La pareja franco-alemana, de Pascal Boniface en La Vanguardia
¿Estamos pasando de una Alemania europea a una Europa alemana? Las reticencias mantenidas hasta hora por la canciller Angela Merkel para salir en ayuda del euro han dado la impresión de un país que no se preocupa por los temores de falta de solidaridad con sus socios europeos. Desde el comienzo de la construcción europea, Alemania estaba dispuesta a cualquier sacrificio para que esta causa, sagrada a sus ojos, avanzara. Es cierto que esta integración le permitía salir del sentimiento de culpabilidad motivado por la Segunda Guerra Mundial. Esta época ya ha pasado.
Desde la reunificación alemana, algunos se emocionaron al ver que esta nación, cuya demografía y economía estaban por encima de los otros países europeos, jugaba al electrón libre una vez desembarazada de la amenaza soviética y de la coacción de la protección americana. “Amo tanto a Alemania que prefiero tener dos”, dejó dicho el escritor francés François Mauriac. Había quien recordaba que Alemania ya estuvo unificada durante un corto periodo de tiempo entre los años 1870 y 1945 y que ese no fue un periodo precisamente tranquilo de la historia reciente de Europa.
El presidente François Mitterrand, contrariamente a ciertas ideas recibidas, no era hostil a la reunificación alemana. Era demasiado pragmático para oponerse a un movimiento irreversible. Su intención era ponerle marco. Propuso el reconocimiento de la línea Oder-Neisse y planteó al canciller Helmut Kohl acelerar la construcción europea con el tratado de Maastricht, la transformación de la Comunidad Económica Europa en Unión Europea y la creación del euro. Para Alemania, renunciar al marco era mucho más que renunciar a una moneda nacional. Era abandonar la moneda que era el símbolo del éxito económico y político que le impedía volver a la época de la hiperinflación que condujo a Hitler al poder en los años treinta del siglo XX.
Hoy en día Alemania se muestra como un socio más distante y con tendencia a jugar sus cartas en solitario, cosa que no acostumbraba a hacer. Y Europa ha sufrido las consecuencias.
¿De dónde viene este cambio de actitud de Berlín? De diversos factores. El primero es que el motor franco-alemán ya no es suficiente para hacer avanzar el vehículo europeo. Aquello que era posible a seis o a doce ya no lo es a veintisiete.
Otro factor: se ha producido un desencaje entre Francia y Alemania. En la época de la guerra fría existía un equilibrio en los desequilibrios. Alemania era más potente económicamente que Francia pero esta disponía de autonomía estratégica.
Los dos países tenían una población comparable. El final de la guerra fría trajo la autonomía estratégica a Alemania. Una vez reunificada, sobrepasó demográficamente y económicamente a Francia. El desempleo es del 6,6% en la República Federal y supera el 10% en Francia; el déficit comercial francés es de 50.000 millones mientras que Berlín tiene un excedente de 150.000 millones de euros.
Las relaciones personales entre Nicolas Sarkozy y Angela Merkel también influyen en la actual relación franco-alemana. Ha existido una entente muy fuerte, incluso complicidad, entre los cancilleres alemanes y los presidentes franceses. De Gaulle y Adenauer, Giscard y Schmidt, Mitterrand y Kohl trabajaron codo con codo. Sigue presente en la memoria la foto del canciller Helmut Kohl y de François Mitterrand dándose la mano durante una conmemoración en el cementerio de Verdún. Sabían ponerse de acuerdo, ceder sobre un punto importante para su socio a cambio de otras ventajas futuras. El clima de confianza que se instauró entre ellos permitía trabajar a largo plazo.
Nada de ello sucede entre Nicolas Sarkozy y Angela Merkel. El primero reprocha a la segunda su inacción y su excesiva prudencia. La canciller alemana reprocha a su vez al presidente francés que presente como éxitos personales lo que es fruto del trabajo colectivo. Ejemplos no faltan: desde la liberación de las enfermeras búlgaras hasta la redacción del tratado de Lisboa. El hecho de que Nicolas Sarkozy reconociera en solitario, la víspera de una cumbre europea sobre Libia, al Consejo Nacional de Transición libio y los comentarios que se sucedieron en Francia sobre la falta de determinación y de coraje de los alemanes no contribuyeron a arreglar las cosas.
Dicho esto, Alemania no tiene interés en jugar un papel demasiado arrogante o egoísta. Ello suscitaría reacciones negativas. Alemania no podrá ejercer su liderazgo más que si es aceptada por el resto de países y es vista como beneficiosa para un proyecto de interés común.
Pascal Boniface, director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicasde París.
