pat茅tico asunto, tan humillante como grotesco: Godoy, la reina, el can贸nigo, Bonaparte, que se llev贸 la mejor parte y Fernando VII que acab贸 prisionero de Napole贸n en el chateau de Valen莽ay, propiedad de Talleyrand. All铆 ten铆a recluidos y controlados Napole贸n a los infantes de Espa帽a, hu茅spedes de Talleyrand, pr铆ncipe de Perigord, pero oficialmente de Benevento. Talleyrand dio 贸rdenes de que su mujer, la bella indiana de Madras, se ocupara de las distracciones y juegos de los pr铆ncipes, cosa que debi贸 cumplir con tal exceso de celo que, cuando Napole贸n vio a Talleyrand, le dijo para zaherirle:
鈥揌e o铆do que Mme. de Talleyrand ha intimado con el Pr铆ncipe de Asturias
鈥揂s铆 es, Sire, es una noticia que no os he comunicado porque no a帽ade nada a vuestra gloria, ni a la m铆a.
Nada m谩s dispar que las personalidades de Tayllerand y Fernando VII. Obcecado, corto, rencoroso e inculto, este; clarividente, inteligent铆simo, sinuoso y refinado el franc茅s. Los infantes de Espa帽a con su tutor el duque de San Carlos lo pasaron bien en su encierro de Valen莽ay hasta que Nelson, Wellington y la ceguera de Napole贸n meti茅ndose en Rusia les devolvieron el trono tras el Congreso de Viena. Pero como dir铆a el propio Talleyrand: 鈥淟os Borbones no han olvidado nada, ni han aprendido nada鈥, de modo que Fernando VII en cuanto volvi贸 a Espa帽a aboli贸 la Constituci贸n de 1812 y retom贸 el absolutismo, apoyado, cuando fue necesario, por los 鈥渃ien mil hijos de San Luis鈥 que fue la legi贸n extranjera francesa que nos mand贸 la 鈥淪anta Alianza鈥 cuando los liberales espa帽oles se sublevaron para reclamar una monarqu铆a constitucional e incluso una rep煤blica.
De aquellos polvos estos lodos. Espa帽a es un pa铆s sin tradici贸n democr谩tica, que pod铆a haber comenzado en 1812, pero fue abolida por el siniestro Fernando VII. Ahora tenemos democracia desde 1977, unos treinta y cinco a帽os, contra los doscientos que hubi茅semos tenido de no intervenir el aciago Fernando VII. 驴Qu茅 deb铆a pensar Talleyrand de aquel palurdo? Quiz谩s que la leyenda negra ten铆a algo de raz贸n.
Luis Racionero i Grau (Seo de Urgel, L茅rida, Espa帽a, 1940) es un escritor e intelectual espa帽ol. De familia cat贸lica, se crio en una mas铆a y milit贸 de joven en Acci贸n Cat贸lica. Estudi贸 Ingenieria y Ciencias Econ贸micas en la Universidad de Barcelona y cursa un m谩ster de Urbanismo en la de Berkeley, donde convivi贸 con hippies y vivi贸 la revoluci贸n cultural del 68. Fue director de la Biblioteca Nacional de Espa帽a y del Colegio de Espa帽a en Par铆s. Ha colaborado con diarios y revistas como El Pa铆s, La Vanguardia, Ajoblanco, o (en la actualidad) deportivos como Mundo Deportivo. Ha escrito tanto en catal谩n como en castellano. Tambi茅n ha participado en el programa de televisi贸n Carta blanca como colaborador de Antonio Escohotado para abordar el tema de las drogas.
La huelga del 62, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias (18-03-2012)
El ojo del tigre
A la huelga de la miner铆a asturiana en la primavera de 1962, contemplada desde la perspectiva del medio siglo transcurrido desde que estall贸 el conflicto en el pozo Nicolasa, hasta el momento actual -tan ambiguo ideol贸gicamente, como domesticado pol铆ticamente鈥- le conviene mucho que se haga un esfuerzo historiogr谩fico para intentar no sacarla de su propio contexto hist贸rico, y presentarla como si hubiera sido un golpe espont谩neo y espectacular que la clase obrera asturiana por antonomasia -la minera- le di贸 a la todav铆a f茅rrea dictadura que representaba aquel domador del gran circo nacionalcat贸lico llamado Espa帽a y apedillado Unidad de destino en lo Universal鈥
Aquella huelga de los mineros fue la respuesta m谩s adecuada de un colectivo humano sometido al poder medieval de un r茅gimen pol铆tico tan soberbio como el que, durante cuarenta a帽os, pes贸 como una losa del Valle de los Ca铆dos sobre la sociedad espa帽ola en general, y la izquierda espa帽ola en particular. La primavera de 1962 se帽al贸 el principio del f铆n del sindicalismo vertical, la gran mordaza oficial con la que se pretend铆a silenciar a la clase obrera, hasta dejarla convertida en una masa amorfa y, sobre todo, disuadida de cualquier intento para rehacer el hist贸rico movimiento obrero, que, en Asturias, hab铆a tenido un escenario excepcional en las dos cuencas mineras: la del Caudal y la del Nal贸n.
Hace cincuenta y un a帽os -a mediados de 1961- hab铆an empezado sus actividades sociopol铆ticas unas llamadas Comisiones de obreros en cada uno de los pozos mineros. Sus miembros eran elegidos, por sus compa帽eros, entre aquellos mineros que destacaban por sus inquietudes sociales y laborales, para que los representaran ante el poder empresarial cada vez que se planteaban problemas, en sus respectivos pozos, de higiene, de horarios, de destajos, etc鈥 Aquellas primarias Comisiones de obreros fueron la c茅lula madre del actual sindicato de clase Comisiones obreras.
Las huelgas mineras en los a帽os 60 del siglo pasado fueron, principalmente, un est铆mulo para el intento de recuperar el movimiento obrero como columna vertebral de las reivindicaciones sociales y laborales de la clase obrera espa帽ola. En el poder pol铆tico de aquella Espa帽a -cuya nave empezaba a rectificar sutilmente su rumbo totalitario, para continuar navegando, como hasta entonces, en el mismo oc茅ano de sus sue帽os imperiales鈥- todav铆a asusta la posibilidad de que la clase obrera pudiera recuperar el hist贸rico poder pol铆tico y social que tuvo en los a帽os 30 -por ejemplo- del siglo XX. Ese miedo hist贸rico al resurgimiento -por ahora, simplemente hipot茅tico- del movimiento obrero es una de las principales herencias recibidas por la actual derecha mixta de la vieja cultura pol铆tica que, con tanto celo, hab铆a difundido, durante tantos a帽os, el integrismo espa帽olista cuando se convenci贸 de que la democracia org谩nica, que, desde 1939, nutr铆a ideol贸gicamente al sistema de gobierno franquista, deb铆a ser sustituida por una democracia sin aditivos.
La ya hist贸rica huelga minera en la primavera de 1962, que tuvo una segunda y enconad铆sima parte en el mes de agosto de ese mismo a帽o, no fue la primera ni la 煤nica de las huelgas de la m铆tica miner铆a asturiana durante la dictadura franquista. En marzo de 1957, en el pozo Mar铆a Luisa (cuenca del Nal贸n) estall贸 un serio conflicto laboral al declararse en huelga de brazos ca铆dos sus picadores al retirarles los guajes -sus ayudantes fijos-, con lo que el trabajo del picador se incrementaba considerablemente sin que, a cambio, les aumentaran su salario. Esta huelga -conocida como la huelga del guaje- fue secundada inmediatamente por los mineros de los pozos Fond贸n y La Nueva. Al final se calculaba que aquel conflicto iniciado en el Mar铆a Luisa hab铆a sido secundado por unos 3.000 a 5.000 mineros.
Este breve y somero repaso a unos concretos acontecimientos sociales -y, evidentemente, pol铆ticos- ocurridos a partir de la segunda mitad del siglo XX en Asturias, a pesar de las duras represalias que el poder empresarial y el poder pol铆tico tan unidos ambos, que constitu铆an uno solo e implacable, como ahora ocurre tambi茅n, no deber铆a quedar en un simple ejercicio de melancol铆a ideol贸gica para la izquierda, sino en un acicate para recuperar (sobre todo, aquellos que lo tuvieron y lo perdieron鈥) el agudo sentido de la autocr铆tica pol铆tica; precisamente, una virtud ideol贸gica que parece haber sido erradicada de la inteligencia de la izquierda, suponiendo que la izquierda no haya desaparecido en Asturias en beneficio de la derecha.
Puestos a bucear en el pozo de la historia, no estar铆a de m谩s recordar aquella tremenda boutade que, un d铆a, le solt贸 a un periodista el general superlativo que, hoy, descansa de su ardor guerrero en la cripta de Cuelgamuros: La guerra de Marruecos ten铆a un aire rom谩ntico, un aire de reconquista. Esta guerra en Asturias es una guerra de fronteras: al otro lado est谩n el socialismo, el comunismo y las dem谩s fuerzas que atacan a la civilizaci贸n para reemplazarla por la barbarie. Lo dijo Franco cuando hab铆a acabado de represaliar duramente a los mineros que hab铆an protagonizado una huelga en el聽 a帽o 1934. Reconozcamos que las huelgas mineras no son meros sucesos epis贸dicos, sino la Historia misma de la Asturias contempor谩nea.
Lorenzo Cordero. Periodista.
Mundos extintos. M. Corona (1), de Gregorio Mor谩n en La Vanguardia
SABATINAS INTEMPESTIVAS
No hay nadie que se dedique a este oficio de escribir y que no se haya encontrado alguna vez con alguien que sumido en copas, al final de un pantagru茅lico almuerzo o una sobria cena con parientes, aprovechar谩 la primera oportunidad para decirte en tono seguro e intimidante: 鈥淪i yo te contara podr铆as escribir novelas de 茅xito鈥. La literatura ejerce una atracci贸n enorme sobre las gentes que no leen, tanta que resultar铆a una provocaci贸n decirles la verdad. Esa verdad brutal e inconfesa seg煤n la cual las historias terribles o intensas o magn铆ficas no hacen la literatura. Que el problema no est谩 en tener una buena historia sino en saber contarla.
Mauro Corona es un italiano de Erto, en el norte monta帽oso, y el 煤nico libro suyo del que tengo noticia que haya aparecido entre nosotros, Fantasmas de piedra (Alta茂r), contiene tal cantidad de historias que dar铆an para una colecci贸n de best sellers y series de televisi贸n interminables. Nada que ver con la ambici贸n del autor, un hombre ma帽oso y polifac茅tico, que lleg贸 tarde a la literatura y pronto al sufrimiento. Porque existe una literatura de la experiencia, indefinible por naturaleza si tenemos en cuenta que toda literatura lo es, pero que est谩 tan pegada a la vida, al pasado gozado y sufrido, a la memoria en suma, que cabe contemplarla con otros ojos que los del lector habitual.Como si afront谩ramos mundos extintos donde el escritor hace de gu铆a. Novelas que leemos no sin cierta ansiedad, porque conforme avanzas te acercas al final y eso entristece. A m铆 me ocurri贸 con este libro bastante m谩s ins贸lito de lo que parece y que el ninguneo habitual de la azorada cr铆tica que vive al d铆a, acosada por las novedades editoriales, no tiene ni tiempo ni ganas de abordar.
El 9 de octubre de 1963 una monta帽a se desplom贸 sobre el pantano de Vajont, en los Dolomitas, esa parte italiana de los Alpes, y arras贸 el valle llev谩ndose por delante paisanos y paisajes. Hay un antes y un despu茅s que Mauro Corona fue reconstruyendo, casa a casa, con ayuda de la imaginaci贸n, la memoria y la leyenda; las tres inseparables. Un libro escrito con la brillantez que otorga una vida de oyente perpetuo y una cultura literaria de 茅sa que los profesores, lectores gregarios en general e inclinados hacia lo can贸nico, llaman autodidacta.
Fantasmas de piedra lleva un subt铆tulo muy sencillo y orientativo. 鈥淐uando una aldea era el mundo鈥. Escrito por Mauro Corona en el 2005 y publicado en castellano hace unos meses, los suficientes para constituirse en una rareza por ausencia de la m谩s m铆nima rese帽a institucional. Deber铆amos recuperar la expresi贸n 鈥渋nstitucional鈥, heredera de nuestro pasado, para designar las listas, las selecciones y el gusto anquilosado y venerado de nuestros orientadores. Existe una literatura institucional y otra que no lo es; as铆 de sencilla es la cosa. Como muy bien dice Jos茅 Manuel Lara cuando le hacen alguna pregunta aviesa sobre los premios Planeta, 鈥渉ay gente que a煤n cree que los ni帽os vienen de Par铆s鈥. Es cierto que los hijos salen del vientre de sus madres, aunque ahora abunden las 鈥渂arrigas de alquiler鈥 y no nos atrevamos a entrar en detalles. Es mejor vivir en el enga帽o; te tratan igual y te evitas problemas.
驴Cabe imaginar algo m谩s exc茅ntrico que reconstruir el mundo que fue la aldea? EnEspa帽a ronda la provocaci贸n, aunque al parecer en Italia lleg贸 a ser un 茅xito de cr铆tica y p煤blico. Quiz谩 porque parten de otra galaxia. Ellos tienen pueblos bonitos, aldeas en las que merece la pena vivir. Nosotros las destruimos casi todas. Tenemos nombres preciosos de pueblos que m谩s vale no visitar. Mauro Corona cuenta la que era su aldea, casa a casa, con sus habitantes, borrachos o gentiles, amables o criminales, los que hac铆an objetos de indispensable utilidad y los que eran capaces de construir el tambor m谩s sonoro con la piel de p茅cora de su propia esposa.
Nada que ver con el piccolo mondo antico de Fogazzaro y esa peque帽a burgues铆a provinciana a la que tanto se ha imitado y tan poco juego dio a la cultura y a la historia y a la civilizaci贸n. Es un libro sin concesiones, donde se atisba el desprecio por la ruptura que supuso la imitaci贸n de las clases medias urbanas para unos pueblos orgullosos de serlo. 驴Qu茅 cr铆tico ser铆a capaz hoy de echar una mirada sobre un libro que narra, con prodigiosa parquedad y sin melancol铆a alguna, el primer televisor que lleg贸 a la aldea, o la primera ducha? 隆Nosotros, que hemos sido capaces de sacralizar la modernidad de Ferran Adri脿, que aprendi贸 cocina, como tantos, en los fogones de 鈥渓a mili鈥! El problema que plantea esta literatura de la experiencia, como Fantasmas de piedra de Corona, es su adaptaci贸n al medio; al nuestro, quiero decir. Recordar los pasados, para la mayor铆a de nuestra gente, es una humillaci贸n. Y eso marca generaciones.
Tan dados en Espa帽a a las denominaciones generacionales, la nuestra deber铆a denominarse 鈥渃enicienta鈥. Hay un gui帽o en el libro, para nosotros pol铆ticamente incorrecto, que expresa mejor que otros ejemplos la categor铆a del texto de Mauro Corona. Una se帽ora, de seguro una dama urbanita, hija de porter铆a y teleserial, ya olvidados, que se acerca al taller del 煤ltimo ebanista del pueblo y le dice extasiada: 鈥淥h, qu茅 bonito, qu茅 r煤stico鈥. Y como cronista eficaz que es el autor, se detiene en ese momento, cuando el carpintero hace parar el torno y mira retador a la dama insomne, insuperable, melanc贸lica: 鈥淥iga, se帽ora, 驴su co帽o es r煤stico?鈥.
Leer Fantasmas de piedra nos hace orgullosos sin vanidad y aprendices de lo que siempre estaba detr谩s de la puerta y nunca nos atrevimos a preguntar, entre otras cosas, porque nos hubieran forrado a hostias. No podr谩 incluirse en los planes de estudio; los padres denunciar铆an al profesor que osara incluirlo en sus clases. Demasiado verdadero, troppo vero, como la leyenda del Papa venal y el retratista fidedigno. Pero fue el mundo de ayer, hoy extinto, el que impregn贸 nuestra infancia y la adolescencia de tantos. Cuando el a帽o se divid铆a en estaciones y no eran lo mismo el oto帽o que el invierno y exist铆an las primaveras. Los veranos, la verdad sea dicha, nunca se diferenciaron mucho.
鈥淗istorias de un microcosmos desaparecido鈥, como afirma Corona, tal vez, pero sobre todo esa conciencia de que 鈥渄espu茅s de los 50 el tiempo echa a correr, acelera鈥 y uno se queda sesteando en la idea de si de verdad fue as铆 o acabaremos todos cayendo en la superstici贸n de que nunca existi贸. Decir que yo conoc铆 el candil antes de que llegara la corriente de 125 voltios, y que el mundo rural de las clases pudientes se asemejaba m谩s al siglo XIX que a los mediados del XX en que se aseguraba que viv铆amos. 鈥淎 principios de los a帽os 60 todav铆a se estaba en la Edad Media鈥. 驴Qu茅 abuelo se lo dir铆a hoy a su nieto? Tendr铆a que empezar explic谩ndole esa convenci贸n cultural que da en llamarse 鈥渆dad media鈥.
Fantasmas de piedra es como un gran fresco, pintado en ocasiones con rabia y otras con pincel de manierista, popular hasta las cachas, noble en su elegancia, todo 茅l sustancia, como los caldos de tu茅tano. 鈥淪in nadie que encienda el fuego, las casas se derrumban鈥. Valga como met谩fora de la conciencia de una 茅poca; porque no se trata de le帽a, ni de carb贸n, ni de chimeneas o cocinas de hierro, apela a otra cosa. 鈥淓ncender el fuego鈥 es ese sentimiento de pertenencia a un mundo que a煤n no habr谩 muerto del todo mientras haya quien lo escriba y quien lo lea. Que no tiene nada que ver ni con la tradici贸n ni con la identidad, ni con las zarandajas que se inventaron los que liquidaron las aldeas y los aldeanos, antes de que empezaran a meterlos en los museos. Quiz谩 la 煤nica diferencia entre la literatura y 鈥渓os ni帽os que vienen de Par铆s鈥 no es como creen algunos la autenticidad, ni la verdad, ni el realismo, ni siquiera el estilo. Es la fortuna, lo que no puede medirse salvo cuando ha sucedido y resulta un libro precioso.
Fraga cara al sol, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias (22-01-2012)
El ojo del tigre
Manuel Fraga Iribarne ha sido uno de los pocos pol铆ticos del franquismo que sobrevivieron a la rehabilitaci贸n (驴democr谩tica?) del cl谩sico escolasticismo franquista, cuando esta peculiar cultura sociopol铆tica mistificada 鈥搚, luego, mitificada- con los dogmas cat贸licos, con el castizo nacionalismo espa帽olista del siglo XV y, por contagio directo, con el fascismo mussoliniano y con el nacionalsocialismo hitleriano, que era el padre del totalitarismo de los a帽os 30 del siglo XX. Fraga, como pol铆tico, fue un distinguido prototipo de l铆der absolutamente totalitario (si le molesta, sustituya este concepto por el de autoritario鈥); era un jefe, entendiendo esta cualidad en el sentido m谩s estricto de la disciplina org谩nica de un partido rigurosamente jerarquizado desde arriba hacia abajo: el Movimiento Nacional, por ejemplo. Toda su vida activa como jerarca la ejerci贸 imbuido de una especie de orgullo aristocr谩tico que le hac铆a sentirse no solo diferente sino, tambi茅n, superior al resto. En este aspecto, cre贸 escuela.
La formaci贸n ideol贸gica de Fraga era espec铆ficamente fascista. En aquella 茅poca esa formaci贸n ideol贸gica era imprescindible para quienes quer铆an ejercer activamente la pol铆tica desde una responsabilidad org谩nica p煤blica. Luego, cada uno 鈥揺n la medida de su propia capacidad intelectual- pod铆a mezclar esa ideolog铆a b谩sica con otras ideas que fueran, indispensablemente, de 铆ndole estrictamente cat贸lica. En este sentido, Fraga fue tambi茅n un modelo pol铆tico.
Pero Fraga 鈥揷omo otros鈥 recelaba de aquellos cat贸licos que osaban coquetear con ideas afines al marxismo. Fue uno de los primeros que se puso en guardia ante ciertos encuentros que, a mediados de los 60, protagonizaron curas conciliares (Vaticano II) y obreros o pol铆ticos pol铆ticamente concienciados con ideas socialmente progresistas. Se cuenta que, en uno de aquellos t铆picos arrebatos pol铆ticos, que sol铆a protagonizar el ministro de Informaci贸n y Turismo (Fraga, claro), despu茅s de enterarse de que unos revolucionarios con sotana 鈥揷omo les llamaba a los curas seguidores del Concilio Vaticano II-, se hab铆an manifestado contra los dictados del r茅gimen o, m谩s bien, conspirado contra el sistema, dijo, atropellando como siempre sus propias palabras: Esto no suceder铆a si no tuvi茅ramos a un cardenal chocho dirigiendo la iglesia. El cardenal chocho 鈥搒eg煤n 茅l- era el Papa Pablo VI.
Negarle a este apasionado personaje pol铆tico del franquismo su capacidad para el ejercicio de la inteligencia 鈥搒imultane谩ndolo con su facilidad para la bronca pol铆tica鈥 ser铆a una estupidez. Fraga fue intelectualmente un personaje brillante. Su cabeza 鈥搈谩s que un estuche para guardar al Estado en 茅l, como dec铆a adul谩ndole Felipe Gonz谩lez鈥 era la cabeza t铆pica de un tenaz opositor a ocupar cargos p煤blicos en la alta burocracia estatal. Fue un empoll贸n mod茅lico que le rend铆a culto a la memoria, porque esta es el almac茅n del saber. Quiz谩, tambi茅n pensaba, como otros, que la sabidur铆a est谩 en los libros. Porque uno es tambi茅n lo que lee. Ahora bien, lo que lee con esp铆ritu cr铆tico.
Al ministro de Informaci贸n y Turismo (o sea, mas brevemente, de Propaganda) la condici贸n jer谩rquica que ostentaba le superaba su natural condici贸n intelectual. Fraga fue un estricto franquista inasequible al desaliento. Incluso, cuando el r茅gimen de aquel general camale贸nico empez贸 a refugiarse en la m铆stica tecnocr谩tica de Opus Dei. Pero Fraga no quiso ser jam谩s un dem贸crata inorg谩nico, era integralmente fascista. Por convencimiento ideol贸gico. Su postrero liberalismo democr谩tico fue solo una cuesti贸n de circunstancias dif铆cilmente evitables. Cuando se convenci贸 de que para seguir viviendo, en el sentido pol铆tico, despu茅s de haberse agotado el 煤ltimo bal贸n de ox铆geno (ideol贸gico) del Movimiento Nacional, acerc贸 su nariz a la, todav铆a, suave brisa de la democracia de las libertades, que empezaba a soplar, y se hizo dem贸crata pero con condiciones. La primera que nadie le impidiera ser uno de sus jerarcas. Veamos: muerto Franco, -pero sin haberse acabado la rabia鈥-, y siendo Fraga vicepresidente del gobierno de Arias Navarro, y a la vez ministro de la Gobernaci贸n, un destacado personaje de aquella izquierda moderada, que ya se hab铆a acostumbrado a moverse fuera de las sombras, mantuvo una conversaci贸n telef贸nica con Fraga solicit谩ndole entrevistarse para acordar con 茅l los ritmos pol铆ticos para el restablecimiento de la nueva democracia. Con su habitual iracundia, tronando, Fraga le dijo al otro lado del hilo telef贸nico: 隆Mire usted, soy yo quien decide los ritmos de la democracia!. Y le colg贸 el tel茅fono.
Era un dem贸crata muy suyo. Se pon铆a de rodillas cuando se miraba en un espejo. Hasta aqu铆 este breve apunte para un an谩lisis del padrino de la Ley de Prensa de 1966; un suced谩neo de ley para la libertad de expresi贸n. Ahora bien, hay otro an谩lisis de su imagen en la sombra del poder, que dar铆a como resultado un personaje sombr铆o. Como ejemplo bastar铆a con recordar tres casos muy concretos: la voladura del edificio social del diario Madrid, las duras represiones a los manifestantes en las calles y la muerte de Grimau.
Lorenzo Cordero. Periodista.
Manuel Fraga o la enso帽aci贸n canovista, de Santos Juli谩 en El Pa铆s
“Solo hay una Espa帽a verdadera y la otra es la yedra, par谩sito que crece sobre la encina”, escribi贸 hace 60 a帽os Manuel Fraga, joven y brillante catedr谩tico de Derecho Pol铆tico, apropi谩ndose una met谩fora de Ramiro de Maeztu, muy socorrida en tiempos de la Rep煤blica. Esa Espa帽a 煤nica y verdadera no hab铆a deca铆do sino que fue “derrotada por una conjuraci贸n europea capitaneada por Francia e Inglaterra y sa帽udamente pateada en el suelo de su vencimiento”. Derrotada, s铆, y hasta pateada, pero ah铆 estaba ella otra vez, gran naci贸n, en el mundo de hoy, escribir谩 el mismo Fraga, catedr谩tico ahora de Teor铆a del Estado; una “Espa帽a sin problema”, apropi谩ndose para la ocasi贸n de un pensamiento de Rafael Calvo Serer.
Eran los a帽os cincuenta y Manuel Fraga se contaba entre los “cerebros m谩s importantes” del Movimiento Nacional, protagonista de una carrera mete贸rica que desde la primera c谩tedra, conquistada a la temprana edad de 26 a帽os, lo llev贸 por el Instituto de Cultura Hisp谩nica, el Ministerio de Educaci贸n Nacional, el Instituto de Estudios Pol铆ticos y la Delegaci贸n Nacional de Asociaciones hasta la titularidad del Ministerio de Informaci贸n y Turismo, al que fue llamado en 1962. Para entonces se hab铆a convertido ya en una “personalidad del r茅gimen”, o sea, alguien con recursos intelectuales y pol铆ticos m谩s que sobrados para desempe帽ar un papel de primera fila, quiz谩 la mism铆sima presidencia del Gobierno, en la definitiva institucionalizaci贸n que garantizara su permanencia m谩s all谩 de la vida de su fundador.
Para conservar hay que reformar, y 煤nicamente se reforma aquello en lo que se cree, dec铆a Fraga, cuando el r茅gimen al que hab铆a entregado todas sus energ铆as entr贸 en un incierto proceso de transici贸n hacia no se sab铆a d贸nde. 脡l, por su parte, cre铆a y estaba dispuesto a dar su vida para conservarlo procediendo a las inevitables reformas. Fue en ese momento cuando, desde el Maeztu de juventud con su 煤nica Espa帽a, y el Calvo Serer de su primera madurez con su Espa帽a sin problema, dio un salto hacia atr谩s, hasta encontrarse con C谩novas del Castillo, art铆fice un siglo antes de la restauraci贸n de la monarqu铆a borb贸nica.
La historia, y el eclipse final de sus adversarios en las luchas por el poder de los a帽os sesenta, le hab铆an situado en una posici贸n privilegiada: liderar, desde la Vicepresidencia segunda del primer Gobierno de la Monarqu铆a, “una sabia y prudente dictadura al servicio del establecimiento de un r茅gimen liberal”, como atribuy贸 a C谩novas en una sonada conferencia. Creyente a pies juntillas en aquello que se llam贸 franquismo sociol贸gico y convencido de que el r茅gimen al que hab铆a servido era reformable desde dentro, anduvo a la b煤squeda de su Sagasta -y… 驴por qu茅 no Felipe Gonz谩lez?- hasta que las gentes de su propio bando dieron un portazo a su plan de reformas y precipitaron su ca铆da. Presumiendo ocupar el centro, la irrupci贸n de la izquierda lo desplaz贸 al lugar de donde proced铆a, la derecha de la derecha, junto a L贸pez Rod贸, Mart铆nez Esteruelas y dem谩s importantes cerebros de las variadas familias del r茅gimen.
“Pero, hombre, c贸mo te has aliado con Fraga”, pregunt贸 el Rey a Fern谩ndez de la Mora, otro cerebro, “ni en Londres le han quitado el pelo de la dehesa”. Solo el colapso de Alianza Popular, nombre de lo que pod铆a pasar por una santa alianza en defensa de la tradici贸n, empez贸 a quit谩rselo; el pelo de la dehesa, quiero decir. Porque en las Cortes finalmente Constituyentes, y tras presentar en sociedad a Santiago Carrillo, Fraga comenz贸 a actuar como un dem贸crata despu茅s de la democracia. Particip贸 activamente en la elaboraci贸n de la Constituci贸n, aunque se opuso con su probada tenacidad, por “peligros铆sima”, a la introducci贸n de “nacionalidades” en el texto constitucional; y contempl贸 sin melancol铆a la defecci贸n de sus aliados, que le permiti贸 a 茅l, en una nueva coalici贸n con antiguos compa帽eros de Gobierno como Osorio y Areilza, desplazarse hacia el centro.
El naufragio de Uni贸n del Centro Democr谩tico hizo el resto. Sin verdaderos enemigos a su derecha, Fraga procedi贸 a fabricar el 煤ltimo invento de su larga vida pol铆tica por ver si pod铆a quedarse con todo el centro. Lo bautiz贸 como “mayor铆a natural”, que ven铆a a cumplir en su estrategia la funci贸n antes asignada al “franquismo sociol贸gico”. Solo que esa mayor铆a, por avatares de la historia, ceguera de advenedizos y astucia de sus adversarios, se redujo de pronto a “la oposici贸n”, con un infranqueable techo electoral situado en las alturas del 25%. No m谩s, tampoco menos, insuficiente en todo caso para afirmarse como alternativa del poder socialista que, por su parte, lo trat贸 con toda clase de miramientos. El Estado le cab铆a en la cabeza, dijo de 茅l famosamente Felipe Gonz谩lez, que al final result贸 ser el aut茅ntico C谩novas, dejando para Manuel Fraga el dudoso honor de eterno aspirante a Sagasta.
Museo feliz. Museo infeliz, de Ricard Vinyes en P煤blico
En 1993, Bill Clinton, reci茅n nombrado presidente de EEUU, inauguraba en Washington el United States Holocaust Memorial Museum. Los impulsores m谩s visibles de la instituci贸n hab铆an sido Elie Wiesel y el presidente Carter. En la declaraci贸n fundacional, redactada por Wiesel, se insist铆a en que ten铆a que ser un museo 鈥渧iviente鈥, que explicara c贸mo el Holocausto hab铆a sido posible y lo vinculara a los genocidios contempor谩neos porque, afirmaba el texto del acta: 鈥淯n Memorial insensible al futuro, violar铆a la memoria del pasado鈥. El Holocausto deb铆a iluminar.
En su informe al presidente Carter, Wiesel estableci贸 que, si bien todos los jud铆os hab铆an sido v铆ctimas, no todas las v铆ctimas hab铆an sido jud铆as. As铆, los discapacitados f铆sicos y mentales, los gitanos, testigos de Jehov谩, homosexuales o disidentes pol铆ticos tienen su sitio en el Memorial, si bien con una presencia dispar.
Durante los primeros a帽os de su creaci贸n se trat贸 si deb铆a ser un museo narrativo o un museo basado en la colecci贸n, y si la presentaci贸n deb铆a basarse en la historia o en los objetos. Este dilema fue superado por la pr谩ctica museal convencional, y as铆 los objetos han acabado siendo el centro de una narraci贸n historicista que sobrevive gracias a la impresionante potencia de los medios y a unos espectaculares recursos museogr谩ficos que desbordan al visitante.
En cualquier caso, la exposici贸n se construy贸 con un cometido: insistir en la identidad espec铆fica, en la singularidad, de las v铆ctimas. Esta actitud permite explicar el n煤cleo universal de toda pol铆tica represiva o de genocidio: la desposesi贸n integral 鈥揹e humanidad, de nombre, de identidad, de bienes鈥 y contar el c贸mo y el porqu茅 casi siempre se procede de este modo. La impresionante Torre de los Rostros 鈥搃cono del museo鈥 tiene esta misi贸n. Una inmensa estructura que expone 1.200 retratos familiares de las personas que viv铆an en una peque帽a localidad polaca y que fueron aniquiladas en 48 horas. Son retratos que festejan acontecimientos corrientes: una merienda, un grupo de amigos, una boda, una fiesta popular, muchachos corriendo en motocicletas, grupos de vecinos鈥 Al cruzar la Torre, el visitante se encuentra con la narraci贸n documentada de lo que sucedi贸 en aquel pueblo con la entrada de las tropas hitlerianas.
De hecho, la elecci贸n del Memorial es atestiguar la comisi贸n de un crimen contra la humanidad, mostrar c贸mo se organiz贸 y presentar las pruebas para que nunca jam谩s se baje la guardia. Por esta raz贸n el gui贸n de la exposici贸n son los m茅todos y los efectos de un genocidio moderno, y resume su objetivo en la divisa esculpida en granito a la entrada del edificio: 鈥淧or los muertos y por los vivos, nosotros debemos ser testigos鈥. No hay duda de que el acierto del museo consiste en algo que aunque parezca simple no todos los museos y memoriales tienen: saber qu茅 es lo que se quiere realmente explicar.
En el panorama museogr谩fico norteamericano, una de las singularidades del Museo del Holocausto es su titularidad p煤blica, cuando la tradici贸n estadounidense es la contraria en este tipo de equipamientos. Por otro lado, la inversi贸n econ贸mica inicial fue enorme no s贸lo en el edificio 鈥搗erdaderamente emblem谩tico y en s铆 mismo un monumento鈥, sino en las expediciones que los conservadores del museo realizaron a Europa para adquirir diversos objetos y formar la colecci贸n a golpe de talonario; as铆 obtuvieron montones de zapatos, cabellos, atuendos, retratos, documentos鈥 Es el ejemplo de una actuaci贸n que arranca exclusivamente de una decisi贸n moral de la Presidencia del Estado, sin que haya ninguna presi贸n social para llevarla adelante, sin ning煤n conflicto.
Por este motivo, la historia y vida del Memorial del Holocausto es un trayecto 鈥渇eliz鈥. Se ocupa de un tema que no levantaba ning煤n tipo de tensi贸n social o pol铆tica en Estados Unidos, a diferencia de lo que ocurri贸 en Europa. Y a diferencia tambi茅n de las tensiones generadas en otros museos norteamericanos sobre temas tan delicados como la segregaci贸n racial, la inmigraci贸n, la masacre de My Lai, la Guerra Fr铆a o el conflicto espectacular generado en la exposici贸n temporal sobre el Enola Gay, el avi贸n que lanz贸 la bomba at贸mica sobre la ciudad de Hiroshima, depositado en el Museo Nacional del Aire y del Espacio 鈥搎ue pertenece a la Smithsonian Institution鈥 y que all铆 yace, sin apenas informaci贸n sobre la efem茅ride y sus consecuencias.
Precisamente un visitante de la Smithsonian, tras recorrer una exposici贸n sobre la integraci贸n de los inmigrantes y los afroamericanos, escribi贸 al director de uno de los museos que gestiona la instituci贸n: 鈥淒istinguido historiador: 驴qu茅 ha pasado en la Smithsonian? 驴Qu茅 se ha hecho de la historia que yo he aprendido y amado? Comprendo que deba analizarse la diversidad; pero, y de m铆, 驴qu茅 se dice? La Smithsonian acostumbraba a celebrar Am茅rica, la potencia americana, las conquistas americanas; ahora parece concentrarse 煤nicamente en las cosas negativas. Esta no es la Am茅rica que yo recuerdo鈥. Al final de la carta, el visitante ped铆a que todos los historiadores como aquel fueran despedidos de la Smithsonian. Cabe preguntarse por qu茅 el Holocausto hoy apenas genera pol茅mica (a pesar del reducto negacionista), mientras que otros desastres son obviados, o incluso mirados con desagrado, a pesar de acarrear numerosas v铆ctimas. Tal vez el Holocausto se ha convertido ya en un icono medi谩tico m谩s; y si es as铆, aquel deseo inaugural de que fuera 鈥渦na lecci贸n para los genocidios contempor谩neos鈥, a pesar de los pesares, parece que ha resultado in煤til.
Ricard Vinyes. Historiador.
Las peque帽as tierras del fr铆o, de Ricard Vinyes en P煤blico
Orilladas en el mar B谩ltico existen tierras que son pa铆ses con historias densas y memorias tan conflictivas como las de cualquier otra naci贸n, aunque apenas aparecen en los textos, o en los congresos y seminarios donde se habla de los procesos sociales relativos a la construcci贸n de memorias p煤blicas. Sin embargo, los pa铆ses b谩lticos tomaron en su d铆a el reto de contar y evocar las d茅cadas de ocupaci贸n y dictadura.
Tras su declaraci贸n unilateral de soberan铆a en 1990, Lituania tard贸 apenas tres a帽os en inaugurar en Riga el Museo de la Ocupaci贸n, una respuesta improvisada a la apelaci贸n civil que generan siempre los procesos de transici贸n democr谩tica. Cuatro a帽os m谩s tarde una profunda remodelaci贸n consolid贸 la instituci贸n, defini贸 las formas expositivas y tom贸 la decisi贸n de establecerlo como museo disciplinar, de historia contempor谩nea de la naci贸n, y con una cronolog铆a ce帽ida a lo que su nombre exig铆a, la ocupaci贸n alemana y sovi茅tica, pero con poca referencia a los procesos de resistencia y su evoluci贸n. Una opci贸n tem谩tica que permite interrogarse de nuevo sobre una cuesti贸n que ya es un cl谩sico: 驴qu茅 memoria se quiere, la del trauma o la de la construcci贸n democr谩tica? Aunque la opci贸n por una u otra evocaci贸n nunca es inocente, puesto que un museo siempre es un espacio de poder con independencia de lo que hable, sea pintura, labranza, historia o atuendos.
El museo del que hablo informa sobre el pa铆s y las dos ocupaciones, la alemana y la rusa, y distingue entre ellas como distinguimos entre los dos brazos de un cuerpo. Recuerda a quienes sufrieron y murieron bajo el terror de aquellos reg铆menes, y exhibe su relato con una museograf铆a sin imaginaci贸n ni conocimiento de las estructuras museogr谩ficas modernas, ya que el museo no es m谩s que una sucesi贸n de paneles compactos y de objetos. El 75% de la financiaci贸n del museo procede, principalmente, de tres entidades privadas: la American Latvian Association, la World Federation of Free Latvians y la Latvian Relief Organization Daugarus Vanopi, que, junto con otras organizaciones privadas menores, constituidas por letones instalados fuera del pa铆s, especialmente en Estados Unidos, controlan el peso de las decisiones. El Estado let贸n, por su parte, garantiza la financiaci贸n de las exposiciones temporales del museo y alg煤n programa educativo.
M谩s reciente es el Museo de la Ocupaci贸n y de la Lucha por la Libertad, inaugurado en julio de 2003 en Tallin. Tambi茅n su financiaci贸n est谩 repartida entre el Estado y varias entidades de emigrantes instaladas en Estados Unidos, que han invertido importantes recursos en el moderno edificio y en un despliegue de proyectos educativos que superan con creces al resto de los pa铆ses b谩lticos. Propone una museograf铆a m谩s moderna y con m谩s capacidad comunicativa que el de Riga o de la vecina ciudad de Vilna, aunque coinciden en lo que cuentan. En el Museo de Tallin todos los recursos simb贸licos utilizados 鈥揹ecisivos en las estrategias de comunicaci贸n de cualquier museo鈥 est谩n orientados a identificar nazismo y comunismo, sin matiz, hasta el punto de haber generado importantes pol茅micas en el interior del pa铆s.
La presencia de la ayuda norteamericana durante los a帽os de ocupaci贸n sovi茅tica tiene un 茅nfasis extraordinario tanto en la exposici贸n permanente como en la imagen promocional del museo. Su primera exposici贸n temporal, inaugurada el 14 de marzo de 2004, fue una muestra-homenaje a las emisoras Voice of America y Radio Free Europe, financiadas por la Embajada de Estados Unidos en Estonia, emisoras que ciertamente ayudaron a la resistencia a la dictadura, aunque s贸lo a un tipo de resistentes.
Pero el caso m谩s emblem谩tico es el del Museo de la Ocupaci贸n y de las V铆ctimas del Genocidio de Vilna. Inaugurado en 1997 e instalado en un importante lugar de memoria para los lituanos 鈥搖n bien restaurado palacio que alberg贸 a los servicios de inteligencia sovi茅ticos鈥 la museograf铆a utilizada es simplemente rancia, sin ning煤n esfuerzo innovador, pero contundente en su narrativa, que al tratar de la ocupaci贸n, ni siquiera hace referencia al periodo nazi, sino que identifica la ocupaci贸n exclusivamente con la invasi贸n y permanencia sovi茅tica, probablemente porque la guerrilla que luch贸 contra los nazis entre 1941 y 1945, estaba fundamentalmente compuesta por comunistas aut贸ctonos, que desde 1945 fueron vigorosamente represaliados por los sovi茅ticos, puesto que los comunistas lituanos constituyeron el m谩s importante n煤cleo pol铆tico de oposici贸n a la ocupaci贸n rusa. Al ignorar el periodo de ocupaci贸n alemana, el museo tambi茅n ignora la deportaci贸n de los jud铆os lituanos a los campos de concentraci贸n, y desde luego las operaciones de la Divisi贸n Azul espa帽ola que, entre 1942 y 1944, estableci贸 su cuartel general y sus acciones de apoyo al ej茅rcito hitleriano en Vilna.
Los museos de esas hermosas tierras fr铆as ilustran maravillosamente bien la diferencia que sobre el comunismo sovi茅tico existe entre las sociedades del oriente y occidente europeos. Mientras que en occidente es entendido y valorado como el fracaso de una utop铆a construida con dificultad durante siglos en el transcurso de las luchas democr谩ticas e igualitarias, para los ciudadanos del oriente europeo es algo bien distinto a un fracaso, es una expresi贸n m谩s de la naturaleza del totalitarismo, un rostro m谩s; de ah铆 las equiparaciones entre comunismo y nazismo que exhiben los museos de nuestra Europa m谩s oriental, aunque esa equiparaci贸n les obligue a ocultar o a falsificar.
Ricard Vinyes. Historiador.
Esa memoria que gotea, de Luis Arias Arg眉elles-Meres en La Nueva Espa帽a
A prop贸sito de un libro in茅dito de Jos茅 Moreno Villa
芦Desencajado y roto voy, miserable carrito, / al paso del asno de la melancol铆a, / por una cuesta sin v茅rtice, / devorando las hojas del calendario vivido禄. (Jos茅 Moreno Villa)
Bendita memoria, cuyo goteo es todo un b谩lsamo frente a la sordidez de una actualidad que no se prodiga a la hora de darnos alegr铆as. En efecto, bendita memoria, que se va haciendo sitio con discreci贸n y elegancia, sabedora de que aquello que nos trae no es ef铆mero. Bendita memoria, que esta vez nos regala, nada m谩s y nada menos, que la memoria de un poeta en el Madrid de la guerra civil. El poeta es Jos茅 Moreno Villa, al que Ortega en su momento elogi贸 en exceso, al que Juan Ram贸n puso en su sitio, sin considerarlo tanto como el fil贸sofo.
Pero en este caso no se trata de un poemario de Moreno Villa, sino de su 芦Memoria禄. Cuando deja Madrid camino de Valencia, apenas lleva nada consigo, siguiendo la pauta de Machado, pero s铆 el manuscrito de un diario al que llam贸 芦Notas desde el Madrid sitiado禄. Pues, bien, esas 700 p谩ginas ser谩n publicadas en los pr贸ximos d铆as, con un t铆tulo muy escueto, 芦Memoria禄. La edici贸n corre a cargo de Juan P茅rez de Ayala, cuyo apellido tanto tiene que ver con Asturias y con la Rep煤blica. Desde luego, los de entonces ya no son los mismos, pero no pueden no parecerse.
No deja de ser llamativo el t铆tulo del libro, 芦Memoria禄, la que atesora y consigna un poeta al que apenas nadie recuerda, que no ocupa demasiado espacio en los manuales de la historia literaria, pero que, sin embargo, fue testigo de lo mejor de un tiempo y un pa铆s, de la segunda Edad de Oro de nuestras letras, tal como reivindic贸 repetidas veces Juan Marichal.
Moreno Villa cuenta sus vivencias desde una atalaya muy especial, tanto es as铆 que aquellas cuartillas las escribi贸 desde la colina de la Residencia de Estudiantes, uno de los enclaves de referencia de un momento hist贸rico en el que las letras espa帽olas estaban entre lo mejor de Europa y en el que la ciencia recuperaba con 茅xito los siglos perdidos de retraso y fanatismo.
Esa memoria que gotea, frente a las constantes invectivas contra una Rep煤blica a la que, de un lado, se sigue pretendiendo sepultar, y que, a pesar de todo, no deja de enviar testimonios de sus ep铆tomes m谩s ilustres que dan cuenta precisamente de lo irrepetible de un momento hist贸rico en el que se proclam贸 el 煤nico Estado no lampedusiano de nuestra historia contempor谩nea.
Esa memoria que gotea, en este caso, la de un poeta dif铆cilmente clasificable generacionalmente, nacido en 1887, es decir, cuatro a帽os antes que Salinas, al que los historiadores de la literatura consideran el escritor m谩s viejo de la mal llamada Generaci贸n del 27. Un escritor que est谩, como nuestro Fernando Vela, entre las generaciones del 14 y la del 27, un poeta cuya obra se mueve entre dos mundos, y, as铆 las cosas, su nexo de uni贸n no es nada f谩cil de establecer.
Pero, en todo caso, lo que aqu铆 nos trae no es la obra po茅tica de Moreno Villa, sino sus memorias, su diario, g茅nero que con tanto 茅xito se cultiv贸 en una 茅poca en la que la obra de Amiel estaba tan omnipresente entre los grandes literatos.
Lo m谩s pertinente, a la hora de hablar de este libro, ser铆a incluirlo en aquello que, con tanto 茅xito y precisi贸n, denomin贸 Pedro Salinas como 芦poes铆a de las ideas禄.
Esa memoria que gotea. El libro del que venimos hablando no har谩 que Moreno Villa se convierta en un escritor conocido. No estar谩 entre los t铆tulos m谩s vendidos, ni siquiera entre los m谩s rese帽ados. Sin embargo, se trata de todo un acontecimiento cultural, de un regalo a la justicia po茅tica, de una prueba irrefutable de que la llamada Edad de Plata o, tambi茅n, segunda Edad de Oro de nuestras letras sigue viva no s贸lo por la calidad que atesoran las grandes obras que entonces se escribieron, sino tambi茅n porque se siguen recuperando autores y libros que ayudan a completar un panorama inagotable.
La memoria, po茅tica, de un escritor olvidado. La memoria de un testigo privilegiado de la vida literaria y art铆stica de una Espa帽a que asombraba al mundo. La memoria que viaj贸 en una maleta en la que ten铆a cabida el relato de la guerra y del exilio.
Una memoria que no se apaga, cuyas p谩ginas jam谩s se acartonan, una memoria que destila lo mejor y que se prodiga en peque帽as dosis, goteando.
Jos茅 Moreno Villa, tutor en la Residencia de Estudiantes, poeta, literato, retratista y testigo de cargo de una Espa帽a peregrina que nunca pudo ser expulsada de aquellas borgianas bibliotecas de los sue帽os donde habita la mejor literatura, que se resiste, con sigilo, al olvido.
鈥楲a Risiera鈥 (y nuestras ruinas), de Ricard Vinyes en P煤blico
En la noche del 29 al 30 de abril de 1945, el ruido y la luz de una detonaci贸n advirtieron a los ciudadanos de Trieste de que algo suced铆a en la periferia urbana de la ciudad, donde se alzaban borbotones de humo negro y resplandor de llamas.
Hab铆a sido una jornada complicada para todos. En Alemania, Eva Braun y Adolf Hitler se hab铆an quitado la vida. Un par de d铆as antes, Mussolini y su amante, Clara Petacci, tras ser detenidos en las cercan铆as del Lago di Como, eran fusilados y sus restos colgados por los pies en una gasolinera. Por la ma帽ana, el Comit茅 de Liberaci贸n Nacional (CLN) hab铆a dado la orden de insurrecci贸n general, por lo que la resistencia, all铆 donde estaba organizada y pod铆a, sali贸 a las plazas y calles del pa铆s, irrumpi贸 en las carreteras y abandon贸 los montes para hostigar a las tropas de ocupaci贸n en retirada y capturar o liquidar a los fascistas todav铆a leales a la 鈥淩ep煤blica de Sal貌鈥, un Estado fascista puro desarticulado el d铆a anterior, y que desde su fundaci贸n en septiembre de 1943 no hab铆a sido m谩s que una suerte de protectorado alem谩n 鈥揺stablecido en Lombard铆a, y con su capital diseminada en Sal貌, Mil谩n, Gargnano, Mantua y Verona鈥 para que los ocupantes pudieran controlar mejor el norte y la regi贸n de Venezia-Giulia. En aquel 30 de abril ten铆a lugar la 煤ltima y verdadera batalla entre partisanos y tropas alemanas en Monte Casale, cerca de Mantua. En Trieste, siguiendo el llamamiento insurreccional del CLN, los partisanos se lanzaron a liberar el centro urbano, mientras que los partisanos comunistas que no estaban integrados en el CLN, sino en el ej茅rcito yugoslavo atacaban el altiplano para garantizar la protecci贸n de la ciudad durante su liberaci贸n. Al anochecer, pr谩cticamente todo el centro de Trieste hab铆a sido liberado. La ma帽ana siguiente avanzaron hacia la periferia urbana, y entonces supieron a qu茅 se deb铆an la explosi贸n, las llamas y el humo 鈥揷on el que, por otra parte, se hab铆an familiarizado desde hac铆a un a帽o, aproximadamente鈥. Los alemanes hab铆an evacuado La Risiera ubicada en el barrio de San Sabba, se hab铆an llevado parte de los prisioneros y hab铆an dinamitado el horno crematorio instalado all铆 en 1944. Se trataba de no dejar rastro de los cr铆menes cometidos durante la ocupaci贸n, pero antes hab铆an incinerado, junto a carbones de restos humanos, toda la documentaci贸n relativa a la gesti贸n burocr谩tica del lugar, destruyendo con esta acci贸n las pruebas materiales sobre el 煤nico horno crematorio existente en la Europa meridional: el de La Risiera.
El gran complejo de edificios de La Risiera, una antigua arrocera destinada al descascarillado y a otros tratamientos del arroz (riso en italiano) construida en 1904 en el barrio suburbano de San Sabba, se convirti贸 en el primer campo de encarcelamiento provisional para militares italianos capturados despu茅s del armisticio del 8 de septiembre de 1943, y a finales de a帽o se estructur贸 como campo de detenci贸n destinado tanto a la clasificaci贸n de los deportados a Alemania y Polonia (adem谩s de dep贸sito de bienes saqueados), como a la detenci贸n y eliminaci贸n de rehenes, partisanos, dirigentes pol铆ticos y jud铆os. Con esta finalidad, se instal贸 un horno crematorio en el secadero de la f谩brica, mientras que el 谩rea para detenidos se acondicion贸 en el interior de un segundo patio del complejo industrial. Ambos fueron dinamitados por los nazis en aquella noche. Entre los cascotes se recuperaron huesos y cenizas humanas recogidas en sacos de papel y que ten铆an que haber sido arrojados al mar. Las prisas lo impidieron.
A pesar del atentado, y la completa destrucci贸n del horno y su chimenea, La Risiera mantuvo casi invariable su estructura original 鈥揳 diferencia de los campos de Ferramonti y Fossoli鈥 y por ello constituye un documento importante para la historia de la guerra y la ocupaci贸n de Italia.
A帽os despu茅s, algunos incendios, el abandono, dejaron La Risiera en estado de semiruina. La insistencia de las asociaciones de antiguos partisanos facilit贸 que en 1965 el presidente de la Rep煤blica, Giuseppe Saragat, declarase La Risiera monumento nacional, y que de inmediato el Ayuntamiento de Trieste convocase un concurso para transformar el conjunto fabril en museo memorial. Fue as铆 como el arquitecto Romano Boico materializ贸 su complejo y brillante proyecto arquitect贸nico que convirti贸 aquel espacio triste, ruinoso, perif茅rico, en un lugar que documentaba y evocaba. No a帽adi贸 nada. Tan s贸lo cort贸 y restituy贸. Elimin贸 los edificios en ruina, perimetr贸 el contexto espacial con muros de hormig贸n que se alzaban once metros, articulados de tal forma que constituyen un acceso inquietante en el mismo sitio donde se hallaba la entrada; enrej贸 el patio para identificarlo, seg煤n escribi贸 en su proyecto, con 鈥渦na bas铆lica laica a cielo abierto鈥. Decidi贸 que las salas que acog铆an a los prisioneros estuvieran completamente vac铆as y que las estructuras de madera fuesen descarnadas; en el edificio central ubic贸 una exposici贸n concisa, compuesta por las sensaciones e im谩genes que sugieren los espacios vac铆os, las narraciones, los documentos. La Risiera, establecida ya como patrimonio de la Rep煤blica, se inauguraba en 1975, treinta a帽os despu茅s del intento de aniquilaci贸n.
Anteayer vi im谩genes de los restos ruinosos de la prisi贸n de Carabanchel, y la cabeza se me fue a La Risiera; y me acord茅 tambi茅n, por esas extra帽as conexiones que a su aire establece la memoria, de la orden de destrucci贸n de los archivos del Movimiento y de Falange que dict贸 Mart铆n Villa, siendo ministro de Gobernaci贸n del 煤ltimo gabinete de la dictadura presidido por Adolfo Su谩rez. Corr铆a 1977. Nuestras ruinas no son m谩s que ruinas.
Ricard Vinyes. Historiador.
