Gasto pendiente, de Kepa Aulestia en La Vanguardia
La alambicada f贸rmula propuesta por el Gobierno para el nuevo modelo de financiaci贸n auton贸mica, basada en el incremento de la responsabilidad fiscal de cada comunidad y redondeada mediante dos fondos de convergencia, supone en principio una distribuci贸n m谩s justa y equilibrada de los fondos disponibles. Queda por ver qu茅 efectos acarrear谩 realmente sobre el d茅ficit p煤blico y sobre los impuestos. Especialmente si tenemos en cuenta que la crisis a帽ade demandas a las que las instituciones dif铆cilmente podr谩n hacer frente durante por lo menos los dos pr贸ximos ejercicios sin poner en cuesti贸n las bases de la estabilidad presupuestaria o aumentar la presi贸n fiscal. La discusi贸n p煤blica sobre la financiaci贸n auton贸mica ha servido para clarificar el cap铆tulo de los ingresos territoriales. Pero la transferencia de responsabilidad que supone, sobre todo, la asunci贸n del 50% del IRPF y del IVA como incentivo para la creaci贸n auton贸mica de riqueza precisa de un debate sin reservas sobre los costes en todas las administraciones del Estado en relaci贸n con su rentabilidad social. De manera que el concepto recogido en la propuesta del Gobierno de las “necesidades reales de gasto” pueda ser manejado con rigor y exigencia.
Las comunidades aut贸nomas gozan de una potestad legislativa que impide la intromisi贸n de cualquier otra administraci贸n en cuanto a la distribuci贸n interna de los recursos, salvando el criterio de estabilidad presupuestaria. Pero ello no puede suponer que el debate sobre el gasto, que ya se encuentra suficientemente vedado a un control parlamentario incapaz o poco interesado en clarificar anualmente la liquidaci贸n de las cuentas de cada autonom铆a, se preserve ante las cr铆ticas que puedan manifestarse incluso desde fuera de la misma. Junto a esto, el nuevo modelo de financiaci贸n impondr谩 a la Administraci贸n central una contenci贸n presupuestaria propia que hasta la fecha no ha ido pareja con el traspaso de competencias a las autonom铆as.
Adem谩s, la trayectoria de las 煤ltimas d茅cadas demuestra que la alternancia en el poder no sirve como mecanismo corrector de los excesos en aquellos gastos cuya rentabilidad social puede ser discutible, sino que por lo general quien llega de nuevas se eleva sobre el pedestal construido por el anterior introduciendo, si acaso, recortes aparentes en algunos cargos de designaci贸n.
Resulta parad贸jico que mientras todas las instituciones se muestran m谩s que renuentes a revisar sus estructuras de personal, el Gobierno impulse una ley de Dependencia cuya aplicaci贸n se ve dificultada por la falta de una estructura administrativa capaz de gestionar una casu铆stica tan individualizada.
Es posible que la cifra 贸ptima de funcionarios y empleados p煤blicos en Espa帽a sea m谩s o menos la actual. Pero resulta discutible que esa cifra est茅 distribuida adecuadamente por administraciones y por sectores de actividad. Extremadura cuenta con 4,27 funcionarios auton贸micos por cada cien habitantes, mientras que Catalunya ofrece un 铆ndice de 2,16. En cuanto a los funcionarios locales, presentan porcentajes del 2,73 y del 1,30, respectivamente. No hay ninguna raz贸n, derivada de “necesidades reales de gasto”, que justifique tal diferencia. Las carencias que pueden detectarse en el sistema educativo o en el de sanidad probablemente tengan su soluci贸n en el gasto que acarrean funciones viejas y nuevas que las administraciones asumen con 铆ndices de rentabilidad social en ocasiones escandalosamente bajos.
Basta comparar los costes de personal y el conjunto del gasto corriente con la actividad desplegada o las ayudas de diverso orden prestadas a iniciativas privadas por muchos departamentos de la Administraci贸n central, la auton贸mica o la local. Es dudoso que las organizaciones empresariales y los sindicatos est茅n en condiciones de afrontar la transformaci贸n del patr贸n de crecimiento que ha hecho aguas y el tr谩nsito a otro basado en la productividad y la innovaci贸n. Pero el discurso al que se han apuntado todas las instituciones por un nuevo modelo de desarrollo en ning煤n caso significa que puedan liderar dicho tr谩nsito.
Desde luego, dif铆cilmente podr铆an hacerlo atendiendo a la eficacia del gasto p煤blico o, por decirlo de otra manera, de la propia funci贸n p煤blica. Es imposible revisar, siquiera a modo de reflexi贸n, la funci贸n que desempe帽an los convenios colectivos mientras el cap铆tulo del personal dependiente de las administraciones sea tab煤.
El car谩cter intocable de las estructuras administrativas, que responden probablemente m谩s a la sociedad de hace veinte o treinta a帽os que a la actual, representa un lastre del que las administraciones y la sociedad s贸lo pueden liberarse mediante una decisi贸n compartida que ya es ineludible.
