Reggio’s

Periodismo de opinión en Reggio’s

Archive for the ‘Religión’ Category

Los puentes de Königsberg, de Pedro G. Cuartango en El Mundo

without comments

EL TIEMPO RECOBRADO

Al navegar por el Báltico este verano, el barco pasó junto a la larga barrera de arena que protege una ensenada al final de la cual está Königsberg, la ciudad natal de Kant, ahora llamada Kaliningrado.

Königsberg, que era la capital de la Prusia Oriental hasta 1945, tiene siete puentes que unen la villa con dos islas que deja el río Pregel al bifurcarse. La pregunta es muy sencilla. ¿Se pueden atravesar los siete puentes sin repetir para volver al punto de partida?

Durante muchos siglos nadie pudo resolver el enigma. Ningún habitante de la villa prusiana había conseguido tal hazaña, pero fue el matemático suizo Leonard Euler quien demostró que era imposible en 1735.

La fama de Euler llegó hasta Rusia, de suerte que Catalina la Grande le pidió que fuera a dar clases a la Academia de Ciencias de San Petersburgo. Allí se encontró con Diderot, que despreciaba las matemáticas. Euler le dejó en ridículo al preguntarle si una fórmula algebraica demostraba la existencia de Dios.

Euler descubrió métodos para generar números primos, pero fracasó en su intento de hallar una pauta en su secuencia. “Hay misterios que la mente humana no penetrará jamás”, dijo al respecto.

La imposibilidad de penetrar en la lógica de los números primos me lleva a pensar en los límites del entendimiento humano. Hay fenómenos que no podemos comprender porque nuestro intelecto es finito y limitado. Precisamente Kant creía que podíamos percibir la apariencia de las cosas pero no su esencia, la cosa en sí.

Cuando yo era niño, veía en los escaparates de algunas tiendas un fraile barbudo que apuntaba con una vara el tiempo. Siempre erraba: si señalaba que estaba lloviendo, el sol brillaba en el cielo. Yo no podía entender cómo la naturaleza se equivocaba tanto. Así les sucede a muchos científicos e intelectuales, que anteponen sus prejuicios a la observación cuando intentan analizar la realidad. Interpretan lo que perciben a través de categorías preconcebidas –la vara del fraile– y confunden los hechos con supuestos que sólo existen en su imaginación.

Casi todo lo que escuchamos a diario obedece a un puro cliché, a fórmulas estereotipadas que se repiten como dogmas de fe. Pero nadie piensa en el trasfondo de la pura apariencia, que es casi siempre engañosa. La política se ha convertido en el arte de plantear falsas alternativas, como está sucediendo con la polémica sobre la subida del IVA. Esa cháchara que nos acompaña, esa especie de ruido insoportable, nos impide distinguir lo accesorio de lo esencial. Lo malo es que nos sobran las recetas para las trivialidades de la vida, pero carecemos de respuestas para los grandes interrogantes de nuestra existencia, que suponen un desafío como el de los puentes de Königsberg.

Written by Reggio's

Marzo 17th, 2010 at 10:11 am

Nuestra obsesión, el pañuelo, de Saïd El Kadaoui Moussaoui en Público

without comments

Ilham Moussaïd debe de haber perdido la cuenta de los artículos que, sobre ella, se han publicado en los periódicos europeos. Tanto ruido, no es por ocupar el cuarto lugar de la lista política del partido anticapitalista (NPA), por el departamento de Vaucluse, con vistas a las elecciones regionales que se celebrarán hoy en Francia. El motivo que ha despertado el interés es que cubre su cabeza con un pañuelo, signo explícito de su fe musulmana.

¿Es compatible el pañuelo con el ideario político de un partido de extrema izquierda? ¿Es coherente que una mujer feminista cubra su cabeza con el pañuelo musulmán?

A veces tengo la impresión de que en Europa, y especialmente en Francia, le estamos cogiendo el gusto a que el debate se eleve por encima de la pesada realidad y se quede en el ancho mundo de las ideas.
Ilham Moussaïd es una joven de 23 años, estudiante, originaria de Marruecos que emigró a Francia a la edad de tres años. Hasta donde yo sé, un buen día, decidió, a diferencia de sus hermanas, cubrir su cabeza con el pañuelo.

En mi opinión, este trozo de tela, en jóvenes como ella, ya no puede ser analizado solamente desde una perspectiva religiosa. En el caso de las jóvenes europeas, tenemos que situar el debate en la relación que establecen con el país que las ve crecer.

Creo que tiene mucho de rebeldía, de inconformismo, de voluntad de emanciparse de una sociedad más cerrada de lo que se cree, obsesionada por algunas cosas y relajada en otras que, a su juicio, son más
importantes.

El pañuelo ya ha dejado de ser lo que era. En Europa, también es una forma de decir: aquí estoy, me tienes que ver y me tienes que aceptar como soy. ¿No somos todos iguales?

La noticia en el caso de Ilham es que ella ha encontrado una salida más que digna a su inquietud y quiere representar a la gente que, como ella, procede de los barrios más pobres, luchar por lo que ella cree utilizando una vía elaborada y muy adecuada: la política. Escuchémosla y que la voten aquellos ciudadanos franceses a los que convenza.

Creo sinceramente que también tenemos que ser críticos con nuestras obsesiones. El pañuelo musulmán lo está siendo. Tengamos claro, eso sí, los límites que no son otros que los de la dignidad y la autonomía personal. No me parece, aunque no me gusten los pañuelos, que Ilham sea una mujer víctima de una sistema patriarcal asfixiante o de una visión retrógrada de la religión musulmana. Sí que me atrevería a decir, en cambio, que, de forma un tanto idealista, adecuada a la edad, e ingenua, trata de mantenerse fiel a su origen denigrado y de plantarle cara a su sociedad actual poniéndola en un aprieto.

Seguramente ella no estará de acuerdo pero yo creo que tiene mucho de actitud defensiva. ¿Tienen razón de ser este tipo de actitudes? ¿Hemos hecho algo mal para que muchos hijos de inmigrantes no se sientan bien en su país? Me gustaría ver, escuchar y leer que en Francia, el paraíso de los debates, se formulan también estas preguntas.

La lógica de la exclusión actúa y genera reacciones desmesuradas, inadecuadas o polémicas. Lo importante es ver cómo la combatimos como sociedad. En este caso yo resaltaría que Ilham tiene 23 años y va en las listas de un partido político. Con el desinterés creciente de los jóvenes por la política, esta debería ser la noticia que, además, puede contener un mensaje muy positivo para otros hijos de inmigrantes: aquí tenéis un camino para combatir las injusticias. No es con la violencia que resolveréis vuestros males.

En España, he escuchado demasiadas veces que lo que sucede en Francia no nos llegará. De forma un tanto ingenua, estas voces parecen querer decir que aquí hacemos las cosas mejor.

Sin embargo, yo creo que Francia tiene más elementos a favor para ayudar a la integración de la gente originaria del Magreb. Conserva una influencia nada desdeñable sobre buena parte de estos países, traduce a muchos más autores e intelectuales árabes que nosotros, cuenta con más escritores originarios de estos países que escriben directamente en su lengua, el francés es un idioma que buena parte de los magrebíes siente como propio y, en general, conoce más y mejor su complejidad cultural. Y aún así, los problemas son muchos.

Si queremos aprender algo de sus errores, la lección principal a extraer es, a mi juicio, la de intentar combatir los guetos y luchar por la igualdad de oportunidades. Una asignatura pendiente en Francia.

El día 19 de febrero nos despertamos con la noticia de que en Pisos Planes, una barriada del municipio de Vendrell (Baix Pendès, Catalunya) se había producido un enfrentamiento entre los Mossos d’Esquadra y un buen puñado de vecinos. La chispa que provocó el enfrentamiento fue la solicitud de la documentación a un joven marroquí que llevaba hachís encima. Imposible evitar el temor de que aquí suceda lo que en las banlieus (Francia) en el año 2005.

En 2004 se aprobó en el Parlamento catalán una de las leyes que, en mi opinión, están más encaminadas a hacer frente a este tipo de problemas: la ley de barrios. A grandes rasgos, es una ley que propone una intervención integral en barrios con el objetivo de evitar su degradación y mejorar las condiciones de la gente que vive en ellos. El espíritu de esta ley es el de actuar sobre el conjunto y no sobre el individuo. Ayudar a resolver los problemas estructurales y, de paso, evitar estigmatizar de nuevo al colectivo originario de la migración como el receptor de todas las ayudas en detrimento de la necesidad del resto.

El dinero escasea y debemos de invertirlo en buenas ideas. Esta, desde luego, lo es.

Saïd El Kadaoui Moussaoui es psicólogo y escritor.

Written by Reggio's

Marzo 14th, 2010 at 9:03 am

¡Abolid la ley del celibato!, de Hans Küng en El País

without comments

Abuso sexual masivo de niños y adolescentes por parte de clérigos católicos desde Estados Unidos hasta Alemania, pasando por Irlanda: se trata de una enorme pérdida de imagen por parte de la Iglesia católica, pero también es una revelación de la profunda crisis por la que atraviesa.

En la Conferencia Episcopal Alemana, su presidente, el arzobispo de Friburgo Robert Zollitsch, primero se pronunció públicamente. Que calificara los casos de abuso como “crímenes atroces” y, más tarde, la Conferencia Episcopal pidiera perdón a todas las víctimas en su declaración del 25 de febrero fueron primeros pasos para superar la crisis, pero tiene que haber más. La postura de Zollitsch demuestra, evidentemente, una serie de consideraciones erróneas que han de ser corregidas.

Primera afirmación: el abuso sexual por parte de clérigos no tiene nada que ver con el celibato.

¡Protesto! Es indiscutible, sin duda, que este tipo de abusos ocurre también en familias, colegios, asociaciones y también en iglesias en las que no rige la ley del celibato. ¿Pero por qué de manera masiva en la Iglesia católica, dirigida por célibes?

Evidentemente, el celibato no es la única razón que explica estos errores. Pero es la expresión estructural más importante de una postura tensa de la Iglesia católica respecto a la sexualidad, que se refleja también en el tema de los anticonceptivos.

Sin embargo un vistazo al Nuevo Testamento muestra que Jesús y san Pablo vivieron ejemplarmente sus respectivas solterías para volcarse en su servicio a la humanidad, pero dejando a cada cual plena libertad respecto a esta cuestión.

En lo que al Evangelio se refiere, la soltería sólo puede comprenderse como una vocación adoptada libremente (una cuestión de carisma) y no como una ley vinculante general. San Pablo se oponía rotundamente a los que, ya entonces, defendían la opinión de que “bueno es para el hombre no tocar mujer”: “No obstante, por razón de las inmoralidades, que cada uno tenga su propia mujer, y cada una tenga su propio marido” (1 Corintios, 7, 1-14). Según el Nuevo Testamento en la Primera Carta a Timoteo “el obispo debe ser hombre de una (¡y no ninguna!) sola mujer” (3, 2).

San Pedro y el resto de los apóstoles estaban casados con sus ocupaciones. Para obispos y presbíteros esto quedó, durante siglos, como algo que se daba por supuesto e incluso prevaleció hasta el día de hoy, al menos para los sacerdotes, tanto en oriente como en las iglesias ligadas a Roma, así como en toda la ortodoxia. Sin embargo, la ley romana del celibato contradice el Evangelio y la antigua tradición católica. Merece ser abolida.

Segunda afirmación: es “totalmente erróneo” achacar los casos de abuso a fallos en el sistema de la Iglesia.

¡Protesto! La ley del celibato no existía aún en el primer milenio. En el siglo XI, en Occidente, esta ley se impuso por influencia de monjes (que viven en celibato por decisión propia) y, sobre todo, del papa Gregorio VII de Canossa, en contra de la clara oposición del clero italiano y más todavía del alemán, donde sólo tres obispos se atrevieron a promulgar el decreto. Miles de sacerdotes protestaron contra la nueva ley.

En un memorial, el clero alemán alegaba: “¿Acaso el Papa no conoce la palabra de Dios: ‘El que pueda con esto, que lo haga’ (Mt 19, 12)?”. En esta única declaración sobre la soltería, Jesús aboga por optar libremente por este modo de vida.

De esta manera, la ley del celibato -junto con el absolutismo papal y el clericalismo forzado- se convierte en uno de los pilares fundamentales del “sistema romano”. Al contrario que en la Iglesia oriental, el celibato del clero occidental parece sobre todo distinguirse del pueblo cristiano por su soltería: un dominante estado social propio fundamentalmente superior al estado laico, pero totalmente subordinado al Papa de Roma.

El celibato obligatorio es el principal motivo de la catastrófica carencia de sacerdotes, de la trascendente negligencia de la celebración de la Eucaristía y, en muchos lugares, del colapso de la asistencia espiritual personal. Esto se disimula con la fusión de parroquias en “unidades de asistencia espiritual” con sacerdotes totalmente sobrecargados. ¿Pero cuál sería la mejor promoción de una nueva generación de sacerdotes? La abolición de la ley del celibato, raíz de todo mal, y la admisión de mujeres en la ordenación. Los obispos lo saben, pero no tienen valor para decirlo.

Tercera afirmación: los obispos han asumido suficiente responsabilidad. Que ahora se tomen serias medidas de ilustración y prevención es, evidentemente, bienvenido.

¿Pero no son acaso los propios obispos quienes tienen la responsabilidad de todas estas decenas de años de encubrimiento de abusos que, a menudo, sólo conllevaban el traslado de los delincuentes con la más absoluta discreción? ¿Son por lo tanto los mismos antiguos encubridores ahora fidedignos esclarecedores, o acaso no deberían incorporarse comisiones independientes?

Hasta ahora, ningún obispo ha confesado su complicidad. Sin embargo, podría aducir que se limitaba a cumplir las instrucciones de Roma.

Por motivos de secretismo absoluto, la discreta Congregación de Creyentes del Vaticano se atribuyó en realidad todos los casos importantes de delitos sexuales por parte de clérigos, y fue así como esos casos de los años 1981 a 2005 llegaron a la mesa del prefecto cardenal Ratzinger. Éste envió, el mismo 18 de mayo de 2001, a todos los obispos del mundo, una ceremonial epístola sobre los graves delitos (Epistula de delictis gravioribus) en la que todos los casos quedaban clasificados como “secreto pontífice” (secretum Pontificium), cuya violación está penada con el castigo eclesiástico. Entonces, ¿no podría esperar la Iglesia, además, en un gesto de compañerismo para con los obispos, un mea culpa del Papa? Y este gesto debería ir unido a una reparación en virtud de la cual la ley del celibato, sobre la que estaba prohibido discutir en el Segundo Concilio Vaticano, pudiese ser examinada abierta y libremente en la Iglesia.

Con la misma franqueza con la que, por fin, se están superando los mismos casos de abuso, debería discutirse también uno de sus orígenes estructurales más profundos, la ley del celibato.

Los obispos deberían proponérselo al papa Benedicto XVI con insistencia, y sin ningún miedo.

Hans Küng es catedrático emérito de Teología Ecuménica en la Universidad de Tubinga (Alemania) y presidente de Global Ethic.

Traducción de Ana Berenique.

Written by Reggio's

Marzo 13th, 2010 at 8:10 am

Posted in Derechos, Libertades, Religión

Tagged with

Laicidad mexicana, de Óscar Celador Angón en Público

without comments

La tercera ley de Newton, también conocida como el Principio de Acción y Reacción, dice que si un cuerpo actúa sobre otro con una fuerza (acción), este reacciona contra aquel con otra fuerza de igual valor y dirección, pero de sentido contrario (reacción). Este principio de la física también sirve para explicar cómo se han articulado las relaciones entre los estados y las confesiones religiosas en determinados momentos históricos. El laicismo que se asentó durante la III República francesa ejemplifica lo que queremos decir, pues la reacción del Gobierno francés fue su respuesta a los continuos ataques que recibió de la Iglesia católica durante el siglo XIX cuando esta, desconocedora de su fuerza y peso político real, reivindicó su soberanía en terrenos tan capitales para el Estado como la educación, e incluso de la mano del Papa Pío IX se atrevió a poner en duda la legitimidad política de la República. Francia vio en la Iglesia a un rival hostil y no a un grupo religioso que representaba el ejercicio colectivo de un derecho fundamental, y le trató como tal. La consecuencia no pudo ser más predecible: el clericalismo generó laicismo.

Los acontecimientos que se han desarrollado recientemente en el Distrito Federal de México parecen copiados de la experiencia francesa. Primero, en 2008, después de un intenso debate social y político, la Suprema Corte de Justicia estimó que las reformas operadas en el Código Penal y en la Ley de Salud del Distrito Federal para garantizar el derecho de las mujeres a la interrupción voluntaria del embarazo dentro de las 12 primeras semanas de gestación, eran coherentes con el marco constitucional. Segundo, en 2009, la Asamblea Legislativa de la capital mexicana reconoció a las parejas del mismo sexo los derechos a contraer matrimonio y a adoptar en igualdad de condiciones que las parejas de diferente sexo. Y tercero, la aprobación de las reformas legislativas aludidas se ha producido pese a que los sectores más conservadores de la sociedad mexicana y la Iglesia católica hayan liderado diversas campañas en su contra; por todo ello, y pese a que la Constitución mexicana reconoce expresamente el principio de separación entre el Estado y las confesiones religiosas, la Cámara de Diputados acaba de aprobar por unanimidad modificar el artículo 40 de la Constitución para que México se defina como una República laica.

El itinerario legislativo seguido por el Distrito Federal de México presenta numerosas similitudes con la realidad española, pues en ambos contextos, pese a que la mayoría de la población se declara católica, sus gobiernos han regulado el matrimonio entre personas del mismo sexo y el aborto enfrentándose a manifestaciones sociales lideradas por la Iglesia católica. Los mexicanos, como en su día hicieron los franceses, han lanzado un mensaje claro y contundente a las confesiones religiosas al apostar por la inclusión de la laicidad entre sus señas de identidad política. Sería conveniente que, ahora que tanto se habla de la posibilidad de reformar la Ley Orgánica de Libertad Religiosa, nuestros gobernantes tomasen nota.

Óscar Celador Angón. Profesor de Derecho Eclesiástico del Estado y de Libertades Públicas.

Written by Reggio's

Marzo 7th, 2010 at 8:01 am

Fundamentalistas son los otros, de Gregorio Morán en La Vanguardia

without comments

SABATINAS INTEMPESTIVAS

Para llegar hasta el velo islámico debemos recorrer antes nuestra galería de los espejos. Vivimos en sociedades de creyentes que no se dan cuenta de la fuerza de sus creencias porque les parecen algo tan normal, que no tendrían por qué sorprender a nadie. Esta es la razón por la que uno se puede comportar como un energúmeno en un campo de fútbol sin ser tildado de fanático. Se exige respeto en las iglesias y en las mezquitas, pero cualquier descerebrado te puede agredir en un estadio si manifiestas demasiado a las claras tus inclinaciones hacia el adversario. Digo más, un viejo lema anglosajón sostenía que en el deporte se demostraba la caballerosidad de los individuos, y no es verdad. Hoy día el deporte resulta la única actividad donde se exhiben las más variadas formas de violencia, y hay quien sostiene que aporta cualidades terapéuticas. Ayuda a desfogarse.

Nos engañan. No es verdad que existan religiones menores. Sólo los creyentes disponen de un medidor de frecuencias según el cual ellos pueden asegurar quién es un fundamentalista y quién un liberal consecuente. Sé de quienes, un día sí y otro también, desarrollan escritos preñados de citas de Isaiah Berlin y George Steiner, y no hace falta decir que se tienen a sí mismos por paradigmas de una visión liberal del mundo. Sin embargo, considerarían un atentado a sus principios entrar en el Bernabeu de Madrid o en el campo del Barça. Yo no se lo reprocho, entre otras cosas porque me es indiferente uno u otro estadio, pero deberían hacérselo mirar. Son como aquellos que dicen ser liberales en todo, salvo que no soportan a los gitanos, o a los negros, o a los judíos.

Y luego añaden, con rigor de convictos, que no tiene nada que ver con el fundamentalismo, que se trata de creencias.

El poder de los símbolos. Un recorrido por nuestra galería de los espejos nos lleva, tan sólo con recorrer un par de pasillos, casi a la vuelta de la esquina, a los tiempos en los que ninguna mujer podía entrar en la iglesia sin mantilla. ¡Qué decir de aquellos curas o delatores viciosos que eran capaces de asegurar qué señora o señorita no llevaba medias! ¡Las medias eran obligatorias, y detectables aunque fueran sutiles como una segunda piel! Una perversidad de sátiros. No es que parezca que fue ayer, es que fue ayer. Entonces no sabíamos que eso se denominaba fundamentalismo, tan sólo era la suma idónea de fervientes católicos junto a opositores silenciosos, que es la fórmula justificatoria que se han inventado los nietos para avalar la cobardía ética de sus padres y abuelos.

Dentro de los derechos de los ciudadanos están los más obvios, como son los de vestirse conforme a sus gustos e inclinaciones, y por tanto llevar mantilla, incluso con peineta, velo islámico, kipá judía, hábito monjil, sotana o clergyman. Son manifestaciones de creencias que no dejan de producir cierta desazón en quienes estimamos que las religiones militantes son tan legítimas como inquietantes. Es como el majadero que pone en su coche una pegatina con supuestas señas de identidad ideológica…

Hasta hace poco no conocíamos en España otras religiones militantes y proselitistas que las cristianas, y ahora esos mismos que consideraban lo más normal del mundo las damas nazarenas, las procesiones urbanas y los rosarios de exaltación masiva, se indignan ante la marea fundamentalista islámica. Y apelan al principio de unos supuestos valores. ¿Qué valores? ¿Los de la tradición? Permítanme el chiste, ¿de qué tradición hablamos? ¿De los toros bravos o de los correbous? Aquí no hay tradición que resista la prueba de la ley del embudo.

Cada vez que usted oiga la expresión “los valores cristianos de Occidente” averigüe quién la pronuncia. En España, y no digamos en Catalunya, vivimos situaciones peculiares que nos obligan a ser muy discretos a la hora de llegar a conclusiones.

Es obligado recorrer nuestras galerías de espejos, porque debemos reflejarnos antes en los retratos de familia. El primero, que obliga a la humildad, es el reconocimiento del tiempo que tardó la Iglesia católica en aceptar la democracia y el liberalismo, incluso en los límites en los que se mueve actualmente. Aquí todos parecemos hijos de hidalgos, y amén de prosapia, liberales de cuna. Por eso es más incongruente y despreciable el comportamiento de la alcaldesa de Cunit y su contubernio con el imán frente a una musulmana liberal. Porque ha hecho lo mismo que los alcaldes de todas las dictaduras: preferir la injusticia al desorden. Disculpar la represión en aras de aplacar la bicha fundamentalista. La alcaldesa, y sus colegas del PSC que la respaldan, se retratan en Goethe sin saberlo, y se colocan en el lugar preciso que les otorga la historia: fuerzas conservadoras al servicio del nuevo statu quo.

Pero hay más. En Catalunya, en mayor medida que en el resto de España, se da la particularidad de que la emigración musulmana, magrebí en su mayor parte, fue promovida con mayor benevolencia que la latinoamericana, por razones políticas. Los cerebrinos mandris del pujolismo juzgaban más útil la integración de quienes debían optar por una lengua nueva, que aquellos que traían su condición de castellanohablantes. Que yo sepa, no se llegó a formular de manera explícita, pero sí se llegó a practicar de manera implícita. Y así hoy se da la más surrealista de nuestras paradojas, y es que las zonas catalanas donde se vive más directamente del cerdo y sus derivados están dominadas por el islamismo militante. O lo que es lo mismo, los trabajadores abominan todo lo que producen. ¡No me dirán que no parece humor negro!

Pero no se extrañen, hay precedentes. El fundamentalismo de Hamas no tendría la fuerza que tiene en Palestina si el Estado de Israel no lo hubiera protegido y promovido para contrarrestar a quienes consideraba su enemigo más peligroso, la entonces laica Al Fatah de Yasir Arafat. Los talibanes afganos no serían lo que son si no hubieran pasado por la formación, ayuda y protección de sofisticados técnicos del ejército y los servicios de información estadounidenses en su lucha contra los soviéticos. En aquellos tiempos todos los creyentes religiosos se consideraban miembros de la misma familia. ¿Cuándo estalló la diferencia? Dicho en palabras brutales y precisas: cuando los siervos descubrieron que habían ganado una guerra para los otros, no para ellos.

La pelea con la emigración islámica en Occidente no ha hecho más que empezar y es de una complejidad inédita, porque aúna dos elementos que desde hacía muchos siglos no iban juntos. La lucha de clases; rasgo distintivo y, en general, desdeñado. Nuestros conflictos no están con los fundamentalistas ricos, concentrados en Marbella y aledaños, que tienen sirvientes cristianos, sino con los trabajadores musulmanes, los emigrantes. Y no acabamos de convencernos de que la emigración en España no está porque ellos necesitan comer sino porque hay trabajos que se pagan tan poco que no hay españoles dispuestos a hacerlos. Mientras no partamos de que la emigración es una obligación de la economía española y no un favor que hacemos al tercer mundo no entenderemos nada.

Y el otro rasgo, el que más rompe nuestros tradicionales esquemas políticos, es que el fundamentalismo islámico se haya convertido en una religión radical, proselitista y con inequívoca ambición política, que además le viene desde la fundación, a diferencia del cristianismo, que nació sin ambición de poder hasta que se hizo irreconocible con sus orígenes. Y a esa maraña de lucha de clases, el viejo e ineludible conflicto entre pobres y ricos, que algunos parecen haber olvidado y que sigue ahí siempre, por más que lo haga bajo diferentes formas, sumada al radicalismo musulmán convertido en militancia política, hay que añadir el aire de época. Y es que el aire de nuestro tiempo está impregnado de militancias religiosas. Creer o no creer.

Una vieja frase, que se repetía en nuestra infancia, ha dejado de tener sentido. “Creer no hace mal a nadie”. Depende de si eso de creer incluye la posibilidad de dejar de hacerlo. Ahí está la evidente coincidencia entre un imán fundamentalista y un castrista irremisible. Negar el derecho a no creer te cuesta la vida.

Written by Reggio's

Marzo 6th, 2010 at 8:15 am

Posted in Cultura, Política, Religión

Tagged with

Ética, religiones y mujeres, de Amelia Valcarcel en ABC

without comments

La Tercera de ABC

Las religiones han sido, y todavía son en muchos lugares, los principales vehículos normativos. En todo el planeta son tan ahora relevantes como nadie hace dos décadas habría imaginado. En paralelo, y también en nuestras sociedades ricas, estables y abiertas, la ética es el tipo de filosofía que toma cada vez mayor cuerpo. Va de suyo pensar que una cosa esté relacionada con la otra ¿Qué tiene que ver ese espesamiento del discurso ético con la multiplicidad religiosa y la necesidad de convivencia de credos distintos en sociedades globalizadas? Desde el Siglo Ilustrado, la ética, que Kant decantó, ha mostrado ser uno de los resortes más eficaces para producir innovación en el campo de los mandatos morales. Sin embargo, las religiones, por si alguien lo pensó algún día, no van a desaparecer. Puede que las democracias sean religiosamente indiferentes, pero arrastran el fuerte peso de la tolerancia religiosa.

El principio de tolerancia tiene origen precisamente en el mejor manejo que de las creencias religiosas quiso hacer el estado moderno, superadas las guerras religiosas. Holanda y Zelanda fueron las primeras en formular ese principio por el cual toda religión será tolerada siempre que no altere la paz civil. Tolerada e incluso protegida. Pero eso significa que cada creyente, en tanto que ciudadano, se compromete a acatar las leyes compartidas. Admite, por así decir, un común terreno de juego. Encontrar un mínimo compartido de normas o de valores en una sociedad que a la vez admite formas de vivir diversas, no es fácil. Hay que acordar principios entre actores que pueden no compartir trazos muy gruesos de prácticas morales. Y no llegamos todavía a conocer cuánto pueda estirarse la idea de tolerancia sin romperse. La tolerancia, actualmente, se ha salido además de su cauce inicial, religioso, porque nos es requerida también para «aceptar la diversidad». Y esto puede producir profundas perplejidades a algunos individuos.

Si admitimos formas de vida diferentes que tienen que ser respetadas ¿por qué no admitimos también las normativas de cada religión en su totalidad y no las respetamos como derechos a la diferencia? Si en nuestras sociedades hay divorcio ¿Por qué no admitimos la poligamia? Si alguna juventud se hace peircings ¿qué tiene de malo la ablación? Si la voluntad individual fundamenta la conducta recta ¿por qué no admitir todo lo que venga de ella, burkas incluidos? Estas son tres preguntas que nos llevan al centro mismo del conflicto normativo: Cómo respetar la universalidad cuando declaramos que respetamos la diversidad. Pero se puede llegar más lejos.

¿Por qué las gentes, aunque vivan juntas, han de pensar lo mismo y mantener valores homogéneos? ¿No es mejor que todo valga y que, simplemente, no nos mezclemos? Juntos pero diversos. A cada cual se le aplique su ley. Esta es la interpretación que de la tolerancia hace el multiculturalismo. Nuestras sociedades pueden aspirar a ser cosmopolitas, no internacionales, y, por lo tanto, que florezca la diferencia y cada uno se ocupe sólo de lo suyo. Del multiculturalismo al relativismo no hay ni siquiera un paso.

Por lo demás, no habría de qué asustarse. Todas las formas religiosas comparten tramos normativos relativamente homogéneos. Todas prohíben parecidas cosas: el robo, el asesinato, la calumnia. Y todas norman el sexo. Han sabido hacerlo durante siglos. Tienen sus textos sagrados que las inspiran y sus revelaciones particulares. Hay entre ellas mayores acuerdos de los que sospechamos. Que entre ellas se entiendan, como pensó que era la solución Pico de la Mirandola. Era imaginativo, pero, obviamente, no pudo ser. Europa se vio sumergida en el mar de sangre y sufrimiento que las guerras de religión abrieron tras la Reforma. La mutua tolerancia ha sido fruto de la prevalencia del Estado.

Es bien cierto que la mayoría de las religiones aplican normas básicas similares. Son normas fuertes y elementales sin cuyo cumplimiento ningún grupo humano habría sobrevivido. Los ejemplos del robo, el asesinato o la calumnia son sólidos. Todas las sociedades y, en consecuencia, sus religiones prohíben lo mismo. Sin embargo no lo prohíben universalmente. Cuando los credos no vivían juntos, sino que reinaban como monarcas cada uno en su grupo social y político, por lo común impedían estos males, pero hacia adentro. Con el extranjero, con el extraño con quien no se ha hecho ningún pacto, no hay reglas. Vale todo. Nuestros dioses no lo defienden. Esa es la dura dinámica más antigua de cualquier grupo humano.

A medida que las civilizaciones humanas fueron aproximándose en el espacio y por último compartiendo como ahora un tiempo común, cierto universalismo fue haciendo también esporádica aparición. Los mandatos se convirtieron en principios, esto es, normas abstractas de aplicación universal. Apareció la necesidad de los mínimos compartidos. Cada una de las que Duby llama globalizaciones limitadas produjo algunos de estos principios, tan dispares que van desde la regla de oro al principio de utilidad. Los principios coinciden con lo que solemos llamar normas éticas: meta-mandatos a partir de los cuales poder cribar las normas particulares de cada grupo, aprovechar lo mejor de ellas y deshacerse del resto. Se aprecia que tal trabajo sólo se hace necesario cuando una convivencia múltiple lo impone, como sucediera en el pasado y con mayor fuerza ahora que el proceso de globalización está culminando.

Pero tampoco todos los mandatos que vienen por el vehículo religioso tienen la misma entidad, aunque todos ellos sean supervivenciales. Los que norman el sexo resultan ser más abundantes, prolijos y complicados. Los acuerdos, en este terreno, son menores. Y, sobre todo, tales mandatos suelen ser diferentes para varones y mujeres en un monto considerable. No matar, no robar, no calumniar, son mínimos que no tienen sesgo de género; los tienen que cumplir las personas sean del sexo que sean. No es así con los preceptos directamente sexuales. Por tradición, -y en esto sí que el acuerdo existe-, las mujeres tienen especiales deberes de honestidad, al par que los varones se reservan mayores territorios de libertad. El sexo y la comida, además, son los objetos principales de otro tipo de órdenes, premorales, pero muy importantes, las de pureza. Y éstas también suelen tener género.

Pues bien, por dejar planteado el caso, nuestras democracias complejas son «sociedades de principios», con una abundante carga discursiva ética, y con su normativa de género debilitada, mientras que las sociedades tradicionales son lo que Lecky llamó «sociedades de vergüenza», regidas por órdenes de pureza, -magistralmente estudiadas por Mary Douglas-, y normas de género estrictas. Si estos dos tipos coinciden, colisionan. En tanto que las normas de género son la parte más divergente de las normas comunes, las mujeres están justamente en la línea de fractura. Son sus nuevas posiciones las que se han alcanzado mediante argumentaciones éticas. Y a la vez, las nuevas posiciones de las mujeres exigen innovar al discurso religioso; eso de nuevo las marca cuando éste se vuelve resistencial o inmovilista. Y durante esa colisión se produce toda una cacofonía, un ruido, en que el debate mezcla y confunde sistemáticamente órdenes, mandatos y principios; por tanto, argumenta desde posiciones inconmensurables. No por saberlo podemos quizá evitarlo, pero es nuestro deber para con el conocimiento contribuir a aclarar el campo.

Amelia Valcarcel. Catedrática de Filosofía Moral y Política de la Uned.

Written by Reggio's

Febrero 27th, 2010 at 10:12 am

Dineros ajenos, de Óscar Celador en Público

without comments

Los 252 millones de euros que el Estado acaba de entregar a la Iglesia católica para financiar su sostenimiento son la consecuencia del pacto bochornoso al que llegaron el Gobierno y la jerarquía eclesiástica en 2006. Suponen una tomadura de pelo para los contribuyentes y un claro ataque a nuestro marco constitucional.

La Iglesia ha utilizado el eslogan “marcar la casilla no cuesta nada y, sin embargo, rinde mucho”, pese a que es sabido que nada en esta vida es gratis. Lo más acertado hubiera sido decir que cuesta poco si el dinero que la Iglesia ingresa por esta vía se compara, por ejemplo, con los millones de euros que reciben las escuelas concertadas católicas, o los que el Estado dedica para pagar el sueldo de los profesores de religión, los capellanes católicos que prestan sus servicios en hospitales, prisiones o fuerzas armadas, o para la conservación del patrimonio histórico y artístico en posesión de la Iglesia. Todo ello sin tener en cuenta que la Iglesia católica está exenta del pago de casi todos los impuestos previstos en nuestro sistema tributario. La Iglesia católica ha utilizado el señuelo de las ONG católicas, como Cáritas o Manos Unidas, que también son financiadas por el Estado mediante la casilla del IRPF destinadas a otros fines de interés social, o a través de subvenciones y aportaciones estatales directas, para pedir a los españoles que financien el salario de su clero.

El sistema de financiación de la Iglesia católica lesiona directamente tres artículos de la Constitución.

El hecho de que el Estado contribuya al sostenimiento de una confesión religiosa es incongruente con el mandato constitucional de que “ninguna confesión tendrá carácter estatal”.

Asimismo, los poderes públicos ignoran el principio constitucional de igualdad y no discriminación por motivos religiosos, al permitir que los católicos puedan financiar a su Iglesia con el dinero de todos; ya que aquellos que ponen la cruz en la casilla destinada a la Iglesia católica en su declaración del IRPF no pagan un impuesto extraordinario, como ocurre en Alemania, sino que Hacienda resta a los ingresos públicos totales una parte de ingresos del IRPF.

Y por último, el modelo de financiación de la Iglesia católica vulnera la obligación de que todos los españoles contribuyan al sostenimiento de los gastos públicos, de acuerdo con su capacidad económica mediante un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y progresividad; pues aquellos que ponen la cruz en la casilla del IRPF destinada a la Iglesia contribuyen a los gastos generales con un 0,7% menos que los demás.

Nadie discute el enorme valor que tiene la labor social de la Iglesia, y especialmente en estos tiempos de crisis; de ahí que el Estado, al igual que hace con las entidades benéficas no católicas, subvencione sus actividades y haya diseñado una política fiscal que propicia que reciban donaciones privadas.

Ahora bien, lo que es muy discutible, y además es inconstitucional, es que el sostenimiento del clero católico se sufrague a costa de la Hacienda pública.

Óscar Celador. Profesor de Derecho Eclesiástico del Estado y de Libertades Públicas.

Written by Reggio's

Febrero 24th, 2010 at 8:03 am

Posted in Economía, Política, Religión

Tagged with

‘Circus Christi’, de Óscar Celador en Público

without comments

La historia de España no puede entenderse sin tener en cuenta el papel que las creencias y las convicciones han desempeñado en su cultura y modelo político, algunas veces para bien, pero muchas otras para justificar la discordia y los conflictos entre hermanos.

Uno de estos casos es el que acaba de acontecer en Granada con ocasión de la exposición denominada Circus Christi, compuesta por 14 fotografías que ilustran la interpretación que su autor hace del Nuevo Testamento. Los protagonistas de las fotografías son homosexuales, mujeres liberales y traficantes de drogas, y a través de las mismas se recrea la vida de Jesucristo. El contexto elegido para la exposición ha sido la Universidad de Granada, un foro caracterizado por la libertad académica, que se manifiesta en las libertades de cátedra, de investigación y de estudio. La reacción de un sector de la sociedad civil, primero amenazando directamente al autor de la exposición y, después, manifestando su profundo malestar por lo que consideran un ataque contra sus convicciones personales, ha servido para que finalmente la Universidad haya clausurado la exposición por motivos de seguridad.

La exposición fotográfica objeto de debate es una manifestación del derecho, protegido en nuestra Carta Magna, a la libertad de expresión y a la producción y creación literaria, artística, científica y técnica. También dice la Constitución que el ejercicio de estos derechos no puede restringirse mediante ningún tipo de censura previa, pero debe realizarse respetando los derechos y libertades fundamentales de los demás y, entre ellos, su derecho a la libertad religiosa. El equilibro entre ambos bienes jurídicos (la libertad artística y la religiosa) es muy delicado y exige que las partes sean tolerantes y hagan uso de cierta dosis de sentido común.

La exhibición puede no ser del agrado de muchos creyentes, e incluso que algunos la perciban como un ataque a sus convicciones, y probablemente por ese motivo se celebró en una sala de exposiciones de acceso libre. Ahora bien, aquellos que se sienten ofendidos deberían tener en cuenta que existen numerosas manifestaciones de sus legítimas creencias que pueden desagradar a los que no las comparten como, por ejemplo, las imágenes y el espectáculo que acompaña a las procesiones de Semana Santa, con la diferencia de que estas se desenvuelven en espacios públicos.

La convivencia y la paz social sólo es factible en un contexto de respeto mutuo, donde el dicho de Voltaire de que no estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo, sea una realidad. Los poderes públicos tienen la obligación de salvaguardar el pluralismo ideológico y religioso, y al clausurar la exposición se ha creado un precedente muy delicado, que esperemos que no sirva para que en el futuro, al igual que se hacía en otras épocas que pensábamos que estaban felizmente superadas, haya que someter las manifestaciones artísticas a la censura previa para evitar herir la susceptibilidad de aquellos que estos días han dado un ejemplo tan grande de fanatismo e intolerancia.

Óscar Celador. Profesor de Derecho Eclesiástico del Estado y de Libertades Públicas.

Written by Reggio's

Febrero 19th, 2010 at 8:02 am

El perdón de los pecados, de Óscar Celador Angón en Público

without comments

Los abusos sexuales a menores no pueden tener ningún tipo de cabida en una sociedad. Da igual quién sea el abusador, la víctima o las circunstancias de cada caso, la tolerancia debe ser cero. La repulsa hacia este tipo de actividades aumenta considerablemente cuando el pederasta tenía una relación de confianza con los menores o con sus familias, ya que esta situación indudablemente facilita la comisión del delito.
Pese a que la Iglesia católica viene sosteniendo que es víctima de una campaña malintencionada de desprestigio, desde finales de los años noventa no paran de aflorar denuncias contra sacerdotes y religiosos católicos que destapan casos de pederastia en seminarios, escuelas y orfanatos. Es más, cuando todavía algunos no habíamos olvidado el espectáculo deleznable de ver cómo varias diócesis estadounidenses pagaban cifras millonarias para conseguir acuerdos extrajudiciales –e incluso que muchas de ellas tuvieran que declararse en quiebra–, el informe de la Comisión sobre Abusos a Menores irlandesa nos enseñó cuál es el alcance real del problema.

La respuesta de la Iglesia católica ante los casos de pederastia ha sido muy polémica. En la mayoría de los casos los superiores de los religiosos se limitaron a llamar la atención a los pederastas. En otros ordenaron su traslado a otros centros donde, la más de las veces, volvieron a cometer abusos. La actitud del resto de los miembros del clero que conocía los abusos también ha sido muy delicada, pues optaron por la indiferencia y el silencio. La posición institucional de la Iglesia tampoco está exenta de polémica ya que, si bien ha ordenado numerosas investigaciones internas, estas se realizaron decretando el secreto pontificio de las actuaciones en las que estuvieran involucrados sacerdotes y amenazaron con la pena de excomunión para aquellos que levantaran el secreto del sumario. El último eslabón de esta cadena de hechos dantesca lo encontramos en las recientes declaraciones del Papa Benedicto XVI, quien ha condenado públicamente y con dureza los casos de sacerdotes pederastas.

Ahora bien, ¿es suficiente con pedir perdón y lamentar los casos de pederastia? Puede que así sea en el reino de los cielos, donde el pecador que se arrepiente, confiesa y se aparta del pecado alcanzará misericordia. Decía Shakespeare que el sabio no se sienta para lamentarse, sino que se pone alegremente a la tarea de reparar el daño hecho; pero en este caso el daño causado es irreparable, ya que estamos hablando de la inocencia y la dignidad de menores a los que se ha marcado de forma cruel y deplorable el desarrollo de su personalidad. Hay heridas que nunca se cierran, y que aunque sanen dejan cicatrices que puede que podamos ocultar a los demás, pero no a nosotros mismos. En el Estado de derecho, las disculpas, incluso las más sentidas, no tienen cabida para este tipo de atrocidades y las autoridades públicas tienen la obligación de investigar los hechos y de actuar, aplicando las penas a los criminales y a aquellos que encubrieron sus delitos. En otro caso, esta historia nunca se acabará.

Óscar Celador Angón. Profesor de Derecho Eclesiástico del Estado y de Libertades Públicas.

Written by Reggio's

Febrero 12th, 2010 at 8:06 am

Imanes y burkas, de Saïd El Kadaoui Moussaoui en Público

without comments

Uno de los grandes males de casi todos los países musulmanes y árabo-musulmanes es el de mezclar la religión con la política. La laicidad dista mucho de ser una prioridad para los líderes de estos países. No así, sin embargo, para una parte considerable de la sociedad civil que lleva décadas reclamándola.

Sin ir más lejos, en mi otro país, Marruecos, esta falta de secularización del Estado genera toda una serie de sinsentidos que alimentan la doble moral y el miedo a sufrir represalias.

En una crónica de la revista marroquí Tel quel (en su número 299, aparecido el 30 de noviembre de 2007) se decía que Marruecos producía 37 millones de botellas de vino al año aunque, legalmente, los musulmanes –que son la gran mayoría de la población marroquí– no pueden consumirlo.

Ir a comprar alcohol en Marruecos es una actividad recomendable si se quiere ver con exactitud lo que es el país: una contradicción permanente. Un querer y no poder. Un deseo infantil de casar lo incompatible. A saber, la libertad individual y el control enfermizo de la vida privada de la gente.

Durante el mes del Ramadán del anterior año, la Policía tomó la estación de tren de Mohamadía, una población cercana a la capital económica, Casablanca, porque un grupo de seis jóvenes activistas de los derechos individuales quiso hacer una ruptura simbólica de la abstinencia del Ramadán en pleno día, reclamando así su derecho a no cumplir a rajatabla –habrá que adaptarse a los tiempos algún día– un precepto del islam.

La religión como árbitro de la cosa pública y los derechos individuales no han casado bien nunca. Aun así, cada vez que viajo a Marruecos me produce algo de envidia comprobar el dinamismo de la sociedad civil y, especialmente, de los jóvenes. Quizás tenga algo que ver con la afirmación de Moncef Marzouki, recogida en su libro Le mal arabe, de que las sociedades árabes son probablemente unas de las más politizadas del mundo. Lo que es seguro es que en Marruecos, que no brilla especialmente por sus dotes democráticas, la gente no se somete pasivamente al efecto de esta intrusión de la religión en sus vidas.

Esta es una realidad que deben conocer los políticos europeos.

Recientemente, hemos sabido que la alcaldesa de Cunit (Tarragona), Judith Alberich, ha intercedido en un asunto que no le incumbía a ella sino a la justicia.

Fátima G. G., mediadora cultural del Ayuntamiento de Cunit, acusó al imán de su pueblo de calumniarla y amenazarla. De confirmarse la acusación, este y sus presuntos colaboradores deberán responder ante la justicia.

Los hechos son graves. Creerse con el derecho de clasificar a los musulmanes en buenos y malos y asediar a alguien por el mero hecho de querer trabajar, conducir y relacionarse con no musulmanes es simplemente un delito.

Por cierto, habría que pedir a muchos periodistas que no confundan ser una persona autónoma con ser o estar occidentalizado. Este es un viejo lapsus de los que confunden civilización con Occidente y barbarie con el resto del mundo, especialmente el mundo musulmán.

Decía que los hechos son graves. No tener claro esto e intentar interceder a favor del presunto coaccionador en aras de una paz social –que jamás debe confundirse con un sometimiento masoquista a los fanáticos– es de una ingenuidad flagrante y de una irresponsabilidad imperdonable para alguien que gobierna la cosa pública.

De confirmarse los hechos, dos son los perfiles posibles de este imán. O bien es una persona con una visión primaria de la vida y con una cultura democrática lamentable (no sería el primer caso de un imán con este perfil que conozca) o un seguidor de los preceptos del wahabismo, que, según palabras del escritor Abdel wahab Meddeb, escritas en su libro Pari de civilisation, es probablemente la interpretación más pobre que jamás haya conocido la historia teológica y doctrinal del islam. En ambos casos se trataría de una persona que no merece de ninguna manera ser el representante de una comunidad, diversa y heterogénea, en un país democrático.

Una sentencia condenatoria sería un buen mensaje para muchos de estos especímenes que pretenden aprovecharse de la ignorancia y de la buena voluntad de muchos para imponernos su visión cavernícola del mundo.

Y permítanme que opine también sobre la polémica desatada en Francia a raíz del burka. Algunos intelectuales musulmanes sostienen que esta prenda nada tiene que ver con el islam y otros la asocian al wahabismo, del que hemos hablado anteriormente. Ambas posiciones darían la razón a su desvinculación con el islam que necesitamos en Europa.

La editorial Pagès Editors ha traducido recientemente al catalán (y espero que pronto lo haga también al castellano) el libro de Mohamed Talbi, Réflexion d’un musulman contemporain. En él, el autor, un erudito del islam, sostiene que es necesario que los musulmanes se adapten a los cambios profundos que las ciencias, las técnicas, el entorno económico y la política mundial han producido. El futuro del islam, dice en el último capítulo, está en su capacidad de asimilar la modernidad si queremos que los musulmanes no sean testimonio pasivo de la época contemporánea.

Un islam contemporáneo, este que defiende Mohamed Talbi, es el que debemos respetar y ayudar a dignificar.

A estas alturas debemos ir teniendo en cuenta algunos límites que no debemos permitir que se franqueen. Lo diré en palabras de Kwame Anthony Appiah: la idea fundamental de que toda sociedad debe respetar la dignidad humana y la autonomía personal es más básica que el amor por la variedad.

Saïd El Kadaoui Moussaoui es psicólgo y escritor. Autor de la novela ‘Límites y Fronteras’.

Written by Reggio's

Febrero 7th, 2010 at 8:02 am

A vueltas con la familia, de Óscar Celador en Público

without comments

Es curioso cómo la familia, que es una institución a la que todos los individuos se sienten en mayor o menor medida gratamente ligados, puede ser utilizada por algunos para sembrar la semilla del conflicto y la discordia. La foto sociológica española refleja que los matrimonios civiles y las uniones de hecho prácticamente superan a los matrimonios religiosos, y que en nuestra sociedad conviven, junto al modelo de familia tradicional, familias monoparentales, homosexuales, parejas de hecho, o las que son el resultado de sucesivos matrimonios, separaciones o uniones. Por este motivo, cualquier posición que pretenda reducir el concepto de familia exclusivamente al modelo católico comete dos graves errores. De una parte, ignora que la Constitución española reconoce a las parejas, con independencia de su orientación sexual y estatus matrimonial, el derecho a fundar una familia.

Y de otra, reabre viejas heridas que nos recuerdan el modelo de familia que estuvo vigente durante el régimen franquista, ya que la posición que ahora esgrime la Iglesia católica no ha variado un ápice desde entonces.
Las religiones han concedido tradicionalmente un papel capital a la familia. Ahora bien, ¿de qué modelo de familia estamos hablando? La respuesta es tan simple como contundente, ya que casualmente las religiones han venido defendiendo aquellos modelos de familia que sirven a sus intereses institucionales, y la católica no es una excepción en este terreno. De acuerdo con el derecho canónico, aquellos que quieran fundar una familia deben contraer matrimonio canónico con la finalidad de engendrar hijos y educarles en la fe católica; de esta manera, se crea un potente efecto multiplicador que explica el interés de la Iglesia por la familia, pues a más familia más fieles y a más fieles más poder para la Iglesia.

Puede que el modelo de familia cristiano esté en peligro de extinción, pero, por mucho que se empecine la Iglesia, los culpables no son los poderes públicos, ya que estos sólo se han limitado a permitir que los individuos puedan elegir libremente como quieren articular sus relaciones familiares en el marco del Estado democrático. De ahí que el mensaje apocalíptico lanzado de que el futuro moral de Europa pasa por la defensa del modelo familiar cristiano sea injustificable, ya que precisamente la construcción de una identidad común europea sólo ha sido factible gracias al establecimiento de un marco de convivencia válido para todos y, en consecuencia, soportado en el pluralismo religioso y el respeto al libre desarrollo de la personalidad en todos los ámbitos, incluido el de la familia.

El verdadero problema que representa el discurso de la Iglesia católica no es su contenido sino sus verdaderas intenciones, ya que, de no ser por la separación entre el Estado y las confesiones religiosas que ordenó la Constitución del 78, los españoles todavía seguirían sin poder ordenar libremente sus relaciones de pareja y familiares. Por todo ello, no estaría de más que algunos leyeran un poco a Víctor Hugo, quien acuñó la frase de que la tolerancia es la mejor religión.

Óscar Celador. Profesor de Derecho Eclesiástico del Estado y de Libertades Públicas.

Written by Reggio's

Febrero 6th, 2010 at 8:05 am

Posted in Política, Religión, Sociedad

Tagged with

‘He said a little prayer’, de Santiago González en El Mundo

without comments

A CONTRAPELO

La culpa no fue del chachachá, sino del gospel. Son of a preacher man (Hijo de un predicador), cantaba en los 60 Dusty Springfield, rescatada muchos años después por Tarantino en Pulp Fiction. I say a little prayer, aprendimos a cantar con Aretha Franklin algo después, aunque ya empezábamos a ser laicos. La pequeña oración de Zapatero justifica el rezo en castellano con una razón que nunca emplearía para defender su uso en la educación de los niños españoles: «La lengua en la que por primera vez se rezó al Dios del Evangelio en esta tierra». Por lo demás, es un canto razonable de admiración a Estados Unidos. Tiene algo del «Eres hermosa, verde y ancha, Norteamérica», con que Neruda comenzaba Que despierte el leñador, y algo también de los credos obreristas, modelo Palacagüina.

«Citar», escribió Ambrose Bierce, «es repetir erróneamente las palabras de otro», y el presidente se aplicó a ello con fruición en su plegaria. Abusando del quiasmo dio la vuelta al Evangelio. Donde el águila de Patmos había escrito «la verdad os hará libres» (San Juan, VIII, 32), Zapatero reescribió «es la libertad la que os hace más verdaderos», y así lo repitió ayer en su plegaria.

Con la misma desenvoltura intelectual fue añadiendo pluralismo, solidaridad y tolerancia a la marmita de la Alianza de Civilizaciones, llegando a invocar el Deuteronomio (capítulo XXIV) como fuente de inspiración para la justicia social con los inmigrantes, tal como los democristianos europeos citaban hace unas décadas la encíclica Populorum Progressio.

Esto lleva a confusión a los espíritus laicos. El mismo Deuteronomio prescribe esta Alianza de Civilizaciones: «Esto es lo que debéis hacer con ellos: derribad sus altares y haced pedazos las estatuas, talad sus bosques profanos y quemad sus ídolos» (Deut. VII, 5). Eso por no hablar de cómo contempla la Ley de Identidad de Género: «La mujer no se vista de hombre ni el hombre se vista de mujer, por ser abominable delante de Dios quien tal hace» (Deut. XXII, 5), amén de esta muestra de moral sexual: «Mas si es verdad lo que [el marido] le imputa y la muchacha no fue hallada virgen, la echarán fuera de la casa de su padre y morirá apedreada por los vecinos de aquella ciudad, por haber hecho cosa tan detestable en Israel» (Deut. XXII, 20-21). Finalmente, donde el mismo libro dice (XIV, 21) «no cocerás cabrito en la leche de su madre», ¿debemos entenderlo como un alegato contra la cocina de fusión, o más bien contra la redundancia?

Éste es el mismo presidente que en 2007 hacía bromas con su biógrafo De Toro sobre «el complejo retardado del nacionalismo español. Es agarrarse, para salir del rincón de la Historia (risas) al imperio americano (más risas)» (Madera de Zapatero, págs. 157-158).

Es verdad que arrepentidos los quiere el Señor, pero no sé si tanto, la verdad.

© Mundinteractivos, S.A.

Written by Reggio's

Febrero 5th, 2010 at 8:12 am

Posted in Política, Religión

Tagged with

Load time improved by PHP Speedy Load time improved by PHP Speedy

Free counter and web stats