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Cuerpos incorruptos, de Rafael Martínez-Simancas en El Mundo

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EL RUEDO IBÉRICO

Para llegar a viejo no hace falta llevar una vida sana, basta con tener un nieto desahogado que oculte el cadáver del abuelito para cobrar la pensión. Los primeros que se dieron cuenta fueron los japoneses, que estaban bastante mosqueados con tanto veterano de la II Guerra Mundial hasta que una inspección les aclaró que la mayoría criaban malvas pero seguían recibiendo derechos pasivos.

Pero al igual que muchos periodistas no dejan que la realidad les estropee una buena noticia, también hay nietos que no reconocen a la muerte cuando hay que cobrar la pensión. Ha habido casos que mezclaban el más allá con los trabajos manuales, puesto que congelaban (y descongelaban) el dedo del difunto para estampar sus huellas digitales en un documento una vez al mes. Con una buena dosis de falta de escrúpulos y mucho cuidado con los cortes de la luz se han cometido fraudes espectaculares.

En Grecia han aprendido de Japón y tampoco se creen que el censo de longevos supere la barrera de los cien años de una manera tan abultada. La Hacienda helena sospecha que algunos de los pensionistas más veteranos pudieran participar en la batalla de las Termópilas y seguir cobrando una pasta gansa del erario, ni un mal catarro ha podido con ellos. No ha colado que alegaran que el pariente luchó junto al general Temístocles y aún estuviera con vida. No creen que todo se deba ‘al groña que groña’ del yogur y sospechan que algo de trampa hay detrás de unos falsos centenarios a los que nadie conoce. Con la excusa de que el abuelito está cansado y no sale a la calle, algunos viven del cuento que en este caso se puede traducir del griego como ‘llevárselo muerto’ sin ningún género de contemplaciones.

Esta sociedad, donde a los mayores se les recluye en centros para que no estorben en casa, y se esconde a los ancianos porque no resultan estéticos, ha encontrado una manera de hacer rentable su condición. Visto lo ocurrido en Japón, y en Grecia, quizá cuando Celestino Corbacho acabe de crear esos innumerables cursos de formación (para desviar la cifra de parados), pueda fundar una brigada de inspectores de centenarios españoles. Tal vez nos encontremos con algunas sorpresas porque a efectos de cobrar la pensión todavía siguen vivos los últimos de Filipinas, y según sus parientes con una salud extraordinaria, hechos unos chaveas, unos pimpollos de la tercera edad que se lo gastan todo en cremas.

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Agosto 28th, 2010 at 9:16 am

No es una utopía, del Editorial de El País

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La Ley de Transparencia debe acabar con la opacidad de la Administración y los políticos

Habría menos corrupción si hubiera más transparencia: si los poderes públicos estuvieran obligados a facilitar los documentos sobre la utilización de fondos públicos, contratos urbanísticos, actas de reuniones, contenido de dictámenes pagados a precio de oro y otras informaciones a cualquier ciudadano que lo solicitase. También habría menos falsos debates.

No es una utopía: las deliberaciones de la Reserva Federal de EE UU son públicas unas semanas después de producirse, lo que permite conocer el fundamento de sus decisiones, y el Gobierno de Reino Unido ha tenido que facilitar el coste de los coches oficiales que utilizan sus miembros. Pero no es una práctica espontánea: han tenido que aprobarse leyes que obligan a las administraciones a facilitar la información que se les solicite para que se rompa la tendencia espontánea de todo poder a la opacidad. España se sumará pronto a los países que cuentan con una legislación de ese tipo.

La Ley de Transparencia y Acceso de los Ciudadanos a la Información Pública se incorpora con retraso. Casi todos los países de la UE tienen normas que obligan a las administraciones y todo tipo de fundaciones y organismos financiados con fondos públicos a responder a las demandas de información de los ciudadanos. Zapatero llevaba en su programa de 2004 el compromiso de hacer lo mismo, y su partido lo reafirmó con énfasis en una ponencia de su 37º congreso, en 2008. Finalmente, existe ya un anteproyecto que está previsto someter al Consejo de Ministros en su primera reunión tras las vacaciones.

El texto, cuyas líneas maestras adelantó ayer EL PAÍS, sigue las recomendaciones del Consejo de Europa, empezando por el principio de que la norma es la publicidad de la información, y la excepción, las restricciones a facilitarla. Es decir, lo contrario de lo que ha venido siendo habitual. Un efecto de ese principio es acabar con la práctica de pedir explicaciones a quien pregunta: para qué quiere esa información. El ciudadano no estará obligado a justificar su demanda, mientras que será la Administración afectada la que tendrá que motivar, en su caso, su negativa a responderla.

Y las causas para hacerlo están tasadas. Las limitaciones principales son las relacionadas con la seguridad nacional, la prevención de actividades criminales, los secretos comerciales y la protección de la intimidad. En conjunto parece una norma que respeta los principios de sencillez en el procedimiento, rapidez y gratuidad, sin los que el derecho proclamado sería papel mojado. Ese derecho es universal, de cualquier ciudadano, incluyendo, por supuesto, a los periodistas.

Es de esperar que la nueva ley acabe con la opacidad de la Administración y los políticos, que se resume en esa costumbre de que, cada vez que aparece una información comprometedora, su reacción sea averiguar quién la ha filtrado y no si es verdadera y quién es el responsable del hecho denunciado.

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Agosto 17th, 2010 at 10:19 am

Ernest Shackleton, España y el éxito de superar el fracaso, de Grupo Impulso en Expansión

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a fondo

Se buscan hombres para expedición arriesgada. Poco dinero, mucho frío, largos meses de completa oscuridad, peligro constante, retorno dudoso y honor y reconocimiento en caso de éxito“.

Con este anuncio, publicado en la prensa británica en 1913 y al que respondieron miles de personas, comenzó una de las más admirables y conmovedoras aventuras humanas de todos los tiempos.

Pero no traigo a estas páginas la legendaria figura de Ernest Shackleton por su ocasional habilidad publicitaria, sino como ejemplo de algunos de los valores que encarnaba y que creo resultan esenciales en el momento que vive nuestro país.

Ernest Shackleton nunca tuvo éxito, pero su mayor fracaso fue la gran victoria de su vida. Ernest Shackleton pertenece a la reducida lista de grandes exploradores y pioneros antárticos de principios del siglo XX. Intentó dos veces la conquista del Polo Sur y en ambas ocasiones vio frustrado su propósito; una acompañando a Scott en su primera expedición de 1903 y otra, en un nuevo intento organizado por él mismo en 1908 y en el que se quedó a tan sólo 160 kilómetros de su objetivo.

En 1914, con los dos polos conquistados, pero sin poder evitar la irresistible atracción de los hielos y el irrefrenable impulso vital de explorar lo desconocido, Ernest Shackleton se planteó cruzar el continente Antártico, desde el Mar de Weddell al Mar de Ross, dos mil kilómetros del más frío, seco, alto y ventoso desierto del mundo.

El azaroso, agónico y frustrado intento de lograr su meta, dio lugar, a lo largo de los casi dos años siguientes, a la mayor epopeya polar de todos los tiempos. Y con ella, probablemente también, al fracaso más glorioso de la historia moderna.

Seis semanas después de partir del puerto ballenero de Grytviken en Georgia del Sur, una remota isla del Atlántico Sur, 2.000 Km. al este de Cabo de Hornos y alcanzando los 75º de latitud sur, su barco el Endurance quedó atrapado en los hielos de la plataforma del Mar de Weddell. Apresados por la banquisa, hombres y barco se vieron imposibilitados de alcanzar la costa suroriental del continente antártico, e impulsados por la corriente circumpolar, fueron a la deriva en aquel desierto blanco y flotante durante los siguientes 17 meses. El Endurance fue finalmente engullido y triturado por los enormes témpanos helados. Ya sin barco, los 28 hombres que componían la expedición, arrastraron penosamente los tres botes salvavidas por la inmensidad congelada, hasta poder salir a aguas abiertas. Luego de siete infernales jornadas de penosa navegación, entre fuertes temporales; amenazantes placas de hielo y orcas al acecho, alcanzaron, exhaustos, Isla Elefante. Después de casi un año y medio, por fin, habían vuelto a tocar tierra firme; pero aquella isla inhóspita y desolada, era sólo una sucesión de abruptas cumbres e infranqueables acantilados defendidos por colosales glaciares. Shackleton tomó entonces la heroica, y quizás descabellada decisión, de hacerse de nuevo a la mar con cinco de sus hombres y en una simple barca descubierta, en el inconcebible y desesperado intento de tratar de llegar a Georgia del Sur, la isla de la que habían partido en su día, y que, en ese momento, se encontraba a más de 1.400 kilómetros de distancia; eso sí, separada por el océano más turbulento y frío del planeta.

Increíblemente, 17 días después de superar los mayores temporales, temperaturas extremas, hambre, sed y desesperación, lograron arribar a la costa oeste de Georgia del Sur. Shackleton, con dos de sus hombres, todavía tendría que cruzar el inexplorado interior de la isla, superando alturas de más de 3.000 metros, para llegar a la costa este, donde se encontraban las bases balleneras. Posteriormente, el célebre explorador conseguiría rescatar a todos los miembros de su expedición; tanto a los de Isla Elefante, como a los que quedaron en la costa oeste de Georgia del Sur.

Una hazaña de esta naturaleza sólo fue posible gracias a la determinación, tenacidad y liderazgo inspirador de un hombre capaz de, en las situaciones límite, conseguir sacar de sí mismo y de los demás, capacidades desconocidas y excepcionales.

Y todo esto, ¿qué tiene que ver con la España del momento? ¡Pues mucho! Nuestro país está viviendo en los últimos tiempos un colosal “naufragio” colectivo. Hace ya casi dos años que la sociedad española empezó a padecer una especie de shock traumático paralizante, que todavía hoy sigue afectándonos gravemente. En pocos meses, ciudadanos y empresas pasaron de ver cómo su país era considerado, en el mundo, como un ejemplo de pujanza y crecimiento, a ser juzgados como uno de los estados vulnerables y expuestos a la crisis. Todo esto ha traído como consecuencia una larga recesión económica y, sobre todo, la peor de las depresiones: La emocional. España sigue inmersa, hoy día, en una formidable crisis de confianza.

Desde que la crisis se convirtió en el centro de nuestras vidas, la población ha congelado buena parte de sus iniciativas empresariales e individuales. Parece como si hubiéramos dejado de creer en el sistema, en los otros y en nosotros mismos. Es como si tuviéramos miedo a vivir.

En este contexto, resulta fundamental que encontremos la manera de reactivarnos anímicamente para así recuperar la confianza en nosotros y en los demás.

Para contribuir a restituir en la sociedad española la confianza perdida, nuestros dirigentes políticos, económicos y sociales deberían inspirarse y practicar algunos de los principios de conducta seguidos en su día por Shackleton. Es casi seguro que nos iría mejor.

• Decir siempre la verdad a los suyos. Aunque fuese desagradable, Shackleton siempre compartía la auténtica realidad de las cosas con sus hombres. Nunca nadie dudó en creerle y seguirle.

• Plantear objetivos y estrategias claras, aunque fuesen difíciles. El equipo de Shackleton siempre era consciente de las metas que les planteaba su jefe y de los recursos que disponían para conseguirlas, aunque las primeras fuesen difíciles y los segundos escasos.

• Practicar la unidad de acción. Aunque previamente hubiera habido discrepancias, una vez tomada la decisión, Shackleton siempre conseguía que todos los miembros del equipo remaran en la misma dirección.

• Poner toda la pasión y convencimiento en lo que hacía y contagiarlo a los demás. Shackleton lograba que su energía y optimismo personal fuesen compartidos por toda su gente.

• Imaginar e insistir, insistir e insistir. Si parecía que para algo no había solución, Shackleton la imaginaba, fuese para la fabricación de un simple hornillo o en la heroica decisión de navegar en un barco de remos 800 millas marinas. Y si en un primer intento se fracasaba, lo que hacía era insistir, insistir e insistir.

• Poner siempre el objetivo colectivo por encima del objetivo personal. En su increíble y fracasado viaje, Shackleton logró su mayor éxito y su mayor satisfacción, al conseguir el objetivo primordial de salvar a todos y cada uno de los miembros de su expedición, ello por encima incluso de su objetivo vital de alcanzar el Polo Sur o cruzar el Continente Antártico.

Algún coetáneo de Shackleton plasmó, en la siguiente frase, el espíritu irreductible y el inigualable afán de superación del conocido explorador: “Para una expedición científica, cuenta con Scott, para un viaje de exploración rápido y eficiente llama a Amundsen, pero si el desastre te golpea y pierdes toda esperanza, arrodíllate y reza para que aparezca Shackleton”.

En el éxito es fácil ser grande, pero donde se demuestra la grandeza, de verdad, es en el fracaso. Y en este momento, en nuestro país, nos hace falta algún que otro Shackleton para convertir en un éxito la salida de nuestro fracaso.

NOTA: Si todos los que tenemos la posibilidad de hacerlo volvemos a entrar y salir, a disfrutar, a viajar…, en definitiva, si volvemos a vivir, ayudaremos a que el consumo crezca y a que la economía mejore; porque si alguien compra, alguien vende y si alguien vende, alguien produce y si alguien produce, alguien invierte y con ello creará riqueza y nuevos puestos de trabajo.

Con independencia de sus diferentes sensibilidades políticas, sociales o culturales, los referentes personales y líderes morales de nuestro país deberían animarnos a todos a practicar algo tan sencillo, gozoso y productivo, como es VIVIR. Seguro que en el momento en que volvamos a vivir sin miedos, todo empezará a ir un poco mejor para todos. Ya lo sabes. Para salir de la crisis ¡VIVE! (pásalo).

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Agosto 14th, 2010 at 8:08 am

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¿Interesa a alguien el tema de la corrupción?, de Luis de Velasco en República de las ideas

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No digamos ya “si preocupa” sino si, simplemente, “interesa”, estadio anterior al de la posible preocupación. Yo mismo siento una cierta prevención al abordar este tema porque, en el fondo, pienso que a muy pocos interesa y, menos, preocupa. Uno tiene la impresión, puramente intuitiva, de que lo que podemos definir como “umbral de permisividad” de la sociedad española en este tema ha aumentado. Dicho de otra manera, que el ciudadano de a pie se ha hecho más “consentidor” con los corruptos, seguramente por hastío y por considerar que todo intento de cambio son ganas de perder el tiempo y que hay otros asunto más importantes y urgentes. No hay como repetir un tema, insistir en el mismo para que la saciedad lleve al estado de indiferencia, ni siquiera de rechazo. Esto puede ser compatible con la percepción que revelan recientes encuestas de los políticos como tercera preocupación de los ciudadanos, algo nuevo.

Porque lo que está claro es que la plaga de la corrupción sigue presente en la vida española, lo que se refleja en informes internacionales como los de International Transparency. Muy mala tarjeta de presentación. Una vez creada una percepción, que además responde a una realidad, combatirla y cambiarla requiere muchos esfuerzos y, siempre, mucho tiempo. Y como elemento clave, el firme propósito de acabar con esa situación, algo que en nuestro país brilla por su ausencia en todos los estamentos más directamente responsables desde los tres poderes del estado hasta  partidos políticos, medios de comunicación y grandes empresarios. A ese esfuerzo se debe sumar el ciudadano, por muy escéptico que sea, porque sólo con presión desde abajo, el problema puede ir encontrando solución.

Nos estamos refiriendo a la corrupción en la vida política, en la vida pública, en las instituciones del estado. (Hay también, por supuesto, una amplísima corrupción estrictamente privada, de mil formas, sobre todo en estamentos empresariales poderosos, pero eso no es nuestro objeto ahora.) En ese nivel, la culpa no es sólo de “los políticos” como habitualmente se dice. En toda acción corrupta hay siempre dos partes, normalmente una pública y la otra, privada. Lo hemos visto  recientemente en el caso Millet, en el otrora “oasis catalán”, cuando ha aparecido en la trama, por fin, una empresa constructora muy importante, Ferrovial. Parece claro que, aparte del robo reconocido hasta ahora sólo en una mínima parte por Millet y colaboradores, estamos en un típico caso de financiación ilegal de un partido, en este caso Convergencia. La respuesta de su dirigente máximo, Artur Más, ha sido la de siempre en casos similares: negar todo, pese a los abrumadores indicios. Por su parte, el juez instructor del caso permite que Millet, presunto desfalcador de más de treinta millones de euros, se pasee tranquilamente por las calles. Uno y otro, dirigente político y autoridad judicial están mandando un mensaje que el ciudadano de a pie interpretará así: aquí, como siempre que hay poderosos y políticos, no pasará nada, triunfará la impunidad. Este es el concepto clave: mientras haya impunidad, no hay nada que hacer.

No va nada desencaminado ese ciudadano de a pie a la vista de lo ocurrido todos estos años. El resultado será ese aumento social de la permisividad, la indiferencia absoluta, el convencimiento de que no hay nada que hacer y, al final, incluso el voto a favor de los corruptos. En suma, la degradación democrática amparada con la autojustificación de que “todos son iguales”, lo que es una gran mentira. No todos son iguales, la mayor parte son elementos sanos y en ellos hay que apoyarse para una regeneración imprescindible para nuestra, en muchos aspectos, deteriorada democracia.

Nota biográfica

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Agosto 11th, 2010 at 8:11 am

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Fariseos, de Francesc de Carreras en La Vanguardia

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Hasta el 23 de julio del año pasado se suponía que el Palau de la Música Catalana era una entidad dedicada, como su nombre indica, a promover y difundir actividades musicales. Sin embargo, algunos, pocos y muy escogidos, sabían que esta no era esta su única finalidad, sino que sus objetivos también eran otros, secretos, ocultos, inescrutables.

Desde aquel 23 de julio nos hemos ido enterando del enriquecimiento ilegítimo de las familias Millet y Montull, que en seguida confesaron, de forma sospechosa, una pequeña parte de lo que se embolsaron. Después los cálculos han superado todas las previsiones: según la firma auditora Deloitte el total defraudado en los últimos años ascendía a algo más de 35 millones de euros, una cifra realmente astronómica para pasar tan desapercibida. Esta semana hemos sabido que, según la Agencia Tributaria, 5,9 millones de euros se canalizaron a través del Palau a la fundación CatDem, de Convergència Democràtica, que antes del caso Millet se denominaba Trias Fargas y a la cual, también sospechosamente, le fue cambiado rápidamente el nombre. Es decir, el Palau se dedicaba a actividades musicales pero también servía de pantalla para ocultar fines menos honorables: enriquecer a sus máximos gestores y probablemente financiar a CDC.

Nadie puede asegurar cómo afectará este nuevo escándalo al resultado de las próximas elecciones autonómicas. Algunos dicen que los casos de corrupción inciden poco en el voto, menos aún en el voto a los partidos conservadores. El caso Gürtel en Madrid y Valencia no parecen, según las encuestas, estar influyendo en los votantes del PP.

Pero quizás en las elecciones catalanas la repercusión del caso Palau vaya en un sentido distinto. Al fin y al cabo, no es un caso de corrupción cualquiera, sino que tiene una connotación muy específica que puede influir en el resultado electoral.

Que un tal Correa y un tal Bigotes, con la pinta que tienen, monten una trama de corrupción de altos vuelos en la que se ven implicados algunos personajes importantes del PP es algo que no excusa la responsabilidad del partido en cuyo nombre actuaban pero, en todo caso, no afecta a instituciones emblemáticas para los miembros de este partido.

Ahora bien, que un partido nacionalista catalán, que pretende ser el reflejo de las esencias de Catalunya, utilice una institución tan simbólica, en cierto modo sagrada, como es el Palau de la Música, para canalizar fraudulentamente en provecho propio el importe del 4% de la obra pública que la Generalitat otorgaba a la empresa Ferrovial es una vergüenza que no puede dejar indiferente a nacionalistas honestos. ¿Quién puede confiar en dirigentes que se llenan cada día la boca con el nombre de Catalunya y después, sin ningún escrúpulo, se aprovechan ilícitamente de uno de sus más sagrados símbolos? En otros tiempos se les llamaba fariseos.

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Agosto 7th, 2010 at 8:18 am

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¡Y qué afán de ganar y ganar!, de Rafael Sánchez Ferlosio en El País

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El deporte, actividad sin más objetivo que el de la redundancia de la victoria como fin en sí mismo, se ha convertido en contenido principal, por no decir único, de esa mala pasión que es todo patriotismo.

La cultura en general y especializadamente la cultura de estadio ha sido siempre, de manera congénita, un instrumento de des-subjetivación política y de control social. Así ha sido en Roma desde el Panem et circenses; y sobre Grecia tenemos el testimonio, indirecto y tardío, de Luciano de Samosata -nació ya en la era cristiana, bajo el dominio del Imperio Romano-, que, en su diálogo Anacarsis o de la gimnasia, se remonta a los tiempos de Solón, al que nos pinta como hospitalario receptor y gentil acompañante de un escita, seguramente rico, Anacarsis, que baja hasta Atenas con el deseo de conocer la cultura y las instituciones de la Hélade. Hay que decir que por “gimnasia” no entiende Luciano solamente la habitual -no sé si cotidiana- de los particulares, sino también la de un estadio -con multitud de espectadores, ya se entiende-; pero en lo que dice de esto último puede haber influido, o por lo menos así lo parece, su conocimiento de los grandes estadios o los circos de la Roma imperial, pues, por añadidura, el texto menciona ya, con veinte siglos de anticipación, la mayoría de los tópicos y gratuidades racionalizadoras y moralizadoras que se reúnen en las actuales apologías del deporte, con la pintoresca coincidencia de que Solón -o más bien el Solón de Luciano de Samosata- las esgrima con la misma inclinación defensiva y encarecedora. Pero Anacarsis no se convence en absoluto por las razones de Solón, y sigue pareciéndole una total indignidad que amigos que no tienen ningún disgusto se peleen rebozados en grasa, en arena, en barro, haciéndose a veces mucho daño y luego sigan tan amigos. A mí esto me ha recordado siempre al Marqués de Bradomín, en la Sonata de estío, de Valle-Inclán, en el pasaje en que dice: “La raza sajona es la más despreciable de la tierra. Yo al ver los puñetazos pueriles y grotescos en la cubierta de la goleta, descubrí una nueva versión de la vergüenza: la vergüenza zoológica”.

Que el deporte, actividad sin contenido alguno y sin más objetivo que el de la redundancia de la victoria como fin en sí mismo, haya podido transformarse en contenido principal, por no decir único, de esa mala pasión que es todo patriotismo arroja la más vidriosa sospecha sobre el patriotismo en general, incluido el solo aparentemente no lúdico; ambos, con singular indiferencia respecto de lo cruento o incruento, pertenecen al mismo pragma y tienen el mismo origen. El acreditado grupo de filólogos y antropólogos franceses sobre la cultura griega, formado en torno al gran maestro Gernet, remite dicho origen a los juegos funerarios; por ejemplo, los de las exequias de Patroclo, en la Ilíada, canto XXIII. Parece ser que a toda la subsiguiente y diversificada derivación funcional e institucional puede asignársele por clave la palabra “agón”, que yo describiría como relación de competición y de controversia. Yo no he leído nada de Gernet, pero dispongo de la obra de otro miembro del grupo, Marcel Detienne, Los maestros de verdad en la Grecia arcaica, que tiene precisamente a Gernet como el autor incomparablemente más citado, con hasta 45 referencias, de las cuales transcribo aquí la que me parece más idónea y autosuficiente: “En el estudio Droit et sociéte L. Gernet escribe: ‘El derecho que empieza a aparecer en escena no lo hace como una técnica especial y profesional: emana, ya como tal, de la vida de los juegos; hay continuidad entre la costumbre agonística y la costumbre judicial”. Lo cual apunta al hecho de que el agón se traslada de la competición deportiva a la controversia judicial, pero al fin se conserva en cuanto oposición entre dos partes: en el estadio hay una lucha de cuerpos, en el juzgado hay una de palabras. El extraordinario hallazgo de Gernet sobre el primitivo origen del derecho conforme al esquema de “partes” del agón tiene toda la importancia histórica de un modelo de derecho procesal que pervive todavía hoy: la fórmula dual de controversia entre “acusación” y “defensa” queda perpetuada en el nombre mismo fijado en el derecho: “juicio contradictorio”.

No podría haber sido más que la siempre perspicaz e hiperactiva presidenta de la Comunidad de Madrid la que agarrase al vuelo la posibilidad de explotar publicitariamente la ya de por sí desaforadamente delirante explosión de victoria entre los españoles, decidiendo hacer con ella márquetin de Estado, mediante la exposición de la Copa de Oro en la Puerta del Sol, para que todos los madrileños pudiesen adorarla como si fuese el Santísimo Sacramento. Naturalmente, no podía ser más que la auténtica de oro y no una de yeso bañada en purpurina, porque esta sería tan fraudulenta a efectos de irradiar Gracia Santificante como una hostia de cartulina blanca recortada en forma de círculo, y nuestra siempre fidedigna lideresa podría tal vez dar gato por liebre en cualesquiera baratas laicidades o profanas batallitas de una vida política en estado de creciente pequeñez, pero nunca en un rito que ella misma, desde su incontestable Fe en España, desde su congénita y profunda españolez, ha querido instituir con carismática categoría sacramental. Por último, para representar al equipo triunfador, no se ha puesto una camiseta de color rojo, que es, por así decirlo, el color titular de la selección, sino que ha preferido endosar una camiseta verde y con el número 1, lo cual está, en sentido objetivo, enteramente puesto en razón, dado que eran el color y el número de Casillas, que no solo ha sido capitán del equipo, sino también uno de los grandes “héroes” de la Selección. Pero en esto tampoco puede excluirse la motivación de una arrière pensée de nuestra siempre rápida y avispada presidenta, sugerida por el azar de que Casillas sea nativo de la provincia de Madrid, en el sentido de aprovechar el dato para dejar un poco de lado a los catalanes, demasiado numerosos en la Selección y con sus propios “héroes”, y sobre todo el otro capitán, aunque en África fuera de servicio, Puyol, con su gol de cabeza viniendo desde atrás, como el tebano Pelópidas en Leuctra contra los espartanos. La publicidad que buscaba nuestra siempre omnipresente hiperpresidenta quería ser central, no, en modo alguno, periférica, y solo la que, por feliz coincidencia, se le ofrecía con el castellano Casillas podía ser, para ella, verdadera publicidad de la ya descaradamente designada como “Marca España”.

La explotación publicitaria que por obra del Estado y no menos por los medios de comunicación ha tenido esta famosa Victoria de España, rematada por el obsceno culto de la Puerta del Sol, en que los adoradores de la Copa de Oro recordaban a los de la procesión del Corpus de Toledo, que más que a adorar al Santísimo -cosa que puede hacerse en cualquier parte- parecen haber ido a adorar esa secular montaña labrada en oro y pedrería que es la custodia de Arfe, no puede dejar de provocar un repeluco hacia el deporte en general como el que le hizo decir a Leon Bloi: “Creo firmemente que el deporte es el medio más seguro para producir una generación de cretinos dañinos”. A veces, en efecto, tan dañinos como los nazis, acerca de los cuales José Ignacio Barbero en su excelente introducción a su propia selección de distintos autores, que titula Materiales de sociología del deporte, nos da esta información: “Hitler convirtió los Juegos Olímpicos en un asunto de vital importancia para el Estado, en una oportunidad histórica para mostrar al mundo los logros del nacional-socialismo y del Tercer Reich”; y en nota a pie de página da una cita de un manual de Kurt Münch: “Todo atleta y deportista del Tercer Reich debe servir al Estado… El deporte alemán es, en el sentido total del término, político”. Todos conocen las acciones y propósitos políticos, inmensamente criminales, que a continuación se perpetraron por mano de los propios seguidores de esa doctrinaria concepción de los deportes.

En fin, el patriotismo es una mala pasión, que, con la ya más arriba mencionada indiferencia ante lo cruento o lo incruento (que me parece que al menos en el fútbol hace sólo 30 años no era así) se sustenta y perpetúa en el hecho de que la Victoria, deportiva o guerrera, sea el único o máximo instrumento de autoafirmación colectiva. La mera idea de “lo colectivo” muchos la ennoblecen, porque no es personal; lo personal suele ser arbitrariamente tachado de individualismo y egoísmo; lo colectivo, en cambio, pertenece al Nosotros. Convendría, por tanto, señalar que el Nosotros no sólo en la gramática es tan persona como el Yo, sino también, por añadidura, como se ha visto en la unanimidad del Totalitarismo, muchísimo peor persona.

Rafael Sánchez Ferlosio es escritor.

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Agosto 7th, 2010 at 8:17 am

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‘Gürtel’, capital Madrid, de Reyes Montiel en Público

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Según consta en el sumario Gürtel: “Francisco Correa creó una estructura empresarial con una base en la empresa Special Events, la cual organizaba eventos de carácter político para el PP a nivel nacional (…). Estas relaciones le permitieron tener negocio para las sociedades dedicadas a la organización de eventos en aquellas administraciones públicas gobernadas por personas pertenecientes a dicha formación política por la actuación directa de los responsables políticos correspondientes”. Durante mucho tiempo, hablar de corrupción ha significado hablar de urbanismo. Y, aunque en el sumario Gürtel se investigan operaciones urbanísticas, la novedad de la trama es la incorporación de la publicidad, la organización de eventos e inauguraciones como un negocio muy lucrativo para los amigos, por supuesto del PP.

La publicidad presenta muchas ventajas y pocos inconvenientes para hacer trampas. Las empresas no necesitan gran infraestructura, inversión o conocimientos. Sólo contactos. Y aunque haya concurso, es difícil evaluar objetivamente el diseño de una campaña –¿cuánto cuesta una idea?, ¿cómo se valora?–, y el producto es intangible.

Son muchos los recursos públicos que se han consumido en publicidad desde el Gobierno de la Comunidad de Madrid desde que Esperanza Aguirre es presidenta. Desde 2003, la cifra de gasto “oficial” en publicidad y propaganda es la más alta de todos los gobiernos autonómicos. Gran parte ha sido para vender monopolios: Metro, Canal, Turismo. Y han sostenido a los medios más ultras: Intereconomía, Libertad Digital, Popular TV o Veo TV, cumpliendo una doble función: colocar la píldora ideológica a la vez que se les sostenía económicamente. Todo ello sin contar el gasto en eventos, inauguraciones y actos oficiales. Todavía no se ha podido concretar la cifra de “negocio” que la Gürtel ha recibido de estos contratos de publicidad. El sumario estima que sólo de los actos organizados por el Gobierno de Aguirre (a los que hay que añadir los contratos otorgados por otros ayuntamientos del PP) supera los tres millones y medio de euros.

En Madrid, la Gürtel ha tenido tres vías de acceso a los contratos de publicidad. La primera, los eventos e inauguraciones que se adjudicaban directamente a través de contratos menores –violando la normativa de contratación, según el sumario–. El ejemplo más claro es el acto de homenaje a las víctimas del 11-M en 2004. Más de 141.000 euros, que obligarían a un concurso, convertido en 15 contratos menores adjudicados directamente a Francisco Correa y su marca de ese momento: Down Town Consulting. Así se evita el concurso y la libre concurrencia: adjudicación a dedo.

Pero cualquier evento era propicio, ya fuera la visita de Bill Gates, la toma de posesión de la presidenta, la medalla al mérito ciudadano, las galas de cultura o el ascenso del Getafe. Repartirlos además por las distintas consejerías aseguraba no llamar la atención de los interventores, encargados de velar por la legalidad de los contratos y que sólo ven la parte de su consejería. Por tanto, el fraude de ley está planificado desde arriba para beneficiar a la trama.

La segunda vía, más sustanciosa, es la contratación millonaria de creatividad publicitaria y de compra de medios para campañas. Sólo la Agencia Carat, a la que estaba vinculado el ex portavoz del Gobierno Aznar Miguel Ángel Rodríguez, recibió más de 42 millones de euros en 2006 y 20 millones en 2007, la mitad de los cuales con contratos del Canal. Pero también se pagan campañas que no se realizan: nadie recuerda un anuncio, un vídeo o alguna inserción de prensa de “Made in Madrid”, adjudicada a MQM, o la de Autónomos, adjudicada a Over MC. Sólo estas dos campañas costaron a las arcas madrileñas 3,5 millones de euros en 2006, poco antes de las elecciones. La contratación de esta publicidad siempre se hace desde otros organismos del Gobierno, sobre los que casi no existe control político, a diferencia de lo que ocurre en las consejerías, y con marcas blancas no vinculadas societariamente a Correa, que luego no tienen problema para ser proveedoras de las campañas del PP.

Y la tercera forma son las cláusulas de hospitality de las grandes obras. A través de esta cláusula se reserva parte del presupuesto de la obra para protocolo y publicidad. Es más sofisticada, porque puede dar la impresión de que estos gastos van por cuenta del contratista, aunque sigue formando parte del presupuesto de la obra que pagamos todos. Ahí es más amplio el margen de discrecionalidad del Gobierno, porque puede señalar al contratista la empresa de publicidad sin fiscalización ni contrato. Un ejemplo: la puesta de la primera piedra de la Ciudad de la Justicia (casi 1,5 millones), en la que terminó apareciendo una constructora imputada.

En definitiva, es una trama pensada, planificada y puesta a funcionar con la imprescindible participación del gobierno de la Comunidad de Madrid. Por eso hay un viceconsejero de Presidencia, Alberto López Viejo, con los suficientes poderes como para repartir y señalar los contratos, una estructura de partido que permite desde Génova contactar con alcaldes, una Intervención General de la Comunidad designada como cargo político dispuesta a mirar hacia otro lado, un Parlamento cerrado por el rodillo del PP para que no se profundice con retrasos y obstáculos a la oposición a la hora de ver los expedientes.

El modus operandi de Correa en Madrid es una prueba contundente de cuál ha sido su objeto: el saqueo de las cuentas públicas.

Reyes Montiel es diputada de IU en la Asamblea de Madrid

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Agosto 3rd, 2010 at 9:14 am

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La corrupción de la democracia, de Ignacio Ramonet en Le Monde diplomatique (Agosto 2010. Numero 178)

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El “caso Bettencourt” que zarandea Francia con su vendaval de arrestos, odios familiares, cheques ocultos, grabaciones furtivas, fechorías fiscales y donaciones ilegales al partido del Presidente Nicolas Sarkozy, está hundiendo el país en una profunda crisis moral.

Liliane Bettencourt, una de las mujeres más ricas del planeta, poseedora de una fortuna de 17.000 millones de euros y propietaria del imperio de cosméticos y perfumes L’Oréal, se halla en el epicentro de un alucinante culebrón devenido asunto de Estado. Unas conversaciones robadas en su domicilio revelaron que el ministro de Trabajo, Eric Woerth, usó de su influencia (cuando era ministro del Presupuesto, y por consiguiente responsable de la administración fiscal) para obtener que su esposa, Florence, fuese contratada por la multimillonaria -con un salario anual de 200.000 euros- para administrar su fortuna… De paso, Eric Woerth, que también era tesorero del partido del Presidente, percibió presuntamente donaciones de decenas de miles de euros (1) para financiar la campaña electoral de Sarkozy… A cambio, se sospecha que el ministro hizo la vista gorda sobre una parte del patrimonio oculto de la dueña de L’Oréal: por ejemplo, varias cuentas millonarias en Suiza y una isla en las Seychelles valorada en unos 500 millones de euros…

Este asunto, de por sí bochornoso, adquiere mayor morbo en la medida en que Eric Woerth es el encargado de conducir la dura reforma de las jubilaciones que castigará a millones de asalariados modestos. En un ambiente de fuertes tensiones sociales y de motines de desclasados en los guetos urbanos, el “caso Bettencourt” está reactivando el viejo litigio entre las elites y el pueblo común. “El clima de la sociedad, advierte el filósofo Marcel Gauchet, se halla hoy impregnado de revuelta latente y de un sentimiento de distancia radical hacia los dirigentes” (2).

Francia no es la única democracia carcomida por la corrupción de algunos políticos y por la permanente confusión que muchos de ellos mantienen entre cargos públicos y beneficios privados. Está aún fresco en las memorias el escándalo de los abusos de los gastos parlamentarios a expensas de los contribuyentes, ocurrido en el Reino Unido y que, junto con otras causas, provocó el descalabro de los laboristas en las elecciones del 6 de mayo pasado. O el de la Italia de Silvio Berlusconi en donde, casi veinte años después de la operación mane pulite que decapitó a gran parte de la clase política, la corrupción, a modo de metástasis, vuelve a extenderse ante la impotencia de una izquierda paralizada y sin ideas. El Tribunal de Cuentas italiano, en su último informe, establece que los delitos de corrupción activa de los funcionarios públicos aumentaron el año pasado en más de 150% (3). Y qué decir de España, agobiada por los múltiples casos de corrupción de cargos públicos asociados a los “señores del ladrillo” enriquecidos por las  delirantes políticas urbanísticas. Sin hablar del esperpéntico “caso Gürtel” que sigue coleando.

A escala internacional, la corrupción alcanza hoy, en la era de la globalización neoliberal, una dimensión estructural. Su práctica se ha banalizado igual que otras formas de criminalidad corruptora: malversación de fondos, manipulación de contratos públicos, abuso de bienes sociales, creación y financiación de empleos ficticios, fraude fiscal, disimulo de capitales procedentes de actividades ilícitas, etc. Se confirma así que la corrupción es un pilar fundamental del capitalismo. El ensayista Moisés Naím afirma que, en los próximos decenios, “las actividades de las redes ilícitas del tráfico global y sus socios del mundo ‘legítimo’, ya sea gubernamental o privado, tendrán muchísimo más impacto en las relaciones internacionales, las estrategias de desarrollo económico, la promoción de la democracia, los negocios, las finanzas, las migraciones, la seguridad global; en fin, en la guerra y la paz, que lo que hasta ahora ha sido comúnmente imaginado” (4).

Según el Banco Mundial, cada año, en el planeta, los flujos de dinero procedentes de la corrupción, de actividades delictivas y de la evasión de fondos hacia los paraísos fiscales alcanza la astronómica suma de 1,6 billones de euros… De ese montante, unos 250 000 millones corresponden al fraude fiscal realizado anualmente sólo en la Unión Europea. Reinyectados en la economía legal, esos millones permitirían evitar los actuales planes de austeridad y ajuste que tantos estragos sociales están causando.

Ningún dirigente debe olvidar que la democracia es esencialmente un proyecto ético, basado en la virtud y en un sistema de valores sociales y morales que dan sentido al ejercicio del poder. Afirma José Vidal-Beneyto, en su libro póstumo y de indispensable lectura, que cuando, en una democracia, “las principales fuerzas políticas, en plena armonía mafiosa, se ponen de acuerdo para timar a los ciudadanos” (5) se produce un descrédito de la democracia, una repulsa de la política, un aumento de la abstención y, más peligroso, una subida de la extrema derecha. Y concluye: “El gobierno se corrompe por la corrupción, y cuando hay corrupción en la democracia, la corrompida es la democracia”.

Notas:

(1) En Francia, la ley de financiamiento de los partidos políticos del 11 de abril de 2003, limita las donaciones de las personas físicas a 7.500 euros al año.

(2) Le Monde , París, 18 de julio de 2010.

(3) Clarín , Buenos Aires, 17 de febrero de 2010.

(4) Moisés Naím, Ilícito , Debate, Madrid, 2006.

(5) José Vidal-Beneyto, La corrupción de la democracia , Catarata, Madrid, 2010.

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Agosto 1st, 2010 at 9:09 am

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Atreverse a decir no, de Gregorio Morán en La Vanguardia

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SABATINAS INTEMPESTIVAS

Lo que retrata a una sociedad no es que el matemático ruso Gregori Perelman diga al Instituto Clay de Estados Unidos que se metan su premio de un millón de dólares donde les quepa y que le dejen tranquilo. Lo que nos retrata son la galería de argumentos, razones, explicaciones, deducciones, perversidades, hipótesis y mentiras que nos gastamos con tal de encontrarle algo oculto al tal Perelman, cuanto más humillante mejor, que nos facilite superar la irritación ante algo que nos sobrepasa. ¿Acaso hay algún lego capaz de explicar, no ya demostrar, la conjetura de Poincaré? Eso es lo de menos. Pero decir que no a un millón de dólares no puede tener en nuestra sociedad más que dos explicaciones. La primera y más obvia es la chaladura, pero es tan vulgar como razonamiento que no vale para gentes acostumbradas a encontrarle la tramoya a las cosas. Se necesita algo de mayor fundamento. Y quien busca encuentra. La venganza es la favorita. La venganza como manifestación del resentimiento. Dice no al millón de dólares porque en una ocasión, o en varias, etcétera, etcétera.

¡Vive con su madre! Uy, Freud asoma la cabeza. ¡No le admitieron en la Universidad de San Petersburgo! Conflicto típico con la burocracia académica. ¡Tiene una relación desdeñosa con el dinero! Algún problema de adicciones; al juego, o quizá al alcohol. Podríamos seguir así hasta el infinito, porque la miseria humana no tiene límite y nuestra exigencia de argumentos es tal, que provoca una ansiedad desvergonzada. Es el momento en que aparecen los teóricos del apaño: entienden que rechace el premio pero le ofrecen una oportunidad de utilizar el dinero en una causa justa o una necesidad apremiante. Hay tantas causas justas y tantas necesidades apremiantes. Es la línea que, una vez transitada, convierte al protagonista del rechazo en un tipo peligroso, en un asocial.

¿Puede una persona normal decir que se metan su puto dinero en el culo y que no le incordien? No. Entre otras cosas porque si fuera normal no le darían un premio como ese. Pero imaginemos que sí y que lo primero que ha pensado es en lo que está bullendo en su cabeza, lo que constituye de por sí una singularidad, y que no le apetece tener que plantearse darle las gracias al Instituto Clay – ya sea de Estados Unidos o de Islandia-, hacer los viajes de rigor, como premiado, dar las conferencias a que obliga el galardón. ¿Acaso no le han oído? ¡Ha dicho que no le molesten! ¿No es suficiente?

No lo es, porque si bastara con un argumento tan obvio nos cuestionaría la sociedad en la que vivimos. La educación nos enseña desde hace décadas que el objetivo de toda formación es vivir bien. Luego están las rarezas, pero el principio básico es ese. Y no existe otra garantía de ese buen vivir que tener dinero. Si no lo tienes, o no tienes lo suficiente, debes blindarte ante la inseguridad, y el único procedimiento conocido es el de empeñarte en seguros de pensiones que te otorguen la conciencia de que a pesar de no ser rico tienes tu vida asegurada. Esa es la condición que diferencia a un rico de quien no lo es. No puedes asegurar un trabajo, ni siquiera una profesión, pero sí puedes asegurar tu futuro, siempre y cuando no dejes de pagarlo en presente. Un mecanismo diabólico pero tan obvio que el más simple de los empleados bancarios te lo puede explicar y sonreírte.

La enseñanza no está pensada para aprender a vivir, sino para proporcionarte una manera de ganar el dinero suficiente para que puedas vivir. Por tanto, si alguien rechaza un millón de dólares tiene que tener una razón obvia para hacer tal disparate. Desprecia el dinero, porque tiene serios problemas mentales. O algo le ha ocurrido en el pasado que le condiciona a provocar el escándalo de rechazarlo.

O es aventamiento o es maldad. O las dos cosas. Lo único que no se considera es que sencillamente se la bufe el premio, el millón, el Instituto Clay, la fama, la gloria y todo lo que no sea lo que le interese, que por cierto nadie ha osado preguntarle, y que podría ser sencillamente nada. Vivir con su madre y soportarse a sí mismo, tarea ingrata por más ineludible que sea.

No sé desde cuándo, pero no hay ya literatura de formación. Y si la hay yo no la conozco. Me refiero a aquella literatura sobre la que se construyó la Ilustración, en el XVIII, y que tanto influjo tuvo en el romanticismo alemán y en otros, según la cual se estaban dando pautas para la creación de un individuo libre. Nada que ver con ñoñerías clericales ni tratados de urbanidad – por cierto, que si alguien preguntara a un estudiante hoy sobre qué es urbanidad, inevitablemente se referiría al urbanismo; el salto de urbanidad a urbanismo a lo mejor resume casi un siglo de civilización; perdimos la urbanidad y llegó el urbanismo-. Pienso en el Walden de Thoreau, por ejemplo, una antigualla. Hoy un libro así resultaría inquietante y no recomendable para jóvenes aspirantes a futuro plan de jubilación. Demasiada personalidad, y eso hoy en día no es bueno. Ni siquiera en los negocios. Las escuelas están pensadas para domeñarla.

De ahí el valor de un tipo como el matemático Gregori Perelman, de 43 años. Los matemáticos grandes suelen envejecer mal, les ocurre lo que a ciertos concertistas que se iniciaron como niños prodigio y a los que la exigencia social descoloca absolutamente. El caso de Glenn Gould podría ser un clásico, pero hay más. Por eso la gente adoraba al gran Rubinstein, porque hacía lo que ellos querían – eso sí, a unos precios de excepción-,pero la gente rica y culta está dispuesta desde siempre a pagar lo que sea menester. Un millón de dólares por ejemplo, pero no a que la rechacen. Eso les resulta insoportable y exige de los medios de comunicación, siempre atentos y serviciales, que demuestren como sea la paranoia o la maldad, pero sobre todo, que vulgaricen la provocación hasta hacerla verosímil. ¡Pobres vecinos de Perelman! Estarán hasta más arriba del gorro de soportar el acoso de los grandes reporteros y sus alcachofas mágicas. O quizá no, y para algunos sea la manera de obtener recursos y ocupar esos minutos de gloria mediática que forman parte de los nuevos derechos de la persona y del ciudadano.

El ejemplo de los músicos no esa humo de pajas. Es tan insólito encontrar a alguien que diga no al agasajo del poder – esa curiosa sumisión que nos resulta tan simpática, común y hasta conmovedora-,que el caso Jean Gillou ha sido acogido en Francia como lo hubiera sido aquí, con esa irritación desdeñosa que se empeña en buscar el motivo del rechazo en la humillación y la bajeza. ¡El viejo Gillou es tan vanidoso que despreció la Legión de Honor! En el mundo de la música de órgano, y de la música en general, Jean Gillou ha sido más que una figura, casi una institución. Otro niño prodigio que a los 12 añitos ya era un genial concertista, y nada menos que de órgano. “¿A qué carajo vienen estos gilipollas a concederme la Legión de Honor, a mis 80 años, si tienen un desprecio absoluto hacia la música clásica, hacia mí, y hacia todo lo que puedo representar?”. Más o menos esto debió de pensar, con el añadido de unas frases demoledoras sobre los gustos de la clase política, que siempre preferirá cualquier chiquilicuatre de la canción de moda antes que a un tipo que trabaja lo que Gillou denomina música inteligente.

Como hay muy escasos precedentes de desdeñar la gloria patriótica de la Legión de Honor, el asunto se ha tratado con esa discreción cómplice de los países con manías de grandeza. ¿Por cierto, quién rechazó durante el franquismo la medalla de Isabel la Católica o cualquiera de aquellos galardones que concedía el Régimen? Sé de quien los ha hecho desaparecer de su currículo. ¿Cómo hubieran reaccionado los medios de comunicación ante un rechazo? De manera muy parecida a la de ahora; habrían denunciado el afán de protagonismo, el resentimiento o las ganas de hacer la puñeta. En el fondo siempre late eso que ha sacado a flote el gesto del matemático Perelman. Decir que no es como una humillación para una sociedad complaciente. Nos pone en evidencia.

La próxima sabatina saldrá el primer sábado de septiembre

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Julio 31st, 2010 at 8:20 am

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Economía de la felicidad, de Manuel Castells en La Vanguardia

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OBSERVATORIO GLOBAL

Cuando hace dos meses Ben Bernanke, el presidente del Sistema de Reserva Federal de Estados Unidos, clausuró el curso de la Universidad de Carolina del Sur, eligió hablar sobre la economía de la felicidad. Podría parecer una frivolidad cuando aún atravesamos la crisis económica más profunda desde hace medio siglo. En realidad, se situaba en una corriente creciente de académicos, políticos y empresarios que están tomando en serio lo que las encuestas muestran sistemáticamente: a la gente lo que le importa es ser feliz, aunque luego cada uno lo entienda a su manera. Ni el dinero hace la felicidad ni tampoco la compra. Hasta el punto de que hace un año Sarkozy reunió una comisión liderada por premios Nobel para proponer la creación de un índice de desarrollo basado en el concepto de felicidad. De hecho, con 37 años de retraso con respecto al primer país que decidió cambiar su medida del progreso sustituyendo el cálculo del producto nacional bruto por el índice de felicidad nacional bruta: Bután (si le falla la geo-historia, mírelo en Wikipedia). Propuesto en 1972 por el rey Jigme Singye Wangchuk, se convirtió en el parámetro de desarrollo multidimensional del país, sobre la base de combinar cuatro objetivos fundamentales: un desarrollo económico-social sostenible y equitativo, en el que el crecimiento revierta en beneficios sociales para la población; la conservación estricta del medio ambiente natural; la preservación y promoción de la identidad cultural butanesa; el buen gobierno garante de la estabilidad institucional y social sobre la que se basa la armonía de la vida cotidiana. El índice nacional de felicidad se alimenta de principios budistas enraizados en la historia y cultura del país, pero su aplicación puede extenderse a cualquier país o región que acepte la armonía como principio de organización social. Desde entonces, el concepto se ha perfeccionado en Bután, país que se relaciona con la globalización sólo en la medida en que contribuya al incremento de sufelicidad. Recientemente ha puesto las tecnologías de información y comunicación al servicio del proyecto. Esta nueva perspectiva de contabilidad nacional se ha extendido por todo el mundo, con influencia creciente del Centro de Estudios Butaneses en numerosas conferencias internacionales, en particular en Canadá y en Brasil.Existen índices comparados de niveles de felicidad que usted puede encontrar en internet y que muestran que Bután, país pobre de 700.000 habitantes, se sitúa entre los 20 primeros países por nivel de felicidad. Claro está, el problema es cómo se mide. Y aquí los butaneses y sus amigos internacionales no están solos. Hay una investigación académica creciente sobre el tema, con verdaderas innovaciones metodológicas. En buena parte, se basa en medidas subjetivas, como en los diarios personales diseñados por el premio Nobel Daniel Kahneman o resultantes de las encuestas especializadas. También se introducen datos estadísticos de desarrollo humano. La combinación de ambas fuentes se hace en una perspectiva holística de no privilegiar la dimensión monetaria sobre las demás. A partir de estas comparaciones, sabemos cosas interesantes. Así, los ricos suelen ser más felices que los pobres, pero los países ricos no son más felices que los pobres. Por ejemplo, en Costa Rica son más felices que en Estados Unidos. Porque la felicidad depende por un lado de las expectativas y por otro de la estabilidad de la vida. Procesos de rápido crecimiento disminuyen la felicidad al desorganizar la trama cotidiana. Carol Graham, de la Brookings Institution, ha investigado el tema en muchos países y encontró como factores clave de felicidad una vida personal estable, afectividad satisfactoria, buena salud y un nivel suficiente de ingresos (pero no demasiado alto, porque ahí empiezan los problemas). Pero también señala que la felicidad es la que ayuda a la buena salud.

De la investigación existente sobresalen dos temas: la sociabilidad y la adaptabilidad. Cuantas más redes familiares y sociales, más feliz es la gente. De hecho, las empresas de comunicación ya han identificado este hecho como el determinante del éxito de redes sociales en internet. Cuanto más internet, más sociabilidad, tanto virtual como presencial. Y cuanta más sociabilidad, más felicidad.

La búsqueda de comunidad es un elemento esencial para restablecer el equilibrio psicológico. Algunas políticas sociales, por ejemplo en Canadá, están utilizando esta perspectiva para organizar actividades para los parados que generen redes de relación social y de autoestima cuando falla el entorno laboral. Por otro lado, la adaptabilidad humana parece gestionar condiciones de desequilibrio mediante mecanismos de compensación en el comportamiento. Bernanke cita un párrafo revelador de Adam Smith:

“La mente de cada persona, en tiempo más o menos largo, vuelve a su estado usual y natural de tranquilidad. En la prosperidad, al cabo de cierto tiempo, baja al nivel en el que estaba; en la adversidad se eleva a su nivel habitual”. Esta afirmación, refrendada por la investigación en psicología económica, explicaría la relativa calma social en situación de crisis: todos acabamos adaptándonos a lo que no parecía soportable en otras condiciones. Pero es precisamente esa capacidad de contento interior lo que conduce a una armonía que depende de nosotros y no del valor de la vida medido en dinero. Y es que, en último término, desde la economía clásica la idea era servir a la felicidad del ser humano. Lo que ocurrió es que ante la dificultad de medirlo, el concepto se mutó en utilidad y se le asignó el precio como criterio de medición. La consecuencia fue una personalidad truncada en la que el acto de consumo individual no podía dar respuesta a otras necesidades no tratables por el mercado, desde los afectos hasta los bienes comunes (como la naturaleza). Al contrario, la huida en el consumo acentúa los desequilibrios psicológicos.

Por ello, no es casual que cuando falla el mercado nos quedemos vacíos. Pero ese vacío se va llenando con nuevas prácticas de vida a las que se refiere esa nueva rama de la investigación, síntoma de profundo cambio cultural: la economía de la felicidad. Felices vacaciones.

Si es que sabe ser feliz.

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Julio 31st, 2010 at 8:19 am

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Un milagro, de Francisco Balaguer Callejón en Público

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El caso Gürtel sigue dando regularmente noticias acerca de las actuaciones judiciales que se siguen en Madrid (las de la Comunitat Valenciana parecen ir a un ritmo más lento), aunque la crisis económica y otros asuntos de actualidad las han hecho pasar a un segundo plano. Nos vamos acostumbrando al paisaje tenebroso de la corrupción, integrando en él irregularidades administrativas y políticas que por sí solas habrían provocado, en cualquier otro país europeo de tradición democrática, una renovación completa de los cuadros dirigentes afectados.

Aquí, sin embargo, todo es diferente, porque, cada vez que alguna de esas irregularidades llama la atención de la opinión pública, el PP comienza con su letanía de acusaciones a jueces, fiscales y policías para dar a sus votantes la coartada moral que necesitarán en las próximas convocatorias electorales. Mientras tanto, la sospecha de un posible caso de financiación ilegal cobra cada vez más fuerza, porque las dimensiones que ha alcanzado el caso Gürtel difícilmente se pueden explicar con la hipótesis de una suma de comportamientos individuales de sujetos corruptos.

La financiación ilegal de los partidos afecta negativamente al pluralismo político, que es un valor esencial de nuestro sistema (artículo 1.1 de la Constitución), porque rompe las reglas del juego que vinculan a todos los partidos, situando a algunos en mejor posición para competir. Además, va unida de manera natural a la corrupción política. No sólo porque los que financian exigen contraprestaciones que rompen los principios en los que debe basarse la actuación pública, sino porque las personas que se han dedicado a recaudar los fondos de manera ilegal suelen tener la tentación de quedarse con una parte.

La vertiente judicial del asunto parece, en todo caso, cada vez más complicada para el PP. Al menos en el proceso que se sigue en Madrid, sólo un milagro podría salvar a los implicados de una instrucción concienzuda y meticulosa. Ese milagro se produjo hace algunos años en el caso Naseiro y su resultado final ha sido el Gürtel. La corrupción se ha extendido como una marea negra que afecta a un gran número de cargos públicos del PP en diversas comunidades autónomas y a nivel estatal. Si ahora se produce otro milagro, ya no habrá freno alguno para futuras tramas de corrupción política.

Francisco Balaguer Callejón. Catedrático de Derecho Constitucional.

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Julio 28th, 2010 at 8:13 am

Garzón y sus rehenes, de Jesús Cacho en El Confidencial

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Conocí en los años setenta a un modesto albañil que, a base de talento natural y esfuerzo, logró hacer una considerable fortuna construyendo pisos en el sur de Madrid. El buen hombre regresaba  cada verano a su pueblo conduciendo orgulloso su Mercedes Benz y presumiendo de su nueva condición de hombre rico. Se había construido su propio chalé y era tal el entusiasmo que ante sus paisanos desplegaba relatando la majestuosidad de la obra, que al dar detalles de la bodega -porque, naturalmente, su nueva casa contaba con una que dejaba en pañales a las viejas cuevas del pueblo-,  llegó a manifestar jacarandoso que “las pinturas de mi bodega son más bonitas que las de la Capilla Cristina”. En otra ocasión un antiguo vecino le preguntó cuánto le había costado hacerse rico. He aquí lo que el menda respondió: “lo más difícil es hacer el primer millón; luego la cosa coge excremento…”

También el episodio protagonizado por Baltasar Garzón con la financiación de unos cursos en la Universidad de Nueva York, años 2005 y 2006, ha ido cogiendo excremento conforme se han ido conociendo los detalles de un “trinque” que ya va por el millón de euros. Toda nueva aportación noticiosa hace crecer el nivel de detritus que envuelve el entero episodio y que amenaza con pringar a mucha gente. Esta semana han declarado ante el juez del Supremo  Manuel Marchena, que instruye la causa por presunto cohecho y prevaricación en este caso, los representantes de Endesa (con su ex presidente Manuel Pizarro a la cabeza); de BBVA (Francisco González en carne mortal), y de Telefónica (un par de mandaos). Prodigio praeter naturam: ninguno sabe nada; todos escurren el bulto, pero todos soltaron religiosamente la pasta que pidió el malandrín.

Sabemos ya que a los 302.000 dólares que el Banco Santander regaló al interfecto para financiar unos cursos del Centro Rey Juan Carlos de la citada Universidad, hay que sumar los 625.000 aportados por Cepsa, Endesa, Telefónica y BBVA. En concreto, Telefónica y BBVA colaboraron con 200.000 dólares cada una en el patrocinio de una serie de conferencias sobre terrorismo organizadas en el Centro de Derecho y Seguridad de la citada Universidad, mientras CEPSA aportó 100.000 y Endesa otros 125.000 dólares. Y en los alrededores de la Audiencia Nacional (AN) hay quien asegura que la cifra real ronda los 3 millones de euros, 500 millones de las antiguas pesetas. Pues bien, ¿es el terrorismo un problema exclusivamente español que hay que estudiar precisamente en Nueva York? No parece. Entonces, ¿por qué solo aportaron financiación las grandes empresas españolas? ¿Cuánto puso, por ejemplo, la Fundación Rockefeller? ¿No se le ocurrió al orondo juez de Jaén pedir pasta a dos gigantes del petróleo como Exxon y Chevron, que todos los años invierten ingentes sumas en proteger sus instalaciones y pozos de eventuales ataques terroristas? ¿Cuánto donó la gran banca americana? ¿Golpeó Garzón con el mazo la puerta de Citibank, implorando el conocido dame argo, payo?

Ybarra y el caso de las cuentas secretas en Jersey

Pues no. La razón es sencilla: esas grandes corporaciones yanquis quedan fuera del área de influencia de Garzón, no son potenciales justiciables en manos de la criatura. Es decir, no tienen por qué tenerle miedo. Porque esas entregas de dinero, y alguna más que irá saliendo, están generalmente ligadas a algún procedimiento judicial en marcha que, oh casualidad, siempre suele caer en su juzgado. En el caso del Santander, fue una denuncia contra la cúpula del banco, un coletazo del famoso caso de las “cesiones de crédito”, que el magistrado archivó al regresar de su año sabático neoyorquino en lugar de haberse inhibido motu proprio, como era su obligación tras el obsequio recibido. Garzón no dijo la verdad al ocultar la relación que mantenía con el banco. Esta es la clave del arco de este escándalo. En el caso más reciente del BBVA, mientras el aludido sentaba en el banquillo a la cúpula saliente del BBV, encabezada por Emilio Ybarra, con una mano, con la otra pedía dinero a la entrante -ya BBVA-, con un González al frente que directamente se benefició del estallido del escándalo de las cuentas secretas en Jersey y Liechtenstein. Difícil imaginar al de Chantada negando los 200.000 dólares que pedía el andoba. La evocación del caso del juez Estevill resulta inevitable.

La línea de defensa de Garzón ha consistido en argumentar en el caso del Santander que nunca cobró de los fondos aportados por el banco a la Universidad. Es cierto, lo hizo de ese “pool” del millón de euros ya conocido, abrevadero que sufragó también los gastos de su hija -un curso de inglés- y de la propia secretaria judicial o aide de chambre que le acompañó en su año sabático. Por eso resulta tan llamativo que el ex director de Comunicación del BBVA argumentara esta semana que se aseguró de que ni un céntimo del dinero de su banco fuera a parar a los bolsillos de Don Baltasar. Excusatio non petita. Es la mejor prueba de la materia que aquí se trata. ¿Qué impediría reconocer que parte de esos fondos se destinó a pagar a Garzón? Que ello implicaría asumir la relación directa entre los pagos y la causa penal abierta en el Juzgado de Instrucción número 5 de la AN contra Ybarra y otros. El BBVA ha querido evitar que la justicia establezca una relación causa-efecto entre ese dinero y el pago de un servicio. No reconocer, en suma, que se trataba de una transacción comercial entre el banco y la sociedad Garzón S.L.

“Aunque parezca mentira, nosotros nos hemos salvado”, aseguran en otra gran empresa, “seguramente porque estamos lejos de su ámbito de influencia y no tenemos líos en la AN”. Naturalmente que no toda la culpa de este escándalo recae sobre el juez o jueces que utilizan para sus fines dinero ajeno. “¿Necesitas pasta para montar algo…? Pues date un paseo por las cinco o seis empresas de costumbre y pide lo que necesites”, asegura un alto cargo madrileño. “Claro que no se la soltamos a cualquiera. El que pide tiene que presentar avales, poder, influencia y relaciones bastantes”. La responsabilidad de los banqueros y empresarios que, abducidos o atemorizados por garzas y garzones, aceptan este tipo de prácticas, es innegable. Cediendo a las presiones, primero, y amparándolo con su silencio, después. Llamados por el juez Marchena del TS, ninguno -ni Pizarro, ni Paco González- se acuerda de lo ocurrido. Es la siciliana ley de la omertá, genuina representación de ese miedo a hablar, a decir la verdad, a denunciar la corrupción, que caracteriza a las democracias de medio pelo. Mejor callar a cumplir con nuestra obligación. Con tan pedestre filosofía, nuestras grandes empresas vienen sosteniendo con respiración asistida ideas sin sentido y proyectos ruinosos, muchos de ellos en prensa, que tendrían que cerrar sin el oxigeno de la banca. Así, los supuestos apóstoles del libre mercado son los que menos creen en el mercado, rehenes de la servidumbre del “hoy por ti mañana por mí” y “mejor estar a bien con fulano o mengano, no vaya a ser que…” La cuenta corre a cargo de los accionistas, sobre todo de los pequeños, y de los consumidores, que al final pagan las comisiones bancarias más abusivas, los teléfonos más caros y el recibo de la luz más elevado.

Una fortuna cercana a los 10 millones de euros

Curioso, por ello, resulta constatar la supervivencia en nuestro país de tanto tunante como sigue viviendo gracias a la venta de literatura relativa al “buen gobierno corporativo”, la “responsabilidad social” y demás hojarasca teorizante. Curioso, también, el silencio que los titiriteros que apoyan la causa garzonita han mantenido esta semana. Las evidencias admiten escasa réplica: “El patrocinio empezó con una llamada que me hizo Garzón” (caso BBVA); “Hablé con el juez Garzón y juntos hicimos el borrador del convenio” (Telefónica). Es decir, que quien pedía la pasta, querido Emilio, era el propio juez, ello acorde con los escasos escrúpulos que se le conocen a un  personaje cuya fortuna estiman en los aledaños de la AN cercana a los 10 millones de euros, unos 1.600 millones de las antiguas pesetas, que ya decía el albañil antes aludido que lo difícil es hacer el primer millón, porque luego la cosa coge excremento. Poco importa, con todo, la cuantía de esa fortuna, seguramente lograda en buena lid, sino las eventuales responsabilidades penales de las tres causas que contra él se siguen: la obligación de inhibirse en la querella interpuesta contra el Santander; la apertura de procedimiento judicial contra una serie de notorios fallecidos (entre ellos un tal Franco), estando vigente una Ley de Amnistía, y la decisión de grabar en la cárcel las conversaciones entre unos encausados y sus abogados.

Mientras tanto y según sus escoltas -que seguimos pagando-, el señorito apenas ha pisado un par de veces La Haya, sede del Tribunal Penal Internacional, donde su amigo, el fiscal argentino Ocampo, le ha buscado acomodo temporal. Dicen en la Audiencia que dos gallos no caben en un mismo corral, sobre todo cuando Ocampo sabe de sobra que la verdadera ambición de Garzón es llegar a ocupar su puesto en La Haya. Su actual empeño, como es lógico, se centra en preparar concienzudamente su defensa en Madrid. Su fiel guardia de corps, con ex fiscal Carlos Jiménez Villarejo al frente, trabaja al tiempo activamente tratando de cerrar el arribo a Madrid de una serie de celebrities que, bien como testigos de la defensa o, en su caso, como “observadores internacionales”, asistirían a los juicios abiertos contra el Campeador. Se habla de varios premios Nobel de la Paz. Incluso se ha establecido contacto con Nelson Mandela, a pesar de su delicado estado de salud. Sin duda, el mayor espectáculo que vieron los siglos. Para mantener su caché, el sujeto acaba de viajar a la Argentina de los Kirchner, fieles devotos del Estado de Derecho como todo el mundo sabe, para recibir un homenaje. Y dijo Garzón: “desde que las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo entraron a mi despacho, la vida cambió en mí y en España”. Otrosí dijo el cursi: “No puede un país construirse sobre el olvido”. Ni sobre la soberbia de sentirse por encima de la Ley.

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Julio 18th, 2010 at 9:04 am

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