Independentismo maduro, de Salvador Cardús i Ros en La Vanguardia
Simplificar la realidad, caricaturizarla, demonizarla, suele ser una estrategia útil cuando de lo que se trata es de combatirla en el plano retórico para luego conseguir una cierta eficacia política también retórica. Pero de nada sirve ridiculizar la realidad si uno pretende analizarla, comprenderla y prever su evolución. Algo de lo primero ocurrió cuando el8 de septiembre de 1989, en Barcelona, se silbó al Rey al llegar con treinta minutos de retraso a la inauguración del Campeonato del Mundo de atletismo -haciendo esperar a cuarenta cadenas de televisión internacionales- en el remodelado estadio de Montjuïc.Allí se desencadenó uno de estos grandes procesos de descalificación ciega que ya tuve ocasión de analizar con todo detalle en “Xiulets a l´estadi”, en mi Política de paper (La Campana, 1995).
Aquel día, la Policía Nacional y la Guardia Civil (2.500 agentes) habían requisado arbitrariamente desde los botellines de agua hasta las banderas catalanas de más de 40 centímetros, después de obligar al público a pasar hasta tres controles distintos. Por si fuera poco, el aguacero que caía en Barcelona mostraba las deficiencias de un estadio lleno de goteras. Tras la espera, cuando finalmente apareció el Monarca, llegaron los silbidos. Y con ellos, la espectacular tormenta, ahora mediática, que quiso atribuir la protesta a un supuesto doble juego de Jordi Pujol. Resulta interesante recordar el hecho y comparar las declaraciones de algunos políticos y comentaristas políticos del momento como Pujol, Obiols, Maragall, Solé Tura, Porcel, Villatoro, Barril, Ramoneda, Marc Álvaroo Barnils. Pero quien mejor bordó la desfiguración del instante fue Vidal-Quadras, que en su artículo en El País del 14de septiembre titulado “Nacionalismo y etología”, comparaba los silbidos con “una feroz estampida de búfalos martilleando sobre la estepa africana, una bandada de aves migratorias volando hacia su destino inexorable, un grupo de babuinos enfurecidos chillando y mostrando los dientes…”. Todo, para acabar considerando el fracaso que sería querer introducir algo de racionalidad en aquella “horda” entregada a la “ciega satisfacción de su agresividad gregaria”. ¡Qué gran futuro político se adivinaba ya hace veinte años en el profesor de física nuclear!
Pero de los tímidos silbidos de 1989, llegamos a los silbidos ensordecedores de Mestalla del 2009, sin que pueda atribuirse ahora a ninguna manipulación gubernamental. Claro que puede repetirse el intento de ridiculizar o de criminalizar una muestra de descontento y desafecto, pero de nuevo se engañarán quienes sigan por este camino. Actualmente, en Catalunya el independentismo sale del armario y se multiplica, pero ya no sólo como consecuencia de las divisiones habituales propias de cualquier grupúsculo político. Ahora la multiplicación se debe a su rápida adaptación a la complejidad del momento, a la necesidad de incorporar nuevos matices, en definitiva, a su maduración política.
El independentismo aletargado, que la ERC del 2003 consiguió despertar y que ahora ya no es capaz de seguir aglutinando, parece que no se resigna ni a la abstención ni a volver a entrar en el armario. A ERC, el “tiempo de restar” le ha llegado muchísimo antes de lo que CiU tardó en liquidar su “tiempo de sumar”. Es cierto que en una proporción difícil de precisar, la actual puerta de entrada al independentismo es la reacción a la larga frustración de expectativas aportadas por el posibilismo autonomista y a las consiguientes provocaciones de los que consideran que se ha llegado demasiado lejos. Pero se equivocaría quien opinara que todo se reduce a un català emprenyat que pone cara de mala uva porque no le resuelvan lo suyo. No: está reapareciendo el independentismo histórico con una profunda convicción sobre los derechos inalienables del país. Crece el independentismo fruto de la maduración política, después de comprobar por enésima vez que con la mera conllevancia no se va a ninguna parte. Está el inapelable independentismo económico de los que, con la máxima racionalidad, calculan la relación coste-beneficio de seguir en España. Como no podría ser de otra manera, también existe un independentismo sentimentaloide, voluble. Y tenemos incluso un independentismo filosófico y cordial que ama a España sin complejos, pero que – vean el documental Cataluña-Espanya de Isona Passola-en la bella expresión de Xavier Rubert de Ventós, sabe que “para abrazarse, deben ser dos”.
No busquen aún en las encuestas lo que les cuento. Las encuestas están para hacer fotos fijas desde el pasado, yyo les estoy hablando de una realidad en movimiento que se dirige al futuro y que aún no ha cuajado en una expresión institucional fuerte ni MESEGUER en un liderazgo claro. No hay nada que preguntar cuando aún no hay nada exacto sobre lo que pueda responderse. Aún puede pasar cualquier cosa. Pero los gestos actuales consiguen un efecto llamada de proporciones notables. Por supuesto, como decía al principio, se intentará menoscabar su importancia, se buscará exasperar las reacciones contrarias y se recurrirá al miedo por lo que pudiera ocurrir. Pero el independentismo ya es lo bastante maduro como para saber que sólo tiene un camino posible: el de una educada, tenaz y muy inteligente radicalidad democrática.
