Dos velocidades, de Luis de Guindos en Mercados de El Mundo
APUNTES ECONÓMICOS
Hace unos días conocimos que el PIB de la zona euro ha crecido en el segundo trimestre el 1% respecto al anterior. Se trata de una tasa elevada, que supera ampliamente el aumento del primero (0,3%) e impulsa el crecimiento interanual hasta el 1,9%. Estos registros han llevado a que el Banco Central Europeo (BCE) revise al alza su previsión para este año de forma significativa, haciendo además que la zona euro presente un comportamiento mucho más brillante que el de Estados Unidos o que el de Japón en el primer semestre de este año.
Sin embargo, la evolución dentro del euro no ha sido homogénea. Destaca, fundamentalmente por su dinamismo, Alemania, con una tasa trimestral que más que dobla la media de la Eurozona. Por el contrario, el crecimiento de España ha sido débil, el 0,2%, el más reducido de las grandes economías de la zona euro.
El dato de España tiene el aspecto positivo de que, por segunda vez, se alcanza un crecimiento mayor a cero y se dejan atrás las tasas trimestrales negativas que padecimos desde finales de 2008 y a lo largo de 2009. Otro elemento reseñable es el importante repunte de la demanda doméstica, cuyo hundimiento estuvo detrás de la recesión que ha vivido la economía española.
Puede que una parte fundamental de la mejora de la demanda doméstica se encuentre en el adelanto de decisiones de gasto que se han podido producir para evitar la elevación del IVA desde mediados de año. Pero tal vez más relevante que las razones detrás de este repunte en la demanda doméstica resulta el comportamiento del sector exterior.
A lo largo del año 2009, el sector exterior había compensado, aunque sólo parcialmente, el derrumbe de la demanda interna, a través de una caída muy intensa de las importaciones de bienes y servicios. Para que nos hagamos una idea, a mediados del año pasado, en el momento más caliente de la crisis, la aportación negativa de la demanda doméstica al crecimiento del PIB llegó a alcanzar casi ocho puntos, mientras que el sector exterior tuvo una contribución positiva de tres.
En los siguientes trimestres, estas aportaciones de signo contrapuesto se fueron suavizando. En definitiva, lo que esta evolución indica es que gran parte de la mayor contribución al crecimiento del sector exterior derivaba del hundimiento de las importaciones más que del alza de la exportación, y que cuando la demanda doméstica se recupera, las importaciones también lo hacen, reduciendo la contribución positiva del sector exterior. Por decirlo de otro modo, se pone de manifiesto que España tiene un problema de competitividad. Y es que la competitividad de una economía se debe valorar no sólo por la evolución de sus exportaciones de bienes y servicios en los mercados internacionales, sino también por el porcentaje del gasto interno que se cubre con productos extranjeros.
Sin embargo, como ya viene siendo habitual a lo largo de esta crisis, los registros más inquietantes de la economía española se continúan dando en el ámbito laboral. Así, la EPA del segundo trimestre mostró que la creación de empleo en este período, habitualmente el mejor del año por razones estacionales, no había sido todavía suficiente para absorber los nuevos activos que se han incorporado al mercado de trabajo, lo que situaba la tasa de paro ligeramente por encima del 20%, el doble del nivel de la zona euro.
En función de lo anterior, se puede concluir que la salida de la crisis está siendo bastante más lenta en España, no sólo en el último trimestre, sino desde hace ya un año, que es cuando se inició la recuperación a partir de mínimos. No obstante, donde el contraste llega a ser especialmente evidente es en el ámbito laboral. La cuestión relevante, en tales circunstancias, es si en el futuro este comportamiento dual y más retrasado de la economía española se va a continuar reproduciendo.
Para ello, lo primero que debemos tener en cuenta es que el crecimiento de la economía alemana del trimestre pasado tiene una serie de aspectos extraordinarios que difícilmente se volverán a dar. Por un lado, el crecimiento de la economía mundial va a ser bastante más moderado en la segunda parte del año. Por otro lado, las exportaciones alemanas no podrán beneficiarse de la depreciación del euro, como ocurrió tras la crisis griega. El desacoplamiento de la economía alemana de la del resto del mundo va a ser, como siempre ha ocurrido, una misión imposible.
Respecto a España, los indicadores disponibles del tercer trimestre apuntan a que el crecimiento será seguramente inferior al del segundo y a que, efectivamente, el aumento del IVA ha dado lugar a un adelanto del gasto en automóviles y en vivienda. También se empiezan a hacer evidentes las consecuencias sobre la actividad del ajuste presupuestario, y los datos de empleo de los últimos dos meses no han sido buenos.
Sin embargo, lo más importante y positivo para la economía española en las últimas semanas es que los mercados de capitales internacionales se han abierto para algunas entidades de crédito españolas, y que el Tesoro público ha conseguido colocar con holgura, y con menores diferenciales, sus emisiones de deuda y letras.
En este cambio ha influido la publicación de los test de estrés de los bancos y cajas españoles, así como el inicio del proceso de restructuración de las cajas de ahorro y la aprobación, con un amplio consenso, del nuevo modelo de funcionamiento para las mismas. Se ha salvado así una coyuntura muy delicada, que amenazaba con dejar al BCE como la única fuente estable de financiación de la economía española.
Sin embargo, para disipar definitivamente las amenazas que nos han acechado en los últimos meses, resulta imprescindible que la economía española vuelva a crecer a ritmos, que aun sin ser próximos a nuestro potencial, sí permitan acabar, al menos, con la sangría que estamos viviendo en nuestro mercado laboral. Si esto no se consigue, las dudas sobre la sostenibilidad de nuestras finanzas públicas y sobre la solvencia de nuestro sistema crediticio volverán desgraciadamente a reaparecer.
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