Estúpidamente optimistas, de Mariano Marzo Carpio en La Vanguardia
TRIBUNA
La crisis económica que atravesamos esta suscitando a nivel popular toda una batería de preguntas: ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿como se explica el triste papel desempeñado por muchas de las, en teoría, mentes más clarividentes del mundo económico y financiero en su vertiente empresarial y académica? La ciudadanía se muestra perpleja ante lo sucedido y, lo que es peor, progresivamente indignada ante la falta de expectativas y de un liderazgo creíble para salir de esta en un plazo razonable.
La desconfianza es lógica. Einstein decía que no podemos resolver problemas pensando de la misma manera que cuando los creamos tras los buenos propósitos de cambio inicialmente formulados por los líderes políticos del mundo industrializado, lo único que ahora se percibe con claridad, aparte de las llamadas a apretarse el cinturón, es el mensaje proveniente de lo que Barbara Ehrenreich, en su libro Sonríe o muere, ha denominado la “industria del pensamiento positivo”.
Esta insiste en que no estamos ante un desafío estructural que requiere de una reestructuración a fondo del sistema, sino que tan solo afrontamos un problema de actitud individual -llámesele de desconfianza, pesimismo, falta de ilusión, etcétera- que nos paraliza e impide superar la situación, transformando la adversidad en una nueva oportunidad. Proponer que el despliegue de un “optimismo a machamartillo” bastará para sacarnos de una crisis tan profunda es un insulto a la racionalidad. Ciertamente, la ilusión y el optimismo resultan indispensables cuando nos ponemos en marcha hacia la consecución de un objetivo, pero éste debe haber sido previamente identificado tras un análisis pormenorizado y descarnado de la situación que se quiere superar, de los errores que nos han conducido a ella y de una evaluación nada complaciente de los peores escenarios de futuro posibles. Como afirmaba Gramsci, hay que saber conjugar el pesimismo de la inteligencia con el optimismo de la acción. Algo que no nos debería sonar a nuevo. A fin de cuentas, todos sabemos que el primer paso para solucionar un problema es formularlo correctamente.
Y sin embargo, reivindicar la bondad de desarrollar un espíritu crítico, aplicando (en plan abogado del diablo) las justas dosis de pesimismo a nuestros análisis, resulta a los ojos de la mayoría una extravagancia. A nadie le gusta oír malas noticias, de modo que hoy en día no es raro encontrar gente inteligente y bien preparada que prefiere dejarse seducir por el tono optimista y almibarado de algunos medios (o el “bla, bla, bla” de ciertos políticos) a escuchar informaciones reales, pero deprimentes. Así, no resulta infrecuente comprobar como al final de una charla que transmite malas noticias, el debate se centra, más que sobre la veracidad y alcance de lo comunicado, sobre si al conferenciante debe aplicársele, ono, el supuestamente denigrante calificativo de pesimista. Por desgracia, muchos prefieren desconocer la realidad si resulta sombría. Tendemos a dejarnos seducir por los glamurosos predicadores de la fe del pensamiento positivo, mientras ignoramos las llamadas al realismo de sesudos científicos a los que tildamos de creadores de problemas. Y así nos va.
Mariano Marzo Carpio es catedrático de Recursos Energéticos en la Facultad de Geología de la Universidad de Barcelona.
