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Desfachatez, de Kepa Aulestia en La Vanguardia

Es cosa sabida que el ejercicio continuado del poder genera en quien lo ostenta actitudes más o menos ciegas de soberbia y prepotencia. La idea más común es que tales actitudes van agudizándose a medida que el gobernante se mantiene en su puesto, y que cuando se ve obligado a abandonarlo dan lugar a un cierto rictus desdeñoso que le acompaña en su retiro.

No hay ningún test que permita predecir en qué momento de su mandato puede, un presidente del gobierno que sea, mostrar sus primeros síntomas de autosuficiencia. Pero no sería aventurado concluir que, a medida que las instituciones democráticas van asentándose en nuestro país, también se acorta el margen de tiempo que los gobernantes necesitan para olvidar que están de prestado.

Frente a la inseguridad de los primeros presidentes, ministros o líderes autonómicos de la democracia, que les llevaba a tantear el terreno que pisaban durante años antes de asentarse en el poder, los gobernantes posteriores -incluso los de los ayuntamientos- se encuentran con más facilidades para quemar las etapas que conducen a la soberbia.

Resulta paradójico que cuanto mayor es la experiencia democrática que acumula una sociedad, más altaneros pueden mostrarse sus gobernantes. Como si la irreversible conquista de la libertad hubiese rebajado la tensión entre la ciudadanía y el poder, hasta acomodar a este gracias a las sensaciones de imbatibilidad de las que el gobernante necesita rodearse.

Quizá esto último sea una de las causas principales del ensoberbecimiento del poder: las apariencias que los gobernantes precisan proyectar hacia el público para tratar de perpetuarse en él. No es fácil saber a qué viene la sonrisa de Francisco Camps cada vez que es interpelado por el asunto Gürtel. Y de qué se ríen en sus apariciones públicas los dirigentes del PP valenciano que han sido señalados por el caso.

Pero quizá el secreto de lo que ocurre esté precisamente en esa risa. En la necesidad que los gobernantes tienen de dar a entender al ciudadano que siempre estarán unos metros por encima de la realidad. Curiosamente, la trama Gürtel se lucraba al parecer utilizando como pantalla una red de empresas que colocaban las peanas sobre las que se alzaban los responsables políticos citados.

Pero la risa que algunos dirigentes populares se esfuerzan en mostrar a las cámaras que ya les siguen a todas partes no sólo responde a una apariencia de poder, sino que representa el poder mismo. Es un poder basado, en nuestro país, en la concienzuda excavación de un abismo insuperable entre las siglas políticas, con el que se ha venido distanciando a los incondicionales de uno y otro bando para arrastrar tras de sí a una buena parte de la clientela cautiva.

De tal forma que por graves que sean las sospechas que recaen sobre los dirigentes de una formación, sus seguidores estarán predispuestos a negarlas, obviarlas, minimizarlas, o dar por supuesto que mayor es el mal que encarna la otra parte. Poco importa que Rajoy pueda o no desprenderse de Camps, o este de algunos de sus más estrechos colaboradores. Lo relevante es que el presidente de la Comunidad Valenciana sigue gozando de un predicamento que ni siquiera se desvanece ante los indicios de que pudo dejarse obsequiar con algo tan personal como los trajes.

Cada autonomía española cuenta con sus propios males que, en una medida u otra, afectan al conjunto del país. Unas patologías pueden ser más graves que otras, o mostrar una mayor prevalencia. Pero lo característico de la estética de la desfachatez, que en ocasiones parece emular la peculiar manera que Berlusconi tiene de hacer patente su poder, es que acaba atenazando a todos los que no cortan radicalmente con ella.

Tanto al conjunto del partido que aplaude o que tolera esa estética, como a las instituciones por cuyos balcones asoma y a los electores empujados a admitir el mal menor. Porque si la trabajada compartimentación de los votantes según siglas es la base sobre la que la desfachatez se sube a la peana, la desfachatez es lo que envilece el poder.

Quien se perdona a sí mismo un desliz menor y se empeña en ocultarlo se vuelve incapaz de atajar males mayores, poco a poco se va apuntando a la estética de la desfachatez, y una vez que esta ha alienado su persona, ya no hay nada que hacer. Cualquiera puede dejarse tentar por unos trajes para iniciar el camino hacia la soberbia extrema. Es seguro que Francisco Camps obtendría hoy la mayoría absoluta en su comunidad, como es probable que con él Mariano Rajoy pueda llegar a la Moncloa.

Pero ni siquiera el favor mayoritario de la ciudadanía podría ocultar las fallas que presenta el poder democrático cuando se sostiene sobre la desfachatez plebiscitada.

Publicado por Reggio's

6 Octubre, 2009, a las 7:11 am

Colgado en: Política, Valores, Ética

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