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El euro y el Fondo Monetario Europeo, de Alejandro Nadal en La Jornada

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Cuando nació el euro, el vaticinio era que no sobreviviría su primera crisis. Mientras las cosas marcharon bien para la economía mundial, el euro creció y su papel como unidad de reserva y pagos internacionales se fortaleció. Hoy más de la cuarta parte de las reservas de los bancos centrales del mundo está en instrumentos denominados en euros y por primera vez en su historia, la emisión de bonos en euros sobrepasó a la de dólares estadunidenses.

El problema de las economías capitalistas es que mientras las cosas marchan bien es precisamente cuando se están gestando los problemas. Y ahora que estamos en la peor crisis desde la gran depresión todo está preparado para ver si aquél pronóstico sobre el euro era acertado o no.

La crisis llegó a Europa por muchos canales, pero no parecía una amenaza para el euro sino hasta que se perfiló la posibilidad de una moratoria sobre la deuda soberana griega. Lo cierto es que Grecia pudo colocar deuda soberana a menor costo perteneciendo a la esfera del euro porque los inversionistas siempre pensaron que Alemania acabaría respaldando la economía griega. Pero ahora que Atenas tiene dificultades para enfrentar vencimientos y el servicio de su deuda y que Alemania no quiere recoger la factura, vienen a la memoria todas las debilidades fundacionales de la divisa de la eurozona.

La creación del euro significó para los miembros de la eurozona una pérdida de soberanía en materia de política monetaria y cambiaria. El ganador fue el Banco Central Europeo (BCE), una institución financiera autónoma que no rinde cuentas a nadie. El BCE controla desde entonces la tasa de interés y la política monetaria para la eurozona. El esquema macroeconómico europeo también impone límites al gasto público, pasando así a controlar la política fiscal.

Pero la eurozona no cuenta con un mecanismo que permita transferencias fiscales entre sus miembros. Esa es la principal diferencia con el sistema de la Reserva Federal en Estados Unidos. Por ese motivo, la eurozona exige una férrea disciplina macroeconómica, misma que no se ha cumplido en la práctica. Ni el tope de endeudamiento (60 por ciento del PIB), ni el del déficit fiscal (3 por ciento del PIB) han sido acatados por muchos de los integrantes de la eurozona, lo que lleva a dos reflexiones.

Primero, la política macroeconómica de la eurozona y de la Unión Europea en su conjunto fue concebida en el momento más intenso de la expansión neoliberal. En esos años dominaba la visión según la cual la mejor política macroeconómica era la que no intervenía en nada. Por esa razón se pensaba que las reglas del tratado de Maastricht y del Pacto de estabilidad y crecimiento eran más que suficientes para mantener no sólo la disciplina individual, sino una credibilidad bien cimentada para la nueva divisa.

Hoy la crisis desmiente esas creencias y revela que se necesita una política macroeconómica contra-cíclica. La moraleja es que si quiere sobrevivir en el largo plazo, la Unión Europea debería rediseñar su marco de política macroeconómica, restituyendo flexibilidad y eliminando la subordinación a los dictados del capital financiero. Eso requiere de una sacudida política y social de primera magnitud.

La segunda reflexión tiene que ver con la supervivencia del euro. El capital financiero europeo teme por la salud de su divisa emblemática. No es un secreto que varios de los más grandes fondos de coberturas (hedge funds) están apostando al desplome del euro, o por lo menos a su nivelación a la par con el dólar estadunidense. Por eso el eje financiero de la eurozona considera urgente detener el colapso de la economía griega y evitar el contagio a otros países de la cuenca del Mediterráneo. Sin embargo, no le es fácil armar un paquete de salvamento con transferencias de fondos y garantías para los acreedores de estos países.

La solución que se perfila es la creación de un Fondo Monetario Europeo (FME) para hacer valer las reglas y disciplinar a los miembros de la eurozona. Lo grave es que el FME aplicaría las mismas recetas desastrosas que utilizó el Fondo Monetario Internacional en el contexto de las crisis de los últimos 20 años. El apoyo irá condicionado a la aplicación de esquemas pro-cíclicos, con su secuela de privatizaciones, contención salarial y recortes en el gasto social. Todo ello para sacrificar la economía real en el altar del capital financiero, agravando la destrucción de capacidad instalada y la pérdida de empleos. Peor aún, se estarán sentando las bases para crisis futuras de mayor intensidad.

El arreglo monetario europeo es disfuncional por el marco neoliberal de su política macroeconómica. Para el capital financiero en la eurozona, la supervivencia del euro es vital para la continuidad de la Unión Europea neoliberal. Para los pueblos de Europa, lo que está en juego es la existencia de una sociedad más solidaria y justa. La unión monetaria es un instrumento para lograr ese objetivo, no para beneficiar al capital financiero.

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Marzo 11th, 2010 at 8:05 am

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Raíces neoliberales de los cultivos transgénicos, de Alejandro Nadal en La Jornada

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Queda por indagar si los inventos mecánicos han aligerado el trabajo humano, preguntaba John Stuart Mill en sus Principios de economía política. Marx le responde: ese no era su objetivo. Las máquinas, como cualquier invento capitalista, son un método particular para incrementar la tasa de ganancia.

Los cultivos transgénicos son un instrumento del capital para transformar un proceso de producción. Su objetivo no es combatir el hambre, ni terminar con la pobreza. Tienen otra finalidad: imponer la racionalidad del capital y transformar el campo en espacio de rentabilidad. Son el último eslabón de una larga cadena de esfuerzos por dominar un ámbito que le ha resistido tenazmente.

En la agricultura el capital simplemente no ha podido apropiarse del proceso productivo para moldearlo a sus necesidades. Y es que en el campo el capitalismo no puede someter al clima o sujetar la visita inoportuna de plagas y otras calamidades. Vaya, no controla ni el tiempo de producción, ni la porosidad del proceso de valorización del capital. Tampoco controla los humores, tiempos y tradiciones de los campesinos. Y eso sí que le duele: no controlar al trabajador.

Cierto, la agricultura fue sojuzgada desde afuera, imponiéndole términos de intercambio desfavorables (precios bajos al productor, costo elevado de insumos). A escala macroeconómica, la agricultura fue convertida en fuente inacabable de mano de obra y alimentos baratos para mantener una norma salarial adecuada a la acumulación capitalista.

Pero el campo no es una fábrica y el proceso directo de producción no es fácil de intervenir. El capital quiso controlarlo por la mecanización, la difusión de insumos agro-químicos y semillas modificadas para aumentar rendimientos (toneladas por hectárea). Por cierto, entre 1950-1970 los fitomejoradores lograron dichos incrementos pero con costos sociales y ambientales considerables. Lo más importante es que desde el punto de vista del capital, el control del proceso de producción en el campo siempre fue incompleto.

No importa que algún mentecato o un funcionario prevaricador afirme que los cultivos transgénicos son la respuesta al hambre, porque en realidad no están diseñados para aumentar los rendimientos de manera significativa. Por ejemplo, muchos estudios concluyen que los rendimientos de los cultivos transgénicos han permanecido estables o incluso han sido inferiores a los de cultivos tradicionales. Otros indican que en algunos casos pueden aumentar, pero se trata de incrementos marginales, nada comparable a los aumentos en rendimientos que produjo la revolución verde.

Para que un cultivo transgénico permita aumentos en rendimientos comparables a los de la revolución verde se necesitaría modificar la arquitectura de una planta. Para lograr ese resultado habría que manipular una mayor cantidad de genes. Esa proeza exigiría una capacidad tecnológica que hoy no está disponible y probablemente nunca lo estará. Si la biotecnología pudiera manejar el mismo número de genes que el de patentes que controlan los abogados de las empresas trasnacionales, quizás las cosas serían distintas. Se ha dicho que los biotecnólogos quieren jugar a dios. Sería más certero decir que sólo juegan al aprendiz de brujo con unas cuantas piezas extraviadas de un lego que no conocen.

Si los cultivos transgénicos son el mejor ejemplo de una trayectoria tecnológica fallida, ¿por qué se interesa el capital en ellos para acometer con nuevos bríos esta lucha por dominar el campo? Porque las empresas trasnacionales no han recuperado las inversiones que hicieron en su apuesta con esta tecnología fracasada y hoy la crisis les aprieta por todos los frentes.

Desde Guadalajara, el director de la FAO miente. Dice que la meta de reducir el hambre en 50 por ciento se podría cumplir con la aplicación de la biotecnología. Nada más alejado de la verdad. Habría que recordarle que aun los aumentos en rendimientos de los años sesenta no pudieron acabar con el hambre: ¿por qué será?

Su retórica enseña a qué grado se ha envilecido la FAO frente a las trasnacionales de la biotecnología. El hambre en el mundo es producto de un modelo económico cimentado en la explotación y la concentración de riqueza. La desnutrición es fruto de un sistema excluyente que impone el monocultivo comercial y el sometimiento al poder de unas cuantas corporaciones gigantes. Por si no se han enterado, la crisis global es engendro del sistema neoliberal que hizo todo esto posible. En lugar de proponer reformas, el director de la FAO (y sus comparsas en el gobierno mexicano) recomiendan todo aquello que signifique continuar con el modelo neoliberal. Es claro: la bestia neoliberal está herida, pero eso no la hace inofensiva.

En los cultivos transgénicos tenemos el mejor ejemplo de una forma de ciencia que es poderosa en la medida en que es ignorante. La ciencia como dominación sacrifica a la ciencia como conocimiento, escribía Paul Valéry en sus Historias quebradas.

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Marzo 4th, 2010 at 8:03 am

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La tragedia griega, de Alejandro Nadal en La Jornada

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La crisis en Grecia no es una simple emergencia pasajera. Es la prueba de que la economía mundial permanecerá una larga temporada, quizás más de diez años, sumergida en un letargo profundo. Lleva en sus entrañas el anuncio de eventos nefastos. En comparación con el terremoto griego, la caída de Lehman Brothers en 2008 podría parecer juego de niños. No cabe duda, la idea de que ya entramos en una fase de recuperación es brutalmente desmentida con el colapso de la economía griega.

Es ahora bien sabido que para ingresar a la eurozona en 2001, el gobierno griego ocultó la magnitud real del déficit público y de endeudamiento, para cumplir con los requisitos del Tratado de Maastricht (déficit fiscal y endeudamiento inferiores a 3 y 60 por ciento del PIB, respectivamente). En 2004 la Eurostat descubrió los trucos contables y ese año el déficit fue recalculado, pasando de 1.7 a 4.6 por ciento. En 2009 ese déficit alcanzó 12.7 por ciento del PIB. Por su parte, Goldman Sachs y el gigante en bancarrota AIG ayudaron a disfrazar el monto de la deuda a través de operaciones poco transparentes en los mercados de derivados.

Cuando ingresó a la esfera del euro, Grecia lo hizo con un tipo de cambio sobrevaluado, lo que otorgó a los consumidores una ilusión de prosperidad y el acceso a bienes y servicios que antes estaban fuera de su alcance. El deterioro de las cuentas externas griegas no tardó, y hoy el déficit comercial alcanza 12.8 por ciento del PIB.

Además, con las menores tasas de interés, tanto el sector privado como el gobierno aumentaron sus niveles de endeudamiento. La deuda externa de Grecia asciende hoy a 260 mil millones de euros (mmde) y los vencimientos a corto plazo constituyen una seria amenaza: 30 mmde en abril y marzo (64 mmde a lo largo del año). El país no tiene con qué enfrentar esos vencimientos y la amenaza de una moratoria es real. Las consecuencias para Europa serían graves.

La crisis mundial tomó a Grecia en una mala coyuntura. Su balanza de pagos muestra gran debilidad y sus finanzas públicas están enfermas.

Normalmente, un país en esas condiciones podría recurrir a una devaluación. Pero por pertenecer a la esfera del euro, Atenas no controla su política cambiaria. Tanto Grecia como la Unión Europea enfrentan un peligroso dilema: una salida griega de la eurozona conlleva graves daños para el euro, pero permanecer en ella aplicando un programa de austeridad implica una recesión prolongada y difícil para Grecia.

Los líderes de la Unión Europea han insistido en que no dejarán caer la economía griega, pero hay muchas reticencias. En Holanda se ha votado una ley que prohíbe usar recursos fiscales holandeses en un eventual rescate de los griegos. En Alemania el sentimiento es parecido. De cualquier manera, si se logra armar un paquete de salvamento para Atenas, lo más seguro es que vendrá acompañado de terribles condiciones de austeridad. Cualquiera que recuerde los paquetes de austeridad procíclicos impuestos por el FMI en las últimas décadas sabe muy bien lo que eso significa.

Se podría pensar que si se mantiene el déficit constante, el crecimiento de la economía griega podría llevar a cumplir la meta macroeconómica de su reducción. Pero en el contexto de una recesión mundial eso no sucederá. Parece que el sacrificio que exigirá la UE para acudir al rescate será descomunal: recortes fiscales a todo tipo de prestaciones y en el gasto social, además de una avalancha de aumentos de impuestos. Esas medidas de austeridad profundizarán la recesión y reducirán todavía más la recaudación fiscal, alargando la duración de la emergencia. En todo este proceso, el servicio de la deuda pasará por una colosal desviación de recursos de la economía real a la esfera financiera.

Paradójicamente, los embustes de los gobiernos griegos podrían apuntar hacia una puerta de salida: el recorte del gasto militar. En 1991 cuando las autoridades griegas mintieron sobre la magnitud del déficit público, parte del engaño versó precisamente sobre la adquisición de costosísimos aviones militares. En 2005 el gasto militar en ese país alcanzó 4.3 por ciento del PIB (datos de SIPRI). Es evidente que eso debería ser el primer filón para un programa de saneamiento de las finanzas públicas. De hecho, el monto preciso del gasto militar podría ser mayor. De cualquier forma, aun el recorte en el gasto militar no es suficiente para evitar el brutal ajuste que se impondrá sobre el pueblo griego.

Como en una tragedia clásica, Grecia tiene frente a sí opciones que oscilan entre lo terrible y lo desastroso. Si acepta un rescate condicional, se sacrificará en el altar de la austeridad y sufrirá una larga y brutal recesión. Si declara la moratoria, quedará aislada y los efectos sobre los bancos de la Unión Europea serán desastrosos. El exilio podría ser otra opción: Grecia podría abandonar el euro, lo que repercutiría negativamente sobre la credibilidad de la unión monetaria y sobre la economía mundial. En el género de la tragedia todos los caminos conducen a la desgracia.

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Febrero 25th, 2010 at 8:04 am

Marx y Minsky frente a la crisis, de Alejandro Nadal en La Jornada

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Cuando la economía capitalista entra en crisis no es porque una fuerza externa la golpea. Es porque algo no anda bien internamente. Pero ¿qué podría ser ese malestar endógeno?

La pregunta no es trivial: el diagnóstico es clave para determinar las medidas para salir de la emergencia.

Hoy predomina la interpretación de que estamos en una crisis causada por la desregulación del sector financiero, bancario y no bancario. Este debilitamiento de reglas habría generado incentivos perversos a la especulación y la aceptación de riesgos desmedidos.

Por supuesto, cuando reventó la burbuja especulativa los sectores no financieros también se vieron afectados por el colapso en la demanda agregada. Por eso se han aplicado estímulos fiscales para reactivarla. Pero la narrativa oficial es que los sectores no financieros de la economía (agricultura, industria y servicios) iban bien hasta que pegó el coletazo de una crisis que nace en el sector financiero.

Eso es erróneo. Los problemas de la economía real están en la raíz de esta crisis y, mientras no sean encarados, la economía mundial seguirá sufriendo tropiezos y un día llegará una verdadera hecatombe.

En 1992, mientras los economistas oficiales cantaban loas al neoliberalismo, Hyman Minsky elaboraba su teoría sobre la inestabilidad financiera del capitalismo. Según este autor, en épocas de bonanza el optimismo lleva a empresas y familias a sobrestimar el valor de sus activos, a considerar que los buenos tiempos perdurarán y a asumir mayores riesgos.

Esto sucede en cada ciclo de negocios, pero el proceso culmina en un ciclo más largo que acaba por transformar el régimen regulatorio del sector financiero, sus mercados y hasta sus prácticas contables. La erosión de las instituciones que debían controlar la especulación y dar estabilidad termina generando la proliferación de esquemas financieros de alto riesgo, escasas garantías y grandes niveles de apalancamiento.

El modelo Minsky se queda corto. En él no hay cabida para los impulsos que desde el sector real conduzcan a la crisis. Es cierto que en los ciclos de negocios de la economía estadunidense a partir de 1980 los deudores y acreedores tomaron cada vez mayores riesgos y que a lo largo de ese periodo se erosionó el régimen regulatorio. Según esto, la crisis se debe a fenómenos psicológicos y a los incentivos perversos que favorecieron la especulación descontrolada. Los factores estructurales en las esferas (no financieras) de la producción quedan fuera de esta explicación.

En contraste, otras investigaciones revelan que entre 1973-1984 ocurrieron cambios importantes en la economía real de Estados Unidos y otras economías capitalistas. El más importante es que la tasa de ganancia comenzó a reducirse. Aunque hay diferencias entre sectores, los indicadores elaborados con diferentes metodologías no se equivocan: la tasa de ganancia se reduce en Estados Unidos, Alemania, Japón y otros países.

Esa caída en la tasa de ganancia desencadenó una ofensiva en contra de los asalariados desde la década de los setenta. Sindicatos y reglas laborales que habían mantenido una evolución favorable en los salarios y prestaciones fueron atacados en todos los frentes. La globalización neoliberal fue parte de ese ataque, generando fuerzas para deprimir más los salarios.

El resultado fue que los salarios se estancaron y el poder de compra de la clase trabajadora en Estados Unidos se debilitó. El sobrendeudamiento fue lo único que mantuvo el nivel de vida al que aspiraban las clases trabajadoras. Las burbujas especulativas mantuvieron el nivel de la demanda agregada que necesitaba la economía estadunidense.

Frente al descenso en rentabilidad, el capital se refugió en las finanzas. La ofensiva contra los asalariados y la expansión del sector financiero son dos caras de la misma moneda: la caída en la tasa de ganancia, un problema con raíces profundas en la evolución del capitalismo.

Aquí se escucha el eco del análisis de Marx que ha estado a la defensiva desde hace tiempo. El dogmatismo y varias dificultades teóricas, especialmente el llamado problema de la transformación de valores en precios de producción (planteado por Marx en el tomo III de El Capital), frenaron durante años el desarrollo crítico del pensamiento marxista. Hoy cobra fuerza la reflexión de corte marxista sobre la crisis, aunque siga pendiente la solución de varios problemas teóricos importantes.

En estos análisis se articula la evolución del cambio técnico, la competencia intercapitalista y el conflicto por la explotación y la distribución del ingreso en un edificio analítico coherente. Los aportes de Minsky, de la teoría de Keynes, y por supuesto Kalecki, se fusionan bien con estas interpretaciones marxistas. El punto central es que las raíces de la crisis están en la economía real y no sólo en la esfera de las transacciones financieras. La conclusión es clara: la economía de la globalización neoliberal (y no sólo su casino financiero) está mortalmente enferma y sus fundamentos deben modificarse radicalmente.

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Febrero 18th, 2010 at 8:01 am

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Bancos: la reforma Volcker es insuficiente, de Alejandro Nadal en La Jornada

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Desde que estalló la crisis, un reclamo generalizado ha sido la necesidad de establecer nuevas reglas para los bancos y el sistema financiero. La razón es que muchos piensan que los orígenes de la crisis se encuentran en la feroz desregulación del sector financiero. Pero la presidencia de Obama ha tardado un año en comenzar a atender esta petición. Y ahora que ha comenzado a hacerlo, parece que sus propuestas de cambio son insuficientes.

La desregulación financiera tiene una larga historia, comenzando en 1978, cuando un fallo de la Suprema Corte (Marquette vs. First of Omaha) permitió extender las prácticas usureras de los bancos a todos los estados de la unión. Con Reagan, la ley Gran-St. Germain de 1982 desreguló las cajas de ahorro, lo que provocó la crisis del sector a finales de la década.

En 1994 fueron eliminadas las restricciones sobre actividades interestatales de los bancos (ley Riegle-Neal). En 1996 la Reserva federal reinterpretó la ley Glass-Steagall permitiendo que varios bancos comerciales obtuvieran hasta 25 por ciento de sus ganancias totales en actividades de la banca de inversión. Según la ley Glass-Steagall de 1933, la banca comercial (con su manejo prudencial) debía estar separada de la banca de inversión (que acepta mayores riesgos). El lobby bancario triunfó en 1999 cuando la ley Gramm-Leach-Bliley abrogó la ley Glass-Steagall.

En 2000 se impidió a la Comisión federal de transacciones de futuros vigilar y regular las operaciones de derivados no cotizadas en la bolsa. Finalmente, en 2004 se estableció un sistema de regulación voluntaria, permitiendo a los bancos de inversión manejarse con menos reservas y con mayores niveles de apalancamiento.

Así se instauraron incentivos perversos y se sentaron las bases para el manejo explosivo de riesgos. La crisis no era más que una tragedia anunciada. Por eso cuando Obama anunció una iniciativa para volver a regular la actividad bancaria, recogió muchos aplausos. La iniciativa fue preparada por Paul Volcker, su asesor especial para la recuperación económica.

Para Volcker, los grandes bancos no deben utilizar los sistemas de protección de depósitos como plataforma para sus operaciones especulativas. Su plan tiene dos objetivos. El primero es limitar el tamaño de los bancos para evitar que en caso de crisis pongan en peligro la integridad de todo el sistema bancario. Pero habrá que ver los criterios para limitar las dimensiones de los bancos: el diablo está en los detalles.

El segundo objetivo es impedir las transacciones financieras que llevan a cabo los bancos por su cuenta para obtener ganancias especulativas. Estas actividades introducen riesgos adicionales a los de la actividad bancaria tradicional. Uno de los destinatarios de la reforma es Goldman Sachs, empresa que saca 10 por ciento de sus ganancias de estas operaciones.

Pero la reforma Volcker tiene agujeros por los cuales podría pasar un elefante. Para empezar, sólo se aplica a las instituciones que manejan depósitos. Goldman Sachs o Morgan Stanley, por ejemplo, podrían evadir la regla Volcker y seguir adelante con sus operaciones especulativas si se deshacen de la pequeña base de depósitos que tienen en la actualidad.

Por otra parte, los bancos van a poder seguir siendo dueños de fondos de cobertura y de otros fondos de títulos financieros siempre y cuando las operaciones se hagan a nombre y por cuenta de sus clientes (en lugar de ser vehículos de inversión especulativa con recursos propios del banco). Pero esto es peligroso. La crisis demostró que la línea divisoria entre operaciones a nombre de los clientes y con recursos propios de un banco es muy tenue. En la crisis muchos bancos grandes acabaron rescatando a clientes poderosos que habían salido raspados en operaciones de dudosa calidad. Y lo peor es que los bancos podrán eludir la regla Volcker con tan sólo retirar su capital de los fondos de cobertura que manejan: de ese modo siempre podrán argumentar que todas las operaciones son de sus clientes.

La reforma Volcker no impedirá a los bancos realizar operaciones especulativas en los mercados de futuros, de materias primas y commodities. Sólo tienen que demostrar que se trata de operaciones por cuenta de sus clientes. De hecho, las empresas especializadas en las transacciones sobre materias primas y commodities (como Trafigura, Glencore o Vitol) se verán beneficiadas por la exclusión de los bancos en este sector. Muchos analistas piensan que en la lucha por apropiarse de mayores parcelas de mercado, la volatilidad va a arreciar. No hay que olvidar que las alzas en precios de aceites y granos hace dos años estuvieron relacionados con la actividad especulativa de bancos, fondos, aseguradoras y otros grandes agentes en los mercados de futuros. La crisis de altos precios en alimentos puede agravarse en los meses que vienen.

La desregulación es sin duda una de las raíces de la crisis. Pero la reforma de Volcker es demasiado tímida para contrarrestar el alud especulativo de la economía estadunidense.

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Febrero 11th, 2010 at 8:03 am

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Premio innoble de economía, de Alejandro Nadal en La Jornada

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El Premio Nobel de economía no existe. En sentido estricto, la Fundación Nobel otorgó su consentimiento para que cada año se entregue el premio Sveriges Riksbank de economía a la memoria de Alfred Nobel. Pero ése no es uno de los cinco premios Nobel auténticos: física, química, medicina, paz y literatura.

Poco importa esta acotación, lo cierto es que desde 1969 el público y la academia se acostumbraron a escuchar hablar del premio Nobel de economía. Desde entonces, cada 10 de diciembre (aniversario de la muerte de Nobel) el rey de Suecia entrega el premio a una o más personas que han hecho una aportación importante en esta disciplina. La mayor parte de los economistas se han creído esta faramalla, como si todo este ceremonial le confiriera a la teoría económica un estatuto científico y un rigor comparable al de las llamadas ciencias exactas.

El premio fue acaparado por economistas neoclásicos, a cual más conservador. Ninguno vio venir la crisis de 2008 ni la de 2000, ni las crisis financieras de los años noventa. Así que ahora, para nivelar un poco el terreno, la asociación de economistas Real-World Economics estableció el premio innoble de economía para los tres economistas que más contribuyeron al colapso financiero global. A diferencia de los procedimientos de los premios Nobel, usted puede votar por su candidato y la lista de nominados aparece en el sitio rwe.wordpress.com. A continuación una breve semblanza de mis favoritos para recibir el premio este año.

Assar Lindbeck es un economista neoliberal, ultraconservador, cuyas credenciales académicas son modestas. Pero él es quien urdió la trama: convenció a los miembros de la Fundación Nobel para aprobar el proyecto de que la Sveriges Riksbank entregara la plata para los premio Nobel de economía. Y como ese premio ha sido un factor ideológico clave para mantener el prestigio de la teoría neoclásica, a pesar de tratarse de un programa de investigación decadente, Lindbeck merece el premio de economía innoble por encima de muchos otros economistas neoliberales que son más conocidos.

Robert Lucas es autor de la teoría de las expectativas racionales y contribuyó al surgimiento de la nueva macroeconomía clásica, recuperando los principios del pensamiento macroeconómico anterior a Keynes. En su teoría, los agentes económicos forman expectativas sobre las variables que influyen en sus decisiones de manera racional. Las fluctuaciones cíclicas sólo se producen cuando los agentes reaccionan a cambios no anticipados en las variables que afectan sus decisiones.

La conclusión de todo esto es que las medidas de política macroeconómica perfectamente anticipadas por los agentes no tienen efectos sobre los agregados de producción y empleo, ni siquiera a corto plazo. El corolario es que hay que dejar a los mercados en paz. ¿Le suena familiar?

A finales de noviembre de 1994 y a sugerencia de Hugo Sonnenschein, Bob Lucas (quien era director del Departamento de Economía) me invitó a comer en el Quadrangle Club de la Universidad de Chicago. Recuerdo que hacia el final de la comida, hablamos sobre economía mexicana y le comenté que el déficit en la cuenta corriente era insostenible y que pronto estallaría una crisis. Lucas respondió que le parecía una opinión muy pesimista. El presidente Salinas sabe bien lo que está haciendo, me dijo al despedirnos. Tres semanas después estaba explotando la crisis de los errores de diciembre.

Al siguiente diciembre, en 1995, Lucas recibió el premio Nobel de economía. Su ex esposa, Rita, había insistido en insertar una cláusula en su contrato de divorcio en 1988, estipulando que en caso de que su ex marido recibiera el premio Nobel dentro de los siguientes siete años, a ella le tocaría la mitad del dinero. ¡Vaya que si sabía de expectativas racionales!

Mis otros candidatos son Fischer Black y Myron Scholes. Ambos desarrollaron el modelo Black-Scholes para determinar precios de títulos financieros como resultado de un proceso estocástico. Black murió en 1995, pero puede recibir el premio innoble de economía a título póstumo. El modelo Black-Scholes se hizo célebre cuando el fondo de coberturas Long Term Capital Management (LTCM) cayó en bancarrota en 1998. Este fondo recurrió a técnicas de arbitrajes y fuerte apalancamiento para operar en mercados financieros. El modelo B-S fue uno de sus instrumentos más importantes, aunque no pudo prever los efectos de las crisis financieras de Asia en 1997, y la rusa en 1998. Como resultado, el LTCM se desangró y tuvo que liquidar posiciones en una coyuntura negativa. Cuando el fondo quebró, muchos bancos importantes quedaron expuestos y la Reserva federal de Nueva York tuvo que entrar al rescate con 3 mil 600 millones de dólares. No fue un final feliz.

La subcultura de los premios, la fama y el éxito es algo enfermiza. Por eso cuando se observa el alcance que ha tenido el premio Nobel de economía en la campaña ideológica del neoliberalismo viene a la memoria aquella frase clave de Pier Paolo Pasolini: el éxito es la otra cara de la persecución.

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Febrero 4th, 2010 at 8:04 am

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La crisis y el misterioso caso Bernanke, de Alejandro Nadal en La Jornada

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El mandato de Ben Bernanke en la Reserva Federal concluye el 31 de enero. Obama le ha pedido continuar otros cuatro años al frente del banco central. El Senado debe confirmar el nombramiento y el debate es intenso. Probablemente sea aprobado, pero no se descarta un rechazo.

La polémica arde. Bernanke es herencia de Bush, pero Obama sintió que no tenía opciones y tuvo que adoptarlo como suyo. Hoy los demócratas están asustados por el revés electoral en Massachusetts la semana pasada. Varios senadores republicanos votarán en contra. Quince senadores buscan su relección y todavía están indecisos. El electorado está molesto porque la recuperación todavía no les llega.

La Casa Blanca dice que Bernanke salvó a la economía de Estados Unidos de caer en otra Gran Depresión. Se trata de un especialista reconocido y fue una feliz coincidencia que hubiera estado al frente de la Fed al estallar la crisis en 2008. Gracias a las medidas espectaculares que aplicó, sólo se sufrió una recesión y además la recuperación está en puerta.

Ese cuento es absurdo. Es cierto que mejora la bolsa de valores, pero los indicadores de la economía real no transmiten mensajes de recuperación. El desempleo abierto en Estados Unidos se mantiene en 10 por ciento de la población económicamente activa (PEA). Y si se cuenta a los que se han dado por vencido y desistieron en su búsqueda de trabajo, el desempleo sube a 17 por ciento de la PEA. En diciembre también se desplomaron las ventas al menudeo. Los consumidores siguen reduciendo sus deudas, lo que conducirá a varios años de crecimiento mediocre con alto desempleo. Valiente recuperación.

Hay indicios de que algunas de las medidas espectaculares de Bernanke agravaron la crisis. Por ejemplo, Bernanke ha inflado la hojas de balance de la Fed de manera exponencial. Y en los rescates de bancos y aseguradoras, en los que el Departamento del Tesoro desempeñó un papel poco transparente y usó a la Fed como caja chica, Bernanke sale muy mal parado.

Por si fuera poco, bajo su dirección la Fed incumplió su mandato regulatorio sobre bancos y mercados financieros, promoviendo la especulación entre 2006-2008. Así que la crisis es en buena parte algo de su cosecha. Con razón en 2007 y principios de 2008 hacía declaraciones sobre los mercados bien portados y lo modesto del ajuste en el sector de bienes raíces. Todo eso ayudó a provocar la catástrofe. Sólo que con sus medidas espectaculares, Bernanke se convirtió en el piromaniaco que apaga su propio incendio.

Este funcionario puede arrepentirse de sus declaraciones, pero no se despoja de la teoría económica que le aprisiona. Sigue pensando que los mercados convergen hacia un mítico equilibrio. Ésta es su cárcel intelectual: por eso sus aportaciones sobre metas de inflación se basan en una teoría inconsistente y sus ideas sobre el mercado laboral son absurdas.

A Bernanke se le describe como el experto en la gran depresión de 1929 que salvó al mundo de una crisis parecida en 2009. La realidad es otra. Su análisis sobre las causas de la depresión ignora el problema del endeudamiento excesivo como precursor de la deflación. Ése es un rasgo común entre las crisis de 1929 y 2009. Y el endeudamiento en los últimos 30 años en Estados Unidos proviene de una caída en los salarios reales. Es decir, uno de los motores de la crisis es un problema de distribución del ingreso de proporciones históricas. Ese hecho se le escapa a Bernanke.

Para el ex profesor de Princeton uno de los problemas claves en la crisis de 1929 fue la rigidez en los salarios. Según Bernanke, el desempleo no se podía absorber porque los salarios no se reducían debido a factores como leyes y sindicatos. Eso es absurdo, pero no le impide a este personaje pensar que la flexibilidad de salarios en Estados Unidos es un elemento clave para superar el desempleo, no importa que sea desmentido por los datos arriba mencionados.

Bernanke piensa que cuando el endeudamiento provoca una deflación, la demanda agregada se mantiene estable porque sólo existe una redistribución entre deudores y acreedores. Eso es tener fe en el equilibrio. La realidad es que, por definición, cuando hay un exceso de endeudamiento los mercados no están en equilibrio y cuando los deudores no pueden enfrentar sus deudas, la demanda agregada tiene que derrumbarse. Y si a esto añadimos el apalancamiento ilimitado tolerado por las autoridades y la especulación, se tiene un caldo de cultivo de una gran hecatombe.

Obama está preocupado. Para calmar al electorado anunció recientemente la separación entre bancos de inversión y bancos comerciales, así como límites al tamaño de los grandes bancos. Pero como esas medidas no se traducen en alivio inmediato para la población, el argumento principal de la Casa Blanca sigue siendo el temor: si Bernanke no es ratificado, la recuperación se verá truncada. Puede ser, pero si Bernanke es confirmado, se podrían sentar las bases para una nueva crisis, más profunda y espectacular.

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Enero 28th, 2010 at 8:05 am

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Argentina y México: las reservas conflictivas, de Alejandro Nadal en Sinpermiso

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El economista mexicano Alejandro Nadal, miembro del Consejo Editorial de la revista, reflexiona para SinPermiso sobre la política de, y en torno a, los Bancos Centrales mexicano y argentino en el contexto de la crisis capitalista internacional.

¿Para qué sirven las reservas del banco central? Es una buena pregunta porque en la mitología del modelo neoliberal de economía abierta, la acumulación de reservas tiene un papel extraño. Su misión es ambigua, su costo no es despreciable y sus efectos sobre el proceso de ajuste de una economía con fuerte liberalización financiera suelen ser peligrosos. Detrás del tema de las reservas se esconden graves contradicciones del modelo neoliberal en materia de política cambiaria, cuentas externas, política monetaria e independencia del banco central. El origen y el manejo de las reservas del banco central en Argentina y México son un buen ejemplo de lo anterior.

En la última semana Argentina ha ocupado un lugar privilegiado en la prensa internacional por el conflicto político que desató el intento de la presidente Cristina Kirchner para utilizar parte de las reservas en el Banco Central de la República Argentina (BCRA) para pagar un tramo de su deuda externa. La presidencia buscó trasladar unos 6,5 mil millones de dólares (mmdd) a un fondo especial (el llamado Fondo del Bicentenario) para afrontar pagos de la deuda soberana con acreedores privados y organismos multilaterales en 2010. El total de las reservas del BCRA es de unos 46.5 mmdd. El objetivo primordial de esta medida era dar seguridad para permitir el regreso de Argentina al mercado financiero global.

El titular del BCRA, Martín Redrado, se negó a realizar esta transferencia, argumentando que la legislación vigente impide utilizar las reservas para el pago de deuda. Por su desobediencia, el gobierno optó por destituir al titular del BCRA, mientras que una juez invalidó esa orden. Todavía no es claro cuál será el desenlace. El escándalo político ha contribuido a alejar más el prospecto de un regreso argentino a los mercados de capitales.

La argumentación de Redrado también se basa en la autonomía del banco central frente al ejecutivo. En su ortodoxia neoliberal, el titular del BCRA no quiere enterarse de que la autonomía del banco central se ha convertido en tema de un debate acalorado desde que estalló la crisis financiera global. Es más, la noción de que el banco central sólo debe ocuparse de mantener la estabilidad de precios es visto como anacronismo: el banco central no puede seguir ignorando las burbujas en los precios de los activos, la evolución del ciclo real de negocios y las estructuras de los principales agregados monetarios y financieros.

Las reservas en el BCRA se originaron en el superávit comercial de los últimos años. Ese resultado se debe, en buena medida, a las exportaciones de soya transgénica, con lo cual Argentina ha sembrado (literalmente) un desastre ambiental en gran parte de la Pampa y el Chaco, lo que es tema de otro análisis. Las reservas provienen de la esterilización aplicada por el BCRA para mantener la oferta monetaria y el tipo de cambio estables. El gobierno piensa que la utilización de las reservas para pagar deuda dejaría suficientes reservas para mantener el tipo de cambio (3.80 pesos/dólar) estable. En realidad, aunque en este momento no se perciben presiones sobre la paridad debido al superávit en la cuenta corriente (4.2% del PIB en 2009), las cosas podrían cambiar rápidamente.

Si el gobierno busca acceder a los mercados financieros internacionales es porque enfrenta una pesada carga de vencimientos de deuda (aproximadamente 13,000 millones de dólares) este año. Además,  Argentina acaba de iniciar los trámites para refinanciar los bonos por 20 mmdd que todavía están en moratoria (en manos de acreedores que rechazaron el canje propuesto en 2005). Con la creación del Fondo Bicentenario se busca calmar los nervios crispados de esos acreedores: Argentina está dispuesta a pagar, aunque sea con sus reservas.

Es posible que la inconformidad del responsable del BCRA esté basada en pasajes algo vagos de la legislación vigente sobre el destino y control de las reservas. Pero su desacuerdo también puede tener raíces políticas. El responsable del BCRA es un neoliberal convencido (en su tiempo cercano a Menem) y probablemente su reflejo también sería el de calmar a los mercados financieros y a los acreedores. Pero la oposición en el congreso le abre un flanco débil a la señora Kirchner y la crisis política que se ha desatado no debe estar desconectada del todo del calendario electoral.

Lo más probable es que esta crisis política es más bien por diferencias al interior del círculo interior del neoliberalismo argentino. Resulta que el ministro de economía es un conocido neoliberal ortodoxo. El candidato de la señora Kirchner para reemplazar a Redrado en el BCRA, Mario Blejer, es un antiguo funcionario del Fondo Monetario Internacional y un neoliberal ultraortodoxo. Así que los personajes en esta tragedia son un indicador claro sobre el verdadero objetivo del gobierno de la señora Kirchner: regresar al endeudamiento para proseguir el desenfreno neoliberal en Argentina. En realidad, el Fondo Bicentenario no resuelve ninguno de los graves problemas estructurales de la economía argentina. Simplemente permitiría seguir profundizando el implacable experimento neoliberal en ese país del cono sur.

El otro gran laboratorio de la teología del libre mercado en América Latina es México. En diciembre 2009 el Banco de México reveló que las reservas internacionales alcanzaron su nivel más alto: 90 mil millones de dólares (mmdd). La gente se pregunta: ¿cómo puede un país que sufre una terrible crisis económica, que tiene saldos negativos en las cuentas externas y cuyas finanzas públicas acusan un serio desequilibrio, acumular reservas “históricas”?

La explicación se encuentra en la naturaleza y funcionamiento de una economía abierta. Los flujos de capital hacia una economía que garantiza una mejor recompensa son la clave para explicar el brutal contraste entre los pésimos indicadores de la economía mexicana y lo que podría antojarse como un buen resultado macroeconómico, el aumento en las reservas en el banco central.

Una parte sustancial de esas reservas en el Banco de México se debe a la entrada de capitales. Por ejemplo, datos de la Comisión nacional bancaria y de valores revelan que la inversión de no residentes en títulos de renta variable ascendió en noviembre 2009 a 132 mmdd, en contraste con 105 mmdd en junio. Esta inversión en cartera es sólo una parte de los flujos de capital colocados en el espacio económico mexicano en busca de una rentabilidad superior a la ofrecida por las principales economías capitalistas del mundo que hoy mantienen posturas de política monetaria con tasas de interés cero (Estados Unidos) o muy bajas (Unión Europea) para contrarrestar la crisis.

Pero, ¿qué no es algo bueno la entrada de capitales? Para la teoría macroeconómica detrás del modelo neoliberal, la libre movilidad de capitales canaliza el ahorro a donde más se necesita, financia las importaciones, incrementa la inversión, el crecimiento y el empleo. Pero la realidad es que esa teoría está basada en nociones equivocadas sobre la relación entre ahorro e inversión, así como sobre la dinámica del modelo de economía abierta.

En los hechos, los flujos de capital tienen varios efectos desestabilizadores. Entre otras cosas, contribuyen a apreciar el tipo de cambio y eso se puede presentar en el preciso momento en que se necesita un ajuste para corregir el desequilibrio externo. En lugar de premiar las exportaciones y castigar las importaciones, los flujos de capital profundizan el desequilibrio externo.

Además, para los dueños del capital financiero, la estabilidad cambiaria es la garantía de que sus “inversiones” estén protegidas. De este modo, la estabilidad en el tipo de cambio se convierte en una prioridad clave de política macroeconómica. Cualquier indicio de que la economía no puede mantener el tipo de cambio sirve para detonar una estampida hacia las puertas de salida del casino, digo de la economía.

Surge así una tríada de prioridades para que el capital financiero se sienta a gusto. Primero, mantener una rentabilidad adecuada para los flujos de capital (lo que implica altas tasas de interés). Segundo, el tipo de cambio debe mantenerse estable. Tercero, la inflación debe controlarse por encima de cualquier otra consideración. Por cierto, es preciso esterilizar esos flujos para controlar la oferta monetaria, lo que entraña un costo financiero no despreciable. Y lo más grave es que la esterilización destruye el proceso de ajuste al mantener alta la tasa de interés. Eso fomenta más entrada de capitales en lo que constituye un círculo vicioso. La tensión entre el tipo de cambio sobrevaluado y el deterioro en las cuentas externas se resuelve posponiendo el ajuste hasta que explota la crisis: sobreviene entonces una macro-devaluación con todos sus efectos en materia de presiones inflacionarias y un desajuste mayúsculo en toda la economía.

Todo esto es conocido: nada cambió en el modelo mexicano que provocó la crisis de 1995. Permanecen la mismas contradicciones. Si los capitales golondrinos comienzan a abrigar dudas sobre la estabilidad cambiaria, pondrán pies en polvorosa, tal y como lo han hecho en innumerables ocasiones, detonando otra crisis financiera. Y si actualmente el riesgo de una explosión devaluatoria no es tan grave, las cosas se pueden poner color de hormiga si el desequilibrio externo se intensifica (hoy el déficit externo es moderado porque el colapso del PIB ha frenado las importaciones).

Así comienza el año con una nueva oleada de alzas en impuestos y en las tarifas y precios de bienes y servicios proporcionados por el sector público. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que el agujero de las finanzas públicas es visto como una amenaza para los “equilibrios macroeconómicos”. En especial, un déficit abultado en las finanzas del gobierno es interpretado como una fuente de presiones inflacionarias, lo que asusta al capital financiero. No importa que esos impuestos y los aumentos de precios y tarifas agraven la recesión y hagan más difícil la recuperación. Lo primero son las “expectativas inflacionarias” de los dueños del capital financiero.

En conclusión, la economía mexicana está organizada para servir y recompensar al capital financiero. Por eso la Secretaría de Hacienda y el Banco de México mantienen esta infausta política macroeconómica recesiva. No importa que aumente la pobreza, que se sacrifiquen empleos, que el paisaje agrícola se convierta en un páramo, que la industria se encuentre en ruinas, que el gasto en educación permanezca estancado o que el medio ambiente sea un desastre. Las prioridades son la rentabilidad para los flujos de capital, el tipo de cambio estable para tranquilizarlos y la inflación bajo control para dulcificar su existencia. México y Argentina siguen siendo gigantescos laboratorios en donde el experimento neoliberal se lleva a cabo con algunas variantes de forma y todos los vicios de esencia de este modelo.

Alejandro Nadal, miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO, es economista, profesor investigador del Centro de Estudios Económicos. El Colegio de México.

www.sinpermiso.info, 17 enero 2010

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Enero 18th, 2010 at 9:04 am

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Corte de caja en el banco central, de Alejandro Nadal en La Jornada

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En la historia de los bancos centrales, la crisis actual es un parteaguas. Por eso el proceso de confirmación senatorial de Ben Bernanke como titular de la Reserva federal está siendo tan doloroso. Para finales de enero, el senado deberá confirmar su nombramiento o regresarlo a su casa. El comité de bancos del senado ya aprobó enviar su confirmación al pleno, pero hubo 30 por ciento de votos en contra. Lo más probable es que el designado de Obama sea reconfirmado, pero el debate promete ser muy intenso y no se descartan sorpresas. Bernanke podría acumular el mayor número de senadores en su contra en la historia de los presidentes de la Fed.

Sus amigos sostienen que su política monetaria salvó a Estados Unidos de la debacle. También se argumenta que este profesor de Princeton es un especialista en la Gran Depresión y conoce todos los errores que se cometieron en los años 30. Se concluye que es la persona idónea para ocupar el puesto al frente de la Reserva federal.

Pero sus opositores piensan distinto. Bernanke estaba dormido en el volante cuando la economía estadunidense derrapó y se fue al barranco. Bajo su mando, la Fed falló en sus funciones básicas de supervisión y regulación, permitiendo continuar con una orgía de especulación, apalancamiento irresponsable y riesgo sin control. Además, en medio de sus aleluyas y alabanzas a los mercados desregulados y bien portados, Bernanke subestimó la gravedad de la crisis.

Las acusaciones contra Bernanke son graves. Bajo su mando, la Fed mantuvo la misma política de Greenspan, con tasas de interés muy bajas para salir de la recesión que había sido provocada por la burbuja del Nasdaq (1998-2000). Esa política monetaria relajada no se acompañó de inflación porque las importaciones provenían de países con un tipo de cambio subvaluado (en especial China) y eso mantuvo estable el índice de precios. Pero esa postura de la Fed bajo Bernanke sí provocó una fuerte inflación en el precio de muchos activos, en especial en el sector de bienes raíces. Además, como el sistema regulatorio de los bancos y del sector financiero ya se había erosionado, ya estaban dadas todas las condiciones para que el sistema crediticio sufriera el colapso que conocemos.

Así que la responsabilidad de Bernanke está fuertemente comprometida en la crisis. El enojo de muchos es justificado: la debacle trajo consigo la desaparición de más de siete millones de empleos, la pérdida de casas en juicios hipotecarios y la evaporación de fondos de retiro de millones de personas.

Aunque la reacción de Bernanke frente a la crisis es mencionada como uno de sus aciertos, aquí también hay dudas. El ex profesor de Princeton ha sido responsable de aplicar un rescate financiero de tres billones de dólares, prácticamente sin supervisión o vigilancia del congreso. Los funcionarios de la Fed se han negado a divulgar nombres de instituciones que recibieron dos billones de dólares de préstamos de emergencia. Los críticos de Bernanke consideran que la presente administración de la Reserva federal se ha extralimitado en sus atribuciones, lo que es un reproche sin precedentes históricos en Estados Unidos.

Cualquiera que sea el veredicto final sobre la confirmación de Bernanke, lo cierto es que la crisis ha aclarado varias cosas. Para estas alturas, la idea de que la política monetaria sólo debe ocuparse de la lucha contra la inflación debería ser relegada al museo de ideas inútiles. Las burbujas, los ciclos económicos, el empleo y el funcionamiento del sistema financiero deben ser parte de una visión más amplia de lo que puede y debe llevar a cabo el banco central.

Un corolario de lo anterior es que la autonomía del banco central debe ser revisada urgentemente. Esa noción sólo se justificaba en el universo mítico de los mercados bien portados en el que las decisiones del banco central eran ciento por ciento técnicas. En el mundo real de la crisis, de la lucha contra los efectos más negativos del ciclo económico, en el contexto de los rescates bancarios y de la flexibilidad cuantitativa de la política monetaria, las decisiones del banco central son eminentemente políticas y no pueden dejarse en manos de un comité de expertos con conexiones más o menos fuertes (y opacas) con el mundo financiero.

En México el señor Carstens fue nombrado gobernador del Banco de México a pesar de haber aplicado desde la Secretaría de Hacienda la peor respuesta posible en una recesión. Sus aumentos de impuestos y el recorte del gasto público profundizaron la crisis y van a extender sus efectos en el tiempo. Claro, el congreso federal aprobó el paquete fiscal y eso lo convierte en corresponsable del desastre por el que atraviesa la economía mexicana. La confirmación Carstens demoró cuatro días y el debate fue reemplazado por una vulgar ceremonia de intronización. Es uno de los mejores testimonios de la desintegración del estado mexicano. Con estos enemigos del pueblo, el corte de caja en el banco central es un mal presagio para 2010.

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Diciembre 31st, 2009 at 8:01 am

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Epílogo: el acuerdo de Copenhague, de Alejandro Nadal en La Jornada

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¿Qué sucedió en Copenhague? El consenso es que la conferencia de Naciones Unidas sobre cambio climático se saldó con un estrepitoso fracaso. Sin embargo ese descalabro es el de los gobiernos y sus cómplices en el mundo corporativo y financiero. Las organizaciones civiles, nacionales e internacionales, lograron quitarle el disfraz a la mentira diplomática y pusieron al desnudo la madeja de intereses que son el principal obstáculo para alcanzar un acuerdo serio, vinculante y con plazos adecuados. Por eso no es casualidad que se les haya reprimido e impedido el acceso a la conferencia, aún a aquéllas organizaciones debidamente acreditadas.

En las últimas horas de la conferencia se llegó a un acuerdo extraño. En él se reconoce la opinión de los científicos sobre la necesidad de mantener el incremento de la temperatura promedio global por debajo de los 2 grados centígrados y se reafirma un compromiso de mantener los esfuerzos de largo plazo para lograr este objetivo. Sin embargo, nada en este documento permite pensar que los aumentos de temperatura se van a limitar a ese rango.

También se establece un compromiso sobre financiamiento: 10 mil millones de dólares (mmdd) anuales entre 2010 y 2012 para asistir a los países menos desarrollados en sus esfuerzos para reducir emisiones y para adaptarse al cambio climático.

Esta suma deberá alcanzar los cien mil millones de dólares en 2020. Esas cifras son irrisorias frente a lo que se va a necesitar y no se dice nada sobre quién las va a administrar, ni con qué criterios.

Lo más grave es lo que se pierde en este acuerdo de Copenhague.

Primero: Las metas cuantitativas como compromiso obligatorio. Eso era lo más importante del protocolo de Kioto y por el momento, no queda nada de eso. Cierto, nada impide que en el futuro se definan metas cuantitativas vinculantes, pero si después de años de negociaciones sólo se llegó a este documento tan débil, no hay muchas razones para el optimismo. Por cierto, tampoco se definió una fecha para alcanzar acuerdos futuros. Simplemente se dice que hay que enfrentar el desafío del cambio climático lo antes posible, lo que no es muy alentador.

Segundo: Se abandona definitivamente la meta de 350 partes por millón (ppm) de bióxido de carbono equivalente (CO2e). Ese nivel es el recomendado por un número creciente de científicos para estabilizar el aumento de temperatura y consignarlo a niveles inofensivos. Por encima de este nivel, el cambio climático acarrearía daños gravísimos para una parte significativa de la población. No importa: el acuerdo recoge la meta de 2º C que los científicos asocian a niveles cercanos a las 450 ppm de CO2e. Los países africanos y muchas repúblicas isleñas se verán severamente afectados por este incremento.

Tercero: A pesar de algunos pasajes, la negociación del acuerdo sacrificó la idea de equidad. Todas las delegaciones nacionales pensaban que estaban participando en una negociación sobre el calentamiento global. Pero el documento final resultó de un encuentro entre los jefes de Estado de un puñado de países (Estados Unidos, China, Brasil, India y Sudáfrica) al que se unió (un poco a regañadientes y al final) la Unión Europea.

Esto significa que los términos del debate sobre el cambio climático y la forma de enfrentarlo fueron secuestrados por un pequeño grupo de países. Es cierto que están entre los principales emisores de GEI, pero precisamente por eso no pueden quedarse ellos solos para definir los contornos de un nuevo acuerdo sobre cambio climático.

Los países cuya agricultura se verá más afectada, cuyos glaciares se derriten y las islas que corren el riesgo de desaparecer, simplemente no tuvieron acceso a la negociación del acuerdo. En los hechos, sin demasiado ruido, los autores del nuevo acuerdo consagraron la división entre países ricos y pobres, grandes y pequeños, débiles y poderosos.

El precedente es nefasto: en el futuro, los países que dominaron la conferencia serán también los que van a definir los mecanismos para alcanzar lo antes posible las reducciones de emisiones. Y en el centro de esos instrumentos se encontrará el mercado de carbono y los llamados mecanismos de compensación.

No cabe duda: eso de los países reunidos en Copenhague es una abstracción. Lo que se reunió en la capital danesa fueron los representantes de sociedades en las que existen corporaciones industriales y entidades financieras, y en las que los ricos tienen acceso al poder, mientras los pobres sólo tienen derecho a un ingreso deprimido, a la amenaza del desempleo y a la comida chatarra.

Al final de la conferencia, las delegaciones de 194 países estuvieron de acuerdo en tomar nota del acuerdo de Copenhague. Ese documento sin compromisos vinculantes, ni fue votado, ni fue firmado por nadie. Simplemente se tomó nota.

La decepción de Copenhague era esperada por muchos. Es una señal de alarma: no se puede continuar con un sistema de negociaciones diseñado para salvaguardar los intereses de los poderosos.

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Diciembre 24th, 2009 at 4:03 pm

Copenhague: lo menos posible, de Alejandro Nadal en La Jornada

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Las cosas no pintan bien en la conferencia de Copenhague sobre cambio climático. A sólo tres días del final, la probabilidad de que todo termine con un gran fracaso es alta. Sin embargo, también es probable que en los próximos días escuchemos la retórica de los líderes de los países más contaminantes que se felicitan por el acuerdo histórico que saldrá de la COP-15.

Pero nadie debe engañarse: las metas sobre la mesa de negociaciones son inferiores a lo que muchos científicos consideran necesario para estabilizar las concentraciones de bióxido de carbono equivalente (CO2) en la atmósfera. Para James Hansen, del Instituto Goddard de la NASA, el nivel seguro de concentración de CO2 en la atmósfera es de 350 partes por millón (ppm). No es el único científico en considerar que éste es el umbral de estabilidad en la atmósfera. Pero en la actualidad la concentración de CO2 es de 390 ppm y esto aumenta 2 ppm cada año. Por eso muchos gobiernos abrazan la meta de 450 ppm que emerge del Cuarto informe del IPCC en 2007, más por comodidad que por convencimiento. Pero esa meta ya acarrea consecuencias desastrosas en regiones como África y Oceanía.

Desde hace meses se sabía que no había tiempo para lograr un tratado en Copenhague y que de ahí sólo saldría un acuerdo político con los grandes lineamientos de un tratado cuyos detalles serían negociados en el 2010. Ese nuevo tratado debía conservar el esquema de metas obligatorias de reducciones de emisiones del Protocolo de Kyoto. Pero el escenario se ha complicado. Casi todos los grandes países contaminantes sólo ofrecen lo menos posible para no salir tan raspados de Copenhague. Por eso la irritación de un centenar de países pobres va en aumento.

La situación es difícil: con tal de no regresar a casa con las manos vacías, los participantes en la COP-15 terminarán por sacar un texto impreciso para posponer el día en que realmente los gobiernos se pongan a trabajar en serio. Un acuerdo demasiado general hará peligrar todavía más las perspectivas de mantener el esquema vinculante de las metas de Kyoto.

Bajo estas condiciones, un acuerdo ambiguo para satisfacer a todo mundo estará marcado por grandes defectos. Lo más probable es que consagre un abanico de artilugios que permitirán a los contaminadores eludir los compromisos que habrán adoptado. Con tanto agujero, el nuevo tratado va a parecer una inmensa coladera.

Además, cualquier cosa que salga de Copenhague tendrá al mercado de carbono como principal instrumento para alcanzar sus objetivos. Esta es la solución preferida por las grandes corporaciones y la comunidad financiera, y es la mejor receta para un fracaso no de dimensiones históricas, sino bíblicas. Pero para cuando el mundo se percate del estropicio, numerosas islas estarán bajo el agua, muchos glaciares habrán dejado de ser fuente de agua para cientos de millones de personas y el calentamiento global podría haber entrado en un proceso de retroalimentación positiva, con procesos acumulativos fuera de control. Podríamos estar en un camino sin retorno para la humanidad y buena parte de la biosfera.

Frente a esta triste perspectiva, hubiera sido bueno que México adoptara una posición de liderazgo en la COP-15. Pero en lugar de presentar una posición bien armada, el gobierno mexicano lleva un triste documento bajo el brazo. Para cuando el señor Felipe Calderón comience a balbucear trivialidades allá en Copenhague el jueves, ya todo estará dicho con su triste Programa estratégico de cambio climático (PECC).

Ese documento establece el compromiso de reducir las emisiones de CO2 en el año 2050 en un 50% con respecto a las emisiones del 2000. Muchas de las acciones para alcanzar ese objetivo no resisten un análisis serio, pero eso ya es estándar en los documentos oficiales del gobierno mexicano. Lo más grave es que esto es sólo una meta aspiracional, como dice el documento.

¿Cómo se va a lograr esa meta aspiracional? El PECC es claro: sólo se podrá concretar si se dispone de mecanismos de apoyo financiero y tecnológico por parte de los países desarrollados a una escala sin precedentes. O sea: a lo que aspira el gobierno es a conseguir dinero de los mecanismos que podrían constituirse en un acuerdo post-Kyoto. Esa visión es absurda: los recursos necesarios para alcanzar un perfil energético bajo en combustibles fósiles son mucho mayores que lo que se pueda captar a través, por ejemplo, de mecanismos ligados al mercado de carbono. Y si contabilizamos el costo de adaptación dada nuestra vulnerabilidad, los recursos proporcionados por los países desarrollados simplemente no van a alcanzar. Así que la meta aspiracional es un insulto, por decirlo diplomáticamente.

El gobierno mexicano llega a Copenhague envuelto en oportunismo para esconder su parálisis. Esa postura daña a los países más afectados y hace el juego a los ricos. Así, el gobierno mexicano también pone su granito de arena para asegurar el fracaso de la conferencia de Copenhague.

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Diciembre 17th, 2009 at 9:01 am

Copenhague: las resistencias del capital, de Alejandro Nadal en La Jornada

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El capital sólo puede existir como fracciones privadas de valorización. Son las empresas: centros de acumulación enfrascadas en una lucha constante para aumentar el valor de su núcleo de capital. El cambio técnico es uno de los instrumentos más importantes de esa competencia intercapitalista. Por eso el capitalismo genera continuamente innovaciones técnicas.

Éste es un rasgo que resaltan tanto los aduladores del capital como sus críticos. Y de ahí muchos concluyen que el capitalismo está dotado de una gran capacidad de adaptación a los cambios que se producen a su alrededor.

Pero el capitalismo también está lastrado por inercias profundas que frenan su capacidad de cambio. La razón es que una vez que se han realizado las inversiones asociadas a una trayectoria tecnológica, el capital tiene que amortizarlas y resiste los cambios con la misma tenacidad con la que antes empujaba las transformaciones. Por eso los funcionarios de las empresas transnacionales, que llevan la lógica del capital hasta en las venas, resistirán con todas sus fuerzas cualquier amenaza a su base de poder. La flexibilidad de la economía capitalista tiene límites poderosos.

Por ejemplo, hay algo que no ha cambiado en la trayectoria tecnológica del capitalismo en los últimos 200 años. El proceso de acumulación ha estado cristalizado sobre una plataforma energética de combustibles fósiles. Desde los albores de la revolución industrial la base material del capitalismo, a escala global, depende de una manera u otra de la extracción y utilización de combustibles fósiles. Este perfil energético terminó por alterar la composición química de la atmósfera en estos dos últimos siglos.

Hoy sabemos con certeza que esto constituye la peor amenaza para la especie humana. La única manera de enfrentar estos cambios en la atmósfera implica transformaciones profundas en la estructura material que sostiene la acumulación capitalista. El capitalismo resistirá esos cambios, porque los costos asociados se presentan como insoportables a los funcionarios del capital. La conferencia de Copenhague sobre cambio climático es la prueba.

En esta importante conferencia la solución planteada desde los centros de poder descansa en dos vertientes que son funcionales a la acumulación privada. La primera es el mercado de carbono, una falsa solución que acabará por imponerse en la declaración final de Copenhague. En este esquema, miles de empresas recibirán gratuitamente cuotas permitidas de emisiones de gases invernadero. Podrán vender el excedente no utilizado en un mercado especial, supuestamente creando los incentivos para la gran transformación de la base energética. Es un premio para los contaminadores históricos, no un instrumento eficaz para reducir y estabilizar las emisiones de gases invernadero.

La segunda vertiente es el esquema de financiamiento para que los países pobres puedan reducir sus emisiones y adaptarse a los efectos del cambio climático. La Agencia Internacional de Energía calcula las necesidades de los países que no son miembros de la OCDE en 197 mil millones de dólares (mmdd) de inversiones para reducir las emisiones de carbono para el año 2020. Si, como se propone por los países ricos, esos recursos son manejados por el Banco Mundial, ya nos podemos despedir de cualquier cosa que se parezca al desarrollo sustentable.

Obama piensa que los países ricos pueden llegar a un acuerdo sobre la cifra de 10 mmdd anuales en Copenhague. Pero también ha señalado que a largo plazo la mayor parte de los recursos deben provenir del sector privado. Para ello, la Casa Blanca y el Banco Mundial insisten en que los países pobres deben ofrecer incentivos para las inversiones que podrían reducir las emisiones de carbono. Ya sabemos cuáles son esos incentivos: apertura, privatización, desregulación. Es decir, hay que perpetuar el modelo neoliberal para asegurar una solución al cambio climático.

Así se cierra el círculo. Por un lado se exigirá a los países pobres mantener incentivos para atraer inversiones extranjeras necesarias que supuestamente reducirán las emisiones de gases invernadero. No importa que el modelo neoliberal sea un insulto social y ambiental. Por el otro lado, se va a garantizar que tengan acceso a un buen mercado internacional de bonos de carbono con el fin de canalizar más recursos para reducir las emisiones de carbono. No importa que el mercado de carbono sea un gran fracaso anunciado.

El capital y sus centros de poder prefieren llevar a la ruina al mundo entero, antes que sacrificar sus fuentes de privilegios. Las grandes corporaciones cuya capacidad productiva descansa en los combustibles fósiles van a oponer feroz resistencia a todo lo que suene a cambio. Poco importa que la perspectiva de procesos de cambio climático descontrolados constituya la peor amenaza para la humanidad y la biósfera. El capital, en su delirio de acumulación sin fin, está dispuesto a sacrificarlo todo. Si las organizaciones sociales no ejercen la presión suficiente, la conferencia de Copenhague será un espacio para profundizar la destrucción ambiental y la explotación social.

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Diciembre 10th, 2009 at 10:03 am

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