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Periodismo de opinión en Reggio’s

Palabras y puños, de Joaquín Leguina en la revista El Siglo de Europa

Quienes pretendan controlar el pasado / al modo de los “comisarios de la memoria” / perderan el futuro.

Santos Julia

Recibo un mail enviado por un viejo amigo en el que me comenta el ultimo libro de Paul Preston, El holocausto español: “En los libros (sobre la guerra civil española) abundan más los que tratan de la barbarie roja, pero los hay también republicanos… En cualquier caso, fueron muchas las personas asesinadas durante la guerra civil sin comerlo ni beberlo: militares, políticos, sindicalistas, curas, obreros, campesinos… Desde luego, el dolor estuvo bien repartido… pues eso -concluye-, mejor no meter la mano en un saco de vergüenza, muerte y mentiras como es nuestra guerra civil”.

La guerra civil española ha producido tanta literatura como la Il Guerra Mundial. Según algunos, fue la última guerra “romántica” (en el sentido de que en ella sólo se luchó en pos de alguna utopía). Para otros fue una guerra de héroes (luchadores por la democracia y la legalidad republicana contra el fascismo) y para sus contrarios fueron héroes los defensores de la religión y de la patria. También hay intérpretes que han sostenido que aquella fue, básicamente, una guerra de clases: la burguesía oligárquica de un lado y la clase obrera del otro.

Tras la muerte de Franco, la necesidad y la virtud de la reconciliación nacional hicieron que la propaganda y el sectarismo dieran paso a los historiadores profesionales a la hora de conocer el pasado y éstos, armados de objetividad y de rigor, han ido realizando -lenta pero firmemente- el desbroce de las ideologías y construyendo unas exposicio nes objetivas que permiten conocer lo que realmente pasó en España antes, durante y después de la tragedia. Y aunque su labor no gusto demasiado a los partidarios de las simplificaciones, en ese proceso clarificador se andaba cuando apareció “la memoria histórica”, término e impulso importados de Francia, que sólo ha servido para introducir confusión en el debate.

“Llegaba un poco tarde a nuestro país esa corriente francesa que Tzvetan Todorov ha calificado como obsesión por un nuevo culto a la memoria” ha escrito Joaquín Estefanía.

Y añadía: “No hay ningún hombre que posea memoria histórica, porque nadie recuerda ni puede recordar lo sucedido fuera del ámbito de su propia existencia. Lo que sí poseemos es memoria de las doctrinas y de las ideologías mamadas”.

En efecto, la ley llamada de Memoría Histórica (consecuencia del descubrimiento de los enterramientos clandestinos de personas asesinadas por los franquistas) y, sobre todo, la entrada en el juego del juez Garzón tratando de abrir una “causa general” contra el franquismo, cuyo resultado final (Garzón está procesado ante el Tribunal Supremo) está por ver, han producido una reapertura, y no sólo de las fosas, también de un debate, superado por los historiadores, donde un puñado de parientes de víctimas (no todos) junto a un grupo del izquierdistas frustrados pretenden ganar la guerra en el campo de la propaganda ¡¡setenta años después de haberla perdido en el campo de batalla!!

Tengo para mí que este proyecto propagandístico tiene vuelo político corto y aún menor en el campo ele la historia. De hecho, este movimiento revisionista ha provocado una avalancha de libros donde los historiadores profesionales aportan verdades como puños. Por ejemplo, el que acaba de editar Tecnos, precisamente con el título Palabras como puños, en el cual un grupo de historiadores, bajo la dirección de Fernando del Rey, hacen repaso a “la intransigencia libertaria”, “los comunistas ante la República”, “los socialistas”, “jacobinos y nacional-populistas”, “Es-querra Republicana”, “conservadores y fascistas”, “El sable y la flor de lis”, “falangistas”, con un capítulo dedicado a los “Discursos irresponsables”… colocando todo ello en el contexto europeo de la época, que jugó un papel mucho mayor de lo que se suele pensar.

El panorama que estos historiadores describen anunciaba ya el enfrentamiento y, aunque la responsabilidad primera y más grave de la tragedia cae sobre quienes se levantaron en armas contra el régimen republicano, ello no exonera de responsabilidad a todos los agentes políticos que hicieron de su actividad un juego peligroso. Por un lado, incendiando iglesias o campos, levantándose en armas ca da lunes y cada martes en pos “del comunismo libertario” o creyéndose los “lenines españoles”, siempre dispuestos a tomar pasado mañana cualquier “palacio de invierno”. Por el otro, los señoritos falangistas predicando el uso de los puños y de las pistolas o una derecha antirrepublicana y clerical con un ojo puesto en la “Acción francesa” y el otro en la Austria de Dollfuss, junto a una Iglesia y un Ejército anclados en sus pasados, el integrista y el africanismo respectivamente.

¿Cómo iba a consolidarse la democracia si la mayor parte de los agentes políticos no creían en ella? ¿Y cómo juzgar hoy aquella España de los años treinta? ¿Desde qué valores?

Tengo para mí que la única posición ideológica y moral para contemplar y juzgar aquel pasado es la del pensamiento y los valores democráticos. Es decir, como ya en aquel tiempo lo contemplaron algunos españoles, a quienes se llamó la tercera España.

Pero no todo el mundo está de acuerdo en esa visión y juicio democráticos, aún existen personas que prefieren mantenerse agarrados a los finitos del ayer. Lo ilustraré con un rjemplo significativo: la crítica que acaban de publicar en República de las Letras -la revista de la Asociación Colegial de Escritores- Julio Rodríguez Puértolas y David Becerra, donde ponen de ropa de pascua la última novela de Antonio Muñoz Molina, La noche de los tiempos.

¿Por qué arremeten contra el libro y contra su autor? Precisamente porque éste, el autor, hace protagonista de su relato a un intelectual (arquitecto) perteneciente a esa tercera España.

Becerra y Rodriguez Puértolas han pergeñado una descalificación implacable de casi 35 páginas donde llaman a Muñoz Molina de todo menos guapo, pero lo más chungo de esta vendetta es que viene avalada por una cita “de autoridad” (sacada no se sabe de dónde) que los críticos atribuyen a Thomas Mann. Hela aquí: “Quien coloca en el mismo plano moral el comunismo y el nazi-fascismo… puede considerarse un demócrata, pero -en verdad y en el fondo de su corazón-es un fascista”.

Ya se sabe que el gran escritor alemán no ha pasado a la Historia por su preclara visión política, pero es que una cita tan injusta y sectaria retrata de cuerpo entero a quienes la resucitan para justificar un arreglo de cuentas (¿personal?) con un escritor compatriota suyo, pues ya se sabe que para los sectarios, en lo tocante a asesinatos políticos, siempre habrá clases. Por un lado, los héroes (aquellos que murieron a manos de los verdugos nazis, fascistas o franquistas). Por otro, los fascistas, los traidores o los sospechosos, es decir, los muertos a manos del comunismo o a causa de la violencia revolucionaria. Estos últimos muertos nunca son inocentes, ni siquiera lo son aquellos bolcheviques de la primera hora que se llevó por delante el padrecito Stalin.

Publicado por Reggio's

18 Abril, 2011, a las 7:03 am

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