La grave crisis política europea, de Pascal Boniface en La Vanguardia
El acuerdo suscrito el pasado diciembre en Bruselas entre los veintiséis países europeos para salir de la crisis no convenció a los mercados. Las agencias de calificación ejercen siempre su dictadura. Hacen pesar una espada de Damocles sobre la cabeza de prácticamente todos los países europeos. Algunos de ellos se preguntan si no son ellas las que han tomado el poder. ¿Acaso no llevaron a la caída de los gobiernos de Grecia y de Italia? Se evoca igualmente un déficit democrático en el que la voz de los electores ya no cuenta tanto respecto al peso de los mercados. Resulta una explicación tentadora pero que no refleja toda la realidad.
Todos los gobiernos son designados por los Parlamentos, siendo estos a su vez elegidos por los ciudadanos. Los mercados y las agencias de rating tienen, ciertamente, un considerable peso, pero este peso es sobre todo reflejo de la debilidad de los gobiernos, que no son capaces de fijar un objetivo claro y hacer que sea aceptado por sus conciudadanos. Efectivamente existe una grave crisis política en Europa, un abismo entre los dirigentes y los ciudadanos, y el aumento de los movimientos populistas y de extrema derecha es un reflejo de ello.
El ascensor social parece estar averiado y en la mayor parte de países europeos el paro aparece fijo en el paisaje y las diversas alternancias políticas no consiguen hacer cambiar la situación.
Los gobiernos pasan, la situación social y económica sigue siendo sombría, los jóvenes creen que no tienen perspectivas de futuro, los padres y los abuelos están preocupados por su progenie. En los países emergentes los ciudadanos creen más en el futuro y piensan que su situación personal mejorará y, todavía más, que sus hijos conocerán una vida mejor que la suya. Ese sentimiento ya no existe en Europa.
Existe un riesgo importante de estancamiento económico en Europa este año 2012, el fantasma de un decenio perdido, y hay quien recuerda que eso ya sucedió en Japón en los años noventa.
Alemania vive obsesionada por el temor al regreso de la inflación. La memoria colectiva alemana sigue marcada por la hiperinflación de los años veinte y treinta, que para muchos fue el origen de la llegada de Hitler al poder. ¿Pero acaso la recesión o el estancamiento generalizado no son un peligro aún mayor para la estabilidad democrática de las sociedades europeas?
El primer ministro polaco acaba de declarar que, por primera vez, tiene más miedo a la inactividad de los alemanes que a su actividad. Los alemanes se estarían volviendo euroescépticos. Pero Alemania no puede pasar de Europa. Es Europa la que absorbe gran parte de sus exportaciones. Como subrayó hace poco el ex canciller alemán Helmut Schmidt, siempre muy respetado en su país, “los déficits de los países europeos son también nuestros excedentes”.
La pareja Merkel-Sarkozy consiguió llegar a un acuerdo en la cita de Bruselas. Sin embargo, no es una pareja paritaria, como ocurre en las familias modernas. Quien lleva los pantalones es la señora Merkel. Pero Alemania tiene interés en transmitir una imagen de pareja con Francia para que no se crea que es demasiado dominante y que quiere hacer una Europa alemana. La colaboración con Francia, en su momento opción una fundamental y consciente de los alemanes, es hoy en día sobre todo un vestido destinado a esconder el poderío alemán para no irritar a los otros países.
El episodio libio ha dejado jirones en la relación entre Merkel y Sarkozy. La canciller todavía recrimina al presidente francés que reconociera unilateralmente al Consejo Nacional de Transición la víspera de una reunión de ministros de Asuntos Exteriores europeos convocada para abordar ese tema, así como que Sarkozy permitiera a parte de su entorno criticar la ausencia de liderazgo por la laxitud alemana sobre la cuestión.
Los británicos han decidido quedarse fuera. David Cameron ha ganado a corto plazo, ya que la opinión pública británica le sigue y le agradece que haya salvado los intereses de la City. Pero si el tratado a veintiséis se concluye, Gran Bretaña habrá perdido todo papel en el proceso de decisión y se encontrará marginada. La vieja y permanente estrategia británica era estar dentro del tren europeo para controlar mejor su marcha y su orientación. Al saltar del tren en marcha, ha perdido esta capacidad.
Italia hubiera preferido que los británicos se quedaran dentro para no quedarse muy aislada respecto a la pareja francoalemana. En cuanto a España, viviendo todavía su transición política postelectoral, de momento está ausente.
Pero por lo menos se ha producido un progreso para la gobernanza europea: con un tratado a veintiséis, las cooperaciones reforzadas tienen mejores perspectivas.
Pascal Boniface, director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París.
