La inevitable y necesaria austeridad, de Jaquim Muns en Dinero de La Vanguardia
La crisis que venimos padeciendo desde el año 2007, y que tiene por tanto un recorrido de cuatro años, ha llegado a una etapa que afecta directamente al bienestar de los ciudadanos. Esto ha ocurrido fundamentalmente a causa de los elevados desequilibrios de las cuentas públicas, que han obligado a unos rigurosos planes para conseguir un equilibrio presupuestario más sostenible. Estos planes de ajuste han supuesto recortes y pautas de austeridad severas que, como cabía esperar, están provocando una fuerte contestación social.
En este artículo, intentaré dar respuesta a dos preguntas. La primera es ¿por qué una crisis que empezó siendo financiera, es decir, afectando sobre todo a la banca, se ha convertido en una crisis de las finanzas públicas que nos acaba afectando a todos? La respuesta a esta pregunta nos permitirá hacer un breve recorrido por las causas de las mutaciones de esta crisis tan pegajosa que estamos viviendo. La segunda pregunta va dirigida a saber si los actuales planes de austeridad son sólo un urgente remedio presupuestario o pueden también favorecer la economía a largo plazo. Es decir, se trata de saber si los dolorosos planes de austeridad que vivimos ayudarán a crear una economía más acorde con nuestras necesidades futuras y, por tanto, la austeridad nos servirá más allá del corto plazo.
El sobreendeudamiento
La mutación de la actual crisis, pasando por diversas etapas, ha sido una de sus características más sobresalientes y llamativas. Cuando estalló a raíz del parón del sector de la vivienda en Estados Unidos, la crisis se manifestó como un fenómeno de apalancamiento excesivo del sector financiero. Sus excesos y sus sofisticados métodos para crear activos financieros se habían convertido en una montaña de endeudamiento que se extendía a todos los sectores de la economía.
Estábamos, por tanto, ante el estallido de una burbuja de sobreendeudamiento. El sector financiero era víctima de este problema, pero también lo era el sector privado, muy especialmente millones de familias que se habían endeudado hasta las cejas. Por primera vez en muchos lustros, el endeudamiento excesivo se había convertido en una plaga social. La economía productiva y las economías domésticas pasaron a ser, al unísono, víctimas de los excesos financieros.
Los estudios más serios sobre las crisis financieras del pasado, como por ejemplo los de Ken Rogoff y Carmen Reinhart (pueden encontrarse en las webs de estos dos autores), ponen de relieve dos conclusiones fundamentales. La primera de ellas es que la salida de las crisis financieras es larga, complicada y con fuertes vaivenes. Y esta característica se agrava si, como es el caso de España, Estados Unidos y otros países, la crisis financiera va de la mano de una crisis del sector de la construcción.
La segunda conclusión de estos estudios es que la salida de las crisis financieras es muy dolorosa socialmente y costosa políticamente. Y lo es porque superar este tipo de crisis pasa inexorablemente por un proceso amplio y generalizado de desapalancamiento o desendeudamiento, lo cual significa necesariamente desinflar la economía. Esto sólo se puede conseguir si los agentes económicos ahorran más, consumen menos bienes y servicios y pagan sus deudas. La experiencia histórica, ampliamente documentada por los autores que he citado y otros, demuestra que no hay atajos baratos para salir de las crisis financieras.
Los gobiernos reaccionaron, en las fases iniciales de la crisis, de forma impulsiva, irreflexiva y dominados por el pánico de un cataclismo económico inminente. Este mismo temor y un considerable desconocimiento de la historia (la clase política se reúne mucho y lee poco) llevó a los gobiernos a la conclusión equivocada de que la salida de la crisis pasaba por una reactivación voluntarista de la economía usando todos los recursos que fueran necesarios. Lo que hay, decían los políticos, es una crisis de demanda, sin darse cuenta de que la salida de la crisis no pasaba por volver a hinchar la economía a lo Keynes, sino por deshincharla hasta conseguir niveles de endeudamiento sostenibles.
Este grave error de apreciación por parte de la mayoría de los gobiernos explica que los ingentes planes de ayuda no hayan tenido éxito más allá del corto plazo y no hayan reactivado las economías de manera firme. El mismo fracaso han corrido las políticas monetarias expansivas de la Reserva Federal, el Banco de Inglaterra y el Banco Central Europeo. Es más, el efecto más importante que ha tenido esta actuación equivocada de los dirigentes económicos es haber añadido a la crisis financiera, todavía sin resolver, una espesa capa de endeudamiento público que en estos momentos comporta, como vemos en los países del euro, un recrudecimiento de la crisis que venimos arrastrando desde el 2007.
Reducir la deuda pública
La grave irresponsabilidad de los gobiernos ha agudizado la crisis. A la ineludible reducción de la deuda privada, que sólo se ha conseguido en parte, hay que añadir ahora el inevitable proceso de reducción de la cuantiosa deuda pública creada por la falta de visión y de preparación de los políticos. El drama es que los errores del sector público se han transformado en unos inevitables planes de austeridad que revelan la crudeza y los efectos devastadores de una crisis que empezó en el sector privado y se ha extendido a un sector público que da la impresión, sobre todo en Europa, de no saber por dónde navega.
Los planes de austeridad que sufrimos son duros, pero ciertamente inevitables. Quizás contestando a la segunda pregunta -¿será rentable esta austeridad a largo plazo?- obtengamos cierto consuelo si a fin de cuentas llegamos a la conclusión de que una mayor austeridad en las sociedades desarrolladas es un objetivo necesario y conveniente también a largo plazo.
Creo efectivamente que la irreversible globalización y la transferencia de poder económico, y con ello de niveles de vida, que se está produciendo desde el mundo desarrollado al mundo de los países emergentes nos empuja inexorablemente a un modelo económico con fuerte acento en el ahorro, la inversión y las exportaciones, el conocido como trinomio virtuoso. La salida de la crisis no puede ser, por tanto, una vuelta al modelo de consumismo irrefrenable y descontrolado que ha caracterizado el crecimiento de las economías desarrolladas en los últimos 25 años. Hemos de competir con un mundo emergente dinámico y competitivo y esto pasa ineludiblemente por un modelo de desarrollo más austero y de crecimiento más gradual. Por tanto, una mayor austeridad no es sólo una ineludible demanda de hoy sino también una exigencia de los tiempos que vienen.
Jaquim Muns. Premio de economía Rey Juan Carlos I. Fue director ejecutivo del FMI y del Banco Mundial.
