Huelga ‘boomerang’, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo
A FONDO
Los sindicatos echaron toda la carne en el asador porque, a una semana de la huelga, sus dirigentes eran conscientes de que el 29-S estaba abocado al fracaso.
Como en ninguna otra huelga, los cuadros movieron a las bases, los liberados trabajaron horas extra, la jornada se planificó casi con disciplina militar, con el objetivo de paralizar los transportes y conseguir así un efecto multiplicador.
Tenían garantizado el seguimiento en las grandes empresas del automóvil y del sector del metal, los cinturones de las grandes ciudades y poco más. Como mínimo, el objetivo era alcanzar una repercusión similar a la huelga general de 2002 contra la reforma de Aznar.
Si se superaba ese listón, el prestigio sindical quedaba salvado. Méndez y Toxo podían presumir de su poder ante Zapatero, mantener su capacidad de presión, seguir representando, en definitiva, la fuerza de choque de la izquierda. No hay que olvidar que el hoy presidente del Gobierno encabezó con los líderes de UGT y CCOO la manifestación de Madrid contra la política económica del PP, hace ocho años.
“Cuando los sindicatos convocan una huelga general”, reflexiona un viejo sindicalista, “no sólo se juegan su prestigio ante el Gobierno y los ciudadanos, sino también ante sus propias bases, ante los miles de trabajadores que piensan que su organización es capaz de movilizar a millones y, por tanto, ganar ese pulso”.
Siguiendo con ese razonamiento podría decirse que UGT y CCOO perdieron ayer con claridad sus dos grandes retos. Primero, a pesar de que Méndez y Toxo mantuvieron la cifra irreal del 70% de seguimiento, ellos saben mejor que nadie que el paro no superó el 30%. Zapatero también lo sabe y eso le permitirá ir de perdonavidas con los sindicatos. Les convocará para hablar de la reforma laboral y la reforma de pensiones, hará algunas concesiones, resaltará su papel en la democracia y bla, bla, bla.
Pero, en segundo lugar, los líderes de CCOO y UGT tendrán que mirar hacia dentro de sus organizaciones. Valorar dos cosas: que el enorme esfuerzo realizado ha servido de muy poco y que, precisamente por ello, han salido tocados del envite.
En la gran huelga general del 14-D, contra Felipe González, el Gobierno tuvo que rectificar. Ante una movilización mucho más reducida, Aznar también se echó para atrás con su reforma. La diferencia es que ahora Zapatero no tiene ninguna razón para modificar la ley aprobada en el Congreso.
Es verdad que en ninguna de las dos huelgas generales anteriores la situación económica era tan dramática como ahora, ni estaba la espada de Damocles de los mercados sobre los tipos de interés de nuestra deuda. Y que, por ello, el Gobierno tenía ahora menos margen de maniobra.
Pero el fracaso de ayer le permite a Zapatero no verse forzado a rectificar y ser incluso bondadoso con los sindicatos.
La huelga, por tanto, sólo afecta al Gobierno de manera colateral, en la medida en que debilita su base de votantes en la izquierda.
A quien más afecta es a los propios sindicatos. El 29-S se ha convertido en un peligroso boomerang que ha dañado su orgullo y su arrogancia.
CCOO y UGT tendrán que sacar lecciones de lo que ocurrió ayer. Si se ocultan en el maquillaje de los datos no harán sino agravar el problema. ¿Por qué no han conseguido que la mayoría de los trabajadores secundara una protesta que, según ellos mismos, era “la más justificada de la democracia”?
Algunas respuestas: 1º.- Porque han sido cómplices de una política económica que ha elevado el paro a casi cinco millones de personas.
2º.- Porque muchos parados y jóvenes con contratos temporales no creen que defiendan sus intereses.
3º.- Porque han creado una estructura de privilegiados alejada de los problemas reales de los trabajadores.
4º.- Porque mantienen un discurso trasnochado propio de una izquierda cuya representación parlamentaria hoy es ridícula.
Los sindicatos son hoy tan necesarios como lo eran hace 100 años, pero sus líderes no pueden actuar como lo hacían hace un siglo.
El fracaso de la huelga general hace necesaria una rectificación a fondo del sindicalismo en España.
