Reconocer -o no- la asimetría, de Oriol Pi de Cabanyes en La Vanguardia
Esto no tiene arreglo (ni para Catalunya ni para España) si se nos continúa sometiendo al “café para todos” y se nos continúa aplicando la Lofca. O peor: si se tira adelante otra Loapa, ahora financiera, que escamotee el derecho a gestionar equilibradamente ingresos y gastos. Que por una parte se regatean hasta la asfixia y por la otra se quiere que sean fiscalizados ya desde el proyecto de presupuesto. Esto no tiene arreglo si no se recupera el espíritu contractual que inspiró la Constitución de 1978.
Fue aquella una Constitución supuestamente inclusiva pero que no precisaba a qué sujetos políticos se refiere el término nacionalidad del artículo 2 ni qué lenguas son las otras españolas del artículo 3. Y así va. Sin que se haya podido sustanciar en debida forma la distinción entre nacionalidades y regiones que introdujeron “los constituyentes de 1978″, “unos sabiéndolo, otros queriendo no darse cuenta” (o confiando que la cosa quedaría en nada).
Lo cuenta uno de ellos, Herrero de Miñón, en el prólogo a la reedición de 2002 de la versión catalana de Realidad de Cataluña (1969), el libro con el que Maurici Serrahima se sintió llamado a contestar la Consideración de Cataluña de Julián Marías: se ha ocultado, “en el desarrollo y la práctica de la Constitución, la asimetría plurinacional de España. Las consecuencias han sido, primero, la emuladora generalización del modelo autonómico catalán mediante la convención constitucional que incoaron los primeros pactos autonómicos de 1981 – ¡cuya flor más brillante fue la Loapa!-; después, la carrera permanente para reafirmar la diferencia ante la generalización y ahogar en esta la diferencia”.
Y, sin embargo, los hechos son tozudos. “La especificidad de la plurinacionalidad española es asimétrica”, reconoce Herrero, y “como a tal, exige un trato diferencial entre lo que no es homogéneo, sin que esto signifique que unos sean de mayor calidad que otros”. Serrahima y Marías, que fueron ambos senadores por designación real, coincidían en reconocer el hecho diferencial catalán, aunque no en la calidad de esta diferencia.
Más de treinta años después, la inconcreción y la interpretación restrictiva de la Carta Magna es lo que continúa imponiendo, cuando menos, la indiferencia.
