El copago es cosa de médicos, de Guillem López i Casasnovas en La Vanguardia
TRIBUNA
Son múltiples las piezas del engranaje de las reformas que necesita nuestro Estado de bienestar. Aun así los enunciados se producen de forma aislada y descoordinada. Esta falta de perspectiva global la refleja muy bien la propuesta de copago sanitario, que adquiere protagonismo político y mediático, aunque a menudo, cuando se rasca un poco, se percibe que no se sabe muy bien de que se está hablando: copagos son formas de ingresos públicos (tasas y precios públicos): ¿sólo en la sanidad?; ¿centrados sólo en los medicamentos?, ¿con qué finalidad? He aquí algunas disyuntivas que necesitan aclaración: ¿copago respecto a qué otra alternativa?, ¿son evitables?, ¿copagos para frenar consumo y bajar gasto, o como instrumento complementario de la financiación pública?; ¿en qué servicios? (a nadie le gusta estar enfermo pese aque el tratamiento sea gratis), ¿aplicados por la vía del usuario o del prescriptor?; ¿con cuantías fijas o porcentuales, franquicias o deducibles, con o sin límites, vinculados a la renta o a desgravaciones fiscales selectivas, con qué cláusulas de exclusividad? Con todo, el campo de los copagos es donde más capacidad de reforma permite nuestro Estado de bienestar para mejorar su financiación. Particularmente, en un contexto en el que un tributo regresivo puede no ser más justo que el pago parcial por parte del usuario, no siendo equivalenteaun”impuesto sobre los enfermos” si se trata de tasas que ordenan la utilización efectiva de los servicios. De aquí que sean tan “golosos”. Ni que sea para modificar el copago actual donde ya existe, o visto lo que representa el pago del 100% en una prestación excluida de la financiación pública. Nótese que mientras en un caso hablaríamos de mejorar la provisión pública vía copago, con la exclusión lo que aumentaría es, si acaso, el gasto privado.
Si la primera fuese la opción políticamente elegida, sería pensable un copago vinculado a la declaración de la renta, instrumentado de manera que fuese el médico de cabecera quien validase anualmente el registro informatizado de las cartillas, para que todas aquellas utilizaciones de servicios hechas libremente que no respondiesen a una necesidad médica certificada se hubiesen de incorporar a las declaraciones de renta (lo cual excluiría del copago a las rentas bajas), aún considerándolos beneficios en especie a tributar de acuerdo con el tipo correspondiente a sus bases imponibles. Otra propuesta consistiría en igualar el copago de medicamentos al 30%, pero para todos los colectivos, tanto de mutualidades como del régimen general, tanto para pensionistas como para activos. A la vez se podría limitar la aportación pública al precio industrial del medicamento, excluido el margen del dispensador. Y que este margen fuese el copago complementario libre que tuviese que hacer el consumidor, directamente al farmacéutico y en sustitución del margen hoy preestablecido. Esto reduciría el gasto público, establecería un copago más visual para el usuario y con menores costes de recaudación y aumentando la competencia entre farmacias. Y si se quiere, sería compatible con mantener la exención a pacientes crónicos y de rentas bajas o jubilados con pensiones mínimas. Por lo demás, aun sin grandes propuestas novedosas en la materia, existen pocas dudas de que si eliminásemos la actual exención de los pensionistas al copago farmacéutico, y el ahorro de estos recursos (de departamentos diferentes) se utilizase para mejorar las pensiones mínimas, o bonificar colectivos según prueba de medios, la progresividad del sistema de protección social aumentaría.
Debería quedar claro que no son los economistas quienes abanderan los copagos. Lo hacen algunos políticos porque muchos profesionales sanitarios se cansan de repetirles que hay sobreconsumo y utilización inadecuada de servicios sanitarios. Aun así, vista la cultura de gratuidad existente y la mala aceptación que tiene el copago (sería menor si habláramos de “tasas”), el más que probable paso atrás de muchos profesionales cuando vean el toro de cerca, envolviéndose en la muletilla de la equidad, y la escasa gestión pública previsible, más vale que a los economistas el copago nos pille confesados ya que es muy probable que recibamos inmerecidamente la mayoría de los disparos.
Guillem López i Casasnovas. Universitat Pompeu Fabra.
