Se acabó el carpe diem, de Salvador Cardús i Ros en La Vanguardia
Los datos recientes indican un incremento en las cifras de matriculación en el sistema educativo, particularmente en las ofertas de formación profesional. Y esto sugiere que la crisis económica está produciendo efectos positivos en la revalorización de la educación. Personalmente estoy convencido de ello y desde mediados del curso pasado, a partir de ciertos cambios de actitud observados en los estudiantes, sostengo que esta mejora se va a notar en todos los niveles y muy particularmente en el universitario. Así, este año espero un cambio muy positivo en relación con la dedicación al estudio, que se va a traducir, entre otras cosas, en una importante reducción del absentismo en las aulas y en unos resultados académicos notablemente superiores. Si no falla mi intuición y se confirman tales expectativas, y si podemos vincular tal cambio de actitud a la crisis económica, se demostrará algo que llevo tiempo apuntando sin mucho éxito: que el problema que arrastrábamos en los últimos años no era el de una supuesta crisis de valores y, particularmente, de la cultura del esfuerzo. Lo que ocurría es que ni el sistema productivo ni la escuela estaban recompensando el tan invocado esfuerzo educativo. Y es que el esfuerzo no funciona como un valor en sí mismo, sino que sólo vale en relación con los resultados que ofrece. Y ahora se intuye, con razón, que la formación finalmente va a desempeñar un papel importante en la competitividad laboral, tanto por la escasez de empleo prevista en un plazo largo como por el esperado cambio del modelo productivo.
Los datos ya apuntaban a esta realidad: allí donde era más fácil obtener empleos con escasa o nula formación y con sueldos más que aceptables, aunque fuera a base de largas jornadas, las cifras de fracaso y abandono escolar eran significativamente superiores. El caso de Baleares era clamoroso. De manera que, simplificando, podría decirse que el abandono de los estudios y la “crisis de la cultura del esfuerzo” no eran tanto la consecuencia de un fracaso del sistema educativo, como de las condiciones ofrecidas por un modelo productivo que fiaba su crecimiento en los puestos de trabajo no especializados y que sacaba a los jóvenes de las aulas. Eso no lo explica todo, por supuesto. Pero sí retorna las cosas a su sitio: en una sociedad compleja como la nuestra, es absurdo pensar que los resultados escolares y académicos sólo dependen del propio sistema educativo, de sus sistemas de organización o de sus profesores. Ni sólo depende de él, ni principalmente, me atrevería a añadir. Las expectativas transmitidas por las familias a sus hijos son fundamentales. Pero también la historia remota y reciente, las condiciones sociales del entorno y, por encima de todo, las características del propio mercado de trabajo, que indica al ciudadano, de manera objetiva, lo que realmente vale y lo que no. ¿Tienen idea de cuál es el esfuerzo que se exige en tiempo y dificultad de formación a alguien que aspire al máximo nivel académico para dedicarse, por ejemplo, a la investigación en relación con el nivel de remuneración y estabilidad que va a conseguir? Lo que sorprende es que aún existan héroes vocacionales dispuestos a tales objetivos.
Es cierto que, en muchos casos, la ideología hegemónica en nuestro sistema educativo ha condenado todo tipo de competitividad, minusvalorando los efectos de una actitud esforzada, no premiándola o incluso censurándola. Quizás se trate de la permanencia, más o menos inconsciente, de aquellos principios de la escuela de Summerhill, uno de los cuales aseguraba que el éxito no estaba en los resultados académicos, sino en la definición que de él propusieran los propios alumnos… Medidas como las propuestas por el Departament d´Educació premiando los expedientes con nota media superior a 8 con becas para seguir estudiando están en la buena línea, y esta “cultura del esfuerzo” ahora tan demandada por los docentes debería ser transmitida no como valor abstracto, sino como regla de juego del sistema educativo en particular.
Sería ingenuo, es cierto, pedir que el esfuerzo que no hace el estudiante lo ponga el empleador cuando, por lo menos hasta ahora, ha tenido oportunidad de hacer prosperar su negocio con mano de obra barata y sin formación. ¿Por dónde puede romperse el círculo vicioso? Pues añadiendo a nuestras decisiones una dimensión estratégica que obligue a un cálculo a medio y largo plazo. Esto es lo que en general ha faltado en nuestro sistema productivo, atrapado en los resultados inmediatos y ahora sumido en una grave crisis por esa misma razón. Pero también ha sido el problema de las elecciones educativas que tomaban nuestras familias. Y, por supuesto, ha sido la gran tentación de nuestros estudiantes, que a menudo anteponían un trabajo precario sin interés ni perspectiva -pero que aseguraba unas buenas vacaciones- a la asistencia al aula y, por tanto, a la calidad de su futura formación.
Ahora las cosas están cambiando rápidamente. El principal beneficio de la crisis actual está en el hecho de que obliga a pensar de nuevo en un futuro a largo plazo. Se acabó el carpe diem y volveremos a vivir preocupados por el día de mañana. Virtuosos a la fuerza, los “valores” de la mayoría son los que impone cada sociedad. No hay mal que por bien no venga.
