Entre el carbón y el carbono, de Juan Ramón Fernández Arribas en Expansión
a fondo
Debería decirse: entre el carbón y el dióxido de carbono (CO2), el anhídrido carbónico de toda la vida. Son las cosas de los anglófilos. También de hispanófobos. En inglés se dice carbon dioxide. Siendo ese idioma un tanto perezoso, obviando letras, eliminando palabras o utilizando acrónimos, le llaman Carbon y ya está. Y aquí lo traducen literalmente por ‘Carbono’, confundiendo el elemento químico con uno de sus compuestos. Aún tiene más (maldita) gracia cuando hablan de la “captura y secuestro del carbono”, cual si fuera un delincuente. Otra traducción desafortunada del inglés CCS (carbon capture and sequestration). Debería decirse ’separación y almacenamiento del CO2′, pues ése es su concepto. Luego volveremos a este inevitable y necesario ‘delincuente’.
¿A qué viene esto? Pues a que la combustión del carbón emite más CO2 por unidad energética generada que los demás combustibles fósiles. Todos ellos denostados por la mayoría de los denominados ecologistas. También por algunos que, no siéndolo, lo ven como un serio competidor de sus intereses económicos. Llámense compañías gasistas, generadoras de energías renovables o, incluso, pronucleares. Sería mejor llegar a un consenso. Aportando todos su parte en el sistema energético de sus países. En función de sus posibilidades técnicas, económicas e incluso políticas, que también pesan lo suyo en este tema.
Muy malo no puede ser el carbón -o, siendo malo, insustituible a corto y medio plazo- al suministrar en 2009 casi el 30% de la energía primaria mundial. Algo más, incluso, que en 2008. China o India, a los que aportó el 70% y 52%, respectivamente, de sus demandas energéticas, simplemente se paralizarían si redujesen bruscamente su consumo. No es asunto baladí: afectaría a 2.500 millones de personas. Y aumentando, como su consumo de carbón, en términos absolutos. También le es imprescindible a los países de la OCDE. En 2009 aportó el 20% de su energía primaria, exactamente la mitad que el petróleo. Superó a todas sus nucleares y renovables juntas. A Estados Unidos, país referente dentro de ese grupo, más incluso que la media de la OCDE, casi un 23%. Difícil veo que se prescinda del carbón.
¿Por qué pesa tanto en el esquema energético mundial? Simplemente porque, en muchos países, es muy abundante y relativamente barato. Además, cuando es un recurso propio, reduce la dependencia del exterior y aporta estabilidad al sistema eléctrico (por supuesto, mucha más que las renovables intermitentes: solar o eólica). Son ventajas adicionales nada desdeñables. Tantas como que Estados Unidos, donde pareciera haber un boom de las renovables con Obama, supera el medio millar de centrales eléctricas de carbón. Y siguen añadiéndose nuevas plantas, estando construyéndose ahora mismo otras 16. Sumadas a las también 16 que arrancaron desde 2008, suministrarán energía a 16 millones de hogares. Parece una coincidencia numérica. En términos prácticos, es casi el doble de todos los hogares del estado de Texas. Y en 2011 invertirán 20.000 millones de dólares en este sector.
En China, el otro gran devorador de energía, el panorama aún impresiona más. Se prevé (EIA) que, entre 2007 y 2035, los chinos habrán doblado su capacidad generadora eléctrica con carbón (y su consumo, obviamente) y crecerá un 55% su uso en el sector industrial. Será imprescindible por muchos años, aún.
¿Quién dice, o por qué lo dice, que el carbón es ‘malo’? Vistos los hechos, ni a la industria estadounidense ni a la china se les puede acusar de ello. Hay países donde el cambio drástico a otro combustible propio que aparece o se masifica en un momento dado puede cambiar su escenario. Pero lleva muchos años. Ha sucedido en Europa. Siendo el Reino Unido una nación históricamente carbonera, tras descubrirse sus grandes yacimientos de petróleo y gas en el Mar del Norte, sustituyeron al carbón, que aporta ya menos del 15% de su energía primaria. En Francia, cuya generación eléctrica está ‘nuclearizada’, fundamentalmente, el carbón sólo supone el 4% de su energía primaria. España, con pocas nucleares y nada, prácticamente, de petróleo o de gas natural propios, apenas llegó al 8% en 2009. Sorprendente, particularmente porque tenemos más reservas probadas de carbón que Gran Bretaña y Francia juntos.
¿Cuál es el principal argumento para descalificar al carbón? Aquí aparece el ‘delincuente’ antes citado: el CO2, siendo el carbón el combustible fósil que más emite por unidad energética producida. En la actual psicosis de lucha contra el cambio climático, es el enemigo a batir. Forma parte de la familia de gases de efecto invernadero, no siendo el más activo, por cierto. Tampoco es contaminante. Frecuentemente se asocian emisiones con contaminación, no teniendo nada que ver. Los óxidos de azufre y de nitrógeno, además de ser gases de efecto invernadero, sí son contaminantes. También tóxicos para el hombre, los animales y la vida vegetal. El CO2, en cambio, no contamina y es el ‘alimento’ de las plantas, que lo transforman en oxígeno… Imprescindible para la vida animal, hombre incluido, animal racional. Pero la coartada del crimen contra el carbón está servida. Las ‘pruebas’ que presentan sus enemigos son: hay cambio climático, el CO2 lo causa (o lo acelera, según algunos ‘climatólogos’ activos, pero no tan acérrimos), el hombre quema carbón y éste genera CO2. La sentencia inmediata: se condena el uso del carbón. Y muchos la aplauden. Bueno, algunos países muy importantes, como Estados Unidos y China -de hecho, los decisivos en la economía mundial, en el consumo energético y hasta en las reuniones sobre el cambio climático, como la de Copenhague de 2009- aún se lo están pensando, claro. Probablemente, tardarán muchos años en cambiar de opinión. Para ellos, el carbón no se ve tan malo.
Pareciera que el CO2 tenga la culpa de todo. Que hay cambio climático es obvio. Los hay desde que existe la tierra. El matiz, no inocuo, es que el hombre sea culpable o no de ello. Algunos datos, muchos intereses, más una formidable máquina propagandística, han convencido a muchos del origen antropogénico de dicho cambio (cuando hace mucho calor lo llaman calentamiento global, incluso cuando hace más frío). A otros, les crea duda, pero ya se sabe: ¿y si fuera cierto?, se preguntan. También los hay absolutamente escépticos. Unos pocos, incluso, contrarios beligerantes.
Como las decisiones finales las toman los políticos, quienes son elegidos por los ciudadanos (bueno, a veces no), hay gobiernos y entidades u organizaciones multinacionales que llegan a ponerse del lado del citado ‘¿y si fuera cierto?’ Incluso, y tenemos el ejemplo en casa, tomando posiciones radicales. Consecuencia: leyes, decretos, protocolos y demás parafernalia… para castigar al CO2. Y, como quien la hace la paga y a quien es ¿bueno? se le premia, se ha creado un inmenso mercado de derechos de emisión de CO2. A quien emita más de lo fijado, se le multa… o compra, a quienes emiten menos, los derechos de emisión que le faltan. Fantástico negocio. También una gran injusticia. Si uno es rico, puede emitir CO2 sin pudor… pagando. Para los ecologistas convencidos es un fraude. Para los como mínimo escépticos, un escándalo.
Antes comentamos el actual plan estadounidense de centrales eléctricas de carbón. No cuenta con planes de separación y almacenamiento del CO2 que se emitirá. No hay tecnología ni instalaciones disponibles o económicamente asumibles, para aplicarla a escala masiva industrial. Se estima que aún faltan dos o tres décadas para lograrlo… y la energía eléctrica la necesitan ya. Una cosa es seguir investigando en el tema y otra pretender aplicarla a escala general. Las 32 plantas comentadas emitirán anualmente 125 millones de toneladas de CO2. Tanto como veinte millones de automóviles convencionales. Sería hilarante que aplicasen esa energía eléctrica (o equivalente) para cargar baterías de cochecitos eléctricos.
Las que no emiten CO2 son las centrales nucleares. De ello -y del coste de la energía- ha tomado buena nota la canciller Merkel, prorrogando ahora la vida de las nucleares alemanas.
Juan Ramón Fernández Arribas. Analista de energía y Consultor. Miembro del Consejo Asesor de EXPANSIÓN y ‘Actualidad Económica’.
