La ciudad de las mujeres, de Pedro G. Cuartango en El Mundo
VIDAS PARALELAS: ALFONSO GUERRA / SNAPORAZ
Alfonso Guerra debe sentirse hoy como Snaporaz, el personaje de Fellini en ‘La ciudad de las mujeres’.
Snaporaz se sienta en el banquillo acusado de machista por un colectivo feminista, que le condena a muerte.
El personaje, encarnado por Marcello Mastroianni, no es un seductor. Es una víctima de las mujeres que le provocan y luego le maldicen por haber sucumbido a la tentación del sexo.
A Alfonso Guerra le han quemado en la pira las ministras del PSOE por haber cometido la incorrección política de calificar a Trinidad Jiménez de «señorita». Por lo visto, eso es un pecado injustificable.
La vicepresidenta De la Vega, Leire Pajín, Bibiana Aído, Beatriz Corredor y Elena Valenciano se han despachado contra él, argumentando que el trato de «señorita» es una «vuelta a la moral de la Enciclopedia Álvarez».
Yo creo que lo que es tremendamente exagerado es la reacción de estas mujeres, que revela que todavía tienen una concepción tan estereotipada de los hombres que se ofenden por una tontería.
Da la sensación de que muchas mujeres van en busca de los Snaporaz de este mundo para corroborar sus prejuicios sobre los hombres. Alfonso Guerra les viene al pelo.
Pero a mí me gustaría ver mucho más ardor feminista en las cosas importantes que de verdad atentan contra la dignidad de la mujer, como, por ejemplo, cuando el Gobierno no defendió a las agentes que habían sido insultadas y vejadas en la frontera de Melilla.
Cuando Fellini estrenó ‘La ciudad de las mujeres’, las feministas quisieron boicotear la película porque revelaba el aspecto más agresivo y castrante de este movimiento.
Lo que yo no entiendo es por qué las ministras se meten con Alfonso Guerra cuando algunas de ellas se esfuerzan en sus comportamientos personales en asumir los tópicos más rancios del machismo como la obsesión de la vicepresidenta De la Vega por su ‘look’. Eso sí que distorsiona la imagen de las mujeres.
Lo que le ha sucedido a Guerra revela que el colectivo feminista ha adoptado un discurso políticamente correcto y empalagoso, que deja traslucir un permanente resentimiento contra los hombres.
Al final de la película, Snaporaz se despierta sobresaltado y se da cuenta de que ha sufrido una pesadilla mientras viaja en tren. Su mujer Elena está sentada a su lado.
Esa es la realidad de la existencia: que tenemos que vivir juntos y compartimos las mismas angustias vitales. El feminismo radical se complace en crear una imagen de los hombres que es un mero cliché.
En este caso, Guerra quería meterse con Zapatero, pero se le ha entendido otra cosa. El desplazamiento del significante es la tragedia de un feminismo que se ha quedado anclado en sus fobias.
