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Periodismo de opinión en Reggio’s

Sólo un respiro, de Alfredo Pastor en Dinero de La Vanguardia

Lo más probable es que la cumbre del pasado viernes no haya servido más que para anunciar el inicio de un camino tortuoso, lleno de incertidumbres y de dudosa eficacia para enderezar la situación de la eurozona: digan lo que digan, la modificación de los tratados será un asunto lento, lleno de dificultades y de final imprevisible. Por otra parte, sin embargo, la cumbre seguramente servirá para otorgar mayor cobertura a una actuación más decidida por parte del BCE, que es, en este momento, lo que se necesita. Un respiro necesario, pues, pero sólo eso.

Quedamos, así, enfrentados a dos enfermedades endémicas de nuestra economía: no somos capaces de dar un empleo decente a todo el mundo, y tendemos a gastar, en conjunto, más de lo que producimos. Aunque ambas dolencias tienen una cura común (el crecimiento), las recetas que se nos ofrecen son en apariencia contradictorias, porque no podemos emplear para crecer los recursos que devolvemos, y sin crecer no podemos ni crear empleo ni devolver. Sin embargo, bajo una apariencia absurda, la situación tiene una secuencia lógica: sólo resolveremos de verdad el segundo problema (el de la balanza exterior) cuando resolvamos el primero (el pleno empleo), y eso llevará tiempo; pero para que nuestros acreedores nos otorguen ese tiempo hemos de dar muestras de estar decididos a gastar menos de lo que ganamos; en particular, ha de darlas el Gobierno: de ahí la exigencia de recortes. No nos quejemos demasiado: al contrario de lo que ocurre en China, España tiene una tendencia secular a gastar más de lo que produce; y admitiremos -aunque sólo sea en la intimidad- que una parte de los fondos que nos han venido prestando estos últimos años se han gastado sin ton ni son. No nos extrañemos de que nuestros acreedores quieran asegurarse de que estamos en el buen camino.

A corto plazo, resolver el primer problema nos garantiza la permanencia en el euro, y esta es una oportunidad que hemos de aprovechar. No hemos de olvidar que, desde el día en que empezamos a recibir aquellos fondos de cohesión arrancados a nuestros socios en Maastricht, dejamos de sentarnos como iguales a la mesa de la Unión: uno no puede pretender ser igual que quien paga la cuenta. Agotados esos fondos, si vamos enderezando nuestras cuentas de modo que dejemos de ser un problema para formar parte de la solución, no nos hará falta sacar pecho para que podamos ocupar el lugar que nos corresponde. Nuestras autoridades del momento han afirmado su voluntad de permanencia en el proyecto: “Estaremos en primera fila” de la futura Europa, han dicho, mientras se daban la mano. El tiempo verbal empleado en esa manifestación es desafortunado: el “estaremos” tiene un retintín de exigencia que está completamente fuera de lugar: si hubo un tiempo en que los tercios de Flandes -aunque pagados con el dinero de los demás- servían de acreditación, hoy sólo el saldo de la cuenta bancaria desempeña esa función, y el nuestro sigue siendo negativo: “Queremos estar” hubiera sido preferible. Me parece que, dentro de la Unión Europea, no acabamos de encontrar el tono justo -en una conversación, el tono es a veces tan importante como el contenido-, y vamos de lo pomposo a lo abyecto sin dar con el justo medio.

También hemos de dar muestras de estar en camino de resolver el primer problema: nuestra economía ha de ser lo bastante productiva para dar un trabajo a todo el mundo: nuestros socios de hoy no admitirán un país con un paro anormalmente alto; y ese trabajo ha de ser lo bastante productivo como para dar un salario que no se aleje mucho de la media europea. No habrá unión fiscal con pobres de solemnidad; no hará falta que seamos tan ricos como los más ricos, pero hemos de gozar de una posición desahogada, que no requiera ayudas más que en casos de catástrofes naturales. Podemos ser menos ricos que otros, pero no queramos ser los sempiternos pedigüeños, porque la experiencia del Mezzogiorno italiano no se repetirá.

¿Una Europa generosa?

Nuestra presencia en Europa -en la fila que sea, pero como socios de cuota- hace mucha falta, porque el discurso oficial de la Unión, que a nosotros nos viene muy bien porque nos impone una disciplina necesaria, ha de ser completado con otras voces: la de Helmut Schmidt, que se hizo oír hace una semana, venía de una época en que Alemania, como parte de Europa, supo abordar situaciones mucho más peligrosas y resolver problemas mucho más difíciles que los que hoy se presentan. Nos recordaba que Europa se construyó con generosidad y fue administrada durante un tiempo con desinterés, y hay que reconocer que ambos ingredientes han brillado por su ausencia en la resolución de la crisis actual. Hay que lamentarlo, porque la crisis no está resuelta, ni lo estará mientras no se aborden dos asuntos aún pendientes. El primero es el de los desequilibrios comerciales. Situaciones como la actual siempre han acabado mal en el pasado, y, por no tener una solución satisfactoria para todos, da pereza sacarlas a colación; pero el tiempo no las resolverá por las buenas.

El segundo es la reforma de las finanzas: la crisis actual se ha propagado, como todas, a través del sistema financiero; pero si está durando tanto, y si es tan profunda, es porque se ha procurado salvar la integridad de las entidades bancarias antes que nada, sobre todo en EE. UU., pero también en Europa. El sometimiento del poder militar al civil es uno de los grandes éxitos de las democracias occidentales, pero el trabajo no ha terminado: se trata ahora de someter el poder económico, y en especial el financiero, al poder civil. Como decía alguien, los impulsos económicos son buenos criados, pero malos dueños.

Alfredo Pastor. Profesor del Iese. Cátedra Iese-Banc Sabadell de Economías Emergentes.

Publicado por Reggio's

11 Diciembre, 2011, a las 7:10 am

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