Reggio’s

Periodismo de opinión en Reggio’s

Archive for the ‘Religión’ Category

La Pascua, pasado y futuro, de Felipe Fernández-Armesto en El Mundo

without comments

TRIBUNA: TRADICIONES

«Lo siento señor, pero el jefe es un ignorante y un sinvergüenza». El camarero, por lo visto, no sabía inspirar en el cliente confianza en la calidad de la cocina de su establecimiento, pero parecía un tipo honrado, de esos estólidos de edad madura que se encuentran desilusionados por ejercer un trabajo modesto en un hotel de las afueras de Oxford, en el frío y húmedo campo inglés, en lugar de haber ascendido a maître, o por lo menos a sommelier, en un gran restaurante de la metrópolis. El cliente le había preguntado por qué, tratándose del almuerzo del domingo de Pascua, no había cordero en el menú.Por supuesto, hay que celebrar la resurrección del cordero de Dios con un buen asado.

No sabemos a ciencia cierta cuál fue el menú de la última cena de nuestro señor. Solamente en el Evangelio de San Juan se dice textualmente que se tomó pan, vino y pescado en la cena que Jesús ofreció a los apóstoles antes de ascender al cielo. Pero no cabe duda de que en la noche del Jueves Santo -la Pascua de los judíos- hubo cordero asado entre los platos, y supongo que el bocado especial que Cristo dio a Judas como último obsequio fue un trozo de pan mojado en el jugo. La ley judía exigía el consumo de cordero o cabrito, blanco y sin mancha, para la comida pascual. Toda la imaginería del sacrificio de Cristo, como cordero divino, nos convence de que esa noche se seleccionó el cordero, aunque en tiempos de Jesús no se observaran todos los detalles de la ley antigua. Por ejemplo, el comensal se reclinaba sobre la mesa, en lugar de mantenerse de pie, y se comía con detenimiento a pesar del mandamiento mosaico: «Tomadlo rápidamente por ser la Pascua del Señor».

En el retablo mayor de la cartuja de Miraflores de Burgos -obra magistral de Gil de Siloe de en torno a 1480-, una de las escenas principales, vívidamente grabada, es de la última cena. Cristo y los discípulos contemplan un hermoso cordero asado en un típico horno untado, orgullo gastronómico de aquella ciudad coronada entre los pastos de la meseta castellana. El chiste es bueno, porque a los cartujos no se les permite carne. Así que todos los días, ante el altar, los monjes sufrían la penitencia angustiosa y los retortijones tentadores, salivando ante la imagen realista de un sabroso bocado dorado, con su pelo crujiente. Efectivamente, un domingo de Pascua sin cordero en el menú es obra de un cocinero ignorante, que no digo sinvergüenza.

La Iglesia católica, con su astucia habitual, unió las tradiciones judía y pagana. Así que, tras un periodo de ayuno, tiene lugar el sacrificio de nuestro gran inocente en conmemoración de la resurrección de Cristo y, asimismo, como celebración de la renovación de la vida, la reaparición de todo lo verde y la abundancia de una primavera resucitada, con una fiesta golosa. Rellenamos el tabernáculo de hostias de trigo y cargamos las mesas de carne asada. El conejito de Pascua -animal fabuloso que en Estados Unidos y otros países lleva huevos pascuales a los niños- es el representante del culto antiguo pagano a la liebre mágica -el Osterhase de la antigüedad pagana alemana-.

Y -he aquí el misterio- no se queja nadie. Nuestra celebración pascual parece estar exenta de las críticas que suelen oírse en Navidad, cuando no faltan puritanos al estilo de Ebenezer Scrooge, el personaje de la conocida novela sentimental de Dickens, que solía maldecir la fiesta: «¡Vaya, paparruchas!». Luego vienen los devotos que no aguantan el hecho de que una solemnidad religiosa se haya cuajado de trivialidades seculares y consumistas. Pero lo que les ofende, en realidad, no es ninguna novedad moderna, sino los restos paganos de la antigua fiesta del solsticio invernal que la iglesia intentó suprimir sin éxito: el consumo excesivo tanto de alcohol como de comida, el intercambio de regalos y el adorno de las casas particulares con ramas verdes y pinos decorados de baratijas lustrosas, que son vestigios del antiguo culto al árbol santo. Todas estas actividades navideñas hoy en día reciben numerosas críticas de sus detractores. Pero, en cambio, a nadie se le ocurre protestar por el hecho de que nuestras Pascuas conserven toda clase de tradiciones provenientes de la celebración primaveral de origen pagano.

Ya no solemos idolatrar la Naturaleza, ni la reverenciamos con temor; al contrario, sentimos por ella piedad pensando que nuestro desarrollo industrial la hace sufrir, destruyendo entornos, exterminando especies y corrompiendo el medio ambiente. No reconocemos a dioses ni hados a los que apaciguar. Todo lo contrario: los espíritus de las selvas y los montes ya están a merced de los seres humanos. Los paganos ya no existen, o los que se califican así son locos o excéntricos o burgueses desilusionados, tocados por la manía de volver a la Naturaleza. Casi nadie, a día de hoy, tiene motivos para sostener los ritos antiguos ni celebrar el cambio de las estaciones.

Entonces, ¿porqué seguimos celebrándolas? ¿Por qué seguimos vistiendo las festividades supuestamente cristianas de disfraces paganos, celebrando Navidad como si fuera una fiesta invernal o confundiendo la conmemoración de la muerte y resurrección de Cristo con un culto a la primavera?

Para los judíos, la Pascua sigue siendo una experiencia auténticamente religiosa. Se permiten divertirse, pero ingieren sus hierbas amargas. Siguen calculando la fecha de la fiesta según las fases mutables de la luna, mientras que la celebración cristiana está vinculada al sol, y concretamente al equinoccio primaveral. Casualmente, este año la Pascua judía coincidió con el Viernes Santo, recordando el origen de la eucaristía en esa comida ritual hebrea, y demostrando el contraste con el elemento pagano en la Pascua de los cristianos.

En las Sagradas Escrituras no viene ninguna razón para no cambiar la Navidad a una época distinta del año, rompiendo el vínculo con la fiesta pagana invernal. Aunque, por supuesto, no hay posibilidad de que se realice tal reforma, por deseable que fuera. Pero existen razones tanto lógicas como textuales para alinear las Pascuas cristiana y judía. Se separaron en el Concilio de Nicea en el año 323 después de Cristo, sencillamente por el antisemitismo del emperador Constantino, que quiso que no tuviéramos nada que ver «con las costumbres detestables de los judíos».

La Pascua no es ni debe ser una ocasión para dar la bienvenida a la primavera al estilo primitivo de los paganos, sino una celebración cargada de simbolismo. Y ni siquiera en los campos aparentemente paganos de las cercanías de Oxford debería haber un cocinero tan ignorante que no ponga cordero asado en su menú del día.

Felipe Fernández-Armesto es historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame.

Written by Reggio's

Abril 10th, 2012 at 7:14 am

Siglo XXI, el siglo de la mística, de Manuel Mandianes en El Mundo

without comments

TRIBUNA: SEMANA SANTA

Estos días, pese a la pertinaz lluvia, mil imágenes del hijo de Dios recorren nuestras calles. Pero, ¿quién es Jesús para los millones de personas que en todos los rincones de España contemplan los pasos de Semana Santa desde las aceras o los portan a hombros? El mensaje posmoderno -Dios ha muerto- se traduce en que no hay fundamento último, estable, estructural, y de ello se deriva la desvalorización de todos los valores. Una realidad líquida, sin fundamento, compuesta de marcas, signos, arañazos, letras sueltas y deterioros. Un universo embriagado por la secularización, la libertad sexual y la tecnología, que rinde culto al aquí y ahora, en el que coexisten una multitud de verdades relativas y plurales. Las identidades se funden porque están fundadas sobre la moda, y abandonan progresivamente los órdenes y las tradiciones de antaño.

El sujeto, núcleo de la modernidad, suplanta a Dios, pero sin los atributos de la divinidad. Y eso crea monstruos que siembran el terror, la inquietud y el desasosiego por doquier. Lo que hace de Frankenstein un verdadero monstruo es su capacidad de crear el monstruo; puede superar a Dios y a la naturaleza. Sus deseos, sin límites y sin reglas, de inmunidad e inmortalidad le causan una ansiedad insaciable. El cine apocalíptico y de hecatombes que llena las pantallas -como si el hombre actual no extrajera de sus capacidades existenciales sino amenaza y superficialidad- es uno de sus síntomas.

¿Qué les falta y por qué personas que lo tienen todo se autodestruyen o no dudan en ir contra todas las normas por subir y tener más? Habitan un universo sin esperanza, sin justicia. Por eso quieren fundirse en lo oscuro y disfrutar del silencio cósmico, la negrura, la soledad, la paz y zafarse de éste mundo hostil mientras recriminan a Dios, ciego, sordo e indiferente, la falta de apoyo, su silencio culpable que implica la condena de los que ven su única salvación y liberación en la nada, como el blanco de El sunset Limited. Sus capacidades les llevan al exceso, a cerrarse al misterio y a no reconocer frontera alguna entre el bien y el mal. Pero el ser humano no puede vivir en un agujero sin salida.

«El siglo XXI será místico o no será», dijo Malraux, y Rahner escribió: «El cristianismo del siglo XXI será místico o no será». La mística es misteriosa y difícil de abarcar pero tiene gran impacto en nuestros contemporáneos. El impacto, entre creyentes y no creyentes, de la película Dioses y hombres es otra prueba más de la actualidad de la mística y, sobre todo, del testimonio.

«Las doctrinas difieren, sus intérpretes y administradores las declaran incompatibles pero el hombre o la mujer que tratan de aplicar los textos a la vida, que tratan de escuchar en el silencio el murmullo de lo absoluto, que traspasan su amor a lo invisible, viven experiencias semejantes, y si toman algún apunte, puede que las palabras sean más o menos, las mismas», escribió L. Gomis. No hay un relato primordial, original que lo explique todo; han desaparecido y con ellos, también, el modelo de todos ellos: la Biblia.

Teóricamente es posible la existencia de una sola Iglesia santa, católica y apostólica. Pero en la práctica llevamos siglos experimentando que eso es inviable. La revelación está dada de una vez por todas pero la interpretación, que busca y cuestiona siempre de nuevo, está inconclusa. La diversidad de opiniones no viene tanto de que unos sean más inteligentes que los otros o de que éstos tengan mejor voluntad que aquéllos a la hora de interpretar los textos, sino de que las comunidades y las personas que la reciben, dada su historicidad, se acercan a ella por caminos diversos y con criterios distintos. El diálogo exige descubrir las razones que tiene el otro para mantener su opinión.

Tal vez el objetivo final del ecumenismo sea la unidad pero el camino pueda ser el salvaguardar el respeto a la diversidad y la singularidad de cada confesión, la unicidad en la caridad no unidad en la interpretación. Las acepciones terminológicas no deberían ser un obstáculo a la hora de reconocerse herederos del Evangelio, de la misión de predicarlo a toda criatura y de sentirse hermanos sin calificativos doctrinales.

El cristianismo es una identificación con el mensaje de Cristo. La Iglesia es el vehículo de la revelación y la comunidad de los creyentes y cree que la persona debe de profesar unas cuantas verdades esenciales para confesarse cristiana, que Jesús es Dios y hombre, que nació de una mujer, murió y resucitó: «Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe», dice San Pablo, y afirma que el hombre es libre.

Mucha gente llega a Jesús y se dice cristiana confesando no tener nada que ver con ninguna institución religiosa; se acerca a él porque le fascina su persona, su generosidad, su entrega a un ideal, sin plantearse el problema de su divinidad y aun negándola. Muchos ven a Jesús no tanto como un reflejo de una estructura eterna e inmutable, sino como un acontecimiento propicio que despeja el sentido de la vida que surge allí donde se abandona la voluntad de poder y cuando el hombre deja de querer ser superhombre. Buscan el sentido de la vida, no la exactitud teológica de las fórmulas. La persona de Jesús viene a llenar el vacío de su existencia y ayuda a combatir su soledad.

La globalización e internet han debilitado el poder y la autoridad política, académica y religiosa. Esta nueva situación exige al sacerdote el estudio constante de los grandes teólogos que tratan de incrustar el Evangelio en el corazón de la nueva situación y enseñan a identificar las briznas de Dios en este mundo nuestro. La secularización, que surge de la esencia del cristianismo, puede ayudar a ver con claridad meridiana la trascendencia de Dios respecto a toda realización humana aunque este mundo deshominizado y despojado de lo numinoso parezca un mundo sin Dios y un Dios sin mundo. Es difícil descubrir el silente misterio de la cercanía absoluta de Dios pero está presente por doquier.

Manuel Mandianes es antropólogo y escritor. Autor del blog Diario nihilista.

Written by Reggio's

Abril 5th, 2012 at 7:14 am

Larga vida a la Iglesia catalana de Salvador Cardús i Ros en La Vanguardia

without comments

Mosén Pere Codina, en El Pregó del 23 de febrero, invitaba irónicamente a hablar sin miedo de “Iglesia catalana”, “aunque sea para preguntarnos… ¡si todavía existe”! Tiene toda la razón del mundo, y hace bien de proponerlo con humor, a la vista de lo que motiva su reflexión. Me refiero a la reciente respuesta de Xavier Novell, actual obispo de Solsona, a la pregunta sobre qué pensaba de la Iglesia catalana. El señor obispo, bien adiestrado, no defraudó las expectativas del periodista: “No hay ninguna Iglesia catalana; en todo caso, lo que hay es Iglesia en Catalunya”. Una respuesta calcada a la que también dio el obispo de Vic justo al ser nombrado.

Sí: es de risa de que dos jóvenes obispos “en Catalunya” –lo digo así para evitar que se sientan ofendidos si digo “catalanes” – quieran zafarse del envite de una pregunta como esta, sugiriendo su fidelidad a la Iglesia Católica Universal. Sobre todo, porque ellos saben muy bien que sí existe una Iglesia española con un perfil nacional bien definido en sus múltiples documentos, algunos de los cuales recientes. Dos obispos jóvenes, por otra parte, ejemplo del dramático retroceso de la Iglesia institucional catalana en relación a su compromiso con las esperanzas de su pueblo. Poner en duda la existencia de una Iglesia catalana conociendo su historia como gran provincia eclesiástica Tarraconense, sus grandes hombres de Iglesia, las enormes aportaciones a la cultura catalana, su contribución decisiva a la cohesión nacional en los momentos más graves de los procesos migratorios del siglo XX, incluso su compromiso con la lucha por las libertades nacionales en las épocas más oscuras de la dictadura franquista, eso sí que es hacer política, pero española. Afirmar que no queda nada de todo esto, no es tan sólo un acto de ignorancia, sino de soberbia. Y peor: es un gesto poco evangélico de resistencia al principio cristiano de arraigo –de encarnación, en términos eclesiales– al territorio de misión.

Nada extraño, sin embargo, a la vista de los aires que respiran nuestros jóvenes obispos en la Conferencia Episcopal Española, tan bien reflejados en el reciente anuncio de búsqueda y captura de seminaristas. La frase: “No te prometo un gran sueldo, te prometo un trabajo fijo” de la campaña –por cierto, sólo en español y subtítulos en inglés–, es toda una declaración de la concepción burocratizada de la institución. Frases enteras del anuncio servirían perfectamente para captar funcionarios docentes o sanitarios. Pongamos por caso: “No te prometo la comprensión de los que te rodean, te prometo que sabrán que has hecho lo que es correcto”.

Y, en ese tono arrogante propio de quien está a la defensiva, el obispo de Sevilla ha añadido que “el sacerdocio es la única profesión sin paro”. ¡Claro! No hay paro porque no dependen de la clientela –cada día más exigua–, sino de unos presupuestos públicos que no evalúan resultados…

Afortunadamente, uno se lo puede tomar con humor porque más allá de esta Iglesia oficial –dos palabras que desde una perspectiva cristiana tendrían que ser un oxímoron, como “fuego helado”–, existe una Iglesia “de sotobosque”, tal como la denominaba mosén Jesús Huguet, traspasado hace tan poco, y ya tan añorado y tan llorado en su diócesis de Solsona. Lo contaba hace poco más de un año en un texto tan breve como intenso, “Por qué continúo en la Iglesia”. Escribía: “Con motivo de algunos nombramientos de obispos, del trato infligido a hombres de Dios, de las injusticias y los tejemanejes del Vaticano y la cobardía de nuestros obispos a raíz del asunto del museo de Lleida, es difícil dejar de hacerte esta pregunta”. Pero daba una respuesta muy sencilla: él creía en la Iglesia de Jesucristo.Y añadía que aquello que lo confortaba era la Iglesia “de sotobosque”, “que no hace ruido ni llama la atención”. Una Iglesia catalana, pues, arraigada y comprometida con el país y, por supuesto, noblemente patriótica.

¿Qué ha conducido la Iglesia oficial “en Catalunya” no tan sólo a tanta mediocridad, sino al punto de negarse a ella misma como realidad encarnada? ¿Y cómo sobrevivirá esta Iglesia que busca funcionarios con trabajo fijo –recuerdo ahora a aquel seminarista del 30 minuts de TV3 que confesaba que su obligación era “estudiar, rezar y obedecer”–, y no profetas dispuestos a arriesgar el sueldo en nombre de la Verdad? No podemos responder aún con suficiente perspectiva, pero no tengo ninguna duda que ha sido resultado de una operación de decapitación muy bien calculada.

La celebración del concilio provincial de la Tarraconense el año 1995 alertó de la existencia de una Iglesia muy viva, es decir, muy arraigada. Y se actuó en consecuencia pero estúpidamente, pensando que la vida la daban las cabezas y no las raíces.

El concilio de la Tarraconense tuvo a sus valientes como los obispos Torrella, Carrera o Camprodon, el abad Bardolet, muchos laicos e incluso seminaristas como el entonces Novell. Pero en la hora del adiós a mosén Jesús Huguet, es de justicia recordar, como lo hizo mosén Jordi Orobitx en la homilía exequial, que fue él quien siempre estuvo al lado –“con exquisita discreción”– del intrépido obispo Antoni Deig: en la famosa conferencia de Prada de Conflent, en la propuesta de concilio y en tantos otros asuntos que pedían audacia e inteligencia. El ball de l’Àliga de Solsona ante el féretro en homenaje a mosén Jesús Huguet puso en evidencia que sí existe Iglesia catalana. Ni que algunos obispos lleven los ojos tapados de tan grande que les cae la mitra.

salvador.cardus@uab.cat

Written by Reggio's

Marzo 21st, 2012 at 7:17 am

Un cura demócrata, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias (11-03-2012)

without comments

El ojo del tigre

José María Díaz Bardales fue durante toda su vida sacerdotal -lamentablemente, no tan larga como el se merecía- un cura que siempre inspiró confianza y simpatía, no sólo en sus feligreses sino también entre aquellos laicos que, generalmente, más atentos a sus propias convicciones ideológicas, encontraron en él a un interlocutor generosamente tolerante, siempre comprensivo ante las opiniones ajenas y convencido de la necesidad de escuchar antes, para, luego, decidirse a opinar. Ideológicamente, se puede decir que el P. Díaz Bardales siempre estuvo más cerca de Jacques Maritain que de Charles Maurras. Por lo tanto, la doctrina de este último personaje que pontificaba sobre el origen divino de la autoridad, y que con tanto entusiasmo le abrieron un hueco entre sus dogmas los partidarios de la monarquía, nunca tuvo un sitio entre las ideas pastorales del cura de la parroquia de Nuestra Sra. de Fátima.

Este sacerdote riosellano, nacido en el seno de una familia rigurosamente cristiana, fue educado de acuerdo con los principios católicos de aquel tiempo -segunda mitad del siglo XX- e ingresó siendo aún un niño en el Seminario a impulsos de su precoz vocación personal. Al finalizar los estudios eclesiásticos, inicia el ejercicio de su condición sacerdotal en un momento en el que las ideas del Concilio Vaticano II constituyen un revulsivo social -incluso, político- para el país. La tradición nacional-catolicista empieza a eclipsarse después de haber iluminado intensamente los largos y duros años de una dictadura cuyo poder político -compartido por la mismísima Iglesia católica durante tantos años…- anquilosaba la sociedad española. El aggiornamento de la cúpula vaticanista eclesial activó la apertura de la sociedad, hasta entonces sometida a un integrismo político y católico, que la inmoviliza, y, de repente, se activa una renovación de la Iglesia; la cual, incita a la esperanza a la sociedad civil.

Para el P. Díaz Bardales esta apertura significó el triunfo de unos ideales que había ido acumulando lentamente a lo largo de un periodo de experiencias pastorales iniciadas, precisamente, en un medio social en el que el poder político había hecho -y seguía haciendo- auténticos estragos con el abuso de su autoridad y, en buena medida, con la complicidad de la Iglesia preconciliar. Ese escenario, en el que empezó a moverse profesionalmente, fue la Cuenca del Caudal. En la iglesia parroquial de San Juan, en Mieres, se encontró, por primera vez, con la tremenda realidad de una sociedad maltratada por el poder temporal, asistido -casi siempre- por el poder espiritual…

En San Juan de Mieres, junto con otros compañeros que iniciaban, también, su primer encuentro con la realidad pastoral, José María Díaz Bardales encontró en su párroco -don Nicanor López Brugos- algo más que un apoyo para sus convicciones: un maestro en el complicado arte de comprometerse con las clases sociales más humildes y más castigadas por el ominoso poder político de la época.

El fallecimiento de este cura demócrata le supone a la Iglesia en Asturias la pérdida de uno de sus más inteligentes sacerdotes comprometidos con Cristo. Este era el modelo ideal del hombre comprometido para el P. Díaz Bardales. Siempre decía que en Cristo había que reconocer al hombre con el cual merece la pena compartir sueños y esperanzas. Siempre reconocía la inmensa suerte que, para el ejercicio de su sacerdocio, le había supuesto la presencia, en la Archidiócesis de Oviedo, de Don Gabino Díaz Merchán. Mientras este ocupó su cargo, fue un estímulo para su vocación de servicio a la sociedad y un acicate para comprometerse personalmente con la feligresía.

Estaba convencido de que el secreto de un buen cura es que su actividad pastoral esté iluminada por la fe y acelerada por el amor al prójimo. Con estos dos elementos espirituales -fe y amor- aquel niño riosellano, que aprendió a leer y a escribir en un colegio de dominicas, para años más tarde, siendo un adolescente, iniciar sus estudios en el Seminario, emprendió un camino que acaba de interrumpírsele antes de darle tiempo para repasar los recuerdos de sus vivencias personales a la luz de su fe y al calor del amor al prójimo; todo ello, en compañía de los suyos y, sobre todo, de ese grupo de amigos íntimos, que fueron sus compañeros de clase, alumnos de una monjita a la que llamaban hermana María, con cuyo nombre crearon un grupo que simboliza su generación.

Estos antecedentes sociales del P. Díaz Bardales, inmersos en un ambiente mayoritariamente religioso, propio de una época en la que la Iglesia católica marcaba las pautas sociales a seguir, e, incluso, determinaba la conducta pública del poder político, nos permiten estimar con mayor exactitud el valor real de este cura demócrata, que pasó de unos inicios pastorales en una parroquia del Caudal -uno de los principales escenarios del movimiento obrero asturiano- a ocuparse de una parroquia en un barrio obrero gijonés; con lo cual, el P. Bardales se mantuvo siempre fiel a sus ideales sociales. Descanse en paz.

Lorenzo Cordero. Periodista. Cronista Oficial de Ribadesella.

Written by Reggio's

Marzo 11th, 2012 at 7:08 am

Contorsiones ideológicas, de El Editorial de El País

without comments

Ruiz-Gallardón justifica el cambio de la ley del aborto para proteger la libertad de ser madre

Cuando hace unas semanas anunció que se iba a modificar la ley del aborto, el ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, afirmó que esa reforma sería “lo más progresista” que habría hecho en su vida. Semejante declaración causó una gran sorpresa, pues lo que anunciaba el ministro era su intención de derogar la Ley de Salud Sexual y Reproductiva, que permite a las mujeres interrumpir libremente el embarazo en las 14 primeras semanas de gestación, para volver al modelo anterior, que consideraba el aborto un delito, despenalizado únicamente en determinados supuestos. Esa ley, que fue aprobada con un amplio respaldo parlamentario, introdujo en España el modelo de regulación del aborto que rige en la mayor parte de los países europeos, atendiendo una vieja y persistente demanda de los sectores progresistas.

Se entiende que un dirigente que siempre ha pretendido situarse en el ala más moderada del Partido Popular, y que se ha presentado a sí mismo como exponente de modernidad y cosmopolitismo, tenga dificultades para justificar una involución como la que propone con la reforma de la ley. Pero ayer hizo un nuevo alarde de contorsionismo ideológico al justificar la reforma en aras de evitar una violencia de género estructural, que obliga a abortar a muchas mujeres. Al ser preguntado en el Parlamento si el Gobierno piensa recortar los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, el ministro afirmó, en una respuesta en absoluto improvisada, que el legislador no debe ser indiferente a la situación de muchas mujeres que ven violentado su derecho reproductivo por excelencia, que es la maternidad, por la presión que ejercen a su alrededor determinadas estructuras.

La respuesta de Gallardón es un exponente de una estrategia a la que el PP recurre cada vez con más frecuencia: la de tomar los argumentos ideológicos del adversario y retorcerlos de tal modo que puedan ser utilizados para aparentar lo contrario de lo que en realidad se pretende. Porque si lo que preocupa al ministro es proteger a las mujeres que quieren continuar con el embarazo frente a supuestas coacciones del entorno, no hace falta cambiar la ley. La actual normativa protege tanto a las mujeres que quieren abortar como a las que desean continuar con el embarazo. El que pueda haber casos, muy excepcionales, de mujeres que toman una decisión, tanto en un sentido como en otro, bajo coacción, no justifica un cambio de la ley.

La actual normativa prevé que esos supuestos puedan detectarse, y el ministro siempre puede incrementar los servicios de ayuda a las mujeres que quieran ser madres, proporcionándoles los medios para ello. Pero lo que no puede hacer es engañar a la ciudadanía pretendiendo que la forma de proteger la libertad de las mujeres que quieren continuar su embarazo sea privar a todas las mujeres que quieren interrumpirlo de la libertad de decidir por sí mismas, sin necesidad de alegar ninguna justificación y sin tener que aceptar que otros acrediten su derecho a hacerlo. Eso sí que es violencia de género estructural.

Written by Reggio's

Marzo 8th, 2012 at 7:20 am

Posted in Derechos, Política, Religión

Tagged with

Carnaval en año bisiesto, de Manuel Mandianes en El Mundo

without comments

OTRAS VOCES: ANTROPOLOGÍA

El autor explica los orígenes históricos de la fiesta en la que murgas, máscaras y chirigotas son protagonistas. Además aclara por qué el mes de febrero tiene 29 días cada cuatro años, tal como ocurre en esta ocasión.

Hay muchas clases de tiempo; entre otras, el tiempo lineal, que mira siempre hacia delante y trata de eliminar las contradicciones y las oposiciones para lograr las síntesis limpias de obstáculos. Las referencias del tiempo lineal en nuestros días son el reloj y la fábrica. Y el tiempo cíclico, que integra los contrarios y los opuestos en la existencia humana; sus referencias son la luna, la vegetación, la dieta, los trabajos… También hay varias clases de calendarios; en nuestra cultura, el solar y el lunar. Las grandes referencias del calendario solar son los solsticios: el de invierno, que tiene lugar el 24 de diciembre, y el de verano, el 24 de junio, festividad de San Juan. En lunar, obviamente, viene determinado por las fases de la luna. La finalidad de los calendarios no es la de medir el tiempo, sino la de controlar los momentos y movimientos críticos de los astros.

Existe la creencia de que la luna crea el tiempo, porque varía y aparece como su primera medida y denota perfección. El origen de esta creencia podría ser el mismo texto del Génesis; 1, 14-19 que dice: «El cuarto día, Dios crió los dos luceros mayores: el grande, el sol, para iluminar el día y el pequeño, la luna, para iluminar la noche». Una lunación corresponde, además, al ciclo femenino; las lunas nuevas corresponden al periodo de la regla y las llenas al de fecundidad. Así se comprende mejor el aspecto sexual de muchas fiestas lunares, incluido el Carnaval: época de licencias sexuales por excelencia.

Según Darling Buck -A dictionary of selected synonyms- y Cosmografía de un judío romano del siglo XVII -de autor desconocido de finales del XVI o principios del XVII-, la etimología de luna, en las lenguas indoeuropeas y semíticas, es una serie de variaciones sobre raíces lingüísticas que significan medida. En hebreo, al mes se le denomina hódes -renovación-, porque se debe a la renovación de la luna; en cambio, la luz del sol no experimenta ninguna renovación. Los pitagóricos estimaban que el período de 40 días, ocho por cinco, era la base de la cosmogonía porque representa ciclo y medio de la luna. Para los maniqueos y gnósticos, la luna es una bomba de almas. Durante la fase creciente las aspira y las lleva hasta ella; cuando mengua, las lanza.

Febrero era como un cajón de sastre a donde iba a parar todo lo que sobraba o no quedaba bien en otro tiempo. Febrero está jalonado de ritos de purificación y de bendición, así como de ceremonias de expiación en favor de los muertos y de la fecundidad de la tierra y de las mujeres. Del 13 al 21, los romanos celebraban la parentalia, un periodo nefasto para la celebración de matrimonios. Empezaba con un sacrificio ofrecido por la gran vestal, encarnación de la vida de la ciudad y del orden público. Durante los nueve días siguientes, todas las actividades públicas se interrumpían y se celebraba la feralia. Las familias depositaban sobre las sepulturas de sus antepasados ofrendas de flores, especialmente violetas, que aun a día de hoy continúan siendo las flores de los muertos por antonomasia.

Hacia el 15 de febrero se celebraban las lupercalias en honor de Luperco, organizadas por las más importantes cofradías sacerdotales de Roma. Después de ser manchados con la sangre del macho cabrío sacrificado en la cueva de Luperco y limpiados con un vellón de lana, los lupercos, seres muertos resucitados, volvían del otro mundo -todo enmascarado es un ser que vuelve del inframundo- y salían a correr desnudos alrededor del Palatino, cargados de símbolos mágicos. A su paso, golpeaban a las mujeres con una fusta hecha de la piel del macho cabrío sacrificado. Las lupercales continúan hoy con los Carnavales.

Durante miles de años, el calendario era vagabundo. En tiempo de Julio César, los emperadores utilizaban y manipulaban el calendario, moviendo, sacando y poniendo fiestas y fechas a su antojo y según sus intereses. Los políticos de hoy adelantan o atrasan elecciones, promulgan leyes favorables a los ciudadanos para capear situaciones sociales o políticas adversas. Los políticos pretenden hacer del futuro un pasado adelantándose a él y convirtiendo así en propicio para sus intereses el tiempo nefasto de las crisis. Hoy, como ayer, el ser humano ha soñado con manipular el tiempo a su antojo, ignorando que es algo inexorable y enigmático.

Para luchar contra la corrupción a que esto daba lugar, Julio César reformó el calendario siguiendo los consejos y las investigaciones del sabio griego Sosígenes. Éste, que a la sazón trabajaba en Egipto, había descubierto que el año trópico dura 365 y un cuarto de día. Tolomeo III -unos tres siglos antes de César- ya había añadido un día al año cada cuatro años. Para no chocar las creencias y supersticiones populares que consideraban favorables los números impares -dedicados a los dioses superiores- y desgraciados los números pares -dedicados a los dioses inferiores-, César asignó al día suplementario el nombre de 28 bis: de aquí el nombre de bisiesto.

Las fiestas pueden ser móviles, si dependen de las fases de la luna, y fijas, si dependen del sol y se celebran siempre el mismo día del mes, aunque cambian de día de la semana. Si todos los años fueran comunes, cada siete años las fiestas fijas caerían en el mismo día del mes y de la semana. Sin embargo, con los años bisiestos, para que las fiestas fijas vuelvan a caer el mismo día del mes y de la semana, se necesita que transcurran siete años bisiestos; es decir, un periodo de 28 años, conocido como periodo solar.

El Carnaval es, por definición, la última luna nueva de invierno. El 2 de febrero -al que algunos progres llaman Día de la mascota- es el día en que, según la tradición europea, el oso sale de su madriguera para observar la luna. Si es luna llena, el Carnaval no tendrá lugar hasta 40 días más tarde. En términos estrictos, los días son los que preceden y siguen al martes de Carnaval y al miércoles de ceniza. Esto explica la permanencia de ciertos ritos carnavalescos tanto antes como después del miércoles de ceniza. Dice Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana: «Son ciertos días antes de la cuaresma, que en algunas partes los empiezan a solemnizar desde los primeros días de enero y en otras, por San Antón». Nuestro calendario es el litúrgico que procede por cuarentenas.

La Pascua, también por definición, es la primera luna llena de primavera. La celebración de la Pascua cristiana la fijó el Concilio de Nicea del año 325: el primer domingo que sigue al día 14 de la luna llena que sigue al 21 de marzo. Cuando en 1582 el Papa Gregorio XIII trató de ajustar el calendario solar al civil se volvió a encontrar con un desfase parecido al que se habían encontrado los padres de Nicea: el inicio de la primavera volvía a coincidir el 25 de marzo porque, cada 120 años, el paso del sol por el equinoccio que marca la llegada de la primavera se retrasaba un mes.

El desfase era debido a que la reforma juliana no había tenido en cuenta los cálculos de Hipparques, quien atribuye al año una duración de 365 días, cinco horas y 55 minutos, y aún le atribuye cinco o seis minutos de más. Para corregir este desfase, la reforma gregoriana suprimió cada 120 años un bisiesto. Los años que terminan por dos ceros, que, según la regla general, deberían ser bisiestos, dejan de serlo excepto aquellos cuyo número de siglos es divisible por cuatro. Ejemplo: los años 1700, 1800 y 1900 fueron comunes porque el número de siglos no es divisible por cuatro.

La fecha más tardía posible de la primera luna llena de primavera es el 18 de abril. Si es domingo, la Pascua se retrasa al 25 del mismo mes: ocurrirá en el año 2038. Dice Pedro del Río en su Cómputo eclesiástico de 1790: «Previniendo que el equinoccio vernal está siempre fijo en el día 21 de marzo por determinación de la Santa Iglesia desde el Concilio de Nicea (año 325)… La Pascua jamás se ha de celebrar por los cristianos en el plenilunio o día decimocuarto de la luna, para no coincidir con los judíos que la celebran en este mismo día».

Manuel Mandianes es antropólogo del CSIC y escritor. Es autor del blog Diario nihilista.

Written by Reggio's

Febrero 17th, 2012 at 7:14 am

Posted in Cultura, Política, Religión

Tagged with

Los ministros clericales, de Ramón Cotarelo en Público

without comments

Menos de dos meses ha tardado el catolicismo nacional en anunciar algunas de las decisiones que más ocultó antes de las elecciones. El encargo ha recaído en dos ministros devotos y afines a la línea intransigente de la jerarquía católica, el de Justicia y el de Educación, Cultura y Deportes. El objetivo es despojar a la sociedad de los logros alcanzados en materia de tolerancia, laicidad y respeto a los derechos de todos los ciudadanos. En una palabra, retroceder.

Las medidas anunciadas por ambos ministros pretenden realizar el anhelo repetidamente formulado por los obispos de cercenar (si no abolir por entero) la posibilidad de interrumpir voluntariamente el embarazo y eliminar la enseñanza de Educación para la Ciudadanía. Las españolas dejarán de poder abortar según voluntad propia y volverán a una situación de inseguridad jurídica con unos supuestos arbitrariamente interpretados. Y, además, se les dificultará el acceso a ciertos contraceptivos.

Los españoles no podrán acceder a la enseñanza de los valores propios de una cultura política democrática, pluralista y laica y tendrán que habérselas con otra, con otro contenido. Y ha de ser otro porque el nombre propuesto, Educación Cívica y Constitucional, es idéntico al que se quiere eliminar, Educación para la Ciudadanía. La variación, por tanto, estará en el contenido, y si este no coincide con el ya señalado, sólo podrá ser una formación del espíritu nacional y religioso, de hondas raíces nacionalcatólicas.

La justificación de las medidas es pintoresca. El ministro de Justicia dice que restringir el aborto es lo más progresista que ha hecho nunca, identificando regreso con progreso. El de Educación no tiene reparos en faltar a la verdad públicamente leyendo párrafos de un libro que jamás se ha utilizado en la enseñanza de Educación para la Ciudadanía con el fin de suprimirla. Según él, Educación para la Ciudadanía adoctrina, cuando no ignora que las materias docentes no adoctrinan sino que adoctrinan, si acaso, quienes las imparten. Y por eso se homologan (esto es, se autorizan) unos textos y no otros. Y por eso no está homologado el que el ministro cita. Y por eso lo cita, faltando a la verdad.

Ramón Cotarelo. Catedrático de Ciencias Políticas.

Written by Reggio's

Febrero 3rd, 2012 at 7:07 am

Posted in Derechos, Libertades, Religión

Tagged with

El último reducto, de Gregorio Morán en La Vanguardia

without comments

SABATINAS INTEMPESTIVAS

No creo haber escrito nunca un artículo sobre la Iglesia española. Lo he evitado siempre por varias razones. La primera y principal es que los artículos de opinión tienen una dificultad de aterrizaje; por mucho espacio que te den siempre necesitas más pista y acabas posándote bruscamente, con grave riesgo para el piloto y el aparato. La otra razón es la sensibilidad. Las religiones tienen la piel muy sensible y basta un tacto para que les parezca una agresión; ocurre con los Estados, cuanto más fuertes son, más exigencias tienen.

La Iglesia española, que fue tan fundamental para el franquismo durante los años cuarenta y cincuenta, sin dejar de serlo en la siguiente década se convirtió en un elemento capital en la erosión de esa misma dictadura. Para una institución que nunca aceptó la dialéctica, es algo encomiable y que merecería un trabajo que aún está por hacer: la Iglesia española, en el poder y en la oposición.

En España la transición de la Iglesia tiene un nombre, el cardenal Tarancón, un personaje que no sé muy bien si merecería un libro de historia o una gran novela, o las dos cosas. Posiblemente porque Enrique Vicente y Tarancón sea a la Iglesia española lo que Adolfo Suárez fue a la clase política. Cumplió un papel, hizo lo que parecía imposible y pagó por ello un precio. Se convirtió en chivo expiatorio cuando el ciclo, por decirlo de alguna manera, se cerró y llegaron nuevos tiempos para la política y para la Iglesia. Ninguno de los dos dejó memoria alguna, porque eran ágrafos, aunque es sabido que Tarancón, y probablemente Suárez, dejaron apuntes, notas, dietarios, que iluminarían un tiempo en el que todo se manejó entre muy pocas manos.

Inquietante, que quien fue mano izquierda del cardenal Tarancón, el jesuita Martín Patino, haga llamar al periodista Juan Cruz para explicarle, a estas alturas de la película, que las “memorias” de Tarancón las quemó él entre las brasas de una paella (era levantino de Burriana). Conociendo un poco a Juanito Cruz, a quien bautizó en cierta ocasión Octavio Paz, que le sufrió, como “más Cruz que Juan”, y en la experiencia que me consiente haber entrevistado largamente al padre Martín Patino, sorprende esta historia de la quema fallera de las “memorias” de Tarancón. Especialmente porque el reverendo me contó unas versiones que no tienen nada que ver con esto. Cabe pensar, tratándose de hombre tan avezado en los tratos con el poder –Martín Patino fue intermediario entre los servicios del CESID y la Iglesia, lo cuenta el coronel San Martín en sus memorias colmándole de elogios, y posteriormente Javier Solana, en ministro de Cultura, le otorgó una Fundación–, que las cosas están cambiando mucho. Vamos, que han ido cambiando tanto desde la defenestración de Tarancón que intentan borrar hasta sus huellas.

Los gobiernos de la democracia fueron muy generosos con la Iglesia. No voy ahora a entrar en ello, pero el fortalecimiento de la “enseñanza concertada” por parte del Ministerio de Educación de José María Maravall y sus planificadores (procedentes en general de la antigua Bandera Roja, organización con profundas herencias católicas), particularmente Álvaro Marchesi, responsable del deterioro de la Enseñanza Pública e inventor de la LOGSE, dejaron a la izquierda laica a los pies de los caballos, es decir, en amenaza de ruina pedagógica.

Somos un país en el que la democracia cristiana ha sido liquidada en las urnas, salvo en Catalunya, donde Unió vive un matrimonio civil, sin pasar por la vicaría, con Convergència, en la convicción de que separarse provocaría una catástrofe familiar. Pero ahora estamos ante otro asunto. El dominio de lo público. ¿Debe ser la religión una cuestión privada o exige exhibición? En España es obvio que la Iglesia ocupa un lugar preponderante, para eso no necesita legislación alguna, basta visitar ciudades y pueblos, construidos en torno a iglesias y catedrales. Pero ahora el debate ha subido de grados y ha entrado en lo privado. Un obispo, en Córdoba, clama contra la fornicación. ¡La fornicación, el fornicio! ¿De qué baúl habrán sacado a estos personajes?

Las opiniones de persona tan principal como el arzobispo de Valladolid, el de la voz inquietante, han cuestionado el derecho de una ciudadana conservadora a leer el pregón de Semana Santa al estar casada “por lo civil”. Sin entrar en el detalle de que casarse o no casarse represente condición ciudadana alguna, lo llamativo de este asunto es múltiple. Primero, si es verdad que el cándido arzobispo conversaba off the record. Ya sé que no pasa el gremio periodístico por su etapa más digna, pero ni siquiera a un arzobispo, acostumbrado a absolver, se le puede hacer algo tan zafio y chumacero. Esa carencia absoluta de principios nos acerca a la chusma tertuliana, tan libre y divertida ella. Pero luego está el derecho a expresarse. ¿Desde cuándo una persona que no se ha casado “por la Iglesia” puede ser rechazada en un acto social que, nos parezca mejor o peor, paga la ciudadanía, como es la Semana Santa?

En el siglo pasado ocurría con los cementerios. No hay ciudad ni pueblo de España que no guarde el brutal recuerdo de enfrentamientos entre la ciudadanía y la Iglesia ante la negativa a enterrar a los suicidas y a los ateos reconocidos; como si el cementerio fuera suyo, por más que se lo hubieran regalado. Los que hemos vivido la experiencia de tener que visitar los cementerios consagrados y los civiles durante los años del cólera tenemos un amplio y poco agradable anecdotario.

Debemos volver a una obviedad, o a lo que nos parecía una obviedad al comienzo de la transición. El espacio público es laico. Se puede ocupar, en ocasiones puntuales, con procesiones, manifestaciones, congresos o festividades religiosas, que por cierto imagino que deberán pagarse conforme a un canon que tendrá a su disposición el ayuntamiento. ¿O me equivoco? Los pasos de Semana Santa tradicionales, o la celebración del Año Nuevo chino, me parecen oportunidades magníficas para que cada comunidad, que paga sus impuestos, se exhiba orgullosamente. No sólo están en su derecho, sino que es socialmente recomendable.

Pero entonces entra una pregunta. ¿Deben ocuparse los ayuntamientos de que sus vecinos recen? ¿Existe un deber del orar ciudadano? Aquí es donde nos adentramos en territorio sensible, porque nadie tiene la menor duda de que eso pertenece al acerbo de cada quien, pero si ponemos el ejemplo concreto, entonces saltan las alarmas y empiezan los matices y las objeciones.

Voy a ello. En Badalona hay mil musulmanes, varones por supuesto, que se concentran todos los viernes a las dos de la tarde en un parque público. Para rezar. El rezo es algo que por más que se haga masivamente exige un recogimiento, o lo que es lo mismo, usted, que no es creyente o que es episcopaliano, ha de abstenerse de utilizar ese lugar público. A la derecha arrebatada que gobierna Badalona le parece algo inaudito. A la izquierda angélica le parece que esto es una bonita tradición, que lleva ya seis años. ¿Verdad que cuesta de entender?

Cuenta Bertrand Russell en sus memorias una de esas escenas que ilustran la singularidad del mundo religioso y la necesidad de ser muy humilde haciendo preguntas que probablemente no tengan una respuesta razonable. A Russell le detuvieron por objetor en la Primera Guerra Mundial, razón por la cual fue encarcelado. “Cuando llegué a la prisión, el guardia de la puerta me puso de excelente humor. Al tomar mis datos me preguntó cuál era mi religión, y cuando le respondí ‘agnóstico’ me pidió que le deletrease la palabra, al tiempo que comentaba con un suspiro: Bueno, hay muchas religiones, pero supongo que todas adoran al mismo Dios”.

Si el ejercicio del voto y los partidos representan cada vez menos a la democracia, si la cocina que parecía el último recurso de los perdidos se va convirtiendo en diseño de alquimistas golfos, nos quedaba como último reducto el territorio civil, laico, transversal. Está amenazado.

Written by Reggio's

Enero 28th, 2012 at 7:20 am

Posted in Derechos, Libertades, Religión

Tagged with

Una defensa de la Navidad, de Rafael Nadal en La Vanguardia

without comments

Algunas personas transmiten siempre buenas vibraciones y otras siempre contagian el mal rollo. El periodista Arturo San Agustín lo comprobó en verano, cuando asistió a la Jornada Mundial de la Juventud, que presidió en Madrid Benedicto XVI. Pensaba encontrarse con un montón de hijos de papá almibarados y acabó atrapado por la vitalidad entusiasta de un millón de jóvenes normales, muchos de ellos trabajadores llegados desde países remotos. “Te sorprendían con cosas sencillas: si una persona mayor tenía que cruzar la calle, la ayudaban; si subía a un autobús, le cedían el asiento. Por unos días, la ciudad era amable y te sentías seguro; parecía Nueva York al día siguiente del 11-S”. San Agustín, que es un anarquista conservador y un intelectual insobornable, lo ha escrito en un libro sin prejuicios, que se acaba de traducir al inglés: Un perro verde entre los jóvenes del Papa, la crónica sorprendente de aquella semana en la que los jóvenes católicos transmitían buenas vibraciones y los que protestaban contra el encuentro propagaban el mal rollo.

En Navidad, el fenómeno se radicaliza: algunas personas sólo con su presencia ya contagian las ansias de vivir, y otras se empeñan en amargarnos las fiestas repartiendo pesimismo y mala leche. Algunos intelectuales y periodistas lideran, con indisimulada prepotencia moral, la moda que sostiene que las fiestas son empalagosas, los buenos deseos son blandos, la familia es inaguantable, los amigos son una lata y no hay quien pueda digerir las comidas colectivas. En la intimidad, la mayoría sigue siendo partidaria de las celebraciones, pero en la calle ganan terreno los que empiezan a poner mala cara en el puente de la Purísima y no dejan de quejarse hasta que se desmonta el último pesebre, pasada la Candelaria. Estoy radicalmente en desacuerdo. Entiendo que hay gente que no tiene mucho que celebrar. Respeto a aquellos que se sienten traicionados en sus convicciones morales por los excesos materiales de la Navidad. Aplaudo a quienes hacen una crítica ácida de las muchas hipocresías de estos días. Pero me cansa la burla mediocre de los que necesitan mortificarse y torturar a los demás porque así quedan más intelectuales.

Y me resulta especialmente extraño comprobar que los más activos contra la Navidad son los que siempre reclaman más fiestas y más celebraciones populares. Dicen que están en contra del consumismo, pero acabarán reduciendo la Navidad a una serie de visitas a los grandes almacenes. Hacen lo que pueden para vaciar de sentido la fiesta más trascendente, la más espiritual, y la más simbólica del calendario, que también es la más arraigada, la más sencilla y la más popular. Antes, estos personajes eran los malos del cuento y eran presentados como odiosos, avaros, irritantes, malcarados, violentos y déspotas. Eran el míster Scrooge de la Canción de Navidad de Dickens; ahora los hemos convertido en los héroes de nuestros medios de comunicación.

Dejo a un lado la dimensión religiosa de las fiestas, porque quienes las viven desde la fe no dudan de su significado. Pero me cuesta comprender el odio a la Navidad, incluso desde la más absoluta laicidad. Hace años que no soy practicante, pero estos días no puedo evitar volver a la iglesia y sentirme parte de un colectivo que entierra raíces poderosas en siglos de repetición gestual, con diferentes grados de fe o simplemente de costumbrismo. Generaciones enteras han repetido los mismos actos, las mismas liturgias, los mismos ciclos naturales. Y supongo que eso es importante. Nunca como en estos días me siento tan integrado en esta tierra y en esta comunidad milenaria.

Este año, en nochebuena habíamos decidido buscar una misa del gallo en los alrededores de Girona, y las primeras llamadas resultaron desconcertantes: en Aiguaviva del Gironès no se celebraba; en Vilablareix, tampoco; llamamos a Medinyà, porque tenemos buenos recuerdos de cuando allí predicaba la voz poderosa de mosén Modest Prats: tampoco. Probamos en Sant Daniel, porque algunas navidades nos habíamos acercado al monasterio, andando por el camino que sigue el curso del río Galligants, pero ya hace un par de años que la anularon. Acabamos en Sant Julià de Ramis y fue una buena decisión porque, cuando entrábamos en la iglesia, un coro local cantó Les dotze van tocant y el desconcierto se convirtió en una sorpresa agradable: mosén Sebastià Aupí celebró una misa repleta de canciones tradicionales y de cuadros escénicos de Els pastorets y, al final, en la calle, bebimos chocolate caliente junto a un fuego espléndido.

Era una más de las misas que a aquella hora se repetían en toda Catalunya, como expresión sencilla y poderosa de una fe popular, que respeto y que querría mucho más visible. A menudo recrimino a mis amigos practicantes que cuesta identificarles por su comportamiento ejemplar en el trabajo o en la calle. Deberían confiar más en la fuerza de sus convicciones; como aquella peregrina sevillana, joven y guapa, a la que un día de verano, en Madrid, Arturo San Agustín preguntó por Jesús.

- ¿Te gusta mi sonrisa?

- Sí, claro.

- Pues ese es Jesús.

Reconozco que cuesta de creer, pero como imagen es mil veces más estimulante que la mala uva de los pedantes que se pasan el día criticando la Navidad.

Written by Reggio's

Diciembre 30th, 2011 at 7:14 am

Posted in Cultura, Política, Religión

Tagged with

De qué esperanza hablamos, de Josep Maria Puigjaner en La Vanguardia

without comments

Me agradó la definición que hace pocos días leí en un artículo de opinión: la esperanza es un estado de opinión que nos obliga a pensar que lo que deseamos se convierta en realidad y que lo que puede ir bien irá bien. Me agradó y me animó a considerar diversas facetas de la palabra esperanza. Porque, por un lado, está la esperanza del creyente, la que se centra en la obertura a una visión trascendente de la vida. Por otro lado, me suscita una especial atracción la esperanza del no creyente, la esperanza vivida desde la laicidad, porque lleva en su interior una gran carga de humanismo. También el no creyente valora la esperanza y la necesita, porque sabe que ella constituye el punto de partida sin el cual no se genera la energía necesaria para desencadenar cualquier proceso de recomposición o de enderezo.

Pero, ¿de qué esperanza estoy hablando? Por supuesto, no de una esperanza vaporosa, hecha de melancolía y suspiros. No de una esperanza que se desentiende de la realidad tal como es, sino de una esperanza que, aun proyectada en el futuro, se fundamenta en las potencialidades que existen, por ocultas que estén, en el momento actual. Me refiero a aquella esperanza que actúa en el interior de cualquier persona o de cualquier sociedad humana, mediante la cual podemos ser capaces de engendrar -con dolores de parto, eso sí- un mundo más razonable, más justo, más alegre y, por tanto, más gratificante.

Esta esperanza ha de tener el primer apoyo en la inteligencia humana. La historia del hombre sobre la Tierra demuestra que la vida posee una energía que empuja la inteligencia de los humanos hacia niveles más altos de convivencia entre civilizaciones, culturas y naciones. Podemos albergar la esperanza de que la inteligencia irá encontrando caminos de superación de las continuas y poco evitables contradicciones, conflictos o antagonismos que los hombres vamos generando. Hay todavía otro ámbito igualmente decisivo: la esperanza en la fuerza transformadora de los sentimientos. Es importante sentir que tenemos posibilidades de superarnos, de actuar mejor y de progresar en la dimensión del espíritu. Y sentir que mi contribución es indispensable para la colectividad.

Sin menoscabar la de raíz religiosa, esta esperanza laica es la que puede conducir a superar problemas en una Europa aún no lo bastante unida, con déficits de visión comunitaria, de generosidad y acción solidaria.

Written by Reggio's

Diciembre 27th, 2011 at 7:13 am

El sermón de fray Antón Montesino, de Juan José Tamayo en El País

without comments

En diciembre de 1511, el cuarto domingo de Adviento, subía al púlpito de la iglesia de los dominicos en La Española (Santo Domingo) fray Antón Montesino para pronunciar un memorable sermón, que se convertiría en una de las primeras y más radicales denuncias de los abusos de la conquista española en Abya-Yala y en un antecedente del pensamiento latinoamericano liberador. Ha llegado hasta nosotros gracias a la profética e incisiva pluma de fray Bartolomé de Las Casas, que recoge lo sustancial de la prédica y las reacciones a la misma en el tercer libro de su Historia de las Indias (tomo II, M. Aguilar Editor, Madrid, s/f, páginas 385-395).

El sermón fue preparado por todos los miembros de la comunidad de Santo Domingo, quienes lo firmaron de su puño y letra para dejar constancia de la autoría colectiva y de la relevancia de tan decisiva pieza oratoria. Los dominicos lo habían preparado a conciencia a partir de sus propias averiguaciones sobre el “crudelísimo y aspérrimo cautiverio” al que los encomenderos españoles sometían a los indios en las minas de oro y otras granjerías, y tras escuchar numerosos testimonios sobre la “tiránica injusticia” y las “execrables crueldades” contra los nativos, tratados como animales “sin compasión ni blandura”, y “sin piedad ni misericordia”, según la descripción de De Las Casas. Tras tan concienzudo análisis de la realidad acordaron denunciar desde el púlpito el régimen de la encomienda por considerarlo contrario “a la ley divina, natural y humana”.

El vicario Pedro de Córdoba encargó pronunciar el sermón a fray Antón Montesino, uno de los primeros dominicos en llegar a la isla, afamado predicador, hombre de letras, muy animoso, “aspérrimo en reprender vicios”, “muy colérico en sus palabras” y “eficacísimo en sus frutos”. El templo estaba a rebosar. Ocupaban los primeros puestos las principales autoridades coloniales, entre ellas el almirante Diego de Colón, hijo del conquistador. También estaba presente el clérigo Bartolomé de Las Casas, en su calidad de encomendero. Ante un público tan cualificado, el predicador no tuvo pelos en la lengua y habló de esta guisa:

“Voz del que clama en el desierto. Todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas dellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos en sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren, y por mejor decir los matáis, por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien los doctrine y conozcan a su Dios y creador, sean baptizados, oigan misa, guarden las fiestas y domingos? ¿Estos, no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis, esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad, de sueño tan letárgico, dormidos? Tened por cierto, que en el estado que estáis, no os podéis más salvar, que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe en Jesucristo”.

Terminada la misa, Diego de Colón y los oficiales reales se dirigieron al convento de los dominicos para reprender al predicador por el escándalo sembrado en la ciudad, acusarlo de “deservicio” al Rey y exigirle que se retractase en público el domingo siguiente. Siete días después, fray Antón Montesino volvió a subir al púlpito y, lejos de desdecirse, se ratificó en las denuncias y afirmó que los encomenderos no podían salvarse si no dejaban libres a los indios y que irían todos al infierno si persistían en su actitud explotadora. El sermón provocó todavía mayor alboroto que el del domingo anterior, y los oficiales reales enviaron al rey cartas de protesta contra los frailes.

Fray Antón Montesino fue enviado a España para dar cuenta y razón de su sermón al rey. Tras muchos impedimentos, logró entrevistarse con el anciano monarca, a quien expuso un largo memorial de los agravios de los conquistadores contra los indios: hacer la guerra a gente pacífica y mansa, entrar en sus casas y tomar a sus mujeres, hijas, hijos y haciendas, cortarles por medio, hacer apuestas sobre quién les cortaba la cabeza de un tajo, quemarlos vivos, imponerles trabajos forzados en las minas, etcétera.

Aquel sermón no cayó en saco roto. Marcó el comienzo del cristianismo liberador, del reconocimiento de la dignidad de los indios y del respeto a la diversidad cultural y religiosa en Amerindia. Fue, asimismo, el germen de la teología de la liberación. Tres años después, Bartolomé de Las Casas renunciaba a su función de encomendero, se convertía en el defensor de los derechos de los indios y, según Fernández Buey, en el iniciador de la variante latina de la filosofía europea de la alteridad y de la tolerancia.

Juan José Tamayo es director de la Cátedra Ignacio Ellacuría de la Universidad Carlos III de Madrid y autor de Otra teología es posible. Pluralismo religioso, interculturalidad y feminismo (Herder, Barcelona, 2011).

Written by Reggio's

Diciembre 20th, 2011 at 7:19 am

Una carta del cardenal Pacelli, de Hilari Raguer en El País de Cataluña

without comments

La carta colectiva del episcopado español a favor del Alzamiento es sin duda el documento eclesiástico español más famoso y el más controvertido. La documentación secreta vaticana recientemente abierta a los investigadores ha revelado detalles interesantes sobre cómo la recibió el Vaticano.

Franco estaba muy quejoso de ciertos católicos extranjeros que, aun condenando la persecución religiosa desencadenada en la zona republicana, rechazaban el título de cruzada que los insurrectos se arrogaban y denunciaban la severa represión que se daba en la zona llamada “nacional”. El 10 de mayo de 1937 pidió al cardenal Gomá que, ya que todos los obispos estaban de su parte, publicaran “un escrito que dirigido al episcopado de todo el mundo, con ruego de que procure su reproducción en la prensa católica, pueda llegar a poner la verdad en su punto”. Gomá, después del fracaso de la instrucción pastoral por él redactada pero firmada por los obispos de Pamplona y Vitoria contra los nacionalistas vascos católicos que luchaban al lado de la República, era decididamente contrario a todo documento colectivo, pero atendió al ruego de Franco. Consultó al cardenal Pacelli, secretario de Estado, y a todos los obispos. Éstos aceptaron con entusiasmo la propuesta, con la excepción de Vidal y Barraquer, y Múgica, pero el secretario de Estado contestaba a Gomá sobre otras cuestiones sin decir nada del documento. Gomá seguía informando, y Pacelli callando. Finalmente, el 5 de julio Gomá envía a Pacelli las pruebas de imprenta del texto definitivo. Entonces, el 31 de julio, Pacelli escribe a Gomá acusando recibo de las pruebas de imprenta, y le dice: “Esta Secretaría de Estado sería del parecer que para la publicación de un documento de tanta importancia, como es la citada carta, sería deseable la unanimidad de ese Excmo. Episcopado. Puesto que el Emmo. Señor Vidal y Barraquer, como Vd. observa en su mencionada carta N. 88, no estima conveniente la publicación de dicho documento, y por otra parte S. E. Mons. Múgica y tal vez con él otros Obispos españoles no desean firmarlo, esta Secretaría deja a la conocida prudencia de Vuestra Eminencia ver si no sería el caso de suspender por ahora su publicación”. Pero esta importante carta no llegó a enviarse. No se envió, pero no se destruyó, sino que el original, no firmado, se archivó en la Secretaría de Estado, con una anotación en lápiz, a mano, encerrada en un círculo, que dice: “Sospeso”.

La carta colectiva lleva la fecha de 1 de julio, y así suele citarse, pero en realidad no se divulgó hasta fines de agosto. Gomá dice que había que asegurarse de que antes la habían recibido los obispos, que eran sus destinatarios formales, pero además hasta el último momento trató de convencer a Vidal y Barraquer de que firmara. En la carta con la que enviaba a Pacelli las pruebas de imprenta, respondiendo a la principal objeción de Vidal y Barraquer al documento (o sea, que podía provocar represalias contra clero y fieles de la zona republicana), aseguraba que “se procederá a su envío a los Sres. Obispos de todo el mundo en forma reservada”, para que puedan orientar a la prensa católica de sus países, pero de hecho los servicios de la propaganda franquista ya estaban trabajando frenéticamente en la traducción y edición del documento. ¿Dijo alguien a Pacelli que aquello ya no tenía marcha atrás? Con razón había dicho Vidal y Barraquer: “Muy propio para propaganda, pero lo estimo poco adecuado a la condición y carácter de quienes han de suscribirlo”.

Gomá había evitado en la carta todo lo que sabía que no gustaría al Vaticano. Aunque en repetidos documentos anteriores había proclamado que aquella guerra era una cruzada, en éste no solo no lo sostiene sino que afirma expresamente que no lo es, y también se abstiene de dar una adhesión incondicional al nuevo régimen, antes bien dice que de momento ayuda mucho a la Iglesia pero no se sabe cómo puede evolucionar. Por eso algunos obispos habían dicho que era demasiado floja. Pla y Deniel, por ejemplo, aprobaba el proyecto si decía lo que los obispos ya habían estado afirmando (como él en su famosa pastoral Las dos ciudades, o sea, que aquella guerra era una cruzada). Pero ni con tanta moderación obtuvo Gomá la deseada aprobación. De hecho, el Vaticano no la prohibió pero tampoco la aprobó. Tardó nueve meses en acusar recibo, y entonces lo hizo en tales términos que provocaron una enérgica protesta del embajador Yanguas Messía.

Hilari Raguer es historiador y monje de Montserrat.

Written by Reggio's

Diciembre 17th, 2011 at 7:13 am

Posted in Historia, Política, Religión

Tagged with

Load time improved by PHP Speedy Load time improved by PHP Speedy