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Periodismo de opinión en Reggio’s

Los sectores con futuro, de Alfredo Pastor en Dinero de La Vanguardia

TRIBUNA

Casi cuatro años después de iniciarse la crisis, aún oye uno la pregunta: “¿Qué sustituirá al ladrillo?”. Respuesta inmediata: la pregunta está mal planteada. Todos sabemos que ese es un truco de profesor que no sabe cómo contestar al alumno; pero en esta ocasión está bien empleado. En efecto: lo que reanimará nuestra economía no serán actividades nuevas que aparezcan por arte de birlibirloque, sino, en la inmensa mayoría de casos, las actividades de siempre. Eso sí, hechas de otra forma. No pensemos, pues, tanto en qué fabricar, sino en cómo diseñar, fabricar y vender (y también, claro está, en cómo cobrar). Un ejemplo que puede uno extrapolar sin dificultad para abarcar buena parte de la economía nacional, bastará para ilustrar lo que se quiere decir.

Entre las muchas inversiones realizadas por los ayuntamientos de toda España para mejorar el aspecto de nuestros pueblos y la calidad de vida de sus habitantes destacan los parques infantiles; quienes tienen niños habrán visto muchos. Se trata de construcciones sólidas y bien acabadas, con estándares de seguridad exigentes, pero no muy complejas. Pues bien: si se fijan, observarán que casi siempre son de factura extranjera; casi nunca de aquí. Uno piensa que es una lástima, porque su fabricación podría ofrecer a nuestra industria de la madera una alternativa a las puertas y ventanas para la construcción. Como el coste de la mano de obra manufacturera aquí (por mucho que haya crecido) es una cuarta parte del de Noruega y un tercio del de Dinamarca, Alemania o Suiza, deberíamos ser muy competitivos en la fabricación de estos productos: una gran oportunidad para la exportación, que, dicho sea de paso, es lo único que tirará de la demanda en el futuro inmediato.

Pensando en todo esto pregunté a una persona conocida, nada susceptible de recibir comisiones, antiguo responsable municipal de estas cosas en un pueblo de Baleares, cuyo parque infantil era alemán. Me contestó que habían recibido ofertas de fabricantes de aquí, pero que los productos, aunque algo más baratos, eran de calidad muy deficiente (la expresión que empleó fue mucho más gráfica). Una oportunidad perdida, por varias razones, todas de interés general; conocerlas nos ayudará quizá a aprovechar ocasiones que se presenten en el futuro.

Por parte de los compradores – en este caso la Administración-hay que denunciar que gastarán el dinero de los demás (en este caso, el de los compradores de los pisos, a cuyos lomos se trasladaban todas las tasas, impuestos y demás cargas sobre el promotor) en cosas que, al final, resulta que no se podían permitir. Uno sospecha, además, que en su elección influyó esa atávica aversión hacia los productos nacionales, nacida de los largos años de una autarquía que ahora queda muy lejos, y propia de países del tercer mundo.

Por último, hay que lamentar que las administraciones de nivel superior – las mismas que abruman a las empresas con autorizaciones y permisos de todas clases, mientras les prometen ayudas y subvenciones para otro montón de cosas-no fueran capaces de detectar esa oportunidad y de tratar de aprovecharla armándose de la paciencia necesaria para ir poniendo de acuerdo a las partes afectadas y ser así el germen de actividades competitivas.

Pero queda el otro lado de la cuestión: el producto de aquí no estaba a la altura. No basta con decir que el ofertante se equivocó al calcular la combinación ganadora de calidad y precio; a juzgar por la reacción del comprador, el producto era, sencillamente, malo. Hubiera podido no serlo: inspirándose en diseños de fuera, como hemos hecho todos, atendiendo cuidadosamente a la calidad de los materiales y a los detalles del proceso de fabricación, hubiera debido salir algo perfectamente potable; tan bueno como la competencia extranjera, y más barato, aunque quizá no tan rentable como lo que había imaginado el fabricante nacional.

Este pensó quizá que una chapuza colaría, si era más barata. Si razonó así, su error es significativo, porque indica que miraba al pasado, no al futuro: el futuro es el mercado europeo; su meta debe ser empezar vendiendo aquí para terminar vendiendo fuera: es lo que nuestros competidores alemanes y daneses han hecho. Es cierto que nuestros ayuntamientos se han comportado como nuevos ricos; pero también lo es que el fabricante no ha sabido estar con el mundo que viene.

La anécdota anterior reproduce, en miniatura, lo ocurrido en muchos casos durante el proceso de reconversión industrial de los ochenta, donde algunos trataban de imponer por la fuerza productos de calidad dudosa a otros que recurrían a toda clase de argucias par comprarlos fuera. Solía ocurrir que los compradores tuvieran razón, porque nuestra industria estaba a menudo muy atrasada; pero una mejor voluntad hubiera podido salvar empresas que se hundieron sin remedio.

Las circunstancias actuales son, desde luego, distintas de las de entonces, pero tienen un punto en común: la situación nos obliga a enfrentarnos otra vez a una profunda transformación de nuestra economía. Esta vez no se trata tanto de pensar en un cambio radical de lo que llamamos nuestro modelo productivo – el qué producimos-como de revisar nuestra forma de operar – el cómo producimos-o más en general, cómo hacemos unos y otros las cosas.

Nuestras empresas han de pensar en producir para el mercado exterior, porque ese es nuestro mercado cuando se trata de comprar; las administraciones han de desarrollar una cooperación inteligente con las empresas, comunicándoles sus planes y dándoles cierta preferencia, a igualdad de calidad, en esos planes. Si nos basamos en estas premisas, todos nuestros sectores tienen futuro; ninguno lo tiene sin ellas.

Alfredo Pastor. Profesor del Iese. Cátedra Iese-Banc Sabadell de Economías Emergentes.

Publicado por Reggio's

26 Junio, 2011, a las 7:08 am

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