Guerras de vecindad, de Alberto Piris en Estrella Digital
Si la situación no se controla debidamente por las organizaciones internacionales responsables, podríamos asistir a un nuevo conflicto en el Cáucaso que pasaría a la historia con el peculiar nombre de “Guerra de la Eurovisión”. Tendría lugar en un país habituado ya a las guerras vecinales: Azerbaiyán. En los últimos días se han producido algunos incidentes que podrían agravar la tensión existente entre ese país y la vecina Armenia, a causa del conflicto del Alto Karabaj, región poblada por armenios y enclavada en Azerbaiyán. Conflicto que ya produjo una guerra entre ambos países de casi seis años de duración, finalizada en 1994 con un alto el fuego auspiciado por Rusia. Armenios y azeríes llevan enfrentados por la misma causa desde principios del siglo XX, aunque el régimen soviético puso temporal sordina a las reivindicaciones de ambos pueblos.
Con esos antecedentes, cobra especial significado el hecho de que el Ministerio de Seguridad Nacional azerbaiyano haya sometido a interrogatorio a los ciudadanos que votaron a favor de Armenia en el concurso de Eurovisión de mayo pasado, en una encuesta hecha mediante mensajes de texto telefónicos, aunque el número de quienes han sido afectados por esta medida apenas llega al medio centenar.
Oigamos a uno de los detenidos: “Me dijeron [los agentes]: ‘Hoy votará usted a un armenio, y mañana usted irá y pondrá una bomba en el metro para ayudarles’”. Aunque en fuentes oficiales se quita importancia al hecho, atribuyéndolo al celo excesivo de algunos funcionarios y a que “Azerbaiyán es un Estado de reciente independencia, que solo tiene 18 años y cuyos policías a veces carecen de experiencia”, otros se lamentan: “Cuando es más importante para nosotros mostrar que somos un país civilizado, vamos y nos comportamos de este modo”.
El sentimiento antiarmenio es profundo en Azerbaiyán y el conflicto del Alto Karabaj sigue vivo: “[Los policías] actuaron con rudeza. No debieron detenerlos e interrogarlos por la fuerza. Deberían haber sido investigados y vigilados sin que ellos lo supieran”, sugirió un analista político. “Ni con mensajes de texto se debe ayudar al enemigo”, concluyó.
No conviene descartar incidentes de este tipo, porque la Historia es pródiga en ejemplos de guerras insólitamente provocadas. Hace ahora 40 años tuvo lugar la que fuera de España se conoce universalmente como Guerra del Fútbol. (Digamos que nada tiene que ver con la incruenta batalla del mismo nombre que han librado en nuestro país Sogecable y Mediapro, por hacerse con los ingresos del fútbol televisado). Se trató de un conflicto que en junio de 1969 enfrentó durante unos días a los ejércitos de El Salvador y Honduras.
Fue una guerra de vecinos entre dos países aquejados de graves problemas sociales y económicos, de corrupción y militarismo. El factor desencadenante fue la eliminatoria entre las selecciones de ambos países para participar en la Copa Mundial de Fútbol de 1970. Los partidos jugados en ambas capitales propiciaron sendos disturbios populares, que alcanzaron su ápice en el segundo encuentro en San Salvador, donde hubo masivas demostraciones contra Honduras y quema de banderas. Los hondureños se tomaron la revancha con otras algaradas callejeras que llevaron al asesinato de algunos inmigrantes salvadoreños.
La verdadera causa de esta guerra fue precisamente la arraigada presencia de numerosos campesinos salvadoreños en Honduras, cuyas tierras les habían sido expropiadas poco antes -con las cosechas a punto de recolección- para distraer la atención de la población de los problemas políticos que aquejaban al Gobierno de Tegucigalpa. En ambos países los medios de comunicación se emplearon a fondo para exacerbar los odios latentes. El temor de la oligarquía salvadoreña a que el masivo regreso de emigrantes expulsados agravara la inestabilidad social del país la llevó a provocar el conflicto invadiendo Honduras. La Marina salvadoreña atacó las islas hondureñas del Pacífico y sus ciudades costeras. La Aviación hondureña derrotó a la salvadoreña e incendió los depósitos de combustible de este país, por lo que la ofensiva terrestre de su ejército quedó paralizada a unos 8 km. de Tegucigalpa por falta de gasolina.
Tras cuatro días de combate, la Organización de Estados Americanos negoció un alto el fuego y solo en 1981 se llegó a firmar un tratado de paz entre ambas naciones. Murieron unas 2000 personas, en su mayoría civiles hondureños. Regresaron a El Salvador unos 100.000 emigrantes, agravando la situación económica y política del país. En ambos Estados se produjo un reforzamiento del papel político de los militares, con claro apoyo de EEUU, que con ello trataba de frenar los efectos de la temida revolución cubana.
El fútbol desencadenó las tensiones existentes entre El Salvador y Honduras y propició una guerra breve pero cruenta entre ellos. Circunstancias no muy distintas se dan hoy en Azerbaiyán respecto a Armenia. Esperemos que ninguna “Guerra de la Eurovisión” se añada a la interminable lista de los conflictos bélicos que han ensangrentado a la humanidad.
