Archive for the ‘Valores’ Category
Sobre los altos bajos fondos, de Félix de Azúa en El País
TRIBUNA
Espero que no tarden en aparecer novelistas de género negro que escenifiquen nuestro primer decenio del siglo XXI como momento ejemplar de delincuencia masiva. La inmensa cantidad de casos de corrupción hace imposible un ensayo riguroso sobre este periodo nefasto
Siempre resulta estimulante preguntarse cómo se genera un episodio de criminalidad social generalizada. El Chicago de los años treinta es el modelo clásico de corrupción total en una ciudad del así llamado capitalismo avanzado. Hay muchos otros: el Buenos Aires de la viuda de Perón como modelo de opereta trágica, el Berlín de entreguerras como preludio a una criminalidad monstruosa, la Roma de Craxi desvalijada por un socialismo cleptómano. Son momentos en los cuales la corrupción infecta la totalidad del tejido institucional y los jefes del crimen son quienes en verdad dirigen la vida política hasta que los auténticos dueños del país los encierran, o se suicidan.
No, no estoy pensando en la España de los últimos años. Es posible que algún día un antiguo juez o policía sin ganas de ascender nos cuenten los detalles de la corrupción política, pero será muy tarde. Estaba pensando más bien sobre los motivos que llevan a esa criminalización de los estamentos supuestamente honrados como los políticos, los jueces, las grandes familias o los policías. En ocasiones la ausencia de estudios rigurosos permite que sea la novela la encargada de dar una idea, aunque sea somera, sobre alguno de estos procesos.
En los años sesenta, cuando Londres se convirtió en la capital cultural del mundo, los bajos fondos estaban dominados por unos hermanos en verdad temibles, Reginald Reggie y Ronald Ronnie Kray. Hay mucha documentación sobre ellos porque fueron el equivalente británico de los gángsters americanos convertidos en leyenda romántica antes de la Segunda Guerra. La tradición que venera a los asesinos como héroes “antisistema” arranca por lo menos de Rousseau y en algunos lugares, como las provincias vascongadas, parece ser endémica, pero siempre hay un posible relato verosímil.
Lo cierto es que Ronnie Kray tenía graves problemas mentales y acabó muriendo en un manicomio y su hermano era un monstruo que gozaba torturando. Sin embargo, aquel Londres que comenzaba a relajar las costumbres, sobre todo sexuales, a permitir que los alucinógenos penetraran en medios burgueses y universitarios, que marcaba la moda en el continente y llegó a imponerse en la industria del ocio de los EE UU (hazaña memorable y nunca repetida) gracias a los Beatles y los Rolling, era también una de las ciudades más corruptas de Europa.
Los hermanos Kray llegaron a ser los amos absolutos de la prostitución, la pornografía (ellos empezaron a imponer la porno dura escandinava), la droga y el raketing desde sus cuarteles del East End, pero conseguían protección política y policial en sus clubes para ricos del West End. Es famosa la relación entre Ronnie y Lord Boothby, un destacado miembro (dicho sea sin malicia) de los conservadores, así como con Tom Driberg, diputado laborista. Durante los periodos de corrupción general no hay izquierdas ni derechas, sólo prostituidos y macarras. El mundillo de las celebridades del Swinging London, Diana Dors, David Bailey, Judy Garland, Frank Sinatra y muchos más, actuó de barrera protectora de los Kray, hasta que ese Londres permisivo y criminal se hartó de ellos. Sucedió en mayo de 1968, naturalmente, y los hermanos fueron condenados a cadena perpetua.
Esa secuacidad de rufianes y padres de la patria, de policías y ladrones, de políticos y criminales, puede parecer algo permanente en nuestras sociedades, pero no es así. Tiene lugar sólo en épocas particulares, como en nuestros últimos 15 años gracias a la inflación del ladrillo, toda ella contaminada de hez mafiosa y protegida por los intocables locales. Periodos que sólo se terminan cuando los delincuentes son ya demasiado peligrosos para banqueros, políticos, periodistas y cargos sindicales que los han estado usando en beneficio personal y ahora los ven llamar a la puerta de sus propias casas y preguntar a los niños si están sus papás. O bien, como en nuestro caso o el de Weimar, por una ruina total y absoluta del sistema entero.
Pido perdón a quien yo me sé por estos párrafos de falsa sociología. En realidad viene mejor explicado en una novela, Delitos a largo plazo de Jake Arnott (Roja&Negra) en donde la historia de los hermanos Kray está unificada en un solo personaje, Harry Starks, para hacer las cosas más llevaderas. El protagonista es, como Ronnie, judío, homosexual (él mismo lo afirmaba con enorme desprecio: “Yo soy homosexual, no gay”) y mentalmente trastornado. Asesina con sus propias manos a Jack the Hat McVitie, tiene un lío sádico con un Lord, sufre depresiones brutales y otro montón de detalles que lo hacen conspicuo. La parte de Reggie se cumple con la organización de los garitos, la porno, los clubes de lujo, la tortura sistemática y la ceja única que tan adecuadamente fotografió David Bailey.
Esta novela es sólo la primera parte de una trilogía, pero me parece muy relevante porque tiene un colofón en verdad perspicaz. Me temo que ese último capítulo molestará a quienes aman el género clásico, ya que finalmente es una novela negra, aunque posmoderna. En cambio a mí ese final es lo que más me interesa. Como no destruye el suspense del libro, lo insinúo sin dar pistas.
Una vez condenado, Ronnie (Harry Starks, en la novela) trata de hacer méritos carcelarios cursando estudios en la Open University como un etarra cualquiera. La Providencia pone en su camino al típico sociólogo de la London School, anticuado, progre, liberado, persuadido de estar a la última y de que los delincuentes son la rebelión oculta contra el capitalismo.
Lo que Kray-Starks puede llegar a hacer con el pobre sociólogo es un caso destacado de ironía británica. La escena en la que Kray supera al sociólogo por la izquierda y cuando éste se retranca en la terminología marxista le da un revolcón posestructuralista, es impagable. El asesino había estado estudiando a Foucault de tapadillo y destruye todas las convicciones del pobre universitario, el cual, humillado, se pone a leer Vigilar y castigar aquella misma noche con enormes esfuerzos.
El narrador, Jake Arnott, nos somete a un doble juego sádico. Creo evidente su progresiva fascinación por el personaje a medida que avanzaba en la novela. De modo que en el capítulo final se pone él mismo como profesor estúpido, dominado por un delincuente mucho más inteligente que él, y nos explica el proceso en términos universitarios. Viene a ser este: un marxista de los años sesenta tiene una teoría sobre el lúmpen y los bajos fondos propiamente romántica, un foucaultiano de los años setenta celebra a los homosexuales sádicos como la parte sana de una sociedad cada vez más represora, un estudioso del Bourdieu de los años ochenta sólo ve imitaciones de clase y signos de distinción, un novelista ya totalmente descreído de los años noventa (la novela se publicó en Gran Bretaña en 1999) nos cuenta su propio proceso hacia el escepticismo haciendo burla de todos los estudiosos anteriores. Así que si yo entiendo bien esta curiosa novela, es la seducción literaria lo que incita a la investigación universitaria, y no al revés.
Dije que no estaba pensando en España, pero mentía. Yo espero que no tarden en aparecer novelistas de género negro que escenifiquen nuestro primer decenio del siglo XXI como momento ejemplar de delincuencia masiva. La inmensa cantidad de casos de corrupción política, policial, bancaria y la necesaria complicidad de caciques locales, hace imposible un ensayo riguroso sobre este periodo nefasto. Los cientos de casos particulares forman una tela de araña inescrutable para el investigador académico en tanto el tiempo no vaya reuniendo los hilos más gruesos y diluyendo los sutiles.
Lo asombroso de la novela (sobre todo la popular) es que esos hilos sutiles pueden fundirse en un par de convincentes personajes, tarea admirable de la narración artesanal o de género, cuando es tan sagaz como la de Chandler o la de Highsmith. En resumidas cuentas, creo que sólo una buena novela puede darnos, ya que no la letra, por lo menos la música de este último y vergonzoso decenio previo al descalabro final.
Félix de Azúa es escritor.
Dar voz a los valores, de Ángel Castiñeira y Josep M. Lozano en La Vanguardia
Recuerdan la vieja película de Anthony Mann Cimarrón? El protagonista (Glenn Ford) es un hombre íntegro e idealista que participa, a finales del siglo XIX, en la mítica colonización del Oeste. En la construcción del sueño americano, él tuvo todas las oportunidades de triunfar a su alcance: la obtención de las mejores tierras en la distribución de parcelas, los favores de una prostituta propietaria de uno de los mejores ranchos, los honores de participar en la guerra contra España en Cuba, la fama y la influencia como director de un periódico, el liderazgo cívico y el reconocimiento derivados de la gestión de los prejuicios raciales en la convivencia con los indios, el acceso a una inmensa fortuna obtenida con la explotación de los primeros pozos de petróleo, el poder y el honor si aceptaba el cargo de gobernador por Oklahoma, etcétera. La historia del protagonista muestra, sin embargo, el precio a pagar por no querer renunciar a sus valores y por mantenerse coherente con sus ideales: enfrentamientos con su mujer, su entorno y la sociedad hasta convertirse en un outsider, hasta acabar marginado por desaprovechar las grandes posibilidades de una tierra y un mundo en cambio que lo único que esperaban de él era que fuera más listo y que suavizara sus escrúpulos éticos.
Esta historia, a pequeña escala, no está muy lejos de nuestra propia realidad cotidiana. Hoy el problema fundamental que tenemos con los valores no radica en su definición o clasificación ni tampoco en su identificación, elección o promoción. No. El problema que tenemos la mayoría con los valores radica en que configuren maneras de proceder. Hoy lo que necesitamos es sobre todo preparación y práctica para la acción orientada a y desde los valores. Como individuos, como organizaciones y como país tenemos problemas para saber desarrollar estrategias efectivas que nos ayuden a poner en práctica nuestros valores. ¿Por qué, a pesar de tenerlos claros, no conseguimos llevarlos a la práctica? En el día a día sentimos a menudo expresiones como: “en esta empresa no nos podemos permitir el lujo de tener valores” o “yo tengo las manos atadas, no se puede hacer nada”, o “actuar de acuerdo con tus valores no es tan fácil sobre todo cuando vives o trabajas en un entorno que es contrario, o “en el contexto actual, con tal de conseguir dinero (o resultados, o trabajo) uno sería capaz de hacer cualquier cosa”.
Es habitual que, ante estas dificultades, acabemos por racionalizar o autojustificar nuestra incapacidad de coherencia entre los valores en los que decimos que creemos y nuestras prácticas. O bien que abandonemos todo intento de actuar de acuerdo con nuestras convicciones porque no creemos que en el entorno que nos ha tocado vivir o trabajar sea posible hacerlo o los valores tengan la más mínima importancia. Es como si nos encontráramos atrapados por las circunstancias o nos viéramos forzados a actuar de una manera opuesta a nuestros valores. Una profesional nos decía: “Aquí, si haces las cosas bien no te pasa nada y si las haces mal tampoco. Por lo tanto, ¿por qué esforzarse?” El entorno te condiciona de tal modo que acabas indiferente y/o frustrado. Por contra, en los casos de aquellas personas que se resisten al conformismo respecto al incumplimiento de los valores puede que sean consideradas poco comprometidas con su organización o que se las excluya de los círculos internos y de las conversaciones donde se deciden las estrategias reales del grupo.
¿Podemos (y queremos), pues, guiarnos en la vida conforme a nuestros valores? ¿Podemos mantener una cierta coherencia entre nuestros valores formulados y nuestros valores practicados? ¿Omás bien debemos asumir que esta distancia entre lo que decimos y lo que hacemos, entre declaración y acción, es insalvable? La profesora del Babson College, Mary C. Gentile, estudia en su libro Giving voice to values qué estrategias exitosas han desarrollado los líderes y los jóvenes ejecutivos para conseguir poner en práctica sus valores en contextos organizativos adversos. La cuestión podría parecer secundaria si no fuera porque la mayor parte de centros formativos comparten la sospecha de que, en relación con la transmisión y práctica de los valores, algo falla cuando estos jóvenes transitan de la universidad al mundo profesional y de la empresa. Siguiendo a A. O. Hirschman, Gentile tipifica tres modelos de respuestas ante situaciones organizativas donde se incumplen los valores. Una es la lealtad: hacer sumisamente lo que te piden. La otra es la salida: evitar el problema abandonando el lugar.
La tercera es la voz: encontrar una manera original de hacer oír o “dar voz” a los valores y conseguir cambiar la situación. Lo interesante del libro de Gentile es que los casos estudiados en los que finalmente las prácticas se adecuan a los valores no guardan relación con iniciativas heroicas o actitudes temerarias que ponen en peligro el puesto de trabajo de las personas, sino más bien nos habla de saber desplegar una especie de inteligencia contextual basada en estrategias bien planificadas y estructuradas: la capacidad de negociación, la orquestación de conversaciones ad hoc, el planteamiento de preguntas adecuadas, la identificación y creación de redes de aliados, el control de la reacción emocional ante situaciones incómodas, la ejemplaridad, la detección de los factores inhibidores y la invención de formas para neutralizarlos, la distinción entre lo que son órdenes, preferencias y simples opiniones de los jefes, etcétera. La conclusión es esperanzadora: podemos dar voz a nuestros valores y mejorar nuestras vidas y organizaciones.
Ángel Castiñeira y Josep M. Lozano, profesores de ESADE. URL.
Hacia una economía con valores, de Juan Francisco Julià y Rafael Chaves en Cinco Días
La actual crisis no es una crisis económica más. Cuando el país más poderoso del mundo ha visto este verano reducirse el rating de sus bonos del Tesoro de la triple A a la doble A. Cuando la crisis de las deudas soberanas no solo atenaza a economías periféricas del capitalismo desarrollado sino que amenaza a economías europeas centrales, pero débiles, con alto riesgo de efectos dominó. Cuando variaciones en precios de ciertos productos agrarios en los mercados internacionales y una sucesión de malas cosechas vuelven, como en tiempos pretéritos, a generar duras hambrunas en los países más pobres del planeta. Cuando por el estancamiento prolongado de las economías del mundo no se logra reactivar el consumo y, con él, el comercio internacional. Cuando los Gobiernos de los países desarrollados aplican políticas económicas para atajar la crisis que no solo no han demostrado ser eficaces, sino que han agravado los desequilibrios y han reducido los niveles de bienestar alcanzados en las pasadas décadas. Cuando los Gobiernos son incapaces de atajar los estructurales problemas de coevolución entre el sistema económico y el medio natural y de erradicar la pobreza y el hambre. Todo ello nos permite afirmar que estamos ante una crisis estructural de profundo calado, solo comparable a la Gran Depresión de los años treinta, con la que guarda temibles semejanzas.
Y como aquella crisis, es necesaria no solo una revisión en profundidad del modelo económico de crecimiento, sino también un cambio en el paradigma dominante del pensamiento económico. La actual crisis requiere un profundo giro, teórico y práctico. Como postulaba el profesor Stiglitz, unos días después de la quiebra de Lehman Brothers, el fundamentalismo de mercado, la mainstream del pensamiento económico actual, basado en la superioridad de los mercados autorregulables, ha demostrado una doble incapacidad en la práctica, por un lado, para resolver los problemas económicos y sociales más importantes de nuestro tiempo y, por otro, para salir de la crisis que el propio modelo ha generado.
En el origen de esta crisis se halla sobre todo una profunda crisis de valores cívicos y económicos que han guiado el modelo de crecimiento. En efecto, un exceso de codicia, un escaso respeto a las prácticas de buen gobierno corporativo y una marcada insensibilidad hacia el medio ambiente y social que nos rodea, así como a las condiciones de vida y de trabajo de la mayor parte de la humanidad, han sido los valores aceptados por las instituciones y los órganos centrales de decisión en las pasadas décadas. Resulta por ello obligada la reivindicación de una economía más equilibrada y con valores sociales y económicos potenciadores del desarrollo humano y de la sostenibilidad. Debe emerger un nuevo paradigma basado en economías más plurales, donde el sector público y los otros modelos de empresas y organizaciones, en especial las cooperativas, las entidades no lucrativas y otras entidades de economía social adquieran roles significativamente más relevantes.
En este contexto, la economía social, un tercer sector de la economía situado entre la economía pública y las empresas privadas tradicionales capitalistas, adquiere un renovado valor teórico y práctico. Se trata de un sector económico que pone énfasis en las personas más que en el capital, en la satisfacción de las necesidades sociales, el interés social y el interés general más que en el lucro, y en el anclaje a los territorios y sus poblaciones más que en la volatilidad geográfica. Un sector que demuestra en la práctica cómo el interés común y los bienes colectivos pueden ser eficazmente gestionados desde el ámbito privado, como revela Elinor Ostrom, la primera mujer premio Nobel de Economía. Todo ello sin caer en tentaciones intervencionistas, no olvidando las fuerzas del libre mercado, ya que no puede ignorarse que en el marco de la actual economía de mercado también se produjo en las últimas décadas, antes del estallido de la actual crisis, la etapa de mayor crecimiento económico, como bien nos recordaban en un artículo en el Financial Times Becker y Murphy al indicar cómo, desde 1998 a 2007, el PIB mundial se incrementó en un 145%.
Es claro que necesitamos de un cambio de valores, como bien señalaba en relación con la crisis en España en el acto de la entrega de los Premios Jaume I Juan Roig, el líder de Mercadona, primera cadena de distribución alimentaria en nuestro país, insistiendo tanto en valores sociales como económicos, al hablar de abandonar la cultura del maná y pasar a la del esfuerzo y trabajo, cuidando de mejorar nuestra productividad, desde la incorporación de conocimiento por la transferencia e innovación, que en nuestra opinión deben ser más valorizadas por universidades y empresas.
Es hora de alianzas y consensos, y sobre todo de aprovechar el talento y las iniciativas innovadoras, sin olvidarnos de las personas y del medio.
Juan Francisco Julià. Rector de la Universidad Politécnica de Valencia y Rafael Chaves profesor de Economía Aplicada de la Universidad de Valencia.
Capitanes del honor, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia
El comportamiento del capitán del Costa Concordia puede ser calificado de muchas maneras pero todo el mundo sabe que no fue nada honorable; un capitán que abandona su barco cuando se produce un naufragio es la imagen más clara del incumplimiento del deber y, de paso, es el retrato terrible de un deshonor que va unido a una actitud tramposa, mentirosa y carente del mínimo coraje.
En general, la gente que trabaja en el mar tiene un profundo sentido del honor porque, a pesar de los grandes avances, se gana la vida en un medio de riesgo extremo donde la naturaleza siempre recuerda a los individuos que la existencia cuelga de un hilo muy fino y que fiarse demasiado acostumbra a pagarse muy caro. Sentirse pequeño ante la fuerza de los elementos ayuda a mantener un código moral de respeto a uno mismo y a los demás. Por eso la excepción flagrante de Francesco Schettino duele de modo especial a los profesionales de la navegación y constituye una historia atractiva que nos hace pensar en la grandeza y miseria de que somos capaces cuando nos ponen a prueba.
El honor es un asunto fascinante que importa más de lo que parece. Porque esta palabra tiene mala fama en nuestras sociedades desarrolladas y democráticas, donde se habla mucho, en cambio, de ética y de solidaridad y de transparencia. Se asocia el honor, de manera reduccionista, a la tradición más rancia, a un pasado casposo de caballeros con armadura y reglas rígidas al servicio de castas intocables. Además, la manera como etiquetamos algunos fenómenos actuales, caso de los mal llamados “crímenes de honor” que propugnan ciertos fanáticos o del particular honor de los mafiosos, abonan la distorsión de este concepto.
Con todo, a la hora de la verdad, el honor nos llama la atención cuando desaparece completamente de escena ydeja paso a comportamientos lamentables que nos hacen sentir vergüenza ajena. Es lo que pasa con las mencionadas peripecias del capitán del Costa Concordia.Y es lo que sucede con las actuaciones intolerables del jugador del Real Madrid llamado Pepe, el energúmeno que, entre otras salvajadas, pisó intencionadamente la mano de Messi en el partido de la Copa del Rey del miércoles. Y también es deshonor el que nos llega a través de ciertas conversaciones privadas que se han hecho públicas durante el juicio a Camps por el caso de los trajes, unos diálogos que no servirían precisamente para ilustrar la ejemplaridad que tenemos derecho a exigir a todos los cargos elegidos en las urnas.
Afortunadamente, todavía quedan muchos capitanes del honor pero la mayoría son anónimos, ciudadanos desconocidos que hacen su tarea sin aspavientos -por un salario normal y corriente- y que nunca obtendrán ni medallas, ni premios, ni calles con su nombre. Gracias a todos ellos, porque el honor y el sentido del deber hacia los otros nos alejan de la barbarie y por eso son imprescindibles.
Reinventando la Edad Media, de Mario Trinidad en El País
Las informaciones que nos ofrecen los medios de comunicación sobre la crisis de las finanzas públicas en algunos países (empezando por el país líder, Estados Unidos) a menudo sepultan bajo una montaña de términos y análisis técnicos una realidad muy antigua y muy simple: el rechazo de las élites a contribuir a las arcas públicas y a los gastos comunes.
En sociedades como la española ese rechazo viene de muy atrás y tiene raíces muy profundas: la cultura religiosa propiciada por la Iglesia católica, que se ve a sí misma como la única sociedad perfecta, tiende a deslegitimar o a colocar en un plano inferior las instituciones estatales y, por tanto, la obligación moral de contribuir a su sostenimiento. Entre nosotros resulta incomprensible la frase que pronuncia en un determinado momento el personaje interpretado por Clint Eastwood en El Gran Torino referida a los que evaden el pago de los impuestos, a los que equipara con los ladrones.
Pero no es solo la cultura religiosa la fuente de esa legitimación social de la evasión de impuestos, que ha terminado colocando a nuestro país en un lugar destacado en el ranking del fraude fiscal y del dinero negro. Las élites españolas no acaban de desprenderse de una tradición estamental que se remonta a los siglos imperiales, cuando uno de los atributos de las clases privilegiadas era la exención de las cargas fiscales.
El llorado Francisco Tomás y Valiente lo expresaba muy gráficamente al referirse a esa sociedad española del siglo XVII en la que tantos buscaban, bien en las filas de la Iglesia, bien mediante la compra de cargos públicos o de hábitos de las órdenes militares, un refugio frente al fisco: “¿De qué huyen estos clérigos sin vocación, estos fabricantes dolosos de sus propios antepasados hidalgos? Huyen de la condición de pecheros, se evaden del pago de impuestos, adquieren la calidad de exentos del pago de contribuciones…”.
A algunos les parecerá excesivo retrotraer la baja moral fiscal de la sociedad española actual, que tan bien ejemplifican las andanzas financieras del yerno del Rey, a la herencia de una sociedad nobiliaria de tres siglos atrás, ya fenecida. Pero el paralelismo entre la crisis fiscal actual y la del siglo XVII español ofrece enseñanzas que justifican este esfuerzo por activar la memoria histórica.
En el siglo XVII los gastos militares generados por las continuas guerras y el mantenimiento de ejércitos permanentes excedían sistemáticamente unos ingresos fiscales adaptados a otros tiempos, en los que las necesidades de los monarcas eran infinitamente menores. Hoy, los gastos del denominado Estado de bienestar (el gasto público empleado en asegurar a la población unos niveles aceptables en el disfrute de bienes como la educación, la sanidad o la vivienda) están empezando a exceder también sistemáticamente la capacidad recaudatoria de unos sistemas fiscales que han evolucionado a la baja en las últimas tres décadas. De ahí el recurso obligado a la deuda.
Pero los parecidos no se agotan ahí. También hay un paralelismo en la retórica retro con que se justifican los privilegios fiscales. Entonces, en la España del siglo XVII, en un clima social que ha sido descrito como de “refeudalización”, se desempolvó la vieja retórica medieval que eximía a los caballeros de la contribución a las cargas comunes con el argumento de su responsabilidad en las tareas militares; cuando ya hacía tiempo que el papel de las milicias nobiliarias había entrado en franca decadencia frente a los ejércitos permanentes sostenidos con dinero procedente de los impuestos (o de la deuda pública).
Los argumentos contra el pago de impuestos por las clases altas también tienen hoy un sabor rancio e invocan realidades en claro retroceso. En este caso, la figura del emprendedor individual al que hay que estimular aliviando su carga fiscal o sus obligaciones contractuales para con sus empleados, en un momento en que el papel de esa figura se ve relegado por el peso de las grandes corporaciones. Estas ejercen cada vez más el papel director de nuestra vida económica y son las mayores beneficiarias de la globalización en que aquella se ha embarcado y de la retórica antiimpuestos; dos fenómenos, por otra parte, estrechamente conectados.
Algunas consecuencias de esta huida de la fiscalidad también son similares en los dos episodios que estamos comparando, como son el crecimiento exponencial de la deuda y el consiguiente riesgo de impagos y de pánico de los prestamistas. En cuanto a otras esperemos que las lecciones de la historia no caigan en saco roto. Porque aquella fuga fiscal protagonizada por la España del seiscientos se saldó, como es sabido, con el más espectacular declive económico que ha conocido la historia europea.
Por todo ello y porque nos permiten tomar distancias respecto a ese consenso tan generalizado que apunta a los niveles del gasto social como el origen de todos nuestros males (y a los recortes en estos capítulos como la panacea) los paralelismos establecidos en los párrafos precedentes pueden aspirar a ser leídos como algo más que un puro ejercicio de erudición histórica.
Mario Trinidad fue diputado socialista y es escritor.
Una parábola -una palabra- valenciana, de Antoni Puigverd en La Vanguardia
El mismo día en que Enric Juliana escribía en nuestro diario un artículo A favor de los valencianos, Vicent Partal, el creador de Vilaweb, glosaba en su columna semanal de El Punt-Avui un libro, Valencians contra la filoxera, que relata un épico combate del campo valenciano, un admirable episodio histórico. Gracias al talento del ingeniero agrónomo, Rafael Janini, y a las rigurosas prácticas tradicionales, los agricultores de Valencia lograron mantener a raya durante años una plaga que había asolado Europa. Aquel episodio adquiere ahora un nuevo sentido. Puede contrapesar el deprimido ánimo de los valencianos, abrumados por las miserias del juicio del ex presidente Camps y alarmados por el vacío de las arcas de la Generalitat que el voluntarioso presidente Fabra ha heredado.
Juliana recordaba que, al margen de los excesos de la etapa Camps, existe una realidad: la contribución valenciana a la economía general española es más que generosa. Sin disimular o justificar la cultura del exceso que ha presidido años la política valenciana, sería conveniente afinar la crítica recordando la premisa mayor: la economía valenciana podría pagar el despilfarro gubernamental. Una parte del dinero valenciano ha servido para pagar otros despilfarros menos caricaturizados.
Despilfarro lo ha habido en todas partes: aeropuertos sin aviones, carísimos trenes sin pasajeros, cárceles sin presos. Y vacías pirámides futuristas dedicadas a la cultura del vacío, las hay en todas partes, no sólo en la Ciutat de les Arts. ¿Y corrupción? La hay en Catalunya (el caso Palau nos avergüenza), la hay en Madrid (allí el caso Gürtel es bastante más inquietante que la mezquina historia de los trajes de Camps), la hay en todas partes: ¿no era el más crítico con Camps el ex ministro Blanco a quien la fiscalía acusa de cobrar favores a empresarios gallegos?
La burbuja de la construcción no afectó tan sólo a Valencia, eso es obvio. Y, sin embargo, los medios de comunicación, también los catalanes, tendemos a endilgar a Valencia todos los excesos pasados: la corrupción, el ladrillo de oro o el enriquecimiento desaforado a costa del territorio. Cuando llegan malos tiempos, alguien corre el riesgo de personalizar los males de todos. No es casual que la Valencia que perjudica la imagen de la derecha y es irrelevante para la izquierda, sea descrita como la delegación ibérica de Berlusconi.
Muchos catalanes participan de tal caricatura. Como si Valencia fuera el pariente que nos avergüenza en la mesa de Navidad. La Valencia real no responde al mito que una lectura forzadísima de Joan Fuster ha hecho cuajar en determinados ambientes catalanistas y más de uno se venga de ella propagando una caricatura despectiva. Una caricatura tan alejada de la realidad como el mito de la Valencia soñada. Los momentos de crisis, sin embargo, nos invitan a acercarnos humildemente a la realidad, a desmontar fantasías y caricaturas. La Valencia real es muy desconocida. Si muchos españoles ignoran que los papeles de los papas Borgia fueron escritos en la lengua que unos llaman valenciana y otros catalana, muchos catalanes ignoran que el siglo XV, cuando Barcelona entró en decadencia víctima de sus conflictos, Valencia era la capital económica de la corona de Aragón. Esto explica que tantos grandes escritores de aquel tiempo fueran valencianos.
Todos los lectores del Tirant saben que el optimismo, el empuje, la astucia, la joie de vivre y un descarnado realismo son virtudes muy valencianas. Pero quizás ignoran que en Valencia existe también una notable tradición de rigor, ahorro, tenacidad y puritanismo. El libro Valencians contra la filoxera del prestigioso enólogo Joan C. Martín lo explica ejemplarmente. La filoxera tardó 41 años en llegar a tierras valencianas. La plaga hundió la producción de vinos franceses y las tierras valencianas se convirtieron en la bodega de Europa. ¿Por qué tardó en penetrar la plaga en Valencia? Por la orografía y “por el comportamiento calvinista de los viticultores que no permitieron plantaciones de variedades productivas que hubieran contenido el bicho”. La seriedad de los agricultores, su sentido comunitario y su fidelidad a unas prácticas consiguieron impedir el paso a un mal que había hundido a agricultores de toda Europa. ¿Por qué entró la filoxera en Valencia? Por el egoísmo de unos pocos agricultores ávidos de un rápido beneficio.
Existe una palabra valenciana que los diccionarios no reportan: conjugar-se. Juan C. Martín la define: “nunca dejarás caer a tu vecino”. He ahí una receta valenciana que los políticos valencianos olvidaron. Una receta que sería muy útil para enfrentarse a este 2012. A conjugar-se, pues, o la filoxera de la crisis arrasará definitivamente con nuestro sustento.
El nuevo cuerpo del capitalismo, de Germán Cano en El País
Las metáforas deportivas invaden el discurso del PP. Es el esnobismo neoliberal que hace recaer toda la responsabilidad de la crisis económica estructural en un desafío apolítico de autosuperación individual
A pesar de las recurrentes jeremiadas actuales sobre la ausencia de una “educación en valores”, no parece que todos estén en crisis. Es más, a medida que se tilda de utópica toda reconstrucción keynesiana del Estado y los mercados dan la bienvenida al fin de la historia, uno de ellos se afirma como último catalizador de distinción: el deporte. Ya Max Weber había señalado agudamente que allí donde el afán de lucro había experimentado “su mayor liberación”, en Estados Unidos, este impulso, despojado de su sentido metafísico, tendía a asociarse a una “pasión agonal” que le confería un carácter deportivo.
No deja de haber algo de justicia poética en el hecho de que el Museo de Cera madrileño haya trasladado la estatua de Iñaki Urdangarin a la sala deportiva. La figura del duque de Palma aparece desde hace semanas con atuendo informal, mirando hacia la galería donde se encuentran prohombres como Iker Casillas o Miguel Indurain. Se ha comentado hasta la saciedad en este caso el presunto abuso del prestigio de la Casa Real para hacer negocios, ¿pero no indica el escándalo del Instituto Nóos más bien una inquietante alianza entre empresa y atletismo especulativo?
Este seductor matrimonio entre el deporte y el business es hoy, en efecto, moneda corriente. No solo es normal ver a famosos exdeportistas entrenar a altos ejecutivos en labores de liderazgo y coaching. El nuevo espíritu del capitalismo presume de ser vigoréxico. ¿Motivos? Esta entronización del deporte como valor indiscutible se ajusta a la fabricación del nuevo homo economicus. Pero este, a diferencia del empresario moralmente autocontenido en el trabajo que describía Weber, es hoy, como muestra Richard Sennett, un competidor corroído por la indefinición gimnástica de la flexibilidad y desnortado por la levedad de su presente.
Asimismo, el tipo de subjetividad activamente fomentado por la gobernanza neoliberal tiene un claro objetivo: transformar al individuo socialmente dependiente -el posible “perdedor”-, inserto en el tejido institucional de la sociedad civil, en el deportista, ese emprendedor nato amante del riesgo y ganador, único responsable de su inversión formativa y “capital humano”. Así, el nuevo fitness neoliberal no busca tanto interpelar al parado como al desempleado poco motivado, un ser perezoso a la hora de devenir empresario de sí mismo y maximizar competitivamente su marca personal. Para este neoliberalismo, parafraseando el famoso eslogan de Margaret Thatcher, “no existe eso que se llama la sociedad, sino solo deportistas”. Allí donde existía el ciudadano menesteroso, debe advenir una voluntad de hierro.
Ahora bien, por novedosa que sea esta relación entre la interpelación deportiva y la desconfianza hacia el Estado, también se acomoda al viejo mantra conservador del sacrificio. En un artículo publicado en el Faro de Vigo del 24 de julio de 1984, Mariano Rajoy escribía: “Demostrada de forma indiscutible que la sociedad es jerárquica, engendra a todos los hombres desiguales, no tratemos de explotar la envidia y el resentimiento para asentar sobre tan negativas pulsiones la dictadura igualitaria. La experiencia ha demostrado de modo irrefragable que la gestión estatal es menos eficaz que la privada. ¿Por qué se insiste en incrementar la participación estatal en la economía? En gran medida, para despersonalizar la propiedad, o sea, para satisfacer la envidia igualitaria”.
El autor del artículo, refiriéndose en términos elogiosos a un libro del “gran pensador” Gonzalo Fernández de la Mora, afirmaba que del mismo modo que es indiscutible que el hombre es desigual biológicamente, también lo es la desigualdad social. “Vaguedades como ‘la eliminación de las desigualdades excesivas’, ’supresión de privilegios’, ‘redistribución’, ‘que paguen los que tienen más…’, serían expresiones de resentimiento por parte de los perdedores para denigrar a los ganadores”.
¿Diagnosticaba, así pues, Rajoy que el gran problema español era la “aristofobia”, ese odio a los mejores que ya Ortega denunciara en España invertebrada? Así parece: “Al revés de lo que propugnaban Rousseau y Marx, la gran tarea del humanismo moderno es lograr que la persona sea libre por ella misma y que el Estado no la obligue a ser un plagio. Y no es bueno cultivar el odio sino el respeto al mejor, no el rebajamiento de los superiores, sino la autorrealización propia”.
Por eso no es extraño que, contra el mal endémico de la “envidia igualitaria”, que desintegra la sociedad e impone medidas despóticas contra esa “desigualdad natural”, matriz última de la verdadera libertad (”la libertad buena”, que diría Aznar, “la libertad negativa”), Rajoy esgrima la gracia del amor y cite al autor de El principito: “Si difiero de ti, en lugar de lesionarte te aumento”. ¡Ay, qué poco se aplican esta generosa lección de Saint-Exupéry las masas ingratas!
¿Habrá cambiado Rajoy de opinión? Sea como fuere, no es esta la única aportación realizada por la antropología mariana. El actual presidente del Gobierno español, que confiesa en su más reciente autobiografía que “es difícil que deje de ver una competición deportiva de nivel”, aprecia en los deportistas los grandes valores que le gustan: “el sacrificio, el mérito, la constancia, la libertad”. Allí donde Ortega, en La rebelión de las masas, denunciaba el “señoritismo” no esforzado y satisfecho del hombre vulgar, el espíritu competitivo rajoyano parece penetrar en el secreto del mal español: esa molicie enemiga del sano ejercicio neoliberal; esa juventud descarriada por el relajo republicano en las costumbres, la falta de autoridad en las escuelas y el adoctrinamiento de la “educación por la ciudadanía”; esa mimada e irresponsable actitud que culpa de forma infantil de sus fracasos a la falta de oportunidades y que, en lugar de renacer victoriosa de los golpes del destino, de autosuperarse épicamente, como Rafa Nadal tras sus lesiones de rodilla, desprecia las reglas del fair play.
En este proceso de transformación del marco social en arena competitiva, es comprensible que la consejera de Educación de la Comunidad de Madrid, Lucía Figar, no haya tenido reparos en utilizar la metáfora deportiva para justificar el “bachillerato de excelencia”. “Rafa Nadal, Fernando Alonso o Andrés Iniesta, en algún momento dado”, ha declarado, “tuvieron que entrenarse de otra manera, con más exigencia, y con otros jóvenes que tuvieran su mismo talento”. “Eso mismo debe darse también en las Matemáticas o la Física”.
Se entiende así que, para la nobleza neoliberal, la voluntad resentida de ser “plagio”, fomentada por el gregarismo acomodaticio de las políticas estatales, solo pueda ser combatida por la incentivación de una competencia sin excesivos arbitrajes. “Esta búsqueda de la desigualdad, tiene múltiples manifestaciones”, afirma Rajoy en el artículo Igualdad humana y modelos de sociedad, “en la afirmación de la propia personalidad, en la forma de vestir, en el ansia de ganar -es ciertamente revelador en este sentido el afán del hombre por vencer en una Olimpiada, por batir marcas, récords-, en la lucha por el poder, en la disputa por la obtención de premios, honores, condecoraciones, títulos nobiliarios desprovistos de cualquier contrapartida económica… Todo ello constituye demostración matemática de que el hombre no se conforma con su realidad, de que aspira a más, de que busca un mayor bienestar y además un mejor bien ser, de que, en definitiva, lucha por desigualarse”.
“Luchar por desigualarse”. En virtud de su alquimia deportiva, el esnobismo neoliberal hace recaer toda la responsabilidad de la crisis económica estructural en un desafío apolítico de autosuperación individual. Afortunadamente, su hegemonía no es total: abriendo una enorme fisura en ese gran estadio olímpico en el que “los mercados” -al parecer, el único sujeto colectivo de nuestro tiempo- están convirtiendo nuestra sociedad, movimientos como el 15-M o la marea verde nos están enseñando una lección antropológica decisiva: la resistencia a convertir el denso entramado político de la sociedad civil en un archipiélago de empresas histéricamente insolidarias.
Germán Cano es filósofo.
La fuerza de la ternura, de Antoni Puigverd en La Vanguardia
Mientras avanzábamos por unas calles de Barcelona, pregunté al joven taxista: “¿Se nota la crisis, en el taxi?”. El joven contestó que sí, pero que no se quejaba: consigue más o menos los ingresos de antes trabajando muchas más horas. “Toco madera: todavía tengo para salir los fines de semana y pasarlo en grande con los amigos, pero si, por culpa de la crisis, los clientes se retraen más, ¿cómo pasaré los sábados? ¡Trabajar tan sólo para comer no será vida! ¿Qué vida tendremos si no podemos comprar lo que nos apetece? Si por la noche, al salir del taxi, antes de la cena, no puedo tomarme unas cañas o salir de compras y encapricharme de una tontería que quizá no necesito, pero que me atrae, ¡qué vida tan gris voy a tener!”. Es un joven muy profesional: buen conductor, amable, atento. Concibe, como tantas personas, la vida en términos económicos. Trabajar para poder comprar. Fuera de este marco, la vida le parece tediosa, sin sentido.
En la construcción del ideal de vida estrictamente económico, han contribuido todos. La política y la cultura, la derecha y la izquierda, los periodistas, los futbolistas, casi todos los líderes sociales. Abandonando los valores que querían conservar, la derecha ha enfatizado la ganancia y el beneficio como objetivo primordial, ha convertido la avidez -antes sospechosa- en un comportamiento ejemplar y ha entronizado el mercado como mecanismo ideal de distribución de las energías humanas. Las izquierdas nunca hablan de otro objetivo que no sea el bienestar social, que concretan siempre en mejoras salariales para los trabajadores, en la capacidad de consumo de las clases humildes, en la conquista de más y mejores bienes materiales para todos, en subvenciones para igualar las oportunidades económicas. La derecha defiende una sociedad en la que el más fuerte es premiado con una ilimitada capacidad de acumular dinero y objetos. Y la izquierda propugna que los débiles no queden descolgados de la carrera por la acumulación de bienes. Derecha e izquierda han reducido la idea del progreso humano a la dimensión económica: progresar es vivir hoy mejor que ayer; y vivir bien es, como decía el joven taxista, “comprar esa cosa que quizá no necesito pero que me apetece”. La cultura ha abandonado el canon entronizando los éxitos de audiencia. El periodismo ha propagado la cultura del éxito. El futbolista es la encarnación del éxito.
La crisis económica nos destroza porque ataca el único fundamento que compartimos: la idealización del dinero. Quizás ha llegado el momento de reconocer que el dinero no basta. Y que necesitamos algo más sutil para fundamentar nuestra existencia. No pretendo referirme aquí a las búsquedas interiores, sino a las colectivas. El sentido social básico es el de pertenencia a una comunidad. Sucede que, hoy en día, la palabra comunidad produce urticaria a derecha e izquierda. Los progresistas de izquierda sostienen que el individuo es el único referente básico y, por consiguiente, envían la comunidad al infierno del antiguo régimen (viva la libertad, adiós a la fraternidad). Y los liberales de derechas, aunque a veces apelen retóricamente a valores tradicionales, los someten de facto al valor superior del rendimiento económico. Esclavos de una visión lineal de la historia, dictaminan que el único pegamento social son las leyes democráticas: el resto es literatura prescindible e, incluso, peligrosa.
No es extraño que ahora, en pleno naufragio económico, todo el mundo practique el “sálvese quien pueda”: desde los partidos políticos a los empleados que todavía trabajan, pasando por los empresarios que todavía tienen pedidos. Todos creen que podrán escapar individualmente de la crisis. Si sólo compartimos leyes, ¿por qué, después de tantos años de buscar el beneficio propio, deberíamos ayudarnos?
El sentimiento de comunidad, sin embargo, anida en el corazón de muchos ciudadanos, todavía. Lo prueba la experiencia magnífica del Gran Recapte de alimentos, que ha superado las previsiones más optimistas. Los organizadores (Fundació Banc d´Aliments y Obra Social de La Caixa) aspiraban a recoger 800 toneladas de comida y han conseguido 1.095. Antonio Sansalvador, director del Gran Recapte, ha dicho: “Sí hemos notado la crisis: ha venido más gente y con la bolsa más llena”. No menos relevante es la cifra de voluntarios: 7.000 personas. Hablé con algunos: felices por lo que estaban dando. Dar es un sentimiento antieconómico, pero quizá el joven taxista descubra pronto que produce más placer que comprar. Comprar y vender -nos decían- activa la economía. Ahora descubrimos que lo que puede salvarla es dar.Cambiando sólo un poco uno de los pensamientos menos frívolos de Oscar Wilde, podríamos concluir: en la vida social, como en el amor, la verdadera fuerza procede de la ternura.
La centralidad de los afectos, la relación y el cuidado, de Carmen Magallón en Público
En el debate sobre las crisis en las que estamos inmersos, echo de menos voces más críticas y rotundas contra la forma de vida a la que nos está abocando una globalización marcada por el poder del dinero. Voces que vayan más allá de señalar con el dedo hacia los responsables de este desastre, señalamiento que, aunque es necesario, no es suficiente. Y con esto me refiero a cuestionar aspectos cotidianos de nuestra vida, como los que afectan al uso del tiempo o a los roles de género –o que se considera adecuado para hombres y mujeres– y, sobre todo, al espacio que concedemos a los intercambios no materiales: afectos, relación y cuidado.
Me pregunto por qué seguir insistiendo en la idea de crecimiento cuando es evidente que vivimos en un planeta limitado; por qué, habiendo tanto paro, se habla tan poco de repartir el trabajo; y por qué el cuestionamiento de los vacíos del cuidado sigue siendo apenas algo ligado a una ley –la dependencia– que ahora, para más inri, se pone en cuestión, cuando abogar por el equilibrio entre producir y cuidar –actividades que deberían involucrar a mujeres y hombres por igual– es defender una verdadera revolución social, cuyo logro podría cambiar radicalmente nuestras vidas.
Debatir cuántos años y horas hemos de trabajar, cómo, dónde y en qué horario, son cuestiones que no son desdeñables, pero creo que hay que preguntarse también por los vacíos de una organización social que se desmorona cuando la producción falla. En el decaimiento social que vivimos late implícita la idea de que no es posible recuperar la forma de vida de los últimos años, pero a la vez nos faltan visiones que nos motiven de un modo más profundo y holístico.
Las transformaciones sociales importantes siempre han venido precedidas por el sueño de alguien, al modo del I have a dream de Martin Luther King, cuando soñó con un mundo en el que no importara el color de la piel. Tal vez el lema “otro mundo es posible”, hoy un poco olvidado, necesita una energía añadida. ¿Qué tal un sueño que aliente otro modo de construirnos como seres humanos, un sueño que reconozca el valor de los afectos, la relación y el cuidado como ejes centrales de nuestras vidas?
Carmen Magallón. Directora de la Fundación Seminario de Investigación para la Paz.
El Rey suspendió el lunes su viaje a Barcelona tras enterarse del registro al Instituto Noos, de Jesús Cacho en vozpopuli.com
El rey Juan Carlos suspendió por sorpresa en la mañana del lunes 7 de noviembre un viaje a Barcelona que tenía programado a partir de primera hora de la tarde, después de ser informado esa misma mañana del inminente registro que Anticorrupción estaba a punto de realizar en la sede del Instituto Noos de Iñaki Urdangarin, marido de la infanta Cristina, sita en la calle Balmes de Barcelona. En la ciudad catalana, donde el Rey tenía prevista una agenda de actos muy apretada, la cancelación del viaje causó sorpresa y perplejidad a partes iguales.
Todo estaba preparado en Barcelona para una gran tarde de representación y boato: visita a la 50ª edición del Salón Náutico; inauguración de una exposición en el Museo de Arte Contemporáneo de la ciudad, y cena privada en el domicilio de un importante personaje de la sociedad catalana. Pero a primera hora de la mañana de ese lunes, en La Zarzuela se recibió una llamada del Ministerio del Interior alertando del inminente registro judicial de la sede del Instituto Noos, creado por el duque de Palma, por parte de una comisión policial encabezada por el fiscal anticorrupción de Baleares, Pedro Horrach, bajo la orden del juez José Castro, instructor del caso Palma Arena.
Tras parlamentar con el Jefe de su Casa, Rafael Spottorno, el propio Rey tomó la decisión de suspender el viaje a la ciudad condal. Para explicar tan drástico cambio de planes se optó por anunciar que el Monarca se había resentido del pie izquierdo, del que fue operado el 4 de septiembre para solucionar una lesión en el tendón de Aquiles. La iniciativa obligo a la Casa Real a anular también la presencia de don Juan Carlos en el acto de inauguración, programado para el mediodía de ese lunes, de la exposición “Tesoros del Hermitage” en el Museo del Prado, acto al que acudió sola la reina Sofía.
La primera cita del Rey en la Ciudad Condal tenía por objeto visitar la quincuagésima edición del Salón Náutico, inaugurado el sábado 5 de noviembre en los pabellones 2 y 3 del recinto de la Fira en Gran Vía y, también, en aguas del Port Vell, bajo el lema común de “50 años en la mar”. Los festejos del cincuentenario del Salón, sin embargo, se van a ver empañados por la adversa situación económica española, a lo que hay que añadir esta frustrada visita real.
En el propio recinto náutico, el Rey iba a ser obsequiado con el primer “Fortuna”, el viejo velero de la clase dragón con el que compitió en los Juegos Olímpicos de Munich’72, ahora completamente restaurado tras un largo periodo de abandono en medio de los contenedores del puerto de Arenys de Mar. La iniciativa de un grupo de empresarios catalanes de recuperarlo y de ofrecérselo con ocasión de la 50 edición del Salón –pasará a formar parte del Museu Olímpic de Montjuïc-, ha permitido devolver el lustre al elegante dragón de madera con el que don Juan Carlos, Félix Gancedo y Gonzalo Fernández de Córdoba, duque de Arión, tomaron parte en las competiciones de vela celebradas en Kiel.
El talón de Aquiles real parecía ir muy bien
A las 7,30 de la tarde del mismo lunes, el Rey tenía previsto inaugurar la exposición “¡Volumen!” en el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (MACBA), situado en el barrio de El Raval, muy cerca del Centro de Cultura Contemporánea. Se trata de una primera exposición en la que se muestran conjuntamente obras de las colecciones de la Fundación “la Caixa” y la Colección MACBA, fruto del acuerdo de colaboración entre las Fundaciones de ambas entidades, que estará abierta entre el 9 de Noviembre de 2011 y el 23 de abril de 2012.
La jornada real en Barcelona se cerraba con una cena en el domicilio de un importante hombre de negocios barcelonés, a la que estaban invitados un muy reducido grupo de ilustres, entre ellos Javier Godó, conde de Godó y el empresario José Cusí, íntimo amigo del Rey y sobre todo armador del “Bribón”, el velero en el que ambos han regateado desde hace 38 años en todas y cada una de las versiones que se han sucedido del barco (hasta 15). Hace escasas semanas, el propio Cusí anunciaba la retirada del velero y de sus notorios regateadores: “la edad no pasa en balde, y que tanto yo como el Rey Don Juan Carlos acumulamos más primaveras de las aconsejables para seguir compitiendo en estos exigentes barcos”.
Un portavoz de la Casa del Rey aseguró el pasado lunes que no se había producido ningún cambio en el estado de salud de don Juan Carlos y que se trataba exclusivamente de favorecer el proceso de recuperación. La operación en el tendón de Aquiles consistió en la “reparación de dicho tendón mediante cirugía abierta de reconstrucción y refuerzo con auto-injerto y plasma rico en factores de crecimiento”. En los últimos días, sin embargo, el Monarca había participado, entre otros actos, en la Cumbre Iberoamericana en Paraguay. La recuperación parecía ir tan bien que en el puente de Todos los Santos disfrutó de unas jornadas de caza en la finca de la Encomienda de Mudela, adscrita al ministerio de Medio Ambiente (Parques Nacionales) y de uso casi exclusivo de la Casa del Rey.
PP y PSOE suspenden en la lucha contra el fraude, de Pablo García en vozpopuli.com
Por segundo año consecutivo, la tijera ha llegado a las arcas de la Administración: para 2011, España recortará 17.500 millones del PIB. Por eso se buscan otras vías de ingresos: elevar los tipos del IRPF, rescatar el tributo al patrimonio o combatir el fraude. “Por primera vez”, señala Francisco De La Torre, presidente de la asociación de los Inspectores de Hacienda (IHE), “los dos principales partidos hablan de lucha contra el fraude. Y eso siempre es positivo, aunque se produzca en medio de una caída recaudatoria sin precedentes”.
Algunos expertos aprueban el gesto, pero lo ven insuficiente para un país como España, con una tasa de economía sumergida del 24% (solo por debajo de Grecia en la UE). Y otros, ni eso. En las más de 200 páginas del programa electoral del PP, la palabra fraude aparece cuatro veces. “Modernizaremos los procedimientos tributarios (…) concentrando las actuaciones en los grandes focos de fraude fiscal”. Esta es la parte más tersa del manifiesto popular, que no detalla cómo se ejecutarán esas actuaciones.
El PSOE solo gana al PP numéricamente. Hasta 14 veces puede leerse “fraude” en el programa. Lo malo es que ocho veces esa palabra aparece en el epígrafe 3.3 –“Mayor concienciación y compromiso de la sociedad con la lucha contra el fraude fiscal”-, un párrafo que ocupa un tercio de página. Ese apartado precisamente resume una propuesta estrella de los socialistas que el martes Rubalcaba esgrimió en su debate con Rajoy: la Oficina de Lucha Contra el Fraude.
El sindicato de técnicos de Hacienda (Gestha) reconoce que “todos los partidos coinciden en la necesidad de mejorar la eficacia en la lucha contra la economía sumergida”. Pero eso sí, “el detalle de las propuestas varía en función de cada programa”. Gestha lleva tiempo denunciando la famélica situación de la Agencia Tributaria, donde a cada trabajador le toca el doble de contribuyentes que en las principales economías de la UE (1.680 en España, por menos de 800 en Francia, por ejemplo).
“A priori, nada apunta a que el partido que gane vaya a cambiar demasiado las cosas”, razona Ignacio Zubiri, catedrático de Hacienda de la Universidad del País Vasco. “Durante toda la democracia ha quedado patente la falta de voluntad de los distintos gobiernos para encarar esta lacra. Solo Borrell intentó plantar cara al fraude en su etapa como secretario de Estado de Hacienda, pero fracasó”, recuerda Zubiri.
“Los que mejor describen cómo debería hacerse la guerra al fraude son los minoritarios”, confiesa un técnico. Los grandes partidos, añade, son una incógnita “porque, es verdad, hablan por fin de este problema, pero ninguno explica cómo lo atajarán, sobre todo teniendo en cuenta que los dos asumen recortes en la administración, es decir, en la Agencia Tributaria, es decir, en la lucha contra el fraude”.
Según un informe Funcas y la Universidad Rey Juan Carlos, 30.000 millones de euros se evaden en España cada año por este motivo.
El honor en política, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia
Nos llegan, desde lejos, noticias terribles sobre los llamados crímenes de honor, prácticas que nos remiten a pueblos donde la mujer todavía está sometida a códigos morales y leyes que nosotros no podemos aceptar como ciudadanos del siglo XXI. Una idea apolillada, retrógrada y tóxica del honor ordena la vida de millones de individuos allí donde los valores de la sociedad abierta no han llegado o sólo lo han hecho de manera superficial, lo cual exige nuestro compromiso en la denuncia constante de este tipo de crímenes y el apoyo a las víctimas de estas formas tan arraigadas y habituales de injusticia y barbarie.
Este concepto perverso de honor, vinculado a la supuesta deshonra de una familia, de un clan o de una localidad, también dominó la vida de nuestros abuelos, quizás con una violencia física menos extrema, pero con la misma violencia verbal que todavía perdura en otras culturas. En nuestro país, y durante buena parte del siglo XX, sobre todo en ambientes rurales, el asesinato de quien había manchado el honor de una casa fue sustituido por la ejecución simbólica: los que habían transgredido las reglas eran considerados una especie de muertos, unos apestados de por vida; a menudo, no tenían otra opción que marcharse a la gran ciudad, donde el anonimato les permitía, tal vez, empezar de nuevo.
En nuestras sociedades desarrolladas, todo lo que tiene que ver con el honor parece una antigualla oxidada que sólo tiene sentido en los cuentos y videojuegos de cariz medievalizante donde aparecen caballeros, princesas, dragones y magos que encarnan la sempiterna lucha entre el bien y el mal. Honor es una palabra en desuso, antipática, impronunciable e impronunciada, rodeada de connotaciones negativas (relacionadas con las violencias y tradiciones remotas mencionadas) y asediada por imágenes envaradas, autoritarias, nostálgicas y ramplonas. En cambio, en nuestra vida diaria, se utilizan profusamente palabras como dignidad, sinceridad, honestidad, transparencia y ética. Son términos que disfrutan de gran popularidad. Nunca, sin embargo, se dice nada del honor. Todos pretendemos ser dignos, sinceros y honestos, pero no perdemos ni un minuto en ser más o menos honorables. En Catalunya, por ley, sólo son honorables los miembros del Govern.
A la vez, sin embargo, nuestra sociedad demanda actitudes ejemplares, sobre todo por parte de los dirigentes políticos, económicos y sociales. No importa que los ciudadanos, a título particular, seamos, al mismo tiempo, muy indulgentes con nuestras maneras de hacer, sobre todo con nuestras debilidades. Se manifiesta una necesidad de modelos de actuación que sean positivos y que sean -digamos- honorables: que actúen adecuadamente desde el respeto hacia los demás y hacia ellos mismos, suscitando estima y reconocimiento. La moralización de la vida política se ha convertido en un imperativo en todos los países occidentales, y la crisis no ha hecho nada más que intensificar esta necesidad y llevarla el terreno de las responsabilidades que se derivan de la gestión. Los islandeses son los que han llegado más lejos en esta voluntad de juzgar decisiones políticas con efectos negativos. En este contexto, el gobernante honorable de hoy no es sólo quien no se deja corromper, sino quien se enfrenta a la realidad sin engañar ni engañarse, y quien procura evitar males mayores. El líder debe ser honorable o no es líder, porque tiene que dar el principal ejemplo. El líder tiene que ser un espejo del honor, aunque la palabra dé grima.
Sin embargo, para entender el honor en toda su complejidad, hay que hacer aflorar un concepto que todavía es más extraño a nuestros días: la vergüenza. Como ciudadanos de una sociedad secularizada, podría parecernos que la vergüenza es un residuo de carácter puramente religioso, un fetiche que cuelga del pecado y la penitencia, categorías que no queremos usar. O podríamos pensar que eso sólo interesaba a una sociedad en la que la guerra y el hecho de morir en combate disfrutaban de un prestigio que ahora ha desaparecido. El honor de los tiempos pasados se movía entre Dios y la patria, la cruz y la bandera. Por eso la vergüenza también era de iglesia o de cuartel. Hoy, la ley del péndulo ha diluido la vergüenza y lo que representa como freno de ciertas actitudes. Y la política no ha sido capaz de reciclar este material sensible, lo cual -sospecho- podría explicar operaciones populistas como divulgar el número de pisos y automóviles que posee cada diputado. A menos vergüenza real, más gesticulación preventiva para amansar el malestar. Montesquieu nos enseñó que el miedo guía todas las acciones en una tiranía, la virtud lo hace en una república y el honor hace lo mismo en una monarquía. Nosotros, que vivimos en una monarquía parlamentaria, deberíamos esperar una mezcla especial de virtud y de honor en nuestros principales dirigentes públicos, no únicamente los que se dedican a la política. Pero el honor ha periclitado mientras la virtud republicana no cuaja. Estamos en tierra de nadie, expuestos a la táctica del calamar y a la colisión de argumentos que no pagan tributo alguno al decoro más elemental. El sinvergüenza encuentra un paisaje grisáceo donde le es fácil camuflarse. Hoy, en este rincón del planeta, cuando afortunadamente ya no dependemos de purezas de sangre ni de clases sociales estáticas, un poco más de honor nos haría menos vulnerables.
