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Archive for the ‘Sociología’ Category

La red social, de Roberto Garvía en El Mundo

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Hoy se celebra el 200º aniversario del primer sorteo de la Lotería Nacional que se celebró en el Cádiz asediado. Se llamó Nacional porque era la lotería de la nación levantada en armas contra el invasor francés. Como los términos nación y soberanía nacional no eran del agrado de Fernando VII, a su vuelta hubo que cambiar el nombre a la lotería, que se pasó a llamar Moderna, para volver a ser Nacional en el trienio revolucionario, otra vez Moderna a la vuelta del absolutismo y de nuevo Nacional a la muerte de Fernando VII. Y así desde entonces, incluso durante la Guerra Civil, cuando los dos bandos tenían su propia lotería, que ambos llamaban Nacional.

En el Cádiz de 1812, nadie podía imaginar el volumen que luego adquirió la Lotería Nacional, en principio un expediente fiscal transitorio que debía servir para ayudar a ganar la guerra. Fue a partir del desmantelamiento de la Lotería Primitiva en 1862 que la Lotería Nacional inició una carrera espectacular. En aquel entonces, aquéllos que jugaban a la Lotería Primitiva, muchísimo más barata, se vieron obligados a compartir décimos para poder seguir jugando. Esto dio lugar a lo que se llamó la compra en compañía. Si en un primer momento, ésta era una práctica social común entre los trabajadores, más tarde se extendió a todas las capas de la población, con lo que el juego de la lotería se convirtió en un modo de recrear simbólicamente relaciones familiares, de dependencia, o amistad. Esto se ve muy bien en Fortunata y Jacinta. Ahí Galdós nos cuenta que, como ya venía haciendo regularmente, don Baldomero, el patriarca de la familia Santa Cruz y un hombre rico, compró un billete de lotería para repartirlo en participaciones entre su servicio doméstico, sus familiares y amigos de tertulia. Pero, por supuesto, la cuantía de las participaciones reflejaba directamente el status que ocupaba cada persona en esa red social: no podía ofrecer la misma participación a su hijo que a su sirvienta pues si ganaban, las diferencias sociales entre los dos se reducirían.

Es la compra en compañía lo que explica la particularidad de la lotería en España. Mucha gente compra lotería sólo porque compran sus amigos, compañeros de trabajo o familiares, con quienes comparten el mismo numero. Por supuesto que en otros países también hay peñas, pero aquí más. En España, un tercio de la población adulta comparte un décimo, una apuesta a la Primitiva o una quiniela al menos una vez al mes, mientras que en EEUU, por ejemplo, es sólo un 11% de la población. Jugar a la lotería en España, sobre todo en el caso de la Lotería Nacional, y más aún en Navidad, implica para muchos formar parte de una red social, compartir un sueño con otros. Por supuesto, que también está el incentivo de ganar un premio, pero datos de encuesta nos muestran que este incentivo apenas cuenta en ese porcentaje tan alto de jugadores que sólo juega para jugar con otros. Y es esta motivación la responsable de que, durante cerca de 200 años, España sea el país donde, en términos de PIB, el consumo de lotería haya sido el más alto en el mundo. En concreto, en 1995 el consumo alcanzó un 2% del PIB, prácticamente el doble que el gasto público y privado en I+D.

La lotería en España tiene otra dimensión social importante. Según datos de encuesta, en el año 2006, los españoles transferimos unos 216 millones de euros a pequeñas organizaciones de todo tipo: deportivas, culturales, de festejos locales, al pagar el sobreprecio en las participaciones que vendían. Posiblemente, muchas de estas pequeñas organizaciones no serían capaces de sobrevivir si no fuera por esta tradición social tan fuertemente asociada a la lotería. Jugamos mucho a la lotería, en fin, y más que el resto de países del mundo, pero no jugamos porque seamos unos vagos supersticiosos. Jugamos más porque queremos compartir con otros lo que nos reserva la fortuna. Y sí, la diferencia entre consumo de lotería y la inversión en I+D sigue siendo embarazosa, pero la culpa no la tienen los jugadores, sino quienes todavía no han conseguido ver de qué depende el futuro del país.

Roberto Garvía es profesor de Sociología de la Universidad Carlos III de Madrid y autor de Loterías: un estudio desde la nueva sociología económica e Historia ilustrada de las loterías.

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Marzo 4th, 2012 at 7:19 am

Sondeo a los sondeos, de José Ignacio Wert en El País

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Ya estamos una vez más en la cuaresma demoscópica, el ayuno y abstinencia forzados que la Ley Electoral (no hay manera de que esto cambie, por muchas reformas de la ley que se hagan) impone a la difusión pública de encuestas electorales en los cinco días anteriores a la votación. Parece un momento adecuado para recapitular lo que estas encuestas nos han dicho y qué pueden valer sus vaticinios.

Hace tiempo que no había en nuestro país un consenso tan cerrado sobre el resultado que las encuestas proyectan. Algún malicioso podría pensar que se ha cumplido una norma que enunció un buen amigo (omitiré su nombre, porque fue en un espacio privado) en ocasión no muy lejana en que las encuestas -incluidas las que dirigía quien esto escribe- fallaron con cierto estrépito (1996): “Las empresas han preferido la seguridad de equivocarse juntas al riesgo de acertar por separado”.

En efecto, todas avanzan idéntico resultado político: la mayoría absoluta del PP. Tomando como referencia las 10 últimas encuestas de alcance nacional difundidas entre el viernes 11 y el lunes 14, tenemos que la media de la ventaja del PP es casi exactamente de 15 puntos mientras que la mediana es de 14,6 puntos. Idéntica convergencia entre ambos datos estadísticos respecto a los escaños de diferencia: 71 tanto en la media como en la mediana. Sin embargo, esto no quiere decir que, aunque no se note por la identidad de la previsión política, no haya diferencias de cierta entidad por los extremos: un mínimo de 11,3 puntos de ventaja del PP y un máximo de 19 serían vistos como estimaciones muy diversas, de no ser, como digo, por la aparente falta de incertidumbre en cuanto al desenlace político de la elección.

Ahora bien, lo que importa -más que la precisión y el acierto de las estimaciones, que solo estaremos en condiciones de verificar el propio domingo- es reparar en los elementos de incertidumbre que pesan sobre aquellas. Y en ese sentido hay que fijarse en la letra pequeña de las encuestas y acudir a los antecedentes para buscar algo de luz.

El antecedente más próximo, 2008, se considera, correctamente, como un ejemplo de acierto predictivo de las encuestas. Pero no sirve de gran cosa como término de comparación: aunque ya había cambiado el clima económico, no se vislumbraba la gravedad de la crisis que vino detrás y todos los ingredientes coincidían en apuntar a una elección de continuidad. 2004 no sirve por el impacto de los atentados del 11-M. Más relevantes son los antecedentes -antitéticos- de 1996 y de 2000. En el primer caso, las encuestas fallaron porque los analistas no tuvimos en cuenta el fenómeno de espiral de silencio que hacía callarse a casi un tercio de los votantes socialistas y porque, además, la movilización de esa minoría silenciosa tuvo lugar en los últimos 10 días y no fue recogida por las encuestas. En el segundo caso, ocurrió cabalmente lo contrario: descontamos una movilización socialista de última hora que en realidad no se produjo.

Pero las diferencias contextuales respecto a esas elecciones son enormes. En 1996 el PP no había gobernado nunca y la activación del temor a un retroceso democrático resultaba más verosímil para el elector de izquierdas. En 2000, dominaba la sensación de que el PP había gobernado bien y la situación económica era boyante, lo que permitió a buen número de votantes socialistas entregar -mediante la abstención- la mayoría al PP.

Hoy estamos ante unas elecciones de cambio (que, casi siempre, aparejan alta participación) y ante el entorno económico más tenso de los últimos 30 años. ¿Se quedarán en casa ese casi 20% de votantes socialistas que se manifiestan aún indecisos sobre el sentido de su voto? La proporción en que lo hagan o hagan lo contrario es la que establece la diferencia entre una catástrofe electoral para el PSOE y, simplemente, un pésimo resultado. No parece haber mucho espacio para otra cosa, salvo que se repitiera una situación de espiral de silencio que, en las actuales circunstancias, nos parece harto improbable.

Hay otras dos dimensiones que, a mi juicio, dan mucha verosimilitud al consensus forecast de las encuestas. Una es la estabilidad que las mismas registran: las estimaciones seriadas apenas reflejan cambios desde hace cuatro meses, tras el fugaz repunte de la intención de voto socialista que trajo consigo la renuncia de Zapatero. Pero, a nuestro juicio, lo que da más fundamento a este pronóstico es que los indicadores de las encuestas muestran -aparte de las estimaciones de voto, en las que cada maestrillo tiene su librillo- una notable coherencia interna. Diríamos que, mientras las estimaciones se han mantenido en lo esencial estables, el resto de pistas que los sondeos contemplan se han ido alineando en el mismo sentido. De suerte que todos esos indicadores (partido que les gustaría que ganase, líder preferido, partido más capacitado para hacer frente a la crisis económica) muestran ahora perfiles que favorecen al PP.

En fin que, una vez más, el domingo veremos si la profesión demoscópica se pone la medalla o hay que dar explicaciones. Por el bien de la tribu, espero que sea lo primero.

José Ignacio Wert es presidente de Inspireconsultores.

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Noviembre 16th, 2011 at 7:18 am

Cocina ‘low cost’ para RbCb y el miedo escénico de Rajoy, de Federico Quevedo en El Confidencial

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Lo del CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) empieza a ser de juzgado de guardia. Es una pena que el PP no lleve ninguna propuesta en su programa electoral para suprimir este organismo o, al menos, para prohibir que siga haciendo encuestas electorales y se limite, si acaso, a los clásicos barómetros de análisis de la realidad social ya que eso, aparentemente, es menos codiciado por los amantes de la manipulación, salvo que sea por cuestiones concretas.

Es una pena porque la encuesta de ayer evidencia ya sin tapujos, sin vergüenza ninguna, como este organismo se presta a servir a los intereses partidarios de quien en este momento es su ‘jefe’, o sea, el Gobierno socialista. El PSOE ha cambiado hace pocos días de estrategia y ahora, además de seguir utilizando el cencerro del ‘miedo a la derecha’ y amenazar con la llegada a España de las siete plagas de Egipto si gana Mariano Rajoy, se hace la víctima: “Vamos por detrás”; “Es más fácil que el Madrid le gane al Barcelona que Rubalcaba gane a Rajoy”; “Esto está casi perdido”… Hasta el lema de la nueva plataforma de artistas va en esa dirección: ‘Ojalá’. Ya. Ojalá ocurra el milagro, pero no nos lo creemos ni nosotros, parece querer decir…

Es cierto, no vamos a andarnos ahora con tonterías, que el Partido Popular parte en esta carrera electoral que termina el 20N como claro favorito, y lo es también que las encuestas dicen de manera casi unánime que ganará por mayoría absoluta, y es precisamente eso lo que trata de evitar el PSOE. Está bien, es una estrategia y es comprensible, pero lo que ya no lo es tanto es que se siga utilizando para ayudar a los fines de Ferraz a un organismo que los españoles pagamos con el dinero que sale de nuestros bolsillos de izquierdas, derechas y medio pensionistas. Cierto que la mayoría de las encuestas realizadas por encargo de medios de comunicación privados ya avanzaban una amplia mayoría absoluta para Rajoy, pero la encuesta del CIS del viernes es de escándalo: más de 16 puntos de diferencia entre el PP y el PSOE… ¿Cómo es posible, cuando resulta que el pasado mes de julio el mismo barómetro del CIS solo le daba al PP siete puntos de diferencia, y cuando resulta que en intención directa de voto casi empatan?

No es creíble que en tan solo tres meses la distancia entre uno y otro se haya multiplicado por dos en la encuesta del CIS, salvo que el CIS tenga un especial interés en decirle al votante del PSOE que está pensando en quedarse en su casa: “No lo hagas, que va a arrasar el PP”. Ya en ese barómetro de julio hubo cocina, coincidiendo con el estreno de Rubalcaba como candidato del PSOE, a quién le regaló el CIS un recorte de tres puntos en la distancia con el PP… Es decir, que el último dato conocido que realmente nos hace pensar que pueda estar más cerca de la realidad es aquel anterior que cifraba esa diferencia más o menos en diez puntos. Todo hace pensar que por ahí puede andar la cosa, lo cual ya significaría de hecho una mayoría suficiente del PP, aunque no tan abultada como la que ayer pronosticaba el centro de estudios sociológicos.

Lejos, por tanto, de ser una buena noticia para el PP que el CIS prevea su aplastante victoria es justo todo lo contrario, aunque también les diré que a estas alturas de la película está ya todo el pescado vendido y poco va a mover en intención de voto esta campaña, una campaña que se va a caracterizar por un Alfredo Pérez Rubalcaba que va a estar hasta en la sopa, y un Mariano Rajoy que va a escapar en la medida de lo posible de hacer entrevistas y, mucho menos, de dar ruedas de prensa. Ni una en los 15 días que va a durar este despilfarro partidista que, aunque es cierto que nos cuesta menos que otras veces, sigue siendo extraordinariamente caro para la efectividad que realmente se obtiene del mismo porque si, como he dicho antes y ayer reconoció el propio Rajoy en una entrevista que le hizo Melchor Miralles en ABC Punto Radio, esto ya está decidido, ¿para qué diablos hace falta esta hartura de campaña electoral?

Lo cierto es que ésta está siendo la campaña electoral más larga de la historia, desde que el pasado mes de julio Zapatero anunciara la convocatoria de elecciones para el 20N hemos tenido a todos los partidos, pero especialmente a los dos grandes, metidos en harina preelectoral mientras el país se desangraba por los costados del desempleo. Realmente, sería suficiente con una mayor presencia mediática de los candidatos y no uno, sino al menos dos o tres debates que no estuvieran encorsetados por los propios partidos y ahorrarnos tanto mitin, tanta cartelería inservible que no va a hacer cambiar nada…

Pero no quieren. Es más fácil huir de la prensa a sabiendas de que en campaña nada va a pasar desapercibido porque los periodistas estamos obligados a recogerlo aunque no nos guste. Y en eso, permítanme decirlo, Rajoy se equivoca. Probablemente acierte como estrategia para evitar que nada altere su imagen, pero la democracia exige más dosis de transparencia que, espero, vuelva a aparecer en su manual de estilo a la vuelta del 20N, sobre todo si quiere que los medios de comunicación colaboren en esa ambición suya de sumar una amplia mayoría social que permita a este país salir de la crisis con el empuje de todos. Y en circunstancias como ésta, hasta los medios de comunicación –salvo los más radicalizados- tienen el suficiente sentido de la responsabilidad como para hacer valer la urgencia del interés general sobre las ambiciones particulares, porque en ese terreno nos la jugamos todos.

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Noviembre 5th, 2011 at 7:07 am

¿Cheque en blanco?, de Julián Santamaría Ossorio en La Vanguardia

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SONDEO DE NOXA CONSULTING PARA “LA VANGUARDIA”

La inmensa mayoría de catalanes y españoles dan por hecha, a día de hoy, la victoria del PP el 20-N. A partir de las medidas impuestas por el Gobierno en mayo del 2010 para evitar un rescate a la griega se abrió una brecha de diez puntos a favor del PP. Me preguntaba entonces, como otros muchos, si el PSOE podría superar esa diferencia, si podría ayudarle la remodelación del Gobierno, la pasividad de la oposición, negándole su colaboración ante un problema de Estado, o cómo podrían incidir los resultados de las elecciones autonómicas o la desaparición de ETA, en caso de producirse. Mi respuesta era prudente: no es imposible, pero si muy improbable. Pensaba entonces como ahora que las elecciones se decidirían en función de la situación de la economía y el empleo sin que se percibieran señales de que pudieran mejorar mucho en el tiempo que quedaba.

El resto de los factores enunciados ha tenido escasa incidencia. Los efectos de la remodelación gubernamental fueron escasos y se agotaron pronto. La inhibición del PP no parece haberle perjudicado. Anulada en la práctica la capacidad de ETA, la preocupación por el terrorismo había pasado ya a segundo plano y el fin de la banda se da por descontado. El castigo que recibió el gobierno en las autonómicas y locales, no fue un simple desahogo, sino como una severísima sanción. Y, para rematar, la elección de Rubalcaba como candidato del PSOE coincidió con un verano caliente en que los mercados de la deuda arreciaron con mayor fuerza en España, Europa y EE. UU. dificultando aun más la fluidez del crédito y la inversión, y, por tanto, la recuperación de la actividad y el empleo.

Los datos de este estudio refuerzan aquella impresión y apuntan a una holgada mayoría del PP en una atmósfera de notable frustración ante la duración y los efectos de la crisis y de gran pesimismo respecto al futuro. El 95% de los entrevistados consideran la situación económica mala o muy mala tanto en Catalunya como en el resto de España. A corto plazo, sólo entre una cuarta y una quinta parte piensan que será mejor dentro de un año. A medio, seis de cada diez españoles y siete de cada diez catalanes entienden que la próxima generación vivirá peor que ellos. Cuesta imaginar un escenario más difícil para el PSOE. Quizá el de 1982 para la UCD, con la salvedad de que antes de aquellas elecciones la coalición había sufrido ya toda una serie de escisiones.

Cuando la situación económica y el desempleo han sido los temas centrales de esta legislatura, sobre ellos girará la campaña y el resultado final. Españoles y catalanes se muestran muy críticos con la gestión del gobierno. Se muestran también muy críticos, aunque algo menos, con lo que ha hecho el PP en la oposición, y aunque en Catalunya se invierten los términos y la valoración de la oposición es bastante más negativa que la del gobierno, también allí progresa el PP. Sí, es la economía. Esta vez no hay duda. Se hace responsable al Gobierno con independencia del carácter global de la crisis, se exonera por completo la falta de cooperación de sus adversarios y se renuncia incluso a conocer sus propuestas para superarla.

La idea de que las elecciones sirven para echar a los gobiernos está muy extendida desde los tiempos de Schumpeter y Popper y los estudiosos del comportamiento electoral la matizan señalando que eso es lo razonable si, además, se piensa que hay una alternativa que pueda hacerlo mejor. Parece ser el caso. Los entrevistados coinciden en que se puede recortar el déficit sin tocar la sanidad y la educación aunque haya que subir los impuestos, como defiende Rubalcaba, y rechazan la idea que sostiene Rajoy de que hay que bajar los impuestos para salir de la crisis. No se sabe mucho más de sus propuestas. Pese a ello y pese a valorar mejor a Rubalcaba, consideran, salvo en Catalunya, que Rajoy está mejor preparado para abordar esta tarea y lo prefieren como presidente. El bucle se cierra. La fe reemplaza a la esperanza y se entrega al PP un cheque casi en blanco.

Falta algo más de un mes para las elecciones. En el último año la ventaja del PP ha ido ensanchándose con algún repunte ocasional del PSOE que no llegó a consolidarse. Se ha visto a su electorado poco motivado en comparación con la euforia del electorado popular, aunque también es cierto que la lealtad de los viejos votantes socialistas a su partido ha ido en aumento en los últimos meses. La pregunta es si el PP llegará o no a la mayoría absoluta. La respuesta que ofrece este sondeo es que a día de hoy la sobrepasará ampliamente. Con todo, el reducido tamaño de la muestra sólo permite una aproximación al hacer el cálculo de los escaños que puede variar o no de forma sensible. La clave está en la diferencia en votos que separe a ambos partidos. A mayor distancia mayor ventaja y viceversa.

Por tanto, la pelota está en el campo del PSOE, en su mayor o menor capacidad para movilizar a su electorado potencial y evitar fugas a otros partidos. Tarea difícil porque el impulso del PP se extiende a territorios clave como Catalunya donde podría obtener su mejor resultado histórico convirtiéndose en la segunda fuerza política, mientras CiU ganaría uno o dos escaños, ICV mejoraría ligeramente y ERC retrocedería. El tamaño de la muestra hace muy difícil la estimación de votos y escaños de los partidos más pequeños no sólo en Catalunya sino también en el conjunto. Con todas las reservas, de confirmarse nuestros datos las elecciones supondrían un vuelco en el mapa parlamentario con una clara mayoría del PP, un notable retroceso del PSOE, más escaños para las minorías, la presencia de más partidos regionalistas y el acceso de Amaiur a la Cámara. Eso supondría una profunda alteración del formato y la dinámica del sistema de partidos que se había venido consolidando desde 1993, tendría profundas repercusiones en la vida política y, como en la legislatura 2000-04, reduciría a los partidos nacionalistas y regionalistas a un papel claramente subordinado.

Julián Santamaría Ossorio, Catedrático Emérito de la UCM y Presidente de NOXA Consulting.

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Octubre 9th, 2011 at 7:11 am

¡Gracias, especuladores, gracias!, de Daniel Lacalle en El Confidencial

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Los bancos centrales han hecho la llamada al mercado y ésta ha sido alta y clara: compren riesgo a corto plazo y protección a largo. Según Goldman Sachs, la actividad de compra de acciones de Hedge Funds ha superado en un ratio de 2.3 a 1 a los fondos institucionales. No sólo eso, sino que la exposición al mercado de dichos Hedge Funds, según Merrill Lynch, ha subido a un 40%.

Como les comentaba a mis lectores en Twitter, ésta semana los activos financieros que mejor han funcionado han sido los de mayor riesgo y más cíclicos, así como los seguros por impago de crédito “credit default swaps” (CDS) corporativos. El mercado asume que se seguirán tomando medidas expansionistas e inflacionistas a corto plazo sin solucionar la burbuja de deuda.

Mientras los gobiernos se quejan de que el mercado es cortoplacista, todas las medidas que anuncian están enfocadas al mercado financiero y a corto plazo. El efecto es cada vez más agresivo en poco tiempo y se disipa también muy rápido. El Fondo Monetario Internacional publicaba un informe el lunes en el que alertaba de que “las políticas expansivas de crédito y de bajos tipos de interés generan inflación e incentivan a tomar riesgos excesivos”.

Gracias, Sherlock. Pues si queríamos azúcar, tenemos dos tazas (más deuda y más inflación). Luego nos extrañamos que en un gran banco suizo se hayan dilapidado €1.400 millones en pérdidas de Trading, el PIB de un día entero del país alpino y el 100% de los recortes por despidos de la entidad, mientras a los Hedge Funds nos revisan hasta las pestañas.

Esta vez el lenguaje de los bancos centrales es más agresivo. Incluye la palabra “ilimitado” en el incremento de liquidez e incluye la posibilidad de reducir tipos de interés en Europa. Pero también incluye la posibilidad de “infectar” el balance del BCE con bonos tóxicos europeos. Más deuda. Y toda esa generosidad y expansión crediticia “ilimitada”, ¿quién la va a pagar?

Tampoco es casualidad, en mi opinión, que anuncien una medida que vuelve a enmascarar el verdadero precio de oferta y demanda de los activos el mismo día en que se revisa a la baja el PIB de la UE de 2012 de +1,7 a +1,3%, la enésima vez en lo que va de año, se dan los peores datos de empleo desde junio en EEUU, y en una semana en que la subasta de deuda italiana y española sigue sin tener demanda no-europea.

Todo a pesar de los cantos de sirena que anuncian la inversión China en deuda soberana, como si China no tuviese un problema ya con la deuda americana, la suya propia (muchos estiman que su deuda sobre PIB real no es un 86%, sino muy superior) y préstamos impagados en sus bancos creciendo un 20%. Mientras, se anuncia un “apoyo” a Grecia que el mercado no ve por ningún lado y que en realidad no ayuda al país a reestructurar su deuda, solo pospone y alarga la agonía.

Y es que el problema ya no es Grecia. En términos de seguros de impago contratados, Grecia es sólo el décimo país del mundo con €4.200 millones. El mayor es Francia (casi €25.000 millones) seguido de Italia, Alemania, España y el Reino Unido. Es lógico que Sarkozy y Merkel centren su atención en mitigar su riesgo a corto plazo, aunque sea a costa de que Grecia siga en quiebra técnica a largo.

La política de la Unión Europea desde hace seis años es “ocultar y extender”. Ocultar o enmascarar los problemas de solvencia y la burbuja de deuda dando mensajes vacíos y extender el problema, esperando que en algún momento la inflación que buscan crear se traslade a los activos tóxicos y los puedan colocar. Pero el problema es que sólo crea inflación “mala”, externa, en materias primas, y no en activos domésticos porque el consumo y la producción industrial siguen cayendo.

El problema es que, cuando se tuvo la oportunidad en 2009-2010 de limpiar los balances, las entidades se olvidaron del problema y nos decían en las reuniones que estaban “excelentemente preparadas para la recuperación”. Y ahora volvemos a rescatar. Una vez mas se demuestra que la única visión que tienen los políticos europeos (o de cualquier país) no va más allá del periodo legislativo

Nos dicen “Grecia no saldrá del Euro y no reestructurará su deuda”. Mientras tanto, el bono a un año griego da una rentabilidad del 115%, y la prima de riesgo se sitúa en 3.780 puntos, con una probabilidad de quiebra del 98%. Si los gobiernos y funcionarios se creyeran esos mensajes estarían comprando deuda griega como locos.

“Shock Me”, decía el clásico de Kiss de 1977. Y de nuevo vemos a los bancos centrales tomar medidas de shock. Y como en el pasado, el efecto es el mismo que el de una pelota que cae por unas escaleras mojadas, cada vez que rebota en un peldaño, hace ruido, sube y salpica, para continuar su movimiento natural, porque la economía sigue empeorando y la capacidad de financiación de las empresas se reduce.

La acción coordinada entre los bancos centrales para inyectar liquidez en dólares es el cuarto intento de estímulo multimillonario de 2011. Y de nuevo, es un estímulo a la economía financiera. La FED, el Banco Central Europeo (BCE) y el Banco de Inglaterra saben que necesitan desesperadamente de los mercados para reducir la prima de riesgo, y por tanto, del coste de capital, de los bancos europeos.

Y en esta apuesta, en mi opinión, los fondos institucionales son los que probablemente tengan que cubrir gran parte del agujero adicional del mercado de renta fija y los Hedge Funds los que sostengan muchas de las salidas a bolsa necesarias para recapitalizar bancos.

El objetivo es bienintencionado. Apoyar a la economía financiera, incluida la deuda soberana, para que luego “fluya el crédito” a la economía real. El problema es que cuando regalan dinero, recibiendo del BCE al 1,5%, se incentiva a seguir acrecentando la burbuja de deuda comprando deuda soberana al 5,4%, o prestar a activos de altísimo riesgo que den una “supuesta” mayor rentabilidad, no a la economía real con el crecimiento del PIB cayendo.

Y hablando de riesgo, los que han buscado refugio en el bono alemán, que ha alcanzado su nivel más bajo de rentabilidad histórica (1,9%) lo han hecho buscando un activo refugio que, tras estas medidas, y las que vendrán, demuestra ser el activo de más riesgo del mercado. En mi opinión, nunca se debe buscar refugio en un activo que depende del riesgo que se quiere cubrir. Si asistimos a un impago generalizado de Europa, Alemania tendrá que correr con una parte importantísima de los gastos, ya que la UE supone el 80% de su saldo comercial.

Si se crean los eurobonos, la transferencia de riqueza implícita de Alemania a España, por ejemplo, sería de €30.000 millones (diferencial entre los dos bonos con respecto a la deuda a reestructurar) y si no se crean, o se rompe el Euro, las exportaciones de Alemania se desplomarán y su moneda se revalorizará un 70-80%, haciendo ese bono a estos niveles una inversión ruinosa. Así, los bancos centrales nos han indicado por donde irán los tiros: activos de riesgo y mega-cíclicos.

El BCE quiere ser un gran “especulador financiero” y aumentar su endeudamiento. El mayor Hedge Fund de bonos de Europa, pero con el riesgo de endosarse €150.000 millones de activos casi invendibles.

Les deseo suerte, porque armas tienen pocas y emitir moneda sin unidad fiscal y con un déficit masivo es casi imposible, como muestra el gráfico. El riesgo para el BCE es que la FED y EEUU le inyecta dólares, que ellos sí pueden emitir, luego se endeuda al BCE con bonos tóxicos periféricos que el mercado no quiere, el euro se revaloriza, reduciendo competitividad y se genera inflación no deseada. Estados Unidos gana en este plan Marshall, ayudando a uno de sus principales clientes (la UE) y reservándose la posibilidad de emitir moneda que genera un doble efecto de empuje competitivo a su país.

Veremos cómo sale este enésimo intento. Mucha suerte.

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Septiembre 17th, 2011 at 7:06 am

Reservas ideológicas, de Kepa Aulestia en La Vanguardia

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TRIBUNA

La reforma del artículo 135 de la  Constitución impulsada al unísono por Zapatero y Rajoy ha provocado un notable desconcierto entre los demás grupos parlamentarios y una inquietud que resulta difícil de explicar si nos ceñimos a la literalidad del nuevo texto. El golpe de efecto con el que el presidente ha decidido culminar su mandato puede ser merecedor de muchos reproches, tanto formales como de fondo. Pero es imposible que la iniciativa resulte tan catastrófica como se ha apuntado por parte de las formaciones contrarias a la misma, llegando a emplear tonos verdaderamente apocalípticos. Tales exageraciones, reflejo de la incomodidad que a los grupos que aspiran a redondear la mayoría parlamentaria que surja de las urnas del 20 de noviembre les causa verse de pronto preteridos, demuestran también que el debate sobre la contención del déficit y de la deuda encierra muchas más reservas ideológicas que las que aparentemente se darían cita en torno al futuro del Estado de bienestar.

Una de esas reservas tiene su origen en el propio poder político. Los argumentos más reacios a consagrar el principio de la estabilidad presupuestaria en la Constitución revelan la persistencia de visiones que continúan interpretando la crisis como un revés pasajero que obligaría, en todo caso, a adoptar medidas de austeridad transitorias. De manera que no sería necesario ni conveniente proceder al establecimiento de principios duraderos de rigor en cuanto a la contención del déficit estructural y de la deuda según parámetros comunes a la Unión. Hasta ahora tal renuencia a una revisión a fondo de las inercias presupuestarias, de los costes de las administraciones y del propio estado del bienestar se manifestaba más en la actuación real de sus responsables, comenzando por los pertenecientes a los grupos proponentes de la reforma constitucional. Pero la desabrida contestación a la misma ha dado carta de naturaleza a esa actitud resistente.

El poder político se alza sobre un sistema de partidos en el que todos ellos coinciden en ambicionar las más amplias áreas de influencia y un margen discrecional de actuación presupuestaria. De ahí su instintiva tendencia a considerar que nada sustancial ha de cambiarse en cuanto al redimensionamiento de las instituciones y de sus estructuras. Por supuesto, ni hablar de la revisión de la función pública, puesto que forma parte también del poder político. La aplicación de ajustes y recortes parciales, repentinos yde efecto inmediato, explicaría esa resistencia básica que constituye poco menos que una ideología del poder.

El catálogo de medidas de austeridad que se van adoptando para reducir el déficit que soporta cada administración dibuja un panorama caótico, deslavazado, unas veces con iniciativas meramente cosméticas o de dudosa eficacia, y otras con drásticos recortes, socialmente sesgados, que son justificados por razones imperativas, pero que apuntan hacia una revisión sin previo debate del Estado de bienestar. Lo más significativo es que todos y cada uno de los partidos políticos están eludiendo una reflexión a fondo sobre las necesidades de la sociedad que han de afrontar las instituciones y sobre el modelo impositivo más justo y eficaz para dotarlas de los medios financieros precisos para ello. En realidad habría que concluir que los partidos están incapacitados para redefinir el Estado social, tanto porque sus respectivas reservas ideológicas se lo impiden como porque los criterios de oportunidad electoral disuaden a todas las formaciones de realizar un esfuerzo que en el mejor de los casos no les supondría un beneficio directo.

La defensa de la inercia presupuestaria, reduciendo las partidas dispuestas en algunos de los capítulos, refleja esa otra inercia que lleva a las formaciones políticas a preferir que sean las circunstancias las que continúen tomándoles la delantera para evitar riesgos ideológicos. No es casual que la paulatina volatilización del control parlamentario sea en estos momentos más acusada. La incapacidad de los partidos para teorizar un modelo sostenible del poder político, de sus estructuras y del Estado de bienestar se traduce en impotencia a la hora de fiscalizar, más allá del trazo grueso, la liquidación de unas cuentas públicas manoseadas por la estrechez.

Junto a la ideología que proclama la reforma del artículo 135 de la Constitución frente a los riesgos de intervención, las reservas ideológicas que ha despertado aquella se parapetan tras la soberanía entendida como capacidad autónoma de endeudamiento público. Se trata de un refugio oportuno pero engañoso, puesto que difícilmente podrá resolverse por esa vía el problema del déficit fiscal que soporta Catalunya ni sortear los límites con los que se está topando el ventajoso concierto económico en Euskadi.

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Septiembre 6th, 2011 at 7:16 am

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‘Indignados’ indignos, de Cristina Sánchez Miret en La Vanguardia

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Desde que empezaron las acampadas que estoy decidiendo si hago un artículo o no sobre ellas. No lo he hecho -y ahora mismo no lo tendría que estar haciendo- porque todavía no sé quiénes son ni qué representan; por mucho que les haya dado tanto éxito la marca de indignados de la que se han apropiado. Ya lo sé que todo el mundo parece saberlo, tanto los que están a favor como los que están en contra, como todos los que escriben sobre ellos; pero pienso que hay que ser más prudente para calificar un movimiento como este donde queda del todo difuso quién forma parte de él y quién no, quién se suscribe o no a las acciones que llevan a cabo, y qué es verdad y qué no lo es de lo que nos relatan, tanto los propios actores sociales implicados como los periodistas.

Incluso me paseé una tarde de viernes con mi hijo por plaza Catalunya. Quería que él viera lo que pasaba, quiénes eran y qué hacían; y sobre todo que se diera cuenta de unos acontecimientos que se habían instalado de primera mano -como las mismas tiendas de campaña de la plaza Catalunya y de otras plazas y ciudades- permanentemente en los medios. No sé si es sólo mérito de ellos, pero lo que mejor han hecho de momento es convertirse en noticia.

A la plaza fuimos por mi hijo y por mí; necesitaba verlos de cerca porque no acababa de hacerme una imagen ni completa ni veraz de lo que pasaba con todo lo que leía y con todo lo que llegaba a través de la tele y de internet. Después del paseo, tampoco supe explicarle a mi hijo nada más allá de describirle lo que veía y las razones que ellos mismos daban para estar allí.

Puede parecer que los últimos acontecimientos violentos ante el Parlament catalán me ayudan a ser más crítica o más prudente, pero no va por ahí la cosa. Nuestra sociedad necesita que la indignación que sobrepasa y mucho la ocupación de las plazas se verbalice y se haga efectiva en acciones que realmente permitan que el sistema cambie. Como eso es tan primordial y prioritario, que escojamos a unos y no a otros representantes de la indignación es vital para que el proceso crezca cívicamente y genere, no sólo el aumento de la misma conciencia colectiva, sino también y especialmente el aumento del alcance de los implicados en las acciones. Necesitamos, de todas todas, indignados dignos y no indignados indignos.

Cristina Sánchez Miret, socióloga.

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Junio 19th, 2011 at 7:10 am

Lo que explota Mourinho, de Xavier Sala i Martín en La Vanguardia

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TRIBUNA

Las constantes, repetitivas y aburridas  acusaciones de José Mourinho a árbitros, federación y UEFA de favorecer sistemáticamente al Barça son reprobables desde el punto de vista deportivo, demuestran una falta de clase impropia de un club que siempre se ha vanagloriado de señorío y le dejan mal a él ante millones de aficionados de todo el mundo. La pregunta es: ¿por qué lo hace? Unos dicen que eso del señorío es una farsa. El señorío no se demuestra cuando ganas sino cuando pierdes, y ahora que el Madrid lleva unos años perdiendo, sale a relucir su verdadera naturaleza, mucho más cercana a la vulgaridad de Tomás Roncero que a la caballerosidad de don Santiago Bernabeu.

Otros opinan que es una peculiar manera de esconder su propio fracaso. Al fin y al cabo, sus acusaciones consiguieron que en la rueda de prensa posterior al partido de ida, nadie cuestionara ni el mal juego de su equipo ni el deplorable estado físico de sus jugadores en las segundas partes. Toda la atención se centró en si la expulsión de Pepe era justa o si el Barça merecía la Champions del 2009.

Otra posibilidad es que Mourinho quiere influenciar a los árbitros: si de antemano acusas al colegiado de favorecer al Barça y sugirieras que cualquier tarjeta que se le enseñe al equipo blanco será catalogada de favoritismo, te puedes permitir jugar al límite del reglamento para intentar ganar en el terreno de la violencia lo que no puedes ganar en el del talento. El problema es que, para que Mourinho pueda poner presión sobre los árbitros, estos tienen que ser presionables.La pregunta es: ¿lo son? ¿Son susceptibles los árbitros de favorecer a un equipo determinado si existe presión social para ello?

Aunque cueste de creer, este es un tema de estudio de economistas porque, en general, la presión social es un incentivo no monetario que afecta las decisiones de gobiernos, empresas o consumidores. Por ejemplo, existe presión social para que la gente no contamine o no consuma bienes producidos con trabajo infantil o para limitar la corrupción en países emergentes.

Para analizar si la presión que el público ejerce sobre los árbitros es efectiva, en el 2002 los psicólogos británicos Nevill, Balmer y Williams hicieron un experimento: enseñaron vídeos de faltas y penaltis hechos contra equipos locales a una serie de árbitros de la Premier. A la mitad de ellos les enseñaron los vídeos con el rugido del público que lógicamente reclamaba falta a favor del equipo de casa. A la otra mitad les enseñaron la misma jugada sin sonido. El resultado fue revelador: los que oían las quejas del público veían 15,5% más faltas que los que veían el vídeo sin ruido. La presión del público, pues, parecía influenciar la decisión del colegiado.

Un par de años más tarde, los economistas Garicano y Prendergast de Chicago y Palacios-Huerta de Brown, analizaron si la presión del público hacía que los árbitros favorecieran a los equipos locales en la liga española. El primer problema era cómo medir el favoritismo: incluso después de verlo mil veces por televisión, los del Barça creen que Pepe agrede a Alves y los del Madrid no. Como es difícil ponerse de acuerdo, las decisiones sobre faltas, penaltis, expulsiones, fueras de juego y tarjetas no pueden ser utilizadas para ver si un árbitro favorece a uno u otro equipo.

Ahora bien, existe un dato objetivo que puede ser útil: el tiempo añadido. Es fácilmente medible y no hay lugar a dudas: dos minutos son dos minutos y punto. Garicano, Palacios-Huerta y Prendergast demuestran que, una vez tenidos en cuenta sustituciones y lesiones, el árbitro añade un promedio de casi cuatro minutos cuando el equipo de casa pierde por un gol mientras que sólo añade un minuto si gana por un gol. Es decir, añaden más cuando el equipo de casa necesita remontar y menos cuando necesita que no le remonten. Los árbitros españoles, pues, son descaradamente caseros. En el 2007, el profesor de la universidad de Calabria, Vizenzo Scoppa confirmó el mismo resultado para la Liga italiana.

¿Quiere decir eso que los árbitros son influenciados por la presión del público local? Pues la verdad es que no. Es cierto que podrían ser caseros porque el griterío les afecta, pero también podrían serlo porque a los organizadores les interesa que gane el de casa: la asistencia al estadio sube cuando gana el equipo local y, a más publico, más éxito para los organizadores de competición… que son los que ponen los árbitros. ¿Cuál de esas hipótesis es correcta?

La respuesta la encontramos en un estudio de Thomas Domen del Instituto IZA de Bonn. Tras analizar 3.519 partidos jugados a lo largo de 12 temporadas en la Bundesliga, Domen confirma que en Alemania los árbitros también añaden casi tres minutos más cuando el equipo de casa pierde por un gol que cuando gana por un gol. El ingenio de Domen reside en comparar el grado de favoritismo que existe en los campos normales con el de los campos olímpicos en los que una pista de atletismo separa al público de los árbitros. La idea es que si estos son caseros porque sucumben a la presión ambiental, el grado de favoritismo será menor cuando el público está lejos y es menos intimidador.

El resultado es irrefutable: en los estadios olímpicos los árbitros añaden menos minutos cuando el equipo local pierde de uno y más cuando gana de uno. Es decir, en los estadios donde hay menos presión del público, los colegiados son menos caseros. Conclusión: los árbitros no son inmunes a la intimidación. Eso es exactamente lo que explota Mourinho.

XAVIER SALA I MARTIN, Universidad de Columbia, UPF y Fundació Umbele. www.salaimartin.com

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Mayo 2nd, 2011 at 7:15 am

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La banca y el mundo académico, de Vicenç Navarro en Público

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Se está mostrando en EEUU un documental sobre los orígenes de la crisis financiera en EEUU (Inside Job) que está teniendo gran impacto. Se le ha concedido hace unas semanas el Oscar al mejor documental del año y está creando gran revuelo en los departamentos universitarios de Economía y en centros de investigación económica de aquel país. Muestra, entre otros temas, cómo el centro financiero de EEUU (Wall Street) ha estado configurando la sabiduría convencional del conocimiento económico universitario, reproducido en los centros académicos de mayor prestigio de aquel país.

La banca, a través de la financiación de congresos, de revistas supuestamente científicas de gran renombre, de financiación de centros de investigación económica, de pagos a famosos economistas que directamente o indirectamente están a su servicio y del establecimiento de cátedras universitarias, ha configurado la “ortodoxia” del pensamiento económico que ha estado sirviendo, en su gran mayoría, a los intereses del capital financiero de EEUU. Se ha establecido, así, un dominio casi absoluto que ha dominado la cultura económica del país. El documental presenta también la existencia de economistas críticos con este pensamiento único, un número muy reducido, ignorado por el establishment académico económico.

El documento muestra cómo este pensamiento único, ortodoxo, llevó al país y al mundo al desastre. Las enormes crisis financieras y económicas se basaban en las políticas derivadas de los supuestos que regían tal conocimiento ortodoxo económico. La comunidad académica de grandes departamentos universitarios de Economía, donde se reproducía la ortodoxia, falló estrepitosamente, no sólo en prevenir las crisis, sino que contribuyó a que se produjeran. Y lo que el documental denuncia es que, a pesar de este gran fracaso e incompetencia, continúan dominando el pensamiento económico, guiando las respuestas a la crisis a través del Estado federal, proponiendo medidas que están favoreciendo al capital financiero a costa del bienestar de las clases populares estadounidenses.

Sería aconsejable que un documental parecido se hiciera en España mostrando una situación casi idéntica a la que ocurre en EEUU: el dominio de la banca en la reproducción de la sabiduría convencional económica. Sólo basta señalar la coincidencia de puntos de vista y propuestas de cambio que hace el gobernador del Banco de España (el mayor lobby de la banca, que supuestamente es su regulador), los que hace FEDEA (Fundación de Estudios de Economía Aplicada), financiada por la banca, y los sucesivos manifiestos (patrocinados por FEDEA) de los 100 economistas, la mayoría académicos. Todos ellos reproducen la misma ortodoxia económica. Su manera de resolver el desempleo es despedir más fácilmente a los trabajadores y bajar sus salarios; la de resolver la supuesta inviabilidad del sistema público de las pensiones es a base de reducir las pensiones; y para resolver la supuesta insostenibilidad del Estado del bienestar proponen reducir todavía más el empleo y el gasto público (en el país de la UE-15 que lo tiene ya más bajo), y así un largo etcétera, medidas todas ellas que están causando un enorme dolor a las clases populares. Nunca incluyen en sus análisis el estudio del comportamiento especulativo de la banca responsable del colapso del crédito (una de las causas de la crisis financiera y económica) ni las propuestas que redujeran el excesivo protagonismo que los intereses de la banca tienen para el buen hacer de la economía española, ni la muy necesaria reforma fiscal que corrija la enorme regresividad existente en España.

Su comportamiento se inspira en el pensamiento neoliberal surgido de los mayores centros universitarios de reflexión económica de EEUU y sus revistas supuestamente científicas. Es demostrativo de ello que en una de las escasas ocasiones que un portavoz del manifiesto de los 100 economistas respondió a mis críticas, no lo hizo respondiendo a mis datos, sino –en un intento de descalificación personal– a mi supuesta falta de conocimiento en Economía que según él quedaba mostrada en que (¡horror de los horrores!) yo nunca había publicado un artículo en American Economic Review, una revista que ha sido un fórum de promoción del pensamiento neoliberal en aquel país.

Durante 40 años he sido catedrático de Políticas Públicas (una especialidad en Ciencias Políticas y Económicas) en The Johns Hopkins University. A la vuelta del exilio, fui propuesto como catedrático extraordinario de Economía Aplicada en la Universidad Complutense. Más tarde fui catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Barcelona, y después catedrático de Ciencias Políticas y de la Administración en la Universidad Pompeu Fabra. En cuanto a publicaciones, según el instituto de análisis de literatura científica (Lauder Institute of Management and International Studies de Pensilvania), soy uno de los economistas y politólogo españoles más citado en la literatura científica internacional en Ciencias Sociales (que incluye Economía, Ciencias Políticas y Sociología, entre otras disciplinas). Escribo estas notas con cierta incomodidad (procedo de una familia y de una tradición que no ve con buenos ojos hablar de uno mismo) para denunciar los estrechos cánones de ortodoxia económica profundamente ideologizada existente en España, detrás de la cual está el enorme poder de la banca, que al promover el pensamiento neoliberal (que presenta como ciencia económica) está dañando el bienestar de la mayoría de la población española.

Vicenç Navarro es Catedrático de Políticas Públicas en la Universitat Pompeu Fabra y profesor de Public Policy en The Johns Hopkins University

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Marzo 17th, 2011 at 7:14 am

No abandonar a los pueblos árabes, de Atilio A. Boron en Página 12

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OPINION

La inesperada rebelión en el mundo árabe tomó a todos por sorpresa. Las satrapías del Magreb y Medio Oriente quedaron tan pasmadas como sus amos imperiales por la eclosión que se originó en un incidente relativamente marginal, más allá de lo terrible y doloroso que fue en el plano individual: la autoinmolación de Muhammad Al Bouazizi, un graduado universitario tunecino de 26 años que no encontraba trabajo y que se entregó a las llamas porque la policía le impedía vender frutas y verduras en la calle. El terrible sacrificio de su protesta fue la chispa que incendió la reseca pradera de una región conocida por la opulencia de sus oligarquías gobernantes y la secular miseria de las masas. O, para decirlo con las palabras siempre bellas de Eduardo Galeano, lo que encendió “la hermosa llamarada de libertad” que prendió fuego al mundo árabe y que tiene al imperialismo sobre ascuas.

No es casual, entonces, que los acontecimientos del mundo árabe hayan sumido en la confusión a buena parte de la izquierda latinoamericana. Daniel Ortega apoyó sin calificaciones a Khadafi; el presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez, a su vez, se declaró amigo del gobernante, aunque por cierto que aclarando que tal cosa no significa –en sus propias palabras– “que estoy a favor o aplaudo cualquier decisión que tome un amigo mío en cualquier parte del mundo”. Además, prosiguió, “apoyamos al gobierno de Libia, a la independencia de Libia”. Con sus declaraciones Chávez tomaba nota de la precoz advertencia formulada por Fidel no bien estalló la crisis libia: ésta podría ser utilizada para legitimar una “intervención humanitaria” de Estados Unidos y sus aliados europeos, bajo el paraguas de la OTAN, para apoderarse del petróleo y el gas libios.

Pero de ninguna manera esta sabia advertencia del líder de la Revolución Cubana podría traducirse en un endoso sin reservas al régimen de Khadafi. No lo hizo Chávez, pero sí lo hizo Ortega. Como era de esperar, la descarada manipulación mediática con la que el imperialismo ataca a los gobiernos de izquierda de nuestra región torció el sentido de las palabras de Chávez y de Fidel haciéndolos aparecer como cómplices de un gobierno que estaba descargando metralla sobre su propio pueblo.

En una esclarecedora nota publicada pocos días atrás en Rebelión, Santiago Alba Rico y Alma Allende argumentaron que un erróneo posicionamiento de la izquierda latinoamericana –y muy especialmente de los gobiernos de Venezuela y Cuba– “puede producir al menos tres efectos terribles: romper los lazos con los movimientos populares árabes, dar legitimidad a las acusaciones contra Venezuela y Cuba y ‘represtigiar’ el muy dañado discurso democrático imperialista”. “De ahí la gravedad de la situación actual, que exige transitar un estrechísimo sendero flanqueado por dos tremendos abismos: uno, el de hacerles el juego al imperialismo norteamericano y sus socios europeos y facilitar sus indisimulados planes de arrebatarles a los libios su petróleo; el otro, salir a respaldar un régimen que habiendo sido anticolonialista y de izquierda en sus orígenes, en las dos últimas décadas se subordinó sin escrúpulos al capital imperialista y abrazó y puso en práctica, sin reparos, las fatídicas políticas del Consenso de Washington y los preceptos de la “lucha contra el terrorismo” instituida por George W. Bush.

El Khadafi de hoy nada tiene que ver con el de los años setenta: su “tercera vía” degeneró en un “capitalismo popular” y las nacionalizaciones comenzaron a ser revertidas mediante un corrupto festival de privatizaciones y aperturas al capital extranjero que afectó a la industria petrolera y a las más importantes ramas de la economía. Hoy Khadafi no es Nasser sino Mubarak: abastecedor seguro de petróleo a Occidente, buen cliente de las transnacionales europeas y norteamericanas y fuerte inversor en las economías metropolitanas.

¿Qué debe hacer la izquierda latinoamericana? Primero, manifestar su absoluto repudio a la salvaje represión que Khadafi está perpetrando contra su propio pueblo. Solidarizarse con quien incurre en semejante crimen dañaría irreparablemente la integridad moral y la credibilidad de la izquierda. El reconocimiento de la justicia y la legitimidad de las protestas populares, tal como se hizo en los casos de Túnez y Egipto, tiene un único posible corolario: el alineamiento de nuestros pueblos con el proceso revolucionario en curso en el mundo árabe. La forma en que esto se manifieste no podrá ser igual en el caso de las fuerzas políticas y movimientos sociales y, por otra parte, los gobiernos de izquierda de la región, que necesariamente tienen que contemplar otros aspectos y compromisos. Pero la consideración de las siempre complejas y a menudo traicioneras “razones de estado” y las contradicciones propias de la “real politik” no pueden llevar a los segundos tan lejos como para respaldar a un dictador acosado por la movilización y la lucha de su propio pueblo, reprimido y ultrajado mientras el entorno familiar de Khadafi y el estrecho círculo de sus incondicionales se enriquecen hasta límites inimaginables. ¿Cómo explicar a las masas árabes, que por décadas buscaron las claves de su emancipación en las luchas de nuestros pueblos y que reconocen en el Che, Fidel y Chávez la personificación de sus ideales libertarios y democráticos, la indecisión de los gobiernos más avanzados de América latina mientras que toda la canalla imperialista, desde Obama para abajo, se alinea –aunque sea hipócritamente– a su lado?

Segundo, será preciso denunciar y repudiar los planes del imperialismo norteamericano y sus sirvientes europeos. Y organizar la solidaridad con los nuevos gobiernos que surjan de la insurgencia árabe. Los propios rebeldes libios emitieron declaraciones clarísimas al respecto: si hay invasión de los Estados Unidos, con o sin la (poco probable) cobertura de la OTAN, los insurrectos volverán sus fusiles contra los invasores y luego ajustarán cuentas con Khadafi, responsable principal de la sumisión de Libia a los dictados de las potencias imperialistas. Lo que hoy se está jugando en el norte de Africa y en Medio Oriente no es un problema local, sino una batalla decisiva en la larga guerra contra la dominación imperialista a escala mundial.

El triunfo de la insurrección popular en Libia tendrá como correlato el fortalecimiento de las rebeliones en curso en Yemen, Marruecos, Jordania, Argelia, Barheim y la que hace tiempo se viene incubando en Arabia Saudita modificaría radicalmente la geopolítica internacional a favor de los pueblos y naciones oprimidas. Por eso, nuestra región no puede ni tiene el derecho a equivocarse ante un proceso cuyas proyecciones pueden ser aún mayores, y de otro signo, que las que en su momento tuvo el derrumbe de la Unión Soviética y cuyo desenlace revolucionario fortalecerá los procesos emancipatorios en nuestra región.

Abandonar a los pueblos árabes en esta batalla decisiva sería un error imperdonable, tanto desde el punto de vista ético como desde el más específicamente político. Sería traicionar el internacionalismo del Che y de Fidel y archivar, tal vez definitivamente, los ideales bolivarianos. No hay que perder esta oportunidad.

Atilio A. Boron. Director del PLED, Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales.

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Marzo 9th, 2011 at 7:01 am

¿Es la abstención el problema?, de José Ignacio Wert en El País

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Recientemente ha sostenido Alfredo Pérez Rubalcaba ante los suyos que la abstención, y no el PP, es el rival a batir en las elecciones.

Mal asunto, si fuera verdad, para los responsables de la estrategia, porque a la abstención no se le puede echar la culpa del boom del ladrillo ni llamarla freaky o anarcoide, como hace Blanco con el PP.

Pero es una verdad solo a medias. Porque la abstención es un rival para el PSOE, pero no el único, y, según mi criterio, no el principal.

La teoría subyacente al mensaje de Rubalcaba es que existe una desmovilización de los anteriores votantes del PSOE que es la que da lugar a que el PP -sin un incremento significativo de su caudal electoral- aventaje al PSOE en las encuestas.

Es cierto que lo que técnicamente se llama viscosidad del voto socialista (proporción de anteriores votantes dispuestos a votar en el mismo sentido) es anormalmente baja (en torno al 50% en la mayoría de las encuestas recientes; en alguna de ellas ha llegado a situarse alrededor del 40%). Esa fluidez de sus votantes contrasta con una elevadísima viscosidad de los votantes del PP, que se mueve en todas las encuestas por encima del 80% e incluso llega en algunos casos al 90%.

Ahora bien, eso es solo una parte de la historia. La que importa más para establecer si la opinión de Rubalcaba es correcta es dónde van a parar quienes votaron al PSOE y ahora no se declaran dispuestos a volver a hacerlo.

Si tomamos como referencia la encuesta nacional reciente más robusta estadísticamente, el Barómetro del CIS del pasado mes de enero, realizada sobre 2.500 entrevistas, vemos que, de cada 100 votantes del PSOE, 50 lo votarían de nuevo, 11 se “pasarían” al PP, y otros 10 a otros partidos. El resto dicen o bien que no votarían (8), o que lo harían en blanco (5) o no contestan (17).

Por tanto, de acuerdo a estos datos, el PSOE presenta un doble problema: el de movilización al que se refiere Rubalcaba, para rescatar a los electores que hoy se decantan por la abstención o no aclaran su preferencia, y el de conversión respecto de quienes dicen que votarían a otros partidos o lo harían en blanco. Y los tamaños de uno y otro grupo son prácticamente iguales.

Sucede que, además de ello, la capacidad de atracción de voto del PSOE fuera de su caladero anterior es limitadísima. Prácticamente no consigue votos entre los electores anteriores del resto de partidos; entre las nuevas incorporaciones al censo electoral apenas consigue el 15% (frente al 31% del PP); y entre quienes no votaron también se ve superado, aunque de forma más ligera, por el PP.

Es verdad que entre los votantes anteriores del PSOE hay una proporción de indecisos (dicenque “no saben todavía” a quién van a votar) claramente mayor que entre los votantes del PP y de otros partidos. Pero se trata de una proporción cuyo aporte no sería en ningún caso crítico para decantar el resultado electoral, incluso si se inclinaran finalmente por el PSOE.

Lo que hay por tanto es un desangramiento electoral del PSOE tous azimuts: hacia otros partidos a ambos lados del espectro ideológico (además del trasvase al PP, son significativos los que se dirigen a IU, casi el 4%, y a UPyD, cerca del 3%) y, lo que estaría más cercano a lo que Rubalcaba sostiene, hacia la abstención y hacia la indecisión. De ello se desprende que no es sencillo definir una estrategia ganadora que tiene que atender tantos frentes y, presumiblemente, descontentos de variada etiología.

Fijémonos en un aspecto del que a veces se habla con más prejuicio que conocimiento: la relación entre el deterioro de las perspectivas electorales y la posición ideológica de su base electoral. Es communis opinio aceptada que el PSOE ha sido principalmente dejado de lado por sus votantes más a la izquierda. No es cierto. Al menos desde el punto de vista empírico, sucede más bien lo contrario. Siempre de acuerdo a los datos de la encuesta del CIS citada, lo que pudiéramos llamar ratio de retención, es decir, la proporción que existe, dentro de cada segmento ideológico, entre cuántos dicen que van a votar al PSOE respecto a cuántos le votaron en la elección anterior, es significativamente más alto cuanto más a la izquierda: mientras en la izquierda (posiciones 1 y 2 de la escala) ese ratio es del 81%, en el centro-izquierda (posiciones 3-4) el ratio baja al 73%, y, por último, en el centro (posiciones 5-6) el ratio desciende hasta el 39%. Teniendo en cuenta que en esta posición de centro se autoubican casi el 30% de los votantes del PSOE de 2008, resulta que la sangría cuantitativamente mayor es justamente la del voto centrista.

Con un claro corolario: este voto es el que con más naturalidad transita hacia la otra orilla. En efecto, de ahí sale la inmensa mayoría de los votantes que han emigrado hacia el PP. Según mis cálculos, descontados los fallecidos desde 2008, quedan en el censo vigente alrededor de 10,6 millones de votantes del PSOE en la última elección. El 11% de los mismos son cerca de 1,2 millones de electores, cuya condición crítica se explica sin mayor esfuerzo: si al voto del PSOE le restamos esa cifra y al del PP se la sumamos, la ventaja resultante del PP se aproximaría a 1,5 millones de votos, suficiente para decantar la elección con total claridad.

Si esto es así, y teniendo en cuenta que siempre la conversión es más ardua que la retención, la pregunta estratégica que en el PSOE podría plantearse sería: ¿vale la pena intentar focalizarse en el rescate del voto del centro que tanto se ha deteriorado o más bien conviene centrar los esfuerzos en mantener y mejorar la retención de la base más izquierdista? El trade-off no es sencillo. Si se opta por lo segundo, lo mejor que puede pasar es hacer honrosa la derrota, suponiendo que se consiguiera movilizar a la que César Molinas bautizó con feliz expresión como la izquierda volátil. La opción por lo primero, para darle la vuelta a la fuga de centristas hacia el PP, comportaría el riesgo de que no se consiguiera el objetivo, desanimando aún más el voto izquierdista que, mal que bien, se conserva.

Pero lo peor para el PSOE es que el margen de maniobra en uno y otro sentido parece muy limitado. Porque ni en política económica ni en política social caben grandes gestos en cualquiera de las dos direcciones. Queda solo la política pura, por ejemplo, el candidato. La cuestión es si, estando la economía como está, ello va a tener la trascendencia que algunos auguran. Habrá que verlo.

José Ignacio Wert es sociólogo.

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Marzo 8th, 2011 at 7:20 am

Lo universal hoy, de Michel Wieviorka en La Vanguardia

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Estamos acostumbrados a ver en el derecho y la razón valores universales que presumimos se aplican o se pueden aplicar a la humanidad entera. En esta perspectiva, el mismo derecho debe ser válido para todas las personas, y todas están dotadas de razón, de capacidad de reflexionar y de orientarse de acuerdo con su razón.

Tales valores no resultan necesariamente visibles en la realidad histórica, no dependen de una constatación empírica, sino en mucha mayor medida de un acto de prescripción: fundamentan e instauran un deber ser. Formulados desde hace mucho tiempo, figuraron en el núcleo del proyecto ilustrado y se asocian tradicionalmente a dos marcos políticos principales. Por una parte, su puesta en práctica tiene lugar en el seno de unidades bien definidas que son los estados nación. Por otra parte, deberían poder ser de aplicación en todo el mundo; constituyen un mensaje procedente de sociedades que ya son universalistas -por tanto, democráticas y occidentales-, dirigido a otros países que aún no los respetan.

Se ha podido trazar una similitud del universalismo, en primer lugar, con una ideología.

Por ejemplo, Karl Marx, en su obra La ideología alemana, dice que es menester reemplazar el universalismo abstracto por un universalismo concreto y la noción abstracta de persona por la concreta de trabajador. Denuncia, asimismo, el universalismo abstracto del dinero, que teóricamente genera igualdad mediante el intercambio pero que, en realidad y según él, genera injusticias y desigualdades económicas. Marx no rompe con el universalismo, preconiza el paso de lo abstracto a lo real, de la pura especulación filosófica al análisis concreto de la realidad.

También se ha acostumbrado a rechazar el universalismo para oponerle el relativismo, la idea de que los valores que guían las conductas humanas carecen de trascendencia y cambian en el tiempo y el espacio; cambian de una sociedad a otra, de un individuo a otro. Si los valores son construidos, si resultan de procesos históricos, no constituyen el triunfo de la razón.

En épocas más recientes, determinados pensadores o responsables políticos -y también movimientos culturales o sociales- han denunciado el universalismo que, en el seno de estados nación occidentales, ha podido acompañar a veces las peores violencias, la barbarie… en nombre de valores; por ejemplo, en Estados Unidos, el exterminio de los indios o la esclavitud. Las voces críticas han arremetido contra el dominio de los blancos sobre los negros o de los hombres sobre las mujeres en nombre de una concepción pretendidamente universal. Determinadas proposiciones de filosofía política dirigidas contra todas estas injusticias han abogado por que se reconozcan los errores del pasado y las dificultades del presente en el caso de los grupos en cuestión; tales proposiciones han podido presentar visos de relativismo. De todos modos, algunos intelectuales, en lugar de oponer valores universales y particularismos, definidos como otros tantos relativismos, han tratado de conciliarlos.

El debate ha tenido también un alcance internacional. En la época de la descolonización, ciertas voces denunciaron el etnocentrismo de valores pretendidamente universales, acusados de revestir formas de dominio colonial o incluso poscolonial y de encarnar la perspectiva de la población blanca o de potencias imperialistas que habían impuesto su fuerza y poder pretendiendo ocasionalmente aportar progreso económico, educación y sanidad a los dominados; en última instancia, acceso a los valores universales.

Pero hemos entrado en la era de la globalización económica y cultural. Constatamos la multipolaridad del mundo, el auge de China, de India, de Brasil. La supremacía intelectual o ideológica de Occidente ha sido criticada severamente y, por lo demás, la crítica al universalismo se va desplazando.

El marco del Estado nación y de las relaciones internacionales implica que los estados no se inmiscuyan en sus respectivos asuntos ni intervengan en ellos si no a través de las relaciones internacionales y diplomáticas o mediante acuerdos internacionales, convenciones, etcétera.

Desde 1967, con ocasión del drama de Biafra, los French doctors cuestionaron este modelo diciendo que la razón de Estado y los acuerdos entre estados han de ser secundarios respecto de los derechos humanos. El universalismo, con las oenegés, empezó así a salir de los límites de los estados nación y, de la mano de los defensores de los derechos humanos, se ha convertido en una realidad global, mundial, sin fronteras.

La impugnación o discusión del término que estoy comentando se ha referido efectivamente a la idea de que el universalismo es una invención occidental. El premio Nobel de Economía Amartya Sen ha mostrado que la idea democrática, que forma parte del universalismo occidental, no posee su única fuente en la Grecia antigua, transmitida a través de Roma a Europa y, posteriormente, a todo Occidente: existen desde hace muchísimo tiempo formas de vida democrática en India o en África,por ejemplo mediante la palabre (término derivado del español en el siglo XVII: reunión o asamblea con carácter de institución social). Sen muestra asimismo que es posible y deseable, a fin y efecto de impartir justicia, tomar en consideración la cultura en cuyo seno se imparte. Lo cual resulta compatible con las nuevas formas de justicia denominada reparadoraoconlas comisiones de verdad y reconciliación.

La crítica ha aludido asimismo a la idea de que la modernización de las sociedades constituye una marcha hacia el triunfo de los valores universales que deben resultar en la convergencia de las sociedades en un modelo único; tesis, por cierto, emparentada a la del final de la historia propuesta por Francis Fukuyama cuando afirma que las sociedades no tienen más opción que el mercado y la democracia. De ahí el propósito, por el contrario, de levantar acta de los cambios actuales que dan la imagen de una gran diversidad para hablar, como el sociólogo israelí Shmuel Eisenstadt, fallecido en el 2010, de modernidades múltiples,un concepto que presenta la ventaja de posibilitar tener en cuenta la diversidad múltiples-pero, también, la unidad: modernidad.

¿Hemos de aceptar tales críticas hasta el extremo de renunciar a la idea misma de valores universales? ¡No, desde luego! Se trata de afirmar, tanto a escala mundial, como de nuestros países, que en lugar de prescindir de valores universales en beneficio de un relativismo generalizado y de promover un universalismo occidental que corre el peligro de demostrarse cada vez más abstracto, es hora de intentar articular los valores universales y las culturas o las tradiciones particulares y de promover un universalismo lateral,abierto a las especificidades locales, nacionales o regionales.

MICHEL WIEVIORKA, sociólogo, profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París

Traducción: José María Puig de la Bellacasa.

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Marzo 8th, 2011 at 7:16 am

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