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Austeridad y equilibrio fiscal: el debate equivocado, de Alejandro Nadal en La Jornada

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La historia de Estados Unidos es excepcional. Es el único país que siempre vivió bajo la potestad del capitalismo. Ni esclavitud como principio ordenador, ni señores feudales. Sólo el ojo inquieto del capital. Quizás eso explica por qué la única fuente de legitimidad política en Washington ha dependido esencialmente de la capacidad de mantener un alto nivel de consumo. Cuando eso sufre una crisis, la elite en ese país ha tenido que renovar su fuente de legitimación política.

A veces eso ha pasado por la redefinición de pactos sociales, como en los años treinta, cuando el Nuevo Trato de Roosevelt estableció nuevas bases para la distribución del ingreso y las relaciones entre trabajo y capital. La derecha nunca perdonó esa afrenta y esperó el momento para revertir ese pacto social. La coyuntura favorable se le presentó en los años 80 bajo la presidencia de Reagan. Las relaciones laborales vieron la desintegración del movimiento sindical y a partir de ese punto de inflexión los salarios se estancaron.

Si la legitimidad política en Washington se sostiene con el consumo masivo, ¿cómo se mantuvo cuando los salarios se estancaron? En Estados Unidos la respuesta fue a través del crédito. La demanda agregada se pudo mantener solamente a partir del crédito que recibieron las familias para todo tipo de bienes: hipotecas para casas, crédito para automóviles y electrodomésticos, educación universitaria, viajes y consumo corriente, etcétera. En los años 80 al mismo tiempo que la participación de los salarios en el PIB comienza a contraerse, se inicia un proceso de endeudamiento de las familias para compensar la caída en los ingresos. La tarjeta de crédito se convirtió en el documento de identidad del ciudadano estadunidense.

Eso mantuvo a la economía caminando. Le acompañó siempre una propensión a las burbujas crediticias. La última se presentó en el mercado de bienes raíces. Antes de explotar en el segmento de hipotecas chatarra, permitió a los consumidores estadunidenses ilusionarse con el American dream.

No hay que engañarse. Aparentemente la especulación desenfrenada y la desregulación financiera aparecen como causas inmediatas de la crisis. No son más que el último eslabón de una cadena de transmisión que se remonta a la caída en los salarios. El desmantelamiento gradual de la industria manufacturera en Estados Unidos también contribuyó a mantener deprimidos los salarios y la globalización entra como otro elemento en esta historia. Pero la clave de la crisis está en la lucha por la distribución del ingreso y la riqueza.

En este escenario es evidente que la idea misma de recuperación es problemática. ¿Recuperación para retornar a una economía enferma? Es una pregunta importante que parece que casi todo mundo está evadiendo en Estados Unidos. La verdad es que el debate político está muy empobrecido. Gira alrededor del tema de austeridad versus estímulo fiscal, como si eso fuera todo. Se sigue hablando de recuperación y se apuesta al viejo modelo económico que está en la más completa bancarrota.

La Congressional Budget Office (la agencia federal encargada de calcular los ingresos fiscales y el impacto del gasto) tiene un pronóstico sombrío para la economía estadunidense en los próximos cincuenta años. Utilizando un método estadístico para separar el componente secular del ingrediente cíclico en una serie temporal, la CBO proyecta que en los próximos años se iniciará un proceso de estancamiento (crecimiento de 2 por ciento anual) de la economía estadunidense que puede durar ¡hasta 2084! (www.cbo.gov).

En ese contexto las formas de legitimidad del edificio político tendrán que sufrir cambios profundos. La promesa de acceder al consumo masivo ya no podrá justificar el sistema político estadunidense. ¿A qué va a recurrir la clase política de ese país? El odio a los migrantes y el miedo a todo lo que huela a extranjero serán opciones tentadoras, sobre todo cuando ese pueblo descubra que Estados Unidos sólo es un país como cualquier otro.

El peligro para México es mortal. Las elites del poder económico aquí y en el extranjero impusieron una peligrosa trayectoria económica. Aprovechando la debacle de los años ochenta, utilizando el fraude electoral y manipulando la opinión pública, transformaron a la economía mexicana en un apéndice del aparato económico estadunidense. Hoy que esa economía entra en declinación es urgente recuperar la autonomía de nuestra política económica. Acto seguido, debemos transitar por un proceso de reconstrucción en todos los niveles, desde sus bases en los sectores agropecuario e industrial, hasta el sector financiero y las relaciones macroeconómicas. Todo esto tendrá que hacerse con una visión analítica que abandone la visión ingenua o malintencionada sobre los mercados estables y autorregulados. En México siempre fue urgente diseñar una estrategia para un desarrollo socialmente responsable y sustentable en la dimensión ambiental. De esa tarea pendiente depende hoy la viabilidad de nuestro país como sociedad democrática, independiente y socialmente responsable.

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Septiembre 1st, 2010 at 8:00 am

La guerra contra Irán: primavera 2011, de Alejandro Nadal en La Jornada

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El 7 de junio de 1981 aviones de Israel bombardearon y destruyeron el reactor nuclear iraquí de Osirak. Se dice que ese hecho detuvo para siempre el desarrollo de un programa de construcción de armas nucleares por parte de Bagdad. En 2007 bombardeó un reactor norcoreano en Siria. Y ahora esa es la opción que vuelve a ser considerada por Israel para detener el pretendido proyecto de Teherán para dotarse del arma nuclear. ¿La fecha? Casi para el treinta aniversario del ataque al reactor de Osirak. Para más seguridad, en la primavera de 2011.

Parece una fecha lejana, sobre todo a la luz de los urgentes problemas actuales: una crisis que resiste convertirse en recuperación, sequías, incendios e inundaciones que parecen gritar cambio climático en cada torbellino. Sin embargo, el tiempo se escurre rápido. Para los halcones en Israel, la carga del reactor de Bushehr hace una semana y el ritmo de producción en las centrifugadoras de Natanz son las señales que cuentan.

La influyente revista The Atlantic publica este septiembre un artículo de Jeffrey Goldberg sobre las perspectivas de un ataque israelí en contra de Irán (www.theatlantic.com). Goldberg es un bien conocido vocal de grupos vinculados con posiciones intervencionistas en el Medio Oriente. Esta vez entrevistó a más de cuarenta altos funcionarios israelíes y concluye que existe una alta probabilidad de un ataque contra las instalaciones nucleares de Irán.

El artículo es parte de una campaña para llevar a cabo dicho ataque. La conclusión central es que antes de junio 2011 Benjamín Netanyahu podría lanzar sus aviones contra las instalaciones nucleares de Irán. La ofensiva puede llevarse a cabo con un variado arsenal, incluyendo cargas nucleares para destruir estructuras enterradas a gran profundidad. La política de amimut o de opacidad que mantiene el gobierno de Israel en relación con su arsenal nuclear (estimado en 200 cargas nucleares) no permite asegurar nada sobre esta eventualidad. El ataque incluiría varias docenas de blancos nucleares. Se me ocurre que otro escenario es el de un ataque selectivo con misiles desde Israel o con su arsenal de misiles crucero de alta precisión, disparados desde sus submarinos en el Golfo Pérsico.

Obama se comprometió en su campaña a buscar un diálogo directo con Teherán para detener su programa nuclear militar. Pero el enfoque diplomático fue inconsistente. En lugar de enviar a Teherán un mensaje claro de que Estados Unidos ya no está obsesionado con la vieja idea de un cambio de régimen, Hillary Clinton transmitió las señales equivocadas. Su bravuconería mostró a Teherán que poco había cambiado con Obama. Sobre la mesa de negociación permanecía no sólo la obsesión del cambio de régimen, sino la amenaza del empleo de la fuerza para lograrlo. Para Teherán, el único camino es hacer prohibitivo el precio de un ataque, ya sea de Israel o de Estados Unidos. Su plan nuclear es un instrumento para lograrlo.

Entablar un diálogo con Teherán implicaba una transformación profunda en la relación de Estados Unidos e Israel. La realidad es que el poder del lobby judío en Washington hace pensar desde hace años en el síndrome de que la cola mueve al perro y no al revés. En lugar de que Israel obedezca órdenes de Washington, ésta última es la que acaba por seguir y apoyar las iniciativas de Tel Aviv. De tal modo que si Washington deseaba interrumpir el apoyo de Irán a Hezbollah, por ejemplo, tenía que comenzar con replantear sus relaciones con Israel y detener su política de expansión y genocidio en Gaza y la margen occidental del río Jordán. Obama ni siquiera quiso explorar este camino.

Todo indica que el tiempo se agota. Washington ahora presiona colocando sanciones más severas sobre Teherán. Servirán de muy poco, pero su cálculo es que de doblegar a Ahmadinejad, el mundo se estará ahorrando una nueva guerra. Por su parte, Teherán acelera el ritmo de producción de uranio enriquecido y abraza el apoyo ruso para hacer más difícil un ataque a sus instalaciones nucleares. Ya tiene emplazados centenares de misiles tierra-aire proporcionados por Rusia, de gran alcance y velocidad, así que no es seguro que un ataque alcance todos sus objetivos.

Lo que es seguro es que dicha aventura tendrá efectos desastrosos a escala global. Las guerras en Afganistán e Irak, por no mencionar a Pakistán (y si es que sobrevive a las inundaciones de estas semanas), se intensificarán y fusionarán en una gran zona de actividad bélica. Todo Medio Oriente será envuelto en llamas. Irán podría responder con ataques de misiles balísticos a Israel, lo que provocaría una andanada de misiles israelíes. Teherán probablemente tendría éxito en bloquear el estrecho de Hormuz, interrumpiendo el flujo de petróleo, sacudiendo el mercado mundial y agravando la crisis económica mundial. Sin duda el precio a pagar por un ataque a Irán es muy elevado. Pero para el complejo industrial y militar en Israel (y Washington), ese costo ya ha sido descontado por el mercado de la guerra.

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Agosto 18th, 2010 at 8:02 am

La tez de la crisis, de Alejandro Nadal en La Jornada

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Existen teorías económicas que se resisten a morir. Aun estando en la más profunda bancarrota intelectual y con el valor de sus predicciones en cero, siguen caminando como los muertos vivos del vudú. Su relevancia empírica puede ser nula, pero se les sigue usando para justificar la política económica neoliberal. Son verdaderas teorías económicas zombi (y responden a un nuevo acrónimo, TEZ).

El ejemplo más reciente es el reclamo para regresar a la austeridad fiscal y a las finanzas públicas sanas. En Europa y en Estados Unidos el coro de las posiciones conservadoras es unánime. Su mensaje central es sencillo: ya se ha intentado el rescate de la economía con un gigantesco estímulo fiscal y ahora es tiempo de dejar al sector privado hacer el resto. Ya sea que se piense que el estímulo fracasó, o que tuvo éxito pero ya dio todo lo que podía ofrecer, la conclusión es la misma: el déficit fiscal constituye un peligro mortal para la economía a largo plazo.

La narrativa se completa con varias referencias a la teoría económica neoclásica, en especial a la llamada equivalencia ricardiana. Según este principio (con raíces en la obra de David Ricardo) un estímulo fiscal no tiene ningún efecto porque los agentes prevén que el déficit deberá ser financiado posteriormente con un incremento de impuestos. Para prepararse contra esos gravámenes adicionales, los agentes ahorrarán los recursos que les llegan por el estímulo fiscal y la demanda agregada permanecerá sin cambios.

La narrativa conservadora continúa: el déficit puede cubrirse con endeudamiento del gobierno, lo que se supone conducirá a un incremento en la tasa de interés. Esto reduciría la inversión agregada y le quitaría oportunidades al sector privado para realizar inversiones productivas. El sector público estorbaría el buen desempeño del sector privado.

En síntesis, el estímulo fiscal es inútil o pernicioso. En Estados Unidos y Europa es claro para donde va esta peligrosa argumentación: aún en plena recesión, es mejor deshacerse del estímulo fiscal.

Pero la sencillez del mensaje oculta lo falaz del razonamiento que está basado en los supuestos de expectativas racionales y del ingreso del ciclo vital. Estos son dos ejemplos de una pseudo-teoría plagada de errores y simple tontería. Es una teoría zombi.

Según la noción del ingreso del ciclo vital, a los consumidores les gustaría mantener uniforme su plan de consumo a lo largo de su vida, y ahorrarán ahora el estímulo fiscal para poder cubrir los incrementos de impuestos que ellos saben vendrán a futuro. Eso es absurdo, pues varios estudios muestran que los agentes sí gastan una parte del estímulo fiscal en una recesión (aún cuando aumenta la propensión promedio al ahorro). Detrás de esto se encuentra la muy desacreditada teoría de expectativas racionales (que le valió un premio Nobel a Robert Lucas), uno de los mejores ejemplos de la economía vudú.

Lo más importante es que este tipo de razonamiento ignora todo sobre la naturaleza del gasto público y de los flujos financieros en una economía monetaria moderna. Para empezar, una inyección de recursos en la economía tiene un efecto multiplicador, impulsa el crecimiento y mejorará la posición fiscal del gobierno: la recaudación aumentará y el déficit será menor. Si se le complementa con políticas sectoriales bien diseñadas, puede promover cambios estructurales interesantes.

La idea de la equivalencia ricardiana descansa en una analogía equivocada entre las finanzas de una familia y el gobierno: la restricción de presupuesto de las primeras no puede equipararse a la de las finanzas públicas. Además, un incremento del déficit en Estados Unidos tiende a reducir la tasa de interés porque implica una fuerte inyección de reservas en el sistema bancario y eso deprime el precio de esas reservas de manera significativa.

Lo más importante es que la visión zombi descansa en la premisa de que en una economía existe un acervo fijo de ahorro para financiar la actividad productiva. Un vistazo rápido al funcionamiento de una economía monetaria moderna demuestra que el mundo no se mueve así. En su función de creación monetaria, los bancos no recurren a sus depósitos para hacer un préstamo; generan un depósito cuando hacen un préstamo.

La teoría económica zombi distorsiona la realidad. Esa es su función en la turbulenta guerra ideológica que encuadra la lucha por el poder. Los ejemplos que hemos mencionado arriba se relacionan con el episodio específico del debate sobre el estímulo fiscal en Estados Unidos y Europa. Pero esta batalla no debe confundirse con la guerra. En el fondo, la teoría económica zombi busca perpetuar el predominio de una estructura de poder depredadora. La tiranía del neoliberalismo es bien servida por esta teoría económica sin sustento racional. La crítica de esta teoría, y de todo el pensamiento económico, es una tarea indispensable en una transformación hacia una economía en la que realmente la responsabilidad social sea la prioridad.

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Agosto 11th, 2010 at 8:04 am

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A salvo en un MRAP, de Alejandro Nadal en la Jornada

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Barack Obama ha confirmado el plan de retirar las tropas estadunidenses de Irak. A partir del 31 de agosto sólo quedarán 50 mil soldados de Estados Unidos en el país de Mesopotamia para dedicarse al entrenamiento de los cuerpos de seguridad del nuevo Irak. El retiro completo de esta fuerza de transición se consumará a finales de 2011.

Eso no quiere decir que la ocupación ilegal de Irak habrá concluido. El designio imperial quiere que las instituciones y leyes del nuevo país sean amigables con las empresas estadunidenses. Después del infierno de cientos de miles de civiles muertos y del cinturón de prisiones y campos de tortura (Abu Ghraib a la cabeza), las cicatrices de la invasión tardarán mucho en desaparecer. Además, a Obama le queda un largo camino para salirse del otro gran depósito de estiércol que es la guerra en Afganistán. Ahí tiene Obama su propia guerra y no puede endilgársela a Bush.

En plena crisis, el Congreso estadunidense ha autorizado un presupuesto adicional de 59 mil millones de dólares para el esfuerzo bélico en Afganistán. Estos recursos incluyen el costo del incremento de tropas que ordenó Obama. Bajo su presidencia el número de soldados estadunidenses en el país de Asia central ahora rebasa los 92 mil.

Frecuentemente la guerra en Afganistán ha sido comparada con la de Vietnam. Pero la verdad es que hay algo nuevo en este conflicto. Todo comienza con los vehículos de transporte de personal. Los lectores han escuchado hablar de los Humvees, la versión militar de los Hummers que todavía se ven en nuestras calles. Pues bien, los Humvees resultaron ser una trampa mortal al ser atacados con las llamadas bombas improvisadas en Irak y fueron remplazados por otros vehículos llamados MRAP. Ese acrónimo corresponde a un vehículo blindado resistente a las minas terrestres y con protección para emboscadas. El vehículo transporta siete soldados con sus equipos y durante algún tiempo se le consideró la respuesta al problema de los artefactos explosivos improvisados. (Por cierto, no sé por qué los militares estaunidenses insisten en usar el calificativo de improvisado a un artefacto que lleva tiempo armar, colocar y que les espera a veces durante horas para ser detonado. Creo que los improvisados son otros. Pero me estoy desviando del tema.)

Los MRAP tienen un problema. Su eje de gravedad es muy alto y se voltean fácilmente. Por eso su interior está lleno de manijas para sujetarse en caso de una volcadura. Pero los soldados deben salir arrastrándose por las compuertas en esa eventualidad, lo que anula la dizque protección anti-emboscadas.

Por eso el ejército, siempre atento a la seguridad de los muchachos lejos de la zona de confort, mandó diseñar un vehículo más resistente y sin esos inconvenientes. El resultado es el súper M-ATV, un vehículo todo terreno que es también resistente a las minas. Una dificultad es que sólo puede transportar cinco soldados, lo que implica que se necesitan más de estos vehículos. Por cierto, cada M-ATV cuesta medio millón de dólares, traga gasolina como nadie y como es un modelo nuevo, se descompone con frecuencia (vea la evaluación en el número de julio 2010 de www.automobilemag.com).

El nuevo vehículo es la antítesis de la estrategia contra-insurgente que según el Pentágono se aplica en Afganistán. Esa estrategia, que responde al extraño acrónimo de COIN, supuestamente está basada en el acercamiento de las tropas invasoras al pueblo afgano. Lo que menos quieren los ocupantes de un M-ATV es que alguien se les acerque vendiendo chicles. Pareciera que cada uno de estos vehículo tuviera la palabra MIEDO escrita en el parabrisa.

Para Washington lo importante es mantener una nueva ilusión: la guerra no tiene por qué ser tan molesta. Si en las trincheras de la Primera Guerra Mundial los soldados vivían meses en el lodo junto con los cadáveres de sus colegas caídos, y si en Vietnam tenían que pelear en los pantanos infestados de mosquitos en el delta del Mekong, hoy en Afganistán el Pentágono procura que predomine la cara amable de la guerra. Sus bases militares reflejan esta obsesión por el confort que agobia a la sociedad estadunidense. Aire acondicionado por todos lados, buenos menús en el comedor y una limpieza impecable gracias a los trabajadores filipinos, indios y croatas que los contratistas privados han llevado al corazón de la guerra contra el terrorismo.

Por supuesto, todo eso cuesta. No cabe duda que el acrónimo de la estrategia COIN (que significa moneda) es el menos adecuado. El costo estimado de cada soldado estadunidense en Afganistán supera el millón de dólares por año.

Aún la obsesión por la comodidad no podrá quitar el horror de la guerra. Las tropas estadunidenses deberían leer los escritos del general William Tecumseh Sherman, el principal jefe militar norteño en la Guerra Civil de aquél país. Un pasaje es especialmente relevante: Nadie puede describir la guerra en términos más duros que yo. La guerra es un infierno.

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Agosto 4th, 2010 at 8:01 am

La oportunidad perdida de Obama, de Alejandro Nadal en La Jornada

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La administración Obama proclama a los cuatro vientos que la economía estadunidense se recupera y que pronto regresarán los tiempos felices. La inversión aumentará, el desempleo se reducirá y las cuentas públicas nuevamente encontrarán su punto de equilibrio. Desgraciadamente, los datos no permiten confirmar estas predicciones felices. Y mientras tanto, el tiempo corre.

No está claro por qué los asesores de Barack Obama escogieron creer en las predicciones más optimistas de sus modelos macroeconómicos. En los escenarios más favorables de esos modelos la inversión y el empleo aumentarían, y el crecimiento generaría una recaudación mayor, con lo que el déficit sería eliminado en unos cuantos años. Lo cierto es que la economía estadunidense no va por ese camino. El sector privado sigue en su trayectoria de desendeudamiento. Las familias no están interesadas en pedir crédito para ir de compras. Por su parte, las empresas enfrentan un escenario de escasa demanda y una sobrecapacidad instalada, por lo que sus niveles de inversión son bajísimos. Así, el estímulo fiscal es lo único que ha permitido compensar parcialmente este colapso de la demanda agregada.

Ese paquete fiscal que Obama logró aprobar al inicio de su administración alcanzó los 700 mil millones de dólares (mmdd), monto que se antoja colosal, pero que en realidad resultó insuficiente para sacar definitivamente a la economía estadunidense de la crisis. Aún así, el estímulo fiscal permitió evitar una caída más fuerte del PIB y sirvió para recuperar un crecimiento débil. El problema es que el desempleo ha permanecido alto (en la vecindad del 10 por ciento de la población económicamente activa). Los pronósticos de crecimiento más favorables para 2011 no rebasan 2.4 por ciento, lo que es insuficiente para revertir la tendencia negativa en materia de empleo.

Hoy, en lugar de proponer un nuevo paquete de estímulo fiscal, el equipo de Obama optó por otro camino y afirma que el primer estímulo fiscal ha dado buenos resultados. Recientemente Tim Geithner, el secretario del Tesoro, ha señalado que la economía ya ha mejorado lo suficiente como para dejar que el sector privado se encargue de consolidar la recuperación. El mismo Barack Obama se manifestó en este sentido hace un par de semanas y casi le faltó poco para anunciar que ya se debe regresar a los dogmas neoliberales de austeridad y presupuesto equilibrado. Este error tendrá consecuencias políticas desastrosas.

En vez de mantener una intervención decidida en la economía estadunidense, la Casa Blanca está cambiando de rumbo y perdiendo la única oportunidad que tiene para realizar los cambios que Obama prometió en su campaña. En especial, debiera estar buscando activamente un nuevo paquete fiscal para consolidar el crecimiento y promover el cambio estructural que se necesita para resolver el grave problema del desempleo. Su mensaje debiera hablar con la verdad, señalando con claridad que aunque el primer estímulo sí funcionó, ha resultado insuficiente.

Los republicanos en el Congreso manejan una versión distinta. En su narrativa el estímulo fiscal habría fracasado, por lo no es necesario recurrir a otro paquete fiscal. De este modo los republicanos culpan directamente a Obama por la falta de buenos resultados en la lucha contra la recesión. En noviembre, cuando lleguen las elecciones y todo mundo pueda ver con claridad que las historietas sobre la recuperación carecían de fundamento, los demócratas pagarán el costo político de tener una economía con un nivel de desempleo de 10 por ciento.

Se dice que Obama teme perder su credibilidad si reconoce que se equivocó al pedir un estímulo fiscal que resultó insuficiente. Pero otra explicación es que, como muchos políticos, este hombre no acaba de entender los aspectos básicos de la política económica y le ha dejado todo a su equipo. A la cabeza está Geithner, un agente del mundo financiero que tiene clavado en su pequeño cerebro el dogma de que el déficit fiscal es dañino a la economía a mediano y largo plazos. La teoría macroeconómica dominante ve en el déficit fiscal un problema porque supuestamente conduce a un aumento en la tasa de interés y a una caída en la inversión privada. Hay que decir que esa misma teoría es la que nunca previó la crisis actual. Además, hoy el problema no es ni la inflación, ni los aumentos en la tasa de interés, que está en cero. Por supuesto, el déficit no es la solución a los problemas estructurales de la economía estadunidense, pero por el momento es evidente que la frágil recuperación es resultado directo del déficit fiscal. Sin un estímulo fiscal adicional, la recuperación económica en Estados Unidos abortará y habrá una recaída.

Faltan 86 días para las elecciones legislativas en Estados Unidos. El electorado le pasará la factura a Obama por la recaída y los republicanos recuperarán el control del Congreso. El costo de esta ominosa eventualidad lo pagaremos todos.

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Julio 28th, 2010 at 8:01 am

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Crecimiento cero y capital, de Alejandro Nadal en La Jornada

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La destrucción del medio ambiente y el crecimiento parece que van de la mano. Por esa razón hoy existe un movimiento importante que propone un crecimiento cero o hasta un de-crecimiento en las economías del planeta como una forma de frenar el deterioro del medio ambiente.

El decrecimiento es definido como una reducción en términos físicos en la producción y consumo a través de una contracción en la escala de actividad y no sólo por incrementos en la eficiencia. En un trabajo reciente Kallis-Schneider-Martínez Alier (www.esee2009.si) explican que el decrecimiento puede ser visto como una reducción voluntaria, equitativa y gradual en la producción y consumo de tal modo que se garantice el bienestar humano y la sustentabilidad ambiental a nivel local y global, tanto en el corto como en el largo plazo.

Para alcanzar el decrecimiento se han propuesto muchas medidas relacionadas con tecnología, trabajo, educación y crédito. Algunas de estas medidas están relacionadas con políticas macroeconómicas. Por ejemplo, se propone una reforma monetaria en la que desaparece la moneda fiduciaria, considerando que así se corta de tajo la propensión al crecimiento desenfrenado. La moneda fiduciaria no está respaldada por reservas de oro o algún otro metal, o valores y divisas, de tal modo que su valor intrínseco es nulo. Su función de medio de pago es posible porque ha sido designada oficialmente como el instrumento monetario por excelencia. La confianza derivada de esta declaratoria permite que un simple pedazo de papel pueda desempeñarse como instrumento monetario. Parece que los seguidores del decrecimiento siempre han visto un enemigo en este mecanismo porque les parece que permite el crecimiento sin fin por carecer de un referente tangible. Esta es una visión equivocada: la prueba es que aún cuando la moneda no era fiduciaria había crecimiento.

El crecimiento tampoco encuentra sus orígenes en una patología cultural, una manía, un fetiche o una moda loca. El crecimiento es la consecuencia directa de la operación de las economías capitalistas. Y esta afirmación se aplica al capitalismo tal y como existía en Génova en el siglo XVI, o al mundo de las mega-corporaciones que imponen sus reglas en los mercados globales. También vale para describir lo que pasa en el capitalismo industrial o en el financiero.

En pocas palabras, el crecimiento está generado por factores endógenos del capitalismo porque el objetivo del capital es producir ganancias sin un fin determinado. Ese es el sentido de la particular forma de circulación monetaria que define al capital. Por la ley de la mercancía su propósito no es producir cosas más o menos útiles (o decididamente inútiles), sino producir ganancias y reproducirse a sí mismo. Por eso el capital es un motor de acumulación interminable, independientemente de si existe o no una moneda fiduciaria, o de si hay tal o cual mentalidad. La competencia intercapitalista es la manifestación de esta característica del capital.

En los Grundrisse, Marx señala que “conceptualmente, la competencia no es otra cosa que la naturaleza interna del capital, su carácter esencial, que surge y se realiza en la interacción de muchos capitales, una tendencia interna que se presenta como necesidad externa. El capital existe y sólo puede existir como muchos capitales y su determinación aparece como la interacción recíproca de unos con otros. Por las fuerzas de la competencia, el capital está siendo continuamente acosado ‘¡marcha, marcha!”

Cada componente de estos capitales es un centro privado de acumulación y sabe que de no actuar como tal, la competencia lo aniquilará. Por eso el capital siempre está estrenando espacios de rentabilidad: nuevos productos, procesos y mercados. Cada intersticio y cada oquedad es un territorio en espera de ser conquistado para la rentabilidad del capital. Para sus ojos inquietos, todo es un espacio de rentabilidad, desde los alimentos y el agua, los recursos genéticos, los yacimientos de petróleo o las píldoras tranquilizantes para olvidar el estrés cotidiano.

¿Podríamos tener un sistema tecnológico tan eficiente que redujera la huella ecológica aún con crecimiento? Eso está por verse, pero por el momento las ganancias de eficiencia han sido contrarrestadas por el efecto escala y por el efecto boomerang (al incrementar la eficiencia, los costos unitarios disminuyen, los precios bajan y aumenta el consumo).

Debe quedar claro que el crecimiento capitalista es una especie de enfermedad que todo destruye, comenzando con el ser humano. El corolario de todo esto es que la única forma de abandonar la manía del crecimiento es deshaciéndonos del capital. Por supuesto, esto abre otra discusión interesante. Mientras tanto, la teoría macroeconómica lo único que ha podido hacer es darse cuenta de las consecuencias terribles del estancamiento en las economías capitalistas: desempleo, inventarios no vendidos, crisis. ¿Capitalismo sin crecimiento? No va a ser fácil.

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Julio 21st, 2010 at 8:03 am

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El crecimiento depredador en India, de Alejandro Nadal en La Jornada

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La economía de India mantiene elevadas tasas de crecimiento desde hace varios años y para muchos es un ejemplo a seguir. Se afirma incluso que la experiencia del subcontinente es muestra de que el neoliberalismo sí puede funcionar. La realidad es otra. La evolución de la economía india es un proceso patológico que se nutre de la desigualdad social y la destrucción ambiental.

India mantuvo un crecimiento modesto después de la independencia en 1947. El proyecto de industrialización sostuvo una expansión reducida (4 por ciento) pero estable de 1950 a 1980. El ingreso per cápita aumentó en promedio 1.3 por ciento anual en ese periodo. La balanza comercial se mantuvo con déficit permanente y la economía estuvo cerrada a los flujos comerciales y de capital.

La crisis mundial de la deuda en los años 80 sometió a India a los dictados del Fondo Monetario Internacional y en los años 90 se impusieron las reformas de corte neoliberal, lo que representó un viraje radical en política económica. En los últimos 10 años India tuvo en promedio una tasa de crecimiento anual de 6.8 por ciento. La prensa internacional ha presentado esto como un milagro económico.

En estos años la desigualdad y la pobreza en India han empeorado. Hoy, 42 por ciento de la población total de ese país (mil 173 millones) vive con menos de un dólar diario. Un 75 por ciento de la población vive con dos dólares diarios y el modelo económico no va a revertir esta estructura tan desigual.

A pesar de las tasas de crecimiento de 6 por ciento-7 por ciento, el aumento en el empleo formal en India es raquítico y no pasa de 1 por ciento anual. Por cierto, eso significa que la expansión económica se apoya en aumentos de productividad muy importantes. Eso se relaciona con la estrategia de orientar la inversión hacia las exportaciones, lo cual requiere abatir al máximo los costos salariales para poder competir. Por eso la racionalización de las cadenas productivas se acompaña de fuertes recortes en el empleo.

A pesar del milagro en las tasas de crecimiento, India mantiene déficit crónico en sus cuentas externas y necesita financiarlo. Para ello ha optado por recibir flujos de capital, tanto en inversión extranjera directa, como en inversiones en cartera (capitales de corto plazo). Pero esto entraña un costo enorme: la política macroeconómica debe respetar reglas de juego que no tienen nada que ver con las necesidades de la población india.

La política monetaria está dominada por la necesidad de atraer capitales al espacio económico indio. Eso implica mantener altas tasas de interés. Además sólo los privilegiados tienen acceso al crédito, todo esto imprime un sesgo regresivo en la distribución de la riqueza al privilegiar la cartera de activos de los estratos más ricos y profundizar la desigualdad. Pero eso es irrelevante: lo que importa es mantener el flujo de capitales que permite financiar el déficit externo.

Todo esto explica que India tenga hoy las reservas más elevadas de su historia (unos 230 mil millones de dólares). En esto se parece a China, pero la diferencia es que aquél país tiene enorme superávit en su balanza comercial, mientras India sufre déficit crónico. Las reservas de India no lo son propiamente, son un recurso que en cualquier momento puede evaporarse.

La política fiscal se rige por el dogma del presupuesto balanceado y como no hay que incomodar a los dueños del capital para no afectar las inversiones, el equilibrio fiscal se logra recortando el gasto social y reduciendo el monto de recursos para la conservación ambiental.

La apertura a la inversión extranjera pasa por la entrega de concesiones en las industrias extractivas, forestal y turística. Esto desemboca en el despojo de tierras en las que se encuentran los yacimientos (hierro en Chhattisgarh, bauxita en Orissa, etc.) o cubiertas con densos bosques que representan una riqueza comercial de fácil acceso. Muchas de esas tierras son el hogar de pueblos originarios o adivasi (término derivado del sánscrito que significa primeros habitantes del bosque). Los adivasi son menos de 8 por ciento de la población de India, pero constituyen 40 por ciento de la población despojada de valles, cerros y cuencas de ríos. La entrega de sus tierras a megacorporaciones en las industrias extractivas y turísticas es uno de los rasgos más violentos del milagro neoliberal en India.

El economista Amit Bhaduri, profesor emérito de la Universidad Jawaharlal Nehru en Nueva Delhi, ha calificado a este proceso como crecimiento depredador. Hay que aclarar que no se trata de una metáfora. Es efectivamente un complejo proceso económico y político en el que los perdedores entregan su forma de vida a un crecimiento que privilegia a unos pocos y no puede elevar el nivel de vida de la mayoría de la población.

El paralelismo con México es extraordinario. Realmente lo único diferente son las tasas de crecimiento. Lo demás es idéntico. El mismo modelo, la misma injusticia.

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Julio 14th, 2010 at 8:04 am

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¿Hacia la Gran Depresión?, de Alejandro Nadal en La Jornada

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La crisis global no da señales de resolverse. Los sobresaltos en los mercados financieros y las malas noticias en los sectores reales de la economía indican que las cosas podrían empeorar. Algunos analistas ya se preguntan abiertamente si el mundo se encamina hacia una réplica de la Gran Depresión de los años 30.

No es una pregunta alarmista. La realidad es que las raíces de esta crisis son muy profundas y se encuentran en la esencia misma de las economías capitalistas. El volcán que estalló en 2008 es la parte visible de un desastre que se viene cocinando desde hace más de 30 años. Conviene recordar algunos rasgos de la evolución de la economía estadunidense para comprender que la recuperación va a requerir algo más que un simple estímulo fiscal. Las lecciones son importantes para todo el mundo.

En Estados Unidos la crisis actual no se origina simple y llanamente en el mercado de las hipotecas chatarra. Los orígenes se encuentran en la compresión salarial desde los años 70. Ese fenómeno terminó con la llamada fase dorada del capitalismo (1945-1975) marcada por tasas de crecimiento sostenido, por remuneraciones al alza y una reducción notoria en la desigualdad social. En cambio, a partir de los años 70 el crecimiento se redujo, la masa salarial cayó y la desigualdad aumentó.

La única manera de mantener niveles adecuados de demanda agregada fue a través del endeudamiento que comenzó a crecer desmedidamente en los años 70. Ese proceso culminó con el desenfrenado crecimiento de pasivos del sector privado en los últimos 15 años en Estados Unidos. Hoy el panorama no es nada tranquilizador. Un estudio reciente revela que en promedio la contribución del endeudamiento a la demanda agregada en ese país durante la década pasada alcanzó 15 por ciento anual y culminó en 1998 con un 22 por ciento. O sea que casi una cuarta parte de la demanda agregada en Estados Unidos estuvo financiada con deuda en 1998. En contraste, en la década de los 20, en promedio la deuda sólo financió 8.7 por ciento de la demanda agregada.

El desplome actual es todavía más preocupante. En los últimos 30 meses el desplome en el nivel de endeudamiento es de 42 por ciento. Es decir, que el desendeudamiento tiene contribución negativa a la demanda agregada, muy superior a lo que sucedió entre 1929 y 1931 (caída de 12.5 por ciento por el desendeudamiento). Y ese ritmo de desendeudamiento no parece estar menguando en estos días. Lo único que ha podido mitigar ese brutal proceso de contracción de la demanda agregada ha sido el estímulo fiscal que ahora está por agotarse.

En este contexto, el llamado a la reducción del déficit fiscal en el comunicado final del G-20 de Toronto es una estupidez. Desde 1970, ni la demanda, ni el empleo han crecido en Estados Unidos sin la ayuda de una demanda agregada impulsada por el endeudamiento.

Mientras los asalariados trataban de compensar el estrangulamiento salarial y la pérdida de poder de compra con más deuda, el gran capital desplazó sus operaciones hacia países con bajos costos salariales. El proceso culminó con el traslado de cientos de miles de empleos hacia China. En tres décadas el mundo fue testigo del desmantelamiento de la planta industrial en Estados Unidos. Algunos consideran que se trató de un proceso asociado a la evolución normal de una economía capitalista. Pero lo cierto es que las grandes compañías multinacionales que se beneficiaron con el traslado de sus operaciones manufactureras a China no se desindustrializaron, simplemente cambiaron de domicilio. En Estados Unidos se quedaron los que piensan que lo mejor de ese país es su capacidad de hacer innovaciones financieras. Un resultado de este proceso fue el desequilibrio mundial entre los más grandes países superavitarios (China) y deficitarios (Estados Unidos). En buena medida la incapacidad de la economía estadunidense para generar empleos se debe precisamente al desmantelamiento de la planta industrial a lo largo de los últimos 25 años.

En el Congreso en Washington casi nadie quiere otro paquete de estímulo para la economía estadunidense. Por eso muchos ahora piensan que habrá una recaída y la gráfica de la recesión tendrá la forma de una W. Pero otros piensan que podría tener la forma de una L muy, pero muy alargada. Es decir, la economía de Estados Unidos permanecería en el colapso varios años.

Frente a este paisaje, el G-20 se pronunció por mantener y profundizar el modelo económico neoliberal en el mundo. Como si el único futuro posible fuera el mismo laboratorio de donde salió la crisis actual. Deberían leer el último capítulo de la Teoría General de Keynes, en especial el pasaje en el que advierte que quizá el único medio para mantener el pleno empleo y disminuir la desigualdad será a través de la socialización de la inversión. Pero, caray, todo esto estaba prohibido pensarlo en el pequeño estado policiaco en que Canadá convirtió la sede del G-20.

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Julio 7th, 2010 at 8:04 am

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El fantasma del déficit fiscal rinde al G-20, de Alejandro Nadal en La Jornada

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El G-20 de Toronto pasará a la historia. No por la represión contra los manifestantes, eso ya es costumbre y nada nuevo. Será recordado por el compromiso de sus integrantes para convertir la crisis en una réplica de la gran depresión. El comunicado final del G-20 explícitamente le pone cifras a este pacto retrógrado: reducir en 50 por ciento los déficit fiscales para 2013. Una medida que en la fase actual de la crisis, con una demanda deprimida y altas tasas de desempleo, equivale a un suicidio colectivo.

Es la respuesta a la histeria del déficit fiscal que en Europa y en Estados Unidos comienza a desdibujar una muy frágil recuperación. Parlamentos y congresos de legisladores parecen conejos asustados en un corral que dice a la entrada equilibrio fiscal.

En Europa la austeridad fiscal domina, porque se le ve como la herramienta para rescatar no sólo al euro, sino a un proyecto macroeconómico fundado en la estupidez neoliberal. Ese salvamento pasa ahora por la destrucción de lo último que queda del pacto social del Estado de bienestar. Poco importa que con los desajustes en la UE y los altos niveles de desempleo, los recortes fiscales profundicen esta dolorosa recesión y hundan a Europa por muchos años.

En el Congreso de Estados Unidos hay dos corrientes. Los ingenuos piensan que el estímulo fiscal ya cumplió su misión y que es tiempo de devolverle la estafeta al sector privado para mantener el crecimiento. La corriente perversa sostiene que el paquete fracasó, que ya se agotaron sus efectos y que no hay que repetir esa receta. Con estas visiones es claro que la administración Obama no conseguirá otro paquete de estímulo, y la economía estadunidense regresará a la recesión en 2011, si no es que antes.

Un análisis más cuidadoso sobre los efectos del paquete de estímulo fiscal en Estados Unidos confirma esta conclusión. En febrero de 2009 el Congreso estadunidense aprobó el paquete de estímulo fiscal promovido por Obama, que incluyó reducciones fiscales por 288 mil millones de dólares (mmdd), un gasto en programas de educación, salud y beneficios por desempleo por otros 224 mmdd y préstamos y concesiones federales por 275 mmdd. Con sus 787 mmdd es el ejemplo más importante de política contracíclica en la historia fiscal de aquel país.

Cuando se aprobó el estímulo el PIB estadunidense se desplomaba en caída libre: el primer trimestre de 2009 cayó 6.4 por ciento. No hay duda que el paquete ayudó a revertir esa tendencia y para el tercer trimestre de 2009 se tenía un crecimiento positivo. Desgraciadamente el efecto sobre el empleo no fue tan importante y la tasa de desocupación se mantiene en alrededor de 10 por ciento.

Los efectos de este estímulo no han sido lo que quería la Casa Blanca, en parte por la naturaleza misma de la crisis y su entorno deflacionario. Los consumidores han usado la ayuda para descargar deudas, y en el contexto de gran capacidad ociosa existente las empresas no han invertido. Ahora que se está agotando el efecto del estímulo (para fines de este verano ya se habrá ejercido casi todo el paquete fiscal), el horizonte se oscurece. Si no hay otro impulso, la economía de Estados Unidos se hundirá en el estancamiento durante años.

Se insiste en reducir el déficit fiscal vía la eliminación del paquete de ayuda, por la creencia de que dicho déficit genera aumentos en la tasa de interés. Esa es la razón que esgrime Robert Samuelson (el no-economista del Washington Post). Pero ¿nadie le ha dicho que en Estados Unidos la tasa de interés ya es cero y que precisamente por eso la política monetaria no tiene tracción para impulsar a la economía?

Las otras razones caen por su propio peso. Se habla de que Estados Unidos ya llegó al tope en su capacidad de endeudamiento (la relación deuda pública PIB ya llegó al 90 por ciento). Pero la crisis no deja mucho espacio de maniobra y, por otro lado, los niveles de endeudamiento de una economía capitalista son un tema controvertido (en Japón la deuda pública es de 200 por ciento del PIB y no hay síntomas de inflación). Si como decía Keynes, el dinero es un vínculo entre el presente y el futuro, este endeudamiento es un préstamo que se hace la sociedad a sí misma.

En plena crisis, con desempleo galopante, lo increíble es que en Estados Unidos y Europa la batalla de la austeridad fiscal la están ganando los neoliberales. Por eso en Toronto todos en el G-20 olvidaron que la mejor manera de cerrar un déficit fiscal y enfrentar el endeudamiento es con altas tasas de crecimiento estable. Y eso es precisamente lo que no se va a lograr con la famosa austeridad.

El G-20 también será recordado por la sumisión de Obama a las ínfulas de una Alemania que ha podido imponer sus prioridades en Europa. La visión de austeridad fiscal de la señora Merkel era algo que Obama no tenía por qué comprar si hubiera tenido un poco más de claridad en sus convicciones. Pero bueno, ya estaba visto que en la Casa Blanca no hay convicciones que duren más allá de la hora del almuerzo.

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Junio 30th, 2010 at 9:02 am

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China: maquillaje para su política cambiaria, de Alejandro Nadal en La Jornada

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Las autoridades económicas en China se preparan para la reunión del G-20 la próxima semana. Quieren evitar a toda costa una condena a su política cambiaria de subvaluación del yuan. El crecimiento de las exportaciones chinas en mayo fue el más alto en seis años y rebasó todos los pronósticos. Para el curso que está tomando la crisis, eso no es un buen augurio en las economías de los socios comerciales de Pekín.

Todo mundo sabe que los costos laborales en China son extraordinariamente bajos. Ese ha sido un factor clave en la relocalización de la producción industrial de Estados Unidos hacia el gigante asiático. En la coyuntura actual el factor costo laboral sigue siendo un aspecto clave de las exportaciones chinas y de que el gigante asiático continúe aventando su colosal problema de desempleo al resto del mundo. Pero por muchas razones nadie quiere hablar de los salarios de miseria en China (tema de otro artículo).

En cambio, la subvaluación del yuan ofrece un blanco conveniente. El tema de la subvaluación cambiaria del yuan es particularmente delicado para Europa, el principal destino de las exportaciones chinas. Pero los más estridentes han sido los estadounidenses. Su legislación comercial les obliga cada dos años a examinar si hay o no manipulación cambiaria por parte de China. Y este año el secretario del Tesoro amenazó con hacerse eco de los reclamos en el congreso. La reunión del G-20 en Toronto la semana que viene ofrecía la oportunidad para presionar a China en este terreno.

Los políticos en Pekín vieron las señales claramente: hace cuatro días recuperaron la iniciativa y anunciaron que habría una mayor flexibilidad en su política cambiaria. La prensa internacional y los medios en Estados Unidos hablaron de un viraje histórico. Obama se felicitó haciendo aparecer esto como un éxito de su diplomacia económica.

Pero, ¿qué tan profundo es el cambio en la política cambiaria de China? La verdad es que hay más maquillaje que otra cosa. Y cuidado, el maquillaje puede ser peligroso. Hay que leer el comunicado oficial del banco central chino (disponible en www.pbc.gov.cn) para comprobar que lo que realmente anuncia es que no habrá cambios.

En resumen el comunicado contiene tres cosas notables. Primero, algo de retórica sobre el papel que jugó la política de flexibilidad cambiaria comenzada en 2005. El régimen introducido ese año implicó un cambio importante: se abandonó al dólar como única referencia y se le reemplazó por una canasta de divisas. Según Pekín, esa política ha desempeñado un papel positivo al mitigar el impacto de la crisis y ha contribuido a la recuperación en Asia.

Segundo, el comunicado afirma que como ya se está saliendo de la crisis, es deseable aumentar la flexibilidad cambiaria del yuan. Tercero, no se van a modificar las bandas de flotación de la paridad cambiaria y como la situación de la balanza de pagos china ha mejorado, no hay ninguna necesidad de proceder a la apreciación del yuan.

Aquí hay un contraste notable con lo que manifestaron Obama, Geithner, el Wall Street Journal y casi toda la prensa internacional. El comunicado no sólo carece de un compromiso firme para proceder a la revalorización de la moneda china. Hasta se da el lujo de anunciar explícitamente que no se van a modificar las bandas de flotación y que no se ve la necesidad de apreciar el yuan.

Eso no es todo. Hoy la política cambiaria china es un régimen de flotación que permite manipular el tipo de cambio. Ha estado basada en una canasta de divisas, pero el comunicado indica que China está pensando en reducir el peso del dólar en dicha canasta. Eso es lo que sucedió en 2007 y los resultados no fueron buenos para Estados Unidos. Hoy lo más probable es que China aumente el peso del euro en la canasta de referencia. Como la divisa común europea ha sufrido una depreciación importante, eso permitirá que el yuan mantenga la subvaluación en referencia al dólar.

Es decir, el anuncio del banco central en Pekín es como una galleta de la suerte china. Y su leyenda para Estados Unidos podría ser Ten cuidado con lo que deseas porque la mayor flexibilidad cambiaria del yuan cuando el euro está a la baja puede desembocar en una mayor depreciación de la divisa china con respecto al dólar estadunidense.

Pekín ha comprado tiempo con esta astuta maniobra y todos los involucrados pueden seguir la comedia con gran hipocresía. El secretario del Tesoro Geithner podrá dar a conocer su informe sin tener que condenar a China por manipulación cambiaria. Obama, obsesionado por su necesidad de dar a conocer buenas noticias dirá una vez más que el triunfo es suyo. El G-20 podrá enfocar sus baterías para apoyar la austeridad fiscal en Europa y acabar de destruir lo que queda del estado de bienestar en el continente. El G-20 podrá festejar y presentar el gran cambio en la política cambiaria de China como un logro más de ese cónclave tan serio y responsable en el manejo de la economía mundial.

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Junio 23rd, 2010 at 8:04 am

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Sanciones contra Irán y la próxima guerra, de Alejandro Nadal en La Jornada

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En su Historia sobre las guerras del Peloponeso, Tucídides relata cómo Pericles en el siglo V antes de nuestra era impuso sanciones económicas contra la ciudad de Megara, que se había alineado con Esparta. Atenas prohibió el comercio con esta ciudad Estado y envió un mensaje: si Megara no desistía de su alianza con Esparta sería castigada. Megara se enardeció y exigió a Esparta desatar la guerra. Las hostilidades duraron 30 años.

La historia de las sanciones económicas y políticas para obligar a un país a cambiar su conducta es larga, pero enseña que frecuentemente conducen al fracaso. No sólo no cambian la conducta de los estados sancionados, sino que invariablemente llevan a la guerra.

El Consejo de Seguridad votó la semana pasada un paquete de sanciones en contra de Teherán. Es un paso más hacia la confrontación en el marco de la miope política exterior de Estados Unidos frente a Teherán.

Para Washington las sanciones forman parte de la necesidad de contener a Teherán. En esa lógica son un eslabón en una secuencia que va de la presión diplomática hasta la guerra. Es decir, Obama mantiene las mismas prioridades anquilosadas que rigen en Washington desde el triunfo de la revolución islámica hace 30 años. El objetivo sigue siendo el cambio de régimen y la amenaza es la guerra preventiva.

Para Teherán esa amenaza es real. Sus dos vecinos al oriente y poniente están sometidos a una invasión por tropas estadunidenses. También se encuentra rodeado de potencias con armas nucleares. Esto incluye a Israel, país que nunca firmó el Tratado de no proliferación de armas nucleares (TNP) y hoy cuenta con 200 cabezas nucleares listas para ser usadas.

Washington afirma que son sanciones fuertes, pero la realidad es que se trata de medidas sumamente débiles. Para empezar, no se limitan la producción y exportaciones de hidrocarburos, como quería Hillary. Pero China no hubiera votado a favor de las sanciones y por eso no se incluyeron. Tampoco hay sanciones generalizadas sobre servicios financieros y de seguros. Las únicas sanciones reales prohíben las inversiones de Irán en otros países en la minería de uranio o en la producción de materiales nucleares y tecnología. Se imponen algunas restricciones de viaje y se congelan los activos financieros de algunas corporaciones e individuos señalados en los anexos de la resolución. Lo demás es estándar: no se puede proveer a Irán de equipo militar ofensivo (pero Rusia podría seguir proporcionando misiles tierra-aire, por ejemplo), etc.

¿Son legales esas sanciones? La respuesta es negativa porque el Consejo de Seguridad está obligado a determinar la existencia de la amenaza a la paz que este caso representa, y ese requisito permanece incumplido. Las declaraciones de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) no suplen ese requisito y, por otro lado, están llenas de mensajes ambiguos sobre el programa nuclear de Teherán.

Irán no ha violado el TNP. Ha insistido en el derecho que le confiere ese tratado para enriquecer uranio y desarrollar su industria nuclear sin interferencias. Los países que hoy apoyan las sanciones no han podido demostrar lo contrario. Los mismos servicios de inteligencia de Estados Unidos no han podido demostrar que Teherán tiene un programa para producir armas nucleares.

¿Serán efectivas las sanciones? Si lo que se busca es frenar el proyecto de conseguir dominar todo el ciclo de combustible nuclear que Irán desea, las sanciones van a fracasar. El único camino para la torpe política de Hillary-Obama será un ataque preventivo (que podría desatarse por medio de Israel). Las consecuencias serán desastrosas.

En 1941 Estados Unidos impuso un embargo petrolero sobre Japón para frenar su expansionismo en China. Esa medida colocó un cerco que Tokio consideró intolerable y le llevó a la guerra contra Estados Unidos. Se dice que de todos modos el expansionismo japonés era incontenible. Puede ser, pero también es cierto que Washington sabía muy bien lo que estaba haciendo y las sanciones eran un preludio para una guerra deseada por Estados Unidos. Esa es precisamente la lógica que acompaña este último desplante de las sanciones contra Irán. Lo que se busca es preparar la confrontación y la guerra.

El último paquete de sanciones aprobadas por el Consejo de Seguridad (con el voto de México, que una vez más hizo un triste papel) proporciona a Obama una victoria pasajera y sin importancia en este tortuoso camino hacia la confrontación con Irán.

La crisis económica y financiera global es más profunda y será más larga de lo que muchos quieren aceptar. Y va a terminar redefiniendo la estructura de la economía mundial. La historia nos enseña que este tipo de crisis y procesos de reorganización económica internacional acaban por transformarse en conflictos armados. Los imperios económicos en su fase crepuscular (como lo es Estados Unidos hoy) no están dispuestos a abandonar el centro del poder sin oponer resistencia.

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Junio 16th, 2010 at 8:02 am

Leyendo las entrañas de la bestia, de Alejandro Nadal en La Jornada

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Las autoridades económicas en Estados Unidos y Europa tienen problemas para leer las señales sobre la evolución de la crisis. Es normal. Sus instrumentos analíticos no están diseñados para volar en mal tiempo. El aterrizaje puede ser algo accidentado.

Es cierto que los indicadores acarrean mensajes muy ambivalentes. Por ejemplo, la economía estadunidense ha experimentado algo de crecimiento en el PIB para los últimos trimestres, de ahí que se habla de recuperación. En abril el número de empleos alcanzó la cifra de 450 mil y rebasó las expectativas de muchos analistas, lo que permitiría pensar que el estímulo fiscal puede estar funcionando.

Pero el crecimiento del PIB sigue siendo modesto y no está claro cómo se va a sostener. Y de las cifras de empleo en abril, 411 mil fueron generados por el gobierno, casi todos de carácter temporal (desaparecerán en unos meses), mientras que el sector privado apenas creó 41 mil empleos. El sector privado no está generando empleos. Los consumidores tampoco están lanzándose a los centros comerciales a comprar. Eso también es normal porque su problema en el momento actual es ahorrar, desendeudarse y restablecer sus balances.

Desde la Reserva federal, Bernanke reconoce que la recuperación es débil, que sus efectos no se notarán durante meses y que lo más probable es que el desempleo permanezca en niveles de dos dígitos durante una larga temporada. Pero eso no le impide señalar que está llegando el momento en que el banco central tendrá que comenzar a incrementar la tasa de interés aún antes de que la economía alcance el pleno empleo. Todo esto revela que el mundo de la política macroeconómica sigue dominado por la estupidez neoliberal. La gigantesca crisis económica y financiera que sigue asolando al mundo no fue suficiente para cambiar de paradigma.

Para culminar sus declaraciones, Bernanke reconoció que realizar pronósticos económicos en el contexto actual es algo así como leer las entrañas de un animal. Para provenir de un presidente de banco central, es una confesión asombrosa.

Hace unos meses el debate macroeconómico estaba dominado por el tema de la estrategia de salida una vez que se consolide la recuperación. Pero en Europa esta discusión se descarriló por la crisis de la deuda soberana. A partir de la debacle de la deuda griega, el miedo a un contagio en otros países desvió la atención. En lugar de dar prioridad a la necesidad de asegurar una recuperación sólida, con una trayectoria de bienestar y sustentabilidad, hoy lo urgente es calmar a los mercados financieros. Poco importa que el desempleo se afirme en niveles alarmantes, lo que ahora importa es corregir los desequilibrios fiscales. No sea que los mercados se inquieten al observar el tamaño de los agujeros en las finanzas públicas.

Este problema no es privativo de los países de la zona euro. Inglaterra y su libra esterlina también están en la mira de las agencias calificadoras. La libra cayó el lunes debido a la observación de la agencia Fitch sobre el desafío formidable que enfrenta el nuevo gobierno de coalición en materia fiscal. Al primer ministro no le ha quedado más remedio que anunciar nuevas medidas de austeridad para controlar el servicio de la deuda soberana inglesa. Mientras tanto, en Berlín la Merkel impone el programa de austeridad más feroz en la historia de la nueva Alemania.

Claro que para las autoridades económicas en los principales países capitalistas es difícil leer las entrañas de la macroeconomía sacrificada en el altar de las finanzas. Sus anteojos son los de la teoría macroeconómica neoliberal tan enraizada en los centros de poder. A través de ese cristal las economías capitalistas funcionan correctamente y la crisis no debería de haber estallado. Aunque usted no lo crea, es lo que predomina en muchos bancos centrales. El corolario es que para entender lo sucedido se necesitan computadoras más poderosas y modelos econométricos más complejos.

No ayuda mucho la visión alternativa según la cual la convergencia al equilibrio se ve impedida por fricciones o choques externos porque la receta de política macroeconómica que se desprende es que hay que deshacerse de la fuente de esas fricciones: los sindicatos y las regulaciones.

La conclusión de estas dos visiones del mundo es que hay que regresar a la economía neoliberal, con sus presupuestos equilibrados y sus cuentos de hadas sobre mercados bien portados y recursos eficientemente asignados.

Los arúspices eran adivinos etruscos que examinaban las entrañas de un animal sacrificado en un ritual especial para identificar presagios. En el senado romano se les tomaba en serio y eran consultados antes de tomar decisiones importantes. Pero pronto se les consideró como charlatanes y dicen que dos arúspices no podían mirarse sin reírse. Quizás esa es la única diferencia con los practicantes de la macroeconomía neoclásica, que insisten en poner caras serias para que todos tomen en serio su mitología.

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Junio 9th, 2010 at 8:02 am

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