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La lección catalana, de Gabriel Magalhães en La Vanguardia

Ante los temblores de Europa, buscamos algo, alguien que pueda ser un faro en la oscuridad. Una estrella polar. Pero esa monja financiera que es Merkel no termina de convencernos. Y los demás dirigentes tampoco sirven. En el fondo, estamos buscando un rumbo en grandes países como Alemania o Francia. Y la respuesta para los actuales problemas quizá esté en las regiones más olvidadas: quizá se encuentre en la eficaz y discreta Catalunya.

Hay tres Europas en la historia reciente de Europa. La primera se hizo para evitar nuevas guerras: fue un tratado de paz firmado con los números de la economía. La segunda consistió en enriquecer: el continente se transformó en un gran casino en el que todo el mundo ganaba dinero. La tercera, la que estamos construyendo ahora, se hará para sobrevivir.

A un continente acostumbrado a colonizar el planeta le está costando mucho comprender y aceptar que se ha transformado él mismo en una colonia de los conquistadores de la globalización. Las cosas que necesitamos vienen de fuera, a un precio que no controlamos. Nos hacen lo que hicimos nosotros: con el mismo colmillo con que devoramos al resto del mundo nos desgarran ahora. Pero esta situación Catalunya se la sabe al dedillo. En los códigos culturales de Francia, de Inglaterra e incluso de la traumatizada Alemania no se encuentra el alfabeto necesario para contestar a las preguntas del momento. Pero en Catalunya sí se conoce este diccionario de humildades. Se conoce porque el mundo catalán ha sobrevivido siglos emparedado.

A Europa le está pasando algo parecido: por una parte, la actual geografía económica nos es desfavorable; por otra parte, nos ha salido mal la globalización. Somos, sin duda, los grandes derrotados de este proceso. Por eso, todos los países europeos nos encontramos en una situación catalana. Y podemos ganar muchísimo conociendo bien a Catalunya.

Si queremos sobrevivir, tendremos que prescindir de varias dimensiones de nuestra soberanía. El porvenir de los europeos consiste en aprender a ser catalanes. Si las cosas salen bien, si logramos entendernos, todas las naciones europeas tendrán estados más frágiles, más desdibujados en un futuro cercano. Y lo que Catalunya nos enseña es que eso se puede hacer sin que una cultura deje de ser rica y espléndida.

A veces cuesta presenciar las cumbres europeas. Todas las naciones se presentan con la ingenuidad imperial de querer lograr el mejor acuerdo para sus intereses.

Haría falta un delegado catalán que les explicara que, con frecuencia, los pactos se hacen, no para lograr lo mejor, sino sencillamente para evitar lo peor.

La memoria del tiempo en que fuimos imperiales todavía está presente por todas partes, en un momento en el que esto ya no tiene sentido. Cuando Sarkozy se pone tieso haciendo declaraciones a la prensa, le nacen en los hombros unas lucidas charreteras de general de Napoleón. Y ya no es tiempo para tal. Hay que cambiar de traje mental. Si no terminaremos haciendo el ridículo, como pasaba con los líderes del tercer mundo que se fotografiaban luciendo uniformes de gala con medallas. Aprendamos, pues, a ser catalanes. Varias cosas nos puede enseñar Catalunya. La primera: ceder no es arrojar la toalla. Ceder a veces es la mejor forma de resistir. Segunda: debemos tener un pensamiento sutil, capaz de una gran ductilidad. Los cuadros de Dalí que se pueden ver de varias maneras porque enhebran varias imágenes sólo los podía haber pintado un catalán. Y esta capacidad de tener un pensamiento poliédrico, como el de Pla, por ejemplo, falta mucho en Europa. Merkel debería leer a Pla todas las noches antes de dormirse.

En fin, Catalunya ha creado una cultura rica y porosa: promiscua respecto a todo lo que la rodea. Promiscuïtates precisamente el título de un hermoso poemario de Àlex Susanna: un libro muy sensible e inteligente que me ha confirmado en mi idea de que los catalanes creen en la realidad de una forma mística. Son paganos místicos. Y es su fidelidad espiritual a la verdad concreta de las cosas lo que los conduce a los pactos que sean necesarios para conservar la armonía del mundo.

Esto es lo que nos falta aprender en Europa: que podemos ser felices, sin ser imperiales; que podemos crear un continente para todos, próspero y armonioso, sin necesidad de eructos nacionalistas. Los turistas que visitan Barcelona con un fanatismo misterioso en el fondo están buscando el escenario futuro de Europa. Quizá del mundo. La cultura catalana no es un catálogo de derrotas, sino una lección valiosísima para el porvenir europeo.

Gabriel Magalhães, escritor portugués.

Publicado por Reggio's

16 Enero, 2012, a las 7:16 am

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