España: política de «saloon», de Roberto Blanco Valdés en La Voz de Galicia
Lo más probable es que si a alguien lo tiran de un golpazo, todo lo largo que es, sobre una mesa, acabe por quebrarse el espinazo. Salvo, claro está, que ese alguien se llame Billy (o Johnny o James) y la mesa se encuentre en el saloon (léase salún) de una peli del Oeste. Y es que en las pelis del Oeste no son jamás los espinazos, sino las mesas, las que salen malparadas. Después de una de esas tanganas formidables en que vuelan por el aire sillas, vasos y vaqueros, «el chico» y sus amigos salen tan campantes, mientras el local queda arrasado.
Si ustedes me permiten la metáfora, la situación de los españoles de a pie tras el comienzo de la arrolladora crisis en que estamos ha sido desde el principio la de quienes se rompen la crisma cuando caen sobre la mesa, mientras que la de los políticos que ocupan altas posiciones de poder en una u otra esfera se asemeja a la de los vaqueros que salen como si tal cosa del follón, pues su espalda lo resiste todo, aunque sea a costa de dejar hecho unos zorros el mobiliario del local.
De este modo, un español normal y corriente que no puede pagar las deudas contraídas, deba achantar con las consecuencias de su impago, que pueden llegar a ser muy gravosas para él y su familia. No estoy diciendo que deba ser de otra manera, pues sé bien que la seguridad jurídica de un Estado de derecho exige el cumplimiento de las leyes. Aunque doloroso, ello es lógico, pero lo es también, con más motivo, que quien se ve en tan terribles circunstancias contemple escandalizado la diferencia entre el trato que se le da a él y el que se da a sus gobernantes.
El que presidía la Junta de Castilla-La Mancha, por ejemplo, se ha ido a su casa (es cierto que muy a su pesar) tras dejar una gran deuda en medicinas impagadas, impago que ha obligado a numerosos farmacéuticos de la comunidad a pedir préstamos personales e incluso hipotecarios para suministrar a la Administración autonómica los productos que aquella les abona con un retraso escandaloso. Tanto, que ha llevado a muchas oficinas de farmacia al borde de la quiebra.
El caso, siendo grave, es, sin embargo, incomparable con el de nuestro Ministerio de Defensa, que debe la impresionante cifra de 26.000 millones de euros, deuda a la que sencillamente no podrá hacer frente en las actuales circunstancias. Fuentes ministeriales han informado de que la mayor parte de esa deuda fue contraída en la etapa del Gobierno del PP, lo que, como suele ser habitual en estos casos, los populares negarán. Pero, aunque fuera verdad lo que afirma Defensa, no lo es menos que el Gobierno ha tenido ocho años para hacer frente a una situación que, sencillamente, ha dejado irse pudriendo hasta hacerla, como es hoy, inmanejable. ¿Pasará algo? Pues lo mismo que en Castilla-La Mancha y en todas las situaciones comparables: que el que llega achantará con la deuda y, si no es capaz de pagarla, se la dejará en herencia a su inmediato sucesor.
Los vaqueros (ustedes me siguen), por supuesto, lucen lindo, con sus espaldas enteras e impecables, y, si no siguen haciendo de las suyas, se van a su casa de rositas. Pero, tras esta peculiar política de saloon, será el país el que no conseguirá levantar cabeza en mucho tiempo.
