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Límites que chirrían, de John Müller en El Mundo

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AJUSTE DE CUENTAS

El que paga manda. Este dicho popular catalán es un compendio del buen funcionamiento del capitalismo. Por eso, a quienes profesamos respeto al derecho de propiedad, nos chirría que existan limitaciones al voto de los accionistas en algunas empresas.

La Ley de Sociedades Anónimas permite a éstas que fijen límites en sus estatutos. Compañías estratégicas como Iberdrola, Repsol o Telefónica y bancos como el Sabadell y el Popular, tienen limitado a un 10% los votos de aquellos accionistas que poseen más de ese porcentaje de los títulos pero menos del 29%, que es el límite ante el cual se debe lanzar una Oferta Pública de Adquisición (OPA).

La medida surgió como una manera de proteger a los minoritarios después de que se constatara que en varias operaciones -la adquisición de Metrovacesa por Joaquín Rivero, la de Dragados por parte de ACS (Florentino Pérez) o la de Vallehermoso por Sacyr (Luis del Rivero)- los compradores se hicieron con el control de la empresa sin sobrepasar el límite marcado por la ley para lanzar una OPA. Definían así el destino de la compañía y muchos minoritarios se sintieron desprotegidos.

La eliminación de estos límites figuraba en el programa del PSOE y para muchos expertos son un menoscabo al derecho de propiedad. Los críticos dicen que hay gestores que los usan para atrincherarse frente a accionistas que no les son simpáticos.

Lo cierto es que en Europa no hay claridad sobre el asunto. Sí la había respecto de la famosa «Ley Rato» que blindaba a las empresas privatizadas en la época de Aznar (norma que Zapatero derogó en 2009), pero no la hay respecto de esta normativa. De hecho, hay dictámenes para todos los gustos. El informe Sherman-Sterling, solicitado por la UE, determinó que estas limitaciones no eran blindajes ni dañaban a los mercados.

De hecho, la abolición de estos límites convertirá a España en un caso singular en Europa. En 23 países de la UE-25 existen normas de este tipo. Sólo Italia y Alemania, que tienen otros mecanismos de control sobre sus empresas estratégicas, carecen de ellas. Con razón, desde Iberdrola, por ejemplo, dicen que esto dejará a nuestras grandes firmas desguarnecidas ante ataques especulativos. Otro de los fantasmas que agitan los partidarios de la norma son las Operaciones en Manada, que es cuando varios cazadores conciertan sus participaciones para tomar el control de una empresa y repartírsela.

Con todo, lo más criticable es que el Gobierno incluyera la enmienda entre gallos y medianoche en una reforma de la Ley de Auditoría, emboscándola en una transposición europea. El PP y CiU ahora se muestran recelosos, mientras que el PNV la rechaza de plano.

Es malo que haya premura por zanjar desde el Gobierno un asunto donde se requiere una gran calidad legislativa para equilibrar inteligentemente las prerrogativas de los propietarios con los derechos de los minoritarios sin abrir la puerta a operaciones que conduzcan a la destrucción de la propia empresa. No se comprende que un Gobierno que está calificando de especulativos a los mercados cada día, de pronto se muestre dispuesto a retirar una norma que ha frenado muchas operaciones de ese tipo. Es verdad que el que paga manda. Y para mandar en una empresa hay que tener el 50% más una de las acciones.

john.muller@elmundo.es

© Mundinteractivos, S.A.

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Febrero 23rd, 2010 at 8:11 am

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Nada será como antes, de Carlos Taibo en Público

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De entre las ilusiones ópticas que se hacen valer en los últimos tiempos entre nosotros hay una que despunta: la que nos sugiere que, una vez dejadas atrás la crisis y la recesión en curso, mal que bien veremos reaparecer el escenario anterior a una y otra, esto es, el escenario de un crecimiento económico bonancible.

Semejante percepción ignora, claro, una de las consecuencias principales derivadas de la acumulación de crisis de orden dispar a la que asistimos. Y es que, junto a la crisis que hemos dado en etiquetar de financiera, hay, en la trastienda, otras mucho más graves. Una de ellas es, sin duda, el cambio climático que, cada vez más agudo y más fácil de percibir en sus diferentes manifestaciones, constituye una realidad que no parece llamada a tener efecto saludable alguno. Otra la configura el encarecimiento, inevitable en el medio y en el largo plazo, de la mayoría de las materias primas energéticas que empleamos. Y una tercera –por dejar las cosas ahí y esquivar una lista más larga– la proporciona el mantenido expolio de los recursos humanos y materiales de los países pobres, expolio en el que sigue asentándose buena parte de nuestra riqueza.

Aun cuando los efectos de la crisis financiera puedan quedar atrás –convengamos en que es difícil que, hablando en serio, tal cosa ocurra en plenitud–, se impone recordar que los de las demás no sólo pervivirán sino que, más aún, habrán experimentado una inquietante aceleración, con lo cual el escenario será visiblemente peor que el que se registraba antes de 2007. Si hay que tomarle el pulso a lo que tenemos entre manos, bastará con echar una ojeada a las estimaciones que instancias públicas y privadas realizan, con periódica regularidad, en lo que atañe a las sumas que será preciso destinar a la lucha contra el cambio climático: a medida que los meses van pasando, los recursos que será necesario invertir para restaurar precarios equilibrios son visiblemente mayores.

En esas condiciones, y volvamos al argumento principal, pensar que pronto recuperaremos el escenario propio de la bonanza anterior a 2007 es, sin más, equivocarse, y lo es –repitamos lo que antes adelantamos– incluso en el caso, improbable, de que la crisis financiera, por sí sola, no deje insorteables legados negativos. No está de más agregar algo –eso sí– en relación con la última de las crisis que antes sugerimos que se hallan en la trastienda. Tenemos por fuerza que preguntarnos si podemos seguir mirando el mundo desde nuestra eurocéntrica y personalísima percepción, en abierta y orgullosa ignorancia de los problemas de otros. O, por decirlo de otra manera, hora es de preguntarse si resulta razonable aplicar –como lo hemos hecho siempre– la lógica del sálvese quien pueda, aun a sabiendas de los efectos dramáticos que tiene sobre los países del sur. Sobran las razones para concluir, en cualquier caso, que muchos de los habitantes de estos últimos añorarían compartir con nosotros, siquiera fuera unas pocas horas, el peor de los momentos de esta crisis que a nuestros ojos presenta perfiles pavorosos.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política.

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Enero 2nd, 2010 at 8:08 am

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¿Por qué falla el capitalismo? Hyman Minsky, el economista que vio venir el desplome aún veía otro problema en el horizonte: su repetición, de Stephen Mihm en SinPermiso

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Desde que el sistema financiero mundial empezara a deshilacharse hace dos años, los distinguidos economistas han sufrido su propia crisis particular. Profesores de la Ivy League que habían anunciado con fanfarrias el albor de una nueva era de estabilidad se ven en apuros a la hora de explicar cómo, por decirlo con exactitud, la peor crisis financiera desde la Gran Depresión ha cogido en paños menores a su profesión entera.

Entre el suplicio y la autoflagelación, algunos comentaristas, algo más cerebrales, han comenzado a hablar de la llegada del “momento Minskyâ€, y un número cada vez mayor de personas con acceso a información privilegiada incluso empiezan a advertir de la llegada de un “colapso Minsky.â€

“Minsky†es la abreviación para Hyman Minsky, un macroeconomista desconocido hasta la fecha que murió hace ya más de una década. Muchos economistas nunca habían oído hablar de él cuando estalló la crisis, y sigue siendo en gran medida una figura oscurecida en el gremio. Pero últimamente ha comenzado a emerger como el más aventajado pensador sobre los sucesos en desarrollo. Un economista a contracorriente en la conformidad de la Norteamérica de la posguerra, un experto en los campos de las finanzas y las crisis, entonces tan poco de moda, Minsky fue uno de los economistas que vio lo que se avecinaba. Predijo, hace décadas, casi con toda exactitud el tipo de desplome que ha sacudido a la economía mundial recientemente.

En los últimos meses la estrella de Minsky no ha hecho más que brillar. Economistas galardonados con el premio Nobel hablan de incorporar sus conocimientos a la disciplina y se reimprimen copias de sus libros que se venden estupendamente bien. Ha pasado de ser una figura prácticamente olvidada a otra clave en el debate sobre cómo solucionar el sistema financiero.

Pero si Minsky estaba en lo cierto, como parece que así fue, la noticia no es algo que precisamente anime. Él creía en el capitalismo, pero también creía que tenía una flaqueza en su genética: las modernas finanzas, dijo, estaban muy lejos de ser la fuerza estabilizadora que la economía al uso retrataba. Es más, se trataba de un sistema que creaba la ilusión de estabilidad mientras creaba simultáneamente las condiciones para un desplome inevitable y dramático.

En otras palabras, la única persona que predijo la crisis también creía que el sistema financiero  contenía las semillas de su propia destrucción. “La inestabilidadâ€, escribió, “es una imperfección inherente al capitalismo de la que éste no puede escapar.â€

Puede que la visión de Minsky fuera sombría, pero él no era ningún fatalista: creía que era posible diseñar políticas que pudiesen atemperar los daños colaterales causados por las crisis financieras. Pero con un número cada vez mayor de economistas prestos a declarar que la recesión ya ha terminado, que hemos dejado a la crisis misma detrás nuestro, estas políticas pueden demostrarse tan poco cómodas como las que acaba de reemplazar. Más aún: a medida que los economistas van adoptando los juicios proféticos de Minsky, parece que están muy lejos de recordar todo lo que ello implica.

En un mundo ideal, una profesión dedicada al estudio del capitalismo sería tan irresponsable e innovadora como el objeto de su estudio. Pero los economistas han estado a menudo sujetos a poderosas ortodoxias, y nunca lo estuvieron tanto como cuando Minsky entró en escena.

Esa ortodoxia, nacida en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, era conocida como “síntesis neoclásica.†La vieja creencia en un mercado libre que se autoregulaba y se estabilizaba a sí mismo había absorbido selectivamente algunas de las teorías de John Maynard Keynes, el gran economista de la década de los treinta que escribió extensivamente sobre cómo el capitalismo puede fracasar a la hora de mantener el pleno empleo. La mayoría de economistas aún creía que el capitalismo de mercado libre era, en lo fundamental, una base estable para la economía, aunque gracias a Keynes, algunos ahora reconocían que el gobierno podía bajo ciertas circunstancias jugar un papel central en la economía –y en el empleo– para mantener la estabilidad del sistema.

Economistas como Paul Samuelson se convirtieron en el rostro del nuevo establishment: él y otros, procedentes de contadas universidades de elite, terminaron siendo inmensamente influyentes en Washington. En teoría, Minsky podría haber sido una estrella académica en el nuevo establishment. Como Samuelson, se doctoró en economía por la Universidad de Harvard, donde estudió con el legendario economista austríaco Joseph Schumpeter, así como el futuro premio Nobel Wassily Leontief.

Pero Minsky estaba cortado por otro patrón. Descendiente de inmigrantes de Minsk, actual Bielorrusia, Minsky vino al mundo entre paños rojos, hijo de socialistas mencheviques. Mientras que la mayoría de economistas se pasaron los años cincuenta y sesenta estudiando penosamente modelos matemáticos, Minsky hizo una investigación sobre la pobreza, algo que difícilmente puede considerarse el no va más para los economistas. Con sus largos cabellos blancos, Minsky se encontraba más cerca de la contracultura que de la economía al uso. Era, según recuerda el economista L. Randall Wray, un antiguo estudiante, “todo un personaje.â€

Así que mientras sus colegas de universidad iban ganando premios Nobel y escalando posiciones en la Academia, Minsky palidecía. Fue sin rumbo de trabajo en trabajo, de Brown a Berkeley, y de ahí a la Universidad de Washington. Aún peor: muchos economistas ni siquiera conocían su obra. Una reseña sobre Minsky publicada en 1997 anotaba simplemente que “su obra no ha ejercido una influencia a tener en cuenta en las discusiones macroeconómicas de los últimos treinta años.â€

Con todo, se mantuvo ocupado. Además de la pobreza, Minsky empezó a ahondar en el estudio de las finanzas, las cuales, a pesar de su aparente importancia, no ocupaban ningún lugar en las teorías formuladas por Samuelson y otros. También empezó a formular una pregunta simple e inquietante: “¿’Eso’ podría volver a ocurrir?â€, donde “eso†era, como Voldemort, la némesis de Harry Potter, lo innombrable: la Gran Depresión.

En sus escritos, Minsky miraba hacia su héroe intelectual, Keynes, razonablemente el mayor economista del siglo XX. Pero donde la mayoría de economistas extraían una lección, por lo demás muy simple, de Keynes (a saber, que el gobierno podía dar un paso al frente y microgestionar la economía, limar las asperezas del ciclo económico y mantener las cosas en funcionamiento), Minsky no tenía ningún interés en lo que él y otros economistas disidentes llegaron a definir como “keynesianismo bastardo.â€

En vez de eso Minsky extrajo sus propias y mucho más sombrías conclusiones de los principales escritos de Keynes, en los que no sólo trató los problemas del desempleo, sino también del dinero y la banca. Aunque Keynes nunca lo afirmó explícitamente, Minsky sostuvo que toda la obra de Keynes conducía a la conclusión de que el capitalismo era por su misma naturaleza inestable y propenso a su desplome. Lejos de dirigirse hacia algún tipo de estado de equilibrio mágico, el capitalismo podía hacer justamente lo contrario. Podía ir dando bandazos por un acantilado.

Este análisis llevaba la marca de su consejero Joseph Schumpeter, el reputado economista austríaco hoy famoso por documentar el incesante proceso de “destrucción creativa†del capitalismo. Pero Minsky se pasó más tiempo pensando en la destrucción que en la creación. Al hacerlo, formuló una intrigante teoría: no sólo el capitalismo era propenso al desplome, escribió, sino que precisamente eran sus períodos de estabilidad económica los que allanaban el camino a crisis monumentales.

Minsky llamó a esta idea “la hipótesis de la inestabilidad financiera.†En el despuntar de una depresión, observó, las instituciones financieras son extraordinariamente conservadoras, como lo son los negocios. Con los prestatarios y prestamistas alimentando la economía con sus acuerdos de alto riesgo, las cosas marchan con suavidad: los préstamos se pagan casi siempre a tiempo, los negocios tienen por lo general éxito y a todo el mundo le va bien. Este éxito, empero, inevitablemente anima a los prestatarios y a los prestamistas a arriesgarse más con la razonable esperanza de conseguir más dinero. Como observó Minsky, “el éxito alimenta el rechazo a la posibilidad de un fracaso.â€

Cuando la gente olvida que el fracaso es una posibilidad, una “economía eufórica†se desarrolla finalmente, alimentada por el crecimiento de prestatarios que emprenden riesgos -lo que denominó prestatarios especuladores, cuyos ingresos cubrirían los intereses pero no las deudas principales; y aquellos a quienes denominó “prestatarios Ponziâ€, que ni siquiera cubrirían los intereses y sólo podrían pagar sus facturas pidiendo nuevos préstamos. A medida que los miembros de estas últimas categorías creciesen, la economía general se desplazaría de un ambiente conservador pero rentable a un sistema mucho más irresponsable dominado por agentes cuya supervivencia no depende solamente de planes empresariales sólidos, sino del dinero prestado y de créditos a libre disposición.

Una vez desarrollada una economía como ésta, cualquier pánico podría hacer que se fuera a pique al mercado. El fracaso de una sola empresa, por ejemplo, o la revelación de un fraude asombroso podrían disparar el miedo y un repentino y generalizado intento de la economía por liberarse de la deuda. Este hito -que más tarde recibiría el nombre de “momento Minskyâ€- crearía un ambiente profundamente inhóspito para todos los prestatarios. Los especuladores y prestatarios Ponzi serían los primeros en venirse abajo, a medida que pierden acceso al crédito que necesitan para sobrevivir. Incluso los agentes más estables pueden encontrarse en la situación de no ser capaces de afrontar sus deudas sin vender sus activos. Esta venta de activos forzada haría entrar el valor de los mismos en una espiral descendente e inevitablemente el agrietado edificio financiero empezaría a venirse abajo. Los negocios se tambalearían y la crisis se extendería a la economía “real†dependiente del sistema financiero ahora en desplome.

Desde los sesenta en adelante Minsky trabajó en esta hipótesis. En aquella época creyó que este desplazamiento estaba ya produciéndose: la estabilidad de posguerra, la innovación financiera y el reflujo del recuerdo de la Gran Depresión estaban gradualmente estableciendo las bases para una crisis de proporciones épicas. La mayor parte de lo que dijo fue a caer en oídos sordos. Los sesenta fueron una época de sólido crecimiento, y aunque el estancamiento económico de los setenta fue un duro golpe para el grueso de la economía neokeynesiana, los responsables de la política económica no acudieron raudos a Minsky. En vez de eso, el fundamentalismo de libre mercado echó raíces: el gobierno era el problema, no la solución.

Además, el nuevo dogma coincidió con una notable época de estabilidad. El período de finales de los ochenta hacia adelante ha recibido el nombre de la “gran moderaciónâ€, una época de recesiones poco profundas y de una gran capacidad de recuperación en la mayor parte de las mayores economías industriales. Las cosas nunca habían sido tan estables. La posibilidad de que “eso†ocurriese de nuevo parecía una broma.

Y a pesar de todo, en este período el sistema financiero -no la economía, sino las finanzas como industria- estaba creciendo a pasos agigantados. Minsky se pasó los últimos años de su vida, a principios de los noventa, advirtiendo de los peligros de la titulización y otras formas de innovación financiera, pero pocos economistas le escucharon. Tampoco prestaron atención a la creciente dependencia de los consumidores y empresas de la deuda, y el empleo creciente del apalancamiento en el sistema financiero.

Para finales de siglo XX, el sistema financiero del que Minsky había advertido se había ya materializado, completado con prestatarios especuladores, prestatarios Ponzi y unos pocos prestatarios conservadores que completaban el esquema y eran los cimientos de una economía verdaderamente estable. Después de décadas, habíamos olvidado de verdad el significado de la palabra riesgo. Cuando empresas financieras de varios pisos de altura empezaron a derrumbarse, enviando señales a través de la economía “realâ€, sus predicciones comenzaron a parecerse mucho a un mapa de carreteras.

“No fue un momento Minskyâ€, explica Randall Wray. “Fue medio siglo Minsky.â€

Ahora Minsky hace furor. Hace un año un influyente columnista del Financial Times le confió a sus lectores que la relectura de la “obra maestra†de Minsky de 1986 -Stabilizing and Unstable Economy (Estabilizando una economía inestable)- “me había ayudado a aclarar mis ideas respecto a la crisis.â€Â  Otros se unieron al coro sin tardanza. A principios de este año, dos pesos pesados de la economía –Paul Krugman y Brad DeLond– se quitaron el sombrero ante él en foros públicos. Es más, el ganador del premio Nobel Paul Krugman tituló una de sus conferencias en la London School of Economics “The Night They Re-read Minsky.†(La noche en que releyeron a Minsky)

Hoy la mayoría de economistas, qué duda cabe, están leyendo por vez primera a Minsky, intentando encajar sus análisis, tan poco convencionales, en los andamiajes teoréticos de su profesión. Si Minsky viviera, sin duda hubiera aplaudido este reconocimiento tardío, aún produciéndose a un terrible costo. Como observó irónicamente en una ocasión, ¿acaso nos es Minsky de alguna ayuda? Si el capitalismo es un sistema inestable e inherentemente autodestructivo -más allá de que produce desigualdades y desempleo, como observó Keynes-, ¿ahora qué?

Después de haber empleado su vida advirtiendo de los peligros de la complacencia en lo que se refiere a la estabilidad -y que dieron en oídos sordos-, Minsky fue razonablemente pesimista en cuanto a la posibilidad de cortocircuitar el trágico ciclo de booms y pinchazos. Pero sí que creía que se podían hacer muchas cosas con el fin de sortear el peligro.

Para evitar que el momento Minsky se convirtiese en una calamidad nacional, parte de su solución (que era compartida por otros economistas) era que la Reserva Federal -que él gustaba en llamar “Big Bankâ€- se adentrase en la brecha y actuase como prestamista en última instancia para las empresas bajo asedio. Inyectando liquidez a las empresas en zozobra, la Reserva Federal podría romper el ciclo y estabilizar el sistema financiero. Fracasó a la hora de hacerlo en la Gran Depresión, cuando se quedó a un lado y dejó que la crisis bancaria entrase en una espiral fuera de todo control. Esta vez, bajo la dirección de Ben Bernanke –como Minsky, un académico de la Depresión– ha tomado un acercamiento diferente, convirtiéndose en el prestamista en última instancia de todo, desde hedge funds a bancos de inversión y fondos monetarios.

La otra solución de Minsky, no obstante, era considerablemente más radical y políticamente un sapo difícil de tragar. La táctica favorita de sacar a la economía de la crisis estaba –y está– basada en la noción keynesiana de “bombear el inflador†(priming the pump) enviando dinero para emplear a grandes masas de mano de obra cualificada y sindicada en la construcción de una línea de ferrocarril, por ejemplo.

Minsky, sin embargo, defendió un acercamiento del tipo “burbujaâ€, que enviase primero dinero a los pobres y los obreros no cualificados. El gobierno –o como él prefería llamarlo, el “Gran gobiernoâ€â€“ debería convertirse en “última instancia en el empleadorâ€, dijo, ofreciendo trabajo a cualquiera que quisiera ejercer uno a partir de un salario mínimo que sería pagado a los trabajadores que proporcionasen cuidados a los niños, limpiasen las calles o proporcionasen servicios que dieran a los contribuyentes pruebas visibles de la inversión de sus dólares. Disponibles para todos, sería incluso más ambicioso que el New Deal, reduciendo considerablemente las cuentas del estado de bienestar al garantizar un empleo para cualquiera que fuese capaz de trabajar. Un programa como éste no sólo ayudaría, según él creía, a los pobres y a los trabajadores no cualificados, sino que también pondría una red de seguridad debajo del salario de todos los demás, previniendo que los salarios de los trabajadores más cualificados cayese precipitadamente, y enviando los beneficios a lo largo de toda la escalera socioeconómica.

Mientras los economistas acaso reconozcan algunos de los análisis de Minsky respecto a la inestabilidad financiera, parece que puede afirmarse con seguridad que incluso los responsables políticos más liberales están muy lejos de pensar un papel para el gobierno americano tan expansivo. Un caro programa de pleno empleo estaría demasiado cerca del socialismo como para que fuese cómodo para los políticos. Por su parte, Wray piensa que los críticos están dispuestos a interpretar incorrectamente a Minsky: “él vio estas ideas como perfectamente consistentes con el capitalismoâ€, dice Wray. “Harían que el capitalismo funcionase mejor.â€

Pero no a la perfección. Si hay que extraer alguna conclusión de las obras completas de Minsky, es que la perfección, como la estabilidad y el equilibrio, son espejismos. Minsky no compartió la extraña creencia de su profesión de que todo podía ser reducido a un pequeño modelo o a una teoría fácil. La suya era una especie de economía existencial: el capitalismo, como la vida misma, era difícil, e incluso trágica. “No hay ninguna respuesta simple a los problemas de nuestro capitalismoâ€, escribió Minsky. “No hay ninguna solución que pueda transformarse en una frase pegadiza e imprimirse en grandes carteles.â€

Es un sentir que puede limitar el que Minsky se convierta en parte de una nueva ortodoxia. Pero eso es probablemente lo que él hubiera preferido, según creía el economista James Galbraith. “Creo que se resistiría a ser domesticadoâ€, dijo Galbraith. “Se pasó toda su carrera aislado profesionalmente.â€

Stephen Mihm es profesor de historia en la Universidad de Georgia y autor de A Nation of Counterfeiters [Una nación de falsificadores] (Harvard, 2007).

Traducción para www.sinpermiso.info: Àngel Ferrero.

Globe Correspondent, 13 septiembre 2009

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Noviembre 16th, 2009 at 12:00 am

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Rato se ofreció antes del verano a Rajoy para presidir Caja Madrid, de Jesús Cacho en El Confidencial

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El ex ministro de Economía del Partido Popular, Rodrigo Rato, visitó antes del verano el despacho de Mariano Rajoy en la calle Génova para notificarle su interés por hacerse cargo de la presidencia de Caja Madrid si el partido se la ofrecía. “Estoy disponibleâ€. De acuerdo con las fuentes, el también ex director gerente del FMI se adentró en un largo circunloquio acerca de las diferencias surgidas entre ambos en los últimos años. “Lo de Valencia ya quedó atrás; la vida política tiene estas cosas y si puedo echarte una mano lo haré con gustoâ€, resumen las fuentes.

Para poner en valor su ofrecimiento, el aludido aseguró contar con una oferta de Emilio Botín para formar parte del consejo de administración del Santander, por lo que le sería conveniente recibir cuanto antes una señal sobre las intenciones del partido en torno a la Caja para obrar en consecuencia. Rajoy, al decir de las fuentes, le animó a aprovechar la oportunidad del Santander, “porque una oferta de Botín no es moco de pavoâ€. Del gallego no salió una palabra que pudiera ser interpretada como un guiño cómplice para con los deseos del ilustre visitante. Frío glaciar.

La siguiente etapa en el peregrinar de Rato Figaredo consistió en visitar a Esperanza Aguirre en su despacho oficial de la Puerta del Sol. Con el mismo ofrecimiento. La presidenta de la Comunidad tuvo palabras de afecto para el aludido, dijo tomar nota de sus deseos, pero hizo hincapié en la necesidad de hilar fino a la hora de buscar sustituto a Miguel Blesa. “No tenemos mayoría en el Consejo de la Caja, lo que nos obliga a pactar la presidencia. Y es un pacto que cada vez se hace más complicado al ser necesario meter en el mismo a más gente…â€

A finales de septiembre, casi a las puertas de la cita de Copenhague donde la corazonada de Alberto Ruiz Gallardón vivió su Waterloo, quien visitó el despacho de Rajoy fue el vicepresidente de la CC.AA. de Madrid, Ignacio González. Las siempre inquietas aguas de Caja Madrid atravesaban ya por fuerte marejada rolando a mar gruesa. El segundo de Aguirre cuenta pormenorizadamente al del PP el pacto de estabilidad trabajosamente alcanzado en julio por él mismo y el presidente del Partido Socialista de Madrid (PSM), Tomás Gómez, al que se han adherido IU y los sindicatos UGT y CC.OO. de  Banca.

En realidad Nacho González estaba ofreciendo al de Génova una especie de proyecto “llave en manoâ€, un acuerdo ya cerrado que garantizaba el control de la Caja para el PP y acababa con las incertidumbres. No está claro si en aquel encuentro Nacho González se postuló como sustituto de Blesa o se guardó esa carta. Lo que sí está probado es que Mariano Rajoy en ningún momento aludió a la existencia de compromiso alguno con Rato. Ni palabra. Más aún, el gallego dio las gracias al visitante por haberle puesto al corriente del pacto descrito y le anunció que “hablaría con Esperanza y con Albertoâ€.

En realidad, hasta fecha muy reciente Mariano Rajoy no ha manifestado preferencia alguna por el ex ministro de Economía, que actualmente comparte tres empleos en otros tantos bancos –La Caixa, Santander y Lazard-. Incontables han sido los testimonios llegados a la sede de Génova relatando las ácidas críticas vertidas por Rato en toda clase de ambientes a la gestión de Rajoy al frente del PP, su falta de nervio, su carácter dubitativo y medroso… El propio entorno de Rajoy se encargaba de enfatizar los peligros que para él supondría colocar a Rato al frente de Caja Madrid: “Éste te haría de todo menos un favorâ€.

Rajoy se hace ‘ratista’

Por eso, en la sede de Génova no acaban de salir de su asombro a cuenta del brusco giro protagonizado por el gallego indolente al manifestar su apoyo a la candidatura de Rato. Las diferencias entre ambos han sido y son tan grandes que sólo un tsunami sería capaz de llenar el abismo que los separa. Todos recuerdan las quejas de don Rodrigo, recién vuelto de Washington tras su espantada del FMI, en los días de aguda crisis que precedieron al congreso de Valencia, junio de 2008: “Es que este c. no me ha llamado ni una sola vezâ€.

Rajoy pasaba de Rato. El de Pontevedra lo ha tenido siempre por el único enemigo capaz de moverle la silla de Génova solo o en compañía de otros/as. ¿Por qué se echa ahora en sus brazos? Sus más cercanos colaboradores no se lo explican: “Cosas de Mariano; cree que si le debe algo a Rato, con esto le aplacaráâ€. Para un antiguo colaborador del ex ministro, “Rajoy opta por Rato en el momento en que se da cuenta de que Esperanza Aguirre va en serio con la alternativa de Nacho González para presidir Caja Madrid, apoya a muerte a Nacho, una posibilidad que le horroriza, porque podrían utilizar la entidad para desestabilizarleâ€.

En el entorno de la Puerta del Sol, sede de la Comunidad de Madrid, lo tienen claro: “Ésta es una guerra para neutralizar a Esperanza como alternativa. Éste es el fondo de la cuestión: la toma de conciencia de dúo formado por Rajoy y Gallardón de su propia debilidad actual –uno por el caso Gürtel y otro por su penúltimo fracaso olímpico- y el miedo a que Esperanza termine por llevarse el canto y la limosna en el PP, una vez desaparecido Paco Camps en combate. Hay que matar a  Esperanza como alternativaâ€. Como dijo Konrad Adenauer, “hay enemigos, enemigos mortales y compañeros de partidoâ€.

Una tercera versión, no necesariamente excluyente pero con más picante, apunta a que Rajoy lanza la candidatura de Rato para quemarlo. En el peor de los casos, piensa el gallego, puede que resulte una buena idea soltar a un tercer gallo en el corral madrileño, para que se maten a picotazos entre ellos. “Todo para no abordar el fondo de la cuestiónâ€, asegura un destacado militante, “que no es otro que el agua crisis interna motivada por la falta de liderazgo de Mariano y las ambiciones irredentas de Ruiz-Gallardónâ€.

El incidente del Golfo de Tonkin que desata las escaramuzas  contra Aguirre es la entrevista del vicealcalde Manuel Cobo aparecida el lunes en el diario El País, donde el alter ego de Gallardón, aunque son muchos los que sospechan que se trata del propio Gallardón, pone a la regidora madrileña como chupa de dómine. Sin haber terminado de digerir aun el drama Gürtel, el alcalde de Madrid plantaba ante la sede de Génova un coche bomba capaz de llevarse por delante al partido. Lo alucinante es que en la Comunidad piensan que tras los pasamontañas que cubren el rostro de los miembros del comando se esconde el propio Rajoy.

Un coche bomba a las puertas de Génova

Ese mismo día, con la entrevista en la calle, en la sede de Génova tienen lugar los habituales maitines de los lunes, a los que acude, tan campante, el faraón madrileño. “No me preocupa en absolutoâ€, contó orondo a un director de periódico con el que almorzó ese mismo día. “Alguien saldrá en Génova diciendo alguna bobada, pero Mariano no va a hacer nadaâ€. En pleno pasillo de la séptima planta, un alto cargo del partido oyó a Esperanza interpelar a Rajoy de forma perentoria:

-Dime una cosa, Mariano, ¿tú estás detrás de las declaraciones de Cobo o te has desayunado con ellas como yo…?

-¡Por supuesto que me he desayunado, faltaría más…! –respondió el aludido con malas pulgas.

La presidenta madrileña respondió a la provocación de Cobo como los provocadores esperaban: reclamando una reparación a las ofensas en forma de castigo al agresor. Lo ha hecho con la contundencia que viene al caso: no habrá ninguna posibilidad de llegar a una solución negociada en el contencioso de Caja Madrid en tanto en cuanto no se aplique a Cobo la legislación vigente en el partido. Mientras no se le sancione, Génova debe dar por rota toda interlocución con la Puerta del Sol. Guerra civil abierta en el PP madrileño. Y Mariano en silencio.

El único hombre feliz en esta guerra es Rodrigo Rato, que ha recibido el nihil obstat para presidir la Caja no solo de Génova sino de todo el establishment patrio, incluidas las tres casas de banca para las que trabaja. Hasta Zapatero ha respondido amablemente a un pedido del interesado por persona interpuesta asegurando que “no me parece malâ€. Cualquier cosa que sirva para echar más leña al fuego del PP es buena para el PSOE. Sostiene un banquero madrileño: “Yo creo que ahora gana mucho más, aunque no deja de ser un empleado distinguido, sin el menor relieve público. En Caja Madrid será el jefe, de modo que lo que fundamentalmente consigue con el cambio es estatusâ€. Y siempre podría abandonar la Caja, como hizo con el FMI, si la lucha por el poder en el PP le hiciera un guiño.

En el Madrid financiero se daba ayer por hecha su nominación como sustituto de Miguel Blesa. Todos parecen haber olvidado que la autoridad de tutela pertenece a la Comunidad de Madrid, y que es la Comunidad y su vicepresidente, Nacho González, quien tiene  armado con el socialista Tomás Gómez el pacto necesario para sumar en el Consejo los 11 votos capaces de elegir presidente. De modo que el Rey Sol Rato tendrá que esperar. Y tal vez arremangarse y negociar. Con apoyos de sobra en Madrid, Esperanza, mala enemiga a la contra, no parece dispuesta esta vez a dar un paso atrás.

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Octubre 30th, 2009 at 8:05 am

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ZP en la ‘war room’, de Raúl del Pozo en El Mundo

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EL RUIDO DE LA CALLE

Adivina quién viene a almorzar: José Luis Rodríguez Zapatero. Durmió en Blair House antes de pisar la moqueta de Monica, luego fue al Ala Oeste, el Despacho Oval, de tres ventanas y cuatro puertas, donde vive el Gran Satán, buscando con satélite-consola las barbas de Bin Laden. Primero estuvo en el Capitolio, hecho a semejanza de San Pedro, se entrevistó con Nancy Pelosi y elogió el legado de los padres fundadores de una gran democracia. La Casa Blanca, el palatino, donde está la war room, que puede destruir el globo en 10 minutos, es también un sitio de chismes y de suegras. Kennedy lo convirtió en un motel, según él mismo en un café de intelectuales porque invitaba a Malraux; mientras cenaba con él mandaba mercenarios a la bahía de Cuba, ordenaba a la 7ª Flota bombardear los arrozales o autorizaba una campaña para desprestigiar a Neruda.

Zapatero, fichado por la CIA como el chorizo de Cantimpalos, esta vez fue como aliado. Prometió enviar más soldados a Afganistán y acoger a un palestino y a un yemení que estuvieron presos en Guantánamo. No tuvo que curvarse mucho ante el que interpreta el sueño americano. Le lleva ventaja en la sanidad y en los matrimonios homosexuales. Hubo entre ellos sintonía, hablaron, cada uno en su idioma, la lengua de la alianza de las civilizaciones y la paz. Lo que más detestan los americanos son los servilones, y sus mejores amigos son los que tuvieron una adolescencia antiamericana.

Zapatero ya no bebió leche en polvo en los recreos, pero en el cineclub de León, cuando era un zagal, hablaba del macartismo y contaban que se acuñaban monedas que decían simplemente: «John Wayne, América». Luego fue anti OTAN 10 minutos. Abominó de la América del garrote, la del napalm, la que protegía a sus dictadores, la del rufián Bush. Hay dos naciones, la de los pistoleros reaccionarios y la de los vaqueros buenos. Zapatero está con la segunda, la de Obama, que ha limpiado la bandera de las estrellas de sangre y de tortura.

Dice Borges, con racismo infantil, que los negros no tienen memoria histórica. «Mi abuela decía que los esclavos negros que tenía no sabían que sus abuelos habían sido vendidos en la plaza del Retiro». Mejor que Obama olvide una serie de malentendidos, gestos airados. Nosotros olvidaremos el hundimiento del Maine y Palomares. Qué le vamos a hacer, nuestros monstruos sagrados son americanos.

Llegó a la Casa Blanca un descendiente de los buscadores de oro que no sólo descubrieron América sino que llegaron a Nevada atravesando el Misisipí, fundaron San Francisco y cruzaron el equinoccio con caballos de crines alborotadas en el territorio de los bisontes rojos como la brasa, con héroes como Cabeza de Vaca, el curandero del avemaría.

La foto de Washington es buena. Son dos perfiles paralelos para captar el voto a través de un humanismo lírico.

© Mundinteractivos, S.A.

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Octubre 14th, 2009 at 8:14 am

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El referéndum como arma política, de Francisco Balaguer Callejón en Público

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El referéndum puede ser un instrumento muy útil para que las decisiones sean más democráticas desde el punto de vista de su vinculación directa con la ciudadanía. También puede ser–y lo ha sido muy habitualmente– un instrumento de legitimación de regímenes dictatoriales y un recurso fácil para su utilización demagógica. Una de las primeras reglas para que no se convierta en un arma política con pretensiones demagógicas es que el ámbito de la consulta coincida con el de la decisión. Esto es, que una comunidad de vecinos, por ejemplo, no pretenda decidir sobre el futuro de una ciudad o una ciudad sobre el futuro de un país. Además hay otras: que haya sido legalmente convocado por la autoridad a la que corresponda y que se hayan observado todas las garantías propias de un proceso refrendatario. En realidad, en una democracia constitucional, el referéndum aporta legitimidad directa a las decisiones (si se dan las condiciones establecidas legalmente) pero no necesariamente mayor sentido democrático, porque no elimina la tensión dialéctica entre mayoría y minorías sobre la que se asienta la democracia pluralista y el Estado constitucional de Derecho. La democracia constitucional se ha construido sobre la idea de que la mayoría debe ser controlada para evitar la lesión de los derechos de las minorías y, por ese motivo, también la ciudadanía está sometida a las reglas que articulan la convivencia pacífica entre todos los sectores sociales. Las reglas se pueden cambiar por los procedimientos establecidos previamente pero, mientras no se modifiquen, hay que respetarlas.

Legitimar el referéndum como arma política tiene sus problemas. Hoy puede ser una consulta en diversas poblaciones de Catalunya sobre la independencia, mañana podría serlo una iniciativa de sectores conservadores en contra de los derechos de determinados colectivos o de las políticas de igualdad del Gobierno o de cualquier otro argumento que se quisiera convertir en centro del debate por la vía de la agitación animada a través de consultas populares. Cuando desde un sector se comienzan a utilizar determinadas armas políticas, se debe ser consciente de que otros también pueden recurrir a ellas y quizás con pretensiones menos idealistas. Además, se pueden favorecer reacciones desproporcionadas y demagógicas, que tratan de poner en cuestión la legitimidad del debate independentista. Un debate en el que se puede estar a favor o en contra, pero del que no se debería dudar de su carácter democrático.

Y, desde luego, se equivocan quienes dicen que para un referéndum de independencia no se pide permiso. La experiencia histórica nos evidencia que para lo que no hay que pedir permiso es para la independencia. Para la independencia no hace falta ningún referéndum. Lo que hace falta es el consenso previo de una amplia mayoría de la sociedad a favor de esa opción. Justamente lo que hoy no se da en Catalunya, para fortuna de quienes creemos que su aportación es imprescindible para la modernización de España, en un proyecto compartido de vocación social y europea.

Francisco Balaguer Callejón. Catedrático de Derecho Constitucional

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Septiembre 19th, 2009 at 9:05 am

Sopa de letras para el final de la crisis, de José Carlos Díez en El Mundo

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ESPAÑA EN RECESIÓN: El análisis de los expertos

Vencida la recesión, ahora el debate se centra en cómo será la recuperación y los economistas andan inventando letras para definir sus escenarios más probables. V, U, W, L llenan los medios especializados en economía.

La economía es una ciencia milenaria y, aunque ha conseguido desarrollar un aparato teórico muy sofisticado en el último siglo, la base sigue siendo empírica. El problema es que en macroeconomía es difícil hacer experimentos controlados, lo cual dificulta el análisis comparado con eventos acontecidos anteriormente. Por lo tanto, cualquiera de las letras es probable, la cuestión es asignarle una probabilidad de suceso a cada escenario.

Los economistas que han estudiado crisis de esta magnitud han llegado a la conclusión de que cuando las economías caen con esa virulencia se recuperan con la misma intensidad, por lo que el escenario más probable sería la V. Guillermo Calvo, uno de los economistas más prestigiosos en este tipo de estudios, lo ha definido como el milagro del Ave Fénix, ya que las economías resurgen de sus propias cenizas.

Lo más sorprendente de este tipo de recuperaciones es que, habiendo sido la restricción crediticia la que ha provocado el brusco frenazo de actividad, la recuperación se produce sin que se reactive el crédito. Su tesis es que la crisis provoca una selección natural y sólo sobreviven las empresas que mejor se adaptan al nuevo entorno. Para ello, se apoyan en sus inversiones que ya generan flujos de caja positivos y acometen nuevos proyectos con autofinanciación, sin apelar a los canales formales de crédito.

En el comercio mundial los datos ya confirman una salida en V y poco a poco se irán contagiando al sector industrial y al sector servicios. Los planes de estimulo fiscal tardan en implementarse y cuando lo hacen tienen un fuerte impacto sobre el PIB apoyando también el escenario en V. Y, por último, la brusca caída también apoya que veamos fuertes tasas de crecimiento hasta final de año, simplemente por la recomposición del ciclo de inventarios de las empresas.

Pasada esta sobrerreacción, la realidad es que este tipo de crisis deja fuertes cicatrices, principalmente elevadas tasas de desempleo, y el crecimiento potencial de las economías merma por lo que las tasas de crecimiento se estabilizan en niveles inferiores al ciclo anterior.

Tras la V hay riesgo de W. Las economías están saliendo de la recesión por los estímulos fiscales y monetarios y por los esfuerzos de los gobiernos para estabilizar el sistema financiero. Pasada la recesión ahora toca retirar los estímulos. Si lo haces muy bruscamente provocas una recaída como hizo la Fed en 1982 o Roosevelt en 1937. Si lo haces muy lento y exacerbas las expectativas inflacionistas, el repunte de los tipos de interés de largo plazo también puede provocar otra recesión.

Éste no es el escenario central, pero la probabilidad de que suceda es elevada. Lo de la L sólo ha sucedido en Japón y si el lector ha visto la película Lost in translation comprenderá que la sociedad japonesa no es comparable al resto.

En España las exportaciones de bienes crecieron con fuerza en el segundo trimestre y las ayudas a la compra de automóvil, la reactivación de la obra pública y la bajada de tipos hipotecarios también sacarán a la economía de la recesión antes de final de año, por lo que el escenario no dista mucho del resto. Nosotros también tenemos fuertes cicatrices pero ya hemos demostrado con creces en los últimos cincuenta años nuestra capacidad para curarlas con éxito.

José Carlos Díez es Economista jefe de Intermoney y profesor de economía de la Universidad de Alcalá.

© Mundinteractivos, S.A.

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Agosto 30th, 2009 at 12:07 pm

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Concordes y cometas, de José García Montalvo en Dinero en La Vanguardia

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¿Se podría volar de París a Nueva York en sólo tres horas? Sí. Sólo haría falta que el Concorde siguiera operativo. Pero ¿por qué no utilizamos la tecnología más eficiente y rápida? El motivo es que la aviación supersónica es compleja y susceptible de grandes desastres ante pequeñas disfunciones. La economía internacional anterior a la actual crisis económica era una especie de Concorde. El proceso de rápida globalización y de generación de liquidez, basada en unos tipos de interés muy bajos, la titulización masiva de activos y el modelo de originar para distribuir el riesgo, había conseguido grandes logros en poco tiempo. Millones de personas salían de la pobreza en China e India gracias a la globalización de los mercados. Al mismo tiempo, las innovaciones financieras conseguían que la tasa de propietarios de vivienda en Estados Unidos subiera del 64% al 69% en pocos años.

Pero disfunciones en mecanismos teóricamente muy eficientes pueden crear graves problemas. El motor del originar para distribuir tenía un fallo importante: los bancos y emisores de los títulos en general eran los que pagaban por las calificaciones de las agencias de rating. Este incentivo perverso hacía que las agencias concedieran calificaciones demasiado generosas a los títulos. Dada la facilidad de colocar estos activos, por su alta calificación, los bancos se lanzaron a generar tantos activos como pudieron para lo que no dudaron en hacer préstamos a familias que difícilmente podrían pagarlos.

Si a los problemas de motor unimos el hecho de que los pilotos, tanto Clinton como Bush Jr., estaban cegados por el interés de tener más dueños de viviendas en Estados Unidos (un objetivo políticamente muy rentable) y hacían cada vez menos inspecciones del motor, además de intentar trucarlo reduciendo las condiciones de los créditos de Fannie Mae y Freddie Mac, ya tenemos todos los ingredientes para el desastre.

De esta situación hemos pasado a un estado de opinión que aboga por una banca más aburrida,centrada en sus actividades tradicionales y con un nivel de regulación superior. Se ha pasado del Concorde a una cometa. El problema es que la regulación no es una panacea.

POSIBLES ALTERNATIVAS

Pero ¿hay alguna alternativa a más regulación? La respuesta es afirmativa. Consiste en modificar los incentivos de los participantes en los mercados para evitar el encadenamiento de incentivos perversos que ha derivado en la crisis actual. Por ejemplo, en el proceso de titulización de créditos, en EE. UU. sería suficiente con evitar que el emisor de los títulos fuera el cliente de las agencias de calificación. Si el cliente fuera el inversor (el que está interesado en comprar los títulos) en lugar del banco emisor, entonces las agencias de calificación no tendrían la presión del “no te pago si no me das la máxima calificación, y me voy a buscar otra agencia que seguro que me la dará”.

Imaginemos que un emisor tiene un bono basado en activos claramente tóxicos y la agencia de calificación le diera la calificación de bono basura. El inversor sólo querría comprarlo si se le da una alta prima de riesgo. En esas condiciones, el emisor seguramente no tendría interés en generar este activo. Por tanto, el banco no tendría interés en originar los créditos que darían lugar a un activo como éste y, en consecuencia, no estaría interesado en conceder un préstamo a una familia con una capacidad económica insuficiente. Este sistema de pago por las calificaciones rompería la cadena de incentivos perversos.

EL CASO ESPAÑOL

En el caso español el modelo de financiación ha sido diferente aunque las consecuencias fueron similares: la insostenible tasa de crecimiento del crédito provocó una enorme burbuja en el precio de la vivienda. El mecanismo era simple: los precios de tasación se adaptaban a las necesidades de financiación de las familias en lugar de reflejar el valor de las viviendas. El motivo principal es que una gran proporción de las tasaciones son efectuadas por sociedades que pertenecen mayoritariamente a bancos y cajas de ahorros, lo que suponía un claro conflicto de intereses.

Una solución sería limitar el crédito al 80% del valor registral en lugar del valor de tasación. Este cambio rompería la cadena de incentivos perversos del modelo español y evitaría en gran medida burbujas futuras. Aumentar el valor registral de una vivienda para conseguir un crédito mayor supone un enorme desincentivo en forma de carga impositiva y transparencia. Esta fricción dificultaría mucho la formación de una burbuja y, colateralmente, mejoraría los ingresos tributarios.

Eliminando los incentivos perversos no sería necesario incrementar excesivamente la regulación, que puede tener beneficios pero también grandes costes. Quizás el Concorde iba demasiado deprisa, pero las cometas sólo dan vueltas en torno a un mismo punto.

José García Montalvo. Catedrático de Economía (UPF).

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Agosto 16th, 2009 at 11:04 am

Barcelona después de la crisis, de Fernando Aleu en La Vanguardia

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El colapso financiero del 2008 ya se vislumbraba en noviembre del 2007, cuando se organizó en Nueva York el seminario: Barcelona at the tipping point. El tipping se decantó hacia la crisis que todavía colea, y coleará. Entonces se dijo que el sector tangible de la economía: manufactura, construcción, transporte y finanzas podría tener mas problemas que el intangible: tecnológico, médico y científico dejando la incógnita para el sector turístico. También se dijo que la crisis sería de ámbito global y duradera.

Así ha sido. Lo que no se predijo fue que Estados Unidos elegiría a un presidente sorpresa que en pocos meses cambiaría muchos conceptos básicos de su economía para atajar el desempleo y recuperar una escurridiza prosperidad.

La apuesta de Obama empieza a dar tímidos resultados, y el rigor mortis financiero con que acabó el 2008, está dando paso a un cierto desentumecimiento.

A pesar de ello, en Estados Unidos se presagian tiempos difíciles para algunas ciudades como Pittsburgh, Detroit, Cleveland y Saint Louis, pues el nuevo orden de la poscrisis no irá con ellas. En cambio otras: Nueva York, Los Ãngeles,Chicago, Dallas y Atlanta, se defenderán mucho mejor, llamémoslas del grupo A. Nueva York, epicentro de la crisis, después de haber perdido más de sesenta mil puestos de trabajo en el sector financiero, se está reinventando ya.

Ha sufrido una modesta fuga de cerebros, pero su enorme capital humano se mantiene, casi intacto.

Barcelona, la flamante capital euromediterránea, tiene el potencial de vencer a la crisis como sus hermanas americanas del grupo A, si mantiene el alto metabolismo urbano imprescindible para llenar con “núcleos creativos” (gente lista) los rascacielos del 22@, la plaza de Europa, el Fòrum, la Sagrera y las cien puertas de embarque de la T1. Sus colegios, institutos y universidades tendrán que funcionar a toda máquina produciendo cerebros de calidad, en cantidad. A pesar de ello es posible que también haya que importarlos de Bangalore, Bilbao, Boston, Madrid o Munich. El Barcelona cool es marca que vende, y atrae a profesionales jóvenes, creativos e innovadores, pero como toda buena marca hay que promocionarla, y sobre todo no obstaculizar su desarrollo. La competencia mundial será feroz, y la bienvenida a los profesionales no catalanes tendrá que ser, de acuerdo con su tradición, auténtica y generosa. Habrá que intensificar la relación entre el mundo empresarial y el universitario, pues una relación más íntima, entre ambos, agilizará la aplicación práctica de las ideas creadas en los laboratorios.

La gran Barcelona metropolitana deberá exigir de sus líderes un debate político con más visión, más grandeur,con proyectos que motiven y estimulen. Hay que ir a por una Barcelona inteligente, potente e interesante. Sin ella, Catalunya no lo será. Crear mentes que funcionen es caro, la investigación es cara y el progreso es caro. Jamás habrá bastante dinero para financiar todo lo que hay que financiar, pero lo que sí puede haber es otra lista de prioridades para invertir el dinero que hay, afinando la gestión y aumentando el rigor administrativo. Catalunya gasta muchos millones en conceptos de dudosa utilidad, nula rentabilidad y frecuentemente ridículos. No los nombro, pues los lectores saben cuales son.

Barcelona tendrá que llenar con visitantes “de calidad” los nuevos palacios hoteleros que entrarán en servicio en pocos meses, además de los ya existentes, que son abundantes. Este no es el mejor momento para aumentar la oferta hotelera, pero es en periodos de crisis cuando se presentan las mejores oportunidades que los gestores astutos saben aprovechar. El turismo internacional decrece, pero turistas de Sevilla, Zaragoza o San Sebastián pueden llenar muchas habitaciones de hotel, muchos restaurantes y muchas plateas de teatro, pero recordemos que la mayoría de ellos no habla catalán.

Para asegurar el futuro que Catalunya merece, quizás habría que modificar la manera de amarla. Los retos futuros serán distintos y requerirán más eficacia, más imaginación, más esfuerzo y menos políticas del no, menos ismos, menos inmersiones y más salidas a la superficie para respirar aire fresco.

Amemos a Catalunya de una manera más de hoy, y más de mañana. Cesemos de mirar hacia atrás con ira, y miremos al futuro con confianza, sin olvidar que la obsesión por ser diferentes cuesta cara y sirve para poco. Lo importante es ser mejores.

Lo demás, a su debido tiempo, ya llegará…

FERNANDO ALEU, Queen Sofia Spanish Institute, Nueva York.

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Agosto 15th, 2009 at 9:08 am

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Casi cien años de ceguera, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

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En el primer aniversario de la muerte de Solzhenitsin

Aunque siempre cabría retrotraerse incluso a la antigüedad clásica, llegando al siglo XIX, a Madame de Stäel y su periplo europeo, huyendo de Napoleón, que consignó en un libro que fue traducido (con perdón) por Azaña, hubo un momento histórico en que irrumpió en el relato y en la escena de lo público la figura del intelectual comprometido e independiente frente a algunos de los atropellos más sonados que entonces se producían. Pensemos en el Zola del «caso Deyfrus» y, en nuestro más acá, en el Unamuno más combativo «contra esto y aquello». Estamos hablando de finales del XIX, concretamente de 1898, cuando en Europa cobró auge la figura del intelectual que, fuera de torres y burbujas, comparecía en la sociedad, avalado por su lucidez y soledad. Sin embargo, ¡ay!, esa edad de oro de la intelectualidad, para el asunto que aquí nos trae, no duró mucho.

Ya en la I Guerra Mundial hubo intelectuales europeos en cuyas voces y ecos la independencia de criterio quedaba sofocada por tremendos condicionantes. Y, más tarde, tras el fin de la II Guerra Mundial y la consolidación del llamado bloque soviético, sobrevino una ceguera en la mayor parte de la intelectualidad europea con respecto al llamado «socialismo real» que Orwell casi en solitario combatió con valentía y lucidez.

De todos modos, me atrevería a afirmar (con todos los matices que se quieran poner, que siempre serían bienvenidos) que la omnipresencia de los intelectuales en la vida pública del mundo occidental iría desde Zola hasta Sartre, es decir, desde 1898 hasta 1980, año de la muerte del gigantesco pensador y literato francés, con admirables luces, pero también con innegables sombras para el caso que aquí nos trae.

¿Por qué, a propósito del primer aniversario de la muerte de Solzhenitsin, hablo de casi cien años de ceguera? Porque, desde la I Guerra Mundial hasta Sartre, la ceguera de muchos intelectuales ante los muchos horrores y totalitarismos que en el mundo vinieron siendo resultó, como mínimo, imperdonable. Y hay otra razón no menos poderosa: el gran prestigio del que gozaron y el atractivo irresistible que ejercían sobre el poder. Entre los muchos casos a citar, pensemos en el último libro de Beauvoir sobre Sartre, cuando cuenta la admiración que un señor de derechas, Giscard, sentía por el autor de «Crítica de la Razón Dialéctica».

De un intelectual cabe esperar y exigir lucidez e independencia de criterio. Ante la perogrullada que a esto se puede objetar, en el sentido de que todo el mundo tiene derecho a equivocarse, me cabe argüir que, abarcando tal cosa a todos, es menos disculpable en inteligencias preclaras que, además, eran conscientes de la enorme influencia que durante todo ese tiempo tenían sus tomas de posición.

Me voy a permitir poner ejemplos, al unamuniano modo, contra éstos y aquéllos. ¿Cómo es que grandes intelectuales europeos, renegando del sistema capitalista en el que vivían, no sólo no condenaban, o, en el mejor de los casos, tardaron mucho en hacerlo, y casi siempre con la boca pequeña, sino que además elogiaban el llamado «socialismo real»? ¿Cómo es que en la España famélica, curil y casposa de los años 40 gentes como Carlos París, o Laín Entralgo estaban tan encantados con los soportes ideológicos del franquismo? La lectura de libros de Jordi Gracia o de Gregorio Morán sobre la vida «intelectual» y universitaria de aquella época de la historia de España arroja bastante luz al propósito. ¡Cuánta y qué infame ceguera de uno y otro lado por parte de la «intelligentsia» de todos los colores!

Y esos casi cien años de ceguera vienen muy a cuento en el primer aniversario de la muerte de Solzhenitsin. Nunca olvidaré, como escribí en su momento, las reacciones que hubo a su comparecencia televisiva en España un 20 de marzo de 1976, cuando fue entrevistado por Ãñigo en su programa estrella que se llamaba «Directísimo». Porque los insultos de los que fue objeto no vinieron dados por la mayor o menos calidad de su obra, lo que hubiese resultado muy interesante, sino por sus severas y demoledoras críticas al sistema soviético. Para aquel rojerío español de 1976, que no tardaría mucho en dejarse engullir por el felipismo, resultaba herético e imperdonable declararse anticomunista. Bien es verdad que a muchos de aquellos no les cayó el Muro en 1989, sino bastante antes, cuando González les envió guiños y cuando algunos de ellos colaboraron de forma entusiasta en la campaña del referéndum de la OTAN a favor de aquel Gobierno cuyo partido había hecho famoso el lema poco antes que, de entrada, no. ¡Qué convicciones más arraigadas y qué consistencia ideológica la de aquellos preclaros personajes!

Casi cien años de ceguera en los que, repito, hay casos para todos los gustos. Nadie pone en duda la importancia de Heidegger en la historia del pensamiento europeo y, como se sabe, ahí están sus devaneos con Hitler. Nadie pone en cuestión tampoco la talla de Sartre, y sus cegueras y errores también están ahí.

Ahora que, desde hace tres décadas, la presencia e influencia de los llamados intelectuales es casi nula en el mundo occidental, buen momento es para recordar a aquellos escritores y pensadores cuyas trayectorias están jalonadas por una lucha incesante y admirable contra los totalitarismos. Solzhenitsin es uno de esos casos.

Kundera habla en uno de los capítulos de su último libro sobre Solzhenitsin. Y coincido totalmente con lo que dice. Archipiélago Gulag no tiene en lo literario su mayor atractivo, sino en lo testimonial. Solzhenitsin no es Dostoievski, no es uno de los grandes literatos contemporáneos. Su interés radica en la denuncia.

No fue la soberbia el mayor «pecado» de los intelectuales, sino la ceguera, consecuencia del fanatismo y también de maniqueísmos imperdonables en gentes con capacidad más que sobrada para percatarse de miserias, tropelías y abusos, que tendrían que haber sido denunciados con el mismo coraje que Zola tuvo en su momento contra el poder político y social de aquella Francia llena de oprobio, según consignó el gran novelista.

Solzhenitsin servirá de espejo a los azogues y almas cortas, por parodiar a Salinas, que, desde sus púlpitos cívicos, hicieron de voceros de totalitarismos infames. En este caso, denigrando a un hombre cuya obra fue un clamor contra un sistema político oprobioso y criminal.

Casi cien años de ceguera. Y ahora silencio.

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Agosto 11th, 2009 at 6:06 am

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Insignificancia electoral, de Antonio García-Trevijano en el Diario español de la República Constitucional

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Más que a lo pequeño, lo insignificante denota a todo aquello que carece de sentido propio, a lo que no alcanza a tener significado por si mismo, y que podría no existir sin que el resto del mundo donde se manifiesta notara su falta. Un átomo es significante de la composición de la materia física. Pero muchos fenómenos de gran magnitud social son insignificantes para la estructura del poder en la materia política. Nada es solamente superficial en la Naturaleza, todo en ella tiene fundamento. Pero casi toda la superficie social que reviste al Poder, si éste no está fundado en la Libertad política, es intrínsecamente superflua. Si las elecciones franquistas eran superfluas, es decir, no significantes de la dictadura sino tan solo significativas de ella, las elecciones europeas son también superfluas o insignificantes, respecto del poder político en Europa, aunque sean significativas de la subordinación o impotencia del Parlamento de Estrasburgo. La baja participación electoral, confirmada, demuestra la consistencia del conocimiento político sobre la insignificancia, intrascendencia, superficialidad, superfluidad, futilidad o inanidad de las elecciones, para decidir en asuntos europeos. Nada sería más lógico que suprimir ese insignificante Parlamento, como lo acaba de pedir el jefe del partido nacionalista holandés, segundo más votado.

Aunque siempre sea positivo y alentador, la firmeza del conocimiento sobre la irrealidad política de la UE no basta para convertir a los abstencionistas en ciudadanos de la libertad, ni para esperar de ellos que se comporten del mismo modo racional en las elecciones nacionales, cuyos objetivos son diferentes. Las europeas no dan al Parlamento la facultad de elegir un Presidente para Europa. Mientras que las nacionales tienen el atractivo, para los ignorantes de la libertad y la democracia, de sacar de la chistera de las urnas la cuota de poder que debe tener cada partido para estar en el gobierno o en la oposición, ocupar el ejecutivo y participar en el legislativo, en el judicial y en los organismos o entidades del Estado. En verdad, para lograr ese resultado no sería necesario celebrar elecciones ni reunir Parlamentos. Bastaría que, tras un referéndum donde solo se votara a siglas de partido, cada jefe de grupo, según el porcentaje obtenido, designara después libremente la parte del personal que le corresponde tener en las distintas funciones del Estado. Las elecciones legislativas nacionales, más fraudulentas que insignificantes, son significativas de la oligarquía partidista instalada en el Estado. Los partidos no pueden prescindir de ellas porque son la fiesta sonora que encubre y decora el fraude político.

florilegio

“La palabra veraz silenciada se suple con sonidos de palabra falaz cantada.”

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Junio 8th, 2009 at 7:03 am

Ocasión para una política republicana, de Antonio Ãlvarez-Solís en Gara

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A raíz de los sucesos de La Naval de Sestao del viernes, y aprovechando la llegada a Ajuria Enea de Patxi López, Alvarez-Solís le hace una propuesta para que estrene su política de industria y empleo emulando una de las leyes que se promulgaron bajo la República: la Ley de Términos Municipales. El autor es consciente de que poco más cabe esperar que el silencio administrativo.

Tomando el rábano por el rábano, en la revuelta de los trabajadores navales de Sestao tiene una gran motivación el Sr. Patxi López para practicar una política socialista y republicana. Llega al poder en un espléndido momento en que la imaginación de un gobernante izquierdista puede certificarse como tal. Sobre todo tras la afirmación del Sr. Zapatero de que el nuevo gobierno vasco dará «serenidad y estabilidad» a la región, tal como la designa el presidente del Ejecutivo español. La región vasca, añade el Sr. Zapatero, es «determinante» para España. Si el Sr. Zapatero acierta por fin en algo, Euskadi está en el momento de navegar con redoblada energía, al menos en la calle.

Volvamos a Sestao. Casi al mismo tiempo en que la vicepresidenta Elena Salgado anunciaba la sorpresa de su Gabinete al superarse en varios miles la cifra de cuatro millones de parados, en Sestao alguien tuvo la magnífica idea de importar trabajadores de otras latitudes para abaratar la construcción naval. Dejemos al margen cuestiones de calidad laboral, de especialización secular, de tradición en el sector. Hablemos sólo de un panorama económico y laboral. Hablemos del factor humano. ¿Tiene importancia el factor humano? Pues yo creo qué sí. Y el Sr. López ha de creerlo también al ser socialista y acceder al poder para relanzar a Euskadi en todos los sentidos. ¿Se puede hacer algo, pues, en este asunto desde la perspectiva vasca y socialista? Yo también creo que sí. Y lo afirmo no desde la imaginación vaporosa sino acercando antecedentes socialistas y republicanos para orientar positivamente en lo que debe ser un natural empeño izquierdista de proteger el derecho de los trabajadores a una vida algo más vivible, ya que no sólida.

Una de las primeras leyes de la II República española, ya que andamos de memoria histórica, fue la Ley de Términos Municipales, que dictó y puso en marcha, al menos hasta que regresó la derecha al poder, un ministro republicano y socialista: don Francisco Largo Caballero. Esta Ley permitió subir los salarios agrarios en un 50% al prohibir que se recurriese a trabajadores de otros municipios cuando existía paro en el propio. Creían los socialistas republicanos de entonces que atentaba a los derechos humanos extender el hambre para conseguir beneficios empresariales más crecidos, que es lo que, al parecer, se pretendía en Sestao mediante la importación de maquinaria humana a precio más reducido.

Ya sé que una cosa es el asunto de los segadores y otro el que trata de la construcción naval, pero aunque los oficios sean distintos el trabajo, como expresión humana, siempre tiene idéntica calidad. Se trata de enmarcar el trabajo entre un mínimo y un máximo: el mínimo es el derecho fundamental a comer y, el máximo, es el derecho inalienable a la dignidad. Visto así el problema ¿por qué no se va a prohibir siempre la importación de trabajadores a precio de saldo mientras haya trabajadores en el propio contorno? Me refiero al contorno de Sestao. Mejor aún, a Sestao, ya que la última estadística indica que donde crece más el paro es en los municipios socialistas, dado que acumulan una mayor población industrial.

Sin reticencia alguna, sin tentar a Dios como hizo el Diablo cuando puso a Cristo sobre una montaña para mostrarle lo que tenía a los pies, me complace recordarle al Sr. López la Ley de Términos Municipales, ya que él es socialista, posiblemente republicano dentro del ámbito de la Corona, y se estrena con todo el ímpetu que suscita en la hondura humana el verse con coche nuevo, oficina poderosa y euforia entre sus seguidores. La memoria histórica, que hasta ahora es un puro recuento de huesos en paridad de motivos, se vería inyectada por una savia histórica auténticamente valiosa y popular si se rescataran instrumentos legales que al menos por dos años cambiaron la perspectiva humana e histórica de las tierras tenidas por españolas. Ahí sí que podría decir el Sr. López que estaba ganando unas elecciones, ya que el socialismo ha de ser revolucionario por propia esencia de las cosas y, en el caso español, republicano por exigencias de la tradición histórica. No contribuye nada al engrandecimiento socialista ni el curvo final político del Sr. Carrillo ni el paso de tango de la Sra. Rosa Aguilar en Andalucía, ni la aritmética de feria en Euskadi. Hay posturas políticas -el socialismo, el republicanismo- que exigen la limpia y transparente determinación revolucionaria para seguir siendo ciertas y honradas. Me refiero, sobre todo, entre nosotros, aunque el problema quizá estribe, al llegar aquí, en saber quienes somos nosotros.

Al acabar la trama de la argumentación que antecede quizá sea necesario hacer alguna aclaración sobre la igualdad entre todos los trabajadores, ya que se trata de evitar alguna malicia de tipo xenófobo ante los párrafos que quedan escritos ut supra. Decir que no ha de recurrirse a trabajadores venidos de otras tierras cuando se pueden lograr en el propio suelo no es renunciar a la igualdad de posibilidades entre todos los trabajadores. Por el contrario, equivale a defender la calidad de vida desde niveles más altos, calidad que no mejora nada si el metro lo tendemos de tal forma que señala la medida hacia abajo. El pecado final del capitalismo, degenerado en neocapitalismo, consiste precisamente en pregonar libertades que conducen a la destrucción de todos. Esas libertades son libertades para la violación humana. La lucha laboral ha de perseguir el ensanchamiento del glacis progresista -por ejemplo mediante las huelgas poderosas y otras manifestaciones del poder popular-, así como proteger intercambios basados en la igualdad de condiciones. Un intercambio en condiciones desiguales debe llamarse explotación para ser exactos respecto al fin que se persigue y no beneficia a la justicia social. Dar trabajo a cambio de un salario miserable no puede presentarse jamás como una forma de disminuir el paro sino como una vía para normalizar la miseria. Como tampoco es justa una organización laboral que conseguidas de alguna forma o en cierta medida sus expectativas de empleo y salario abandone la lucha por liberar al resto de la comunidad laborante. La ruina sindical empezó a patentizarse claramente cuando los sindicatos abandonaron su objetivo político de transformar totalmente la sociedad.

Pero andábamos hoy al trato de las posibilidades que se le presentan al nuevo lehendakari, que no deben conducir a lo que estrictamente pretende el Sr. Zapatero: «Un gobierno dispuesto a cooperar con el conjunto de España, respetuoso con el marco constitucional y activo para acabar con el grupo terrorista ETA». Es decir, el Sr. Zapatero no habla de un Gobierno vasco sino de una prefectura romana situada en el borde mismo del imperio. El Sr. Zapatero debiera distinguir con mucho cuidado entre lo que debe ser un Gobierno vasco y lo que es la Delegación del Gobierno de Madrid en Euskadi. ¡Non bis in idem!

La multiplicación de los casos de xenofobia se produce muchas veces por el enfrentamiento que el poder suscita entre los trabajadores. Esta obscena política es propia de una sociedad a la que dicen combatir los socialistas. Pero cuando se empiece a limpiar de cascotes el mundo neoliberal no resultaría sorprendente que se diera con los restos del socialismo. Con todo, la historia de los trabajadores es siempre la historia de la hora en que los trabajadores viven. Así es que ahí tiene su ocasión de oro, Sr. López.

Antonio Ãlvarez-Solís, periodista.

Written by Reggio's

Abril 27th, 2009 at 7:04 am

 Reggio

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