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África bajo la lupa: el Congo, de Alberto Piris en República de las ideas

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Se acaba de celebrar el cincuentenario de la independencia de la República Democrática del Congo, que el 30 de junio de 1960 rompió oficialmente las ataduras coloniales que durante varios decenios la habían sujetado al reino de Bélgica.

Ahora que por motivos futbolísticos África vuelve a ocupar amplios espacios en los medios informativos, no está de más recordar algunas épocas pasadas que han contribuido a que este continente sea lo que conocemos hoy. También los diarios europeos y estadounidenses de finales del siglo XIX se refirieron extensamente a nuestro vecino continente, desde que empezaron a observar y comentar el desvergonzado reparto de los pueblos y territorios africanos entre las potencias coloniales europeas, tras la firma del Tratado de Berlín en febrero de 1885.

Para valorar la amplitud del expolio que el tratado autorizó, basta saber que a esta rebatiña internacional solo sobrevivieron dos Estados independientes: Liberia y Etiopía. El primero, por ser una creación artificial de EEUU, para instalar allí a los esclavos negros liberados; el segundo, a causa de su antiquísima historia y su estrecha vinculación con el cristianismo naciente, aunque esto no le evitó tener que soportar años después la ocupación militar de la Italia musoliniana.

Bajo el pretexto de llevar el progreso y la civilización a unos pueblos que vivían en el atraso cultural y el paganismo religioso, apenas se escondía el verdadero motivo, que no era otro que el de explotar los enormes recursos africanos, establecer puertos y bases navales para los ejércitos y escuadras coloniales y alcanzar o mantener situaciones de privilegio en el concierto de las naciones. Del mismo modo que, tras la 2ª Guerra Mundial, los Estados poseedores de armas nucleares configuraron una élite que se esforzó en modelar a su arbitrio las relaciones internacionales, en las postrimerías del siglo XIX solo se consideraban grandes potencias las que poseían y explotaban colonias y territorios esparcidos por todo el planeta.

Pero el caso de África es especial y el del Congo sobresale por sus llamativas características de crueldad, codicia e hipocresía. A causa de estas nefastas cualidades, el actual rey Alberto II de Bélgica ha tenido que guardar un discreto silencio durante la celebración del cincuentenario, quizá para olvidar las palabras de su hermano, el rey Balduino, hace 50 años, que lejos de cualquier ironía, y entre otras lindezas, declamó así: “La independencia del Congo es la cúspide del trabajo concebido por el genio del rey Leopoldo II con firme valor, y continuado por Bélgica con perseverancia”.

A lo que respondió el recién elegido presidente del Gobierno, Patrice Lumumba: “…hemos conocido ironías, insultos y golpes que hemos debido sufrir, mañana, tarde y noche, porque éramos negros. Hemos visto nuestras tierras explotadas al amparo de leyes que solo reconocían los derechos de los más fuertes. Leyes distintas para los negros y para los blancos. Hemos conocido los atroces sufrimientos de los encarcelados por sus opiniones políticas o religiosas y de los exiliados en el propio país. Su destino era peor que la muerte. ¿Quién olvidará los disparos que mataron a tantos de nuestros hermanos o las mazmorras a las que fueron arrojados los que no quisieron someterse al régimen utilizado por los colonizadores para dominarnos?”.

Lumumba fue poco después asesinado con la complicidad de algunas potencias occidentales, pero el efecto de aquel discurso llega hasta hoy. En 1960 Balduino tuvo que abandonar apresuradamente la capital congoleña, abreviando la tensa ceremonia de la independencia, y el país inició una terrible trayectoria de guerras, violencia y muerte de la que apenas hoy empieza a recuperarse.

Pero la Historia ha condenado ya a Leopoldo II, durante cuyo reinado en el llamado Estado Libre del Congo -entonces posesión personal del rey- fue exterminada casi la mitad de la población. El incansable escritor y periodista Mark Twain publicaba en 1905 un artículo titulado: “¿Debería el rey Leopoldo ser colgado?”. Y en otro comentario de la misma época no dudó en calificarle de “asesino de quince millones”. Estudios posteriores han mostrado que entre 8 y 10 millones de congoleños murieron bajo la brutal dominación del monarca belga. A su lado, Hitler y Stalin apenas serían unos principiantes.

Los nativos del Protectorado español en Marruecos tenían su peculiar visión de las consecuencias del reparto europeo de África: “Inglaterra pega y paga. Francia pega, pero no paga. España ni pega, ni paga”. Era una irónica comparación de las actividades militares y económicas de tres países colonizadores del continente africano y sirvió para indignar y excitar a quienes en España eran partidarios de la mano dura en Marruecos.

A la luz de lo que la Historia ha desvelado sobre la colonización belga del pueblo congoleño, habría que añadir otra línea: “Bélgica no paga, pero mata”. Aunque el asesino más notorio no era propiamente Bélgica, sino un individuo llamado Leopoldo II, “rey de los belgas”, por otro nombre Louis Philippe Marie Victor de Sajonia-Coburgo.

Nota biográfica

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Julio 2nd, 2010 at 8:09 am

Guerra y paz para “populares”, de Alberto Piris en Rebelión

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Ceipaz

Produce bastante cansancio la frecuencia con la que determinados políticos del Partido Popular, que se tienen a sí mismos por especialistas en defensa o en política internacional, en su constante esfuerzo de acoso y hostigamiento al Gobierno, le exigen a éste que defina en sede parlamentaria si las tropas españolas desplegadas en Afganistán se hallan o no en una situación de guerra.

Deben creer, se supone, que una vez conocida la respuesta todo se aclarará y quedarán desveladas las incógnitas e incertidumbres que el conflicto afgano presenta a todos los Gobiernos de los países que contribuyen al esfuerzo bélico dirigido por EEUU y la OTAN. Podría recordárseles, además, que en este caso ni el Presidente del Gobierno español ni el partido en el poder son responsables del caos que en los últimos años han causado las intervenciones militares de Occidente en el Oriente Medio, caos que ahora parece extenderse también a Yemen.

A esos autoproclamados expertos bélicos habría que sugerirles que los conceptos que han leído en los viejos textos de estrategia o de historia de las guerras se han modificado sustancialmente. Y que a la confusión en la que parecen encontrarse contribuye en mucho el hecho de que se viene dando un equívoco sentido a la palabra “guerra” en acepciones hoy usuales, como guerra contra el narcotráfico, guerra contra la Mafia, contra el crimen organizado o, Bush dixit, guerra contra el terror.

Soy consciente de que los simples comentarios de un columnista, aunque sea un veterano observador de la realidad política internacional como el que firma estas líneas, no harán mella alguna en la tenaz cerrazón de quienes no desean reflexionar sobre conceptos tan importantes. El Parlamento español ha perdido la oportunidad de abrir un debate sobre éstos, a propósito precisamente de la participación militar y de cooperación española en Afganistán. Dada la perpetua pugna electoralista, que es casi el único motor que suscita la esgrima dialéctica entre nuestros parlamentarios, las esperanzas de alcanzar algunas conclusiones inteligentes no parecen muchas.

Por eso voy a reproducir un extenso párrafo de un prestigioso historiador, que me supera en conocimientos y en veteranía, el británico Eric Hobsbawm. Se refiere en él a la distinta actividad teórica de soldados y policías, aquéllos para ganar la guerra y éstos para restablecer el imperio de la Ley, lo que tiene una connotación moral de la que carece la guerra, aunque esta distinción es difícil de llevar a la práctica: “…el homicidio que un soldado comete en acto de servicio no es delito.

Pero, ¿y si un miembro del IRA se ve a sí mismo como un soldado, a pesar de ser, según las leyes del Reino Unido, un asesino? ¿Eran las operaciones en Irlanda del Norte una guerra tal y como sostenía el IRA, o un intento por mantener el orden frente a un grupo de malhechores en una provincia del Reino Unido? A la vista de que, durante más de treinta años, la movilización contra el IRA no afectó únicamente a un contingente policial numeroso sino también al ejército, podemos concluir que sí fue una guerra, aunque siguió un plan sistemático, como si de una operación policial se tratara, para minimizar el número de bajas y no perturbar el día a día de la provincia. Al final, se alcanzó una solución negociada que, como es habitual, no ha traído consigo de momento la paz; tan solo la ausencia de enfrentamientos. Así de complejas son las relaciones entre guerra y paz al comienzo de este nuevo siglo”.

¿Cabe imaginar a nuestros parlamentarios de las comisiones de Defensa y de Asuntos Exteriores, dejando por un momento de lado el habitual y estéril enfrentamiento partidista y discutiendo razonadamente sobre un texto tan claro y enjundioso como el que arriba se reproduce?

La plantilla esbozada por la argumentación del profesor británico puede servir para razonar, sea sobre la lucha contra ETA, sea sobre la situación actual en Afganistán, Iraq, Colombia, Israel, etc. Allí donde las armas sigan matando, donde la injusticia siga provocando desigualdades y odios, donde la explotación de unos pueblos por otros o de unas clases sociales por otras siga siendo un fermento de inestabilidad y violencia.

Hoy el Parlamento quiere discutir sobre Afganistán; mañana, quizá sobre Yemen… y en esas discusiones superficiales, que pueden ser votos para mañana pero fracasos para pasado mañana, se van despilfarrando las oportunidades de encontrar soluciones a los verdaderos problemas de fondo, los que agobiarán a nuestros hijos y nietos, como acabamos de contemplar, avergonzados, en la opereta que ha tenido lugar recientemente en Copenhague.

Alberto Piris es General de Artillería en la Reserva.

Fuente: http://www.ceipaz.org/images/contenido/Piris,%206enero2010.pdf

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Enero 11th, 2010 at 8:05 am

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La crisis Haidar: gana Rabat, de Alberto Piris en Estrella Digital

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Si hubiera que desentrañar los motivos que movieron a los Gobiernos de Francia y EEUU (que junto con España gestionaron el acuerdo con Marruecos, para que Aminatu Haidar pudiera regresar a su patria), bastaría con averiguar cómo considera cada uno de ellos que el Magreb podrá enfrentarse en mejores condiciones a la creciente marea del terrorismo islámico: ¿en la inestable situación actual?, ¿con un Sahara Occidental independiente?, ¿o incorporado definitivamente a Marruecos?

Ésa ha sido precisamente la baza que ha jugado el Rey Mohamed, ganando en último término la partida. Gracias a su supuesta y muy valorada cualidad de bastión irreducible frente al terrorismo vinculado a Al Qaeda -como el que en Mauritania ha secuestrado a tres cooperantes catalanes-, se viene transigiendo con la prolongada ocupación ilegal y violenta del Sahara Occidental por el Gobierno de Rabat y la represión que sufren sus ciudadanos, con la obstrucción sistemática de las resoluciones de Naciones Unidas que tienden a encontrar una solución definitiva al conflicto y con la violación de los derechos humanos de la población marroquí, apenas oculta tras un frustrado intento de lavar la imagen de la medieval monarquía que rige el país.

Seamos realistas: ni España, que arrastra la responsabilidad histórica del abandono en que dejó sumido al pueblo saharaui; ni Francia, cuya sombra sigue proyectándose sobre el norte de África; ni EEUU, cuyas perspectivas son más amplias y mayor su escala de preocupaciones, manifiestan una inquietud suficiente por la suerte del pueblo saharaui como para permitirles forzar una solución justa a este viejo y enconado problema. El temor a una propagación del integrismo islámico de base terrorista por la orilla meridional del Mediterráneo, que permitiera a Al Qaeda hacer ondear sus banderas simbólicas desde Indonesia al Atlántico, es superior a cualquier otra consideración de orden legal o moral o simplemente de justicia internacional. No se puede negar que se trata de una percepción justificable, dada la situación creada por la paranoia de Bush que, echando gasolina sobre el fuego por él encendido, tanto ha excitado en todo el mundo la violenta rebelión de los extremismos más fanáticos entre los seguidores de la religión de Mahoma.

De momento, pues, gana Rabat. Los tres comunicados oficiales, emitidos por Francia, EEUU y España, a exigencia de Marruecos como condición para formalizar el acuerdo, suponen para el monarca marroquí un nuevo espaldarazo a sus reivindicaciones. Aunque alguien opine que el texto formulado por España sólo tenía como objetivo dar una salida a la “crisis Haidar”, el reconocimiento oficial -llámese constatación o como se prefiera- de que “la ley marroquí se aplica en el territorio del Sahara Occidental”, permite al Rey Mohamed dar un paso más en sus designios de englobar al Sahara Occidental en su reino. Constatar algo básicamente ilegal, sin manifestar inmediatamente el rechazo a lo constatado, es aprobarlo tácitamente. Eso ha hecho España, y justo es admitir que el pueblo saharaui tiene derecho a sentirse de nuevo traicionado por la que fue potencia colonizadora.

Al lado de esto, las alabanzas a la monarquía alauí vertidas en dicho texto (donde se alude al “compromiso [del monarca marroquí] con la democracia y la consolidación del Estado de Derecho”) no pasan de ser una muestra más de lo que hay que aceptar cuando no se es ni se ejerce de superpotencia mundial. Digamos, en honor a la verdad, que el texto francés tampoco le va mucho a la zaga en lo relativo al “espíritu de apertura y generosidad” del monarca. El documento de EEUU, por su parte, sin escatimar las usuales alabanzas, “subraya la urgencia de encontrar una solución definitiva al conflicto” dentro del ámbito de Naciones Unidas, apuntando hacia un referéndum del que estamos casi seguros que nunca tendrá lugar sino en los exactos términos (censo electoral y otras condiciones) que acepte Rabat, y eso, para ganarlo.

En este mar de turbias aguas resalta, obligadamente, el valor personal y la entrega de quien, arriesgando la vida, se erigió en portavoz de su pueblo y consiguió que el enquistado conflicto del Sahara Occidental saltara a todos los medios de comunicación y fuera de nuevo recordado por la opinión pública. Está por ver, no obstante, el efecto que pueda alcanzarse a corto plazo en la promoción de la causa saharaui, ya que de sobra es conocido el peso de las poderosas “razones de Estado” que rigen los destinos de la humanidad, y la “constatación” -esta vez sí- de que ningún parecido existe entre la India que Gandhi movilizó y liberó mediante la acción no violenta y el Sahara Occidental, donde el ánimo firme y templado de una mujer ha vuelto a llenar de esperanza los corazones de muchos saharauis.

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Diciembre 22nd, 2009 at 8:03 am

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Resolviendo el ‘caso Haidar’, de Alberto Piris en Estrella Digital

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Un viejo compañero de profesión, ya hace tiempo retirado pero curtido en algunas batallas de los servicios secretos, unas ganadas y otras perdidas, y en algunas acciones clandestinas, dentro y fuera de las fronteras españolas, al servicio del Estado que desapareció con la Constitución de 1978, me exponía el otro día el modo definitivo de resolver el espinoso problema causado por la presencia en el aeropuerto de Lanzarote de la activista saharaui Aminatu Haidar.

Allí donde la diplomacia española parece estar fracasando, así como los intentos de Washington y de la ONU para convencer al déspota monarca marroquí de que ceda siquiera unos milímetros en su intransigencia, el plan de acción de mi antiguo compañero de armas produciría, según él, un resultado eficaz y contundente, que modificaría la situación de modo radical.

Para ello bastaría con depositar a Haidar en El Aaiún, por supuesto de modo ilegal. Tras recordarme, con entusiasmo y profusión de detalles, varias operaciones realizadas en el pasado por otros servicios secretos, sobre todo israelíes pero también de EEUU y Francia, relacionadas con el secuestro de personas o con el rescate de rehenes, el castigo a traidores o la neutralización de personajes incómodos, la infiltración en bandas terroristas y otras aventuras propias de una novela de Le Carré, me describió su plan. Consistiría, sencillamente, en que, una vez obtenido el libre acuerdo de Haidar -que él daba por sentado-, se organizaría una operación de cobertura en el mismo aeropuerto, haciendo creer a todos los seguidores de su causa allí presentes que Aminatu estaría recluida unas horas en su habitáculo, sin dejarse ver, viva pero en estado de preocupante gravedad, lo que aconsejaba interrumpir temporalmente las visitas.

Mientras tanto, aprovechando las horas nocturnas o mediante alguna operación de diversión (que podría consistir en la concentración de todos los presentes en otro local, para ser informados de ciertas novedades urgentes del máximo interés), sería transportada a un helicóptero contratado al efecto, que en vuelo rasante, para evitar ser detectado por los radares del tráfico aéreo, recorrería en poco tiempo los 200 km que separan El Aaiún del aeropuerto lanzaroteño. En un lugar determinado de antemano y próximo a la capital saharaui, que ofreciera garantías de seguridad, tomaría tierra el aparato y sus viajeros se pondrían en contacto con otros colaboradores saharauis de la operación, que tendrían organizado el traslado a su domicilio. Allí, al día siguiente, haría Aminatu Haidar su aparición oficial, habiendo puesto previamente sobre aviso al mayor número posible de medios de comunicación internacionales, para aumentar el efecto de resonancia pública de su regreso al hogar, tras la odisea padecida.

Como suele suceder en casi todos los servicios secretos, quienes en ellos trabajan se dividen, grosso modo, en dos tipos: los operativos y los intelectuales. Raras veces coinciden en una sola persona las cualidades de ambas categorías. Por eso, a mi amigo, cuya adscripción al primer grupo ha sido indiscutible desde que empezó a moverse en las sombras del Estado, no le preocupaban las cuestiones de fondo. Como viejo militar, sigue sintiendo la vergüenza del abandono en que España dejó sumido al pueblo saharaui a partir de 1975, y eso le impulsa a apoyar sus reivindicaciones. Por otra parte, apenas le molesta el proceder autocrático del medieval monarca marroquí, ni las violaciones de los derechos humanos tan frecuentes en el vecino país (”cada pueblo tiene los gobernantes que se merece”, es su principal receta política, que no requiere muchas aclaraciones) y tampoco se pierde en disquisiciones jurídicas, legales o diplomáticas sobre lo que puede o no puede hacerse en las relaciones internacionales. Aplica la fórmula que oyó a un conocido general español que ostentó en el pasado altas responsabilidades en la seguridad del Estado, al referirse a la lucha antiterrorista: “Hay cosas que no se deben hacer. Si se hacen, no se deben decir. Y si se dicen, hay que negarlas”.

Intenté hacerle ver, con poco éxito, que la operatividad debe estar subordinada a los objetivos políticos para que sea verdaderamente eficaz. Saltó con un exabrupto: “¡Ya estamos otra vez con la política! Lo que hay que hacer, se hace, sin más contemplaciones”. Intenté explicarle la complejidad del asunto: la situación geoestratégica de Marruecos respecto a España, como vía de inmigración ilegal y objetivo del terrorismo islamista, pero también competidor comercial, entre otras cosas. Le recordé la exclusiva responsabilidad del Gobierno de Rabat en el conflicto, por mucho que la mayoría de la población marroquí, sólo informada por una prensa controlada, respalde a su monarca y sufra un acceso de patrioterismo excitado por sus gobernantes. No pareció convencido.

Al despedirnos, le dije: “Amigo, en tiempos de Franco se hacía lo que él o sus generales decidían. Si salía mal, nadie protestaba. Sólo por la BBC o Radio París podías enterarte de lo ocurrido. Ahora las cosas son más complejas y es precisamente la acción política, que tanto detestas, la única que puede dar soluciones a problemas tan enmarañados como éste. Deja actuar a la política y, si el resultado no te gusta, la próxima vez vota a otros”. Se alejó refunfuñando.

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Diciembre 15th, 2009 at 8:03 am

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El último patinazo de Obama, de Alberto Piris en Estrella Digital

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Resultó sorprendente -y no sólo en EEUU- observar en los informativos televisados cómo, en su reciente visita a varios países asiáticos, el presidente Obama efectuaba una solemne reverencia ante el emperador del Japón. Como no es creíble que viese en él al “enviado del Cielo” (según la antigua tradición del culto imperial japonés) y que eso le incitase a doblar la cintura y bajar la vista al suelo, hay que pensar que alguien de su séquito le informó exageradamente sobre el respeto que convenía mostrar ante quien ahora sólo es un simple símbolo constitucional de la nación japonesa. Recordemos, sin embargo, que Obama nunca ha dado tales muestras de respeto ante otros presidentes o jefes de Estado que ha visitado y que también son símbolos de su respectiva soberanía nacional.

Para algunos críticos de la política de Obama en Afganistán, el discurso con el que, por fin, el presidente definió el pasado martes la estrategia a seguir desde ahora en ese afligido país, ha sido otra señal de respeto y reverencia, pero esta vez ante la institución militar estadounidense y sus mandos superiores.

No se trata sólo de que para tan importante y esperada alocución al pueblo de EEUU Obama eligiese como escenario, en vez del Despacho Oval, la Academia Militar de West Point y como público selecto a los cadetes que serán los MacArthur o los McChrystal del mañana. El peor y más ominoso antecedente de este hecho es que también en el mismo escenario, y ante una audiencia similar, su predecesor en la Casa Blanca expuso hace siete años la alucinante estrategia de la “guerra preventiva” que tanta sangre ha hecho correr en el mundo y que tan desastrosa se ha mostrado en cuanto a sus resultados. Digamos, en descargo de Bush y en contra de Obama, que el primero pronunció su discurso en la ceremonia de graduación militar de los nuevos oficiales, como es habitual en West Point, y Obama lo ha hecho sin ningún motivo especial, lo que resulta aún más sorprendente.

No vamos a criticar aquí, una vez más, el grave error estratégico que supone pretender ganar una guerra y, por otra parte, establecer anticipadamente los plazos de tiempo en que las tropas victoriosas volverán a casa. No se puede satisfacer a la vez los anhelos de la población, cansada de una guerra interminable que padecen, sobre todo, los más bajos estratos sociales, y los de unos mandos militares que desean alcanzar todos los signos de la victoria y ninguno de la derrota, como aquella vergonzosa retirada de Saigón que todavía vive en la mente de muchos estadounidenses. Se deduce de esto que la fecha de julio del 2011 es un simple brindis al sol y que la retirada de las tropas de ocupación (también llamadas de reconstrucción, de democratización o de seguridad, a gusto de cada opinante) tendrá lugar, simplemente, cuando se pueda. Lo mismo que el cierre de Guantánamo, anunciado para fines de este año e imposible de cumplir.

El resultado es que en los próximos seis meses 30.000 nuevos soldados estadounidenses llegarán a Afganistán, con lo que en menos de dos años el contingente militar de EEUU se habrá triplicado, alcanzado unos 100.000 efectivos. Si a esto se suman los 38.000 de la OTAN (a incrementar en unos 7.000), el despliegue militar en Afganistán superará al de la URSS en los años ochenta, que tanto contribuyó a la descomposición final de la superpotencia soviética. ¿Logrará Obama lo que no pudo obtener el Kremlin soviético?

Pero ahora existe otro problema. En el citado discurso Obama dijo literalmente (traducción de la Embajada en Madrid): “Como Comandante en Jefe, he decidido que es vital para nuestros intereses nacionales el envío de 30.000 soldados estadounidenses adicionales a Afganistán. Después de 18 meses, nuestras tropas empezarán a regresar a casa. Éstos son los recursos que necesitamos para retomar la iniciativa, a la vez que ampliamos la capacidad de Afganistán para poder permitir una transición responsable de nuestras tropas y salir de Afganistán”. ¿Qué es y en qué términos se define una “transición responsable”? ¿Cuándo estarán las fuerzas armadas y de seguridad de Afganistán en estado operativo para sustituir a las tropas extranjeras de ocupación? Eso no depende de la Casa Blanca ni de la OTAN. La incertidumbre es la misma que existía antes del discurso porque siguen sin definirse con claridad los objetivos concretos de esta guerra.

Obama explicó: “Tomo esta decisión porque estoy convencido de que nuestra seguridad está en juego en Afganistán y Pakistán. Ése es el epicentro del extremismo violento practicado por Al Qaeda”. Prefirió no recordar que su antecesor en la Casa Blanca fue el verdadero catalizador de la propagación del terrorismo en esos y otros países, con su aberrante “guerra preventiva contra el terror”. Por cierto, en el citado discurso olvidó mencionar a Madrid como víctima de Al Qaeda, aunque sí recordó los atentados de Londres, Amán y Bali.

Digamos, aun a riesgo de simplificar, que todo parece indicar que Obama se quita de encima el peso directo de Afganistán, poniéndolo sobre los hombros del Pentágono y la OTAN, para dedicarse a otras preocupaciones más inmediatas y rentables políticamente. Un paso más en la acostumbrada militarización de la política exterior de EEUU, que Obama no parece decidido a modificar.

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Diciembre 8th, 2009 at 8:00 am

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La farsa hondureña, de Alberto Piris en Estrella Digital

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Al fin, el golpismo ha vuelto a ganar, como tantas veces lo hizo antes en muchos países al sur del Río Grande, el mismo río que los mexicanos vecinos de su orilla derecha llaman Río Bravo del Norte. Sea cual sea el resultado definitivo de las elecciones celebradas en Honduras el pasado domingo y sea cual sea el índice de participación, el solo hecho de celebrarlas bajo la benévola mirada de algunos países complacientes constituye el último clavo que cierra el ataúd de la que fue posible democracia hondureña.

Esta valoración no resulta modificada por la opinión oficial del Gobierno de EEUU de aceptar el resultado de esos comicios si se celebran con “libertad y limpieza”, opinión que comparten algunos otros países americanos como Colombia, Panamá y Costa Rica -cuyo presidente ha sido el principal mediador entre las partes enfrentadas-, pero que rechazan de plano un gran número de Estados. En América, Argentina y Brasil han manifestado ya que no reconocerán el resultado de las elecciones, y la Organización de Estados Americanos ha rehusado enviar observadores al proceso electoral. Tampoco la ONU lo ha respaldado, como no podía por menos de suceder, aunque nada indica que siga firme en su propósito de aquí a algunos meses si, como lamentablemente parece probable, la farsa hondureña alcanza el objetivo que habían previsto los golpistas del 28 de junio.

La Unión Europea no aprueba estas elecciones, aunque unos europarlamentarios españoles del Grupo Popular viajaron a Honduras a título privado. Sorprende que alguien pueda pensar que se dan las condiciones necesarias para unas elecciones “libres y limpias”, cuando el anterior presidente, democráticamente elegido, fue depuesto por la fuerza de las armas y permanece refugiado en la Embajada brasileña en Tegucigalpa desde finales del pasado mes de junio, configurando de este modo una esperpéntica situación legal y política que impide considerar siquiera normal cualquier tipo de elección celebrada en tan anómalas circunstancias.

Un diputado del Congreso Nacional hondureño declaró a la prensa chilena lo siguiente: “La pandilla que convoca estas elecciones hace fiesta mientras tienen bajo encierro y tortura al presidente legítimamente electo. Hay censura en los medios de comunicación; se persigue a los miembros de la Resistencia que hacemos oposición; aparecen asesinados opositores sin que el sistema judicial actúe; los militares son los que mandan tras las bambalinas, como lo reconoció el portavoz de la Policía Nacional en una entrevista encubierta”. Su denuncia se extendía también a varios aspectos del proceso electoral, en el que los datos finales serán elaborados por una empresa telefónica que -según él- financió el golpe de Estado, los observadores internacionales que han aceptado acudir son ideológicamente aliados de los golpistas y las urnas serán custodiadas por los mismos soldados que apresaron y expulsaron a Zelaya.

No deja de sorprender a muchos observadores el hecho de que en Latinoamérica, durante la presidencia de Bush, que sin mucha exageración podía calificarse como un régimen de extrema derecha, sólo ocurrió un golpe de Estado -el fracasado en Venezuela contra el presidente Chávez en el 2002- y, por el contrario, las fuerzas políticas de izquierda alcanzaron democráticamente el poder en varios países, alumbrando entre las masas habitualmente desposeídas unas esperanzas de justicia social soñadas durante los largos años en que fueron gobernadas por las corruptas oligarquías de siempre.

En cambio, con Obama en la presidencia, en menos de un año ha prosperado el primer golpe de Estado sin apenas oposición firme y decidida de la Casa Blanca, y en otros países, como Paraguay, empieza a escucharse el ruido de los sables, aunque, como ha ocurrido en Honduras, éstos se disfracen con las togas de la Justicia para hacerse más digeribles por la opinión pública.

Es casi seguro que esta aparente contradicción sea producto de la situación política en EEUU, donde Obama se ve obligado a alcanzar difíciles equilibrios frente a una oposición mucho más dura que la que tuvo que soportar Bush. Ésta siembra de obstáculos los complicados caminos por los que el nuevo presidente ha de transitar para lograr la ansiada reforma sanitaria, atender a la crisis económica mundial y afrontar los numerosos problemas de política exterior que dependen básicamente de las decisiones de Washington; y todo esto con la vista puesta, como es natural, en las próximas elecciones presidenciales que deberá ganar para llevar a cabo sus ambiciosos proyectos a más largo plazo.

Que esos problemas internos de EEUU contribuyan al resultado de que en Tegucigalpa se instaure un régimen democráticamente dudoso, producto final de un golpe de Estado a pesar de estar vestido con el ropaje de unas elecciones absurdas, nos muestra los extraños recorridos de la política internacional en un mundo tan interconectado como el que nos ha tocado vivir.

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Diciembre 1st, 2009 at 8:03 am

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La ‘glasnost’ de Obama, de Alberto Piris en Estrella Digital

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La llegada de Obama a la Casa Blanca ha supuesto, con respecto a las prácticas habituales de su predecesor, un aumento de la transparencia ( glasnost la hubiera llamado Gorbachov) en relación con las distintas opciones que se debaten en el entorno presidencial, para hacer frente a los acuciantes problemas que aquejan a los EEUU y, con ellos, a gran parte de la humanidad. Con ser aquéllos muchos y muy acuciantes, decidir la estrategia a seguir en Afganistán parece ser hoy uno de los más apremiantes.

Con Bush no ocurría así. Si decidía invadir Irak para satisfacer los intereses de su amigable círculo de magnates petrolíferos, adobando la operación con un cúmulo de mentiras, contaba de inmediato con su fiel Secretario de Estado, el ex-general Colin Powell, que sin inmutarse y poniendo en el empeño su bien ganado prestigio personal en otras lides, exhibía ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas unas diapositivas fruto de la imaginación de los más mendaces analistas del Pentágono, que mostraban al mundo la temible peligrosidad de Sadam Husein y su régimen político. Acto seguido, convocaba en las Azores a sus fieles acólitos, el español Aznar ( Ánsar, en la intimidad) y el británico Blair (a quien solo algún bromista pudo imaginar presidiendo la reformada Unión Europea), bajo los atentos cuidados del obsecuente anfitrión portugués, el camaleónico Durão Barroso, para anunciar al mundo el desencadenamiento de la más cruel, absurda e ineficaz guerra contra un enemigo inventado que jamás haya conocido la historia bélica.

Luego, cuando el fracaso era ya inocultable y las multiplicadas explicaciones que pretendían justificarlo solo añadían vergüenza a la ignominia, bastaba culpar a alguno de los más destacados halcones, habitualmente anidados en las alturas del Pentágono, para seguir chapoteando en la misma ciénaga con el único objetivo de sobrevivir a la catástrofe política y militar. Así fue, hasta que las urnas expulsaron de la Casa Blanca al que con toda probabilidad será tenido como uno de los peores presidentes en la historia de EEUU y a su banda de desaprensivos asesores, inyectando en ese país y en el resto del mundo una alentadora esperanza de renovación.

A la nueva transparencia política de la Casa Blanca hay que achacar el revuelo causado por las discrepantes informaciones difundidas en torno a lo que convendría hacer en Afganistán. La filtración de un informe enviado a la Casa Blanca por el embajador de EEUU en Kabul ha puesto de relieve las acusadas divergencias entre los asesores de Obama respecto a la estrategia a seguir en Afganistán y, en consecuencia, sobre la intensidad del esfuerzo militar a ejercer en este desventurado país, para poner fin a una guerra cuyo desarrollo se ve cada día más confuso. De eso dependerá el número de tropas a desplegar y, con ello, las previsibles bajas a sufrir, el esfuerzo económico a realizar y el estado de ánimo o la moral de la población, no solo en EEUU y en los países que contribuyen a la operación, sino, sobre todo, la repercusión sobre el pueblo afgano, que es el que más padece los efectos de esta guerra, cosa que se olvida muy a menudo desde los despachos de los planificadores.

Entre las opciones hasta ahora consideradas por la Casa Blanca, ha caído como una bomba el consejo del citado embajador, el teniente general retirado Karl Eikenberry, contrario al envío de más tropas a Afganistán. Sugiere que hasta que el gobierno de Karzai dé pruebas de dominar la corrupción dominante, es inútil incrementar la fuerza militar allí desplegada. Esto le enfrenta con el actual comandante en jefe, el general McChrystal, que desea reforzar con 40.000 soldados al actual contingente de 68.000 y que ha afirmado que “sin este refuerzo, la guerra contra los talibanes está perdida”.

Por su parte, la Secretaria de Estado parece respaldar a su embajador en Kabul, cuando en una conferencia de prensa en su reciente visita a Manila ha criticado “la corrupción, falta de transparencia, debilidad del Gobierno y el desprecio de la Ley” reinantes en Afganistán, aspectos todos ellos en los que Eikenberry basa sus apreciaciones. Las otras opciones consideradas por los asesores de Obama varían entre 10.000 y 30.000 tropas de refuerzo.

El debate es complejo, muchos son los aspectos a considerar y todo parece indicar que la decisión no se tomará en breve, en lo que influyen varios factores. Aunque no se estima políticamente oportuno anunciar un nuevo envío de tropas justo cuando los ciudadanos de EEUU se reúnen para celebrar la tradicional y familiar fiesta de Acción de Gracias (el 26 de noviembre), y menos aún cuando Obama acuda a Oslo a recibir el Nobel de la Paz (el 10 de diciembre), este retraso sirve, sobre todo, para marcar de forma bien visible la diferencia que existe entre una reflexión lenta y bien meditada, escuchando todas las voces y de la que se hace partícipe a la opinión pública, y el atolondrado apresuramiento con el que Bush y sus asesores emprendieron la desastrosa invasión de Iraq.

Al fin y al cabo, justo es reconocerlo, en una guerra que se inició hace ocho años y en cuyo curso se han acumulado todo tipo de desastres, demorar la decisión durante unas semanas no es un error serio, si con ello se avanza por un camino mejor delimitado, donde la razón y la lógica hayan quedado bien asentadas.

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Noviembre 17th, 2009 at 8:03 am

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El punto de vista ruso, de Alberto Piris en Estrella Digital

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Tanto las percepciones asumidas durante un pasado de prolongado enfrentamiento, como las realidades del momento actual, obstruyen el deseable camino de entendimiento entre los dos grandes polos de poder militar que coexisten hoy en el continente europeo: Rusia y la OTAN.

Por parte de la Alianza, son conocidas las tres propuestas básicas expuestas por su secretario general, Anders Rasmussen, el mismo día de su toma de posesión, para mejorar el entendimiento entre ambas partes. Pueden resumirse así:

- Un esfuerzo conjunto de la OTAN y Rusia para reforzar su cooperación práctica en aquellos asuntos en que ambas afrontan riesgos y amenazas comunes.

- Reactivar el Consejo OTAN-Rusia, para que pueda servir como foro de diálogo sobre el modo de mejorar la paz y la estabilidad europeas.

- Una revisión conjunta de los nuevos peligros que habrá que afrontar en el siglo XXI, a fin de establecer las bases para una sólida cooperación futura.

Todo esto fue bien acogido por la opinión pública europea, pero la realidad cotidiana apenas muestra ninguna repercusión práctica de tan positivas intenciones. Como ha sucedido a menudo en la Alianza Atlántica, la interacción de países con distintos intereses y las a menudo divergentes opiniones de los altos dirigentes políticos y militares crean una cierta confusión interna que puede paralizar algunos de sus mejores propósitos.

Parece imprescindible, sin embargo, recoger también el punto de vista ruso sobre esta cuestión, tal como lo ha expuesto recientemente Vladimir Kozin, analista del Ministerio ruso de Asuntos Exteriores, en un artículo publicado en el diario The Moscow Times. Según él, los principales obstáculos que dificultan la cooperación de Rusia con la OTAN son ocho:

UNO) El sentimiento antirruso de algunos miembros de la OTAN, que se concreta en las políticas abiertamente hostiles de seis países fronterizos con Rusia y las antiguas repúblicas ex soviéticas.

DOS) La constante tendencia de ampliación de la OTAN, que incluye a Ucrania y Georgia, como recordó Rasmussen en el acto antes aludido.

TRES) La tendencia de la OTAN a reforzar sus armas nucleares y convencionales, a pesar de que en ambos tipos de armamento supera a Rusia, agravada por el hecho de que los miembros de la OTAN no han ratificado el tratado de fuerzas convencionales en Europa, lo que Rusia sí ha hecho.

CUATRO) El aumento del número de bases militares de la OTAN próximas a la frontera rusa (nueve bases más tras la primera ampliación de la Alianza).

CINCO) Los nuevos planes que han sustituido al abortado “escudo antimisiles” de Bush, para configurar lo que Obama ha denominado la nueva arquitectura europea de defensa antimisiles, desplegarán nuevos sistemas en todos los países de la OTAN, aumentando el número de armas próximas a la frontera rusa. La vaga oferta de Rasmussen de estudiar las posibilidades de vincular los sistemas de defensa de EEUU, la OTAN y Rusia deja en el aire asuntos vitales sobre la contribución de cada uno de ellos y sobre cómo se determinará quiénes serán los enemigos a afrontar.

SEIS) La creciente actividad de las fuerzas aéreas y navales, a veces provistas de armamento nuclear, de varios países de la OTAN en las proximidades del territorio ruso, incluyendo los mares Báltico y Negro.

SIETE) El hecho de que Rusia sigue siendo el principal enemigo potencial de la OTAN en lo relativo a su orientación estratégica y su doctrina militar. Y

OCHO) El rechazo de la OTAN a la propuesta de Medvedev de establecer un nuevo pacto de seguridad europeo que incluya a Rusia en pie de igualdad con los restante socios.

Tras esta lista de agravios, que muchos políticos rusos comparten y otros discuten, el artículo citado revela, en sus líneas finales, una constante que viene determinando la política rusa desde el tiempo de los zares, cuando aconseja a la OTAN que “tenga en cuenta que Rusia nunca consentirá ser relegada a los márgenes del mundo civilizado, en sentido político, económico o militar”.

El lector estará de acuerdo en que para alcanzar un arreglo satisfactorio es necesario conocer las opiniones de las partes enfrentadas, como se hace en este comentario. Pero es probable que no haya advertido en esta cuestión una grave anomalía de fondo que todo lo perturba. Tan acostumbrados estamos ya a la situación actual, que no nos choca que, para alcanzar un entendimiento sobre cuestiones relativas a la seguridad y la defensa en nuestro continente, la Unión Europea tenga que hablar a través de la OTAN -una alianza donde el indiscutible socio hegemónico no es europeo- y no tenga voz para entenderse directamente con Rusia.

La Europa que en breve se transformará con el Tratado de Lisboa no sólo adolece de un serio déficit democrático, sino que también está lastrada desde sus más remotos orígenes por haber dejado un aspecto tan importante como el de su seguridad militar en manos de una organización militar que nació y creció durante la Guerra Fría, para oponerse a la extinta URSS. La Rusia de hoy poco tiene que ver con la URSS del pasado, pero a la burocracia de la OTAN le costará olvidar la época en que las cosas estaban muy claras y el temible enemigo a batir era ostensible para todos.

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Noviembre 3rd, 2009 at 8:01 am

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¿Hay soluciones para Afganistán?, de Alberto Piris en Estrella Digital

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El profesor Marc W. Herold, del departamento de Economía de la Universidad de New Hampshire (EEUU), no es un recién llegado al círculo de analistas internacionales preocupados por Afganistán y por la guerra que viene asolando este país durante más de ocho años. Su original y completo análisis geopolítico ( Afganistán como un espacio vacío – El perfecto estado colonial del siglo XXI, ed. Foca, Madrid 2007) es quizá, por ahora, el más completo manual de referencia sobre Afganistán disponible en lengua española.

El pasado 15 de octubre pronunció una conferencia en la Harvard Law School, con el título “Afganistán, resistiendo a la ocupación y al fundamentalismo”, que hubiera sido de mucha utilidad para los ministros de Defensa de la OTAN reunidos en Bratislava la semana pasada. Éstos intentaron ponerse de acuerdo sobre la estrategia más conveniente que permita vislumbrar un final aceptable para esta guerra que amenaza con eternizarse. Y que amenaza, también, con poner en serias dificultades a los Gobiernos involucrados en ella a través de la OTAN, ante unas opiniones públicas cada vez más opuestas a la continuación del esfuerzo bélico, y a la misma Alianza Atlántica, que ha acabado por hacer del éxito militar de sus armas en Oriente Medio una cuestión de vida o muerte para su credibilidad y su discutible supervivencia como tal organización militar.

Inició su intervención exponiendo unos puntos básicos, que luego desarrolló, de entre los que merece la pena extractar lo siguiente:

“La guerra de EEUU en Afganistán no puede ganarse ni militarmente ni en términos de contrainsurgencia. Los bombardeos y la ocupación han reforzado a Al Qaeda, en vez de debilitarla, promoviendo su descentralización al menos en dos continentes (Asia y África). Gracias a EEUU, Al Qaeda es ahora un organización global”.

“La Historia nos muestra claramente que el principal factor que obliga a EEUU a retirarse de un conflicto es el aumento de sus bajas militares, como ocurrió en Indochina (1965-75), en Líbano en 1983 -con el ataque terrorista que mató a 241 soldados en Beirut- o en Somalia en 1993, con el derribo de dos helicópteros estadounidenses”.

La conclusión a la que llega es: “La única solución para EEUU es retirarse lo más rápidamente posible, como hizo la URSS en 1989, y dejar que los afganos encuentren una solución viable de compromiso, lo mismo que hicieron los vietnamitas en 1975″. Opina que el planteamiento de Obama y del general McChrystal -refuerzo militar y “afganización” de la seguridad- conducirá a una guerra interminable; y que, por otra parte, el del vicepresidente Biden -utilizar masivamente aviones no tripulados para destruir a Al Qaeda en las zonas fronterizas con Pakistán- crearía en los más fanáticos islamistas pashtunes una sensación tal de impotencia y ansias de venganza que propiciaria nuevas acciones terroristas, al estilo de las de Bombay, Londres, Madrid y EEUU.

Herold rechaza la extendida opinión de que la retirada de las fuerzas aliadas convertiría a Afganistán en un refugio para Al Qaeda y que EEUU volvería a ser víctima de un ataque como el sufrido el 11-S. Aduce que esta organización no necesita refugios; la preparación para los atentados contra Washington y Nueva York se realizó en unas escuelas aeronáuticas de EEUU y en unos domicilios situados en ciudades alemanas. Más que una estructura jerarquizada de mando, Al Qaeda provee una brújula que orienta a sus terroristas, que no necesitan ocultarse en recónditas guaridas.

Tampoco cree Herold que a los talibanes se les pueda aplicar el “divide y vencerás”, suponiendo que haya entre ellos quienes podrían ser captados por las fuerzas de ocupación: “Los talibanes quizá no sean un bloque monolítico, pero tienen el control político de sus fuerzas. Reforzar las de EEUU favorecerá el poder de los talibanes y su capacidad de reclutamiento”.

Insiste en que los talibanes y Al Qaeda no son lo mismo; las preocupaciones de aquéllos son principalmente domésticas, mientras que Al Qaeda y otros grupos similares se consideran implicados en una yihad universal. Además, recuerda Herold, los talibanes “aprendieron a finales de 2001 la violencia que puede desencadenar el poder militar de EEUU, y no desean volver a acoger entre ellos a los activistas de Al Qaeda”, opinión en la que coinciden los más reflexivos analistas occidentales.

Muy poco de lo hasta aquí expuesto forma parte del actual pensamiento estratégico de la OTAN, pero no le vendría mal prestar atención a lo que el profesor Herold sugiere. No basta con repetir, como se hace a menudo, que el problema de Afganistán ha llegado a un punto donde no hay solución viable: tan erróneo parece perseverar en la ocupación militar como concluirla lo antes posible. Pero, aunque así fuese, la peor opción sería adoptar una decisión basada en la exasperación y la irritación que produce el no encontrar soluciones razonables. A veces parece obligado sospechar que esto es precisamente lo que está ocurriendo.

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Octubre 27th, 2009 at 8:04 am

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Narcotráfico e imperialismo, de Alberto Piris en Estrella Digital

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En una reciente conferencia, el original y siempre acertadamente incisivo Noam Chomsky, se refería a las bases militares que EEUU está instalando en Colombia, con el objetivo oficial de ayudar al gobierno de Bogotá en la guerra contra el narcotráfico.

Invitaba a considerar un caso análogo aunque con distintos protagonistas. Supóngase, decía, que la misma Colombia o China o cualquier otro país reclamasen su derecho a establecer bases militares en México, con el fin de fumigar y destruir las plantaciones de tabaco que EEUU tiene en Carolina del Norte o en Kentucky, tradicionales cultivadores de esta planta. El plan se completaría con el bloqueo de las zonas productoras, mediante la acción de las fuerzas navales y aéreas, y con el envío de inspectores que comprobasen la total eliminación de tales plantaciones. Con todo esto se pretendería impedir el tráfico de tabaco hacia los países que sufren sus efectos.

Chomsky recuerda que el tabaquismo se ha revelado más letal que el alcoholismo, que a su vez es mas dañino que el uso de cocaína o de heroína, siendo éstas, por su parte, más perjudiciales que el cannabis. Si al número de muertes producidas por los productos nocivos aspirados por los fumadores, se suman las causadas en los llamados fumadores “pasivos” -aunque el número de éstos sea difícil de determinar-, es casi seguro que el efecto letal global de la nicotiana tabacum supere al de todas las demás drogas, consideradas conjuntamente. Sería, pues, bastante lógico el perseguir con más ahínco a los cultivadores de tabaco que a los de coca.

Es evidente que esta suposición no es verosímil en la realidad de hoy, y no solo por que el tabaco, en la mayoría de los países, no es una sustancia prohibida y muchas drogas sí lo son. Sin embargo, ante su lógica irreprochable, lo que habría que preguntarse es por qué ocurre así. Por qué EEUU, que dice sentirse afectado negativamente por las drogas que le llegan desde el sur del río Grande, se atribuye con naturalidad el derecho a desplegar sus ejércitos en Colombia para combatir a los cultivadores de coca de la zona, y no es siquiera concebible que ningún otro país pudiera hacer nada parecido si afectara a sus intereses de forma similar.

Para Chomsky, la respuesta es sencilla y tiene una base indiscutible: la mentalidad imperial que subsiste en EEUU, y que está tan enraizada en el pensamiento de esta nación que pasa inadvertida. Convendría añadir aquí que también subsiste, en menor escala, en muchos otros países occidentales, como es fácil observar en Europa.

Sin embargo, los resultados hasta ahora obtenidos parecen no justificar el esfuerzo empeñado. La “guerra contra el narcotráfico” dura ya más de cuatro décadas en Colombia y se ha intensificado en los últimos diez años: ni el consumo ni el tráfico de drogas han disminuido. Las razones que ofrece Chomsky no dejan lugar a dudas. Varios estudios bien fundamentados muestran que la prevención y el tratamiento de la adicción a las drogas son mucho más eficaces que las medidas de fuerza utilizadas en esta guerra interminable. Y que el tratamiento preventivo o curativo de los drogadictos -los consumidores en este negocio- tiene un rendimiento coste/eficacia que mejora en más de 20 veces a los ataques efectuados contra los cultivadores -el lado proveedor- en la “guerra química” desencadenada para destruir los campos de cultivo de la droga.

Según Chomsky, solo hay dos hipótesis que permitirían explicar la situación actual: “o los dirigentes de EEUU han sido sistemáticamente insensatos durante 40 años, o la finalidad de la guerra contra el narcotráfico es muy distinta a la que se proclama”. Excluida la hipótesis de la insensatez, solo queda sospechar cuáles puedan ser las verdaderas razones de esa supuesta guerra.

Dentro de EEUU, según Chomsky, busca dos efectos principales: la limpieza de la población socialmente menos útil (lo que ha llevado a EEUU al primer puesto mundial en el índice de población encarcelada) y, como sucede con la “guerra contra el terror”, el sometimiento y sumisión de una población atemorizada por el peligro de las drogas, para impedir que muestre su irritada oposición a unas políticas económicas que han llevado a EEUU al mayor desequilibrio social que jamás ha sufrido.

Por su parte, en el exterior, la guerra contra el narcotráfico es una forma de ocultar en Colombia -y en otros países- algunas de las más inicuas acciones antisubversivas. Es el segundo país del mundo (después de Sudán) con más población expulsada de sus hogares, mientras que las oligarquías locales y las multinacionales ocupan las tierras abandonadas por los campesinos y las dedican a explotaciones mineras, producciones agroindustriales, cría intensiva de ganado o infraestructuras para la industria, cuyos beneficios difícilmente llegarán a las poblaciones afectadas.

Ahora llega el momento de preguntarse si seguirá Obama el tortuoso camino trazado y en ya parte recorrido por sus antecesores, y frente al que todavía no ha mostrado tanta indignación como la que exhibió ante el bochorno de Guantánamo, o si, por el contrario, dispondrá de apoyos, medios y voluntades suficientes para salir del empantanado problema que Chomsky nos expone con tanta claridad pero cuya resolución se ve difícil y compleja, pues no depende sólo de las decisiones que adopte la Casa Blanca, aunque éstas puedan señalar al mundo el inicio de un nuevo camino.

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Octubre 20th, 2009 at 8:03 am

Obama y sus generales, de Alberto Piris en Estrella Digital

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Las operaciones militares en tierras extranjeras pueden estar preñadas de riesgos políticos para el Gobierno que las promueve. La primera dictadura que gobernó España fue resultado directo de la guerra colonial librada en Marruecos. La derrota de las fuerzas expedicionarias en el llamado “desastre de Anual”, en 1921, obligó a incoar un expediente para analizar las causas de tan catastrófico fracaso. Ante las graves implicaciones descubiertas, que alcanzaban al mismo Rey, el entonces capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, se alzó en 1923 contra el Gobierno y, con el apoyo del ejército y la aquiescencia de amplios sectores de la población, encabezó el golpe de Estado que le llevó al poder y en cuyas fuentes ideológicas bebieron muchos de los militares sublevados contra la República en 1936.

No se le va a pedir a Obama que conozca estos pormenores de la Historia de España, pero es seguro que no ignorará los problemas que al presidente Truman causó la arrogancia del popular general Douglas MacArthur, a quien hubo de relevar en el mando en 1951, durante la Guerra de Corea. Una carta del general, leída en el Congreso, donde expresaba sus puntos de vista sobre el desarrollo de la guerra, opuestos a los de la presidencia, fue la gota que hizo desbordar el vaso de la paciencia de Truman. La democracia americana no corrió peligro, pero el nerviosismo dominó Washington durante algún tiempo hasta que las aguas volvieron a su cauce.

También conocerá Obama los problemas que, al presidente Johnson primero y a Nixon después, les crearon los mandos militares que dirigían la guerra de Vietnam, que empantanó a EEUU en un conflicto sin salida razonable y en el que la ansiada “vietnamización” de la guerra fue un objetivo inalcanzable que acabó minando la moral de las tropas de EEUU y soliviantando a gran parte de su población, cansada de la guerra.

Obama tendrá que andarse ahora con pies de plomo en relación con la guerra en Afganistán. Entre el Congreso, la Presidencia, el Pentágono y los altos mandos militares se viene observando el cruce de algunos disparos que pudieran causar bajas, no precisamente colaterales. Por un lado, el comandante en jefe de EEUU en Afganistán, el general McChrystal, ha solicitado un aumento de 40.000 efectivos en las tropas destinadas a ese país y, a la vez, ha tildado de “miopes” las propuestas de reducirlas.

Además, un informe suyo saltó a la prensa hace un mes; en él afirmaba que, si la OTAN no vencía en los próximos 12 meses, sería imposible ganar esta guerra. Con esto dejó a Obama en una difícil posición, al coartar su capacidad de decisión, aunque el Pentágono salió pronto al quite: “En este asunto es indispensable que todos los que deliberamos sobre él, civiles y militares, asesoremos al presidente con sinceridad, pero en privado”, declaró Gates. Y aunque el jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra, el general Casey, hubo de aceptar sin rechistar esta recomendación del jefe del Pentágono, se sabe que muchos altos mandos militares apoyan a McChrystal.

Es a Obama a quien corresponde, naturalmente, la última palabra. La deliberación se anuncia ardua. No se trata sólo de decidir si se aumenta o disminuye el contingente militar desplegado en Afganistán, ni en qué fecha habría que prever el inicio de una retirada; se trata de definir cuál ha de ser la estrategia a seguir, pues esto determinará la naturaleza y el número de las unidades militares que hayan de ejecutarla.

Entre las variables más confusas a tener en cuenta se halla la nueva valoración del riesgo que suponen para EEUU, por separado, el terrorismo talibán y el de Al Qaeda, hasta ahora englobados en una sola amenaza unitaria. También se empieza a considerar por separado la actuación de ambos grupos en Afganistán y en Pakistán. Obama no desea apresurarse a tomar decisiones poco maduradas, para no caer en los errores cometidos por Bush.

Se piensa en algunos círculos de Washington, próximos a la Presidencia, que mientras Al Qaeda sí representa un peligro para EEUU, no se puede decir lo mismo de los talibanes, aunque en ciertas ocasiones ambos puedan actuar combinadamente. Influyen en esta nueva valoración los recientes informes sobre la debilidad de Al Qaeda y el hecho de que mientras ésta es ajena al país y a sus gentes, los talibanes están implantados entre el pueblo afgano. No todos coinciden en estas apreciaciones, y sobre la difícil y discutible valoración de la situación planea la inevitable confrontación política y los intereses, menos visibles, de los grupos de presión que actúan sobre la Presidencia y el Capitolio.

En tiempos de guerra y de respeto por los que mueren en acto de servicio, se suele observar una fuerte tendencia a la mitificación de los ejércitos y un extendido temor a criticar sus errores, para no ser tachado de antipatriota. Pero los generales se pueden equivocar tanto como los políticos que los dirigen. Unos y otros serán, a la larga, responsables conjuntos del resultado de sus acciones. Sólo nos queda desear que éstas permitan confirmar lo acertada que fue la concesión del Nobel de la Paz a quien tiene la exclusiva y no delegable responsabilidad de decidir sobre la paz y la guerra, asunto que ya no concierne a los generales sino sólo a Obama.

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Octubre 13th, 2009 at 8:03 am

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De la codicia al homicidio, de Alberto Piris en Estrella Digital

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La semana pasada ha vuelto a saltar a los medios de comunicación un caso de desmedida codicia empresarial con mortíferos resultados. La empresa responsable, una multinacional que opera en casi medio centenar de países, ha tenido que reconocer las mentiras con las que intentó ocultar su nociva actividad, tres años después del grave atentado ecológico que causó. Se ha visto obligada a aceptar un arreglo de compensación económica para unos 31.000 ciudadanos de Costa de Marfil, que sufrieron en sus carnes los efectos del crudo capitalismo globalizado del que hoy disfrutamos.

Todo empezó a finales del 2005, con unos correos electrónicos cursados entre altos ejecutivos de la empresa en cuestión, dedicada a la comercialización de productos petrolíferos y que declara ser la tercera del mundo en importancia en esta rama, con unos beneficios de 440 millones de dólares en el año pasado. Esos mensajes habían permanecido ocultos hasta que su revelación, hace unas semanas, en un informativo de la BCC británica, destruyó la engañosa tapadera con la que la multinacional había pretendido encubrir el asunto durante estos años. Y anuló los intensos esfuerzos de su departamento “antilibelos”, que había logrado imponer rectificaciones a lo publicado por la BBC y ciertos diarios británicos, además de ejercer presiones sobre algunos periodistas de Holanda y Noruega, a fin de acallar sus denuncias.

Una refinería estatal mexicana había puesto a la venta una gran partida de la llamada “nafta de coque”, una gasolina contaminada que no podía tratar en sus instalaciones. Esto fue descubierto por un directivo de la citada multinacional: “Es lo más barato que uno puede imaginarse -escribía en un correo electrónico- y nos va a proporcionar un buen montón de dólares”. La oficina londinense de la empresa confiaba en obtener unos beneficios de 7 millones de dólares por cada cargamento procesado. Pero para esto era preciso convertir el producto, al que en los mensajes se aludía como “mierda”, en algo vendible. Se decidió emplear sosa cáustica para eliminar las impurezas sulfurosas.

Ese barato tratamiento -técnicamente llamado “lavado cáustico”- tuvo lugar a bordo de un petrolero fondeado en aguas de Gibraltar (tome buena nota de esto el lector español), entre abril y junio del 2006, donde se mezcló el producto adquirido en México con sosa cáustica y un catalizador. Pero ahí empezaron los problemas, porque como subproducto se obtenía un hediondo y peligroso desecho tóxico del que era preciso deshacerse. Los correos electrónicos prueban que los directivos de la empresa sabían lo que estaban haciendo: “Esta operación está prohibida en la Unión Europea, en EEUU y en Singapur”, así como en otros muchos países “a causa de la peligrosa naturaleza de los residuos”. Y también empezaron las mentiras, pues la empresa calificó a esos residuos de “agua sucia” y afirmó que eran como la mezcla de agua y petróleo obtenida cuando un petrolero lava sus tanques.

El buque fue rechazado por una compañía de Rotterdam, especializada en la eliminación de residuos tóxicos, que no tragó tan descomunal mentira y exigía el pago de una elevadísima tarifa para procesar ese tipo de residuos. Se abrió un proceso judicial en Holanda contra la multinacional, por su intento de engaño. Por último, el buque puso proa a Costa de Marfil, donde la carga fue trasvasada a los camiones cisterna de una compañía nativa, de incierto origen, que se prestó a la operación a precios irrisorios. Entonces se inició la terrible catástrofe medioambiental, pues los peligrosos residuos tóxicos fueron arrojados, sin más contemplaciones, en quince vertederos de los alrededores de Abiyán, la capital del país. Durante el 2006, los hospitales de la ciudad no dieron abasto; miles de personas tuvieron que ser atendidas, y al menos doce murieron a causa de los elevados niveles de anhídrido sulfuroso.

Los productos desprendidos por los residuos produjeron quemaduras, náuseas, diarreas, pérdidas de conciencia y muerte entre quienes entraron en contacto con ellos. La multinacional, sin aceptar responsabilidad alguna, indemnizó a las familias de los fallecidos en el 2007 y contribuyó a la limpieza de lo contaminado, ante la inocultable evidencia de la catástrofe. El empresario marfileño que esparció los residuos fue condenado en su país a 20 años de prisión; es el único encarcelado por tan grave asunto. El resto de la trama contaminadora permanece a salvo, dada su condición de compañía multinacional asentada a la vez en todas partes y en ninguna.

Cada una de las víctimas recibirá 1.600 dólares y… ¡aquí no ha pasado nada! Al fin y al cabo, con ese dinero serán felices esos miserables subsaharianos, capaces de vivir con menos de un par de dólares al día. Para concluir, permítanme añadir un pequeño detalle. Uno de los directivos fundadores de la empresa contaminadora, el barón suizo Erick de Turckheim, declaró ante la BBC que los desechos tóxicos ya citados “no eran de ningún modo peligrosos para los seres humanos”. El viejo cóctel de aristocracia sin escrúpulos, dinero fácil y capitalismo global (antes, “colonial”) parece seguir haciendo de las suyas ya entrado el siglo XXI.

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Octubre 6th, 2009 at 7:04 am

 Reggio