Duelo de barbas, de Román Gubern en El Mundo
TRIBUNA
No siempre la propaganda política audiovisual se basó en el star-system y el culto a la personalidad. La propaganda política audiovisual empezó en el cine, mucho antes que en la televisión, usando las ideas y las finalidades como objetivos persuasivos: con la Guerra de Cuba en 1898, con la Primera Guerra Mundial y con la Revolución rusa de 1917. Y esa propaganda seguía siendo en blanco y negro cuando nació la televisión comercial en vísperas de la guerra antifascista. La televisión fue afinando lentamente su lenguaje y acabó conquistando el color, cuando el cine en blanco y negro ya estaba prácticamente desterrado. Y en el último tercio del siglo pasado las interacciones estéticas y semióticas entre el cine y la televisión se fueron haciendo cada vez más espesas y complejas. Para entonces, el star-system político era una realidad. Franco había erigido uno contra natura, que ni siquiera se creía su ministro Fraga Iribarne, pero Adolfo Suárez ya fue una estrella mediática con todas las de la ley.
¿Se puede ser estrella televisiva siendo calvo? Alfredo Pérez Rubalcaba y Carlos Dávila, con perdón, lo han demostrado, por lo menos para sus públicos de incondicionales, que desde luego no son coincidentes. Rubalcaba acaba de demostrarlo en un spot elocuente que bascula del lenguaje televisivo al cinematográfico, mostrando una intervención suya en el Palacio de Congresos de Madrid y enfatizando su estrecha interacción con el público, con un montaje en vivo. Me recordó algunas viejas películas de Frank Capra, cuando James Stewart se dirigía a los congresistas o senadores de Estados Unidos planteando algún tema polémico. Y una de las frases del candidato parece escrita por un ingenioso guionista de Hollywood: «Si no vives como piensas, acabas pensando como vives». Es cierto que Rubalcaba no es fotogénico, en el sentido tradicional de la palabra, como tampoco lo era Hitler, quien según McLuhan habría fracasado en la era de la televisión. Pero Rubalcaba ha aprendido eso que los antropólogos denominan «lenguaje corporal» y, con las fintas ágiles de su esqueleto, hasta puede convertir la calvicie en una virtud.
A diferencia del discurso oral, que toma su tiempo, la imagen es una forma de taquigrafía sensitiva que se dirige a la esfera emocional. De modo que estamos en vísperas de asistir a un duelo fascinante entre la barba y las gafas de Mariano Rajoy que connotan frialdad y distancia, y la calva y semibarba de Rubalcaba, que busca desesperadamente la proximidad dialéctica. Los semiólogos de la política se deben estar frotando las manos ante el espectáculo que se avecina. Sabemos que la propaganda electoral sólo puede servir para convertir a los indecisos, a la tropa del voto no militante, pero esta bolsa es todavía muy considerable en la geografía española actual.
Román Gubern es catedrático de Comunicación Audiovisual en la Universidad Autónoma de Barcelona.
