De un pasado muy negativo a un futuro con esperanzas, de Tomás Mancha Navarro en Expansión
a fondo
Mucho se ha escrito ya sobre la crisis económica en España, por lo que en este artículo quiero centrar mi atención en tres cuestiones fundamentales: sus principales manifestaciones negativas, las razones clave que están detrás de estos problemas, y, finalmente, cuáles son las perspectivas a corto, medio y largo plazo que se vislumbran para la economía española.
Empezando por la primera cuestión, los principales efectos negativos de la crisis pueden sintetizarse como sigue:
1. La caída de la actividad económica que viene produciéndose desde 2007, con una entrada en recesión (tasas de crecimiento negativas) a lo largo de 2008, 2009 y 2010 de la que nos estamos recuperando en el actual ejercicio de 2011, pero con el problema de que nuestro ritmo de crecimiento presente (por debajo del 1 % en tasa interanual) es clara y marcadamente inferior al de nuestros socios europeos más fuertes (Alemania, Francia o Reino Unido). Esta recesión se explica por el fuerte descenso del consumo y de la inversión, especialmente notable en la construcción como consecuencia del estallido de la burbuja inmobiliaria.
2. El más que negativo comportamiento del mercado de trabajo: menos población activa, menos ocupados y más desempleados; particularmente el dato de los parados se ha situado por encima del 20% de la población activa, recordando cifras de mediados de los años noventa del siglo pasado cuando superamos el 24%.
3. El impacto de la recesión nos situó al borde una deflación, de la que afortunadamente hemos salido para acabar entrando en un proceso de crecimiento de los precios con una tasa de inflación superior al 3%.
4. Una delicada situación frente al resto del mundo que se manifiesta en tres puntos muy preocupantes por si solos, pero que conjuntamente dibujan un panorama aún peor: balanza por cuenta corriente deficitaria, fuerte endeudamiento externo (con un creciente aumento del de las administraciones públicas, pero con un componente privado mayoritario todavía) y una posición de baja competitividad.
5. Unas finanzas públicas fuertemente deterioradas como consecuencia de un incremento espectacular del gasto público, especialmente desde 2008, que se manifestó en un desmesurado incremento del déficit público y, por ende, de la deuda pública. No puede perderse de vista que de un superávit equivalente al 2,2 % del PIB en 2007 se pasó en tan sólo un año a un déficit de las cuentas públicas de más de un 11 % del PIB.
Esta crisis económica española era inevitable porque nos hemos aprovechado excesivamente de estar dentro del euro, especialmente de la coyuntura de tipos de interés bajos, olvidándonos de cumplir con deberes elementales de prudencia. Si a ello unimos además la coexistencia de un patrón de crecimiento basado en la construcción residencial y en una baja productividad, además del referido deterioro de la competitividad, el impacto de una crisis estaba cantado.
Por otro lado, el Gobierno negó la crisis evitando realizar un verdadero diagnóstico de la situación y perdiendo demasiado tiempo en reconocer su gravedad, apostando por una política fiscal expansiva sin aplicar ninguna de las reformas demandadas por la economía española que condujo a un déficit público disparado que obligó a un duro ajuste en mayo de 2010, acompañado por tímidas reformas en el mercado de trabajo, pensiones y reestructuración del sistema financiero.
Más sombras que luces
Las perspectivas de corto plazo vislumbran un panorama con muchas más sombras que luces dado que la recuperación camina mucho más lenta que para el conjunto de la economía mundial (para mí, una de las principales razones de nuestro importante diferencial con el bono alemán), explicada por la atonía de la demanda interna (especialmente del consumo), que contrasta claramente con la positiva evolución del sector exterior en 2011. A lo que hay que unir la todavía tendencia alcista de los precios, un mercado de trabajo que sigue sin recuperarse, y una política de consolidación fiscal que camina a un ritmo más lento que el fijado en el Programa de Estabilidad 2001-2014.
Desde una perspectiva de medio y largo plazo, este sombrío panorama se aclararía si se lograsen combinar adecuada y rápidamente dos temas cruciales. Primero, diversificar el patrón de crecimiento potenciando aquellas ramas de actividad caracterizadas, entre otros aspectos, por su bajo grado de apalancamiento; su alto nivel de rentabilidad; su capacidad para atraer inversiones extranjeras, y su orientación hacia la demanda externa (sectores de futuro). ¿Existen estas actividades? La respuesta, afortunadamente, es positiva, como han demostrados algunos trabajos del BBVA.
En segundo término, es imprescindible en este escenario continuar con el ‘impulso reformador’ de los últimos doce meses, pues resulta un complemento imprescindible para conseguir y acelerar el necesario cambio productivo hacia alguno de esos sectores de futuro. Los ámbitos claves son: finanzas públicas, sistema financiero, mercado de trabajo y pensiones. Pero todo este esfuerzo sería baldío si no se abordan reformas en otros terrenos donde no existen avances, o son poco significativos, tales como educación, sanidad, sector energético y regulación, y entorno económico, sin olvidarnos de cambios institucionales imprescindibles, como en el terreno de las autonomías.
Como dijo Einstein: “La locura es hacer siempre lo mismo y esperar resultados diferentes”. Éste es un buen momento para dejar en claro a la opinión pública la actual debilidad de la economía española, pero, a la vez, la existencia de unas potencialidades a medio y largo plazo. Ya está bien de que nos tachen a los economistas de pesimistas… La economía no es una disciplina tan lúgubre como algunos predican.
Tomás Mancha Navarro. Catedrático de Economía Aplicada y Director del Instituto de Análisis Económico y Social de la Universidad de Alcalá.
