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Periodismo de opinión en Reggio’s

Repertorio de imprudencias, de Justino Sinova en El Mundo

EL REVÉS DE LA TRAMA

España se encuentra ante una encrucijada que puede fortalecerla o abatirla. Si acierta a plantar cara a la reforma constitucional encubierta que entraña el Estatuto de Cataluña, saldrá fortalecida; si triunfa el cambio subrepticio del sistema construido felizmente en la Transición, entrará en una arriesgada etapa de crisis de identidad. El conflicto creado por el Estatut puede cobrarse una víctima política, Rodríguez Zapatero, y causar inquietud entre los partidos catalanes. Pero todo eso es superable: el presidente del Gobierno es pasajero y será relevado tarde o temprano; el equilibrio de partidos es transitorio y se halla en constante evolución… Lo trágico sería que se llevara por delante al Tribunal Constitucional (TC) y a la propia Constitución. Ese riesgo es el resultado de desaciertos y temeridades bien identificados.

El primer disparate lo cometió el PSC al ponerse al frente de la exigencia identitaria contenida en el Estatut. Este partido no es nacionalista, pero ha trabajado para construir el armazón soberanista del Estatut con el mismo entusiasmo, si no más, que su socio ERC y que los catalanistas de CiU. Su secretario general, el cordobés José Montilla, también presidente de la Generalitat, es el principal responsable de esta deriva, que ha erigido al PSC en la influencia más fuerte, por su vinculación de dominio con el PSOE (que necesita de sus votos), para la pretendida desconexión catalana.

La segunda barbaridad fue obra de Zapatero al prometer que aceptaría todo lo que el Parlament incluyera en el Estatut. El jefe del Gobierno no era quién para avalar la decisión de una autonomía (su poder legal no alcanza a tanto), pero contaba -y de ahí su brindis- con la mayoría de su partido en el Congreso, reforzada por los nacionalistas catalanes. Abierta la barra libre, al Parlament le faltó tiempo para declarar nación a Cataluña, parcelar la soberanía del pueblo español y establecer la bilateralidad de la Generalitat con el Estado, entre otras rupturas constitucionales. La promesa de Zapatero fue una de sus frecuentes frivolidades, pero ésta allanaba el camino al atentado constitucional. A Zapatero no le recordará la Historia por muchos motivos, pero seguro que su imagen estará ligada a este disparate, sobre todo si consuman su propósito quienes se vieron tan extravagantemente invitados a tantearlo.

La tercera imprudencia hay que atribuírsela al Tribunal presidido por María Emilia Casas, que en casi tres años y medio no ha sido capaz de salir en defensa de la Constitución, que es para lo que está. Anulado por un Gobierno de Felipe González el recurso previo, que suspendía la aplicación de la ley recurrida, el Estatut lleva en vigor tanto tiempo como los titubeos, lo cual facilita las presiones sobre el TC. Con su indecisión, se está labrando un desprestigio dramático, pierde autoridad a chorros y genera un grave pesimismo sobre el futuro del orden constitucional.

El PSC no va a rectificar y Zapatero está atrapado por el miedo. Sólo queda confiar en el TC, aunque su parálisis no invite a ello, pues la encrucijada es ciertamente fatal: o impone su autoridad en defensa de la Constitución o la aventura feliz que comenzó en 1978 estará condenada a un punto final próximo.

© Mundinteractivos, S.A.

Publicado por Reggio's

27 Noviembre, 2009, a las 8:10 am

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