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Pepín Vidal Beneyto: pasión por Europa y por la libertad, de Marcelino Oreja Aguirre y Guillermo Luca de Tena en ABC

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La Tercera de ABC

La noticia de su muerte nos ha dejado consternados y estamos seguros de que compartirán este dolor cuantos le conocieron y le trataron. Era un profesor eminente, un europeísta convencido, un demócrata que supo defender sus ideas y sus ideales en los ámbitos más diversos y en las circunstancias más difíciles. Su capacidad movilizadora en foros, asambleas, encuentros, llegaba a los últimos rincones del planeta. Y sus dotes persuasivas eran tan sólidas que resultaba muy difícil resistirse a sus proyectos, tan grande era la convicción que ponía en cada uno de ellos.

Participó en infinidad de congresos y conferencias, publicó numerosos libros, defendió el nombre de España, su cultura y su civilización desde París, el Consejo de Europa, el Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo e infinidad de Instituciones y Organizaciones en las que participó activamente.

A lo largo de toda su vida conservó una entrañable fidelidad a la Comunidad Valenciana y en especial a su pueblo de Carcaxent, donde nació en el seno de una familia típicamente valenciana, de propietarios y exportadores. Siendo muy niño acompañaba a su padre en un tartaneta a los huertos varias veces por semana y en los desangelados anocheceres de invierno iba con él a la estación de mercancías del pueblo para asistir a la carga de los vagones, cuya expedición se había previsto a distintos lugares de Europa, que pronto le fueron familiares y que imprimieron en él desde la infancia su profunda vocación europea que desplegaría durante toda su vida. Con razón pudo escribir que él no era un europeo de circunstancias sino, en todos los sentidos de la palabra, un europeísta que había encontrado que Europa estaba, desde muy tempranamente, en todas las esquinas de su vida.

Desde su llegada a la Universidad de Madrid tuvo ocasión de poner en práctica ese europeísmo con un grupo de compañeros de la Facultad de Derecho, que habían organizado en la Asociación Católica de Propagandistas un círculo de debate sobre temas contemporáneos, y entre ellos Europa.

Pocos años más tarde participó activamente en la Asociación Española de Cooperación Europea, que juntamente con el Instituto de Estudios Europeos de Barcelona y con la Liga de Cooperación Económica promovía en España los ideales europeos.

La AECE y el Consejo Federal Español del Movimiento Europeo decidieron celebrar en Múnich, en junio de 1962 y en el marco del Congreso Internacional del Movimiento europeo, bajo la presidencia de Maurice Faure, un encuentro de personalidades del europeísmo español del exilio y del interior. Presentaron del modo más formal, en nombre de la España democrática, la petición de su integración en la Comunidad europea tan pronto se reunieran las condiciones políticas que lo hicieran posible. El éxito de la reunión fue total, tanto en términos políticos como mediáticos, y su designación como «contubernio» le dio extraordinaria visibilidad, reforzada por la dureza represiva del régimen, que castigó a todos los participantes en él al confinamiento o el exilio. Uno de los vectores principales de ese encuentro fue José Vidal Beneyto, que asoció desde aquel momento democracia y Europa a un mismo combate. Desplazó su domicilio a París, y con el corazón en España y en Valencia recorrió el mundo entero defendiendo su pensamiento con pasión pero con tolerancia.

Como Director General del Consejo de Europa desarrolló una extraordinaria labor: el lanzamiento de once itinerarios culturales, entre ellos el Camino de Santiago, las Rutas de la Seda y los Itinerarios del Barroco; la creación y puesta en marcha de diecisiete redes europeas de centros culturales; la extensión del programa de enseñanza de lenguas; la concepción y el lanzamiento del programa Industrias de la Lengua; la creación del Fondo para la producción cinematográfica Eurimages y la defensa de los derechos de autor en el ámbito audiovisual; la creación y puesta en marcha de tres programas de Educación permanente, la creación de archivos audiovisuales y programas para la defensa del patrimonio cultural.

Esta vocación europea de José Vidal Beneyto le llevó a una fecunda actividad periodística, recogiendo la realidad del momento desde la perspectiva de su amplia visión con espíritu riguroso y crítico, y marcando las perspectivas del proceso de integración de nuestro continente.

En su libro «Por una Europa política, social y ecológica», se recoge una síntesis de su actividad periodística reproduciendo cien artículos, escritos a lo largo de veinte años, que constituyen un arsenal indispensable para quien quiera conocer la cultura, comunicación y sociedad europea, el régimen de partidos y elecciones, la ampliación, la constitucionalización de Europa y mil cuestiones más, que ha ido desgranando semanalmente con una fuerza extraordinaria y sin plegarse a oportunismos y conveniencias, fiel siempre a su independencia de criterio y a su acusada personalidad.

Vidal Beneyto, autor de numerosos libros, editor de otros muchos, fue por encima de todo un profundo y brillante sociólogo especialista en estudios de comunicación, y durante diecinueve años fue presidente de la Asociación Mundial de Medios de Comunicación de Masas. Catedrático de Sociología de la Universidad Complutense, director del Colegio de Altos Estudios Europeos Miguel Servet de París, impartió cursos en las universidades de California, San Diego, Michigan, Pensilvania y Florencia.

Últimamente publicó tres volúmenes sobre «la Gobernación del Mundo», defendiendo la idea de que la mediatización no es ineluctable ni irreversible, pero es dominante, y su objetivo es controlar la globalización, a través de la concentración de grandes áreas geopolíticas regionales integradas y trasversalizadas.

En los años sesenta fue decisiva su contribución a la creación de Ceisa, una Sociedad que permitió, al ser expulsados de la Universidad los profesores Aranguren, Tierno Galván, García Calvo y Montero Díaz, constituir un Centro de Enseñanza e Investigación bajo la cobertura de una sociedad anónima. Allí se concentró un gran número de profesores, se creó una Escuela de Sociología en el ámbito del Rectorado de la Universidad Complutense y se organizaron los primeros cursos de sociología que hubo en España.

Su última obra ha sido la Fundación Amela, acrónimo de Área Mediterránea-Latinoamericana, con sede en Valencia, consagrada al cruce entre las áreas mediterránea y latinoamericana entre el Norte y el Sur y entre el Este y el Oeste. Y para llevar a cabo este propósito, Amela ha concebido un programa de Progreso sostenible e integración regional en esos dos bloques que deben desarrollarse a través de diversas publicaciones tanto teóricas como pragmático-operativas, en un plan que debía desarrollarse entre 2010 y 2012.

Pero por encima de todas estas realizaciones políticas, intelectuales, académicas en su vida, Pepín Vidal era una persona de gran sensibilidad preocupada por los problemas de los demás, con una inmensa capacidad de entusiasmo y con unas convicciones democráticas y europeístas profundas que defendió siempre con talento y determinación. Y Pepín tuvo la inmensa fortuna de tener muchos años a Cecile, una mujer excepcional que estuvo a su lado en todo instante y que le ayudó con inteligencia y con dulzura a cruzar los innumerables caminos que constantemente abría y que necesitaban a alguien para conducirle y guiarle con el amor que puso en todo su recorrido. Ella sabe que sus amigos siempre tendremos presente a nuestro entrañable amigo Pepín. Su recuerdo nos seguirá alumbrando en muchos proyectos e iniciativas.

http://elcomentario.tv/reggio/tag/jose-vidal-beneyto/

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Marzo 18th, 2010 at 8:09 am

Lo que importa es el amor, de Manuel Castells en La Vanguardia

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OBSERVATORIO GLOBAL

Los estudios lo dicen y usted lo siente. Ya le puedo contar historias sobre globalización, internet, crisis y demás zarandajas que usted está pensando en otra cosa. Está pensando en el amor, que es lo que de verdad le importa a usted y a todo el mundo, aunque algunos no lo reconozcan. Porque está enamorado o lo ha estado y lo añora o porque aún tiene la esperanza de encontrarlo algún día en un ascensor, incluso en su vejez. Y además las películas, las novelas, la publicidad y cualquier mensaje del entorno comunicativo confirman su anhelo y su frustración. Digo amor, no cariño o afecto o cualquier otro sentimiento que tenga por sus hijos, padres, amigos o animales domésticos. Tampoco me refiero a la sexualidad, porque no hay amor sin deseo pero hay deseo sin amor, entendiendo por deseo la búsqueda variopinta del orgasmo.

¿Qué es esa cosa misteriosa que nos obsesiona hasta el punto de negar la obsesión para tranquilizarnos? Siendo misterio no sabemos mucho, pero sabemos dos cosas fundamentales. El amor es fusión entre dos seres. No es coito, no es (¡absolutamente no!) matrimonio, familia o cohabitación. Es fusión mental que se traduce en todo lo demás. Porque así lo determinó la evolución de las especies. Porque sólo fusionándose se aseguraba no sólo la reproducción biológica, sino también la reproducción social, el cuidado de las criaturas, la estabilidad del grupo familiar. Sólo con el reconocimiento profundo de la una y el otro se construyó la reproducción ampliada de la especie humana. Claro que la dinámica del deseo también incluye el amor-fusión homosexual. Pero el despliegue de esa forma de amor ha tenido que esperar no sólo a la evolución cultural, sino a la evolución científica que desliga tendencialmente heterosexualidad y reproducción biológica. Amor es fusión. Es dejar de ser yo para ser nosotros. La historia de la literatura está sembrada con esta narrativa.

El problema deriva de la segunda cosa que sabemos científicamente. Y es que el yo no es fusionable. Es siempre yo. Lo intuíamos, pero ahora lo sabremos en unos pocos meses cuando se publique el nuevo libro de Antonio Damasio sobre la construcción del yo en el cerebro, cuyo contenido no revelo porque el descubrimiento es suyo. Sabíamos ya dónde está localizado el yo en el cerebro. Pero el funcionamiento de esa zona es específico en cada individuo. Por eso soy yo y no otro. Y ahí está la contradicción. Amor es fusión. Pero en realidad de quien estamos enamorados es de nosotros mismos. Y la fusión consiste en que el otro o la otra se fusionen conmigo. Y como cada uno quiere lo mismo, ahí empiezan los problemas.

La evolución biológica y cultural a lo largo de la historia resolvió el problema decidiendo que el ser físicamente más fuerte (el hombre), que podía proteger al ente fusionado de los peligros del entorno, fusionara a la otra. Así se constituye la familia patriarcal, la institución más longeva de la humanidad que ha llegado hasta nuestros días: la autoridad del hombre sobre la mujer y los hijos e hijas en la familia, en la cultura, en las instituciones y, por si acaso, en la ley divina.

Pero resulta que el cerebro también alumbra la conciencia en su interacción con la sociedad. Y que la historia quiso que las mujeres, primero unas pocas de ellas (pobres brujas) y luego masivamente en las cuatro últimas décadas, decidieran por sí mismas que su yo valía tanto como el del otro. Les costó sangre, sudor, lágrimas y Prozac, pero hoy en día las nuevas generaciones ni entienden eso de que el que tiene derecho de pernada es el macho. Por eso Marina Subirats y yo titulamos el libro que publicamos hace no mucho Mujeres y hombres: ¿un amor imposible?

Porque si ya no hay base cultural para la fusión en sentido único (masculino) y por otro lado los hombres somos como somos (pobrecitos, no es culpa nuestra, nos hizo la evolución), pues no hay fórmula amorosa igualitaria posible. Puede haber contrato de convivencia atado y bien atado, pero no fusión, porque esto requeriría ni más ni menos que el rebobinaje del proceso mental para que dos seres acepten ser uno hecho de dos a partes iguales. Marina y yo coincidimos en el análisis sobre el patriarcado, la insurrección de masa de las mujeres y demás temas clásicos del feminismo. Pero diferimos en el diagnóstico.

No hablaré por ella porque es lo que suelen hacer los hombres con las mujeres. Sólo diré que piensa que podrá haber amor el día en que cambien los hombres. Y yo digo que no tenemos ningún interés objetivo para cambiar. Porque no estamos enamorados de una mujer ni de varias. Estamos enamorados de nosotros mismos y lo que necesitamos son espejos para reflejarnos en ellos. Claro que si no nos dejan aceptamos un contrato de coexistencia pacífica, fundamentalmente para tener acceso fácil a la sexualidad. Aunque la sociedad masculina hace siglos que diferenció entre la fusión postamorosa (familia) y la sexualidad (prostitución).

Lo nuevo es que las mujeres pueden también acceder a este modelo o a cualquier otro. Pero la fusión simétrica, o sea, el amor sin dominación, exige un desarme bilateral y simultáneo. ¿Utopía? ¿Quimera? En realidad, ese sueño vive en nosotros. Porque incluso el desamor es lamento de amor. Y todo lo que vive en los humanos tiene el potencial de llegar a ser. A condición de partir del yo y de que nadie se niegue en esa fusión que no es un nuevo ente, sino dos yos en constante interacción. O sea, que a lo mejor Marina tiene razón. Pero los modelos que llevamos dentro no nos sirven. Si usted aún busca el amor (incluso con la persona que tiene al lado y a quien nunca realmente miró más allá de usted), busque su reflejo en el espejo de la otra persona para, tal vez, volverse a enamorar.

De usted mismo.

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Marzo 13th, 2010 at 8:15 am

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¿Hacia la europeseta?, de Manuel Castells en La Vanguardia

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OBSERVATORIO GLOBAL

Si usted guardó algunas pesetas como recuerdo, cuídelas. Puede que le sirvan. En tiempos de paro y congelación de salarios, cualquier ayuda es buena. Y es que el invento del euro puede desmontarse como castillo de naipes eurocráticos. Como la cosa va en serio, permítame que me explique.

En 1998 tuve un debate público en Bilbao con el entonces vicelehendakari Ibarretxe, por el que siempre he tenido, contra viento y marea de neofranquistas y radicales, un gran respeto, aun en desacuerdo. El debate era sobre las ventajas del futuro euro. Disentimos totalmente. Desde Euskadi y Catalunya todo lo que sea Europa se ve bien porque cuanto más se diluya España, mejor. Y como el euro dejaba Europa atada y bien atada, miel sobre hojuelas. En este caso todos coincidían en la riqueza del panal, incluidos los españolistas más acendrados, que suelen mirar la cotización de bolsa antes de proclamar esencias patrias. La idea era que el euro ampliaría el mercado, reduciría costos de transacción, simplificaría aranceles y constituiría una unidad de destino en lo universal económico frente a EE. UU., países asiáticos y otras gentes de mal vivir.

Yo expresé mis reservas sobre la bondad del euro, pensando en la gente de a pie para quien la economía no son modelos sino vida. Mi razonamiento era (y es) el siguiente: la moneda es expresión de una economía única en la que las diferencias territoriales dan un promedio en el que se basan las políticas económicas del país. O sea: la política monetaria, la política fiscal, las políticas crediticias del Banco Central (que determina los tipos de interés), la balanza por cuenta corriente (relación con el exterior), el nivel de deuda público y privado tienen que corresponderse. Porque hace tiempo que los países están integrados en una economía global de la que dependen en términos de sus intercambios comerciales y financieros. Si un país vive de prestado, con baja productividad y creciente déficit comercial, se le cierra el grifo del dinero, porque el costo de los préstamos que recibe se hace prohibitivo.

Al final, como nadie cree en la moneda en que el país paga, la moneda se devalúa, por decisión del Gobierno o del mercado, el país puede endeudarse menos, y como sus precios son más competitivos por la devaluación recupera poco a poco su crecimiento y su credibilidad económica. La creación del euro supuso algo distinto: que todas las economías eran iguales cuando no lo eran, ni en productividad, ni en competitividad, ni en responsabilidad fiscal. Para homogeneizar se dieron atribuciones al Banco Central Europeo para que decidiera los tipos de interés. Aún peor. Porque si una economía entraba en recesión porque no aguantaba el tirón de ser igual que las otras en competitividad, no podía recuperar esa competitividad ni bajando los tipos de interés ni devaluando su moneda. O sea, todos alemanes por narices.

A los alemanes les iba bien porque su moneda valía igual con competitividad mayor y así les comprábamos más. Algo había que hacer para mantener la ficción de la unidad de gestión económica. Y por eso el tratado de Maastricht impuso un límite al endeudamiento público y amenazó con multas de hasta el 0,5% del PIB.

Pero como no tiene a la Legión, a ver quién las cobra. La verdad es que España fue mientras pudo un buen ciudadano europeo y se mantuvo dentro de los límites. Fue posible mientras había un alto crecimiento fundado en el modelo especulativo e insostenible del gobierno del PP para crecer sin incremento de la productividad con una economía inmobiliaria, de turismo y de construcción alimentada por mano de obra inmigrada. Cuando la crisis mundial cerró el grifo del crédito fácil, no pudo proseguir ese crecimiento y el Estado tuvo que socorrer a la economía. Sacando el dinero de donde está: de los mercados financieros, o sea, endeudamiento. A finales del 2009 el porcentaje de déficit presupuestario sobre el PIB llegó al 11,8%, no lejos del 13% de la manirrota Grecia. No crece la productividad, no exportamos suficiente (déficit de cuenta corriente del 5,7% del PIB), no hay crédito, baja la inversión y el consumo, por tanto, sube el paro a los niveles más altos de la OCDE, se encarece el crédito en los mercados financieros y es difícil subir impuestos por razones económicas y políticas. El Gobierno tiene las manos atadas, pues no puede hacer lo obvio: devaluar, reducir costos (incluidos laborales) y aumentar productividad.

¿Qué le pasa a la pobre Grecia? Pues que hizo trampa con la UE, ayudada por Goldman Sachs, que maquilló sus cuentas para que los mercados siguieran prestando a una economía fiscalmente quebrada (por el gobierno conservador, por cierto). Y cuando el socialista Papandreou explicó por qué tenía que imponer austeridad se descubrió el pastel. Los mercados dejaron de comprar deuda griega y los especuladores jugaron al alza de precios de los seguros CDS que cubren los riesgos de deuda. Merkel acudió al rescate porque un hundimiento del euro griego es inseparable de un hundimiento del euro. Pero con condiciones leoninas, porque los alemanes no están por la solidaridad a menos que les regalen el Mediterráneo. Esto implica reducción drástica del gasto público, despidos y limitar privilegios del sector público.

Tal vez funcione, porque, pese a las protestas de los afectados, la mayoría de los griegos apoya el plan de austeridad. Pero la urgencia de la intervención resulta de que Grecia es sólo la primera línea de defensa del euro. Los llamados PIGS (qué nombrecito) están en la mira de los especuladores. El coste de los seguros financieros para España se ha disparado desde diciembre. George Soros escribió esta semana que el problema no es Grecia, sino Portugal, Italia, Irlanda y España. Y hace poco Martin Feldstein, respetado economista de Harvard, propuso la restauración temporal del dracma griego para permitir a Grecia gestionar su crisis. Si la crisis del euro no se detiene, empezaremos a hablar de la euro-peseta.

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Febrero 27th, 2010 at 10:14 am

El pacto, de Juan Díez Nicolás en ABC

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La Tercera de ABC

El revuelo político y mediático provocado por la petición del Rey a las fuerzas políticas y sociales para que logren un acuerdo amplio que sirva para sacar a España de la grave situación económica en que está inmersa sigue estando de actualidad. No es la primera vez que el Rey hace ese llamamiento, y tampoco ha sido el único que lo ha pedido. Pero los políticos llevan años haciendo oídos sordos a estas peticiones, pues prefieren continuar sus habituales disputas, con discursos vacíos de contenido programático concreto pero envueltos en las técnicas de «comunicación».

La opinión pública española valora muy negativamente la situación económica nacional y personal presente y futura, la actuación del Gobierno y la de los partidos políticos y los políticos, pero no renuncia sino todo lo contrario, al sistema democrático. Lo que está en discusión son las políticas, no el sistema democrático, eso debe quedar muy claro. La valoración de los líderes de los dos partidos, PSOE y PP, están en los niveles más bajos desde 1986. Y la intención de voto demuestra un incremento continuado de la abstención, el voto en blanco y el voto testimonial a partidos pequeños e incluso no parlamentarios. La imagen del Gobierno en la UE y en el mundo están en su peor momento, y ello afecta a los intereses económicos de España, no sólo al Gobierno.

En esta situación, pedir un acuerdo amplio, lo pida el Rey o lo pidan los ciudadanos, no solo no es un despropósito, sino algo totalmente sensato. Quienes dicen que el Rey se ha extralimitado parecen desconocer que, mas bien al contrario, la pregunta que muchos ciudadanos estarían haciendo es la de por qué el Rey no hacía o decía nada. Y parecen también desconocer que no ha intervenido en la gestión política en absoluto, pues no ha pedido dimisiones, ni elecciones anticipadas, ni siquiera un acuerdo PSOE-PP, sólo ha pedido un gran acuerdo de las fuerzas políticas y sociales.

Lamentablemente la reacción de los partidos ha sido la esperada, escudarse en pretextos para no hacer lo que piden la ciudadanía y el Jefe del Estado. Porque la ciudadanía sufre la crisis económica de manera mucho más diaria y directa que la clase política. El PP ha creído ver en esta petición real un apoyo al Gobierno del PSOE. Craso error. El Gobierno ha creído ver, a su vez, una intromisión en sus competencias. Otro error. El Rey ha dado muestras evidentes de someterse a la Constitución, cosa que no hacen algunos políticos, que ignoran haber jurado o prometido cumplirla y hacerla cumplir. No sólo ha aceptado, como debía, el Gobierno que las urnas y el Congreso de los Diputados han decidido en cada momento, sino que ha mostrado siempre su buena disposición hacia todos los líderes, incluso hacia aquellos que muy directamente le han dicho que están trabajando para establecer la III República Española.

Los españoles quieren soluciones ya para la crisis económica, porque eso no puede esperar. Quieren solucionar algunos problemas políticos antes de que se conviertan en una crisis política (sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña, competencias territoriales, derecho a la lengua, deterioro de imagen de las instituciones, etc.) Y quieren evitar que la no-solución inmediata de los problemas económicos y políticos derive en una crisis social. Por ello piden que los dos principales partidos lleguen a un acuerdo. Pero el PSOE ha eludido otra vez la cuestión en el Debate sobre el Estado de la Nación haciendo lo de siempre: pedir un acuerdo de todos los partidos, para ningunear al PP como principal partido de la oposición, con un respaldo electoral similar al suyo. Y el PP elude la cuestión haciendo lo mismo desde las elecciones del 2004, la crítica total a la labor de Gobierno, y más recientemente, esperar tranquilamente a que el Gobierno «se cueza en su propios errores». Los dos demuestran que España les importa menos que el mantenerse en sus posiciones privilegiadas, en el Gobierno o en la oposición, pues en ambas se está «muy calentito».

Las alternativas actuales son: 1) un gobierno de coalición (como hace poco en Alemania); 2) un pacto de legislatura (como el del País Vasco entre PSOE y PP); 3) un pacto sobre algunas cuestiones importantes de Estado (ampliando a otras cuestiones lo que ya se hace en la lucha contra el terrorismo).

No se sugieren sin embargo ni la convocatoria de elecciones anticipadas ni un cambio de gobierno. En las circunstancias actuales (vigentes desde las elecciones de 1993 excepto en el 2000), PSOE y PP tienen el respaldo de proporciones similares del electorado, de manera que unas elecciones probablemente producirían la victoria de uno u otro sin mayoría absoluta, por lo que habría que negociar otra vez acuerdos muy caros con partidos muy pequeños. El cambio de gobierno tampoco resolvería nada, ya que Rodríguez Zapatero dirige directamente varios ministerios. Y no se espera mucho de la Comisión anunciada en el Debate, salvo que retrasará nuevamente la adopción de las medidas necesarias.

El problema, sin embargo, no parece ser el acuerdo en sí, pues hay sectores en el PSOE y en el PP que respaldarían cualquier tipo de acuerdo de los indicados. El problema real son los personalismos, una característica tradicional de la política española. El problema arranca de haber denominado al Jefe de Gobierno como Presidente en la Constitución de 1978. El sistema constitucional español no es una República Presidencialista, sino una Monarquía Parlamentaria (respaldada por dos tercios del electorado, frente a menos de un 20% que preferirían una república presidencialista o parlamentaria), con un Monarca que, a diferencia de todos los demás monarcas europeos (y a semejanza de la Reina de Inglaterra) no tiene ningún poder reconocido en la Constitución, salvo la función arbitral y moderadora, que es una función y no un poder explícito. El problema real es que parece que Rodríguez Zapatero nunca pactará con Rajoy, y que Rajoy nunca pactará con Rodríguez Zapatero. Pero podría haber otras personas en cada uno de esos dos partidos capaces de entenderse entre sí. Al no tener un sistema presidencialista, tanto el Gobierno como la oposición podrían facilitar el entendimiento buscando personas capaces de entenderse entre sí y que fueran suficientemente aceptables para el otro, si de verdad hubiera voluntad de llegar a un acuerdo. Sería deseable lo más pronto posible ese acuerdo hasta las elecciones de 2012, para intentar solidariamente solucionar los problemas económicos, políticos y sociales con los que se enfrenta España.

El Rey no ha ido, ni posiblemente pueda ni deba ir, tan lejos como aquí sugerimos. Se ha limitado a pedir un acuerdo amplio. Los ciudadanos, sin embargo, sí podemos pedir a la clase política una mayor generosidad y responsabilidad, como la tuvieron todos los líderes políticos al inicio de la transición, anteponiendo los intereses colectivos a los intereses partidistas. La solución a los problemas actuales pasa por un acuerdo PSOE-PP, pero parece que ambos partidos siguen apostando por pactar con pequeños partidos nacionalistas, pactos que siempre han tenido un alto coste, por lo que ambos partidos serán responsables ante la opinión pública española de no haber asumido su responsabilidad histórica. España no puede esperar hasta 2012.

Juan Díez Nicolás. Catedrático Emérito de Sociología, Departamento de Sociología II (Ecología Humana y Población), Facultad de Ciencias Políticas y Sociología, Universidad Complutense de Madrid y Miembro del Foro de la Sociedad Civil.

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Febrero 20th, 2010 at 8:09 am

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El despertar del sueño de Obama, de Enrique Gil Calvo en El País

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I Have a Dream: es el título del más célebre discurso estadounidense del siglo XX, pronunciado por el líder del movimiento por los derechos civiles Martin Luther King en la marcha sobre Washington de 1963. Un sueño, el de conquistar la ciudadanía plena para la comunidad negra, que pareció cumplirse 45 años después, cuando Barack Obama fue elegido 44º presidente de Estados Unidos.

Al menos, así lo creímos muchos ciudadanos del mundo, y no sólo la mayoría de los estadounidenses, compartiendo durante un tiempo el ensueño político del Yes, we can, lo que nos permitió confiar en que su presidencia sería capaz de transformar su país y con ello también el planeta. Así lo expresé en estas páginas (El poder simbólico de Barack Obama, 12 de agosto de 2009), atribuyendo al primer presidente afroamericano, tras sus célebres discursos en El Cairo y Jerusalén, la capacidad de redefinir la realidad transformándola en consecuencia.

Pero quizá pequé de idealista, cayendo en el pensamiento mágico del Sésamo ábrete al confundir los deseos con la realidad. Pues ha sido esta última, la tozuda realidad, quien se ha encargado de pronunciar la última palabra, desmintiendo con su resistencia al cambio el poder transformador de la oratoria de Obama.

En efecto, sus palabras mágicas, por bellas e inspiradoras que fueran, no han sido capaces de cambiar la correlación de fuerzas en ningún lugar: ni en Irán, ni en Oriente Próximo, ni en Afganistán. Ni tampoco en Estados Unidos siquiera, como se ha demostrado con la reciente pérdida del escaño senatorial de Massachusetts del que dependía su mayoría cualificada, lo que ha supuesto la definitiva constatación del fracaso relativo de Obama. Es el amargo despertar del ensueño de Martin Luther King.

¿Cómo se puede explicar este fracaso? Dejando de lado otras posibles razones adicionales (seguidismo continuista de Bush, sumisión a Wall Street y al lobby israelí, declive del imperio estadounidense), me centraré en las tres que me parecen más decisivas o convincentes.

La primera empieza por constatar que el mito de Obama no fue más que un espejismo mediático propiciado por la conjunción planetaria de la prensa liberal (en sentido estadounidense), los efectos especiales de Hollywood, la galaxia viral de Internet y la moralina de Disneylandia. Pero si sólo fuera por estos ingredientes, típicos del marketing electoral y el storytelling político, no podría explicarse la magnitud del mito de Obama.

Por eso, para entender su verdadera dimensión hay que recurrir a un elemento adicional, que actuó como catalizador del

melting pot mediático para transformarlo en un crisol del que nació el mito de Obama. Y ese elemento adicional es la excepcionalidad imprevisible del propio Obama, un auténtico candidato imposible, de puro improbable y no convencional. Una especie de mesías laico, de superman alienígena o de mutación emergente cuya misma rareza imprevista le dotó de un carisma genuino imposible de batir (dada su “cantidad de información” o entropía negativa como medida de su improbabilidad estadística).

Por eso su irrupción por sorpresa como primer presidente negro en la Casa Blanca se convirtió en una excepción histórica, generando un acontecimiento mediático sin parangón con ningún otro imaginable. Así fue como la excepcionalidad del acontecimiento revistió al personaje que lo protagonizaba con poderes extraordinarios, generándose ese espejismo soñado que a todos nos encantó con sus poderes mágicos de flautista de Hamelin. Un ensueño en el que el mismo Obama pareció creer de buena fe.

Pero con el rodaje del personaje, la sorpresa inaugural se convirtió en previsible redundancia. De modo que al acostumbrarnos a él y dejar de sorprendernos, Obama fue perdiendo sus poderes paulatinamente, con lo que todos acabamos por despertar del ensueño cayendo en el desencanto. Un desencantamiento que ha terminado por despertar de su sueño al propio Obama, obligándole a reconocerse a sí mismo como un presidente más. De ahí su previsible discurso del estado de la Unión, en el que su oratoria ha renunciado al deseo voluntarista de transformar la realidad para plegarse a su imperiosa evidencia adaptándose a ella con humildad. Así, tras su despertar a la lucidez, el soñador visionario ha dejado paso al realista pragmático.

La segunda explicación, complementaria de la anterior, es la eficacia letal de la política destructiva practicada por la derecha mediática contra Obama y todo lo que éste representa, al que ha acabado por neutralizar erosionando su reputación hasta minar la confianza que los ciudadanos estadounidenses y globales habían depositado en él.

Es esa misma política mediática, basada en el escándalo político y el engaño masivo, a la que Manuel Castells ha dedicado el núcleo central de su último libro, Comunicación y poder, haciéndola responsable de la crisis de legitimidad democrática que está destruyendo la confianza pública en las instituciones. Es verdad que esta política mediática utiliza las mismas armas de storytelling y propaganda viral por Internet que también esgrimió Obama para ganar las elecciones y acceder al poder. Pero en este campo actúa una especie de ley de Gresham por la que la mala moneda siempre acaba por expulsar del mercado a la buena. Y eso es lo que ha ocurrido también esta vez, pues la buena imagen positiva que Obama se construyó ha terminado por sucumbir a la campaña negativa de deslegitimación y desacredita-ción emprendida contra él por los medios de Maxwell (News Corp.) y los think tanks neocon.

Sin embargo, la razón que me parece más plausible para entender el relativo fracaso de Obama es otra, derivada de la teoría propuesta por el premio Nobel Douglas North a la que se conoce como path dependence (dependencia de la senda). Esta hipótesis se basa en la persistencia temporal de las experiencias pretéritas que continúan predeterminando el presente con su momento de inercia, haciendo prácticamente imposible rectificar la trayectoria institucional recorrida.

Es lo que ha venido ocurriendo con los fallidos intentos de reformar la sanidad pública estadounidense, cuya tradición nunca ha sido universalista sino asistencial. De ahí el fracaso de Obama al tratar de universalizarla, que ha venido a sumarse a los anteriores fracasos de intentos previos como el de Clinton. Y es que, como ha demostrado Gösta Esping-Andersen (en su obra seminal Los tres mundos del Estado del bienestar), está en la naturaleza originaria del modelo liberal anglosajón, cuyo ejemplo más extremo representa desde su inicio Estados Unidos, el ser incompatible con la universalización de la protección social.

Algo semejante al fracaso cosechado por Zapatero con su intento de crear una red universal de servicios sociales previsto en la Ley de Dependencia, cuando esto es algo incompatible con el modelo familiarista español. En suma, el fracaso de Obama se debe no tanto a su propia excepcionalidad como al excepcionalismo de Estados Unidos, cuya trayectoria histórica hace imposible que puedan aplicarse allí con éxito las políticas socialdemócratas.

Y ello por la misma razón que es imposible erradicar la pena de muerte, no puede haber socialismo y nunca habrá verdadera integración racial, entre otras muestras perversas de dependencia de la senda. Lo cual condena al voluntarismo de Obama a la impotencia y a la melancolía.

Enrique Gil Calvo es profesor titular de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.

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Febrero 16th, 2010 at 8:15 am

¿Es el Gobierno el único responsable?, de Ignacio Urquizu en El País

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Desde que se mostró la crisis económica con toda su crudeza, gran parte de las responsabilidades se han repartido entre la gestión del Gobierno y los mercados internacionales. Seguramente, cuando en el futuro echemos la vista atrás, en el relato de la crisis figurarán algunos de estos argumentos. Pero habrá más protagonistas. Y si quieren salir bien retratados, deben comenzar a asumir sus responsabilidades.

Si por algo se caracterizan los últimos meses es por la enorme confusión que hay en el debate público. No es casual este desconcierto. Si hay un bien preciado en los mercados es la información. Los problemas surgen cuando ésta no está distribuida de forma uniforme. Es decir, cuando un grupo de gente sabe más que los demás. Entonces se genera lo que los economistas llaman “problemas de información asimétrica”.

Las consecuencias son dos. Por un lado, aquellos que tienen mayores conocimientos pueden utilizar éstos en beneficio propio. De tal forma que se pueden generar abusos. Por otro, las responsabilidades se diluyen, y uno no sabe muy bien quién es responsable de quién. En el mejor de los casos, las culpas se repartirán entre todos los implicados. Aunque siempre existirá la tentación de asignar la responsabilidad de los problemas a otros.

Es cierto que el Gobierno tiene un gran peso en la gestión de la crisis. A él le corresponde presentar análisis precisos de la situación, anunciar de forma clara los objetivos que persigue y relatar los instrumentos y políticas que va a utilizar para ello. No siempre lo ha realizado con éxito. Las distintas voces sobre la política fiscal o la rectificación de sus propios documentos no ayudan a arrojar luz a su gestión. Pero no es el único responsable y son muchos los que contribuyen y alimentan la confusión, en muchas ocasiones, buscando réditos.

Resulta sorprendente leer muchas de las recomendaciones y análisis que vienen haciendo en los últimos meses las empresas y los organismos internacionales que trabajan en el mercado económico mundial. No sólo no fueron capaces de anticipar la crisis, sino que además siguen sosteniendo los mismos principios que nos condujeron a ella.

En estos análisis, los economistas están jugando un papel muy relevante y, al mismo tiempo, cuestionable. Así, muestran un excesivo énfasis en proponer medidas que afectan a los trabajadores y a los Gobiernos y, en cambio, hablan muy poco de los empresarios. Además, en muchas ocasiones, presentan sus propuestas como si fueran soluciones técnicas cuando, en realidad, son juicios de opinión.

Otros responsables de la confusión son los agentes sociales. Por un lado, la persona que representa en estos momentos a la patronal española no es, precisamente, un ejemplo de gestión. Esto resta mucha credibilidad a las propuestas de los empresarios. Por otro, los sindicatos parecen más preocupados por aquellos trabajadores que tienen un contrato estable. No resulta de utilidad practicar el buenismo en el mercado laboral. Y tampoco es suficiente con decir que se quiere acabar con el empleo precario, esperando que la desaparición de determinados tipos de contratos tenga efectos taumatúrgicos. Decir que “el Gobierno parece una pandilla de aficionados” añade mucha confusión al debate.

Los terceros actores en grado de responsabilidad son las comunidades autónomas. En estos momentos representan un porcentaje muy relevante de nuestro gasto público y algunos dirigentes regionales no muestran una visión estratégica. Por ejemplo, el presidente de la Comunidad Valenciana ha decidido gastarse cientos de millones de euros en eventos que duran un fin de semana. Mientras tanto, tiene una de las tasas de fracaso escolar más alta de España y el porcentaje de desempleados es también de los más elevados. Si hay un lugar donde es necesario cambiar el modelo de crecimiento económico es la Comunidad Valenciana. En cambio, su política económica está muy alejada de este objetivo. ¿Qué credibilidad transmite a los mercados este tipo de decisiones?

Finalmente, si hay alguien que agita la confusión es la oposición. Es cierto que su trabajo es controlar la acción del Gobierno. No obstante, si tuviesen tan claro qué ha pasado, cuáles son los objetivos y qué políticas deben implementarse, ya lo habrían anunciado. Además, algunas de las declaraciones del Partido Popular invitan a pensar que la claridad en el debate revelaría la impopularidad de su proyecto. Quizás sea la única oportunidad que tenga el PP de acceder al poder. No tienen una estrategia definida y sus propuestas son impopulares. Así que, si difuminan la acción del Gobierno, nadie percibirá sus defectos.

Si todos estos actores agitan la confusión es porque para ellos sus propios intereses son más prioritarios que la salida de la crisis. Además, con ello trasladan toda la responsabilidad de la situación actual al Ejecutivo socialista. Pero, parafraseando a John F. Kennedy en su discurso inaugural de 1961: no nos preguntemos qué puede hacer nuestro país por nosotros, sino qué podemos hacer todos juntos. De esta crisis sólo saldremos con la colaboración de todos, y comenzar a asumir cada uno su responsabilidad puede ser un primer paso.

Ignacio Urquizu es profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid.

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Febrero 10th, 2010 at 8:15 am

La desconexión, de Víctor Pérez-Díaz en El País

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La sociedad española está confusa porque, aunque comprende algunos problemas, no entiende la dirección de la marcha ante la crisis. Es necesario pensar en el grave divorcio actual entre los políticos y la ciudadanía

La crisis actual va a afectar a la sociedad española de un modo tan profundo y duradero que no puede por menos que suscitar esperanza. La crisis puede traernos una repetición de aquella experiencia de 13 años de los ochenta a mediados de los noventa, con su media de 18% de tasa de paro y su agitada retórica del cambio. También puede situar a España en una larga senda de crecimiento insuficiente, proporcionado al modesto nivel (logrado tras 30 años de turnos de izquierdas y derechas) de su competitividad, su innovación tecnológica, su educación superior, su unidad interna y su influencia geoestratégica. Ante ello, deberíamos adoptar una actitud de prudente optimismo. Porque aunque es dudoso que aprendamos de la experiencia, en cambio es seguro que podemos aprender de ella.

No es fácil aprender de la experiencia. En estos años pasados, era evidente que el país tenía una política económica de dejarse llevar, vivía en la irrelevancia de su papel internacional, se dividía cada día un poco más, no acometía reforma alguna y, en definitiva, estaba yendo a ninguna parte. Pero como cada uno iba a lo suyo, y lo suyo iba en la dirección del viento, pocos creían que fuera cosa de aguzar la mirada y dejar de darse buenas noticias. El poder disfrutaba del poder, la oposición tampoco sufría tanto en la oposición, las clases dirigentes representaban su papel en la feria de los discretos, todos se quejaban un poco pero marchaban en línea recta, y el país de a pie funcionaba. En ese ambiente, que la casa común se quedara pequeña pasó de ser evidente a ser invisible. Era como si, a fuerza de cortedad de miras (sobre los asuntos comunes, no los propios) de unos y otros, se hubieran quedado todos ciegos, y, en consecuencia, como si la habitación de lo común se hubiera quedado a oscuras.

Cuando un país es como una habitación a oscuras, nadie ve nada, nadie escucha nada, y los consejos se los lleva el viento. Si son los que las gentes quieren oír, no hacen falta; y si no los quieren oír, es obvio que no los oyen y tampoco son necesarios. Pero lo que los consejos no consiguen, lo hace a veces la realidad misma. Puede suceder que una ventana se abra, o que la realidad rompa la pared, por el hueco entre un raudal de luz, y la habitación se ilumine sin remedio. A veces, la ocasión de que esto ocurra es un asunto menor, casi una anécdota. Por ejemplo, llega el momento en el que a España le toca la presidencia europea, todos imaginan que será un periodo de vino y rosas, y, sorpresa, sorpresa, un extranjero se atreve a decir que “el rey está desnudo” como en el cuento de Andersen. La crítica parece insólita porque no encaja con las maneras de la corte. Pero ahí queda.

A veces la realidad irrumpe en la habitación bajo la forma de una encuesta; por ejemplo, una reciente que acabo de analizar junto con Juan Carlos Rodríguez (La travesía del desierto, Cuadernos de Información Económica Española, diciembre 2009). En ella se observa una sociedad atenta, que quizá considera todavía la crisis cosa de parados e inmigrantes, es decir, de otros; pero la ve crecer con preocupación creciente. En parte, porque apenas confía en la clase política. Sólo un 20% cree que el Gobierno la afronta bien; un 30% espera que el PP la afronte mejor; el 43% no confía en ninguno de los dos. Lo del Gobierno parece más grave, porque se le juzga por el poder que tiene hoy, y no por los gestos y las palabras de quienes quizá lleguen al poder (o no) en dos años. Además, el 68% piensa que el Gobierno ha informado de la crisis tarde y mal, y sólo un 44% cree que siquiera entiende sus causas. Confía tan poco el público en lo que le dicen los políticos que parece no reparar en lo que le cuentan del pacto social para luchar contra la crisis. Un 56% declara no haber oído hablar de él, y, entre quienes sí han oído hablar, sólo el 41% cree que se firmará, aunque le conceden poca importancia. El público trata la información sobre el pacto social como si fuera un ruido, al que no atiende. Tampoco al público le entusiasma lo que los políticos hacen con el sistema financiero; bastantes no ven razón para salvarlo, ni creen que el hacerlo resuelva muchas cosas. Cierto que el asunto es intrincado, y actitudes similares se encuentran en otros países; pero aquí la desconfianza forma parte de un síndrome general de desconexión entre ciudadanía y clase política del que hay más ejemplos; como las críticas que se hacen a la insuficiencia del fomento de la innovación tecnológica, o al exceso de dinero fácil, de crédito a la construcción y la compra de viviendas, y de dependencia energética. Políticas (o ausencia de ellas) de muchos años, que parecen comunes a políticos de distintos colores. Ello debería hacerles más humildes y comprensivos los unos con los otros. Pero he aquí que no: que se echan la culpa como si unos fueran muy buenos y otros muy malos. Fatiga verles jugar eternamente este juego infantil, con el que evidentemente ellos disfrutan muchísimo. Pero el público no disfruta tanto; y lo dice: el 68% piensa que los dos grandes partidos se tratan como auténticos enemigos y no como meros adversarios. Obviamente, entre enemigos no puede haber sino odios disimulados, compromisos inestables y deslealtades a la primera ocasión. Ello sugiere no una comunidad política sino una contienda civil latente, y a la larga contribuye a desmoralizar una sociedad de la que poco menos de un tercio suele interesarse en la política, y poco más de un tercio suele confiar en los demás.

La sociedad está confusa porque, aunque comprende algunos problemas, no entiende la dirección de la marcha. Ni le ayudan a entenderla unos medios de comunicación que el 69% de la sociedad ve poco objetivos, y que, atentos a sus agendas, a la larga la dejan ni más sabia ni más ecuánime, y sí más expuesta al espíritu partidista y al eslogan de turno. Así las cosas, la sociedad se obceca con problemas como, por ejemplo, el de la reforma laboral, porque se ofusca con la palabra “abaratamiento” y no centra su atención en la dualidad escandalosa del mercado de trabajo, ni ve que la creación de trabajo es un proceso temporal en el que hay que fijarse en los incentivos de hoy para conseguir los resultados mañana, y a veces se deja impresionar por apelaciones a manifestaciones de lucha contra el paro que recuerdan las rogativas de antaño clamando por la lluvia.

Por su parte, la opinión experta, bien intencionada y capaz, avanza algunos pasos pero aún le falta aliento y acierto para la tarea pedagógica que tiene por delante, y sus consejos se pierden en el ruido ambiente antes de llegar al personal. Es curioso que al cabo de 33 años de democracia nos encontremos en esta situación. Recuerda otros tiempos. Si lo pensamos bien, España ha tenido dos periodos de orden más o menos liberal democrático y capitalista, que duraron entre 30 y 40 años. Uno, el periodo liberal que arranca con la primera guerra carlista y acaba en el caos del cantonalismo y la tercera guerra carlista, allá por los años setenta del siglo XIX. Otro va desde la Restauración hasta la crisis de los años siguientes a la Primera Guerra Mundial y la dictadura. En ambos tuvo lugar un proceso de desconexión entre la clase política y la ciudadanía, de desafección general, a veces de radicalización de minorías de sentimientos intensos, de debilidad del sentido cívico de las élites económicas, de pérdida de calidad del liderazgo político, de aumento de las divisiones internas y de marginación o irrelevancia del país en la escena mundial.

Por supuesto que la historia no se repite siempre; a veces ni siquiera se repite, sino que continúa. Pero en todo caso, ahora que estamos a 33 años del comienzo de una nueva aventura democrática no sería ocioso pensar en estas cosas, aprovechando la crisis. Podríamos pensar en la desconexión entre clase política y ciudadanía; que es, tampoco lo olvidemos, responsabilidad de ambas. Pensar en ello podría darnos una inyección de optimismo, y poner a prueba si tenemos cabeza y corazón para enfrentarnos con la realidad.

Víctor Pérez-Díaz es presidente de Analistas Socio-Políticos.

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Febrero 4th, 2010 at 8:15 am

Con los pies en el suelo, de José Andrés Torres Mora en Público

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La tristeza no es una enfermedad, la depresión sí. El psicólogo Alexander Lowen proponía una metáfora para distinguir entre ambas: la diferencia entre un violín que toca una melodía triste y un violín desafinado. La derecha española, en su corriente mayoritaria, lleva desafinando más de un siglo.

Si hay un tema en el que la derecha sociológica se muestra particularmente desafinada, ese tema es la política internacional. Seguramente porque es en la política internacional donde la derecha sufrió el trauma, que es su trauma fundacional, que la llevó a la depresión que arrastra a lo largo de todo el siglo XX y lo que llevamos del XXI. La pérdida de la Guerra de Cuba en 1898 está en el origen de la depresión de las élites tradicionales de nuestro país, a la par que de sus problemas de identidad nacional, desnortamiento ideológico y patológico sentimiento de ridículo.

Es posible que si las élites españolas hubieran enviado a sus hijos a las guerras coloniales del XIX, en lugar de librarlos pagando dos mil quinientas pesetas de la época, hubiesen tenido menos razones históricas para deprimirse, aunque sin duda habrían tenido más razones biográficas para estar tristes. Decía Maquiavelo que un buen príncipe debe anteponer la salvación de su patria a la de su alma. El problema de liderazgo de la derecha española es que a la salvación de la patria ha antepuesto, además de la salvación de su alma, la seguridad de sus hijos, la integridad de su patrimonio y, en los últimos tiempos, hasta las posibilidades electorales de su partido.

Precisamente fue en Cuba la única vez que España se midió bélicamente con Estados Unidos. Resulta difícil que las mismas élites que usaron como historia edificante en la mitología de la construcción nacional el relato de Guzmán el Bueno pudieran reclamar con éxito el liderazgo del país después de haber hurtado a sus hijos del sacrificio de la guerra. Por eso, en lugar de liderarlo tuvieron que dominarlo. Desde entonces, en alguna parte de su memoria, la derecha ha conservado el recuerdo de que aquella guerra se llevó su liderazgo. De ahí su trastorno bipolar en la relación con Estados Unidos, que va desde el colegueo de Aznar con Bush a los cabezazos de su ministro de Exteriores.

Es curioso ver a los herederos políticos de Cánovas ponerse exigentes con el papel del presidente del Gobierno en su relación con Estados Unidos. Como si la única forma aceptable para ellos en la que puede relacionarse un presidente español con un presidente norteamericano sea la de poner los pies encima de su mesa. Poco casa tanto orgullo nacional(ista) con los reproches que le han hecho al presidente Rodríguez Zapatero por el lapso de tiempo que transcurrió sin que visitara la Casa Blanca. Sobre todo, cuando el motivo por el que no fue invitado fue el poco respetuoso enfado del presidente Bush, incapaz de aceptar una decisión soberana del Gobierno de España en cumplimiento de un deseo generalizado de la ciudadanía de nuestro país.

Da igual si se trata de un secuestro, de una cuestión de asilo o del menú de una recepción diplomática, no hay vez que nos enfrentemos a un asunto de política exterior que la derecha no saque a relucir la palabra ridículo. Dicen algunos psicólogos que detrás de un sentimiento exacerbado de ridículo hay un deseo, igual de enfermizo, de exhibición. El malsano sentimiento de ridículo de la derecha sociológica de nuestro país no es más que el envés de un no menos malsano deseo de exhibición desmedida. Detrás del miedo al ridículo internacional siempre se esconde el imperial espíritu de Perejil.

Ese miedo al ridículo es exactamente el mismo que sufren nuestras élites tradicionales con el tema de los idiomas. Con motivo de la última visita a Estados Unidos del presidente Rodríguez Zapatero, un columnista de la derecha se preguntaba qué puede hacer alguien en Estados Unidos sin saber inglés. Dudo de que un columnista norteamericano le hiciera un reproche del mismo tenor al presidente Obama cuando visitó Alemania por no saber alemán, o se lo haga cuando venga a España por no saber castellano. Claro que, pensar en la simetría y la horizontalidad entre países debe producir mareo a quienes se consideran tan elevados y distintos en nuestro propio país. ¿No late, detrás del reproche al presidente, un complejo impropio de un nacionalista de derechas?

Probablemente, la visión del problema del idioma en la política exterior sea muy distinta entre quienes protagonizaron con su emigración en Francia, Alemania, Bélgica o Suiza la apertura de la España real a Europa y quienes hicieron de la autarquía el rasgo más significativo de su concepción del mundo y del aislamiento la más destacada seña de su política exterior. Los que se preguntan qué se puede hacer en Estados Unidos sin saber inglés es porque ni se imaginan lo que se hizo en Alemania sin saber alemán.

Ahora, nuestra vergonzosa, por avergonzada, derecha sociológica ha vuelto a sus ironías con el asunto de la invitación del presidente Obama al presidente Zapatero al Desayuno Nacional de Oración. Si tuvieran un poco de sentido común comprenderían que, en pos de nuestras buenas relaciones con aquel país, hay infinitamente más coherencia y dignidad en que un presidente laico se sume a una oración, que en que un presidente religioso se sume a una guerra. El libro de Lowen recomendaba, para mejorar el estado anímico, andar descalzo por el piso. Quizás la derecha podría cumplir sus deberes con nuestro país y sentirse mucho mejor consigo misma si, a la hora de afrontar la política internacional en general y nuestras relaciones con los Estados Unidos en particular, empezara por poner los pies en el suelo.

José Andrés Torres Mora es diputado por Málaga y miembro de la Ejecutiva del PSOE.

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Febrero 3rd, 2010 at 9:09 am

La política frente a la crisis, de Ignacio Sánchez-Cuenca en El País

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Se sabe que sucesos imprevistos pueden cambiar completamente la orientación política de un Gobierno. Así, la crisis económica ha trastocado, como no podía ser de otro modo, la agenda política de Zapatero.

Las cuestiones que centraron su primera legislatura parecen ahora lejanas en el tiempo, casi como de otra época. Ahora la preocupación principal del Gobierno se centra en las medidas que puedan llevarse a cabo para salir de la crisis. El debate gira en torno a tres grandes cuestiones: la intervención del Estado en la economía mediante planes de rescate de los sectores más afectados y planes de estímulo de la actividad económica; la protección social a los parados y las reformas del sistema productivo y del mercado de trabajo.

A la hora de valorar la gestión del Gobierno durante la crisis, resulta imprescindible extraer algunas lecciones de lo que fue la orientación de la anterior legislatura, con sus aciertos y sus puntos negros. En este sentido, si algo caracterizó al Gobierno de Zapatero durante los años 2004-08 fue la audacia de muchas de sus iniciativas. Hubo diversos asuntos que hicieron sonar todas las alarmas entre los grupos reaccionarios del país. La lista es bien conocida y no hace falta entrar en muchas explicaciones: retirada de tropas de Irak, aprobación del matrimonio homosexual, proceso de paz para acabar con el terrorismo, revisión del sistema autonómico, Ley de Memoria Histórica, Ley de Dependencia, regularización de los inmigrantes, inversiones masivas en I+D, fin de la manipulación informativa en Televisión Española y Radio Nacional, ley contra la violencia de género, aumento del gasto en cooperación internacional…

Muchas de estas iniciativas suscitaron apasionados debates en la sociedad. Si bien la mayor parte de quienes escriben en los medios de comunicación adoptaron una postura crítica, en ocasiones con un fuerte tono condescendiente, en general hubo en la opinión pública una mayoría favorable a los planes del Gobierno en casi todos los asuntos mencionados. No obstante, la valoración que ese conjunto de medidas debe merecer depende, como es lógico, del punto de vista de cada uno.

Lo cierto es que el PSOE ganó las elecciones de 2008 con cierta holgura, aumentando en porcentaje de votos y en escaños con respecto a 2004, si bien también el partido de la oposición, el PP, mejoró sus resultados, produciéndose la mayor concentración de voto en los dos grandes partidos de nuestra historia democrática. Los socialistas lograron la victoria en 2008 en buena parte gracias a los apoyos que Zapatero activó en la izquierda. Si en 2004 el 49% y el 66% de quienes se sitúanideológicamente en posiciones de extrema izquierda e izquierda votaron al PSOE, en 2008 esos porcentajes subieron al 59% y el 71%, respectivamente.

De este reforzamiento en el voto de la izquierda no suele hablarse apenas, pero es de gran importancia, sobre todo teniendo en cuenta que en los Gobiernos de Felipe González hubo un desgaste constante, muy acusado tras la huelga general de 1988, entre el electorado de izquierdas, que fue alejándose más y más del PSOE hasta la derrota de 1996 y el posterior hundimiento en las elecciones de 2000. El Gobierno de Zapatero, en cambio, logró que tras una gestión enormemente controvertida, la izquierda aumentara en 2008 su apoyo al PSOE.

Esto no quiere decir que toda la gestión del PSOE atendiera a principios ideológicos coherentes. Sin ir más lejos, en política social se impulsó el plan de dependencia, que es de factura típicamente socialdemócrata, pero también se aprobó un cheque-bebé típicamente democristiano en su inspiración y planteamiento, en detrimento, por ejemplo, de la construcción de guarderías públicas, un gasto más productivo y también con mayor potencial igualitario. Asimismo, es necesario tener en cuenta que algunos electores de izquierda pudieron votar al PSOE no tanto por convencimiento como para frenar la victoria de un PP desaforado y rabioso por haber perdido el poder.

A pesar de todo esto, el hecho es que Zapatero, en su primera legislatura, arriesgó en sus políticas y consiguió una recompensa en las elecciones de 2008.

¿Hasta qué punto encaja la gestión de la crisis en esta historia? Hay algunos elementos de continuidad evidentes, como el compromiso de no recortar la protección social, aun si eso supone un aumento considerable de la deuda pública, o el esfuerzo por evitar cualquier conflicto con los sindicatos en las circunstancias actuales. Además, el Gobierno sigue avanzando en sus reformas sociales y civiles, como se ha visto con la reciente modificación de la ley del aborto o con la anunciada ley de laicidad.

Pero también hay elementos de diferencia. Así, el Gobierno ha puesto todo el énfasis en sus esfuerzos por salir de la crisis, pero sin dedicar apenas atención a la cuestión de los orígenes de la misma y del reparto de sus costes en la sociedad. Hay un cierto consenso en que los bancos y entidades financieras fueron demasiado lejos, endeudándose más allá de lo razonable y obteniendo unos beneficios descomunales durante los años de bonanza. Quizá no hubiera más remedio que acudir al rescate del sistema financiero para evitar el colapso total de la liquidez y el crédito, pero mucha gente se pregunta si a cambio no habría que haber establecido algunas contrapartidas.

El Gobierno, al igual o incluso en mayor medida que sus homólogos europeos, ha aprobado gastos masivos de inspiración keynesiana para tratar de reactivar la economía. El Plan E es, sin duda, el mejor conocido y el que ha tenido resultados más visibles.

Sin embargo, en lo que se refiere a la regulación de los ingresos de los ejecutivos, los impuestos a la banca o los instrumentos legales que utilizan los ricos para evadir su responsabilidad fiscal (como las famosas SICAV, que a pesar de que todo el mundo sabe que son fraudulentas, el Gobierno ha renunciado a controlar), Zapatero ha ido más bien a remolque de lo que iban haciendo Estados Unidos, Gran Bretaña o Francia, sin lanzar propuestas novedosas y ambiciosas.

Salvo el asunto más bien simbólico de la derogación de los privilegios fiscales de los que disfrutaban futbolistas extranjeros multimillonarios, no se ha avanzado mucho en este terreno. Para complicar aún más el panorama, se ha aprobado una reforma fiscal que recaerá fundamentalmente sobre gente con ingresos medios, no con ingresos altos, y que ha sido mal recibida por la opinión pública.

Es verdad que lo prioritario en las actuales circunstancias es salir cuanto antes de la crisis, pero se puede hacer de varias formas. El Gobierno parece haber apostado por cultivar una cierta imagen de solvencia que no despierte controversia ideológica, con intención de capitalizar electoralmente la recuperación económica cuando ésta llegue. El mejor ejemplo es el Plan de Economía Sostenible. Se trata de una apuesta discutible, pues al dejar de lado las cuestiones redistributivas desdibuja el perfil socialdemócrata del Gobierno y puede terminar provocando el mismo tipo de desencanto que se dio en la izquierda durante la fase final del mandato de Felipe González.

No es fácil entender, en cualquier caso, por qué una gestión eficiente de la crisis exige descuidar los aspectos que tienen que ver con los límites que deban imponerse al funcionamiento del capitalismo. La crisis ha sido demasiado profunda para que ahora sólo se aspire a recobrar tasas positivas de crecimiento. Eso desde luego es necesario, pero no suficiente. Muchos agradecerían que se tomaran también medidas para reducir los privilegios, desigualdades y abusos que han dado lugar a la situación actual.

Ignacio Sánchez-Cuenca es profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid.

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Enero 28th, 2010 at 8:15 am

Rehabilitación urbana integrada, de Carme Miralles-Guasch en Público

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Hace algunas semanas el Gobierno anunciaba la defensa de la rehabilitación urbana integrada como una de las prioridades de la Presidencia española de la UE en materia de vivienda y desarrollo urbano. Es decir, se trata de orientar la Agenda Urbana Europea hacia políticas que contemplen el conjunto de la ciudad o del barrio y no se conforme con iniciativas puntuales y fragmentadas que sólo ven la ciudad a pedazos, sean estos los edificios, los transportes o sus habitantes.

Con este objetivo se promueve la Carta de Leipizg sobre Ciudades Europeas Sostenibles, aprobada en mayo de 2007. Un documento que, además de reivindicar la Europa de las ciudades como patrimonio valioso e irreemplazable en lo económico, social y cultural, subraya la necesidad de una política global en su desarrollo. Acción estratégica que implica tener en cuenta de manera simultánea los aspectos espaciales, sectoriales y temporales que interactúan en el fenómeno urbano. En este sentido, se quiere mejorar la calidad de vida de los ciudadanos e incrementar la competitividad de las ciudades, implicando en estos objetivos a las políticas de vivienda, de infraestructuras y de educación, en paralelo al envejecimiento de la población, las tendencias migratorias o las condiciones energéticas, entre otras. Políticas públicas que, en muchas ciudades, al estar ubicadas en concejalías distintas, se diseñan de forma aislada, lo que las hace menos eficaces y desaprovecha saberes y presupuestos.

Además, la Carta de Leipizg pone especial atención en el barrio como unidad de acción, en cuanto que los retos a que se enfrentan las ciudades se desarrollan en lugares concretos de la urbe que pueden ser muy dispares. El precio de la vivienda, el índice de paro o la exclusión social afectan de forma distinta a una misma ciudad, según el barrio en que estos índices se ubiquen.

Este nuevo enfoque en políticas urbanas, que impulsa Europa y enfatiza España, es un salto cualitativo importante en políticas públicas. Por una parte, esta perspectiva recoge la complejidad de la ciudad y no la desmenuza en pequeñas e inconexas acciones. Al contrario, intenta entenderla y gestionarla de forma global, integral, donde es tan importante cada uno de los sectores como la conexión e interdependencia que existe entre ellos. Donde, además de entender la vivienda y el transporte, por ejemplo, es importante fijarnos en el guión que los une y, con él, al resto de redes físicas y sociales que integran la ciudad.

Además, este enfoque hace hincapié en que las ciudades no son entes homogéneos. Dentro de Londres, París o Albacete existen muchas y diversas características, desigualdades y asimetrías que requieren intervenciones adecuadas a cada lugar, a cada barrio.

Es un salto adelante, porque no estamos acostumbrados a relacionarnos con la complejidad de nuestras ciudades y tampoco entender sus diferencias internas. Al contrario, a menudo nos movemos entre políticas urbanas demasiado generales y, a la vez, fraccionadas.

Carme Miralles-Guasch. Profesora de Geografía Urbana.

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Enero 18th, 2010 at 9:08 am

Los generales de Obama, de Manuel Castells en La Vanguardia

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OBSERVATORIO GLOBAL

El presidente Obama heredó tres guerras. Desde el 2002 mostró su oposición a la de Iraq, que consideró innecesaria, costosa en dinero y vidas y gravemente perjudicial para la conducción de la segunda guerra, la de Afganistán, esta sí, considerada legítima, porque fue desde donde se atacó a Estados Unidos. La tercera es la guerra global contra Al Qaeda. No son guerras independientes, pero requieren tratamientos distintos y constituyen el desafío de seguridad más importante que tiene ante sí Obama. La guerra de Iraq estaba en vías de solución cuando llegó al poder. Tras una política desastrosa de represión a los suníes en favor de los chiíes, que permitió el desarrollo de Al Qaeda en un país donde antes era perseguida y provocó una feroz resistencia suní, desde el 2007 una nueva política dio vuelta a la situación. La clave fue reconocer el poder suní, armar y pagar a sus milicias tribales, asegurar que los chiíes no utilizaran el gobierno para ajustes de cuentas y aislar a Al Qaeda. Con Al Qaeda privada de su entorno suní, el aumento sustancial de tropas estadounidenses permitió reducir a Al Qaeda a mortíferos ataques suicidas y normalizar paulatinamente el país.

La nueva política de contrainsurgencia fue elaborada por el general David Petraeus, que asumió el mando en Iraq en la primavera del 2007. Es un militar de la nueva generación (tiene 58 años), formada en el análisis de las lecciones de la guerra de Vietnam. Son militares altamente educados, que utilizan el conocimiento de la política y la sociedad para cubrir sus objetivos utilizando la fuerza como instrumento de la política. Petraeus es doctor en Relaciones Internacionales por Princeton, con una tesis sobre las relaciones civiles-militares en el periodo de la guerra de Vietnam. Fue profesor en la academia militar y escribió un nuevo manual de contrainsurgencia donde se prioriza la relación con la población civil, rechazando la noción de ocupación en favor de la de reconstrucción del país y la devolución del poder a los dirigentes locales. Su frase más famosa: “El dinero es munición”. No son sólo palabras. Pacificó Mosul a principios de la guerra de Iraq combatiendo la corrupción en la policía y respetando a las autoridades kurdas. Cuando asumió la jefatura de Iraq llegó con colaboradores del mismo cuño, como el coronel Messe, profesor en el departamento de ciencias sociales de West Point. Su éxito en poco más de un año le valió un enorme prestigio en la opinión pública. Revistas como Time, Newsweek, Prospect y otros lo calificaron de uno de los más importantes “intelectuales públicos” y Foreign Policy lo incluyó en su lista de los 100 “pensadores globales”. En el 2009 fue promovido como jefe del comando central que engloba a los países de Oriente Medio y Asia Central con el objetivo de pacificar Afganistán. En Afganistán puso a otro hombre suyo, el general Stanley McChrystal, algo más joven, brillante graduado de la academia militar y con periodos de estudio en Harvard y Georgetown. Pero con una vertiente operativa marcada como jefe de las fuerzas especiales en el Golfo y en Iraq. Personifica la nueva táctica de obtener información precisa y utilizar comandos y aviones sin piloto para liquidar a los líderes guerrilleros. Él capturó a Sadam Husein y fueron sus fuerzas las que mataron a Al Zarqaui, el carismático jefe de Al Qaeda en Iraq.Pero McChrystal tiene otra reputación: la de las torturas practicadas en el campo Nara en Iraq por su fuerza de intervención 6-26. Y su encubrimiento de la muerte del patriótico y famoso futbolista estadounidense Tilman por “fuego amigo”. El Congreso pidió su inculpación pero sus servicios eran demasiado valiosos y Gates y Petraeus lo salvaron y lo enviaron a Afganistán.

Ahora su misión es doble: reproducir en Afganistán lo que funcionó en Iraq y matar a Bin Laden y Al Zauahiri. De momento, ya mató al líder talibán pakistaní Mehsud. Pero los talibanes no son las milicias suníes. Son un movimiento religioso político enraizado en las tribus pastunes a caballo entre Kandahar, Helmand y Pakistán. El gobierno de Karzai no tiene existencia real sin su alianza con los señores de la guerra que controlan diversas provincias y se venden al mejor postor, incluyendo los talibanes. Obama ya no aspira a reformar Afganistán, quiere simplemente un gobierno estable y de unidad que abandone a Al Qaeda. Para eso primero tiene que imponer una relación de fuerza. Y McChrystal aprovechó para pedir 40.000 soldados, aunque dictando nuevas medidas para atenuar los bombardeos civiles. La filtración de su informe a los medios fue un claro gesto de indisciplina por parte del general. Pero Obama no puede ahora abrir una cuarta guerra, contra sus propios militares. Sabedores de la situación, algunos militares están decididos a no perder esta guerra como se perdió la de Vietnam, aunque la quieren ganar políticamente más que militarmente. Y no sólo en Afganistán, sino en Estados Unidos. Ya hay un claro movimiento de los republicanos para convencer a Petraeus de que sea su candidato a presidente en el 2012. Petraeus ha negado cualquier ambición política y además se operó recientemente de cáncer de próstata, aunque sigue en su puesto. Pero con la falta de líderes creíbles republicanos bien pudiera ser una alternativa popular. Si se pacifica la región, por haber sido el líder de esa operación. Y si no puede hacerlo porque Obama mantiene su idea de retirarse en el 2011, por representar una alternativa al pacifismo inoperante de Obama. Obama respeta a sus generales porque conoce su profesionalidad y sabe que la solución está en esa combinación de política, espionaje y uso selectivo de la fuerza para ir saliendo de los avisperos islámicos. Pero también sabe que están lentamente imponiendo una política propia. Al revés de la famosa máxima de Clausewitz, en este caso es la conducción de la guerra a través de la política. Si la cuerda se sigue tensando, habrá crisis, y según cómo se desarrolle puede abortar la presidencia de Obama.

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Enero 16th, 2010 at 9:13 am

Economistas y políticos no pueden, probemos sociólogos, de Alain Touraine en Clarín

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CON LETRA CLARA

Crisis graves y nuevas. La superposición de problemas exige miradas y respuestas originales.

Todos los países situados en la zona de influencia de Wall Street y la City están amenazados. Estados Unidos, endeudado de los pies a la cabeza, se encuentra en una situación que algunos consideran sin salida. La City, que tiene mayor peso en la economía británica que Wall Street en la norteamericana, se ha visto afectada a causa de la importancia de las inversiones internacionales de la antigua potencia imperial. A su vez, para los países de la zona euro, la voluntad de China y Estados Unidos de mantener sus monedas, el yuan y el dólar, en un nivel infravalorado, también representa una amenaza directa, pues ataca a las exportaciones europeas.

Paralelamente a los problemas de la economía, los de la ecología nos obligan a tomar decisiones muy difíciles. La conferencia mundial de Copenhague nos ha dejado una imagen inquietante sobre la dificultad de alcanzar acuerdos.

Tenemos que reconocer que hemos llegado a los límites de lo posible intentando mantener nuestro modo de vida y nuestros métodos de gestión financiera. La suma de estos dos órdenes de problemas nos sitúa indiscutiblemente ante un peligro de catástrofe mayor.

A esto hay que añadir una tercera crisis: la de la acción política y, más precisamente, de la expresión política del descontento, las reivindicaciones y las denuncias.

¿Quién es responsable de las crisis? Es seguro que no se trata de una crisis social, es decir, de una crisis que enfrenta a dos categorías o clases sociales. Los conflictos rebasan el mundo social; sólo pueden comprenderse por su oposición a un sistema financiero y económico que se ha colocado fuera del alcance de todas las intervenciones sociales y políticas. Una oposición así ya no puede fundamentarse en la defensa de cierta categoría social; debe tener un carácter universalista, ya que se trata de defender al conjunto de la humanidad.

Apelamos a los derechos humanos contra la globalización económica. Cada vez hablamos menos de intereses y más de derechos. Tal es la transformación principal de nuestra vida social. Es tan profunda que nos cuesta percibirla y, sobre todo, carecemos de los medios institucionales necesarios para resolver nuestros problemas. ¿Las ONG pueden reemplazar a los partidos y a los sindicatos? Las ONG desempeñan un papel importante en la toma de conciencia de la población, pero ésta debe dotarse a sí misma de nuevos medios de acción propiamente políticos.

Esta manera de abordar los problemas de nuestro futuro no es la de los economistas; no estoy seguro de que sea la de los políticos, pero debe ser la de los sociólogos, para los cuales una situación es más el resultado de la acción de mujeres y hombres que el efecto de fuerzas económicas que le imponen a la sociedad la búsqueda racional del interés como prioridad absoluta.

Frente a fuerzas económicas no humanas, la resistencia no puede venir de la defensa de intereses específicos; sólo puede venir de la invocación de derechos universales que son pisoteados cuando los seres humanos mueren de hambre o se ven privados de trabajo o libertad para que los financistas sigan aumentando sus beneficios.

Alain Touraine. SOCIOLOGO, ESCUELA DE ALTOS ESTUDIOS EN CIENCIAS SOCIALES, PARIS.

Copyright Clarín y Alain Touraine, 2010.

Written by Reggio's

Enero 11th, 2010 at 8:01 am

Posted in Política, Sociología

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